viernes, 29 de octubre de 2010





2010-10-29 OH, QUÉ TARDE, DIOS MÍO
Hoy se me fue la vista desde la tarde gris de mi terraza. Y se posó en las faldas de la sierra. Y ascendió a los lomos de la loba. Y por primera vez los encontró de blanco. Y allí quedó prendada y diluida. Hubo lluvia, hubo sol, hubo arco iris. Oh, qué tarde, Dios mío.

jueves, 28 de octubre de 2010

YO LLORO MUCHO, ¿Y QUÉ?

Cada día la vida nos ofrece ejemplos en los que mirarnos para reflexionar. Nada nuevo bajo el sol. El ser humano se va manifestando en esas pequeñas cosas que configuran su pasar por este sitio tan extraño que es la vida.

A mí, en general, no me interesan tanto los hechos concretos como las actitudes, es decir, las conductas, o sea, las acciones repetidas. Los medios -otra vez los medios- se suelen detener en la visualización del hecho concreto y se olvidan de las tendencias, porque hay que analizarlas y eso cuesta trabajo y tal vez hasta haga pensar. Y eso es peligroso. Y vende poco porque es menos espectacular. De ese modo, le sacan las asaduras a cualquier hecho espectacular aislado pero al día siguiente ya no se acuerdan ni de su existencia.

En el último discurrir diario hay dos ejemplos que ilustran creo que muy bien lo que apunto.

El alcalde de Valladolid se ha despachado con unas manifestaciones groseras de todo punto y hasta procaces contra la joven ministra de sanidad. Yo invitaría a analizar la trayectoria de este señoraco de Fachadolid y no haría solo sangre de estas palabras concretas.

El escritor Pérez Reverte ha afeado la conducta del ministro saliente de asuntos exteriores por haber llorado en público en la despedida. De nuevo, el hecho concreto no es lo que más me interesa sino lo que pueda encerrar como actitud vital y como comportamiento. ¿Hacia dónde apunta este ser? ¿Qué conducta puedo esperar de él tras estas palabras? ¿Qué pensaría de mí un sujeto semejante?

Las tradiciones y los argumentos sociales no escritos apuntan a un ser masculino serio y tentetieso, sin desmoronarse nunca, ejemplo de fortaleza ante la tribu y guía y protector de cualquier debilidad. Así andamos.

Pues yo reconozco llorar con mucha frecuencia, venirme abajo en la emoción varias veces cada día, sentir que me descontrolo, incluso físicamente, con una repetición tal vez desmesurada. Yo mismo me descubro a veces en el intento de frenar esas expresiones físicas porque los contextos parece que me lo piden e incluso porque la acción que esté desarrollando no puede continuar, sobre todo si se desarrolla con más gente.

Pero ya está bien de sujetos encarados que no se doblegan ante nada. Tal vez por eso este sujeto ande con esa expresión agriada y ácida, aceda, áspera y avinagrada, desabrida, abrupta y hasta escarpada físicamente. ¿Este individuo conoce lo que es una emoción? Tal vez se le secaron todas en sus corresponsalías de guerra. Quién lo diría. Uno hubiera esperado que se le hubieran quedado los ojos húmedos para siempre al contemplar tanta injusticia y tanto dolor. No parece que sea el caso. ¿Será que no organiza en sus novelas las emociones de sus personajes? ¿Será por eso por lo que los sitúa tantas veces en escenarios bélicos, pendientes casi siempre de dar mandobles físicos en vez de dar mandobles de ternura y de sentimientos?

Estoy hasta los huevos de aquellos creadores para los que vale todo con tal de dar la nota y de hacerse con ello notar. Sobre todo con aquellos que no lo necesitan para nada pues ya tienen el saco bien colmado de divisas. Esas rebajas a la complacencia y al esnobismo me parecen más barriobajeras cuanto más alto veo el origen y el tejado del que descienden.

A mí este ser todavía no me ha hecho verter ni una sola lágrima. Sus últimas manifestaciones solo me han producido malos humores y un desprecio muy grande.

miércoles, 27 de octubre de 2010

DESGASTÁNDOSE EN OTROS

Sigo dándole vueltas a ese minuto escaso que nos permite el tiempo en ese recorrido indefinido de la vida. Ni sé para qué vale ni cómo llenarlo con dignidad y aprovechamiento. Tampoco sé si el aprovechamiento apunta hacia mí mismo o señala más al resto de los que me rodean y me acompañan en ese caminar de cada día.

