jueves, 6 de agosto de 2009

CUANDO EL MONTE SE QUEMA...

Mi terraza es polisémica y parece una sinfonía; desde sus asientos, lo mismo toca un oboe que se escuchan las notas de un fagot, a veces suena un violín y de vez en cuando se desafina una guitarra. En numerosas ocasiones es para mí el punto de apoyo que reclamaba Arquímedes para intentar mover el mundo, mi pequeñísimo mundo. La orquesta a veces anda afinada y otras veces chirría un poco.

Ayer anduvo un poco tristona porque los ojos no vieron lo que querían ver y lo que han visto tantas tardes y mañanas. Eran poco más de las cinco de la tarde. De pronto, una columna de humo se elevó hacia el cielo. Y enseguida, las llamas en lo alto. Avisé a los bomberos rápidamente: “Hay fuego en los Pinos” … "¿En qué parte? Los Pinos son muy grandes” … “Coño, si se ve a simple vista, en la ladera que da al río”. Colgué y me puse a esperar cómo evolucionaba todo. Desde mi terraza todo lo contemplaba nervioso.

Los primeros minutos parecen cruciales para el dominio o el descontrol de cualquier fuego. Los bomberos tardaron poco tiempo en llegar y algún helicóptero lo hizo como a los quince o veinte minutos. Desde entonces todo fue una lucha continua por orientar el fuego y tratar de que no se acercara a los sitios edificados.

Con mis prismáticos y mi situación privilegiada, casi me doctoré en el tratamiento de incendios. Vi cómo los helicópteros regaban incansablemente los perímetros, de qué manera las avionetas refrescaban las copas de los árboles, cómo el fuego era atacado teniendo siempre en cuenta la dirección y la fuerza del viento, siempre a su favor y nunca en contra, cómo se atacaba la parte baja y jamás la parte más alta, de qué manera las cuadrillas reforzaban precisamente esos lugares a favor del viento, cómo se alineaban los helicópteros recogiendo agua, primero del pantanito que hay en Riofrío y más tarde en la piscina de la Cerrallana, en qué forma las avionetas descargaban productos ignífugos en las zonas más caldeadas y cómo, en fin, todo se ordenaba para conseguir de la mejor manera dominar la fuerza del fuego, que no es más que una fuerza más de las que muestra la naturaleza.

La tarde me dio para mucho: para visualizar los trabajos, para considerar lo poco que se tarda en consumir lo que luego cuesta muchos años recuperar, para pensar una vez más en la escala de valores que nos estamos dando y que estamos promocionando, en el lugar secundario que ofrecemos a la consideración de la naturaleza como componente de nuestras vidas, en lo efímero y en lo consistente, en lo que significa el monte continuo y el monte con cultivos cortafuegos, en la importancia de prevenir para no tener después que curar tantas heridas, en…

La ciudad se ha levantado hoy comentando los hechos y envuelta en el humo que aún anda suspendido sobre nosotros. El incendio se ha vuelto a producir en el mismo paraje en el que hace años ya había hecho de las suyas.

De mi archivo rescato algunas palabras escritas hace ya nada menos 18 años (cuántos cientos de páginas por el medio!!) que tienen como referencia precisamente los Pinos. Era noviembre de 1991:

“…El camino se divide y nosotros tomamos la dirección de la derecha, quizá por la inercia del circuito deportivo. Los pinos lo ocupan ya todo. Ahí están, saetas inmóviles que apuntan hacia el cielo. El sol apenas encuentra resquicio para llegar hasta el suelo. Las palabras de nuestra conversación suenan aquí con otro eco.

Pero, apenas hemos caminado unos minutos, cuando los árboles se espacian y se hacen menos tupidos. Enfrente se dejan ver las laderas por donde serpentea la carretera de Candelario. Hacia abajo, todo se desploma en vertical hasta el río, que deja llegar un lejano rumor de sus aguas. El verde perenne de las hojas de los pinos se mezcla con lo oscuro de los hermanos secos, ramas peladas al viento, cadáveres en pie… Por ningún sitio se ven señales de replantación de árboles, solo cepas serradas recientemente. Enseguida pensamos que retirar lo inerte está bien, pero no recomponerlo con vida y savia nueva es empeorarlo todo… Monte arriba seguimos admirando la fuerza de los pinos verdes y los claros de los pinos muertos. Una vuelta hacia la derecha nos allana el camino y nos lleva hasta el depósito del agua.

