Ayer se produjo mi despedida oficial de los colegas. Había programada una reunión final de revisión, análisis y programación de las actividades de septiembre, eso que tradicionalmente se llama un claustro.
Cuando salí de casa era consciente de que lo hacía por última vez en misión “oficial”. La rutina ha presidido los últimos años el trayecto que me llevaba de casa al trabajo. Me gustaba ir siempre caminando pues no tardaba mucho más de diez minutos. Ese espacio de tiempo me servía para ponerme un poco al día física y mentalmente. Casi siempre las mismas caras y los mismos edificios. Me parece totalmente normal.
Ayer no hubo nada distinto y todo fue especial. Atravieso la plaza y miro al cielo. Todo despejado y limpio. Casi nadie en ella. La tienda de la esquina abierta, como casi todas las horas del día, con Rogelio y su mujer, que se van volviendo también viejos con los años y que han dejado todas las horas de su vida y más entre esas cuatro paredes desde que volvieron de no parar de trabajar en Suiza. Cruzo la calle lentamente, en un actividad mental que repito desde casi siempre cuando salgo de casa por la mañana. Son asuntos y modos propios pero que, en resumen, buscan una forma que me conforme y me sitúe en el deseo para ese día de querer y de ser querido como mejor estrategia para hacer de todo esto algo más habitable y un poquito más acogedor.
Hay una cuesta enfrente de la calle que subo lentamente. Miro hacia arriba y todo apunta hacia el horizonte. Pero es la única cuesta que tengo que salvar. Lo hago en mis devaneos, sobre la acera estrecha. Cuando culmino la ascensión, me aguardan el edificio de telefónica a la derecha y la ampliación del Hogar del Buen Pastor. En el Hogar renovado, hay algún anciano asomado a la ventana que lentamente se pone en pie y saluda al día. Me quedo mirándolo y me sobrecoge una sensación especial. No los conozco pero, por alguna razón que se me escapa, me resultan familiares. Mi ayuda en este Hogar tiene que llegar pronto, es una de mis cuentas pendientes para el nuevo tiempo libre. Aquí hay mucho que hacer y gente que lo necesita. No sé por qué me siento con la mirada especial, como si las paredes me quisieran hablar.
La calle se estrecha en la tienda de pinturas que hay a la derecha. Desde hace muchos años, los pintores que van a recoger su materia de trabajo hasta este establecimiento han sido mis compañeros de primera hora del día. Después las sedes del PSOE y de la UGT que tanta historia atesoran y en los que he pasado buenos ratos. Un grupo de obreros parece hacerse viejo arreglando unos metros escasos de calle pues llevan en ella varios meses y no logran darle fin. La lentitud parece que los acuna. En la acera izquierda se alza la casa de Adrián, el bedel amigo que sobrevive sin habla directa y que me emociona cuando lo veo de tarde en tarde.
Unos pasos más allá se yergue la iglesia de San Juan. La contemplan siglos de historia y ahora la veo vieja y grisácea, casi olvidada y silenciosa. Y el economato textil, cerrado también con su historia dentro y con sus pobrezas fuera.
La calle se estrecha aún más cuando me acerco a la Plaza del Mercado. Apenas quedan dos o tres puestos de venta en todo el edificio. En otros tiempos fue el centro comercial de Béjar. Ahora aguarda seguramente su cierre en el olvido. El sol luce ya en lo alto pero yo lo veo hoy todo un poco gris y ajado. Las casas no son nuevas, y las calles tampoco. En verano el silencio se hace más denso y contrasta con la alegría de los vencejos que dibujan alegres sus juegos en el aire.
El cine Castilla sigue derrumbado, la herrería de Cejuela se ha convertido en un edificio nuevo pero está pegado casi literalmente a las casas que le hacen frente y sigue sin habitarse. Las callejuelas siguen solitarias. Hoy ni siquiera he visto la figura de una mujer joven que casi a diario coincidía con mis pasos en dirección desconocida.
Pronto se me abre el horizonte en la plazuela que da sitio al cine Cervantes. Pero una pared entera sigue desconchada y sin visos de ser arreglada. Las cigüeñas de San Gil se han echado a volar y los nidos aparecen solitarios. Cuántas veces he saludado a las cigüeñas en las mañanas primaverales.
Ya no hay muchachos en la plaza de San Gil ni tampoco en los Portales de Pizarro: deben de estar descansando después del fin de curso. Algún despistado sale del café Piel de Toro con dirección indefinida.
De nuevo la calle se hace más angosta y se esconde en el silencio y en la calma. Un señor mayor sube lentamente arrastrando su vida. De repente doy frente a la Plaza Mayor. Me paro y miro hacia el edificio que se alza allá en lo alto. Es mi último día de actividad común. Repaso rápidamente algunas imágenes del pasado y todo se me viene encima como una catarata. También cruzo la plaza lentamente y subo la escalinata contando los pasos: doce hasta el primer descansillo, once hasta el siguiente, diez hasta la explanada. Me los sé de memoria. Hoy no había ningún estudiante sentado al sol en ellos.
He llegado con tiempo conscientemente. Quiero hacerme unas últimas fotos y le pido al bedel José Antonio que me sirva de fotógrafo. Su pericia y prontitud hacen el resto. Fuente, escalinata, patio, puertas… Recuerdos gráficos del último día.
Dentro esperaba un claustro rutinario y también especial para mí. Asuntos administrativos, datos tan necesarios como aburridos, y yo ya muy alejado de todo el contenido aquel.
Al final, despedida cordial y unas palabras de agradecimiento por mi parte. No me pudo la emoción aunque andaba un poco despistadillo. Por entonces procuré olvidar que aquello era el punto final a una trayectoria larga de trabajo. Regalos y aplausos de todo el profesorado y de los trabajadores de las demás secciones: secretaría, limpiadoras, bedeles.
