miércoles, 18 de febrero de 2009

"LOS MOZOS DE MONLEÓN" COMO PRETEXTO

Supongo que el trabajo, el mundo físico y humano que lo rodean y que lo sostienen informan de manera determinante las costumbres, los pensamientos y hasta la escala de valores de cada uno de nosotros. Yo trabajo en algo que me gusta (no el trabajo sino lo que en él se ventila, que tengo que aclararlo siempre) y que me parece importantísimo para el ser humano. Se trata del mundo de la educación. Invertir en ese mundo esfuerzos sigo pensando que se trata de la actividad más productiva y a la vez más económica. Por eso ando también aquí en eterna contradicción pues a la pereza de comenzar el trabajo se suman las ganas de no dejarlo cuando algo me dice que se ha cumplido el tiempo.

En mi centro de trabajo se han iniciado esta mañana unas jornadas de teatro en las que participa un ramillete de grupos procedentes de diversos lugares de la provincia. Todos son muchachos animosos, que se inician en las tablas y en la representación, que se sueltan y se desinhiben, se transforman y dejan en evidencia también sus deficiencias y, en todo caso, que se esfuerzan como no lo hacen en ningún otro contexto. Para todos ellos mi aplauso y mi ánimo. Ellos son una prueba palpable de que al ser humano hay que favorecerle los contextos apropiados para que desarrolle sus capacidades y de que la enseñanza tiene mucho de trabajo y de aclimatación personal a lo desconocido y a lo que en principio cuesta, pero que tiene que tener muchísimo más que ver que lo que ahora mismo tiene con la creatividad y con la conexión acertada con esas pulsiones personales de cada uno.
Pero el minuto de reflexión de hoy no me ha llevado a eso, que no es poco, sino a algo más liviano aparentemente.

Con los primeros grupos han venido los gallitos provinciales de la representación provincial: delegado provincial de educación, jefa de la unidad de programas, inspector de zona… Vale, colegas, que los conozco a todos y me llevo bien con ellos aunque “no son de mi cuerda”. Y toca inaugurar estas jornadas. Intervenciones oficiales sin preparación, de esas de cumplir el protocolo. Tampoco pasa nada: lo que se ventilaba allí era lo que traían los grupos de teatro. Pero una vez más se cumple lo que me parece una contradicción evidente. Eso que llaman autoridades educativas, en esta región de derechas y que oficialmente siempre se oponen a las leyes educativas, que, resumidamente, vienen a defender que en la educación hay que enseñar contenidos y que los valores ya se enseñarán en casa, o sea, eso de la libertad de los padres a educar a sus hijos según su voluntad y sus creencias, o sea, eso lo de la Educación para la Ciudadanía, como último ejemplo, dedican seis de sus cinco minutos de intervención a recordar lo importante que es educar en valores, en aplaudir las actividades que, a primera vista, no están regladas ni pertenecen a ningún tema de ninguna asignatura.

Pero, almas de cántaro, ¿en qué quedamos? Pero ¿no veis que hacéis el ridículo delante de cualquiera que se eche a pensar un momentito y le ponga al asunto un silogismo en bárbara? Pues aseguro que es así siempre, que lo veo yo con mis ojitos y lo oigo yo con mis orejitas. Me muero de la risa en estos casos pero también siento un cosquilleo de enfado cuando me paro a pensar en ello.

Mis alumnos tendrán cumplida cuenta de lo que allí se representó pues están obligados a pensar por su cuenta en un escrito. Y pienso dedicar un tiempo a ello, aunque bien sé que no es del tema doce. Ni del trece, coño.

Esta mañana se toparon los muchachos con una adaptación de “Los mozos de Monleón”. Tendrán que opinar acerca del amor familiar, de los ritos iniciáticos en las comunidades para “hacerse más hombre”, y algo tendrán que opinar con las adaptaciones de esos ritos a su época: tal vez la imagen de un muchacho chulito montado en una moto en un día de verano no sea mal ejemplo. Y a ver qué pasa. ¿O es que yo no educo para algo? Con dos cojones.

Y que vengan a discutirlo conmigo. A ver qué pasa también. Falsos, más que falsos.

Nota a pie de página: La adaptación era del malogrado Ángel Carril. Recordé su figura y recordé viejos tiempos. La leyenda lleva nombre de pueblo muy próximo al mío. Los ritos iniciáticos de la obra son igual de ancestrales y de poco recomendables que algunos de hoy mismo. Y, sin embargo, siguen existiendo. Y la obra es una tragedia en toda regla que, como todas las tragedias, se escribe y se presenta desde el final y no desde el principio. Mi marcador de entradas me recuerda que llevo ya 500 en este blog: ¿Debería celebrarlo? Y ya está bien de pie de página.

3 comentarios:

antonio dijo...

A celebrarlo, pues. Con dos cojones (sírvame de excusa que tu utilizas la expresión de vez en cuando, y yo soy buen alumno). Con infinitamente menos motivos se celebran otros faustos bastante menos importantes.

500 entradas han sido 500 invitaciones a pensar, que no es poco. "Remudaré con despacio" mientras llega la quinientas una (con letra para que no suene a coñac).Felicidades.

A.Merino.

Manolo dijo...

Cuando te dijeron en un periódico provincial que no hacías juego con su facha-ada y empezaste el blog, salimos ganando todos los que te seguimos.
Me uno a Antonio M. (Gracias Antonio por el regalo a Antonio, que ya había dicho que compartiría conmigo y un honor participar de una dedicatoria suya contigo) en lo de la celebración. Beberemos buen vino por las que llevas y por las que sigan.

antonio dijo...

Me advierte telefónicamente Jesús Majada, como pidiéndome disculpas, de que en mi comentario de hoy escribo "faustos" en lugar de "fastos". ¡Qué haría yo sin la ayuda de los amigos!. Gracias, Chus.

Aprovecho, de paso, para colocar una tilde en el "tú" de la segunda línea. ¡Y yo que pensaba que no me equivocaba nunca!

A.Merino