Parada obligatoria en su azotea. El pinar, desde aquí, está a nuestras plantas. Su espesura contrasta con la claridad de la sierra y del valle, que se estira hasta el pantano. Aquí hablamos de nuestras cosas, miramos, admiramos, y respiramos el aroma de los pinos, de estos pinos de Béjar, testigos mudos durante muchos años de paseos y sentires, de ilusiones y desahogos, de secretos compartidos y de consuelos reparadores.”

Han pasado casi veinte años desde entonces. Veremos qué se puede decir del mismo paraje cualquier rato de estos, cuando el humo nos deje volver a hollarlos.

N.B. Creo que es ya el cuarto incendio que veo comenzar desde mi terraza. En todos he avisado rápidamente a los bomberos. Me dan ya ganas de solicitar alguna medalla al mérito civil, o de las artes del fuego, o de la rapidez con el teléfono. ¿No se las dan a esos que dicen realizar todo por la patria cada vez que realizan una maniobra? Pues eso.

miércoles, 5 de agosto de 2009

CON ESTOS MIMBRES...

Las ocho y cuarto de la mañana. Algún día he aprovechado el tirón del coche que me lleva hasta la base de los Pinos y me voy con Nena. Desde allí me doy una vuelta por “el pulmón” de Béjar (así llamaba una persona a este paraje), ya aireado, me vuelvo para darme una ducha reparadora, tomarme el desayuno y comenzar mis asuntos diarios. Hoy no tocaba: el esquema de trabajo me llevaba a otros lugares un rato más tarde.

Desde mi cama, escucho las noticias de Béjar en la Cadena Ser. Son solo unos minutos. La concejala de Medio Ambiente trata de explicar las actuaciones que se están llevando a cabo con los estorninos en el Parque Municipal. Oyéndola, tenía la impresión de que, realmente, no saben cómo quitárselos de encima. Sus explicaciones me parecen imprecisas y poco resolutivas. Es evidente que hay normas que cumplir y que ella tiene que ser una de las personas más cuidadosas con el medio ambiente y con el respeto a los animales. Pero creo que nos equivocamos cuando extremamos el celo, y que gobernar implica tomar decisiones, también con el riesgo de equivocarse (errare humanum est, y más se perdió en Cuba).

Hay una idea que me parece absolutamente fundamental para actuar en la vida: la de jerarquizar actuaciones, la de dar prioridad a unos hechos sobre otros. Si no se actúa así, corremos el riesgo de convertir todo en un caos o el de quedarnos indefensos ante todo por no actuar nunca. Es la mejor fotografía, además, de una escala de valores determinada.

Para este caso concreto, parece evidente que las personas, en su salud y en su distracción y esparcimiento, están por delante del derecho de los estorninos a dormir por la noche. El lugar que ocupan, los árboles que destrozan, la insalubridad que provocan, la imposibilidad de pasar y de pasear bajo esos árboles, la cantidad de agua que hay que gastar cada mañana para limpiar esos lugares, la cantidad de horas de trabajo y el dinero que eso supone… son razones suficientes como para actuar, y para hacerlo con urgencia.

Quede pues servida en crítica Elena, la concejala de Medio Ambiente, persona que, por lo demás, me parece con cabeza suficiente como para “dar salida” a estas dificultades. Y quede clara también mi postura activa ante la necesidad de actuar contra esta plaga de estorninos, aunque se tengan que utilizar métodos no del todo exquisitos.

Pero había una guinda escondida en el pastel que aún no había aparecido en los minutos de la emisión. La oyeron mis oídos y la saborearon mis papilas gustativas. Quiero decir que esta vez no me caben interpretaciones ni conjeturas desconfiando de los periodistas, por si hubieran manipulado la noticia o la hubieran sacado de contexto. La encargada del programa puso un “corte” en el que el antiguo regidor, Alejo Riñones Rico, pronunciaba estas palabras sobre el asunto de los dichosos pájaros: “A nosotros, cuando gobernamos, nos costó mucho echarlos, pero lo conseguimos. SABEMOS CÓMO ECHAR A LOS PÁJAROS, PERO NO SE LO VAMOS A DECIR A ESTOS”. Si alguno leyera estas palabras, por favor, que me crea. Exactamente esto es lo que dijo el exregidor. Este señor, contra el que, como persona, no tengo nada, y de quien me gustaría ser amigo, como de todo el mundo, fue alcalde de la ciudad estrecha en la que vivo DOCE AÑOS y sigue siendo (no sé cuántos años ya) PROCURADOR EN LAS CORTES DE CASTILLA Y LEÓN (aunque mantenga bien ocultas sus posibles dotes parlamentarias).