Como no quería que aquello fuera solo protocolario, recordé en público cuatro cosas que, aunque no literalmente, sí en esencia fueron las siguientes:
a)Quiero empezar recordando en público algo obvio, mostrenco y aparentemente banal: el hecho de la jubilación es tal vez el único acto por el que pasamos todos en la vida laboral. Aquí no hay ni divisiones, ni grupos, ni circunstancias personales. Los más veteranos, los más jóvenes, los que comienzan ahora… todos terminarán su vida laboral con este hecho. Aunque pueda parecer un hecho de Perogrullo, me parece que se pueden extraer de esta constatación consecuencias muy importantes. Ese trabajo lo dejo para cada uno de vosotros.
b)Os doy las gracias por los regalos que me ofrecéis. En ellos llevo reglaos físicos pero también los llevo sentimentales. Espero que, cuando use los regalos, vuestro recuerdo esté también presente. Y que ese recuerdo dure más que el uso físico. Espero también que mi recuero perdure en vosotros.
c)Quiero pedir disculpas por los posibles errores que haya podido cometer en desarrollo de mi trabajo. Y lo hago ante vosotros pero también pensando en todos los compañeros que me han acompañado en esta tarea antes de ahora. Según a qué ángulo o a qué colectivo mire, tengo sensaciones diversas: a veces pienso que no deben de haber sido demasiados los errores y otras me parece que pude haber mejorado mi actuación. En todo caso, perdón por esos posibles errores.
d)En un día para mí solemne, pues marca el final de un proceso largo en mi vida, quiero proclamar en voz alta y en este contexto mi fe y mi convicción de que una buena educación es, a pesar de los pesares y de que los pesares pesan mucho, el principal pilar en el que se asientan el logro de cierta justicia social y el progreso de las comunidades. También el económico, aunque soy, ya sabéis cómo pienso, de los que todavía están convencidos de que todo lo que no son cuentas no son cuentos.
Permitidme que, a estas alturas y solo por una vez, os invite a pensar en ello y a que cada uno extraiga sus propias conclusiones.
Por lo demás, tanto para los que nos marchamos como para los que continuáis, que seamos todos relativamente felices. Muchas gracias a todos por todo.
Y después fue la comida, y otros regalos, y la charla, y la respuesta positiva, mejor de lo esperado, y el discurrir de la tarde en el paraje del Castañar, y el diluirse el tiempo, y las despedidas con el resquicio de ese impreciso nos veremos, y “un no sé qué que quedó balbuciendo”.
Hoy repito las gracias a todos desde esta ventana. A todos.
miércoles, 30 de junio de 2010
lunes, 28 de junio de 2010
LA INVENCIÓN DE LA REALIDAD
En pocas ocasiones nos ofrece la literatura un ejemplo más glorioso de dualidad y de percepción desequilibrada como lo hace con don Quijote en el momento glorioso en el que se dirige a dar vista a Dulcinea, “para tomar bendición y licencia”, como paso previo a la cadena de aventuras que después se van a suceder. Su escudero no la ha visto jamás y, para salir del paso, se ha inventado una figura aldeana y contrahecha, fea y maloliente. El caballero, que solo toca de oídas, ha idealizado una figura que rebasa todo estado de perfección.
A medida que se acercan, al escudero le salen sarpullidos pues no ve la forma de salir de ese atolladero. Primero duda y se resiste a inventar la realidad que él sabe inexistente. Se inventa pegas, acude a reconvenciones, señala peligros, propone imágenes de sentido común y hasta consigue salirse con el caballero a la floresta para seguir dándole a la imaginación. Pero esa duda se convierte en necesidad y decide provocar una huida hacia adelante: con el escape de los encantamientos lo tiene un poco más fácil.
Aparece entonces un ejemplo de soliloquio dialogado insuperable por parte de Sancho cuando no tiene otra salida que separarse de don Quijote y hacer el teatrillo de ir hacia el Toboso en busca de Dulcinea:
“-Sepamos ahora, Sancho hermano, adónde va vuestra merced. ¿Va a buscar algún jumento que se le haya perdido? –No, por cierto. –Pues ¿qué va a buscar? –Voy a buscar, como quien no dice nada, a una princesa, y en ella al sol de la hermosura y a todo el cielo junto. -¿Y adónde pensáis hallar eso que decís, Sancho? -¿Adónde? En la gran ciudad del Toboso. –Y bien, ¿y de parte de quién la vais a buscar? –De parte del famoso caballero don Quijote de la Mancha, que desface tuertos y da de comer al que ha sed y de beber al que ha hambre. –Todo esto está muy bien. ¿Y sabéis su casa, Sancho? –Mi amo dice que han de ser unos reales palacios o unos soberbios alcázares. -¿Y habeisla visto algún día por ventura? –Ni yo ni mi amo la habemos visto jamás (…) –No os fiéis en eso, Sancho, que la gente manchega es tan colérica como honrada y no consiente cosquillas de nadie. Vive Dios que si os huele, que os mando mala ventura. -¡Oxte, puto! ¡Allá darás, rayo! ¡No, sino ándeme yo buscando tres pies al gato por el gusto ajeno! Y más, que así será buscar a Dulcinea por el Toboso como a Marica por Ravena o al bachiller en Salamanca. ¡El diablo, el diablo me ha metido en esto, que otro no!
Efectivamente, quién le mandaría a él meterse en este fregado. Cómo me recuerda este soliloquio a aquellos que algún personaje de mi pueblo mantenía consigo mismo antes de arrancarse para ir hasta otro pueblo a buscar diariamente alguna medicina.
Y hete aquí que la suerte se alió con él en el asunto de las labradoras montadas en sus hacaneas, o ananeas sanchunas. De repente, todo se transformó y lo que la suerte le concedió él lo transformó en otra realidad que no convenció ni a don Quijote. De tal modo que aquella aldeana elegida de entre las tres fue reconocida por el caballero de esta manera: “Y como no descubría en ella sino una moza aldeana, y no de muy buen rostro, porque era carirredonda y chata.”
Solo su nobleza caballeresca y el escape del encantamiento lo someten a una realidad que ni en sueños puede comprender: “...ya que el maligno encantador me persigue y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos, y para solo ellos y no para otros ha mudado y transformado tu sin igual hermosura y rostro en el de una labradora pobre, si ya también el mío lo ha cambiado en el de algún vestiglo, para hacerle aborrecible a tus ojos, no dejes de mirarme blanda y amorosamente, echando de ver en esta sumisión y arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura hago la humildad con que mi alma te adora.”
