¿Tienen alma los pueblos? Parece este un título muy unamuniano. Y seguramente lo es. Leo y escucho argumentaciones de este tipo con alguna frecuencia. Y las opiniones me llegan de vez en cuando de personas que me merecen bastante confianza intelectual.
En los últimos días he tenido dos referencias que me provocan este apunte de reflexión. La primera tiene que ver con la representación teatral a la que asistí el sábado en Madrid. El texto de Fernando Quiñones y la puesta en escena de El Brujo venían a mostrarnos algo así como el factor común de las gentes del mundo del flamenco. La otra referencia me llegaba hoy mismo: parece que andan indagando una cosa tan abstracta como la definición de “ser francés”. Conozco teorías y tendencias filosóficas y literarias que abogan por la importancia de descubrir esos elementos comunes. Algunas han traído resultados desastrosos para esas comunidades.
Acepto que el ser humano es la suma de muchas variables, entre otras del paisaje y de los elementos naturales y humanos que lo rodean. Pero me cuesta imaginar eso del alma andaluza o de la esencia de lo francés. Admito que hay características que se reproducen, en mayor o menor grado y con una intensidad variable, entre las personas de la misma comunidad. Sobrepasar esa barrera no me agrada. Aunque sea a través de un texto tan amable y sugestivo como el que vi en escena el sábado. Veremos qué es eso de ser francés.
En la vida tendemos a la reducción y a la analogía con todo. Los que tenemos que aclarar conceptos a diario lo sabemos bien. Pero también conocemos el peligro que se corre. O deberíamos saberlo.
El imaginario Miguel Pantalón es un personaje, tal vez no sea una persona. O, en todo caso, las demás personas no son exactamente Miguel Pantalón sino algo diferente. Aunque uno, para entenderse, tenga que navegar por las mismas aguas por las que surcan las demás naves.
lunes 8 de febrero de 2010
domingo 7 de febrero de 2010
ESE MADRID TAN GRANDE
Paseo bajo la columnata que da acceso, el principal, al cementerio de la Almudena. La mañana es templada y la primavera aún no apunta en la capital. Tampoco por estas sierras, que siempre son más tardías y excesivas. Siguen los castaños desnudos. Algunos pinos dan contraste con su verdor. A mis espaldas se extiende un cementerio enorme. “Dios mío, que solos se quedan los muertos”. Se oyen rumores de fondo. Son los ecos de un mercadillo no lejano que rebosa de gente entre los puestos. “Todo a precio de crisis, señora. Lléveselo hoy y no se arrepentirá mañana. Bragas de señora para todo tipo de culos. A tres euros todo, oiga, a tres euritos…” "Dios mío, qué solos se quedan los muertos”. Pasan coches aislados hacia el interior del cementerio. Prohibido circular por el interior a más de veinte kilómetros por hora. Un anciano diminuto sale tembloroso y saltarín del recinto; apenas puede tenerse en pie. ¿De dónde viene? ¿Hacia dónde va? ¿Quién cuida de él? ¿A quién ha cuidado él antes? Se pierde dando saltitos por entre los coches. En la calle que converge con la que llega al cementerio se halla el cementerio civil. Una tienda de flores aguarda que alguien se acuerde de sus deudos y deje allí un dinero. Los coches aparcan como pueden. La grúa hace de las suyas…
Sigo paseando bajo la columnata. Siguen los ecos comerciales, esa forma directa e inmediata de enfrentarse con la supervivencia. De pronto aparece un coche fúnebre seguido de un grupo de coches modernos y de buen porte. Otro entierro. Uno más. Aquí tiene que haber muchos cada día. “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”. El tráfago de coches en la calle lo llena casi todo. Apenas deja sitio para que el canto de algún pájaro descienda hasta el suelo y me acompañe durante unos pasos. Al fondo bulle la gran ciudad y en su interior expone impúdica todas las posibilidades de la vida. “Dios mío, que solos se quedan los muertos”.
Tras un rato de espera, yo también me marcho hacia otro sitio. Y los coches, y el ruido, y el sonsonete de los vendedores, y los pájaros, y las floristas, y los rumores continuos de la ciudad… “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”.
