viernes, 21 de agosto de 2009

COMO EL MUSGUITO EN LA PIEDRA, AY, SÍ, SÍ, SÍ

Comenzar un nuevo día con Sara en esta casa es otra cosa. Es un día de fiesta sin descanso, es un aguardar a que abra los ojos y se deje coger y acariciar en su piel de bebé, es ver la vida que comienza, es anotar que todo puede ser y que aún no es, es olvidar que hay penas por el mundo.

Hoy es un día de esos. Hasta que se nos vaya, cuando caiga la tarde, hacia otros sitios. Mientras tanto, me aprovecharé de ella y de sus incipientes risas.
Y seguiré en el cauce de los días, con la rapidez del paso del tiempo y con la lentitud de mis sensaciones en estos días de calor sofocante.

El tiempo de verano es época de mayor cumplimiento de los ritos y de las costumbres, de esos tópicos en los que las comunidades están encerradas y que configuran sus espacios y sus tiempos mucho más de lo que pueda parecer a primera vista. Cualquier día es bueno para pensar un poco en ellos, pero estos días de desenganche laboral y horario lo son un poco más.

El azar de la lectura me lleva, una vez más, hacia una de las costumbres que más configura la identidad de esta comunidad. Se trata de la leyenda de “Los Hombres de Musgo”. Desde la creencia más imbécil y bobalicona hasta los intentos de documentación más singular y de erudición más menuda hay para todos los gustos. Y estamos en el S XXI.

Recojo del Quijote un par de manifestaciones que no hacen otra cosa que confirmar algo sencillamente elemental y que cualquier mente que aspire al abecé tendría que aceptar y dejarse de cualquier otra digresión.

Capítulo XX, segunda parte. Estamos en el episodio de “Las bodas de Camacho”. Sancho ya está haciendo de las suyas y su boca se le hace agua ante tanta abundancia comestible. Se le han sacado de una tinaja “tres gallinas y dos gansos” (dejemos que las hipérboles también se solacen, que andamos de boda) y ya tenía permiso para embaular todo lo que su cuerpo le permitiera. Y en estas estaba cuando comenzaron las danzas a entrar en la campa. Una de ellas era la “danza del artificio y de las que llaman habladas”. Y… “Delante de todos venía un castillo de madera, a quien tiraban cuatro salvajes, todos vestidos de yedra y de cáñamo teñido de verde, tan natural, que por poco espantaran a Sancho.” ¿Es que no queda claro que se trata de un motivo natural de adorno para cualquier fiesta, fundamentalmente de primavera o de verano? Este artilugio y vestimenta eran absolutamente normales en cualquier mascarada o festejo de la época. No hay más. Ni falta que hace.

La segunda muestra está aparentemente más diluida para la cita textual pero termina por ser más frondosa por abundante. Cualquiera puede sumergirse en los capítulos del castillo de los duques (tal vez la parte que definitivamente catapulta a toda la obra hasta el nivel más elevado en todos los sentidos) y encontrará en ellos carros y carretas, disfrazados de todo tipo, trifaldis y disciplinantes, clavileños y boscajes. En fin, para dar y tomar salvajes y hombres de musgo y hoja.

Luego viene toda la parte interesada y localista, la tontería inmensa de la reconquista con hombres disfrazados de esta manera, la unión de la milicia y de la iglesia en el mismo poder, su exaltación pública en la procesión… Y la unión sumisa del vulgo, explotado pero contento, en hilera y aplaudiendo hasta con las orejas.

Creo que pronto se publicará un libro que rastrea la existencia de este tipo de monstruos en la época medieval y moderna. No llegará mucho más allá de describir muchos más ejemplos, que se añaden a los dos indicados en estas líneas, y a las mismas conclusiones que las que dicta el sentido común. Pero acaso parezca todo un acontecimiento. Y hasta tal vez abra los ojos a algún ciego de los que no quieren ver. Si al menos sirve para eso…

jueves, 20 de agosto de 2009

FINGIMIENTO

Es el mundo una hermosa verdad perecedera.
Lejos aquellas tardes con la verdad eterna,
con las sombras y el sol acompasados,
dispuestos a explicar cualquier verdad:
no existían dudas.

De los despojos lentos de aquel tiempo
solo quedan los restos
que perviven apenas escondidos.

Mi corazón debe fundar su amor en esta vida,
acariciar sus muros desconchados
como pintor en forma y a destajo,
dibujar arabescos en los muros,
gritar de gozo al mundo,
a ese mundo que anida en el crepúsculo,
camino de la noche, y ser lo mismo
que un fragor de palomas en el aire
o un olor a jazmines por el suelo.