Si se puede superar esta deformación de la realidad, ¿qué dificultad se podrá resistir en adelante?
Parece perdonable la aplicación de estas deformidades en el campo del amor. Me llama a voces la imagen de este mismo asunto aplicado a otros mundos. Por ejemplo al de la economía. ¿Es bueno camuflar la realidad? ¿Resulta negativo exagerar en sentido negativo? ¿No es bueno presentar una realidad cargada de fuerza positiva para insuflar ánimos?
De momento, vamos a dejar que el caballero se asenderee con su escudero y veamos qué procede en cada caso.
N.B. Para aclaración testimonial, la expresión “con la iglesia hemos topado” se toma de estas andanzas. La expresión exacta es esta: “Con la iglesia hemos dado, Sancho” (Cap. IX). Responde al hecho real de que la sombra de la iglesia del Toboso -era de noche- les había conducido físicamente hasta las paredes del propio edificio. Esto no evita el sentido de poder casi infinito que se le concede a la Iglesia como institución cuando utilizamos el dicho nosotros. Yo al menos no se lo retiro.
A medida que se acercan, al escudero le salen sarpullidos pues no ve la forma de salir de ese atolladero. Primero duda y se resiste a inventar la realidad que él sabe inexistente. Se inventa pegas, acude a reconvenciones, señala peligros, propone imágenes de sentido común y hasta consigue salirse con el caballero a la floresta para seguir dándole a la imaginación. Pero esa duda se convierte en necesidad y decide provocar una huida hacia adelante: con el escape de los encantamientos lo tiene un poco más fácil.
Aparece entonces un ejemplo de soliloquio dialogado insuperable por parte de Sancho cuando no tiene otra salida que separarse de don Quijote y hacer el teatrillo de ir hacia el Toboso en busca de Dulcinea:
“-Sepamos ahora, Sancho hermano, adónde va vuestra merced. ¿Va a buscar algún jumento que se le haya perdido? –No, por cierto. –Pues ¿qué va a buscar? –Voy a buscar, como quien no dice nada, a una princesa, y en ella al sol de la hermosura y a todo el cielo junto. -¿Y adónde pensáis hallar eso que decís, Sancho? -¿Adónde? En la gran ciudad del Toboso. –Y bien, ¿y de parte de quién la vais a buscar? –De parte del famoso caballero don Quijote de la Mancha, que desface tuertos y da de comer al que ha sed y de beber al que ha hambre. –Todo esto está muy bien. ¿Y sabéis su casa, Sancho? –Mi amo dice que han de ser unos reales palacios o unos soberbios alcázares. -¿Y habeisla visto algún día por ventura? –Ni yo ni mi amo la habemos visto jamás (…) –No os fiéis en eso, Sancho, que la gente manchega es tan colérica como honrada y no consiente cosquillas de nadie. Vive Dios que si os huele, que os mando mala ventura. -¡Oxte, puto! ¡Allá darás, rayo! ¡No, sino ándeme yo buscando tres pies al gato por el gusto ajeno! Y más, que así será buscar a Dulcinea por el Toboso como a Marica por Ravena o al bachiller en Salamanca. ¡El diablo, el diablo me ha metido en esto, que otro no!
Efectivamente, quién le mandaría a él meterse en este fregado. Cómo me recuerda este soliloquio a aquellos que algún personaje de mi pueblo mantenía consigo mismo antes de arrancarse para ir hasta otro pueblo a buscar diariamente alguna medicina.
Y hete aquí que la suerte se alió con él en el asunto de las labradoras montadas en sus hacaneas, o ananeas sanchunas. De repente, todo se transformó y lo que la suerte le concedió él lo transformó en otra realidad que no convenció ni a don Quijote. De tal modo que aquella aldeana elegida de entre las tres fue reconocida por el caballero de esta manera: “Y como no descubría en ella sino una moza aldeana, y no de muy buen rostro, porque era carirredonda y chata.”
Solo su nobleza caballeresca y el escape del encantamiento lo someten a una realidad que ni en sueños puede comprender: “...ya que el maligno encantador me persigue y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos, y para solo ellos y no para otros ha mudado y transformado tu sin igual hermosura y rostro en el de una labradora pobre, si ya también el mío lo ha cambiado en el de algún vestiglo, para hacerle aborrecible a tus ojos, no dejes de mirarme blanda y amorosamente, echando de ver en esta sumisión y arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura hago la humildad con que mi alma te adora.”
Si se puede superar esta deformación de la realidad, ¿qué dificultad se podrá resistir en adelante?
Parece perdonable la aplicación de estas deformidades en el campo del amor. Me llama a voces la imagen de este mismo asunto aplicado a otros mundos. Por ejemplo al de la economía. ¿Es bueno camuflar la realidad? ¿Resulta negativo exagerar en sentido negativo? ¿No es bueno presentar una realidad cargada de fuerza positiva para insuflar ánimos?
De momento, vamos a dejar que el caballero se asenderee con su escudero y veamos qué procede en cada caso.
N.B. Para aclaración testimonial, la expresión “con la iglesia hemos topado” se toma de estas andanzas. La expresión exacta es esta: “Con la iglesia hemos dado, Sancho” (Cap. IX). Responde al hecho real de que la sombra de la iglesia del Toboso -era de noche- les había conducido físicamente hasta las paredes del propio edificio. Esto no evita el sentido de poder casi infinito que se le concede a la Iglesia como institución cuando utilizamos el dicho nosotros. Yo al menos no se lo retiro.
domingo, 27 de junio de 2010
LA ENÉSIMA SALIDA
Pues que entre calores y tormentas, centros de estudios bejaranos y mercados de otros tiempos semivacíos, atenciones y cuidados a mi nieta Sara, se me ha ido este fin de semana último de junio y primero del verano.
Cada vez que viene Sara se produce en mí un alegrón, y un ratito de morriña y de desconsuelo cuando se marcha. Esta vez lo ha hecho con el horizonte de vuelta ahí mismo, a la vuelta de la esquina, y con planes de mayor duración. Puede ser un mes de julio fantástico.
