lunes, 13 de julio de 2009

ATHOS VII







AGHIOS PAVLOS: San Pablo en lengua cristiana y macarrónica. San Pablo es el culpable, de lo bueno y de lo malo, de todo este tinglado tan extraño. Sus prédicas, sus cartas (a los de Tesalónica), sus normas, sus consejos… La iglesia le debe seguramente casi todo o todo. ¿Pasaría a pie o en barca por estos lugares del monte Athos?

Con este ronroneo ascendemos hasta las puertas mismas del monasterio. Aghios Pavlos está literalmente a los pies del monte Athos, de la inmensa mole de piedra que se alza en vertical desde la costa hasta más de dos mil metros de altura. Es todo majestad, todo grandeza, todo misterio y soledad, todo desmesura. La parte más elevada aparece entre niebla, como para que todo parezca más misterioso y oculto. Y allí, como rindiéndole homenaje, como en adoración perpetua, se alza la fortaleza de San Pablo.

También este monasterio anda en reformas y por allí deambulan obreros y algún vehículo. Uno se apiada de nuestro calor y nos acerca hasta la puerta. Allí nos recibe un tipo amable y complaciente. Es el arkontiki (no sé muy bien cómo transcribir esta palabra). Ya se sabe: agüita, aguardiente y dulces melosísimos. Descanso por un rato. Aquí podremos descansar, cenar y dormir. Todo arreglado para lo que queda de día y de noche. El mar aquí queda un poquito más abajo pero la vista es más amplia y más sumisa. Y arriba todo el monte, en vertical inmensa. Esto sí que es sagrado y emblemático.

¿Qué hora es?... Media tarde. Hora de vísperas, pues llama la campana. Al catolicón. Está ahí mismo, al lado del pabellón del peregrino. En el catolicón aparece otro grupo de peregrinos un poco más descansados que nosotros. Y se quedan en el primer recinto. Nosotros apuramos y nos metemos en el de más adentro. No por demasiado tiempo pues hay un monje celoso que (vete tú a saber por qué conducto) sabe que no somos ortodoxos. A Jesús me lo sacan hasta el recinto de afuera y yo no aguardo a que me inviten a ello. Menos mal que no conoce la debilidad de nuestra fe, si no, tal vez nos hubiera puesto en un barco en dirección a Ouranópolis. Adonde fueres haz lo que vieres. No es mala máxima y a ella nos acogemos.

De nuevo los monjes acuden a su aire a la iglesia, a su catolicón, y de nuevo las reverencias interminables a las imágenes pintadas en todas las paredes. Nunca vimos ni una sola estatua. Y otra vez la salmodia. Nos vamos haciendo con los tiempos del canto ortodoxo y hasta vamos entendiendo algunas de las palabras. Ay, aquel griego del bachillerato y de los primeros años de facultad universitaria… Con lo bien que creemos controlar la lengua latina y lo lejos que se nos queda la griega. Hemos visto textos en griego moderno y hemos evocado aquellos viejos saberes. Pero ya digo que expurgamos palabras en esta intensísima melopea de sonidos y de rezos. Son sin duda estos momentos los que van a tomar en mí un poso más extraño de este viaje también extraño, todos los que estamos viviendo y sintiendo en el catolicón. Otra hora de rezo y otra hora de recogimiento, de pensamiento, de sentimiento, de reflexión y hasta de análisis. Es ahora el sentido del oído el que está a pleno rendimiento. Y aquel olor a sándalo que sabe a oriente puro. Y con ellos toda la potencia de la imaginación. En verano y al amparo de la sombra del templo, en la oscuridad y en el silencio. Ya todo es personal e interior. Y hay que dejar espacio para el misterio y para lo que quiera cada uno. Esas horas son hondas y distintas. En todos los sentidos. Y eso que los tonos no son tan especiales como los de la primera tarde en estos pagos.