He pasado el fin de semana en Madrid, con mi gente más próxima, con la que yo más quiero. Y han sido unos días completitos, con comidas, con teatro, con compras, con saludos a amigos, con museos, con Madrid nocturno, con Madrid atascado y con Madrid matutino casi vacío. Y siempre con la sensación del bullicio, de las voces y los ecos, del ritmo desbordado de la vida. “Dios mío, que solos se quedan los muertos”. Dejé colgadas en Bejar algunas actividades. Qué le vamos a hacer: para otra vez será. Madrid seguía en el tajo, abierta de par en par, acogedora siempre, sin tiempo para mirarse a sí misma, “rompeolas de todas las Españas”.
Ah, y estuve en Rivas. Y tuve poco tiempo para estar con José Luis Morante, a quien le debo la amistad y la sabiduría. Y fui otra vez testigo de lo absurdo del tráfago comercial en el que todos andamos embarcados. Y admiré la fuerza y la maestría del mejor juglar de España, “El Brujo”, en su “El testigo”. Y me volví hacia Ávila para ver otra vez a mi Sara y sentirme el hombre más feliz del mundo. Y estoy de nuevo aquí, viendo pasar el tiempo, entre voces y ecos.
Sigo paseando bajo la columnata. Siguen los ecos comerciales, esa forma directa e inmediata de enfrentarse con la supervivencia. De pronto aparece un coche fúnebre seguido de un grupo de coches modernos y de buen porte. Otro entierro. Uno más. Aquí tiene que haber muchos cada día. “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”. El tráfago de coches en la calle lo llena casi todo. Apenas deja sitio para que el canto de algún pájaro descienda hasta el suelo y me acompañe durante unos pasos. Al fondo bulle la gran ciudad y en su interior expone impúdica todas las posibilidades de la vida. “Dios mío, que solos se quedan los muertos”.
Tras un rato de espera, yo también me marcho hacia otro sitio. Y los coches, y el ruido, y el sonsonete de los vendedores, y los pájaros, y las floristas, y los rumores continuos de la ciudad… “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”.
He pasado el fin de semana en Madrid, con mi gente más próxima, con la que yo más quiero. Y han sido unos días completitos, con comidas, con teatro, con compras, con saludos a amigos, con museos, con Madrid nocturno, con Madrid atascado y con Madrid matutino casi vacío. Y siempre con la sensación del bullicio, de las voces y los ecos, del ritmo desbordado de la vida. “Dios mío, que solos se quedan los muertos”. Dejé colgadas en Bejar algunas actividades. Qué le vamos a hacer: para otra vez será. Madrid seguía en el tajo, abierta de par en par, acogedora siempre, sin tiempo para mirarse a sí misma, “rompeolas de todas las Españas”.
Ah, y estuve en Rivas. Y tuve poco tiempo para estar con José Luis Morante, a quien le debo la amistad y la sabiduría. Y fui otra vez testigo de lo absurdo del tráfago comercial en el que todos andamos embarcados. Y admiré la fuerza y la maestría del mejor juglar de España, “El Brujo”, en su “El testigo”. Y me volví hacia Ávila para ver otra vez a mi Sara y sentirme el hombre más feliz del mundo. Y estoy de nuevo aquí, viendo pasar el tiempo, entre voces y ecos.
jueves 4 de febrero de 2010
CONMIGO QUE NO CUENTEN
Uno tiene en el imaginario que los informativos reproducen en alguna medida lo que sucede por ahí, que seleccionan y organizan datos e imágenes para que, en un tiempo limitado, nos quede un bosquejo de cómo le va la vida a la comunidad a la que dirigen sus contenidos. Existen infinitas variantes y formatos, se cumplen muy diversas intenciones, las personas que realizan los programas son las que son, las imposiciones económicas (dueños y accionistas) también tienen que decir lo suyo, las autocensuras funcionan…, y hasta los gatos terminan siendo pardos, negros o azules, según las conveniencias. Pero uno tiene derecho a que el conjunto nos traiga a la vista y al oído “los asuntos consuetudinarios que acontecen en la rúa”, o sea, lo que pase en la puta calle. O al menos algo que lo recuerde.
Pues acaso lo hagan. Eso sería lo más lamentable. Veamos.