Y, en medio de todo ello, algo azaroso ha sucedido que me ha vuelto a liar en aquello en lo que yo me dejo enmadejar sin oponer resistencia. Sin ninguna intención premeditada, ha vuelto a caer en mis manos el Quijote. Lo he abierto y he caído en la tentación. Mi predisposición es tan favorable, que creo que eso me impide planificar la lectura de este texto irrepetible. Se entiende irrepetible para mí, por supuesto.
Alguna vez he dicho que los libros tal vez siempre se lean como si fuera la primera vez: sigo pensando que cada vez aparecen detalles e interpretaciones nuevas. Como la trama general, a pesar de mi memoria, no se me despinta (son ya muchas lecturas), he abierto al azar y el azar me ha llevado al final de la primera parte. El héroe viene enjaulado y necesitado de toda necesidad, también de las de tipo físico, como un manso león rendido y acobardado. Qué cruel el autor. Solo por esta invitación a la compasión y a la catarsis merecería la gloria este libro. Por si fuera poco, el autor lo hace entrar en el pueblo de esta guisa: “Al cabo de seis días llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron en la mitad del día, que acertó a ser domingo, y la gente estaba toda en la plaza, por mitad de la cual atravesó el carro con don Quijote. Acudieron todos a ver lo que en el carro venía…” Allí, de hazmerreír de todo el mundo, como si todo el mundo tuviera rienda suelta para soltar su risa y su desprecio. Las generaciones jóvenes no saben lo que significaba un domingo en un pueblo cualquiera. Qué escarnio, qué final, qué humillación, qué pedazo de cabrón este Cervantes para su antihéroe.
Por esto y por un millón de razones más será siempre mi héroe, mi ejemplo, mi guía, mi mentor.
Pero, cuando el corazón es grande y la ilusión mayor, nada puede con ellos. Y la mies es tanta… Por eso no hay treta que valga y, en cuanto el antihéroe se halla mínimamente restablecido, al amparo de las tretas de Sansón Carrasco, de los egoísmos sabrosísimos de Sancho y de las precisiones de todo tipo exigidas por don Quijote, el dúo aventurero se precipita y se marcha a correr nuevas aventuras, seguros ya de la inmortalidad de sus primeras correrías y de la utilidad de las mismas.
Yo doy por perdonados los desajustes evidentes que en la primera parte se hallan, doy por redimidos a los héroes y a sus creadores y me pongo en espera de sacar un billete que me permita seguirlos a distancia en sus nuevas ilusiones. No querría esta vez seguirlos en todo el camino aunque no sé si lo voy a lograr. De momento, ya los he visto y los he seguido en toda la preparación. No me he perdido ningún detalle. Y los tengo preparados para esa nueva salida, vencido ya el séptimo capítulo. Ya daré cuenta del viaje.
Cada vez que viene Sara se produce en mí un alegrón, y un ratito de morriña y de desconsuelo cuando se marcha. Esta vez lo ha hecho con el horizonte de vuelta ahí mismo, a la vuelta de la esquina, y con planes de mayor duración. Puede ser un mes de julio fantástico.
Y, en medio de todo ello, algo azaroso ha sucedido que me ha vuelto a liar en aquello en lo que yo me dejo enmadejar sin oponer resistencia. Sin ninguna intención premeditada, ha vuelto a caer en mis manos el Quijote. Lo he abierto y he caído en la tentación. Mi predisposición es tan favorable, que creo que eso me impide planificar la lectura de este texto irrepetible. Se entiende irrepetible para mí, por supuesto.
Alguna vez he dicho que los libros tal vez siempre se lean como si fuera la primera vez: sigo pensando que cada vez aparecen detalles e interpretaciones nuevas. Como la trama general, a pesar de mi memoria, no se me despinta (son ya muchas lecturas), he abierto al azar y el azar me ha llevado al final de la primera parte. El héroe viene enjaulado y necesitado de toda necesidad, también de las de tipo físico, como un manso león rendido y acobardado. Qué cruel el autor. Solo por esta invitación a la compasión y a la catarsis merecería la gloria este libro. Por si fuera poco, el autor lo hace entrar en el pueblo de esta guisa: “Al cabo de seis días llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron en la mitad del día, que acertó a ser domingo, y la gente estaba toda en la plaza, por mitad de la cual atravesó el carro con don Quijote. Acudieron todos a ver lo que en el carro venía…” Allí, de hazmerreír de todo el mundo, como si todo el mundo tuviera rienda suelta para soltar su risa y su desprecio. Las generaciones jóvenes no saben lo que significaba un domingo en un pueblo cualquiera. Qué escarnio, qué final, qué humillación, qué pedazo de cabrón este Cervantes para su antihéroe.
Por esto y por un millón de razones más será siempre mi héroe, mi ejemplo, mi guía, mi mentor.
Pero, cuando el corazón es grande y la ilusión mayor, nada puede con ellos. Y la mies es tanta… Por eso no hay treta que valga y, en cuanto el antihéroe se halla mínimamente restablecido, al amparo de las tretas de Sansón Carrasco, de los egoísmos sabrosísimos de Sancho y de las precisiones de todo tipo exigidas por don Quijote, el dúo aventurero se precipita y se marcha a correr nuevas aventuras, seguros ya de la inmortalidad de sus primeras correrías y de la utilidad de las mismas.
Yo doy por perdonados los desajustes evidentes que en la primera parte se hallan, doy por redimidos a los héroes y a sus creadores y me pongo en espera de sacar un billete que me permita seguirlos a distancia en sus nuevas ilusiones. No querría esta vez seguirlos en todo el camino aunque no sé si lo voy a lograr. De momento, ya los he visto y los he seguido en toda la preparación. No me he perdido ningún detalle. Y los tengo preparados para esa nueva salida, vencido ya el séptimo capítulo. Ya daré cuenta del viaje.
viernes, 25 de junio de 2010
AYER Y HOY
Aproveché ayer el día para cumplir obligaciones en Salamanca. Eso me impidió acudir a otros lugares: Ni se puede estar en todos los sitios ni ayer precisamente me apetecía lo mismo estar en un sitio que en otro.
Me marché pronto y comencé mis tareas con un reconocimiento médico general en un lugar al que he acudido en los dos últimos años. Nada especial pero un repaso a los indicadores más generales no viene mal.
