viernes, 14 de agosto de 2009

GREDOS (II)




Hacía mucho tiempo que no caminaba por esta sierra. ¿Cuánto? Me sorprende enseguida el arreglo que se ha hecho del camino. El suelo ha quedado consolidado con piedras bien dispuestas, apoyadas en traviesas de madera que, en forma transversal, van cuadriculando el terreno. Así, lo que antes era un camino de tierra en muchos trechos ahora lo es solo de piedra. ¡Nada menos que desde la Plataforma hasta la Laguna Grande! Se entiende la finalidad que se persigue (se supone que la de encauzar los pasos de todos los caminantes por la misma senda y hollar el menor espacio posible) y procuramos respetarla.

La sierra de Gredos es siempre muy visitada y en verano lo es mucho más. Pronto el camino se convierte en una hilera de montañeros que se van encogiendo y estirando según las perspectivas. El camino asciende y el horizonte se muestra cada vez más amplio, casi infinito. Hacia el norte, hacia el este, hacia el oeste. Solo el sur queda vedado a nuestros ojos: estamos en la ladera norte y subimos en busca de la cumbre.

La subida hacia la Laguna no ofrece demasiada dificultad. Está la mañana luminosa y amplia. El sol luce en lo alto y el sudor aparece. Una fuente, que ha sido encauzada y llevada a la vera del camino desde tal vez doscientos metros, nos saluda de pronto. Está mirando al noreste, como vigilando todo el horizonte. Yo cumplo mi ritual de beber en las fuentes de los campos y las sierras. Su agua está fresquísima. Hasta ella llega resollando una hermosa joven a la que animamos para que continúe el camino. Estamos casi arriba y ya el Circo de Gredos no está lejos.

Y cuando se le antoja, pues a ver quién pide cuentas a la naturaleza, nos damos de bruces con el Circo completo: La Laguna, el Risco de las Hoyuelas, la Portilla de las Hoyuelas, el Cuchillar de los Cerraíllos, los Hermanitos, el Casquerazo, la Portilla de los Machos, la Solanilla, el Cuchillar de las Navajas, Portilla Bermeja, Portilla del Crampón (¡ay esta portilla!), el Ameal de Pablo, la Galana, los mil picos, cada uno con su nombre… Y el majestuoso Almanzor. Todo un museo de toponimia, pero, sobre todo, de belleza natural. El Circo es un rincón perdido para el mundo, escondido por siempre entre los hielos, silencioso en el sostén de los glaciares, cuna para los hielos y las nieves, espejo de los soles en sus piedras, hondón siempre de sueño en la Laguna, piedras descuartizadas que se mantienen erguidas en perfecta arquitectura, imagen y figura de sueños infinitos, ara picuda señalando al cielo, picachos que se contemplan como hermanos desde siempre, refugio para el alma y el silencio, anhelo para el que quiere estar más alto todavía, la cuna donde mece sus devaneos por un rato el que hasta allí se acerca, el gran padre de Iberia y de Castilla, la densidad rendida y derrotada en los cantos rodados de todas sus laderas…

Nos quedamos un rato mirando la grandeza de aquel sitio. Yo quise hacer un corte de lesa geografía y quedarme en el Circo, solo en aquel rincón privilegiado. No lo tenía muy fácil pues mi vista se iba también río abajo, de valle en valle, buscando el horizonte. Me pesaba el contraste de la altura y el valle, del copo de nieve hecho agua y rodando por el mundo, del aire de la altura y el arregosto cruel de la llanura, del silencio profundo y el tráfago constante de las calles…

Siempre será ese cielo hacia el que apuntan todas aquellas rocas y el suelo en el que se asientan, el gris de sus pedruscos y el lago en que se mecen las aguas lo que me llevaré de Gredos, ese cielo mirando por las cumbres, como asombrado por ese enorme intruso que se quiere llegar hasta sus reinos, y ese color tan gris de soledad eterna guardado en aquel sitio tan remoto.

