miércoles, 29 de abril de 2009

MIS MUNDOS

Y hoy me quedé colgado pensando en este mundo en el que habito. Y, para empezar, no sé ni definirlo. Porque me asaltan dudas, como siempre. ¿Habito en este mundo o formo parte del mundo? No es lo mismo, seguro. Habitar me separa y me hace ver las cosas desde fuera, como un espectador privilegiado o tal vez privado de saborear las esencias de las cosas. Formar parte de él, de ese mundo, me acerca y me sumerge, me hace pensar en él como si pensara en mí, sus leyes serán mis leyes, sus éxitos los míos y sus fracasos mis fracasos.

Y, al fin y al cabo, existen muchos mundos. Para empezar existe mi mundo. Es ese más cercano, el que me limita y me comprime, el que me acoge más a diario, el que me soporta físicamente y mentalmente, el que se deja acariciar por mis sentidos. De hecho, me sorprendo con frecuencia refugiado en “mi mundo”, incluso en “mi mundillo”. Y supongo que mundillos habrá tantos como personas somos, aunque algunos elementos tendremos en común para poder tener continuidad y podernos entender para lograr la supervivencia.

No puedo ni quiero delimitar ese mundillo mío, precisamente porque es mío y solo mío, como lo es el mundillo de cada uno de los demás seres. Pero sí puedo afirmar que casi todas mis energías se me agotan en sus límites. Porque es lo que veo y lo que toco, lo que huelo y lo que oigo, todo lo que está ahí, o más bien aquí, a mi lado, a cada hora.

Sobre él, a su lado, están los otros mundos, en el caso de que realmente sean otros distintos. Tienen distancias más largas y parámetros un poco más difusos, los lazos que me atan a ellos se me aflojan un tanto y, aunque nihil mihi alienum puto, lo dejo estar y lo difiero hasta otro momento más propicio. Son los mundos sociales y menos familiares, las extensiones grandes que se llaman provincias o regiones, los llamados estados o continentes. Y ya para más lejos, los planetas y estrellas, esa cosa tan grande que se llama galaxia, los espacios interestelares y el coco de los cocos, que recibe el nombre de universo.

Sé que todo es mi mundo, pero no todo es igualmente mi mundo. Aquí sí que seguramente se cumpla aquel dicho de que el que mucho abarca poco aprieta. Y, si la gripe porcina pone en peligro a alguna persona próxima, me voy a preocupar más que si se produce algún fallecimiento en lugares distantes. No sé cuál es la causa pero opero de esa forma. Sospecho que un poco lo hacen todos los demás seres.

Pero, desde este mi egoísmo chapucero, no dejo de ser consciente de que pertenezco al mundo con mayúsculas, también al que es más grande y más difuso, a ese que me desborda pero que también me llama porque soy de su misma materia, porque me influye más de lo que soy capaz de ver en primera instancia. ¡Y eso que no sé nada de casi nada de él! Cuanto más me alejo más me pierdo, más me siento minucia. Casi como ese virus que me indignaba ayer mismo.

Por eso me pregunto por su origen, por su sentido último, por su orden y desorden, por el significado de este caos aparente, por su evolución y por sus enfados, por sus dimensiones y por su organización. Porque preguntarme por él es preguntarme por mí mismo como parte del mismo.

Y cuando hago esto me acongojo, me siento tan pequeño, me quedo como en Babia, me sorprendo colgado de mí mismo. También en este momento en el que tecleo estas líneas y extiendo mi imaginación hasta donde alcanza, que termina por no ser demasiado.

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