martes, 13 de mayo de 2008

A VECES UNO PIENSA Y SE DESGANA


Con alguna frecuencia me pega un agrión que me deja temblando. Pienso en estos momentos en mis hijos y en cómo se organiza mi vida desde ellos, para ellos, pero sin ellos. Organicé mi vida y mi trabajo -cuando me fue posible- pensando en buena parte en mis padres y en los de mi mujer, he estado aquí, a su lado, todo el tiempo, muchos años, muchísimos. No quiero confesarme que es la única razón para asentarme en esta ciudad estrecha, pero sí que fue una causa esencial y poderosa. Ahora me doy cuenta de que tal vez no pensé entonces en mis hijos, en el futuro de ellos, en sus ubicaciones, en que aquí no sería sencillo retenerlos, en que lo más probable sería que cualquier día se marcharan y volaran el cielo, que es muy grande.
Tampoco sé si una persona tiene que pensar en esas cosas porque el futuro nunca está escrito, o al menos esas letras no se ven en el horizonte, incluso hasta quizás sea bueno que no se vean porque cada uno tiene que ir trazando su futuro. Yo no sé lo que tiene que ser, pero sí sé lo que es. Y lo que es es que ahora estoy sin ellos, con su cariño cerca pero con su presencia lejos, con su roce disperso y espaciado, con sus visitas cortas y muy breves.
Dicen que la globalización tiene muchas ventajas y acaso las tendrá. Viajan los capitales, viajan los productos, viajan las personas libremente por ciertos territorios. Pero dejan vacíos otros tantos, con desgarros emocionales que no se curan pronto. Tener un hijo cerca supone un gran alivio, una amplia fuerza, un apoyo continuo, una confianza y una seguridad que no se paga con dinero, una constancia cierta de que tus cosas próximas están siempre a tu lado, te visitan, te cuentan sus miserias y sus glorias, comparten sus anhelos, sus fracasos, reparten buenos ratos en tu casa, prolongan esa línea difusa de la vida y tú la ves crecer y disgregarse. Sé que hay muchos medios para paliar la ausencia, y en ellos nos movemos cada día, también sé que estás líneas son un acto de egoísmo, pero me siento huérfano esta tarde de mis hijos, de su presencia y de su cariño, he hablado con ellos y me parece poco pues los querría más cerca, aquí, a mi lado, para poder decirles lo que siento, lo mucho que me duelen sus ausencias.
Sé que se nace solo, que se muere en silencio y siempre solo, que se vive en lo íntimo completamente solo. Pero yo necesito su presencia, porque ellos son mi vida, casi todo el sentido de mi vida, y por ellos mi mente está ocupada y bastante confusa en esta tarde, que se me ha vuelto gris mirando el horizonte, viéndolos allá lejos, hambriento de sus besos y caricias, desangelado y triste.
Sé que me quieren mucho, casi tanto como yo a ellos, pero hoy los siento ausentes y yo estoy muy vacío. Tengo que procurarme otros oficios. Venga, vamos a ello.

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