Me entró la risa floja cuando oí tal memez y semejante tontería. Al poco, me puse triste y me tiré de la cama: me aguardaban la lectura y los parajes de Puente Nueva.
No entré a considerar la verdad o mentira de lo que afirmaba porque sencillamente con preguntar al empleado municipal correspondiente se puede conocer cuál fue la fórmula que dio resultado en otras ocasiones para que se fueran los pájaros; algo tan sencillo y elemental como eso. Me reía y me entristecía a la vez por el nivel ínfimo de capacidad intelectual que demuestran algunos de los representantes públicos. Aún ahora (son las cinco de la tarde), recuerdo sus palabras y no sé cómo reaccionar. Los niños jugando al ratón y al gato no lo harían peor. Así que hay un señor que conoce una fórmula para librar a los vecinos de una molestia grave como es la de la plaga de estorninos y no se la da a conocer a sus adversarios políticos. ¿Qué puede tener este señor en su cabecita política? Lo dijo don Antonio sabiamente: “El mundo en la oquedad de su cabeza”.

Por desgracia, el hecho viene a demostrar, una vez más, la forma en la que algunas ¿ideologías? conciben esto del asunto público: si yo gano, todo para mí y usted váyase a casa; si gana usted, apáñeselas como pueda.

Hay prefijos castellanos que indican en negativo la falta de una cosa o la inferioridad en el nivel alcanzado en la misma: a-, in-, sub-… ¿Alguien quiere aplicarlos a “normal”, “bécil” o “moral”, por ejemplo? ¿No es el caso? ¿Sería un insulto aplicarlos a algunas personas?

Todo el mundo tiene el derecho de representar a sus conciudadanos públicamente. También en las próximas elecciones locales y autonómicas. Hay repeticiones que no deberían producirse. Estoy seguro de que, también en esta estrecha ciudad, hay personas con otra formación y con otra altura de miras. En realidad, sencillamente con miras nos bastaba.

Pensaba Platón que la mejor forma de prepararse para la vida pública era la de curtirse en el mundo de la filosofía. Aristóteles defendía que la política es la continuación y la culminación de la ética. No sé si no tendríamos que abrir alguna academia de rudimentos de filosofía, ética y sentido común para por las tardes. Sugiero empezar por los más necesitados: hay legión.

DE MARCA, OIGA

Ahora que anda casi todo el mundo en cueros, tumbado al sol y sin tener en cuenta que el sol sin mesura es un buen camino para el cáncer, resulta que un tribunal exculpa a un tal Camps de recibir trajes gratis y proclama que recibir regalos desde un puesto público no es causa suficiente para encausar a este sujeto. Como supongo que hasta la analogía sí llegarán estos magistrados -y, en todo caso, debemos llegar los demás para poder sobrevivir-, debemos entender que todos los funcionarios tenemos vía libre para recibir obsequios desde el ejercicio de nuestra profesión. Y lo mismo los políticos. Vale.

Anda que no tenía yo ganas de darme de bruces con una sentencia como esta. Desgraciadamente, la voy a poder utilizar poco pues mi perspectiva profesional es la que es y la carrera vital me indica que soy ya corredor de fondo, y hasta veo la meta ahí mismo.

Tenía yo por costumbre inveterada arengar a mis alumnos cada poco tiempo, indicándoles mi predisposición a dejarme sobornar con sus regalos. Y se lo ponía bien fácil: una cajita de bombones, unos caramelos finos, unos calvotes bien asados…, en fin, cualquier dádiva sería bienvenida y mejor recibida. Hasta les explicaba el método radicalmente democrático y distributivo que emplearía para que todos fueran partícipes de esos regalos. Este podía ser un ejemplo: Una buena caja de bombones en clase. Reparte el profesor con sus alumnos: uno para mí, otro para ti y otro para mí; uno para mí, otro para ti y otro para mí… Y así hasta que le diéramos buen fin al contenido de la caja. Ya se ve que el reparto no podía ser más equitativo. Pero tengo que reconocer que lo hacía con cierto reparo pues algunos ponían cara como de día de milagro o de aparición del santo advenimiento. Y además, si debo ser sincero, los resultados no han sido lo positivos que a mí me hubiera gustado que fueran. Qué le vamos a hacer.