Me descubro a menudo discutiendo con alguien a quien acuso de desgastarse en actos que afectan a las actividades de otros y no a esa persona, en repetirle machaconamente que la calidad bien entendida empieza por uno mismo y que tal vez la mejor justicia es la de la enseñanza de la responsabilidad que le compete a cada cual sobre sus propios actos, que es buena la caridad pero que es mejor la justicia y que cada cual debería atender a sufragarse sus propias necesidades hasta que sea evidente que la ayuda es necesaria. Y discuto y me estrello, y voy y vengo en mis palabras y comienzo de nuevo, y aparecen los disgustos y los malos momentos y esos vaivenes tontos de enfado y de contento.

No sé cuánto tengo de razón. Tal vez no tenga nada y lo que en mí merece desagrado tendría que merecer aplauso y ánimo constante. Tal vez. Sigo con mi duda sin resolver y en altibajo siempre.

Hay algo que imagino y me duele. Son las alabanzas tontas a quien parece dadivoso desde el lado de quien recibe esas dádivas. Eso me pone enfermo. Me gustaría que esas alabanzas -a veces ese simplemente dejar correr el tiempo y la inercia de un curso favorable- se tornaran en algo de reflexión y en un poco de reparto de tareas, en menos palabritas y en algo más de acción compartida. No es bueno fabricar santos a costa de ceder obligaciones; mejor si los alzamos con nuestras buenas obras.

Es solo un desahogo y acaso no debiera desahogarme con lo que, al fin y al cabo, es ayuda y eterna disposición a lo que pide el otro. Mecachis.

martes, 26 de octubre de 2010

"DECIDME CÓMO ES UN ÁRBOL"

Otra vez fue la casualidad o la aplicación de esas cuatro reglas oscuras y veladas que rigen nuestra vida sin que nos demos cuenta lo que me puso en contacto con un texto que había casi olvidado.

Hace por ahora un año que dimos en Béjar el Premio a la Libertad a Fernando Macarro, “MARCOS ANA”, ese preso eternamente preso y eternamente joven, del que yo no conocía ni su existencia y que me cautivó con su verbo torrencial, con la simplicidad de su exposición, con la generosidad de sus ideas y con el fondo de coherencia y de verdad de todo lo que decía.

Ayer cayó en mis manos su obra “Decidme cómo es un árbol”. A este título acompaña este subtítulo tan aclaratorio: “Memoria de la prisión y la vida”. La promesa del año anterior de adquirirlo y de leerlo había quedado en el olvido.

Pues todo fue tenerlo entre mis manos, venirme para casa y abrirlo. Trescientas setenta y nueve páginas más dos bloques de fotografías. En menos de veinticuatro horas he dado fin a su lectura.

Se trata de un testimonio directo acerca de las peripecias carcelarias, del ambiente prebélico y bélico, del fondo social que explicaría estos hechos y de la vida posterior a la prisión, desde principios de los años sesenta hasta el comienzo de la democracia.

El texto me resulta apasionante porque suma toda una serie de factores en positivo hasta llenar un panorama desgarrador y a la vez emocional e impulsivo. El autor tiene tiempo de pasar media vida en la cárcel (23 años) como preso político con dos penas de muerte a cuestas, pero de vivir otra media con toda intensidad y como representante no solo de su vida sino de todos aquellos que padecieron, y en qué condiciones, la privación de la libertad. De este modo, ya en vida, se ha convertido en un símbolo viviente de toda una actitud vital. Aún sigue pregonando por ahí sus convicciones y sus ideales con una fuerza que sobrecoge.

Pero se suma también el ambiente social y emocional de todos los encarcelados. Y Marcos Ana tiene muy claro siempre que él no es más que uno de ellos, que le ha tocado representarlos pero que el ideal lo personificaron todos. Es una actitud que le honra y que lo engrandece.

Su actitud personal nunca es de venganza, ni siquiera de rechazo, sino de respeto a todos los que piensan de forma diferente a la suya. Esta idea queda clarísima a lo largo de todas las páginas. Solo pide que lo dejen defender libremente sus ideales y su forma de entender la vida.

