viernes, 16 de julio de 2010

PARS PRO TOTO

Sigo perplejo observando cómo la gente se apropia de la representación de todos cuando apenas se sostiene a sí misma. Seguramente ya me habré asombrado aquí de este fenómeno que toma la parte por el todo y se queda tan fresco y oreado.

En técnica literaria esto se denomina sinécdoque y responde al esquema lógico de “pars pro toto o totum pro parte”. O sea, lo dicho, que uno se apropia la representación de todo hijo de vecino sin encomendarse ni a Dios ni al diablo (¿por qué escribo Dios con mayúscula y demonio con minúscula?) y dando por hecho que eso responde a la verdad más absoluta.

No es fácil sobrevivir sin dar por sentadas bastantes cosas; no progresaríamos si tuviéramos que demostrar todas las afirmaciones. Pero conviene que demos por buenas o por malas las que realmente estén probadas y no las que se acomoden a nuestros deseos y a nuestro provecho. Y aquí volvemos, una vez más, al difuso límite en el que navegan tantas veces los barcos de nuestros argumentos.

¿Se puede afirmar que la ley de la gravedad es universal? Parece que sí. ¿Hay que demostrarla cada vez que queramos aplicarla. Parece que no. ¿Se puede argumentar que los españoles son amantes del sol? Aquí ya convendría actuar con prudencia y no generalizar, aunque parece que la experiencia demuestra que es verdad en muchos casos. ¿Puedo afirmar que el pueblo de Béjar está contento con la actuación de la situación sanitaria en la ciudad? Parece que las dudas se acentuarían y yo me tentaría la ropa antes de afirmar tal cosa. ¿Me permitiría esta situación afirmar que la población de Béjar está descontenta con la situación sanitaria? Creo que no.

Así podría ir graduando hasta situarme en el mar de la niebla y de la confusión.

Pues los supuestos portavoces de las mayorías, sin haber consultado con nadie, se multiplican por todas partes. Estos días pasados he oído a muchos representantes políticos, casi todos ellos minoritarios en representación, atribuirse la portavocía de todos los españoles: “Los españoles piensan”, “los españoles quieren”, “los españoles necesitan”. Y no tienen ni el pudor de un “nos parece que”, “pensamos que”, “seguramente…”. Nada de nada. Otro tanto ha ocurrido con los representantes catalanes. Tienen las ideas tan claras que uno empieza enseguida a dudar de la veracidad de sus afirmaciones tan rotundas. Y hasta puede que en la realidad tengan bastante razón, pero no tienen el derecho de arrogarse representación que nadie les ha otorgado.

Desde el parlamento podemos bajar escalón y situarnos en comunidades autónomas, en diputaciones, en ayuntamientos, en comunidades de vecinos y en cuadrillas de amigos tomando el sol en el parque.

La sinécdoque por excelencia es la del equipo de fútbol patrio. Todos hemos ganado la copa del mundo, todos hemos rematado y hemos marcado el gol de la victoria, este no es mi equipo sino nuestro equipo. Cuidado con el discrepante porque en este terreno puede ser lapidado. Otro tanto sucedería si se me ocurriera cuestionar el patronazgo de la Virgen del Castañar como patrona de Béjar o la bondad o maldad de dedicar esfuerzos y dinero a jalear la antigüedad de la plaza de toros del Castañar.

Las aparentes verdades, repetidas por los altavoces públicos, se convierten en tópicos. Los tópicos se petrifican con el uso. El uso mantiene lo que conviene del tópico a los medios que los pregonan y que los mantienen. Los usos los mantienen los que poseen los medios públicos para ello. Lo usuarios de esos medios públicos corren el peligro de dejarse llevar y de dar por bueno todo lo que le digan que es bueno y malo lo que le presenten como malo. Las costumbres son los moldes que conservan congelados esos usos. Si no se remueven las entrañas desde la razón y desde el progreso, corremos el peligro de la manipulación continua y de que todo se convierta en apariencia y mentira.

Yo no aspiro a que todos seamos “versos sueltos”, pero tampoco quiero comulgar con ruedas de molino sin notar nada extraño en la garganta.

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