Pero, desde ahora, y con el camino libre de trabas legales, voy a ir a saco. Extenderé las posibilidades a jamones, mariscos y lentejas de la Armuña. Lo de las joyas y trajes lo dejaré como segundas opciones pues no me llaman mucho la atención y el mercadillo y la prima Flori me ofrecen productos de primera calidad.
Lo malo es que esta sentencia me coge en vacaciones y cuando llegue el curso no sé si no habré olvidado la táctica y se me habrán ido estas fiebres cuartanas que ahora me sitúan abriendo despensa donde almacenar las dádivas.

Qué tíos estos de los trajes y los que conjeturan con sentencias “ajustadas a derecho”. Pobrecitos.

Si yo tuviera que ponerme más en serio (por si no se tiene en cuenta lo que he dicho antes), resumiría algunas de mis impresiones de esta manera:
a)La vida no cabe en los códigos. Menos mal.
b)Es bueno que nos rijamos por los códigos, pero que nadie nos engañe si quiere reducir todo a esa letra.
c)Siempre interpreta a su favor esos códigos el poderoso. La letra nunca es exacta y la legión de abogados que puede pagar el poderoso inclina demasiadas veces la sentencia en su beneficio.
d)No me resulta nada sencillo poner límites a eso de “recibir regalos”. Porque recibirlos es inevitable: una invitación en un bar, un saludo, una conversación más amable, un descuento en un producto…
e)Tal vez ese límite se halle en el indicio de que el donante busca un favor personal con ese regalo. En cuanto se detecte ese indicio, ni la más mínima duda: ningún regalo.
f)Hay que suponer alguna capacidad en el que recibe para no dejarse llevar por lo que el regalo pueda suponer de indicio.
g)El funcionario lo es porque le pagan un sueldo, no porque nadie le regale nada. El representante político, otro tanto y más de lo mismo.
h)Tanto el funcionario como el representante público no han alcanzado nada con su trabajo; son simples contratados que -salvando su dignidad de personas-, representan un cero a la izquierda en el funcionamiento y pueden ser desalojados de su empleo como otro trabajador más.
i)Toda la empresa privada -he dicho toda y no retiro la expresión- se mueve al compás de las dádivas y de los sobornos: cestas, invitaciones, comidas, regalos… Y esto por no hacer lista de otros métodos que no son otra cosa que la Camorra de guante blanco.
j)Mientras que en la empresa privada esto lo aplaudimos, en la pública lo denostamos. Me parece un error mayúsculo. No hay propiedad privada absoluta y eso de que uno puede hacer con lo suyo lo que le dé la gana no es más que una baladronada propia de la subnormalidad mental más profunda.
k)Si estos métodos no se arreglan en la actividad privada, no será sencillo erradicarlos de la actividad pública.
l)Cuando el representante público procede de la actividad empresarial (léase genéricamente los ricos), este trapicheo le debe de sonar como el pan nuestro de cada día. Tal vez por eso ponen cara como de asustadinos cuando se les reprocha.
m)Siempre interesa saber qué había detrás de los trajes más que el hecho de los propios trajes. Ahí anda la clave de la puerta. Y en dos sentidos. En el de las concesiones con las que se forran. Y otra no menos detestable: en la de ostentar los poderes, las clases sociales y las chulerías.
n)Obsérvese que no se trata de cualquier traje. !Adónde vas a parar! Cada cual en su nivel, Maribel. ¿O qué se han creído estos andrajosos? La elite es la elite y la cabra tira al monte por tendencia natural. O sea, que son los que son, ya se sabe. Aunque esto de diferenciar ricos y pobres también se sabe que es algo trasnochado y teoría decimonónica. Claro, ya se sabe. Claro, claro.

Así que nada, colegas, a abrir bufete y despensa, y el que quiera peces que se moje el culo. Uno para mí, otro para ti, otro para mí; uno para mí, otro para ti, otro para mí…

martes, 4 de agosto de 2009

QUE SEAN DE MARCA

Ahora que anda casi todo el mundo en cueros, tumbado al sol y sin tener en cuenta que el sol sin mesura es un buen camino para el cáncer, resulta que un tribunal exculpa a un tal Camps de recibir trajes gratis y proclama que recibir regalos desde un puesto público no es causa suficiente para encausar a este sujeto. Como supongo que hasta la analogía sí llegarán estos magistrados -y, en todo caso, debemos llegar los demás para poder sobrevivir-, debemos entender que todos los funcionarios tenemos vía libre para recibir obsequios desde el ejercicio de nuestra profesión. Y lo mismo los políticos. Vale.