Y así pasar las horas lentamente,
con el dolor y el gozo parte a parte.

miércoles, 19 de agosto de 2009

OTRA VEZ EN SUS PÁGINAS

Otra vez cedí a la tentación. Me quedé un rato sin página concreta y me sumergí de nuevo en mi Quijote. Y de esto hace ya bastantes días. De hecho ando ya por la segunda parte; nada menos que en el capítulo XXIII. Parece como si muchos días de mis meses de agosto estuvieran reservados a pasarlos cerca de este texto tan amplio, tan extraño, tan fantástico, tan universal, tan encogido en algunas cosas, con tantos fallos menores y con tantos aciertos mayores.

Me apetecería un montón dedicar un curso a leerlo con calma con un grupo de personas. Aquí hay materia para razonar hasta el día del próximo diluvio universal. Y me gustaría compartirla. Estaría dispuesto a proponer guión de comentario para cada capítulo. Y allí saldría lo humano y lo divino, lo grande y lo pequeño, lo sublime y lo mezquino, lo bello y lo feo, el egoísmo de cada ser humano y sus ratos de bonhomía.

Y todo -y esto sería lo más interesante para mí, y seguramente para cualquiera- no para el ser abstracto o intemporal sino para cualquier ser que puebla las aceras por las que caminamos y por las calles que hollamos cada día. Sería fantástico comentar las bondades o las maldades del gobierno, por ejemplo, personalizándolas en Cipri o Alejo. O la estructura familiar de cualquiera de nosotros. O la actividad de la justicia pensando en nuestros juzgados. O las imposiciones de la iglesia. O el sistema político en el que nos movemos. O la estructura de nuestras bodas. O los noviazgos. O los efectos de la lectura. O la importancia de las letras y las armas. O… Este libro lo contiene todo, absolutamente todo; es una esponja que secaría el mar si quisiéramos exprimirla.

Para asuntos de este tipo no tendríamos que jubilarnos nunca. Nunca. Creo que, al final, atraeríamos a los aledaños del libro incluso a aquellos más reticentes y les haríamos sumar sus opiniones desfavorables para hacer algo aún más completo.
Ando con don Quijote saliendo de la cueva de Montesinos y dispuesto a contar todos sus encantamientos debajo de tierra. Se ha dejado descolgar por Sancho y el primo del licenciado, sabedores de la mentira y la patraña de todo el negocio. Y los dos colegas no le conceden ni una pizca de conmiseración. Pocas veces Sancho se muestra más socarrón que cuando lo despide: “!Dios te guíe y la Peña de Francia, junto con la Trinidad de Gaeta, flor, nata y espuma de los caballeros andantes! ¡Allá vas, valentón del mundo, corazón de acero, brazos de bronce! ¡Dios te guíe, otra vez, y te vuelva libre, sano y sin cautela a la luz de esta vida que dejas por enterrarte en esta escuridad que buscas!” Por alguna extraña razón, se me vienen a las mientes aquellos versos de don Antonio Machado tan irónicos: “Buen don Guido, ya eres ido, y para siempre jamás”. O incluso esos maliciosos ánimos que se ofrecen a cualquiera cuando se conoce que el fin no es precisamente ventajoso para el animado.

Y eso que el bueno de Sancho enseguida se raja y se pone llorica cuando, al tirar de la cuerda, no encuentra resistencia y sospecha que don Quijote se puede quedar adentro. Mentiras, encantamientos, la verdad a contrapelo, la huida hacia adelante. Todo, si es que está todo en etas páginas. Y casi en cualquiera de las del libro.

Estos ratos me ayudan a soportar mejor los calores sofocantes de estos días y los malos humores que ciertas visitas a Salamanca me producen. Y no diré más. Que mañana también amanecerá Dios y medraremos. Y además, dentro de un ratito, vendrá mi Sara a verme. Y este tesoro pequeñito sí que es resumen de todos los resúmenes.

martes, 18 de agosto de 2009

¿SERÁN LOS CALORES? VAMOS, ANDA

Me matan estos calores. Y los otros. Todos me dejan agotadito y sin resuello. Estos días el sol se ha apoderado de todos los rincones y hasta en la sombra parece que anda el fuego buscándote. No me imagino los lugares abiertos y sin refugio. Ufff.