Acudí después hasta la Delegación de Educación a completar burocracia para el asunto de la jubilación. Constancia, de nuevo, de lo que ya está siendo a chorros cada día. Creo que me falta un formulario y después… a correr y a otra cosa. Alguna reflexión ante la ventanilla y con Antonio López, el tipo que más sabe en la provincia de estos asuntos. Él mismo me empujó a acudir a la Delegación de Hacienda para aclarar algunas precisiones. Allí me encontré con una señora que me atendió amablemente; para ello dejó encima de la mesa un libro que, sin ningún pudor y a la vista del público, estaba leyendo. Siempre he pensado que queda demasiado que mejorar en el asunto de la productividad.
Me quedó tiempo para pasear a la orilla del Tormes y para sentarme a leer en unos bancos que se acogen a la sombra de los árboles. Qué sensación tan agradable aquella de volver a recordar viejos tiempos allí mismo, al lado del agua, que se remansa y que parece mirarse en las ramas y en las hojas de los árboles. De fondo, los coches pasaban por el puente alineados y lentos, como mirando también al agua.
La vida presenta en ocasiones casualidades que se prestan a ser interpretadas de maneras extrañas. A la vuelta al centro de la ciudad para irme a comer con mi hermana, me topé, casi como por casualidad, con un edificio que me trasladó a otra época, y que, en un momento en el que mi actividad fuera de la universidad estaba en pruebas, me sirvió de refugio para pensar y para darme ánimos. Volví a refugiarme en él por unos minutos. Y volví a recordar. Y a comparar las situaciones, aquella y esta, ambas al comienzo de una etapa nueva en mi vida. El resto me lo guardo para mí. Todo fue de repente, sin buscar nada, como cuando una imagen te sale al encuentro y te hace frente para pedirte que fijes tu mirara en ella. Siempre había estado ahí, pero, a veces, las cosas están sin ser percibidas. La experiencia fue singular y sorprendente.
Comí con mi hermana y con mi sobrino, huyendo de los calores y al fresquito de la conversación, de la confianza y del amor entre familiares.
A media tarde, me acerqué a recoger las notas de selectividad de los alumnos de mi centro. Resultados muy satisfactorios: solo un alumno suspenso de treinta y seis; y eso por la situación de repetición con asignaturas sueltas. Se confirma para mí de nuevo el escaso valor que tiene esta prueba. Sin embargo, los perfiles de notas no presentan un cuadro demasiado brillante en general: hay demasiados alumnos “pegados” al aprobado y en un arco que se mueve no en la brillantez sino en la eficacia del aprobado.
Me habían invitado a otro lugar en Salamanca para festejar otra vez esto de la jubilación. La tarde amenazaba tormenta y no me animé a ir. Pido disculpas por ello. Como no iba a estar yo solo, otros suplieron mi falta. Gracias de todos modos.
Cuando esta mañana he vuelto al centro para dejar las notas a los estudiantes, me encuentro con otra sorpresa muy agradable de parte de los alumnos: otro grupo había llevado para mí en el día de ayer un par de regalos. No reproduzco el contenido de los mismos porque me da pudor. Pero sí quiero darles mis emocionadas gracias y mi deseo de que ellos y ellas sean también muy felices en sus vidas. Otro ratito de emoción al leer sus palabras. Gracias.
Y hoy mi nieta Sara viene a verme. “Hoy la tierra y los cielos me sonríen,(…) ¡hoy creo en Dios!”
Me marché pronto y comencé mis tareas con un reconocimiento médico general en un lugar al que he acudido en los dos últimos años. Nada especial pero un repaso a los indicadores más generales no viene mal.
Acudí después hasta la Delegación de Educación a completar burocracia para el asunto de la jubilación. Constancia, de nuevo, de lo que ya está siendo a chorros cada día. Creo que me falta un formulario y después… a correr y a otra cosa. Alguna reflexión ante la ventanilla y con Antonio López, el tipo que más sabe en la provincia de estos asuntos. Él mismo me empujó a acudir a la Delegación de Hacienda para aclarar algunas precisiones. Allí me encontré con una señora que me atendió amablemente; para ello dejó encima de la mesa un libro que, sin ningún pudor y a la vista del público, estaba leyendo. Siempre he pensado que queda demasiado que mejorar en el asunto de la productividad.
Me quedó tiempo para pasear a la orilla del Tormes y para sentarme a leer en unos bancos que se acogen a la sombra de los árboles. Qué sensación tan agradable aquella de volver a recordar viejos tiempos allí mismo, al lado del agua, que se remansa y que parece mirarse en las ramas y en las hojas de los árboles. De fondo, los coches pasaban por el puente alineados y lentos, como mirando también al agua.
La vida presenta en ocasiones casualidades que se prestan a ser interpretadas de maneras extrañas. A la vuelta al centro de la ciudad para irme a comer con mi hermana, me topé, casi como por casualidad, con un edificio que me trasladó a otra época, y que, en un momento en el que mi actividad fuera de la universidad estaba en pruebas, me sirvió de refugio para pensar y para darme ánimos. Volví a refugiarme en él por unos minutos. Y volví a recordar. Y a comparar las situaciones, aquella y esta, ambas al comienzo de una etapa nueva en mi vida. El resto me lo guardo para mí. Todo fue de repente, sin buscar nada, como cuando una imagen te sale al encuentro y te hace frente para pedirte que fijes tu mirara en ella. Siempre había estado ahí, pero, a veces, las cosas están sin ser percibidas. La experiencia fue singular y sorprendente.
Comí con mi hermana y con mi sobrino, huyendo de los calores y al fresquito de la conversación, de la confianza y del amor entre familiares.
A media tarde, me acerqué a recoger las notas de selectividad de los alumnos de mi centro. Resultados muy satisfactorios: solo un alumno suspenso de treinta y seis; y eso por la situación de repetición con asignaturas sueltas. Se confirma para mí de nuevo el escaso valor que tiene esta prueba. Sin embargo, los perfiles de notas no presentan un cuadro demasiado brillante en general: hay demasiados alumnos “pegados” al aprobado y en un arco que se mueve no en la brillantez sino en la eficacia del aprobado.