Anda que no tenía yo ganas de darme de bruces con una sentencia como esta. Desgraciadamente, la voy a poder utilizar poco pues mi perspectiva profesional es la que es y la carrera vital me indica que soy ya corredor de fondo, y hasta veo la meta ahí mismo.

Tenía yo por costumbre inveterada arengar a mis alumnos cada poco tiempo, indicándoles mi predisposición a dejarme sobornar con sus regalos. Y se lo ponía bien fácil: una cajita de bombones, unos caramelos finos, unos calvotes bien asados…, en fin, cualquier dádiva sería bienvenida y mejor recibida. Hasta les explicaba el método radicalmente democrático y distributivo que emplearía para que todos fueran partícipes de esos regalos. Este podía ser un ejemplo: Una buena caja de bombones en clase. Reparte el profesor con sus alumnos: uno para mí, otro para ti y otro para mí; uno para mí, otro para ti y otro para mí… Y así hasta que le diéramos buen fin al contenido de la caja. Ya se ve que el reparto no podía ser más equitativo. Pero tengo que reconocer que lo hacía con cierto reparo pues algunos ponían cara como se día de milagro o de aparición del santo advenimiento. Y además, si debo ser sincero, los resultados no han sido lo positivos que a mí me hubiera gustado que fueran. Qué le vamos a hacer.

Pero, desde ahora, y con el camino libre de trabas legales, voy a ir a saco. Extenderé las posibilidades a jamones, mariscos y lentejas de la Armuña. Lo de las joyas y trajes lo dejaré como segundas opciones pues no me llaman mucho la atención y el mercadillo y la prima Flori me ofrecen productos de primera calidad.

Lo malo es que esta sentencia me coge en vacaciones y cuando llegue el curso no sé si no habré olvidado la táctica y se me habrán ido estas fiebres cuartanas que ahora me sitúan abriendo despensa donde almacenar las dádivas.

Qué tíos estos de los trajes y los que conjeturan con sentencias “ajustadas a derecho”. Pobrecitos.

Si yo tuviera que ponerme más en serio (por si no se tiene en cuenta lo que he dicho antes), resumiría algunas de mis impresiones de esta manera:
a)La vida no cabe en los códigos. Menos mal.
b)Es bueno que nos rijamos por los códigos, pero que nadie nos engañe si quiere reducir todo a esa letra.
c)Siempre interpreta a su favor esos códigos el poderoso. La letra nunca es exacta y la legión de abogados que puede pagar el poderoso inclina demasiadas veces la sentencia en su beneficio.
d)No me resulta nada sencillo poner límites a eso de “recibir regalos”. Porque recibirlos es inevitable: una invitación en un bar, un saludo, una conversación más amable, un descuento en un producto…
e)Tal vez ese límite se halle en el indicio de que el donante busca un favor personal con ese regalo. En cuanto se detecte ese indicio, ni la más mínima duda: ningún regalo.
f)Hay que suponer alguna capacidad en el que recibe para no dejarse llevar por lo que el regalo pueda suponer de indicio.
g)El funcionario lo es porque le pagan un sueldo, no porque nadie le regale nada. El representante político, otro tanto y más de lo mismo.
h)Tanto el funcionario como el representante público no han alcanzado nada con su trabajo; son simples contratados que -salvando su dignidad de personas-, representan un cero a la izquierda en el funcionamiento y pueden ser desalojados de su empleo como otro trabajador más.
i)Toda la empresa privada -he dicho toda y no retiro la expresión- se mueve al compás de las dádivas y de los sobornos: cestas, invitaciones, comidas, regalos… Y esto por no hacer lista de otros métodos que no son otra cosa que la Camorra de guante blanco.
j)Mientras que en la empresa privada esto lo aplaudimos, en la pública lo denostamos. Me parece un error mayúsculo. No hay propiedad privada absoluta y eso de que uno puede hacer con lo suyo lo que le dé la gana no es más que una baladronada propia de la subnormalidad mental más profunda.
k)Si estos métodos no se arreglan en la actividad privada, no será sencillo erradicarlos de la actividad pública.
l)Cuando el representante público procede de la actividad empresarial (léase genéricamente los ricos) este trapicheo le debe de sonar como el pan nuestro de cada día. Tal vez por eso ponen cara como de asustadinos cuando se les reprocha.
m)Siempre interesa saber qué había detrás de los trajes más que el hecho de los propios trajes. Ahí anda la clave de la puerta. Y en dos sentidos. En el de las concesiones con las que se forran. Y otra no menos detestable: en la de ostentar los poderes, las clases sociales y las chulerías.
n)Obsérvese que no se trata de cualquier traje. Adónde vas a parar. Cada cual en su nivel, Maribel. ¿O qué se han creído estos andrajosos? La elite es la elite y la cabra tira al monte por tendencia natural. O sea, que son los que son, ya se sabe. Aunque esto de diferenciar ricos y pobres también se sabe que es algo trasnochado y teoría decimonónica. Claro, ya se sabe. Claro, claro.

