miércoles, 16 de abril de 2008

SIEMPRE SON MIS ALUMNOS ESOS JÓVENES

SIEMPRE SON MIS ALUMNOS ESOS JÓVENES

Aprendí a envejecer en esos cuerpos
tan jóvenes y hermosos,
que cada primavera se renuevan
y enseñan a la luz
todo lo que del mundo han aprendido.

Los miro y me aniquilan. Soy celoso
del azul admirable en sus miradas,
de sus palabras limpias, de sus manos
abiertas al amor, de su desprecio,
altivo y desdeñoso, del futuro.
Parece que en sus tiernos manantiales
se oye siempre el sonido cadencioso
de la misma agua fresca y cristalina,
que corre sin pensar en su camino.

Nunca forman estanque
ni admiten con agrado la demora.
Todo es bullicio y vida,
sensación, emoción, corazonada;
el tiempo circular se ha detenido
a festejar con mimos el presente
y no hay conjugación que dé noticias
del pasado o futuro en sus semblantes.

Yo envejezco sin tregua, me devoran
las señales del tiempo, ese enemigo
que se ha fijado en mí
con dedo acusador e inculpatorio.

Y los miro y me miro,
me paro y los contemplo:
siempre la misma edad,
la misma perfección,
el mismo acabamiento.

Entretanto mi cuerpo cumple años,
yo doy fe de la vida en esos cuerpos,
descreo de la paz del calendario
y, a veces, pongo cara
de asistir a esta fiesta con desgana.

1 comentario:

Jesús Majada dijo...

¡Qué bien escrito, que bien descrito...!