Después de algunas fotos en actitud lectora (el Quijote y Unamuno son los culpables), seguimos camino en descenso hacia la Laguna. Y ya siempre mirando sorprendido hacia el agua y hacia las rocas de las cumbres. Como a mitad del descenso de los Barrerones, nos topamos con un numerosísimo (¿50, 60?) grupo de muchachos y muchachas muy jóvenes. Enseguida nos llamaron la atención por su indumentaria. Vestían boina roja y en ella llevaban el escudo con el yugo y las flechas. Venían uniformados y en hilera y a cada uno que pasaba nuestra curiosidad crecía. Eloy se decidió a confirmar lo que ya sospechábamos. Preguntó y le respondieron. Se trataba de un grupo de ¡!carlistas!! venidos de Valencia. Su media de edad no superaría los doce o catorce años. Me puse triste pensando en lo que se estaba afirmando en aquellas mentes tan jóvenes, en el mundo y en la escala de valores que sustenta todo tipo de organizaciones de esta clase y en la complicación que supone cercenar las posibilidades y las variables desde tan temprana edad. ¡!Cómo les enseñarán la historia, por ejemplo, a estos pobres niños!! De repente se me vino encima una buena parte de la última historia de España. Si querían afirmar aquello de Dios, Patria y Rey (los suyos, por supuesto), no habían elegido mal lugar para inocularles los dogmas y para inyectarles en vena las proclamas. Pero no sería la única “aparición” del día.

En esta época del año, la laguna está más baja y en calma. Bordearla por el camino no supone ninguna dificultad. Es lo que hacemos hasta colocarnos en el camino que nos aúpa a la Esmeralda, ese pequeño charco que tan bien ganada tiene su fama por el color de sus aguas. En el charco se baña un grupo de personas. Nosotros nos apartamos unos metros para tomar un tentempié más a gusto. En reposo, comemos, miramos hacia el cielo y se nos vienen encima los picos de las cumbres. Cada mirada es una sorpresa.

jueves, 13 de agosto de 2009

GREDOS (I)



El Tormes empieza a olerse y a sentirse un poco más allá de Palacios de Becedas. Seguramente ya con los aromas teresiano y unamuniano de Becedas. Pero es en Barco de Ávila donde se visualiza.

Ayer estuve en Gredos. Anduve de la mano de Manolo y de Eloy. Ellos habían estado toda la semana anterior hollando los Pirineos y encajan en la montaña como una muñeca rusa en su serie. A mí, sin embargo, que amo la montaña (o más bien la naturaleza en general) pero no soy montañero de costumbre, me habían de anegar de paisaje y de simbolismo todo el día camino del cielo y del suelo.

Eran tal vez las ocho y media de la mañana cuando cruzamos el Tormes por un puente remozado y amplio, guardado por dos centinelas en forma de rotondas. El río se ha hecho niño y se muere de sed en estos días de agosto calurosos. No hay nada allí bravío; solo remanso y calma, piedras al descubierto esperando ser anegadas por las crecidas de otros días. El río allí es la muestra líquida de todo el amplio valle que queremos visitar, la última lágrima de todos los suspiros monte abajo, la nieve derretida que se acuerda del cielo allá en lo alto. Pero hoy está reseco y tiene sed. A ver si llegan pronto las primeras lluvias y todo se hace limpio y generoso.
“No hace mucho calor”, le digo al señor que me despacha gasolina. “Ya va mediado agosto y, salvo algún día que se escape perdido, tiene que ir refrescando poco a poco”, me contesta. Hoy es fiesta en El Barco. No pregunté qué se celebraba. A mi mente regresaron enseguida los finales de julio y las fiestas de Santiago, con aquellos paseos nocturnos desde los pueblecitos en los que habíamos asentado los campamentos. Hace ya tanto tiempo…

Pero vamos a Gredos. El coche enfila la carretera del Puerto del Pico, del Parador, de Hoyos del Espino. Este valle del Tormes es ante todo fresco; pero es también muy largo y tiene carretera de las de ir con calma y sorteando curvas y recovecos. Buen contexto para la charla y para el resumen de la excursión a Pirineos que Eloy y Manolo han realizado la semana anterior. Y para recordar los simbolismos de los picos de Gredos y su historia.