El caso es que mi ritmo de lectura y de escribir líneas decrece y se hace como apaisado y sin nervio real, el seso se me abotarga y ando como en supervivencia hasta que las temperaturas quieran ponerse en un nivel más normalito.
Me sucede exactamente lo contrario de lo que les pasa a muchas personas que dicen tener el ánimo siempre dispuesto para cumplir sus ideales y entregar sus afanes en beneficio de los demás. Aunque hoy leo un informe en El País en el que se dice que la crisis está llevando al ejército y a la policía a muchos aspirantes sin vocación. Vaya por Dios. Yo que siempre había pensado que todo este personal era inmaculado y estaba dispuesto a entregar todo por la patria. A ver si esto es que no es del todo verdad. Si no lo fuera, habría que mandar quitar del frontis de los cuarteles eso de “Todo por la patria”. Creo que incluso antes se completaba con la palabra Dios, “Todo por Dios y por la patria”.

El caso es que también en los últimos tiempos he oído que andan los guardias civiles pidiendo mejoras físicas en sus cuarteles para aumentar su seguridad. Y, además, hago memoria y tengo la impresión de que cada dos por tres se alza su protesta porque no están de acuerdo con sus ascensos. Y, por si fuera poco, andan como locos detrás de las medallas para colgarlas en sus pechos y para conseguir con ello una pasta añadida que llevarse al bolsillo.

No, definitivamente creo que esto de todo por la patria hay que revisarlo. Y revisar la historia de todos estos cuerpos, a los que se los llama beneméritos y hasta gloriosos y no sé cuántas otras cosas. Y la estructura jerarquizada en su funcionamiento, en la que lo que importa no es el desarrollo del pensamiento sino el de la docilidad y el del sometimiento a la orden del superior, o sea, el aborregamiento y la anulación del criterio y de la personalidad.

En realidad he propuesto alguna vez sustituir el lema de “Todo por la patria” por este otro: “Todo por la pasta”. Yo no tendría nada en contra; más bien al contrario, entendería que su trabajo se atendría a las mismas miserias y grandezas que el de los demás. Ni una más. Y, a la altura que corre la historia, reivindico para otras profesiones que tienen que ver, no con la fuerza, sino con la sanidad o con la educación, un reconocimiento y un medallero más grande y lustroso. ¿O es que los demás no hacemos nuestro trabajo en beneficio de la patria, ese concepto tan vago como peligroso si no se define con serenidad y razón?

Yo trabajo en un cuerpo que aspira (o debería aspirar, que ese es otro cantar) a conformar unas mentes reflexivas y críticas, preparadas para resolver los conflictos no a palo limpio sino con razonamientos y diálogo. Ni punto de comparación, coño. Y no andan los tiempos buenos para este colectivo. Ni para otros, que todos, de una forma o de otra, contribuyen al funcionamiento mejor o peor de la comunidad. ¿O no contribuye el trabajo de una cajera a que todo vaya mejor o peor?

Cuánta tontería y cuánto tópico para que todo siga igual y nada se mueva. Y en estos cuerpos jerarquizados y aficionados a la medalla (quiero decir a la pasta sobre todo), muchísimo más.

Así que abajo los cuarteles y hágase con los soldados y con los guardias civiles ciudadanos al servicio de los demás por un puñado de euros. Y, como los demás, orgullosos, o al menos conformes, con entregar a la comunidad más o menos lo que la comunidad les entrega a ellos. Ni más ni menos. Y menos gansadas y patrañas burdas. Que no podemos caernos todos y todos los días del guindo.

Por lo demás, mejor es no repasar la historia, que la temperatura está muy alta y la sesera se puede recalentar.

lunes, 17 de agosto de 2009

SE CASÓ YOUSSOUPH CON SANDRA

El sábado se casó Youssouph. Este hecho supone el final de un largo proceso que comenzó hace casi cuatro años con un viaje penoso y largo desde sus tierras de Senegal hasta España, buscando mejores formas de vida. El desierto, la patera, la proximidad de la muerte, la soledad, la tempestad de otras culturas, la esperanza de encontrar lo que realmente tal vez no exista en Europa… Demasiadas cosas comenzaron entonces.
Desde ahí, el camino ha sido largo y tortuoso. Yo he tenido un papelín secundario en toda esta película, pero creo que he seguido el rodaje desde una situación privilegiada y conozco bastantes elementos de la producción.

