jueves, 7 de octubre de 2010

DE CIUDADANO A CONSUMIDOR

En este camarote de barco que se hunde, parece que cada cual se mueve empujando al de al lado y procura su propia salvación no como ejercicio necesario en momento de zozobra sino como si fuera lo más lógico del mundo y el paradigma de la convivencia.

Hasta hace poco ¿poco?, uno tenía la sensación de que los límites entre lo que se llamaba izquierda y derecha eran bien visibles y cada cual sabía a qué lado de la verja se situaba. Hoy hay mucha gente empeñada en desprestigiar ese muro y en tachar de anticuados, cuando no de lunáticos, a los que quieren o queremos seguir manteniendo esa terminología, o al menos seguimos entendiendo que existen diferencias meridanas entre una concepción y otra de la vida.

¿Qué es ser de izquierdas en estos momentos? ¿Existe en realidad eso de la izquierda y la derecha? Por supuesto que existe y deberíamos tener cierto cuidado a la hora de jugar con estas y con las demás palabras, pues jugar negativamente con ellas a lo único que conduce es al desprestigio interesado de las realidades a las que apuntan.

Da la impresión de que se ha abierto la puerta a demasiadas concesiones por parte de los que tradicionalmente se consideraban de izquierda y se empiezan a admitir prácticas que mal encajan con una ideología progresista: impuestos, consumo, ecología, ética ciudadana, privatizaciones…

En los días que corren, el mercado es el ser supremo que todo lo regula. Por eso, la persona ha pasado de ser un ciudadano a ser un consumidor; todo está sometido al derecho de ser consumidor. Y, por si fuera poco, los mercados han convertido ese derecho en una obligación a través de la publicidad y de las cuentas de resultados. Los medios de comunicación han supeditado, de la misma forma, la información y la verdad a esa cuota de mercado que le asegure la cuenta de resultados. Ay los medios… Esta forma desaforada de consumir nos lleva sencillamente al absurdo, a la superoferta de productos (rebajas aparentes durante todo el año y explotación de empleados), a la lucha continua del ser humano contra sus semejantes, a la contradicción infinita entre la invitación al consumo y el fariseísmo de las recomendaciones para una vida y unas costumbres más sanas y sostenidas, y a los desajustes que provocan crisis como la que vive el mundo ahora mismo, dominado sin fisuras por estas formas de entender la vida. ¿Habrá que recordar otra vez que el dinero no es más que un símbolo sin valor real y que, por si fuera esto poco, en los últimos años se estaba operando (especulando) con un volumen cien veces superior al del dinero circulante? ¿Hace falta ser economista, o siquiera alfabetizado, para entender que esto es una absoluta locura?

¿Por qué también mucha gente, incluidos dirigentes, de izquierda se entrega sin reserva y aplaude con las orejas casi cualquier paso en esa dirección?

Yo no soy más que una persona normal que aspira al sentido común y que se siente rara en casi todos los contextos, también, y mucho más, en este, acaso base de casi todos los demás.
Aspiro a la supremacía del ser humano sobre el mercado y el egoísmo individual, a defender que el Estado es más justo en el reparto que el egoísmo individual, que deja ese reparto solo en los restos caritativos del mercadillo de turno, a proclamar que todo ser humano es igual en derechos y en obligaciones a todos los demás y que sus diferencias de capacidades no se pueden medir en compensaciones tan desiguales, a gritar que cualquier ser tiene derecho a una vida digna y no marginal por causa de un sistema económico y de mercado injusto y antihumano, a sostener que una educación social y socializada es la mejor medicina para conseguir una escala de valores que nos aleje de esas tentaciones del mercado libre y sin reglas que lo aten, a unir esfuerzos por alcanzar unos servicios sociales en justicia, sanidad, tiempo libre, pensiones… que aproximen las posibilidades reales y no solo teóricas…, a saber distinguir que es más importante el derecho a trabajar cada día que el derecho a trabajar en un día de huelga general. Porque también aquí, la libertad real no es lo mismo que la libertad teórica, como no era lo mismo la opinión pública que la opinión publicada.

Cuando reflexiono acerca de estos asuntos, siempre termino con la provocación siguiente: Al menos, si quieren aplicar el sistema liberal, que lo apliquen siempre y que se atengan a las consecuencias cuando les toque perder; que no vengan después ni aprovechándose de las subvenciones sociales, producto del esfuerzo común, ni predicando excepciones si se trata de sus personas o de sus allegados: veríamos cuántos de los defensores de esos sistemas neoliberales sencillamente se iban a la puta calle y con la lengua en el tercer ojo.

No sé si es fácil reconocer esa izquierda en nuestros días. Y, si no es fácil reconocerla, acaso sea más difícil seguirla. Sobre todo con tanto lobo aullando por las calles, por las ondas y por los papeles.

N.B. Ya me gustaría serenamente recibir opiniones contrarias y articuladas: no puede ser que tanta gente opine de manera tan diferente y esté equivocada: en algo tengo que fallar; me gustaría saber en qué.

2 comentarios:

mojadopapel dijo...

No te equivocas...seguimos con las clasificaciones pero creo que ,estas, son solo para hablar de Ideologías, la pura realidad es que todos perseguimos las mismas cosas, en eso se basa el consumo,queremos todo lo bueno en nuestras vidas,más seguridad, más bienestar, mejores alimentos, mejor educación...nuestra carrera por mejorar en todos los aspectos nos engaña y esa loca carrera nos vuelve tristes, egoistas, desapareciendo lo más bello de nuestra expresión, la sonrisa.

Ideales y Valores dijo...

En efecto, vivimos días de sinrazón, donde las ideologías sencillamente no existen, donde los intereses personales prevalecen sonre los ideales y valores de cada cual, donde en la política el sentido común brilla por su ausencia. La izquierda anda perdida con su barco zozobrando hacie el lado contrario, mientras la derecha se disfraza de rojo como si estuviésemos en carnaval, deseando que llegue el miércoles de ceniza para quitarse el disfraz...
A mis 35, por desgracia, no he vivido los años en los que la política era honesta en este pais. Y sin embargo lo añoro. Debe ser que yo también estoy equivocado, y que ese sentido común que ansío simplemente no existe...