Algo más de las nueve. Estamos en Hoyos del Espino. ¿Es el pueblo emblemático? No lo sé. Es el pueblo desde el que sale el ramal que nos lleva a la Plataforma, desde la que se inicia la subida, es también el lugar en el que se halla instalado un centro de interpretación de la naturaleza, es el referente desde el que se controla todo Gredos, es el lugar del alto río, de un amplio campamento… En Hoyos nos aprovisionamos de pan y seguimos camino.

En cuanto se acaban los pinares, nos damos de bruces con el campo pelado, solo acolchado con escobas y un poco de monte bajo. Algunos coches bajan con montañeros que han pasado la noche allá en la sierra.

Las nueve y media en punto. La Plataforma de Gredos está casi llena de coches.Desde allí iniciamos el camino a pie. Con el ánimo alto y las fuerzas intactas. A ver cómo se da el día.

N.B. Añado y añadiré unas fotos que proceden del ojo y de la cámara de Manolo.

martes, 11 de agosto de 2009

LA CORRUPCIÓN DE SÓCRATES

Platón, Aristóteles y Jenofonte nos dan cuenta y noticia de la existencia de Sócrates, de su vida y de su forma de proceder. Aquel muchacho, hijo de cantero y de comadrona, que se salió a la calle para conversar con los demás, con aquellos que se consideraban sabios, y que acaso estaban muy bien instalados en la estructura social y política, y que pronto comprendió que realmente no sabía nada (“solo sé que no sé nada”) porque todo quería repensarlo sin prejuicios y al cobijo de lo que le fueran dictando la razón y el sentido común.

Nunca dio clase de once a una, ni acumuló trienios, ni pidió traslados, ni fue nombrado doctor honoris causa. Vaya por Dios. Y, por si fuera poco, lo condenaron a muerte por no reconocer a los dioses y por corromper a la juventud. Por no hacer, ni siquiera escribió un libro, pues pensaba que cada uno tenía que escribir su propio libro, el más importante, el de su vida.

Es que, perdona, colega, pero se te ocurren unas cosas… Pero ¿qué es eso de no creer en los dioses? ¿No ves que entonces se nos caen los palos del sombrajo y todo se derrumba como si estuviera hecho de paja? ¿En quién se apoyan, en ese caso, los poderosos para mantener el orden que les conviene con el fin de que no sufran merma sus intereses? ¿Y encima querías corromper a los jóvenes? ¿Querías que pensaran? Qué cabroncete. No jodas, no hagas esas cosas. Con lo bien que andan con eso del botellón, con las fiestas de los pueblos, con los horarios laxos, con el ir tirando, con ir preparando el camino para encontrar un huequecito en el sistema al menor precio (ya sabes: una carrerita, un puestito bueno, un sueldito a fin de mes, el cochecito, los colegas, unos días en la playa…), o, como mucho, con asomarse un poquito al sistema pero volverse con la sensación de que eso no hay quien lo cambie y hay que aprovecharse de él como mejor se pueda.

Supongo que te habría gustado más haberlo intentado con las personas mayores, pero entiendo que lo dejaras por imposible. Cualquiera remueve de sus asientos a los esclavos agradecidos, que apenas sobreviven pero que alaban y corean a los que con el mismo o menor esfuerzo se alzan como héroes entre sus semejantes. Parecen anestesiados y con el mono subido de dar palmas a los que los mueven como si fueran marionetas. Y ya pedirte hacerlo con los sátrapas, que monopolizan las interpretaciones de esos dioses en los que tú no creías, y con los poderosos que los mantenían, es cosa de no creer y no hay para qué decirlo..