Descripción de hechos. Estoy diciendo descripción de hechos, no opiniones: Televisión Española. Telediario de las tres de la tarde. Día de hoy, cuatro de febrero de dos mil diez. Noticia de que un grupo de personas han (una por una) recibido el premio de investigación Jaime I. Seis premios que recogen seis personalidades de primer nivel, primeros espadas en sus campos de investigación y de trabajo, toda una vida en cada caso dedicada a buscar bienestar para la comunidad en investigación básica, en medio ambiente o en otras especialidades. La noticia se da a las cuatro menos cuarto en el bloque que se puede llamar de noticias sociales. En el mismo bloque se emiten imágenes desde un colegio en el que se rifan entradas para ir en junio a un festival que se llama algo así como Rock in Rio (se usaba la institución para promocionar el festival y el nombre de una cantante, o sea, para el negocio, ¡!¡una institución educativa, con profesores haciendo la cla!!!), y el estreno de una película sobre el hombre lobo (lo que se destacaba era la presencia de un actor de esos “deseados” -¿para qué los desean?, por favor, que alguien me lo diga-) y unas imágenes de un futbolista metiendo un gol y saludando con un sombrero cordobés. Todo en el mismo saco y al final del programa. Por delante se había dado cuenta de toda una batería de noticias de muy diversa índole. Había visto otro telediario (también son ganas) antes y no se había dado ni una sola imagen ni ningún comentario de esta noticia que describo. Hace tan solo unos días, aparecía en el mismo medio, como primera noticia, ¡COMO PRIMERA NOTICIA!, la selección (supongo que ellos dirían “nominación” pues se llevan el sueldazo a casa de cualquier manera y nadie les pide cuentas ni precisión) de la actriz Penélope Cruz como candidata a los Óscar de este año. Me recuerdo de nuevo que es esta otra de esas mujeres más deseadas. Y sigo preguntando angustiosamente para qué es deseada: es ya morbo el que me entra y ardo en deseos de conocer para qué es ese deseo. Solicito ayuda a quien pueda prestármela. Estas dos últimas oraciones las acoto y las separo de la descripción de los hechos. Esta noticia de la actriz sí la vi profusamente divulgada en todos los medios de comunicación (algunos incluso presumían de haberla dado en directo).
Hasta aquí los hechos.
Comentarios y opinión. Solo los puedo hacer si me considero imbécil o considero a cualquiera subnormal profundo.
Esta es la sociedad en la que vivo. Estos son sus medios, los que crean opinión, los que moldean las ideas, los que ensalzan y los que derriban gobiernos, los que, desde su primer poder, hacen y deshacen a su antojo. Y este es el público que quiere o tiene que ver estas cosas, y tal vez se quede tan a gusto.
Lo que he contado acaba de suceder en Televisión Española. Para las privadas es casi mejor suspender el juicio y cambiar el paso.
CONMIGO QUE NO CUENTEN. CONMIGO QUE NO CUENTEN. CONMIGO QUE NO CUENTEN. YO ME BAJO Y ME ESCONDO. YO ME BAJO Y ME ESCONDO. YO ME BAJO Y ME ESCONDO.
N.B. Escribo en mi navegador (4,30 de la tarde) Rock in Rio y me aparecen 5.550.000 visitas. Hago lo mismo con Premios de investigación Jaime I y ¿qué me sale…? Que realice la prueba quien quiera.
Pues acaso lo hagan. Eso sería lo más lamentable. Veamos.
Descripción de hechos. Estoy diciendo descripción de hechos, no opiniones: Televisión Española. Telediario de las tres de la tarde. Día de hoy, cuatro de febrero de dos mil diez. Noticia de que un grupo de personas han (una por una) recibido el premio de investigación Jaime I. Seis premios que recogen seis personalidades de primer nivel, primeros espadas en sus campos de investigación y de trabajo, toda una vida en cada caso dedicada a buscar bienestar para la comunidad en investigación básica, en medio ambiente o en otras especialidades. La noticia se da a las cuatro menos cuarto en el bloque que se puede llamar de noticias sociales. En el mismo bloque se emiten imágenes desde un colegio en el que se rifan entradas para ir en junio a un festival que se llama algo así como Rock in Rio (se usaba la institución para promocionar el festival y el nombre de una cantante, o sea, para el negocio, ¡!¡una institución educativa, con profesores haciendo la cla!!!), y el estreno de una película sobre el hombre lobo (lo que se destacaba era la presencia de un actor de esos “deseados” -¿para qué los desean?, por favor, que alguien me lo diga-) y unas imágenes de un futbolista metiendo un gol y saludando con un sombrero cordobés. Todo en el mismo saco y al final del programa. Por delante se había dado cuenta de toda una batería de noticias de muy diversa índole. Había visto otro telediario (también son ganas) antes y no se había dado ni una sola imagen ni ningún comentario de esta noticia que describo. Hace tan solo unos días, aparecía en el mismo medio, como primera noticia, ¡COMO PRIMERA NOTICIA!, la selección (supongo que ellos dirían “nominación” pues se llevan el sueldazo a casa de cualquier manera y nadie les pide cuentas ni precisión) de la actriz Penélope Cruz como candidata a los Óscar de este año. Me recuerdo de nuevo que es esta otra de esas mujeres más deseadas. Y sigo preguntando angustiosamente para qué es deseada: es ya morbo el que me entra y ardo en deseos de conocer para qué es ese deseo. Solicito ayuda a quien pueda prestármela. Estas dos últimas oraciones las acoto y las separo de la descripción de los hechos. Esta noticia de la actriz sí la vi profusamente divulgada en todos los medios de comunicación (algunos incluso presumían de haberla dado en directo).