A cenar sin tardanza. ¡Si son solo las seis, las cinco en Hispanía! Cada monasterio tiene sus costumbres y cumple sus horarios especiales. Aquí se cena pronto, desde luego. Hoy tocan lentejas y una raja de sandía. Pues sea lo que sea. Y sin descanso, que el abad come pronto y se levanta, no siendo que nos dejen con la cuchara en la boca. Ya hemos aprendido y no nos pillan. En el lujo del refectorio, con esas paredes pulcramente policromadas, con las ventanas mirando al horizonte del mar, con la lectura melódica de uno de los monjes y el silencio, con nuestras ganas de saciar las necesidades, y con el monte Athos ahí arriba, todo parece pleno y verdadero. Porque, ya lo he dicho, Athos sigue cayendo vertical desde allí arriba hacia nosotros.

Hoy el día ha dado ya su jugo. Queremos alguna noticia desde España. Y la tenemos a través del artilugio técnico del móvil. Solos y conectados, en el otro lado y a la vera misma, en la otra orilla y en la misma playa. La tarde va muriéndose en el mar del Egeo. Nosotros la miramos mientras se diluye en occidente. Todo queda sereno y olvidado. “Cesó todo y déjeme…” Miramos hacia el monte, miramos hacia el mar. Yo ando cansado. Supongo que Jesús también. Charlamos de todo un poco. Sobre las limpias piedras de los paredones. Sobre la balconada que sirve de terraza. Pronto se cerrarán las puertas del monasterio pues empieza a anochecer. A descansar. Mañana será otro día. Hasta mañana.


ATHOS VII: Per agrum (Jesús Majada)

Hemos llegado hasta el último monasterio de la costa oeste, el situado más al sur. La mitad del camino a pie, y la otra mitad en barco. Nuestra intención de hacer todo el recorrido a pie se vio frustrada por la falta de seguridad para poder dormir a mitad de recorrido, en el monasterio de Simonos Petra, en donde pensábamos pasar la segunda noche. Así es que cambiamos de planes, tomamos otro costoso barco-taxi hasta Agios Paulou y decidimos hacer nuestro viaje pedestre en sentido inverso, dirección sur-norte.

El paisaje se ha ido apeñascando. Al principio los caminos y las pistas forestales salvaban los accidentes con cierta suavidad. Pero en estas tierras del sur todo es empinado y fragoso, y para ir por pista forestal de un monasterio a otro hace falta recorrer hasta veinticinco kilómetros, cuando en línea recta sólo les separan dos.
Agios Paulou es nuestro finisterre ortodoxo. Allí la cúspide de Athos se nos hizo realidad física, solemne, misteriosa, casi amenazante. Para alcanzarla con la vista hay que estirar bien el cuello, pues los tres kilómetros imaginarios que nos separan de la vertical de su base, se elevan dos mil metros hasta la cumbre.

Las piedras de los perdidos caminos; el transparente, tranquilo y tentador Egeo; la fresca agua de las fuentes; en fin, la grandiosidad de los monasterios y la hospitalidad de sus monjes parecen habernos infundido confianza, y cada vez nos identificamos más con ese mundo, nos sentimos menos temerosos de lo desconocido, más dispuestos a las andanzas y más satisfechos de nuestras correrías.

Además, el león no es tan fiero. Desde España imaginábamos que aquella república de monjes anacrónicos y misóginos (¡los helenismos brotan por todas partes!) era un mundo sumido en el atraso: en algún lugar leímos la recomendación de llevar una linterna… Pero la austeridad, frugalidad y severidad de costumbres en los monasterios de Athos no están reñidas con la modernidad: en todas partes hay cabinas telefónicas -y en casi todas cobertura de móvil-, luz eléctrica, agua caliente, placas solares, agua refrigerada, calefacción para el invierno, poderosos todoterreno, y una buena y grande lancha motora en cada monasterio para prevenir cualquier contingencia. No vimos televisión, ni tampoco internet, artilugios impropios del retiro monacal…

Pero nosotros somos peregrinos y caminamos “per agrum”, por el campo. En verdad, los auténticos -como nosotros-, los que transitaban aquellos intrincados caminos, apenas se veían. La gran mayoría de los viajeros a Athos iba de un monasterio a otro en barco o en 4x4. Y es que en nuestras mochilas, ligeras de fe, no faltaba una buena carga de voluntad caminante. Los otros acarreaban su devoción en maletas con ruedines.