Es que mira que tienes unas cosas… O sea que quieres que la gente piense, que pese, que sopese, que relacione, que describa pero que saque también consecuencias… Pero ya sabes, amigo, que esto tiene dos peligros tremendos. El primero es que iguala a todos los seres, pues todos tienen la capacidad de pensar y de organizar su propia existencia a partir de ese pensamiento. Qué barbaridad, qué revolución. Ríete de la Revolución Francesa. El segundo es casi consecuencia del primero: si el ser humano se echa a pensar, se nos puede convertir en un ser muy peligroso pues puede protestar y querer cambiar lo que no le parezca correcto. Y el sistema es el sistema, compañero. Déjalo y no lo cuestiones. Vive y deja de meterte en líos.
Lo ves, buen hombre… Es que pides unas cosas… Y todo esto hace dos mil quinientos años. Qué fuerte.

Y qué grande, y qué estupendo, y qué maravilloso.

¿Sabes que intento con alguna frecuencia cultivar tu método inductivo para alcanzar alguna consecuencia y me doy de bruces con los demás? A la segunda o tercera pregunta, ya se me impacienta el personal y me responde con cajas destempladas: ¿Pero adónde quieres ir a parar con tanta pregunta? Dame la solución o dime lo que tengas que decirme ¿Sabes con quién me suele resultar más positivo? Pues con algunos de mis alumnos, con los más jóvenes sobre todo. Cuando terminamos de hacer una tarea, me suelen preguntar: “¿Y ahora qué hago?” Y yo les respondo: “Y yo qué sé, lo que te pida el sentido común, tú verás”. De momento se quedan asombrados, pero al poco tiempo los veo que se ponen a hacer cosas. Y casi siempre, claro, lo siguiente guarda relación lógica con lo anterior. Son juegos lógicos inmediatos y cortitos. En otras ocasiones hacemos reflexiones un poco más extensas, regidas por la lógica y por la provocación.

Este mundo de las prisas y de los resultados inmediatos invita poco a ello, pero andamos en prácticas. En las que sabemos hacer, que tampoco son muchas, lo reconozco. Yo no espero que nadie nos condene a muerte por corrupción. Pero también ahora condenan, aunque sea al silencio, que no es condena leve.

Así que gracias, tío, que sigas corrompiendo mucho tiempo, y que nos des aliento cuando en pequeñas cosas tratemos de imitarte. Vale.

lunes, 10 de agosto de 2009

¿ADÓNDE QUIERES IR A PARAR?

Este asunto de las palabras debería servir para facilitar la comunicación. ¿Hay que insistir todavía en eso? Y controlar el sistema que organiza las palabras (su articulación fónica, sus componentes morfológicos, sus relaciones sintácticas, sus precisiones significativas, sus contextos, sus cambios y adaptaciones…) supone afinar un poquito ese instrumento de comunicación. Afanarse, entonces, en su conocimiento y en su buen uso parece que no es mala ocupación porque, en el fondo, supone controlar la fórmula que nos hace más humanos y menos animales instintivos.

La existencia de la palabra termina confundiéndose con el propio pensamiento. Pero no es el pensamiento, o al menos no es todo el pensamiento; es la cara que ofrece a los demás nuestro pensamiento, es lo que de nosotros mismos dejamos ver, la foto que los demás van a recoger de nosotros. Y, desde luego, no siempre coincide con lo que nos gustaría que los otros se llevaran como referente de nuestra organización mental.

Seguramente esto explica que nos pasemos buena parte del tiempo aclarando malos entendidos y tratando de precisar aquello que en realidad quisimos decir y que no fue entendido así por quien nos escuchaba o nos leía. Estoy absolutamente seguro de que muchos, muchísimos, de los enfados que se producen se solucionarían con una repetición serena de las palabras que en cualquier ocasión anterior se han pronunciado y que el interlocutor ha entendido de aquella manera.

