De nuevo ruido de pólvora este fin de semana. Y de la misma parte, de la parte de los malnacidos de ETA. De nuevo se activa el círculo vicioso acción-reacción-acción.
¿Cómo se puede enseñar que no hay causa que justifique una muerte, y mucho menos un asesinato? Son demasiadas las variables que se ponen en juego con este asunto, además de las más acuciantes de las muertes. El Gobierno se halla en un cruce de caminos en el que le caen bombas desde todas partes. Tiran bombas los asesinos, tiran bombas los ultras, las tiran los nacionalistas aprovechando cualquier resquicio, las tiran los de la derecha que no ven más allá de la reacción por la fuerza, las tiran hasta los de la mejor voluntad que se sienten hartos de tantos años y de tantos esfuerzos dedicados a minimizar algo que no tiene solución racional. !!Es que la razón humana llega hasta donde llega, pero no es capaz de abarcar toda la realidad!! Y menos mal que así es porque la vida es demasiado rica en matices como para comprimirla en artículos y en versículos. Por eso hay que apelar a la buena voluntad y al diálogo, aunque solo sea para suavizar las consecuencias. ¿Cómo se puede negar a una comunidad su deseo de separarse de otra comunidad? Se le podrá negar de palabra o por la fuerza pero sus sentimientos serán los que quieran ellos. Por el mismo precio, ¿cómo se puede negar que en una comunidad las decisiones tienen que procurar alcanzarse por mayoría y que decide la comunidad y no solo una parte? Es este el famoso derecho a decidir que piden algunos. No hay posibilidad según las normas jurídicas. Por el mismo precio, ¿no habría, entonces, que extender ese derecho a cualquier minoría, por ejemplo de ámbito provincial, o local, o de barrio, o de familia, o de individuo? Como se ve, el derecho se reduce al absurdo. Y no he oído a ningún nacionalista que estuviera dispuesto a defender el mismo derecho para una provincia por ejemplo. !!Es que esto no tiene solución teórica por ninguna parte!! Si no se busca en la buena voluntad, en el diálogo y en la cesión mutua, no hay posibilidad de nada, salvo de sufrimiento y de muerte. Llevo casi toda mi vida viendo gastar enormes esfuerzos a este país para intentar arreglar esto por la fuerza, por la ley y por el aguante. Y ahí seguimos. Y seguiremos, por desgracia. No me imagino hasta qué lugar podríamos haber llegado si estos esfuerzos los hubiéramos dedicado a educación y a investigación, por ejemplo. El asunto este de los nacionalismos nos sale carísimo. El del nacionalismo periférico y el del español. Porque a mí tanto me da uno como otro. Las señas de identidad que no sirven para reafirmar el valor de cada individuo y para mejorar su condición de vida me traen al pairo. Los llamados héroes de la historia solo me interesan si sirvieron para defender a sus semejantes, nunca porque quisieran dejar un "mejor país" a sus sucesores. Eso de todo por la patria me suena casi siempre a vanagloria hueca y sin sentido, y en muchaws ocasiones a todo por la vanidad y por la pasta. Yo no quiero que nadie salve a nadie ni que se erija en salvador de nadie.
Escucho algunas tertulias en los medios de comunicación. Un tertuliano dice frecuentemente que los dos peores males de la humanidad en muchísimos años son los nacionalismos y las religiones (en plural, que no es lo mismo las religiones que el hecho religioso en el ser humano). Estoy muy de acuerdo con él. Vengo defendiendo desde hace mucho tiempo que las dos principales dificultades para el S XXI serán el agua y el Islam. Añádase el de los nacionalismos. De todo tipo. Cuando además los que se quieren retirar de la mesa de juego son los que van ganando, o sea, los más ricos, entonces todo rechina más y se entiende un poco peor todavía. Nos queda muchísimo por jugar, y no todas las botas de los jugadores son de goma, hay muchas que tienen punteras de acero. Y esas patadas hacen mucho daño.
domingo, 2 de diciembre de 2007
sábado, 1 de diciembre de 2007
CENTRO DE ESTUDIOS BEJARANOS
El Centro de Estudios Bejaranos, CEB, existe, y existe desde hace tiempo y con regular salud. Hacía muchos meses que no nos reuníamos para dar cuenta de las actividades realizadas, para proponer otras nuevas y para hacer balance de los últimos meses. Esta mañana lo hemos hecho en el salón de concejales del Ayuntamiento de Béjar. No suele asistir mucha gente y esa no es la mejor señal, pero también es verdad que el que no vaya a aportar nada nada tiene que ir a husmear por allí. A mí las reuniones me resultan un poco tediosas pues siempre se desarrollan los mismos apartados y se incide en las mismas quejas, hay, también como siempre, demasiada burocracia, y la relación tiempo utilizado y resultados no es la más satisfactoria.