Recoge el libro, como no podía ser de otra manera, la red de relaciones entre los miembros del PCE en el interior y en el exterior, tal vez la última gran red de solidaridad y de ayuda del mundo moderno.

Y todo el libro está salpicado con la prosa directa de un autodidacta que va creciendo incluso a medida que va escribiendo el libro. Y lo hace en positivo, aunque siempre desde la emoción de la primera persona y desde la sinceridad de quien se reconoce como uno más de tantos otros.

Salpican las páginas bastantes de los poemas que el autor considera oportunos y fundamentales en su trayectoria. También en ellos se resume el carácter y la tensión emocional de la vida del autor. Algunos son tan directos y atractivos como este:

LA VIDA

Decidme cómo es un árbol.
Decidme el canto del río
cuando se cubre de pájaros.
Habladme del mar, habladme
del olor ancho del campo,
de las estrellas, del aire.
Recitadme un horizonte
sin cerradura y sin llaves,
como la choza de un pobre.

Decidme cómo es el beso
de una mujer. Dadme el nombre
del amor, no lo recuerdo.

¿Aún las noches se perfuman
de enamorados con tiemblos
de pasión bajo la luna?
¿O solo queda esta fosa,
la luz de una cerradura
y la canción de mis losas?

Veintidós años… Ya olvido
la dimensión de las cosas,
su color, su aroma… Escribo

a tientas: “el mar”, “el campo”…
digo “bosque” y he perdido
la geometría del árbol.

Hablo, por hablar, de asuntos
que los años me borraron

(no puedo seguir, escucho
los pasos del funcionario)

Todo un testimonio de emoción y de ejemplaridad. A mí me ha ocupado emocionalmente a tiempo completo y con una enorme intensidad estas últimas veinticuatro horas. Espero que deje poso suficiente como para aspirarlo durante más horas y más días.

lunes, 25 de octubre de 2010

OTOÑO EN BÉJAR

OTOÑO EN BÉJAR
Está el otoño con vestido largo,
con un aire de fiesta que indica despedida,
con un balanceo rítmico a la altura del aire,
donde bailan las hojas con dulce decadencia.
Hay como una conciencia limpia y una luz muy clara
en cada espino del zarzal dormido.

Aquel grito gozoso
de semen vegetal que daba espumas
en las auroras de la primavera
se ha refugiado en grises fuertes y dorados,
en fuegos mutilados
por el hermoso sol de las laderas.

Hay un susto en las copas de los pinos,
como en protesta por quedarse solas,
por decir adiós a todo el manto
que se deja vencer y se desploma
hacia la eterna soledad del suelo
y un zureo de palomas
y un revuelo de lunas en el cielo,
y hay en el aire un trino
que salmodia una queja
regada con las lágrimas
que los árboles vierten de sus venas.

Dejadme entre castaños y entre pinos,
con el rumor del aire,
con el rumor suave que ordena los paseos
cuando la tarde acoge las pisadas
de los que van sin rumbo definido.

Me perderé en el bosque,
buscaré las estancias vacías de las grutas,
suplicaré el silencio del silencio
y el tiempo y el espacio caerán en el olvido.

Qué locura de otoño,
qué muerte entre las muertes,
qué dulce desnudez
para volver de nuevo a la estación del frío.

domingo, 24 de octubre de 2010

Y SE PERDIÓ SIN SEÑAS

Buscaba soledad en el silencio y se encontró la muerte y el abismo danzando en las laderas de aquel bosque sombrío. Pensó en quedarse allí por si las gotas del cielo de la tarde le saciaban la sed que le amargaba y se encontró rayos de sol por todos los caminos. Buscó saciar la sed con sus propios sudores y entró en su propio silencio y en su propio cuerpo.

Desentrañó los muebles de la puerta dándoles sitio para que hicieran cuerpo y vio que era sencillo, que trababan conversación amena entre las sillas y las mesas, que se extendían los brazos y acogían las llamadas de todos los que hasta allí se acercaban.

Pero siguió adelante y entró en sus aposentos. Allí encontró terrenos con muy buena simiente, surcos abiertos y aceñas con agua. Eran campos de azúcar y de avena, de trigos y amapolas. Y estaban sin sembrar, pues nadie había extendido la semilla ni había aricado el borde del terreno.

