domingo, 13 de septiembre de 2009

CON LA CRUEL CERTEZA

La vida es una guerra en la que combatimos con la cruel certeza de la derrota final. Acopiamos fuerzas cada noche, buscamos fuentes en las que beber y saciar la sed de nuestra mente, curioseamos por todas las esquinas por si hubiera algún refugio en el que escondernos y combatir el frío y el calor, paseamos por los pasillos con paso desigual y torcemos al final de las esquinas para volver siempre al mismo sitio, rellenamos las calles con nuestros pasos lentos y sencillos hasta observar que las señales nos devuelven siempre a casa y a las mismas horas, a veces hasta sentimos un golpe repentino como si hubiéramos descubierto la luz y sus principios, para quedarnos ciegos nuevamente, cantamos con la voz desafinada y pensamos en divos y en aplausos, pensamos que los otros serán tal vez un poco compasivos y nos devuelven cardos como regalo de cumpleaños, saludamos a la luz cuando se asoma con la aurora y enseguida la repudiamos hartos de que nos saque los colores.

Aguardamos acaso demasiado de la vida y no siempre los flujos son diáfanos ni siguen el camino de ida y vuelta, ponemos cada paso al servicio del gran punto final y olvidamos la fragancia que encanta nuestro ambiente, nos deshacemos sin consideración de lo que nos molesta y nos estorba, damos pábulo al viento si sopla en dirección que nos conviene.

Cuando llega el ocaso, hacemos cuentas y nos salen los saldos negativos con demasiada frecuencia, resumimos en una hoja de cálculo los números del debe y del haber y al fin nada nos duele pues el día siguiente volverá a ser lo mismo de lo mismo, dormimos con el ojo en cabestrillo y con la conciencia en posición de guardia por si acaso.

Y al día siguiente volvemos a morder de nuevo el polvo del fracaso transitando por los mismos caminos.

Entonces una rosa nos redime, un olor que combate en su fragancia con el tedio y la abulia, una mirada alta y generosa, una frugal ración de agua salada en el mar de unos besos.

Y otra vez al combate, sabiendo que, al final de la batalla, seremos prisioneros sin remedio y habrán de sepultarnos en la fosa del tiempo y del olvido.

3 comentarios:

PENELOPE-GELU dijo...

Buenas noches, Don Antonio Gutiérrez Turrión:

Ayer que parecía tan contento por la lluvia, y hoy parece que ya no lo está tanto.
No se me ocurre nada más que, -con un poco de adelanto-, ponerle una canción de Serrat: "La Balada de otoño".
Ahora en Barcelona, está lloviendo suave.

Saludos. Gelu

Jesús Majada dijo...

Ánimo, compañero,compañero de camino.

Antonio Gutiérrez Turrión dijo...

Gracias a los dos.
"una balada en otoño, un canto triste de melancolía..."
Si solo fuera eso...