jueves, 12 de febrero de 2009

CHARLES DARWIN

Se cumplen hoy 200 años justitos del nacimiento de Charles Darwin, el autor de El Origen de las Especies. Y también en este año se cumplen los 150 de la publicación de la obra. No he visto muchas menciones ni largos comentarios en los medios de comunicación. Es el círculo vicioso del infierno: como no vende, no publico; y, como no publico, no vende. Ahora es mejor hablar de monterías o de tramas al uso: se venden más anuncios y se hacen conjeturas con total impunidad, se desahogan muchos y seguirán chupando los de siempre.

Yo he tenido la suerte de leer hace un par de semanas, con auténtica fruición, una densa obra que, aplicada al fenómeno religioso, no es más que una verificación de las comprobaciones de Darwin. Creo que apunté su nombre: “El espejismo de Dios”, Richard Dawkins. Aún la tengo a la vista y la repaso.

Me imagino a Darwin en familia, con un ambiente religioso tradicional por todas partes, tratando de dar forma a lo que su mente y sus trabajos le iban descubriendo. No puede extrañar que tardara tanto en dar a conocer sus experiencias.

Pero ya fue para siempre otra cosa distinta. Él actualizó la versión última de El traje del Emperador para dejar para siempre claro que el rey iba desnudo, para marcar la pauta a los trabajos siguientes, para indicar la senda y el camino cierto. Es verdad que el hombre aparentemente quedaba con el culete al aire, que se descubría como un elemento más de ese proceso inacabado de la evolución de la materia, que se le caía el trono de la creación, nunca creada, que se creía ya nieto de los rumiantes y bisnieto de los peces, que, si seguía indagando, se deshacía en moléculas, en reacciones químicas extrañas, que se instalaba en el tiempo y en el espacio en un perpetuo cambio.

También echó las cuentas y se fijó en sí mismo, y se alejó de tanta dependencia, se notó en evolución hacia ninguna parte, con una vida suya y para él, para que la violara con sus mejores armas, para que la gozara sin miedos ni temores, para armar con sus fuerzas la moral más humana, para aprender a respetar al otro, para hacerse más libre y más humano.

Cada página de El Origen de las Especies le rompió una página al libro de los libros hasta dejarlo en blanco casi todo. Y el verbo se hizo carne, de verdad, de la que nace, crece, se reproduce y muere o más bien se transforma, de la que acumula experiencias y las traslada a sus genes y a sus descendientes, que las van incorporando y las van adaptando a su físico, a su vida y sus costumbres, a ese saco que va modificando lentamente la materia y sus pasos por la vida.

Andan resucitando el creacionismo los que no se resignan o no quieren mirar lo más diáfano, o sea, los de siempre otra vez más: las iglesias del libro y sus acólitos de la sociedad profunda, o al menos tratando de salvar un deísmo que asegure el origen en el gran relojero. No seré yo quien les critique el gusto en asunto tan grave. También me gustaría. Pero es que es empeñarse en que en verano hay frío y en invierno se cuecen los carámbanos.

Así que bien por Darwin y por todos los que serenamente se enfrentan a la lucha para seguir aquello que la razón les dicta, lo que el laboratorio enseña y lo que el sentido común informa. El desnivel entre creacionistas y evolucionistas cada día es más grande. Los primeros se seguirán disfrazando con interpretaciones varias hasta que algún día encima terminen por querer apoderarse de la bandera de lo que ahora combaten. Ha sido así en la Historia casi siempre.

Hermano lobo, hermana flor y hermana piedra. Ahora sí, con todo su sentido, con total complacencia, con el mayor respeto.

2 comentarios:

Adu dijo...

Yo como soy objetora (de prensa) no he leído nada pero en el Telediario de la 1 sí han hablado, y bastante (dentro de la poca cobertura que tiene lo cultural, me refiero).
Buenas noches.

Unknown dijo...

Un eslabón más para seguir pensando en el origen y esclarecer el misterio mas grande que nos envuelve.
Un abrazo