lunes, 11 de enero de 2010

PUES ESO

Lo que ha llegado al grueso de la gente de la época romana tiene más que ver con la guerra y con las películas aquellas que con el derecho o con la filosofía, con las comunicaciones o con la literatura. ¿Quién estudia hoy la lengua o la literatura latinas?, ¿quién le echa horas al Derecho Romano?, ¿dónde se han quedado las calzadas construidas por los soldados o por los esclavos?, ¿quién recuerda el nombre de un puñado de filósofos romanos de importancia? No simplifico demasiado si aseguro que lo que nos queda, para el grueso de la comunidad, es aquello de “una de romanos” y todo lo del asunto religioso. Poco más.

Y es muy falso, porque mucho de lo que nos sigue sustentando nos viene de allí. Por ejemplo alguna línea filosófica importante como es el caso del Estoicismo que, aunque no naciera en tierras de Italia, tiene allí preclaros cultivadores, como es el caso de Séneca, por ejemplo.

Leo hoy las Meditaciones, de Marco Aurelio, ejemplo también brillante de esta manera
de pensar. En el S II este emperador, dedicó esfuerzos no solo a los asuntos militares sino al pensamiento y a sí mismo. De él copio, casi al azar, esta consideración: “El tiempo de la vida humana es un punto, su esencia fluye, su percepción es oscura, la composición del cuerpo en su conjunto es corruptible, el alma va y viene, la fortuna es difícil de predecir, la fama no tiene juicio. La vida es una guerra y un exilio, la fama póstuma es olvido. Entonces, ¿qué es lo que puede escoltarnos? Solo una cosa, la filosofía.”

Tiene para mí como principal valor la filosofía estoica la puesta en valor de la templanza, de la cordura, de la sencillez, del reconocimiento de que nada es demasiado ni nada en poca cosa, la contención, el dominio de la situación, la resignación ante lo que no se puede controlar, la dimensión humana, el ensalzamiento de lo más pequeño… Y, en el mundo en el que vivimos, no es precisamente poco. Ahora todo es tumulto y desproporción, apariencia y exageración, triunfo y fracaso, buenos y malos, salvados y condenados, individualismo, egoísmo, irracionalismo, consumo, obediencia ciega al mercado, sometimiento a las apariencias y a la publicidad…

El Estoicismo da en la frente a todo el que saca pecho, a todo el que se engola, a quien levanta demasiado los pies del suelo, al caballero español que aparenta de capa pero debajo anda desnudo, al trajeado bejarano que solo tiene trajes pero no pensión pues la dejó en el sobre en negro que recibía en las oficinas en las que sirvió al amo durante toda su vida, a toda la apariencia, en suma.

Sin embargo, me queda siempre la duda de que este modelo de pensamiento y de vida anda siempre como un poco cojo y encogido, como con miedo, como si fuera, históricamente, el reconocimiento del fin de un proceso que ha alcanzado su cima y al que no le queda otra cosa que caer mirándose a sí mismo, como un sistema con cierta carga de morfina calmante y de resignación, como un qué le vamos a hacer si no hay más remedio.

Pero me sigue gustando porque me redimensiona y me lleva siempre hacia mí mismo, hacia mis limitaciones, hacia el reconocimiento de lo poco que es todo y lo nada que soy yo mismo, hacia la separación de tanto sacapechos como camina erguido por esas calles, hacia mirar las cosas con cierto desencanto pero a la vez con el aprecio de lo pequeño pero cercano y próximo, humano para más señas y un tanto racional.

El propio Marco Aurelio advierte: “¿Tienes la razón? Sí. ¿Por qué no la usas? Si ella hace lo que le es propio, ¿qué más quieres?”

Pues eso.

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