8 comentarios:

Sinda dijo...

¿Hoy no hay fotos?

antonio merino dijo...

No sé cómo estarían vuestros cuerpos a estas alturas del viaje, pero empiezo a notar en la narración de hoy algo de cansancio físico. ¿O no será que os ha atrapado la inmensa majestad de Athos, y el sándalo y las salmodias han serenado él ímpetu de los primeros días? No veo hoy atrevimiento, ni ansias por descubrir, solo encuentro reflexión. No sé, es una apreciación, que acaso sea unicamente mía, pero os encuentro menos “empecatados y endemoniados”. No, si al final os veo entonando el Kirieleisón, en ortodoxo.

antonio merino dijo...

Nota al comentario anterior: el "él" del final de la quinta línea no debe llevar tilde. Disculpas.

PENELOPE-GELU dijo...

Buenas tardes:

Majestuosas fotografías del paisaje y del monasterio que me han recordado a uno que tengo a no muchos kilómetros.
Los relatos del viaje a cual mejor, detallados y divertidos. Como mujer, la verdad, después de leeros, no lamento el que no se nos admita. No iría nunca, con lo que me molesta que me rompan el sueño, y el mal despertar que tengo en esos casos.
Rezos intempestivos aparte, lo que he sacado en conclusión ,es que las Iglesias de las religiones todas, tienen como factor común, el ser los promotores de construcción más constantes e imparables, a lo largo de todos los tiempos.

Saludos. Gelu

P.D.: 1.-A Antonio Merino le noto con una cierta dosis de pelusilla encubierta, pero visible.
2.- Disculpen, ustedes todos, las tildes de más o de menos, que se me hayan podido colar. Nunca uso corrector, aunque si lo repaso. Acepto encantada lecciones. Ustedes son los profesores.

antonio merino dijo...

De pelusilla encubierta, nada, Penélope. Como ya he manifestado claramente en algún otro comentario, mi envidia es total, y rabio por haber dado demasiada importancia a ciertos problemillas físicos y haber decidido quedarme en casa. ¿Se puede hacer un viaje más alejado del estereotipo y, sobre todo, se puede hacer en mejor compañía que la de estos dos fenómenos?

Jesús Majada dijo...

No. No había cansancio físico: al fin y al cabo no hacíamos más de diez kilómetros diarios, aunque en verdad eran bien arriscados. Lo que sí notábamos era una mayor seguridad, una progresiva pérdida de los recelos del principio.
Y el tono reflexivo ha de aparecer porque, por otra parte, no siempre surgen almogávares o griegos roncadores.

Jesús Majada dijo...

Penélope-Gelu (¡Qué nombre tan evocador el tuyo de mitos y epopeyas!):
El mejor viaje a Athos, el más transgresor, el más aventurero y venturoso, sería sin duda el de una mujer disfrazada de hombre; algo así como la Monja Alférez.
Creo que hace unos años una miss Grecia entró de incógnito, y una vez dentro, intentó celebrar una especie de epifanía, como muestra de protesta feminista contra la misoginia de los monjes...
Mira a ver si te animas a protagonizar la aventura.

PENELOPE-GELU dijo...

Buenos días:
(Con permiso del Sr. Gutiérrez Turrión)

- Para Jesús Majada:
1.- Preferiría firmar mis comentarios sólo como Gelu, pero tendré que seguir siendo Penélope que es la entrada que me acepta Google, mientras D. Antonio no acepte a instalar la opción Anónimo.
2.- Mi cuerpo no soportaría el cansancio físico del viaje a Athos, aunque estuviera permitido. Pero además, me ocurre como a Diógenes de Sínope, estoy felicísima y tranquilísima tendida al sol, con la fortuna añadida de poder mirar de vez en cuando mi pantallita de ordenador.

Saludos. Gelu

P.D.: Como Antonio Merino también quiero poner una tilde en el sí, del punto 2 de mi post data anterior, que es un sí afirmativo. Disculpas.