viernes, 30 de noviembre de 2007

SALAMANCA

Ahora miro los rayos que descienden inclinados hasta este teclado en que escribo estas letras. Este sol me vigila, me unge y me hace diáfano en las tardes de otoño. Tan hasta dentro penetra, que me obliga a bajar la persiana y a llamarlo alcahuete y entrometido. Necesito contraste con la luz de bombilla, porque la otra luz, la del gran panorama, la dejo para mi terraza, para las laderas amplias de la sierra, para el río escondido, para el bosque desnudo.
Y aquí estoy recordando la visita de ayer a Salamanca. Visita vespertina y en busca de ayuda con los médicos. Existe alguna edad indefinida en la que uno empieza a pensar en darle alguna ayuda al cuerpo para que no camine solo. Es este otro territorio de la duda para mí pues no son pocas las veces en las que pienso en la posibilidad de dejar que la naturaleza haga lo que tenga que hacer, a su bola y antojo y lejos de las imposiciones artificiales. Es Salamanca una ciudad amiga para los que quieren ser sus amigos. Es ciudad tranquila para pasearla, para gozarla, para distraerse por sus calles, para perderse por sus rincones y por sus monumentos. Yo ya no la gozo demasiado porque casi siempre voy con el tiempo tasado y con los deberes en la cabeza. Por eso es para mí sobre todo un espacio y un tiempo de recuerdos. De todos los recuerdos de aquel niño que, de once a catorce años, vivió y soñó en un colegio de frailes, engañado de todo, sumergido en nebulosas, velado de la realidad, despertando a una vida tasada en ilusiones y en actividades, guiada por elementos esotéricos, capada de contactos... Y, a pesar de todo, rica en el recuerdo. !Aquel inmenso esbozo de Escorial!, !aquellos campos! Todo por la vereda que conducía hacia Dios, hacia aquel dios inventado en las vidas de santos, en las oraciones de cada día y en los estudios continuados. Allí aprendí el esbozo de tantas cosas buenas y de tantas otras para tirar a la basura.
Fue bastantes años más tarde cuando la vida me volvió a llevar a las aulas de la universidad de Salamanca. Y allí otros cinco años (y un año de añadido como primer trabajo) con una voz más alta y unos ojos más amplios, descubriendo las caras de la vida, con el amor y la sociología en candelero, los últimos vagidos del franquismo, la convulsión social, y los contrastes de aquella otra población asentada en el polvo de los siglos, con los clérigos, los ganaderos y los funcionarios dejándose llevar por los días y los años.
Hoy miro a Salamanca desde lejos, pero la miro como algo también mío. Y en ella sigo viendo las mismas pausas y los mismos clichés sociales. Me gustaría que la ciudad ardiera con sus universitarios y solamente los vi ayer en grupos, dando voces por las calles, camino o de regreso de algún extraño botellón festero. Seguro que exagero porque hay gente estupenda pero esa era la imagen ayer tarde.
Como la luz escasea, pronto dimos la vuelta, con la impresión de sensaciones encontradas, con la imagen de la ciudad que se me pierde un poco en el olvido si no la refresco con mis visitas, con la satisfacción de que las ayudas que iba a buscar dieron resultados satisfactorios. Y con Juan Pablo en ella, dibujando sus pasos por las calles, viviendo su vida y sus desvelos. Sus desvelos que, en buena parte, son los míos.

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