Así que nada, colegas, a abrir bufete y despensa, y el que quiera peces que se moje el culo. Uno para mí, otro para ti, otro para mí; uno para mí, otro para ti, otro para mí…

lunes, 3 de agosto de 2009

UNA DE FAMILIA

Pasé ayer el día con buena parte de mis hermanos en la casa que Leopoldo tiene en el pueblecito de Valdemierque, cerca de Cuatro Calzadas. Había empeño por parte de algunos en volver a reunirnos sencillamente para sentir la proximidad de los familiares y para tratar de dar continuidad a esa relación después del fallecimiento de mi madre.

Pertenecer a una familia numerosa tiene ventajas e inconvenientes muy claros. Se manifiestan enseguida en estas reuniones. Es muy difícil conseguir que acudan todos, incluso en estas fechas veraniegas, se notan las relaciones más fluidas y también las más espesas… Pero también se eliminan las barreras que uno podría pensar que se han ido creando por razones diversas: distancias, preferencias, formación… Termina siendo todo esto un pequeño museo en el que se exponen cuadros muy distintos.

Pero me gusta el conjunto, a pesar de todos los pesares. Sigo pensando que, por encima de todo, la relación familiar es una de las tramas más inmediatas, y que puedes acudir a su apoyo sin mirar demasiado las razones. Cultivar lo que se tiene más cerca, en lo físico y en lo afectivo, no me parece mal camino. Conozco a demasiada gente que dedica -me parece- demasiadas complacencias con personas o personajes alejados en el espacio y en el tiempo y, en cambio, pone demasiados reparos a todos aquellos que andan por ahí cerca. Creo que no es ni natural ni justo. Al fin y al cabo, el ser humano se conforma cada día y cada hora con los seres de al lado: con la familia, con los vecinos, con los amigos, con los compañeros de trabajo.

Y reivindico a la vez la necesidad de la abstracción, de la soledad, del nivel en el que el ser humano quiere perderse en sí mismo o quiere hacerlo mentalmente en compañía de aquellos otros que, por las razones que sea, le aportan más elementos de reflexión o de complacencia, o acaso de vanidad. Si en este nivel aparece alguna de las personas más próximas, miel sobre hojuelas y, sin atosigar, a no desaprovechar todas sus posibilidades.

Una familia es una suma de posibilidades que da un conjunto heterogéneo, pero que se mantiene en una trama de lazos invisibles pero consistentes. Alcanzar un grado de confianza en ella no implica tener que ir rompiendo barreras hasta conseguir asentarte en el bienestar. La relación familiar da por allanado el camino desde el primer momento y promueve un intercambio inmediato. Nunca he entendido toda esa relación de tópicos que dan por hecha la mala comunicación entre familiares o que suponen que no hay mayor careta que la de los familiares en Navidad. Sí creo, en cambio, que no se deben forzar demasiado las cosas cuando el sustrato en el que cada uno se asienta es muy distinto. La buena voluntad y el sentido común vuelven a cobrar una función importante.

En la reunión de ayer se me alargaba el tiempo pues sentía la presencia de mi madre, como causa inmediata, a pesar de que ya se han cumplido tres meses y medio desde su fallecimiento, veía la presencia de mis hermanos y echaba de menos la asistencia de mi nieta, de esa niña que me hace visualizar la continuación en el tiempo de toda una familia. Así que recordé, sentí, charlé, comí, reí, canté, toqué al tamboril y hasta hice amagos gestuales de tocar la gaita. Dejé correr el tiempo sanamente, me sentí acompañado por los que creo que me quieren y me pueden ayudar, creo que les hice sentir la misma sensación y agoté los recuerdos de todos los más próximos.