Estuvimos de boda, una boda intercultural, variada y diferente. Yo no gasto demasiado tiempo en prepararme para cualquier asunto de este tipo: una camisa, unos pantalones y todo está ya hecho. Por eso, ayer por la tarde tuve unos minutos para pensar en lo que significaba esta boda. No fue mucho rato pero lo dejé resumido en unos versos que les entregué a los novios. Son inmediatos, impulsivos y sin redondear pues el tiempo se echó encima y hubo que atender a alguna otra cosa. Que les sirva de felicitación.

AMOR EN ARCOIRIS
(Para Sandra y Youssouph en el día de su boda)

Porque esto fue una historia de una sola vez.

Fue subirse en carroza
y convertirse en rey ya para siempre,
fue cruzar los colores
y aparecer un cuadro en arco iris,
fue pedir una brújula
y confundirse el norte con el sur.

Las aguas de los mares fueron puente
proceloso y extenso. Los desiertos
enseñaron la sed y la sequía
de la frontera norte.
Salvarlos fue costoso.

Las praderas del norte
no siempre tienen hierba en sus riberas
ni dejan que las lluvias
unjan la tierra para que aumente el pasto del ganado.

Pero la sed aprieta
y hay que romper las cercas y vallados.

Llegó después el frío de estas sierras,
las tardes al cobijo de otros seres
que ofrecieron sus aguas y sus prados
donde calmar la sed.
Y todo fue alegría y regocijo,
plantar cara a la vida palmo a palmo,
desafiar al viento
y violar el empuje de las leyes.

Lo demás ya fue amor,
y acaso será amor por mucho tiempo.
Ese amor tiene nombres muy concretos:
Youssouph y Sandra son.

Pero eso es otra historia, es vuestra historia.
Enhorabuena.

domingo, 16 de agosto de 2009

GREDOS (y IV)





Cargados con imágenes y anegados de las cumbres de Gredos, seguimos el descenso charlando de lo propio y de lo ajeno, templando el cuerpo con el paso y con la mejor temperatura, sintiendo que la vuelta no es la ida, pues vienes y no vas y eso no es solo una perogrullada, dando rodeo a las peñas para encontrar donde poner el pie, mirando y contemplando que cada poco rato todo se va quedando más arriba, anotando los nombres de todos los picos pues Eloy y Manolo se los conocen todos palmo a palmo.

Hasta llegar por fin al Refugio, que conserva nombres de falanges o movimientos de otras épocas. Allí nos encontramos con una pareja que nos estaba aguardando inquieta pues se habían olvidado en la cumbre una cartera y la traíamos nosotros (el buen hombre había vuelto a ascender para buscarla pero le avisaron de que nosotros la habíamos cogido y la traíamos, por más que bajáramos por otra pendiente).
Y, casi sin descanso, vuelta a coger la ruta de regreso bordeando la laguna. A lo lejos veíamos descender a toda la cuadrilla de muchachas que habíamos visto ascender por la mañana.

Adiós a la laguna, adiós al agua de Gredos, adiós a aquel rincón tan escondido, adiós a aquel silencio.

Y mi cuerpo cansado, cada vez más rendido y menos seguro de sí mismo, pues si cansa la subida, la bajada se queja mucho más en las piernas y en las rodillas.

El ascenso de los Barrerones se nos fue en dilucidar si el método deductivo es mejor que el inductivo o al revés. Fui yo quien propuso la discusión. Como si mi mente estuviera en condiciones de hurgar en tales cosas. Qué le vamos a hacer. Menos mal que Manolo volvió al tema de los blogs en internet. La fuente que hay en la parte más alta de la ladera nos sirvió de descanso, de alivio para la sed y de atalaya desde la que mirar de nuevo a la laguna y a todo el circo.

La tarde declinaba. Íbamos a perder pronto la perspectiva de la montaña para dejarla en el recuerdo. Mejor con unas fotos. Son las últimas. O casi las últimas. Las últimas esquinas de la foto de fondo se van perdiendo. La vista ahora se marcha en otras direcciones, hacia el este, hacia los Galayos y la Mira, hacia las tierras de Ávila, hacia todo el valle del Tormes, hacia el puerto del Pico, tras el que adivinamos el pavoroso incendio de hace tan solo unos días, hacia el infinito en horizontal.