Hasta aquí los hechos.
Comentarios y opinión. Solo los puedo hacer si me considero imbécil o considero a cualquiera subnormal profundo.
Esta es la sociedad en la que vivo. Estos son sus medios, los que crean opinión, los que moldean las ideas, los que ensalzan y los que derriban gobiernos, los que, desde su primer poder, hacen y deshacen a su antojo. Y este es el público que quiere o tiene que ver estas cosas, y tal vez se quede tan a gusto.
Lo que he contado acaba de suceder en Televisión Española. Para las privadas es casi mejor suspender el juicio y cambiar el paso.
CONMIGO QUE NO CUENTEN. CONMIGO QUE NO CUENTEN. CONMIGO QUE NO CUENTEN. YO ME BAJO Y ME ESCONDO. YO ME BAJO Y ME ESCONDO. YO ME BAJO Y ME ESCONDO.
N.B. Escribo en mi navegador (4,30 de la tarde) Rock in Rio y me aparecen 5.550.000 visitas. Hago lo mismo con Premios de investigación Jaime I y ¿qué me sale…? Que realice la prueba quien quiera.
miércoles 3 de febrero de 2010
CAOS-MITO-RELIGIÓN-RAZÓN...?
Es esa necesidad imperiosa de buscar siempre un peldaño más lo que nos lleva a la curiosidad, a la religión, a los dioses, al fanatismo o al forofismo. En cualquier grado se presenta esa dependencia que no sabe uno muy bien si humaniza o más bien deshumaniza al ser humano, que la practica según sus circunstancias pero que resulta ser una constante histórica.
Hesiodo nos deja ya encaminados en esa ristra moderna de dioses, de semidioses y de héroes que andan en el filo de la Historia pero que se hunden en la noche de los tiempos: Caos, Gea, Urano, Océano, Hiperión, Mnemosine, Cronos, los Cíclopes, las Erinnias, los Gigantes, las Ninfas, los Titanes, las Hespérides, las Moiras, Némesis, Galatea, las Harpías, las Gorgonas, Medusa, Perseo, Pegaso, Gerión, Hércules, Cervero, Hera, Helios, Selene, Céfiro, Noto, Bóreas, Hécate, Las mujeres hechas de barro, Poseidón, Atenea, Apolo, Artemisa, Hermes, Sémele, Dionisos, Ariadna, Medea, Afrodita… Y los héroes Anquises, Eneas, Ulises… Hasta la realidad más mostrenca de ahora mismo.
Resulta apasionante seguir el recorrido para comprobar cómo se va pasando de lo más confuso a lo más concreto, de lo más poderoso a lo más accesible, del desorden al orden, de lo lejano a lo cercano, de lo otro a lo particular y propio, de lo de fuera a lo de dentro… Hasta terminar invirtiendo los papeles y convertir al ser humano en el impulsor de la conciencia de los propios dioses.
O acaso es que hemos ido cambiando la figuración de los dioses, modificando las representaciones según los tiempos, desnudando un santo para vestir otro, sustituyendo a la diosa de la belleza por la pasarela Cibeles o por las aspirantes a los Óscar, o por esas que dicen ser las más deseadas (vuelvo a preguntar para qué son las más deseadas), o cambiando a un Hércules por un Ronaldo de turno, o una figuración general de los dioses por las aspiraciones del dinero. Y en este plan.