Me habían invitado a otro lugar en Salamanca para festejar otra vez esto de la jubilación. La tarde amenazaba tormenta y no me animé a ir. Pido disculpas por ello. Como no iba a estar yo solo, otros suplieron mi falta. Gracias de todos modos.
Cuando esta mañana he vuelto al centro para dejar las notas a los estudiantes, me encuentro con otra sorpresa muy agradable de parte de los alumnos: otro grupo había llevado para mí en el día de ayer un par de regalos. No reproduzco el contenido de los mismos porque me da pudor. Pero sí quiero darles mis emocionadas gracias y mi deseo de que ellos y ellas sean también muy felices en sus vidas. Otro ratito de emoción al leer sus palabras. Gracias.
Y hoy mi nieta Sara viene a verme. “Hoy la tierra y los cielos me sonríen,(…) ¡hoy creo en Dios!”
miércoles, 23 de junio de 2010
MATAR AL PADRE
Qué extraño es el mundo del arte. Y el de los artistas. Sobre todo el de aquellos que viven físicamente de su producción artística. Esta dependencia les hace crear, en general, una escala de valores en la que el arte ya no ocupa el vértice sino que se supedita al éxito. Ese fin fundamental termina condicionando todas sus actuaciones. Otra vez la medida económica como forma de explicación del mundo.
Y lo que ocurre con el creador directo, que es el que está en primera línea del arte, me parece que le sucede y nos sucede a todos los demás, aunque no estemos en dependencia directa de la creación.
He releído la antología preparada por Enrique Martín Pardo, “Nueva poesía española (1970) y “Antología consolidada (1990). Esta antología fue una de las que sirvió para catapultar a aquella generación de poetas llamados Novísimos, hoy un poco menos valorada.
Como sucede siempre en este mundo de la poesía, lo primero no es crecer sino matar al padre, regodearse en señalar -no siempre con ejemplos ni con causa- la maldad o el agotamiento de todo lo realizado anteriormente. En esta ocasión, el antólogo vuelve a dejarse llevar por la inercia y dedica más de la mitad del esfuerzo en denostar a los poetas del realismo (la generación precedente) en vez de gastar todas sus energías en poner en valor a los poetas de su elección. Así arranca el colega: “…He reunido en esta antología si no los más “representativos” de su generación, si los que a mi juicio se han planteado con más seriedad el propósito de hacer una poesía con todo el bagaje cultural posible que distorsione los pobres y acartonados postulados poéticos que hasta ahora han imperado en nuestro país.” Y se queda tan fresco.
No es lo más importante que tenga o no tenga razón en lo que afirma, asunto muy discutible siempre y aseveración con la que yo no estoy del todo de acuerdo. Lo esencial es que no muestra ni una sola razón que induzca a esa conclusión. De un plumazo y sin un solo argumento, deslegitima a toda una generación de poetas, hoy, por cierto, bastante más frecuentados y reconocidos que algunos de los que él antóloga.
Solo unas líneas más abajo continúa: “Nuestra poesía pasa por uno de sus momentos más difíciles. El desgaste y empobrecimiento de las formas de expresión, que han rayado en el más lamentable prosaísmo, la ausencia de una auténtica proyección cultural, nos han llevado a esa monotonía y falta de rigor que caracteriza a casi todos los poemas publicados estos últimos años.” Pues vale, lo que tú digas. Pero podías argumentar un poquito y, solo después, y con un poquito de humildad, mostrar tus preferencias y tus descartes. Lo que molesta no es una preferencia, que en este campo todo es muy complicado y el gusto es fundamental; lo lamentable es la forma de rechazar todo de una vez como para empezar desde las cenizas. Así cualquiera sale airoso. Pero de boquilla solo.
¿Por qué en el arte siempre hay que matar al padre? El esnobismo por el esnobismo es la misma sandez que la repetición por la repetición. ¿Por qué los valores hay que negarlos por principio en vez de promocionar otros que serenamente se impongan a los anteriores porque nos parezcan mejores, no porque sean diferentes?
¿Es aplicable esto solo al arte? Uffffffffffffffff.
Y lo que ocurre con el creador directo, que es el que está en primera línea del arte, me parece que le sucede y nos sucede a todos los demás, aunque no estemos en dependencia directa de la creación.
He releído la antología preparada por Enrique Martín Pardo, “Nueva poesía española (1970) y “Antología consolidada (1990). Esta antología fue una de las que sirvió para catapultar a aquella generación de poetas llamados Novísimos, hoy un poco menos valorada.
Como sucede siempre en este mundo de la poesía, lo primero no es crecer sino matar al padre, regodearse en señalar -no siempre con ejemplos ni con causa- la maldad o el agotamiento de todo lo realizado anteriormente. En esta ocasión, el antólogo vuelve a dejarse llevar por la inercia y dedica más de la mitad del esfuerzo en denostar a los poetas del realismo (la generación precedente) en vez de gastar todas sus energías en poner en valor a los poetas de su elección. Así arranca el colega: “…He reunido en esta antología si no los más “representativos” de su generación, si los que a mi juicio se han planteado con más seriedad el propósito de hacer una poesía con todo el bagaje cultural posible que distorsione los pobres y acartonados postulados poéticos que hasta ahora han imperado en nuestro país.” Y se queda tan fresco.
No es lo más importante que tenga o no tenga razón en lo que afirma, asunto muy discutible siempre y aseveración con la que yo no estoy del todo de acuerdo. Lo esencial es que no muestra ni una sola razón que induzca a esa conclusión. De un plumazo y sin un solo argumento, deslegitima a toda una generación de poetas, hoy, por cierto, bastante más frecuentados y reconocidos que algunos de los que él antóloga.
Solo unas líneas más abajo continúa: “Nuestra poesía pasa por uno de sus momentos más difíciles. El desgaste y empobrecimiento de las formas de expresión, que han rayado en el más lamentable prosaísmo, la ausencia de una auténtica proyección cultural, nos han llevado a esa monotonía y falta de rigor que caracteriza a casi todos los poemas publicados estos últimos años.” Pues vale, lo que tú digas. Pero podías argumentar un poquito y, solo después, y con un poquito de humildad, mostrar tus preferencias y tus descartes. Lo que molesta no es una preferencia, que en este campo todo es muy complicado y el gusto es fundamental; lo lamentable es la forma de rechazar todo de una vez como para empezar desde las cenizas. Así cualquiera sale airoso. Pero de boquilla solo.