Otra vez la Fuente de los Cavadores nos sirve de descanso y de reparación de fuerzas. Manolo prefiere no parar y proseguir camino sin descanso. ¿Y Eloy? Eloy se ha despistado. ¿Qué está haciendo? Es que no se ha dicho nada de las cabras de Gredos. En realidad, en esta ocasión, apenas si ha aparecido a nuestra vista una decena de ellas. Pero cerca de la fuente, a la llamada de la hierba y al cobijo de las matas de escobas, ha aparecido un atajo de machos en todo el atardecer. Eloy se ha ido a sacar fotos. Lo veo entre las escobas buscando perspectivas y lo contemplo acercándose sin que los machos se espanten. Como él es buen fotógrafo, prefiero dejarlo en sus tareas y yo sigo camino en el descenso después de beber unos vasos de agua.

Ahora camino solo durante tal vez un par de kilómetros. Repaso imágenes e impresiones del día, dejo perder mi vista en el paisaje, en el amplio paisaje de Castilla, del centro de esta Iberia, tan reseca en estos días de agosto; y me pierdo en la historia y un poco en su intrahistoria, en ese día a día de todas estas gentes que la pueblan y que la poblaron en los pasados tiempos. Ellos son también Gredos, son macizo hacia el suelo y anhelo hacia los altos de estas sierras; y veo bajar el Tormes casi exhausto por el valle y perderse en la llanura para encontrarse casi mar en el pantano de la Maya o saciando la sed de Salamanca; y sueño con las sierras de Béjar, antesalas de todo este macizo, pero también eternas.

Al cabo de un buen trecho, Eloy y las muchachas del ascenso nos han dado plantón por algún atajo y caminan delante. Son los últimos tramos antes de llegar de nuevo a la plataforma, donde aguarda mi coche y hasta donde llega mi cuerpo fatigado, lento y vacilante.

Todavía hay un ratito para charlar con todas estas chicas, tan risueñas y alegres, tan dogmatizadas desde tan temprana edad, pero que dejan siempre en mí esa duda perenne de lo inútil de su teoría y de lo gratificante de su práctica. Este asunto me llama y me provoca, pero estamos en Gredos y es ya tarde.

El regato desciende con un ruido continuo. La tarde se hace noche. La luz se va apagando. Con el motor en marcha, nos sumergimos en la carretera del valle. Ya nos aguarda Béjar. Yo me llevo de Gredos muchas cosas.

Fotos Eloy Hernández.

Para Manolo Casadiego y Eloy Hernández, que me acompañaron en el camino; y para Jesús Tiedra, que me acompaña otras muchas veces.

sábado, 15 de agosto de 2009

GREDOS (III)







Mis amigos Eloy y Manolo habían pensado una ruta que tenía como destino la cresta de los Cuchillares para volver hacia el camino y la ladera de los Barrerones. Seguramente lo habían ideado pensando en mí y en previsión de que no terminara demasiado agotado. Pero alzar la vista y ver majestuoso al Almanzor allí en la cumbre fue todo un desafío. Les obligué a cambiar la ruta y a poner rumbo a la cima. Estábamos en Gredos y la cumbre más alta se presentaba irresistible.

Entre rocas inmensas, bajadas a empujones desde el cielo, bordeando la pequeña corriente que escurría aún de las entrañas de las piedras, fuimos plantando cara a una ascensión tan placentera para el ánimo como sudorosa, ardua, cansada y agotadora al fin para el cuerpo. Cada metro de ascenso era un triunfo y cada parada obligada una mezcla de sorpresa por la nueva perspectiva que se ofrecía a la vista y la dureza de ver la cuesta empinadísima que se venía sobre nuestras cabezas.

Había montañeros en ascenso y montañeros que volvían satisfechos y sudorosos después de haber hecho cumbre. Casi todos me regalaban alguna palabra de ánimo, tal vez porque veían que mi cuerpo andaba ya muy fatigado y que ascendía muy lentamente.
Como a media ladera, comenzaron a sonar unas voces de mujeres jóvenes que parecían mostrar no cansancio sino alegría y casi jolgorio. Aquello suponía para mi cuerpo exhausto casi una provocación. Pronto las vimos cerca de nosotros. Efectivamente, eran jóvenes de unos veinte años que ascendían como cabras monteses y a un paso más propio de un paseo por un parque que de una ascensión por aquel muro de piedra. ¡!!Y venían todas con una falda que les cubría ampliamente las rodillas y casi les llegaba a los tobillos!!! ¡!Allí, en plena sierra, gateando hacia el cielo!! De nuevo la sospecha. Las saludamos y las dejamos subir y abrirnos senda. Ya hablaríamos arriba. Mi cuerpo seguía lento, muy cansado, con la fatiga a cuestas, con el ánimo continuo de Manolo y de Eloy.

