sábado, 12 de abril de 2008

OTRA VEZ EL AMBROZ

Necesito seguir metiendo imágenes en mi cabeza para que mis sentidos se repartan y no miren siempre al mismo horizonte. Hoy le ha tocado el turno al Valle del Ambroz. Con Jesús y Manolo, mis dos montañeros de cabecera, he emprendido el camino de la frontera entre Salamanca y Cáceres, bordeando el pantano de Navamuño, un poco más alto tras las intensas lluvias de estos últimos días, pero todavía bastante sediento y con el cazo dispuesto a recibir todo lo que le llegue. El azud lleva agua y seguirá creciendo, los regatos que bajan del Cancho de la Muela y de Peña Negra también dejan su líquido en la presa.
Pero la frontera entre valles está ahí mismo y enseguida llegamos en coche. Al otro lado se abre, extenso y amplio, el valle del Ambroz. Hay una carretera que se hunde durante doce kilómetros por lo hondo del valle, pero la visión desde lo alto resulta majestuosa. Hoy el aire está más limpio y parece que huele de otra manera. El cielo está azul y nítido. También "Dios está azul y anuncia ya su sol de primavera". El panorama que se dibuja tiene como cabecera la imponente masa del Pinajarro, allá en lo alto, como vigilando todo, como padre del valle, como aguilucho en el cielo. Las dos laderas cierran y abren paulatinamente el horizonte hasta dar lugar al pueblo de Hervás y a las llanuras de la alta Extremadura, entre las que destacan la presa de Baños y el majestuoso pantano de Gabriel y Galán. Lo demás ya es llanura y amplitud.
La primavera anda fragante, luminosa e intensamente verde. Aquí arriba es el gris el que destaca pues aún los robles empiezan a echar hojas. Pero enseguida se ofrecen los verdes más tiernos y algún blanco de la flor del cerezo. En cuanto se extiende la vista, verdes y más verdes, con una intensidad desconocida. Parecen las hojas niños asustados que abren los ojos por primera vez. En pocos días se harán fuertes y grandes, llenarán el paisaje, harán crecer los árboles, y darán fe certera del triunfo de la vida. Qué vista tan hermosa.
Pero los valles son para gozarlos, para anegarse en ellos, para meterse dentro de sus hoces y barrancos, para sentir el agua corriendo por gargantas y regatos. Y vaya que si lo hacemos. La nueva carretera (ha sido arreglada hace poco tiempo) nos permite contemplar el paisaje más despacio. Lo que antes eran apuntes de brotes en los altos robles empieza a ser ya frondosidad por todos los lugares. Los robles, los cerezos, los arces, los espinos albares, los primeros apuntes del castaño, los pinos sempiternos, las escobas cargadas de amarillos, los rosados brezos colgados de lo alto. Todo en fin es muestrario de firme primavera.
Ya bien andado el valle, una pista se aparta del asfalto y emprende una subida suave y hasta delicada. Alguien la ha bautizado -no sé si con mucho acierto- la pista Heidi. Por ella deslizamos nuestros pasos. Esta pista camina siempre a media ladera, con el Pinajarro echado encima de nosotros, las dos paredes del valle a los lados y el frente abierto y casi infinito. Los pueblos y los verdes intensos a los pies, las pedreras, los torrentes, el silencio que suena, la limpidez del aire, los restos de la nieve, el sonido de algunos altos pájaros que vuelan a su antojo, todo esto aquí en lo alto, lejos de las aceras y los coches, ajenos al bullicio y a las prisas.
Por aquí hemos echado la mañana, hemos perdido alegremente el tiempo, hemos mirado al cielo, hemos charlado, algo hemos arreglado las penas de este mundo. Yo, como en tantas mañanas, en el campo me siento más solo y más entero, más yo y menos la oscura circunstancia, un elemento más de tanta piedra, de tanto árbol tranquilo y solitario, un peregrino más que no controla ni el tiempo ni el espacio, pero que aquí se siente más tranquilo. No es poco, lo aseguro.

A la vuelta me entero de lo que ya sabía, o al menos presentía: Jesús Caldera sale del Gobierno. Escribiré ahora mismo unas palabras que alojaré en otro sitio. Mañana las dejaré en esta ventana.

1 comentario:

Sinda dijo...

También aquí ya "Dios está azul" y os espera este otro paisaje, que nada tiene que ver con el de tus envidiadas caminatas.
¡Como quisiera estar en Béjar los fines de semana en los que tú tiras al monte!
Yo también he sentido la marcha de Jesús Caldera. Espero que el camino que él abrió no lo cierre la maleza.
Besos, besos. Hasta pronto