¿Por qué en el arte siempre hay que matar al padre? El esnobismo por el esnobismo es la misma sandez que la repetición por la repetición. ¿Por qué los valores hay que negarlos por principio en vez de promocionar otros que serenamente se impongan a los anteriores porque nos parezcan mejores, no porque sean diferentes?
¿Es aplicable esto solo al arte? Uffffffffffffffff.
martes, 22 de junio de 2010
UNA DEDICATORIA GENIAL
Ya fuera de las obligaciones de las aulas, esta mañana hemos llevado a un centenar de muchachos a visitar la Zona Arqueológica de Las Cavenes, en El Cabaco. No tenía ninguna gana de ir pero la decisión valió la pena. Por muchas razones pero sobre todo por la que describo aquí.
Era media mañana y nos acabábamos de bajar del autocar. Me llamó un grupo de alumnos y me hicieron retirarme un poco del gran grupo. Me entregaron una caja que contenía un libro firmado, una pluma estilográfica, una foto con los alumnos de su grupo y una pequeña caja de bombones. Y me dedicaron, otra vez, un muy sonoro aplauso.
Todo lo que allí había tenía su simbolismo. La pluma es humilde pero ellos saben lo que me gusta la escritura y aprecian que me guste. El libro es señal de nuestro trabajo y de mi afición por los libros y por la lectura. La fotografía es un recuerdo vivo de todos ellos. Y los bombones, ay los bombones. Cómo conocen lo goloso que soy y las veces que habíamos gastado bromas con los bombones y con mi forma tan democrática de repartirlos: uno para mí, otro para ti y otro para mí; uno para mí, otro para ti y otro para mí… Por desgracia, casi nunca se me había logrado que llevaran dulces a clase para repartirlos.
Nada era demasiado especial ni espléndido ni derrochador. ¿Nada? Bueno, todo, por el simbolismo que encerraba.
Pero faltaba la guinda de este bonito pastel.
“Antonio, abre el libro”. Lo abrí y en la página de guarda estaban escritas estas palabras, en caracteres grandes y claros:
“TE QUEREMOS
GRACIAS POR AYUDARNOS A SER UN POQUITO MÁS FELICES.
Laura Castellano
Paula Bueno
Luis García
Laura Martín
Rebeca González
Kevin Pérez
Marta Sánchez
Dani Sancho
Isabel González
Laura Martín
Lorena Ramos”
Esto sí que es una firma de libros y no lo de la Feria del Libro del Retiro en Madrid. Yo sé muy bien por qué han escrito estás palabras y no otras. ¿A que es una pasada?
Me ruboricé y me puse un poquito tiernecillo. ¿Un poquito?
Ahora mismo también me ruborizo un poco por seguir anotando estas cosas que se refieren a mí mismo. Me pido un poquito de perdón. Pero me siento muy a gusto.
Seguramente me quede aún cualquier otro episodio. Pero ya, después de esta joyita…
Era media mañana y nos acabábamos de bajar del autocar. Me llamó un grupo de alumnos y me hicieron retirarme un poco del gran grupo. Me entregaron una caja que contenía un libro firmado, una pluma estilográfica, una foto con los alumnos de su grupo y una pequeña caja de bombones. Y me dedicaron, otra vez, un muy sonoro aplauso.
Todo lo que allí había tenía su simbolismo. La pluma es humilde pero ellos saben lo que me gusta la escritura y aprecian que me guste. El libro es señal de nuestro trabajo y de mi afición por los libros y por la lectura. La fotografía es un recuerdo vivo de todos ellos. Y los bombones, ay los bombones. Cómo conocen lo goloso que soy y las veces que habíamos gastado bromas con los bombones y con mi forma tan democrática de repartirlos: uno para mí, otro para ti y otro para mí; uno para mí, otro para ti y otro para mí… Por desgracia, casi nunca se me había logrado que llevaran dulces a clase para repartirlos.
Nada era demasiado especial ni espléndido ni derrochador. ¿Nada? Bueno, todo, por el simbolismo que encerraba.
Pero faltaba la guinda de este bonito pastel.
“Antonio, abre el libro”. Lo abrí y en la página de guarda estaban escritas estas palabras, en caracteres grandes y claros:
“TE QUEREMOS
GRACIAS POR AYUDARNOS A SER UN POQUITO MÁS FELICES.
Laura Castellano
Paula Bueno
Luis García
Laura Martín
Rebeca González
Kevin Pérez
Marta Sánchez
Dani Sancho
Isabel González
Laura Martín
Lorena Ramos”
Esto sí que es una firma de libros y no lo de la Feria del Libro del Retiro en Madrid. Yo sé muy bien por qué han escrito estás palabras y no otras. ¿A que es una pasada?
Me ruboricé y me puse un poquito tiernecillo. ¿Un poquito?
Ahora mismo también me ruborizo un poco por seguir anotando estas cosas que se refieren a mí mismo. Me pido un poquito de perdón. Pero me siento muy a gusto.
Seguramente me quede aún cualquier otro episodio. Pero ya, después de esta joyita…
lunes, 21 de junio de 2010
OTRO RATITO PARA RECORDAR
Tal vez no debería dedicar demasiadas líneas a estas pequeñas cosas que solo me afectan a mí y que, seguramente, en cuanto amplían su perímetro, pierden intensidad y acaso hasta valor. Pero ¿qué otra cosa es una ventana como esta sino el desnudarse un poco de su conductor? Además, en el futuro, quiero reconocerme en estas pequeñas incidencias y tal vez vanidades.
El caso es que les entregué esta mañana la carta a mis alumnos. La cosa fue más o menos así. Habíamos trabajado un escrito de resumen del año y de despedida que pasaría de forma aleatoria a otro alumno. Era un último ejercicio escrito y la última reflexión. Quedaban como quince minutos cuando terminamos el ejercicio.