Que sí, coño, que sí, que la familia, sea cual sea y en las condiciones que sea, merece la pena. Sin atosigar y sin ñoñerías, pero sin buscar el rechazo de lo que por naturaleza anda un poquito más junto. Vale.

sábado, 1 de agosto de 2009

UN MONOLITO ACUSADOR

Ya lo dije: iba a estar allí, y allí estuve.

El día apareció nublado y bien temí que el acto no se podría realizar en el sitio convenido. Llamé a Pedro porque me había pedido que le ayudara a llevar sillas desde la sede del partido. A Pedro Campo no le suelo negar casi nada y bien poco me importa andar de sillero cuando lo que se va a hacer creo que merece la pena. La lluvia amenazaba y hasta hizo acto de presencia. Alguien dijo -creo que fue Ana Muñoz- que aunque lloviera mucho, hoy no había lágrimas suficientes en el cielo para calmar la pena de la gente que allí se había concentrado.

Un grupo de gente se reunió a media mañana a las puertas del cementerio para “realizar un homenaje de cariño y admiración a todos los bejaranos (y comarcanos) que sufrieron la despiadada represión en la mal denominada Guerra Civil Española.” Desde esta mañana ha quedado erguida esta memoria en un monolito que se asienta a la derecha de la entrada al cementerio municipal. El monolito servirá de dedo acusador a todo el que pase por allí y quiera acogerse al amparo de la sensibilidad, de la compasión y de la justicia.

Me gustaron todas las intervenciones (unas más que otras); incluso los ripios del aficionado a los toros, que hoy podía sobre todo el contenido. En todas rebosaba el cariño y el recuerdo emocionado de aquellas personas que perdieron su vida y que dejaron a sus familias también sufriendo durante tanto tiempo los embates sociales del franquismo. Y me gustó sobre todo el espíritu de conciliación que rezumaban todas las palabras. Ni una nota de venganza, ni una voz más alta que otra. Solo el recuerdo de personas normales, como las demás, que se fueron por el sinsentido y la sinrazón. A veces hasta da la impresión de demasiada contención, de demasiada cortesía, de demasiada elegancia. ¿Quién no podría entender algún desbordamiento de los sentimientos y alguna palabra más recia de lo normal? Pues ni una. Seguramente aquellos asesinos no merecen ni siquiera que se levante la voz contra ellos. Demasiada desgracia llevan en el silencio y en el olvido.

Alguien dijo también que estos actos, en vez de la división, lo que realmente producen es la conciliación porque, por fin, y, aunque sea todavía un poco como a hurtadillas, todos las víctimas se sitúan en el mismo nivel y reciben el mismo respeto. Qué razón más grande.

Trabajo a diario en el lugar que los asesinos y torturadores utilizaban en Béjar para dar rienda suelta a sus despropósitos: el castillo que se alza en la Plaza Mayor de Béjar. Alguien lo dijo también: Hoy está dedicado a la educación, es un centro de enseñanza en el que se tendría que enseñar a razonar y a usar la palabra como medio de entendimiento, frente a la fuerza bruta y al instinto. Me honro en dedicarme a este noble oficio de educador precisamente en este lugar. En algo había que contribuir a revertir ese mal uso que del palacio se había hecho.

No vi a nadie fuera de los parámetros de la emoción grande y del orgullo de haber tenido unos familiares como esos. Mi respeto y mi apoyo moral para todos ellos.

He dedicado la tarde a leer un libro que con este tema se ha publicado. Los datos son apabullantes y no hacen otra cosa que reafirmar la idea, con datos y fuentes, de la barbarie que se produjo en el comienzo de la guerra incivil y la terrible situación en la que quedaron tantas familias y durante tantos años.

La tarde sigue tristona. Pero la historia sigue. Y seguirá entretejiéndose con secuencias agradables y menos agradables. Ojalá todas puedan ser observadas con calma y con sosiego, para ser corregidas y mejoradas.

Y OTRAS SANABRIAS, QUE TAMBIÉN SON LAS MÍAS





Para llegar al Lago hay que pensárselo: aquello no es lugar de paso y todo parece que se agota cuando uno se topa con las montañas desde las que se descuelgan las aguas que alimentan el río y el lago. Así que hay que imaginar que la historia se olvidó de estos lugares y solo tuvo acuerdo para que sus sierras se llenaran de glaciares, de hielos y de olvidos.

