lunes, 26 de mayo de 2008

DEAJAR ESCUCHAR


“La música callada, la soledad sonora…” Cuánto dicen los versos si sabe uno escucharlos… Me sigue preocupando el asunto este de la comunicación. Hay sucesos que me actualizan con demasiada frecuencia e importancia lo que significa este hecho, tan consustancial al ser humano, tan mostrenco y a la vez tan complicado. En esta rama del árbol de la vida, la teoría se ve reflejada como fotocopia exacta en la realidad de cada minuto. Todo es ruido y modorra, casi todo es falta de comprensión, demasiado es falta de voluntad. Lo de que las palabras no es más que un simulacro, una aproximación con una tenue linterna a la luz más deslumbrante de la realidad, no es cuestión de destacarlo pues lo hace por sí mismo; lo de que los canales se complican a la menor resulta evidente; lo de que los contextos lo pervierten todo no hay más que mirarlo. Pero como la comunicación es reciprocidad, siempre me ha preocupado, y ahora tal vez un poco más, el tiempo de la respuesta, la codificación y su vuelta a empezar, la decodificación y la comprensión, la buena voluntad como experiencia.
Tengo para mí que pocas cosas resultan tan productivas como saber escuchar, como provocar silencios y pausas, como hacer manar descansos, como irradiar tranquilidad. Conozco a más de uno que deja medio crédito por el camino por no saber pararse a tiempo, a tiempo de que el interlocutor pueda expresarse, por no saber dejar la parte alícuota al de enfrente. Son tipos estupendos, con buena voluntad seguramente, pero con un camino demasiado fijo de dirección única que no ofrece la posibilidad de cambiar de sentido. Una conversación, en esos términos, termina en un monólogo, en conato de enfado y de fastidio, en malos entendidos e interpretaciones erróneas, en malos rollos casi siempre.
Supongo que es un peligro que nos acecha a todos. Habrá que poner tino en el asunto. Dejar hablar al otro, pedir nuestro derecho a expresarnos, confrontar las ideas serenamente, tomar algo de aquí y algo de allá, sentirse complementario y que te dejen serlo y saborear los gozos de la conversación. De verdad que a veces me siento impotente y descorazonado si no puedo sanamente meter baza para exponer mi idea. Me gustaría no provocar lo mismo en otras personas. La vida es convivencia, la convivencia exige las palabras, y estas intercambio, silencios y ganas de escuchar lo que nos digan. Se suavizan tantas cosas, se aclaran tantos conceptos, se arreglan tantos tuertos, que el propio don Quijote se sentiría orgulloso.
Hay una tenue voz en la distancia. Sentémonos a oírla y a escucharla.

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