Pero ahí sigue, con sus discursos de entrada, con su premio ciudad de Béjar, con sus informes, con su revista anual, que ya va por el número once, y con sus aportaciones, no siempre compartidas por todos, tampoco por mí en ocasiones, a sucesos que se plantean en la ciudad.
No tengo mala impresión de la existencia de este tipo de grupos y centros. En alguna medida son conciencia de la ciudad, remueven algo sus estructuras y traen al presente buena parte de los elementos que se van rastreando en la historia de las mismas. Tengo casi la certeza de que el sesgo es demasiado histórico. Sospecho que es así en casi todos los centros de estudios del país. No me gusta que sea así. Estaría más satisfecho si se le diera más importancia a todo aquello que roza y toca la realidad actual y a todo aquello que tenga que ver más con la creación personal. Pero hay lo que hay y tengo que aplaudir a quienes más se esfuerzan porque esto siga adelante con todas las dificultades, no siempre fáciles de sortear. Estoy seguro de que la gente de la ciudad se "aprovecha" escasamente de este organismo y muchos no saben ni siquiera de su existencia.
Hoy Cipri, el alcalde, y María Rosa, la concejala de cultura, se han pasado a saludarnos y a tomar contacto con el centro. Nada que ver con el anterior equipo de gobierno. Todo el mundo ha entendido que ahora hay interlocutor razonable con el que se puede uno jugar honradamente los garbanzos. A alguien le he advertido que no todo el monte es orégano y que, tal vez, no sea oro todo lo que reluce, pero ni comparación con lo que había antes. A ver si todo redunda en beneficio del centro y de las actividades que pueda realizar.
Ya me llegan los cantos de sirena para participar en la próxima junta rectora del CEB. Me faltan fuerzas y creo que hay apartados que no podría cumplir. Me sucede con todos los organismos: cada vez me veo más fuera de cualquier estructura. Verme negociando ayudas o incitando a la participación a otros casi me horroriza; no suelo creer en muchas de las cosas que regulan la vida diaria de los grupos y eso dificulta casi todo. De modo que no es mi interés participar, y mucho menos hacerme cargo de presidencias ni nada parecido. No es poco que ayude en algo con mis participaciones en la revista, correcciones, jurados..., y con alguna sugerencia.
El CEB, como casi todo lo demás, corre el peligro de caer en la languidez, prefacio de la desaparición. Ojalá no se produzca pronto.
Pero ahí sigue, con sus discursos de entrada, con su premio ciudad de Béjar, con sus informes, con su revista anual, que ya va por el número once, y con sus aportaciones, no siempre compartidas por todos, tampoco por mí en ocasiones, a sucesos que se plantean en la ciudad.
No tengo mala impresión de la existencia de este tipo de grupos y centros. En alguna medida son conciencia de la ciudad, remueven algo sus estructuras y traen al presente buena parte de los elementos que se van rastreando en la historia de las mismas. Tengo casi la certeza de que el sesgo es demasiado histórico. Sospecho que es así en casi todos los centros de estudios del país. No me gusta que sea así. Estaría más satisfecho si se le diera más importancia a todo aquello que roza y toca la realidad actual y a todo aquello que tenga que ver más con la creación personal. Pero hay lo que hay y tengo que aplaudir a quienes más se esfuerzan porque esto siga adelante con todas las dificultades, no siempre fáciles de sortear. Estoy seguro de que la gente de la ciudad se "aprovecha" escasamente de este organismo y muchos no saben ni siquiera de su existencia.
Hoy Cipri, el alcalde, y María Rosa, la concejala de cultura, se han pasado a saludarnos y a tomar contacto con el centro. Nada que ver con el anterior equipo de gobierno. Todo el mundo ha entendido que ahora hay interlocutor razonable con el que se puede uno jugar honradamente los garbanzos. A alguien le he advertido que no todo el monte es orégano y que, tal vez, no sea oro todo lo que reluce, pero ni comparación con lo que había antes. A ver si todo redunda en beneficio del centro y de las actividades que pueda realizar.
Ya me llegan los cantos de sirena para participar en la próxima junta rectora del CEB. Me faltan fuerzas y creo que hay apartados que no podría cumplir. Me sucede con todos los organismos: cada vez me veo más fuera de cualquier estructura. Verme negociando ayudas o incitando a la participación a otros casi me horroriza; no suelo creer en muchas de las cosas que regulan la vida diaria de los grupos y eso dificulta casi todo. De modo que no es mi interés participar, y mucho menos hacerme cargo de presidencias ni nada parecido. No es poco que ayude en algo con mis participaciones en la revista, correcciones, jurados..., y con alguna sugerencia.