En estos últimos años da la impresión de que mucha gente se ha acordado de que existe este lugar porque hasta allí acuden desde sitios muy diversos. Alguien, con más sentido comercial, ya pensó hace muchos años que estas sierras podían dar de comer con sus aguas bravías, y la mano del hombre se asentó en ellas para crear una central eléctrica después de horadar la montaña y de hacer caer a plomo desde lo más alto el agua hasta las turbinas. Pero ya se sabe que la mano del hombre, si no es controlada y sometida al sentido social, puede crear monstruos y gigantes con pies de barro.

Algo de esto ocurrió en el fondo de este valle, que da pie a unos enormes cañones que encajonan el agua del Tera en todos sus desfiladeros y gargantas. Precisamente este año se cumple un triste aniversario, el quincuagésimo, del desastre en la presa de Ribadelago. Más de ciento cincuenta personas perdieron la vida en aquella riada. La huella está presente y bien visible. Hay cruces que recuerdan los lugares, monolitos con nombres y espacios acotados para que no los toque nadie y guarden la memoria permanente de los que allí murieron, una iglesia en ruinas, casas semiderruidas, cortes en los peñascos, gentes que se salvaron y guardan la memoria a flor de piel.

Hay que tener cuidado con estos sentimientos y respetarlos siempre. El último testigo es bien moderno, de este mismo año. Una mujer madura sanabresa abraza a un niño y mira al frente, como pidiendo vida y suplicando a todos el recuerdo por todos los que la entregaron en aquel día aciago. Si algún día vais al Lago, entrad hasta el pueblo antiguo, llegaos hasta los pies de las montañas, hasta que os deis con ellas en la frente, atravesad el último puente y enseguida os encontraréis con esta mujer que pide amparo y abraza tiernamente a un niño que comienza su vida. Luego mirad debajo. Allí están todos los nombres, el recuerdo de las vidas de las gentes de aquel pueblo que se perdieron acaso por culpa del egoísmo humano. Quedaos en silencio un momento y pensad en ellos. Es como pensar en vosotros. Lo demás es cosa vuestra. Pero debería haber demás, o sea, consecuencias y actuaciones. Allá cada cual.

Y el Lago y sus montañas son también el silencio, el paisaje tranquilo y olvidado en el que el tiempo se ha perdido un poquito, el paisaje en el que también nosotros nos podemos perder de las prisas, la naturaleza y el agua en su estado más puro, el fresquito nocturno aunque estéis en verano, la sombra y la espesura, los caminos que llevan a todos los rincones si los sabéis andar, o la comida en casa de Jesusa donde comer caldo gallego resulta gratis y solo es producto del continuo buen hacer de Jesús y Sinda y de toda la familia Pino, toda una institución en estos pagos (Sinda, Pili, Elena y todos los hermanos, hasta nueve). Y el agua, siempre el agua, con su reflejo azul del cielo y las laderas, como espejo de todo pues todo se mira en él, como cuna del cielo, como sepulcro infinito de todo lo que lo rodea.

Y es también San Martín de Castañeda, ese pueblo escondido en lo más alto, desde donde mejor se ve el lago y desde donde uno puede sentirse casi en el cielo. Allí arriba quedan restos bien sólidos de la antigua abadía de los Bernardos, de su huerta extensísima, de su otero infinito, de su huida de todo, de su oración sin tregua, de su mirar al cielo y al lago sin descanso. Mi imaginación volvió a Athos y, no sé de qué manera, quise buscar algún parecido entre estas dos realidades, la de aquí solo soñada y la de allí tan actual. Jesús me dio cuenta de la actividad, en San Martín de Castañeda, de aquellas maravillosas Misiones Pedagógicas de los años republicanos. Y me las imaginé casi emocionado. A San Martín tengo que volver porque creo que es la mejor manera de volver al Lago.

Y es el Lago, como cualquier otro lugar que merezca formar parte de la antología de lugares, el sitio de la amistad, la que nos han brindado una vez más Jesús y Sinda, con su Leti y nuestra Leti querida.

Rematamos el último día en El Puente y en Puebla de Sanabria. Puebla es un lugar privilegiado lleno de construcciones solidísimas y muy cuidadas, todas al amparo de su castillo y a los pies de su Tera, allí más remansado y extendido.

El lago y la Sanabria, la Sanabria y el Lago; San Martín y Unamuno, la amistad y la muerte, el eterno susurro del agua y del paisaje, mi pequeñez y el tiempo. Todo en tan poco tiempo…

Anoto de mi memoria las palabras de Claudio Rodríguez: “Bien sé yo cómo luce / la flor por la Sanabria, / cerca de Portugal, en tierras pobres / de producción y de consumo,/ mas de gran calidad de trigo y trino.”