No es esta, la griega, la única teogonía, pero es la que nos cae más cerca y la que más nos ha dejado descendencia. Otras son similares y solo cambian los nombres pero no los atributos. Todas empiezan, como esta, por el caos, esa situación difusa que se pierde en la noche de los tiempos y que marca unos límites que no sabemos saltar y que hasta conviene que se pierdan ellos solos y que queden en el misterio. Esa imprecisión es la base para todo lo demás, para todo lo que viene después. Y así andamos, claro. ¿Qué otra cosa es la jerarquización de las religiones monoteístas, con el dios único y todopoderoso y con la infinidad de cortes celestiales, de santos y de fieles que las componen? La descripción de la cristiana ejemplifica a la perfección lo que se dice aquí. Solo los ángeles forman en nueve niveles jerarquizados. ¿Quién conoce sus nombres? A ver: ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones, potestades, querubines, serafines, principados, virtudes. Y luego los santos, los beatos, los… Hasta perderse en el caos otra vez. Y vuelta a empezar.
Entre tanto mandar y obedecer, entre tanta escala y ordenación, entre tanto siéntate y estate quieto, nos perdemos y tal vez nos olvidamos de que lo fetén está en nosotros mismos, en nuestra relación con nosotros mismos y con el mundo, con los otros elementos que componen el mundo y su conciencia.
Pero, si han de existir los dioses, que sean tan divertidos y tan festivaleros como los dioses de la cultura griega. En el fondo son y se comportan como niños, tienen un no sé qué que enamora y que hasta mueve a compasión.
Hesiodo nos deja ya encaminados en esa ristra moderna de dioses, de semidioses y de héroes que andan en el filo de la Historia pero que se hunden en la noche de los tiempos: Caos, Gea, Urano, Océano, Hiperión, Mnemosine, Cronos, los Cíclopes, las Erinnias, los Gigantes, las Ninfas, los Titanes, las Hespérides, las Moiras, Némesis, Galatea, las Harpías, las Gorgonas, Medusa, Perseo, Pegaso, Gerión, Hércules, Cervero, Hera, Helios, Selene, Céfiro, Noto, Bóreas, Hécate, Las mujeres hechas de barro, Poseidón, Atenea, Apolo, Artemisa, Hermes, Sémele, Dionisos, Ariadna, Medea, Afrodita… Y los héroes Anquises, Eneas, Ulises… Hasta la realidad más mostrenca de ahora mismo.
Resulta apasionante seguir el recorrido para comprobar cómo se va pasando de lo más confuso a lo más concreto, de lo más poderoso a lo más accesible, del desorden al orden, de lo lejano a lo cercano, de lo otro a lo particular y propio, de lo de fuera a lo de dentro… Hasta terminar invirtiendo los papeles y convertir al ser humano en el impulsor de la conciencia de los propios dioses.
O acaso es que hemos ido cambiando la figuración de los dioses, modificando las representaciones según los tiempos, desnudando un santo para vestir otro, sustituyendo a la diosa de la belleza por la pasarela Cibeles o por las aspirantes a los Óscar, o por esas que dicen ser las más deseadas (vuelvo a preguntar para qué son las más deseadas), o cambiando a un Hércules por un Ronaldo de turno, o una figuración general de los dioses por las aspiraciones del dinero. Y en este plan.
No es esta, la griega, la única teogonía, pero es la que nos cae más cerca y la que más nos ha dejado descendencia. Otras son similares y solo cambian los nombres pero no los atributos. Todas empiezan, como esta, por el caos, esa situación difusa que se pierde en la noche de los tiempos y que marca unos límites que no sabemos saltar y que hasta conviene que se pierdan ellos solos y que queden en el misterio. Esa imprecisión es la base para todo lo demás, para todo lo que viene después. Y así andamos, claro. ¿Qué otra cosa es la jerarquización de las religiones monoteístas, con el dios único y todopoderoso y con la infinidad de cortes celestiales, de santos y de fieles que las componen? La descripción de la cristiana ejemplifica a la perfección lo que se dice aquí. Solo los ángeles forman en nueve niveles jerarquizados. ¿Quién conoce sus nombres? A ver: ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones, potestades, querubines, serafines, principados, virtudes. Y luego los santos, los beatos, los… Hasta perderse en el caos otra vez. Y vuelta a empezar.
Entre tanto mandar y obedecer, entre tanta escala y ordenación, entre tanto siéntate y estate quieto, nos perdemos y tal vez nos olvidamos de que lo fetén está en nosotros mismos, en nuestra relación con nosotros mismos y con el mundo, con los otros elementos que componen el mundo y su conciencia.