El CEB, como casi todo lo demás, corre el peligro de caer en la languidez, prefacio de la desaparición. Ojalá no se produzca pronto.
viernes, 30 de noviembre de 2007
SALAMANCA
Ahora miro los rayos que descienden inclinados hasta este teclado en que escribo estas letras. Este sol me vigila, me unge y me hace diáfano en las tardes de otoño. Tan hasta dentro penetra, que me obliga a bajar la persiana y a llamarlo alcahuete y entrometido. Necesito contraste con la luz de bombilla, porque la otra luz, la del gran panorama, la dejo para mi terraza, para las laderas amplias de la sierra, para el río escondido, para el bosque desnudo.
Y aquí estoy recordando la visita de ayer a Salamanca. Visita vespertina y en busca de ayuda con los médicos. Existe alguna edad indefinida en la que uno empieza a pensar en darle alguna ayuda al cuerpo para que no camine solo. Es este otro territorio de la duda para mí pues no son pocas las veces en las que pienso en la posibilidad de dejar que la naturaleza haga lo que tenga que hacer, a su bola y antojo y lejos de las imposiciones artificiales. Es Salamanca una ciudad amiga para los que quieren ser sus amigos. Es ciudad tranquila para pasearla, para gozarla, para distraerse por sus calles, para perderse por sus rincones y por sus monumentos. Yo ya no la gozo demasiado porque casi siempre voy con el tiempo tasado y con los deberes en la cabeza. Por eso es para mí sobre todo un espacio y un tiempo de recuerdos. De todos los recuerdos de aquel niño que, de once a catorce años, vivió y soñó en un colegio de frailes, engañado de todo, sumergido en nebulosas, velado de la realidad, despertando a una vida tasada en ilusiones y en actividades, guiada por elementos esotéricos, capada de contactos... Y, a pesar de todo, rica en el recuerdo. !Aquel inmenso esbozo de Escorial!, !aquellos campos! Todo por la vereda que conducía hacia Dios, hacia aquel dios inventado en las vidas de santos, en las oraciones de cada día y en los estudios continuados. Allí aprendí el esbozo de tantas cosas buenas y de tantas otras para tirar a la basura.
Fue bastantes años más tarde cuando la vida me volvió a llevar a las aulas de la universidad de Salamanca. Y allí otros cinco años (y un año de añadido como primer trabajo) con una voz más alta y unos ojos más amplios, descubriendo las caras de la vida, con el amor y la sociología en candelero, los últimos vagidos del franquismo, la convulsión social, y los contrastes de aquella otra población asentada en el polvo de los siglos, con los clérigos, los ganaderos y los funcionarios dejándose llevar por los días y los años.
Hoy miro a Salamanca desde lejos, pero la miro como algo también mío. Y en ella sigo viendo las mismas pausas y los mismos clichés sociales. Me gustaría que la ciudad ardiera con sus universitarios y solamente los vi ayer en grupos, dando voces por las calles, camino o de regreso de algún extraño botellón festero. Seguro que exagero porque hay gente estupenda pero esa era la imagen ayer tarde.
Como la luz escasea, pronto dimos la vuelta, con la impresión de sensaciones encontradas, con la imagen de la ciudad que se me pierde un poco en el olvido si no la refresco con mis visitas, con la satisfacción de que las ayudas que iba a buscar dieron resultados satisfactorios. Y con Juan Pablo en ella, dibujando sus pasos por las calles, viviendo su vida y sus desvelos. Sus desvelos que, en buena parte, son los míos.
Y aquí estoy recordando la visita de ayer a Salamanca. Visita vespertina y en busca de ayuda con los médicos. Existe alguna edad indefinida en la que uno empieza a pensar en darle alguna ayuda al cuerpo para que no camine solo. Es este otro territorio de la duda para mí pues no son pocas las veces en las que pienso en la posibilidad de dejar que la naturaleza haga lo que tenga que hacer, a su bola y antojo y lejos de las imposiciones artificiales. Es Salamanca una ciudad amiga para los que quieren ser sus amigos. Es ciudad tranquila para pasearla, para gozarla, para distraerse por sus calles, para perderse por sus rincones y por sus monumentos. Yo ya no la gozo demasiado porque casi siempre voy con el tiempo tasado y con los deberes en la cabeza. Por eso es para mí sobre todo un espacio y un tiempo de recuerdos. De todos los recuerdos de aquel niño que, de once a catorce años, vivió y soñó en un colegio de frailes, engañado de todo, sumergido en nebulosas, velado de la realidad, despertando a una vida tasada en ilusiones y en actividades, guiada por elementos esotéricos, capada de contactos... Y, a pesar de todo, rica en el recuerdo. !Aquel inmenso esbozo de Escorial!, !aquellos campos! Todo por la vereda que conducía hacia Dios, hacia aquel dios inventado en las vidas de santos, en las oraciones de cada día y en los estudios continuados. Allí aprendí el esbozo de tantas cosas buenas y de tantas otras para tirar a la basura.
