jueves, 24 de julio de 2008

NO QUIERO SER PATRIOTA

Tengo mucho más tiempo para echar la mirada a los periódicos, para comprobar diariamente que no existe aquello de la primicia, pues todo se proclama al minuto por demasiados cauces y que cuando alguno se descuida y da una noticia no se da cuenta de que, en realidad, está repitiendo algo ya viejo. Quien abra con frecuencia la puerta de internet habrá sentido incluso la sensación física de que lo que al rato ve en televisión parece algo al menos del día anterior.
Hay temas de largo alcance, sobre los que se ronronea cada día y cada hora, no siempre con las mejores intenciones, pero que se hacen más visibles a medida que pasan los días. Quizá el panorama de playas y calor, de descuido y de falta de horarios exigentes, de vacaciones parlamentarias y de flojedad en los medios, oculte la realidad un poco, pero ahí está. Y crecerá con el paso de los días. Estoy refiriéndome a eso de las balanzas fiscales y de la solidaridad interterritorial. De la manera de afrontar y de resolver asuntos de este tipo depende buena parte de la convivencia de una comunidad. En tiempos de crisis -y la de ahora mismo es galopante-, los desacuerdos y las salidas de tono se pueden volver estridentes y hasta inaguantables.
Este país, hace treinta años, se partió en algo llamado autonomías, y estas, sin revisión serena y alejada de los egoísmos, no han hecho más que crecer en exigencias y en competencias. En los años setenta se institucionalizó este sistema como el menos malo para integrar regiones y para llegar a un consenso común que permitiera la convivencia durante años. Quizás no había otra fórmula de consenso.
Pero faltó algo de coraje porque las consecuencias -a más largo plazo- acarrearían dificultades acaso mayores. Después de más de treinta años nos encontramos con toda una trama de poderes intermedios que apenas sustentan ya alguna fórmula común para todo el territorio. No quiero ser patriota de ningún sitio, solo de mi propia persona y de los demás seres como tales; eso de los territorios y de las naciones no me llama ni me exige ningún añadido moral, la historia de mis antepasados la respeto en la medida en que intentaran dejarme una situación vital mejor pero nunca a costa de restarles nada a los demás; los límites y las fronteras no me gustan si no es para destruirlos; en fin, que soy poco patriota y me envuelvo poco en las banderas y en las supuestas grandezas imperiales, que nunca he sabido para qué sirven.
Esa falta de ánimos se me produce igualmente para los territorios y para las comunidades pequeñas. Soy un fan de mi pueblo porque nací en él, pero lo sería de otro si el azar me hubiera colocado en esa parte, y siempre reconociendo que en todas partes cuecen habas y que en todos los lugares existe azúcar y hiel, o sea, sin pasarse, o pasándose pero sabiendo que son fogonazos emocionales que se tienen que quedar en nada.
Hay pocas sensaciones peores que aquellas que provienen de los que, estando próximos y compartiendo el día a día, manifiestan sus reticencias continuamente y no pierden ripio para pedir, demostrar y hacer públicas sus condiciones de convivencia.
Cuando estas condiciones provienen de representantes de la izquierda política, a mí me duelen más pues asocio siempre las ideas de la izquierda con la universalidad, con la solidaridad y con el valor del ser humano como tal, con independencia del territorio que habite.
En la situación actual, todo el mundo tensa la cuerda en beneficio propio, y en nada observo diferencia entre unas ideologías y otras. Es más, en ocasiones tengo la impresión de que se han cambiado los papeles y de que cada uno actúa en campo contrario. Parece que todo el mundo aplicara el asqueroso principio de “a mí me han elegido para defender a mis representados aun a costa de que se hundan los demás”.
Será tema que nos ocupará muchas horas y muchos meses. Y que nos acercará o nos situará con la coraza puesta, mirando siempre el beneficio personal y olvidándonos de todos los demás, que son siempre casi todos.

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