Se tendió a contemplarlos y se sintió contento de ser señor de aquellas posesiones. Y asentó la mirada y pensó en darles forma y en arreglar los predios y baldíos, en sazonar los frutos, en recoger cosechas y en hornear los panes.

Y se quedó dormido y en silencio, soñándose vecino y labrador, humilde y encalado en sus paredes.

Y se vio más adentro, en una choza limpia y aseada, sin apenas aperos de labranza, solo con brazos fuertes y dispuestos, ajenos a las luchas y disputas, rudos y campesinos, tostados por el sol de cada día, cansados en la tarde, serenos y amorosos cuando la luna alzaba su figura.

Y dijo aquí me quedo, tranquilo y olvidado, sin cuidados ni penas, con mi cuidado al turno de los surcos, con mis campos, mi luz y mi contento.

Y aquel bosque lejano se cercó de silencio y se perdió sin señas en los brazos del tiempo.

viernes, 22 de octubre de 2010

EL OTRO TIEMPO

A veces me rondan las palabras de Juan de Mairena cuando reflexionaba y decía lo que sigue: “Aprendió tantas cosas que no tuvo tiempo para pensar en ninguna”.

No sé si el ser humano no se disgrega a diario dejándose llevar por lo que se le propone desde cualquier ventana y se queda en la descripción sin llegar casi nunca al análisis y a la composición. Tal vez tampoco haya que exigirle lo que no puede dar pues todo se sustancia en un espacio y en un tiempo, y las posibilidades son las que son.
Pero como estamos de nuevo en el parámetro de los grados y de las posibilidades, lo que se considera es la posibilidad de acotar terrenos y de ahondar un poco en lo que son principios y no solo excrecencias inanes y sin contenido. “Adentro”, decía Unamuno, y yo repito.

Ese despertar brusco que te lleva al espejo y a la ducha con prisas, al desayuno con urgencia, a la calle con rapidez y al trabajo con impaciencia; esos descansos rápidos, esas comidas en paréntesis, esas ocupaciones apresuradas, esas opiniones banales para pasar el rato con lo más a la vista, esas vueltas a casa después de la jornada con el sonsonete de lo que nos acotan las ondas y las páginas, ese descanso aburrido frente al televisor, con las noticias tontas, con las imágenes tontas, con los esquemas tontos; y esa vuelta a la cama con las ideas confusas, con las imágenes inalcanzables de esos mundos ilusos, con la esperanza puesta en ninguna esperanza, con la certeza de un día que se ha hundido en la noche como todos los otros; y ese vuelta a empezar de cada día con los mismos esquemas, con los mismos caminos, con las mismas imágenes, con las mismas ideas, con los mismos horarios, con idénticas dudas, con idénticas certezas de que nada es seguro, de que acaso hay que hacer según como nos digan, porque ya serán ellos los que mejor y más saben y porque tal vez tendrá que ser así si ellos lo dicen…

Al otro lado existe el tiempo que se aquieta y se individualiza, que se deja coger por sus crines para embridarlo y para hacerle saber que por él caminamos, que queremos hacernos caminantes seguros y conscientes, que miramos y vemos, que paramos y vemos, que sentimos y vemos. Liberar tiempo libre es tarea estupenda para sentirse libre, para sentirse hombre, para sentirse nada, para ir y venir con la cámara a cuestas, para ser más conscientes de lo inútil de todo, del sinsentido cósmico de todo lo que cabe en nuestra cámara, del transcurrir en plan ejecutivo de las oscuras directrices que alimentan la vida, de lo apartados que andamos de las leyes del cosmos, de lo absolutamente prescindibles que resultamos para un átomo de piedra en la ladera…

Y para, a pesar de todo, violar la vida en sus principios, reconocernos uno y multitud, ver venir a los otros en el mismo sendero, reírnos con tristeza de lo que dice el tiempo, hacer una parcela con resguardo del frío y de la lluvia y en ella dar cabida a todo el que se acerque con las manos bien limpias y el corazón abierto. Porque es bien evidente que pasamos solo un suspiro en la tierra pero, a pesar de todo, podemos ser eternos si sabemos dividir el tiempo e intensificarlo desde nosotros mismos.

Dejadme que repita esta palabras: “Porque esto es la poesía: dos soledades juntas / y una verdad que ordena tu vida con mi vida”.