Fue bastantes años más tarde cuando la vida me volvió a llevar a las aulas de la universidad de Salamanca. Y allí otros cinco años (y un año de añadido como primer trabajo) con una voz más alta y unos ojos más amplios, descubriendo las caras de la vida, con el amor y la sociología en candelero, los últimos vagidos del franquismo, la convulsión social, y los contrastes de aquella otra población asentada en el polvo de los siglos, con los clérigos, los ganaderos y los funcionarios dejándose llevar por los días y los años.
Hoy miro a Salamanca desde lejos, pero la miro como algo también mío. Y en ella sigo viendo las mismas pausas y los mismos clichés sociales. Me gustaría que la ciudad ardiera con sus universitarios y solamente los vi ayer en grupos, dando voces por las calles, camino o de regreso de algún extraño botellón festero. Seguro que exagero porque hay gente estupenda pero esa era la imagen ayer tarde.
Como la luz escasea, pronto dimos la vuelta, con la impresión de sensaciones encontradas, con la imagen de la ciudad que se me pierde un poco en el olvido si no la refresco con mis visitas, con la satisfacción de que las ayudas que iba a buscar dieron resultados satisfactorios. Y con Juan Pablo en ella, dibujando sus pasos por las calles, viviendo su vida y sus desvelos. Sus desvelos que, en buena parte, son los míos.
jueves, 29 de noviembre de 2007
CIGÚEÑAS

Hay fechas destacadas cuya presencia anota en mí sensaciones bien concretas. Una es la de hoy. Se viene produciendo en los últimos años por estos días. El calendario marca que "por san Blas, la cigüeña verás". Pues no hay tal cosa. Últimamente, cuando llegan los primeros días fríos del bajo otoño, aparecen en lo alto de las torres y de los campanarios. !!Hoy ha llegado a Béjar la primera cigüeña de la temporada!! La he visto aterecida en lo alto del campanario de Santa María, sobre sus dos patas, como queriendo dormirse en medio de la helada. ¿Pero a qué venís con estos fríos? ¿Acaso no estabais mejor en las tierras más cálidas? ¿Qué aire os ha empujado hasta estas tierras altas? Tradicionalmente anunciaban los primeros vagidos del nuevo tiempo, los primeros avances del alargamiento de los días, las primeras briznas de calor. Ahora solo anuncian frío. !Porque queda todo el invierno por delante! Siempre había tenido frente a mi terraza un nido de cigüeñas. Las veía venir, las veía engüerar y críar, las sentía nacer, la contemplaba en sus primeros intentos de vuelo, las volvía a ver cuando los padres daban de comer a los hijos, casi las seguía en sus vuelos planeadores por encima de mi tejado... En alguna ocasión sentí deseos de invitarlas a mi terraza: tan cerca estaban de mí. Cuando llegaba el mes de septiembre, las veía marcharse y me dejaban triste y solitario. Un mal día, alguien tiró la chimenea en la que anidaban mis cigüeñas. Lo hizo por la noche y sin ningún permiso: no lo podría haber obtenido. Desde entonces me tengo que conformar con verlas en otros tejados, en otras torres, en otras chimeneas, en otros postes de la luz. Pero aquí llegan siempre por noviembre o en los primeros días de diciembre. Y luego discutimos sobre si se ha producido algún cambio en el clima. "Claro, como me lo ha dicho mi primo..." Por aquí las cigüeñas andaban descuidadas porque tenían siempre el supermercado del basurero abierto y comían sin precaución. Ahora se lo van a quitar. Habrá que ver cómo se las arreglan. Tal vez ya no puedan dedicar tanto tiempo a planear y yo no me pueda divertir tanto con ellas. Pero hoy doy fe de que están con nosotros, con nuestros fríos, con nuestros montes, con nuestros prados. Habrá que acogerlas con mimo. Esta mañana paré la clase para que todo el mundo contemplara la buena nueva. Yo lo haré con calma cada mañana, desde hoy hasta bien entrada la primavera. Después se irán de los nidos al cielo. Y yo me iré un poco con ellas en sus vuelos. Si me dejan.
