domingo, 17 de enero de 2010

TODOS QUEREMOS SER CÓNSULES

Ayer por la tarde noche asistí a la representación de una obra de teatro en nuestro extraordinario Cervantes. Se abría el XIII Certamen Nacional de Teatro para aficionados ciudad de Béjar. En escena, “El teatro de piedra”. La compañía, “Cuatro gatos de teatro”, un grupo de jóvenes sevillanos con soltura y muy buena dicción.

Suelo acudir a las representaciones de estas muestras, que ya están bien asentadas y que cuentan con un público bastante fiel aunque no muy numeroso -siempre hay competencias televisivas o de otro tipo-. Por una cantidad simbólica puedo acercarme a la realidad teatral y en unos niveles que no desmerecen de los que puedo observar en compañías oficialmente profesionales o capitalinas. Parece que hacer costumbre y normalidad de lo que no lo es cuesta y lleva tiempo, pero, cuando se asienta la costumbre, todo va mucho mejor. En Béjar ese hábito se ha hecho realidad; aunque sea todavía para un grupo que tiene que ser más numeroso. Me alegro y aplaudo a todos los que han dejado y siguen dejando esfuerzos para que así sea.

La realidad teatral siempre me plantea numerosas sensaciones: la sociología de los espectadores, el fingimiento como base del teatro, la dicción, la realidad material de las salas y teatros, la competencia con otros medios más “cómodos”, los horarios, los precios, los actualidad de los textos…

Ayer se mezclaban encima del escenario los contenidos de lo perecedero de la fama, y todos los mecanismos de la obtención y ostentación del poder, con el propio homenaje al teatro en una presentación irónica y metateatral de los acontecimientos. Creo que el texto se venció demasiado del lado de la comicidad y del teatro dentro del teatro. Esto, pienso, contribuyó a diluir toda la carga significativa que contenía la representación, toda la reflexión sobre el poder, sobre la fama, sobre el dominio. Pero es mi visión y no es lo más importante.

A pesar de todo, allí estaban Pompeyo y César, aquellos personajes del imperio romano, como representantes de esa lucha por el poder, como muñecos históricos que dilucidaban su dominio del imperio por una parte y por otra se dejaban las fuerzas en asuntos amorosos y personales.

No sé cuántas personas reconocían la historia que allí se mostraba ni las circunstancias que la explicaban. Por encima de ello, los personajes son símbolos que podemos traer al presente sin ningún esfuerzo imaginativo.

El poder, el poder, siempre el poder. Alcanzar el poder para llevar a cabo las ideas; ganar las elecciones para conseguir llevar a la práctica nuestros programas y quedar exhaustos en el intento y sin fuerzas para nada más que para eso, sacar mejores resultados para saciar la vanidad y mirar al de al lado por encima del hombro; ser elegido en un cargo para estar en una posición privilegiada en comparación con el que anda por ahí al lado y en el roce diario. El poder, el poder, el poder. Y con él el dinero. Y la vanidad. A partes iguales. Y todo para tomar las principales decisiones seducidos por razones que en demasiadas ocasiones son instintos e impulsos. Buena parte de la Historia se ha decidido en la cama. O mirando al horizonte y viéndose en figura admirada y recordada. O mirando más cerca e imaginando al de al lado como ser menos fuerte, como vencido.

Y, por supuesto, estos ejemplos de poder y vanidad tan deslumbrantes pueden ser trasladados a otros ejemplos más vulgares y cercanos pero tan ilustrativos como este. En las relaciones laborales, en las familiares, en las económicas, en la “pequeña” política y hasta en las comunidades de vecinos o en la compra de un coche.

Todos somos Pompeyo o César en demasiadas ocasiones. Y no es eso, no es eso, no es eso. La vida es poco, la fama es menos; y, si no es por buenas obras y por mirada amplia, por ayuda y no por egoísmo, no merece la pena. O acaso no debería. O no debiera o debiese. Pero…

1 comentario:

PENELOPE-GELU dijo...

Buenas noches, D. Antonio Gutiérrez Turrión.

¡Felicidades!. Gracias por su Libro-Diario. Pero hoy, día de su santo, debería ser usted quien recibiera o recibiese los regalos de los que nos pasamos por su blog.
No me cabe duda de que sus más próximos le quieran.
Que tanto sus más cercanos, como los lectores, consigamos que usted nos siga mirando a todos como estrellas.

Saludos. Gelu