Pero, si han de existir los dioses, que sean tan divertidos y tan festivaleros como los dioses de la cultura griega. En el fondo son y se comportan como niños, tienen un no sé qué que enamora y que hasta mueve a compasión.
martes 2 de febrero de 2010
LEER A LOS MÍSTICOS
¿Cuánta gente leerá en estos tiempos a los místicos? Sospecho que no demasiada porque no están los tiempos propicios para estos lujos. Pero, por otra parte, tengo también la impresión de que hay mucha gente que necesita escapar de los empujones constantes a los que nos somete esta escala de valores en la que andamos navegando. Las crisis, los trabajos, las inseguridades, la falta de perspectiva, la deconstrucción, el postmodernismo y no sé cuántas cosas más son elementos que no dan con el quid de la serenidad ni del sosiego.
Y el ser humano sigue teniendo necesidad de asideros, de engaños personales que le ayuden a sentirse más cómodo, de placebos medicinales y religiosos, de esquemas que aparenten dar solución a esas limitaciones tan evidentes. Al acecho andan las religiones, y, en su seno, esas casillas del misticismo.
Acabo de leer (“vengo de” leer diría un bobo) “El castillo interior” o “Las moradas”, de santa Teresa, un intento de dar cuerpo en forma de palabra a eso que se llama la experiencia mística. Creo que conozco bien los textos de esta autora así como los de san Juan o los de fray Luis, y tengo que echarle más horas a los de Miguel de Molinos. El proceso siempre repite un camino con unos elementos que me agradan en la segunda parte pero que me dejan vacío y echando pestes contra los autores en la primera. En esa primera parte todo se les va en sustos mentales, con demonios, pecados, infiernos y toda una retahíla de castigos y de fantasmas que no hacen más que asustar a cualquier persona. Bien diferente resulta la segunda parte en la que todo se presenta ya en forma positiva, en la que se anhela, o se consigue, una fusión amorosa, un desprendimiento de uno mismo, una entrega absoluta, un “vuelo de mariposilla, que muere en Cristo porque en ella vive ya Cristo”, un “quédeme y olvídeme”.
Con frecuencia pienso en alguna traducción moderna de estas ideas y me salen ejemplos tan curiosos como el de la letra de Sabina: “Y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres”. No está tan lejos del esquema mental de los autores nombrados. En los dos casos se pierde el sentido de la realidad y de la razón para fiarlo todo a los impulsos del corazón y del amor.
Yo me encuentro a gusto en las segundas partes de todo este esquema y rechazo, por falta de consistente según lo entiendo, toda la primera parte. No sé cómo se puede construir toda una forma de vida desde el temor, desde la desconfianza continua, desde el miedo al castigo, con los fantasmas rondando nuestra vida por todas las esquinas. Y me grita la vida del amor, de lo positivo que resulta pensar y obrar sin desear el enfrentamiento, ni la victoria sobre nada, ni la separación entre buenos y malos, ni la necesidad de venganza, solo entendiendo que la bondad es mejor porque produce más placer y mejores consecuencias para todos.
Como sucede con tantas cosas en la vida, este asunto se asienta sobre aparentes contradicciones, pues parece escasamente racional eso de entregarse sin reparos, de darse sin exigencias, de hacerse en alguna medida esclavo de algo. Pero es que “Mil gracias derramando / pasó por estos sotos con presura / y yéndolos mirando, / con solo su figura, / vestidos los dejó de hermosura.” Así que, entre lo pazguato y lo sublime se mueve un hilillo fino que nos sitúa de un lado y de otro sin darnos cuenta.
Como fórmula de búsqueda personal, como manera de huir de alguna escala de valores que nos atosiga y nos acosa, como variable para comprobar cómo se pasa de un nivel a otro sin apenas notarlo, como experiencia, al fin, interesante, la lectura de los místicos, en estos tiempos que corren, no es mala terapia. Alguno dirá que es una cobardía, por aquello de la huida. Puede que tenga su parte de razón. Yo sigo recomendando la idea y la experiencia. Desde la forma, desde los contenidos, desde las desigualdades, desde… la experiencia.
Y el ser humano sigue teniendo necesidad de asideros, de engaños personales que le ayuden a sentirse más cómodo, de placebos medicinales y religiosos, de esquemas que aparenten dar solución a esas limitaciones tan evidentes. Al acecho andan las religiones, y, en su seno, esas casillas del misticismo.