miércoles, 28 de noviembre de 2007
CASI INVIERNO

El ciclo natural me sigue proponiendo la última realidad a la que agarrarme siempre. Parece mentira que, en época de tecnología y hasta de cambio climático, esto sea tan real. Yo sigo viendo soles y lunas, solsticios y equinoccios, estaciones, calendarios y fenómenos meteorológicos por todas partes. Por ejemplo, siempre hemos dicho que en Béjar existe un otoño que se puede alargar hasta la Navidad y que puede recoger una luz de paraíso. Ahora estamos en él, o, más bien, hemos estado en él, porque todo declina con el paso de los días. La luz anda encogida y anochece muy pronto, el frío ha deshojado casi todo y ahora ya todo es gris y oscuro de desnudo.
También yo me siento de otra manera según la situación natural. Ahora mismo entro en una especie como de hibernación, como de encogimiento, como de aspirar simplemente a la supervivencia. Todo es pensar que mejor recogido que en la calle, que sea lo que sea con tal de mantener el cuerpo a cubierto, que poco importa el gasto si se mantiene una temperatura agradable, que la calle puede esperar.
La naturaleza se ríe literalmente del ser humano y sigue su camino sin importarle un rábano las preocupaciones de los hombres, acude sin tardanza a la cita del frío y del calor, se reboza en la nieve y en la lluvia cuando le viene en gana, repuebla y desertiza, se venga sin prisas y sin clemencia... y, en definitiva, "pasa" de nosotros. Lo malo de todo esto es que nosotros no podemos pasar sin ella y que, si la molestamos demasiado, ella seguirá su camino, pero puede dejarnos a nosotros por el sendero.¿Adónde han ido aquellos refranes basados en los ciclos naturales que tanto servían de guía y que ahora andan arrumbados en los libros en listas interminables? A pesar de los pesares, todo sigue regido por las leyes de la naturaleza, todos seguimos mirando al cielo para ver si llueve o si nieva, o para ver si podemos realizar con garantías cualquier viaje. Sospecho que cada vez lo vamos a tener que hacer más, a pesar de todo. Después vienen las personas y sus hechos concretos, las relaciones, los gozos y las penas, pero solo después, y sumergidos en ese mar inmenso de la naturaleza.
En una lenta esquina de la tarde
he dejado mi cuerpo a la intemperie.
Todo es lenta quietud, nada me llama.
Soy agua, fuego, tierra, también aire.
Y nada más. Si acaso,
una humilde palabra, un débil eco,
un resplandor exiguo de la nada.
martes, 27 de noviembre de 2007
lunes, 26 de noviembre de 2007
LA FUERZA DE LAS MANOS


Quizás debería dejar reposar más algunos sentimientos. Incluso tengo dudas de si es conveniente darlos a la luz en este medio. Por eso a veces me quedo en el justo medio y no acabo de romper del todo.
El asunto es que esta tarde he estado con mi madre en Valero unas horitas. Le debía la visita, ella lo quería y yo lo deseaba. Últimamente tengo algunas precauciones cuando la visito porque cada día que pasa me hago más consciente de que las deficiencias crecen a pasos agigantados y de que sus coordenadas mentales se van difuminando como en un duermevela que confunde las cosas y va dejando de precisarlas. Solo me altera el dolor, no lo demás, y toco madera para que este apartado no se vea agravado por dolecias físicas. Lo he repetido varias veces: lo peor es el desajuste entre la naturaleza mental y la naturaleza física. Cuando la situación física es notablemente peor que la mental, entonces es cuando se produce el dolor en el ser humano; en caso contrario, la situación es más llevadera para todos.
En cada visita constato lo bien que cuidan mis hermanos a mi madre, los cuidados que le dispensan y las horas que echan a su lado. Y, sin embargo, yo sé muy bien que darle un ratito la mano y estrecharla con un poco de fuerza genera un calor especial en su cuerpo que ella agradece mucho. Es lo que he hecho mientras divagábamos sobre asuntos insustanciales. Yo también sentía el calor de su piel, tan arrugada, tan llena de venas, tan cargada de años; mis manos se fundían con las suyas como en una sucesión temporal continuada. Y es que con las manos transmitimos la edad, y el amor, y la palabra, y el silencio, y el enfado, y el resumen de toda una vida.
Cuando volvía en mi coche, en medio de un vendaval de viento, pensaba en la larga vida de mi madre y en lo corto que se puede hacer ese resumen. Menos mal que puedo continuar con él.
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