La comunicación es asunto complicadísimo en el que intervienen múltiples elementos: emisor, receptor, código… Cada cual tiene que ocuparse de que su parcelita funcione lo menos mal posible. Y, aun así, los “ruidos” seguirán siendo notables. Entonces solo quedan el sentido común y la buena voluntad de las personas sensatas e inteligentes. Sin estos dos elementos, casi nada sale a flote.

Pero, ¿adónde quieres ir a parar? Y yo qué sé. ¿Es que tengo que ir a parar a algún lugar? En realidad, sí quiero ir a parar, pero me cuesta ser más concreto, precisamente por eso del sentido común y de la buena voluntad. Me quedaré en el genérico y afirmo que, en cualquier comunicación (conversación o escrito), es elemental escuchar, dejar hablar e intentar decodificar serenamente lo que nos transmita nuestro interlocutor. Aunque parezcan tonterías: en muchas ocasiones lo serán. Si físicamente no se produce la transmisión de palabras (o sea, si no se deja hablar), ¿cómo coño se puede decir más tarde que la opinión del interlocutor es buena o es mala, respetable o despreciable? Tengo la impresión de que, demasiadas veces, actuamos por prejuicios, que vete a saber por qué extraños (o menos extraños) motivos se han fijado en nuestra mente.

Pero cuando actúan estos prejuicios, corremos el peligro de desbarrar y de convertir la realidad en un cuadro sin marco y lleno de polvo, en un juego al servicio de nuestras necesidades inmediatas, que quedan demasiado al descubierto.

Me propongo mejorar en las conversaciones, dando más tiempo a la escucha que a mi propia palabra. Me guardaré, no obstante, una barrera: no quedarme puramente en el silencio. Al menos esto sí se me debería permitir. A cambio, reclamaré que no se usen mis pretendidas palabras en ningún sentido, al menos las que no haya pronunciado.

Estoy de vacaciones. Largas, muy largas. Estas líneas de hoy podrían servir de introducción en el estudio de la materia de un curso escolar y parece que hoy no tocan. Pero, aunque estamos en verano, también tocan: este asunto no tiene vacaciones en los humanos.

SOBRE UN ARTÍCULO

Me encontré esta mañana con un artículo de Julio Llamazares en El País que me dejó bastante reconfortado. En síntesis, venía a reivindicar el valor del espacio, de los espacios, del campo y de los paisajes, no como conformadores melifluos de historias de miel y arrope, tipo La Bejarana, sino como sustancia misma del ser humano, como ropaje que envuelve y certifica, como elemento permanente que nos aloja y nos convive. Porque vive con nosotros y nos hace vivir como ella quiere.

Repasaba Julio Llamazares algo de la historia literaria y del valor que a la naturaleza se le ha ido dando en ella. Coincido en que, fundamentalmente, poco hay de estos valores en nuestra literatura antes de los viajeros románticos por España, de nuestro propio romanticismo y, sobre todo, de nuestro 98. Yo considero maestro imprescindible a Antonio Machado sobre todo -entre otras variables- por esto.

Tengo la impresión de que, en la creación actual, sobre todo en la poesía, no corren vientos favorables para volver a la importancia y al valor de los espacios. Los espacios actuales son sobre todo urbanos y, donde esté una noche de copas y de amor en un bar, que se quite un atardecer que anuncie el fin o el ocaso de cualquier hecho. Qué le vamos a hacer, así están las cosas.

No creo que haya que luchar contra la realidad social enclaustrada en las ciudades. La sociedad es la que es, la configuración urbana también. Sencillamente reivindico la posibilidad de los espacios como concreción de las ideas. Incluso de las ideas más permanentes y definitivas. Una “aurora de dedos rosados” estaba ya en Homero, y las “mil gracias derramando/ pasó por estos sotos con presura” las dejó san Juan para los restos.