En mis anteriores ascensiones, había hecho camino por la Portilla Bermeja, pero hoy lo hacemos por la Portilla del Crampón, por el camino más recto, pero más empinado, por el más costoso, por el más agotador. Comencé controlando un poco el tiempo de subida pero terminé perdiendo la noción y solo me ocupaba de ir ascendiendo unos metros, de descansar un poco y de volver a iniciar la escalada, pues escalada debería ser subir por una escalera que apenas si tenía algún paso en el que apoyar los pies. ¡Cien pasos más y otro descansito!, me animaba Eloy. Y mi cuerpo se animaba a realizar otro nuevo esfuerzo. ¡Venga, que ya llegamos!

!!!Y llegamos al fin!!! Llegamos para dar vista a la vertiente sur que mira la Tiétar, ahora vacío y secano, solo hilera seca en medio de la mole y de la falda. El aire era otro aire. Y el cielo era otro cielo pues las nubes se habían hecho más negras y todo amenazaba lluvia.

Nos quedan unos metros, ahora ya de escalada y de gateo, de subir por los riscos y de encogerse entre las últimas rocas. Dejamos las mochilas para que no estorbaran y solo llevamos la cámara de Eloy. Había que hacer cumbre como fuera. Y yo no sé cómo fue pero la hicimos. ¡!!Hice cumbre en el Almanzor, en Gredos!!! Me sujeté a la cruz que hay allí plantada, giré mi vista en todas direcciones, Eloy me hizo unas fotos y comenzó a llover. ¡!!Lloviendo y en la cumbre de Gredos!!! Aquello me parecía una unción sagrada, como un regalo hermoso de los dioses, como una estampa única, como un placer intenso. Fue muy poco el tiempo que allí estuve pero qué panorama y qué sensaciones tan densas. Todo era perspectiva descendente; allí arriba, solo el cielo, el agua y el aire; lo demás, todo lejos y distante.

Enseguida la vuelta hasta un refugio debajo de una roca. ¡Cómo pude bajar aquellos cincuenta metros, destrepando las rocas! Prefiero no pensarlo. Al cobijo del una roca vi llover mansamente, contemplé cómo se mojaban las mochilas un poco más abajo, oí cantar a aquellas jóvenes que nos habían acompañado un ratito en la escalada una canción de iglesia, me atreví a cantar una estrofa del “Veni, Creator” y por un momento deseé que siguiera lloviendo mucho tiempo. Las muchachas nos informaron de que pertenecían a una agrupación religiosa que se llama Regnum Christi. No era difícil adivinar algo parecido. Hicimos alguna chanza con los rezos, con la vida y con el infierno y las dejamos allí en lo alto mientras nosotros comenzábamos el descenso lentamente.

Manolo y Eloy decidieron que la bajada la hiciéramos por la parte noreste, visitando la Galana y el Ameal de Pablo. ¡Qué feliz ocurrencia! ¿Cómo hubiera yo podido bajar por aquel pedregal inmenso por el que había ascendido tan penosamente? Tenía por bien cierto que el descenso sería más suave por cualquier otra parte. Y qué bien que la práctica me demostrara que tenía razón.

Con precaución y calma, fuimos dando rodeo a la base del pico y fuimos faldeando hacia la Galana. A cada pocos metros me giraba para medir la altura del coloso, de la cumbre y del pico en el que había estado un rato antes. El cielo seguía gris y encapotado. Amenazaba nueva lluvia y dejó caer gotas pero con menos fuerza que en la cumbre. ¡!Había estado allí arriba!! ¡!En aquel picuruto!! ¡!En el mismito cielo!!

Tal vez las tres y media. La Galana. El Ameal de Pablo. Qué coloso de roca casi negra este último muro. A su altura leímos y recordamos a Unamuno, ese ser egotista, amante de las cumbres, que había subido a Gredos, exactamente hasta aquel punto, para sentir la entraña de su España, el ideal sublime y quijotesco, sus ansias infinitas de inmortalidad. Yo me sentí un poquito también Unamuno pues acaso algunas de mis comezones íntimas no andan lejanas de las suyas. Algunas, que no todas.

Comimos compartiendo lo que había en nuestras mochilas, mirando a todo el circo, y viéndolo de frente, porque la altura así nos lo mostraba. El frío de la lluvia me dejó tiritando pero mi cuerpo agradeció el descanso. Había dormido muy pocas horas la noche antes y mi cuerpo no estaba para bailes.

N.B. Fotos de Gredos II y III de Eloy Hernández.