sábado, 18 de octubre de 2008

DE NUEVO ANTE LA NOCHE

El día se ha desmayado en una tarde gris y cenicienta, hasta dejar la lluvia cuando ha llegado la noche por los cielos. Comenzó bien el día, con un sol incipiente, que iba poniendo claros en la paleta de los ocres densos que ya pueblan el valle y las laderas. Hay que venir a ver estas sierras para ver cómo brillan las faldas y los valles, cómo el otoño es cielo, si es que existe ese invento, cómo la luz se para sorprendida para mirar el iris y mi vista me dice que estoy en el camino de la gloria cuando miro los árboles cediendo los últimos impulsos de la vida. El sol dora las horas de la tarde, y me protege a mí que sigo cuadriculando los metros de mi plaza, con mi carrito al lado, con mi paciencia a cuestas, muy dañada, viendo cómo la vida se desgasta, y yo la veo pasar, y ella me mira, y me habla, y se ríe, y me trastorna. Y, al declinar el día, se va diciendo adiós por el hondo perfil del horizonte. Desde lo alto del Castañar se ven las sierras claras y los valles oscuros. Allí, entre los castaños, se fragua una batalla en la que las bombas, en forma de castañas maduradas, se desploma contra el suelo y se ofrece sin treguas a la tierra.

Después llega la noche, se alargan más las horas, se pierde uno en sus senos, se asoma sin querer a la terraza y observa que la lluvia se ha sumado a la fiesta y aroma de humedades el piso de las calles.

Por el medio, las vidas que transitan en varias direcciones. La mía, que contempla, como un perdido jefe de estación, cómo parten los trenes y cómo llegan otros; la de mi madre, que sigue transitando por sus mundos en una caminata interminable; la de Miguel Ángel y Merce (y su futuro, un pequeño vagón de cinco estrellas), que hoy han venido a vernos.

De nuevo ante otra noche que puede mantenerme en duermevela. Veremos qué sucede. Yo estoy muerto de ti, vida que pasas. Déjame ver más lejos, hacia otro día más amplio y más diáfano, que no me dé sus horas tan tasadas y me ofrezca su luz hasta anegarme.

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