Sospecho -tal vez porque lo deseo- que hay que volver a ello.

domingo, 9 de agosto de 2009

SEMANA DE CINE

El anterior equipo de gobierno del ayuntamiento de Béjar puso en marcha, hace ya trece años, una llamada semana de cine español. A él se debe la iniciativa y que nadie se la robe. Nunca deberíamos hacer como ellos han hecho, en una actitud vergonzosa que tantas veces denuncié: apropiarse de todo lo que les dejaron iniciado y casi conseguido los demás. El actual equipo de gobierno ha tardado en dar continuidad a esta actividad. No conozco cuáles han sido las causas pero celebro que se haya recuperado y se siga con ella.

No soy un gran cinéfilo precisamente, a pesar de que sé muy bien que el S XX no se puede explicar sin este arte y sus aportaciones. Es un tema sobre el que he dejado escritas ya bastantes páginas, repitiendo casi siempre la misma tesis: el cine norteamericano, y sobre todo la industria que lo rodea, ha producido muchísimo más mal que bien para la cultura universal. También para la española, por supuesto. Todo tiene que estar sometido a sus esquemas, a su escala de valores, a sus intereses comerciales, a sus circuitos; su último interés es apoderarse de todo el mercado y obligar a los demás, desde su posición dominante, a tragar con todo lo que les echen. Y lo han conseguido casi del todo.

Yo suelo asistir a las proyecciones de esta semana. Lo hago por varias razones, y una de ellas, no la menor, es la de que apenas proyectan películas españolas durante el año en Béjar. ¿De dónde sacan, entonces, las estadísticas que dan como resultado que la gente no acude a ver las películas de este país? Con esos perfiles también saco yo los resultados que me interesen. No los hacen mejor ni los que preparaban los perfiles académicos de nuestra Escuela para dar paso a familiares y amigos hasta no hace demasiado.

En España, como en todos los sitios, se ruedan películas buenas y malas, regulares y bodrios. Pero son nuestras películas, reflejan nuestra propia realidad, aparecen nuestras virtudes y nuestros vicios, nos podemos ver representados en ellas perfectamente. Y, si se trata de aportar principios y caracteres universales, nuestra cultura es mucho más vieja que la del imperio americano, que es históricamente de ayer mismo y se mueve solo a golpe de dinero y más dinero. Claro que esto tal vez abriría los ojos a más de uno, lo echaría a pensar, y entonces…

Igualmente es mentira lo de las subvenciones. Las grandes compañías distribuidoras (americanas y con sedes secundarias en todos los países) apabullan con sus promociones, desarrollan una escala de valores de estrellas y estrellitas en la que han sumergido como imbéciles absolutos a los medios de comunicación de todo el mundo y, a través de ellos, a una parte importantísima de la población, precisamente a la que menos defensa intelectual posee. La consecuencia es la que es: si hay que estar tres días para conseguir la presencia de un “astro” de Hollywood y hay que abrirse de piernas ante él, pues se hace; si se ofrece una reflexión sobre lo que nos rodea, desde nuestras posibilidades, y a un euro simbólico la entrada, pues el cine a media asta y gracias. Lo peor de todo es que también muchos de nuestros directores, guionistas y actores aspiran a la estructura de los del imperio, y se someten a la tontería que sea con tal de saciar su vanidad y su empobrecido ego. Con este panorama, no es fácil el cambio y la recuperación.

No estoy del todo satisfecho con la calidad de las proyecciones de este año, aunque siempre más que con el casi cien por ciento de las que vienen de Hollywood. Tengo la impresión de que los autores de cortos se dejan llevar por la impaciencia y se ven desbordados por los ritmos narrativos. Parece que siempre quieren contar en un corto lo que necesita para ser narrado un largometraje. Y cada molde tiene su ritmo y sus exigencias, como sucede con el cuento y la novela, por ejemplo.

Amateurs; La buena nueva, El menor de los males, 14 Fabian Road, han sido los largos; Miente, Machu Picchu, Todos somos Adrián, La aventura de Rosa, los cortos.
Me quedo con el guión y la iluminación de 14 Fabian Road, y con el corto La aventura de Rosa.