Acabo de leer (“vengo de” leer diría un bobo) “El castillo interior” o “Las moradas”, de santa Teresa, un intento de dar cuerpo en forma de palabra a eso que se llama la experiencia mística. Creo que conozco bien los textos de esta autora así como los de san Juan o los de fray Luis, y tengo que echarle más horas a los de Miguel de Molinos. El proceso siempre repite un camino con unos elementos que me agradan en la segunda parte pero que me dejan vacío y echando pestes contra los autores en la primera. En esa primera parte todo se les va en sustos mentales, con demonios, pecados, infiernos y toda una retahíla de castigos y de fantasmas que no hacen más que asustar a cualquier persona. Bien diferente resulta la segunda parte en la que todo se presenta ya en forma positiva, en la que se anhela, o se consigue, una fusión amorosa, un desprendimiento de uno mismo, una entrega absoluta, un “vuelo de mariposilla, que muere en Cristo porque en ella vive ya Cristo”, un “quédeme y olvídeme”.
Con frecuencia pienso en alguna traducción moderna de estas ideas y me salen ejemplos tan curiosos como el de la letra de Sabina: “Y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres”. No está tan lejos del esquema mental de los autores nombrados. En los dos casos se pierde el sentido de la realidad y de la razón para fiarlo todo a los impulsos del corazón y del amor.
Yo me encuentro a gusto en las segundas partes de todo este esquema y rechazo, por falta de consistente según lo entiendo, toda la primera parte. No sé cómo se puede construir toda una forma de vida desde el temor, desde la desconfianza continua, desde el miedo al castigo, con los fantasmas rondando nuestra vida por todas las esquinas. Y me grita la vida del amor, de lo positivo que resulta pensar y obrar sin desear el enfrentamiento, ni la victoria sobre nada, ni la separación entre buenos y malos, ni la necesidad de venganza, solo entendiendo que la bondad es mejor porque produce más placer y mejores consecuencias para todos.
Como sucede con tantas cosas en la vida, este asunto se asienta sobre aparentes contradicciones, pues parece escasamente racional eso de entregarse sin reparos, de darse sin exigencias, de hacerse en alguna medida esclavo de algo. Pero es que “Mil gracias derramando / pasó por estos sotos con presura / y yéndolos mirando, / con solo su figura, / vestidos los dejó de hermosura.” Así que, entre lo pazguato y lo sublime se mueve un hilillo fino que nos sitúa de un lado y de otro sin darnos cuenta.
Como fórmula de búsqueda personal, como manera de huir de alguna escala de valores que nos atosiga y nos acosa, como variable para comprobar cómo se pasa de un nivel a otro sin apenas notarlo, como experiencia, al fin, interesante, la lectura de los místicos, en estos tiempos que corren, no es mala terapia. Alguno dirá que es una cobardía, por aquello de la huida. Puede que tenga su parte de razón. Yo sigo recomendando la idea y la experiencia. Desde la forma, desde los contenidos, desde las desigualdades, desde… la experiencia.
lunes 1 de febrero de 2010
NO PIDO NADA MÁS
El fin de semana me llevó de nuevo junto a Sara y con ella pasé unas horas deliciosas. Ella es la ternura y la inocencia personificadas, con ella me reconforto y en ella me olvido de todo lo demás. La veo crecer y asentarse en su físico, ponerse recta y mantenerse, estirar sus bracitos y empezar a seleccionar miradas y objetos, indagar con la mirada hasta notarse más fuerte y luego abandonarse a los brazos y a la sonrisa del que se siente más seguro y confiado, y dejarse achuchar indefensa y como resignada a que todas las balas se derritan en forma de besos en su carita de tez limpísima. Con ella, con sus padres, con Nena, con Juan Pablo. No quiero más, no me apetece nada más, no pido nada más. Cuando me vuelvo me quedo un poco alicaído y con la sensación vacía de qué pasaría si me quitaran esta satisfacción. Es entonces cuando más me aseguro de que solo quiero querer y que me quieran. Nada de lo demás, si es que hay alguna otra cosa, merece la pena. Y sé también lo que conviene no dar por definitivo nada porque cualquier día puede fallar y entonces el dolor sería muy grande. Pero mientras tanto me quedo con esos ratos de satisfacción tan redonda.
Y fue salir de allí y toparme de frente con la muerte. En Salamanca me aguardaba la presencia de mi familia más ancha: había fallecido mi tío Ángel. Es verdad que llegó a centenario y eso es mucho más que la media, pero el efecto es casi el mismo; y la sensación de que todo sigue y de que esa experiencia uno la ve cada día más cercana late con fuerza.