Entonces les repartí mi carta y les pedí que la leyeran en silencio. Primero vi caras de curiosidad. En cuanto pasaron los primeros segundos (tal vez habrían leído el primer párrafo), observé alguna cara despistada que miraba con cara de extrañeza para sus compañeros. Pero, de pronto, se produjo un intensísimo silencio que duró varios minutos. Yo miraba a mis alumnos y los veía sin pestañear. Poco a poco me retiré hacia la parte de atrás del aula. El silencio cada vez era más denso.
Cuando consideré que habían tenido tiempo para leer con calma las líneas que les había escrito, les dije simplemente: “Pues eso es todo”. Y, sin saber cómo ni de dónde, estalló un aplauso que se convirtió en un clamor de todos ellos. Menos mal que estaba en la parte de atrás del aula. Pero yo soy muy débil, y entonces… Pues eso. Qué le voy a hacer. No me importa ser tan endeble, sobre todo porque sé que no tengo remedio.
Durante la lectura silenciosa vi cómo se escurría alguna lágrima entre mis alumnos. Después de terminar todo, vi bastantes más.
Con esa sensación tan extraña terminé mi clase y les dije adiós.
Tenía una segunda sesión con otro grupo. Alguien les tuvo que avisar porque estos me la jugaron del todo. Fue llegar al aula y encontrarme con otro recibimiento caluroso y lleno de aplausos. La operación se repitió en buena parte.
Eran mis últimas entradas al aula como profesor regular. Mientras escribían mis alumnos, paseaba la vista por los espacios físicos que me acogían y que me habían acogido durante tantos años: las aulas, el palacio, las laderas del monte, la sierra, el río en lo más hondo del valle… Y las cigüeñas, esas aves que cada año me marcaban parte del calendario.
Ya no hay más formatos de clases regulares. Solo quedan asuntos burocráticos y notas, o sea, eso que tanto me desagrada y de lo que he huido desde siempre.
Me marché del centro a media mañana, solitario, por las calles de Béjar, como un alma en pena, rumiando demasiadas cosas. A mi lado pasaba gente que andaba en sus asuntos, sin saber nada de lo que yo llevaba a cuestas.
Y aproveché para realizar un primer experimento. Con mi E-book en la mano, mi PAPYRE, me fui hasta el Parque para pasear. A ver qué pasaba. Al fin y al cabo, casi estrenaba condición de liberado del empleo. Di un par de vueltas al recinto y me senté a leer. Me acompañaba una brisilla un poco molesta, la que impide que el verano se asiente entre nosotros. Tal vez es que no quiere que me aposente todavía entre sus árboles y al lado de su césped y de su agua.
Me volví a mi terraza, a mi esquina particular, a mi pequeño reino escondido. Miré a la sierra y los piornos aún me indicaban que el verano anda perezoso: la floración no ha llegado hasta lo alto de la montaña, y ese es el mejor termómetro que conozco.
Pero ya lo espero para ir acomodando todas estas nuevas sensaciones.
El caso es que les entregué esta mañana la carta a mis alumnos. La cosa fue más o menos así. Habíamos trabajado un escrito de resumen del año y de despedida que pasaría de forma aleatoria a otro alumno. Era un último ejercicio escrito y la última reflexión. Quedaban como quince minutos cuando terminamos el ejercicio.
Entonces les repartí mi carta y les pedí que la leyeran en silencio. Primero vi caras de curiosidad. En cuanto pasaron los primeros segundos (tal vez habrían leído el primer párrafo), observé alguna cara despistada que miraba con cara de extrañeza para sus compañeros. Pero, de pronto, se produjo un intensísimo silencio que duró varios minutos. Yo miraba a mis alumnos y los veía sin pestañear. Poco a poco me retiré hacia la parte de atrás del aula. El silencio cada vez era más denso.
Cuando consideré que habían tenido tiempo para leer con calma las líneas que les había escrito, les dije simplemente: “Pues eso es todo”. Y, sin saber cómo ni de dónde, estalló un aplauso que se convirtió en un clamor de todos ellos. Menos mal que estaba en la parte de atrás del aula. Pero yo soy muy débil, y entonces… Pues eso. Qué le voy a hacer. No me importa ser tan endeble, sobre todo porque sé que no tengo remedio.
Durante la lectura silenciosa vi cómo se escurría alguna lágrima entre mis alumnos. Después de terminar todo, vi bastantes más.
Con esa sensación tan extraña terminé mi clase y les dije adiós.
Tenía una segunda sesión con otro grupo. Alguien les tuvo que avisar porque estos me la jugaron del todo. Fue llegar al aula y encontrarme con otro recibimiento caluroso y lleno de aplausos. La operación se repitió en buena parte.
Eran mis últimas entradas al aula como profesor regular. Mientras escribían mis alumnos, paseaba la vista por los espacios físicos que me acogían y que me habían acogido durante tantos años: las aulas, el palacio, las laderas del monte, la sierra, el río en lo más hondo del valle… Y las cigüeñas, esas aves que cada año me marcaban parte del calendario.
Ya no hay más formatos de clases regulares. Solo quedan asuntos burocráticos y notas, o sea, eso que tanto me desagrada y de lo que he huido desde siempre.
Me marché del centro a media mañana, solitario, por las calles de Béjar, como un alma en pena, rumiando demasiadas cosas. A mi lado pasaba gente que andaba en sus asuntos, sin saber nada de lo que yo llevaba a cuestas.
Y aproveché para realizar un primer experimento. Con mi E-book en la mano, mi PAPYRE, me fui hasta el Parque para pasear. A ver qué pasaba. Al fin y al cabo, casi estrenaba condición de liberado del empleo. Di un par de vueltas al recinto y me senté a leer. Me acompañaba una brisilla un poco molesta, la que impide que el verano se asiente entre nosotros. Tal vez es que no quiere que me aposente todavía entre sus árboles y al lado de su césped y de su agua.
Me volví a mi terraza, a mi esquina particular, a mi pequeño reino escondido. Miré a la sierra y los piornos aún me indicaban que el verano anda perezoso: la floración no ha llegado hasta lo alto de la montaña, y ese es el mejor termómetro que conozco.
Pero ya lo espero para ir acomodando todas estas nuevas sensaciones.
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