Para hoy queda el bodrio de la Bejarana. Pero aún iré. Y, si hay coloquio, diré algunas palabras que acaso no gusten a todos, pero que tienen que empezar a abrir los ojos sobre tonterías y añoranzas que no tienen ningún sentido. Al menos para pedir que no se nos imponga a todos lo que se empeñan en alimentar los más faltos de criterio. Veremos.
N.B. Fui y resultó incluso más bodrio de lo que ímaginaba.

viernes, 7 de agosto de 2009

EL BOSQUE, MENOS QUEMADO

He paseado por los pinos quemados esta misma mañana. Tenía ganas y, sobre todo, curiosidad por conocer en el propio terreno lo que había quemado el fuego.
Ya se nota el decrecer de los días y, a eso de las ocho, las sombras lo invaden casi todo aún. Mi paseo matinal me ha dejado un poco más tranquilo de lo que estaba antes de pasear por este bosque arbolado. Ha sido la ladera sur la que ha sido pasto de las llamas. En esta ladera, en la que ya se han producido otros incendios, iba creciendo una rala vegetación de pinos y acaso algún roble y castaño. El fuego ha parado su crecimiento de raíz.

Pero creo que el mal no es tan grande como el que me parecía desde mi terraza, por más que cualquier incendio es siempre negativo. La rapidez de las llamas y, sobre todo, la inclinación de esta ladera han hecho que el fuego haya corrido a gran velocidad a ras de suelo, y apenas se haya parado en consumir las copas de los pequeños árboles. Aún menos lo ha hecho con los pinos grandes de la parte alta. De este modo, se puede confiar en la recuperación de bastantes plantas de las quemadas y hay que esperar que no serán demasiadas las que se pierdan y se sequen del todo. Unas buenas lluvias pronto ayudarían mucho en este sentido. Lo peor es que cualquier lluvia arrastrará hacia el río el escaso poso de tierra que aún queda en esa ladera y, entonces, no será sencilla la repoblación en esas condiciones.

Ni me imagino la posibilidad de que el incendio haya sido provocado: nada se puede ganar con quemar aquello y no es fácil entender que haya mentes tan desviadas como para divertirse viendo cómo se quema el campo. Aún los tocones humeaban esta mañana y enseñaban los restos de los troncos quemados. Un coche de bomberos se acercaba a la zona, como para dar fe de que aquello no se iba a reanudar.

La cara más oscura se ofrece desde la carretera de Candelario. Desde allí tengo que hacer algunas fotos para dejar testimonio directo y real del incendio. Mi cámara anda buceando por el Mediterráneo o tomando el sol en Málaga. A ver si puede ser el lunes. Mientras tanto, aprovecho algunas imágenes de mi amigo Luis Felipe.
Desde mi terraza sigo casi con la misma vista del conjunto de los Pinos y de la sierra. El incendio se me ha ocultado por detrás del primer plano. Sé que el mal está ahí mismo, detrás del primer horizonte, pero si ha preferido ocultarse un poco a mi vista, yo no puedo hacer otra cosa que agradecérselo. Parece que todo quiso detenerse en el límite que da paso al depósito del agua, al predio de la Canaleja, a los centros de María Díaz y Campyco, y al centro del propio bosque de pinos.

Todo será menos negativo cuando lleguen las lluvias y empiecen a tomar cuerpo las primeras hierbas verdes. Porque la naturaleza seguirá su curso como si nada hubiera sucedido. Sus aires y sus ritmos continuarán impasibles, aunque nosotros nos sintamos estremecer ante cualquier aviso suyo.

Yo seguiré subiendo por los pinos, pasearé al amparo de sus aires frescos y puros, miraré desde ellos la presencia de la sierra, veré verdes los valles, intuiré el bullicio y la pereza de las gentes de la ciudad y pensaré Dios sabe en qué. Estos ratos perdidos por sus suelos son ratos menos perdidos.