Para rematar la secuencia, esta misma tarde he tenido que aguantar el tipo ante una persona cuyo hijo de cuatro años está pasando un trago de salud muy dificultoso. Allí estaba el buen hombre desahogándose y echando fuera alguno de sus sentimientos, con la moral en los suelos y hasta con un bajón físico muy notable. Como yo me vengo abajo enseguida, tuve que poner cara de serenidad y hacerme el fuerte sin fuerzas. Precisamente ante un padre en esas circunstancias. Qué debilón soy; mis emociones andan siempre a flor de piel y me juegan malas pasadas. Mi abrazo para todos desde esta sensación de flojera que enseguida me habita y mi petición de perdón para aquellos que, mucho más en primera persona, sufren estos bajonazos de la vida y de la muerte.
A ver si vamos abriendo la página de febrero con un poco más de espacio de esperanza, con algo más de luz y de calor y con un ánimo algo más levantado. Que la vida se aprieta y anda ya como con ganas de salir al camino y de desparramarse por el mundo.
Y fue salir de allí y toparme de frente con la muerte. En Salamanca me aguardaba la presencia de mi familia más ancha: había fallecido mi tío Ángel. Es verdad que llegó a centenario y eso es mucho más que la media, pero el efecto es casi el mismo; y la sensación de que todo sigue y de que esa experiencia uno la ve cada día más cercana late con fuerza.
Para rematar la secuencia, esta misma tarde he tenido que aguantar el tipo ante una persona cuyo hijo de cuatro años está pasando un trago de salud muy dificultoso. Allí estaba el buen hombre desahogándose y echando fuera alguno de sus sentimientos, con la moral en los suelos y hasta con un bajón físico muy notable. Como yo me vengo abajo enseguida, tuve que poner cara de serenidad y hacerme el fuerte sin fuerzas. Precisamente ante un padre en esas circunstancias. Qué debilón soy; mis emociones andan siempre a flor de piel y me juegan malas pasadas. Mi abrazo para todos desde esta sensación de flojera que enseguida me habita y mi petición de perdón para aquellos que, mucho más en primera persona, sufren estos bajonazos de la vida y de la muerte.
A ver si vamos abriendo la página de febrero con un poco más de espacio de esperanza, con algo más de luz y de calor y con un ánimo algo más levantado. Que la vida se aprieta y anda ya como con ganas de salir al camino y de desparramarse por el mundo.
domingo 31 de enero de 2010
ENTRE PAPELES
A veces aparecen papeles que llevaban perdidos mucho tiempo. Guardo en mi mesa muchas, demasiadas anotaciones recogidas de por aquí y de por allí, mínimos esbozos que abren alguna ventana y que me dejan mirando al campo.
Hoy he revuelto papeles, tal vez por falta de ganas de enfrentarme a las palabras. Ahí andaban estos versos. Como no los tengo tachados, debo suponer que esperaban mejor ocasión. Los tiro por la ventana para que les dé el sol.
ELEGÍA
La soledad poblada por tus sombras
me acoge en esta noche desolada.
Abro mis ojos y veo el cruel silencio
que llenan tus sonidos de otros días.
Lejos, en el dulce placer del horizonte,
brilla una estrella entre las nubes grises.
Debes de estar allí, siento tu ausencia
cada vez más lejana y más presente.
Y salgo por las calles reclamando
la luz más vertical a las farolas,
las sombras contrastadas, los sonidos
del viento detenido en las esquinas.
Y nada me responde, solo el eco
preñado de tu voz y de tu ausencia.
Los seres se me han ido
tras el mural de doloridas tapias.
Y yo me acojo, silencioso y torpe,
otra vez a la sombra del olvido.
Hoy he revuelto papeles, tal vez por falta de ganas de enfrentarme a las palabras. Ahí andaban estos versos. Como no los tengo tachados, debo suponer que esperaban mejor ocasión. Los tiro por la ventana para que les dé el sol.
ELEGÍA
La soledad poblada por tus sombras
me acoge en esta noche desolada.
Abro mis ojos y veo el cruel silencio
que llenan tus sonidos de otros días.
Lejos, en el dulce placer del horizonte,
brilla una estrella entre las nubes grises.
Debes de estar allí, siento tu ausencia
cada vez más lejana y más presente.
Y salgo por las calles reclamando
la luz más vertical a las farolas,
las sombras contrastadas, los sonidos
del viento detenido en las esquinas.
Y nada me responde, solo el eco
preñado de tu voz y de tu ausencia.
Los seres se me han ido
tras el mural de doloridas tapias.
Y yo me acojo, silencioso y torpe,
otra vez a la sombra del olvido.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)