viernes, 29 de abril de 2011

LAS PENAS DE DON BALÓN

La exposición continuada a los rayos solares produce insolación y nos saca los colores a la cara y a la piel; a veces incluso produce hasta tumores. Lo mismo sucede cuando nos sometemos a la repetición de cualquier hecho; entonces resulta más complicado esconder nuestras debilidades y todo nos queda al descubierto por una u otra razón, se vulgariza y se vuelve hasta inocuo.

Hoy me sirve como ejemplo el deporte, y, en concreto, el fútbol. Llevamos casi un mes con el mantra monotemático de los partidos Madrid-Barcelona y Barcelona-Madrid. El empacho está a la vuelta de la esquina, pero sobreviviremos.

No me interesan demasiado los asuntos estrictamente deportivos de estos choques, aunque no me da igual cualquier resultado. Parece que la serie terminará decantándose a favor de la forma de juego del Barcelona. Enhorabuena y a otra cosa.
Me llaman mucho más la atención las variables de tipo social. Creo que la repetición de las estructuras y la visualización de los enfrentamientos nos permiten extraer alguna consecuencia un poco más importante. Veamos.

Hay un entrenador -en este caso el del Madrid- que parece haber perdido un poco el decoro en sus declaraciones, al margen de algunas razones particulares. Enseguida, cualquier detalle se magnifica y con él se hace un mundo en el que embarcar a las mejores mentes de cada casa. Como si no tuviéramos otra cosa que hacer. Pero, ojo, a ningún entrenador he visto hacer nada diferente cuando su equipo es el que ha sido derrotado; cualquier rueda de prensa de cualquier entrenador en cualquier sala de prensa de cualquier campo de fútbol es testigo de que esto es como se afirma aquí.

Siempre se busca la excusa oportuna para justificar la derrota del equipo propio, incluso en las ocasiones en las que esa justificación no hace otra cosa que ahondar el ridículo y tratar de velar la evidencia.

¿Por qué se tiene que producir esto siempre? ¿Cuáles son las razones? ¿Por qué los que se dedican a estos asuntos no investigan un poco y tratan de razonar y de darnos algún alimento diferente del que nos publicitan cada día y cada hora. ¿Por qué no se parte siempre de algo tan elemental como es el hecho de que, para que uno gane, tiene que haber otro que pierda? Es sencillamente de cajón. ¿Cuál es la razón que no nos permite admitir esta verdad tan elemental?

Yo tengo alguna intuición casera (o eso puede parecer)pero que me encaja bastante bien. Me parece que en el mundo del deporte viene a reproducirse, como en pocas situaciones, la estructura vital en la que nos movemos. Se trata del enfrentamiento continuo, de la necesidad de anular al contrario para poder sobrevivir, de la esperanza de la ruina del vecino para que nuestro negocio o nuestra tienda se lleve todos sus clientes, de la obligación de responder mejor que el de al lado para que la plaza que está en juego nos sea adjudicada.

En este nivel absoluto de enfrentamiento (puro capitalismo, brutal capitalismo, inhumano capitalismo), todo vale con tal de conseguir el fin previsto y que las estadísticas te coronen.

Poco puede extrañar entonces que los excesos se repitan por una parte y que resulte más sencillo resistir la apariencia de la sensatez cuando uno anda sobrado en el enfrentamiento. Cuando las lanzas se tornan cañas, los estilos se modulan de otra forma y los modales parece que cambian de acera con todo el descaro. Si todo ello es aplaudido por la masa que dispone toda su vitalidad en aplaudir esa superestructura que la aplasta -pues solo deja sacar cabeza al vencedor-, entonces todo no hace otra cosa que apuntalarse, dar cerilla a la estopa e imbecilizar el día a día de todos nosotros. Es el grupo social el que no permite otro tipo de actuación. ¿Alguien se imagina a los socios de un equipo aplaudiendo que su entrenador reconozca como algo normal que el equipo contrario es mejor que el suyo? No duraría ni un mes. Este sistema está pensado solo para el triunfador, y el que no lo sea al menos tiene la obligación de simular que lo es.

Que gane el mejor, sobre todo si propone espectáculo más agradable. Que el mejor no reboce nada al perdedor porque hay más días que longaniza. Y que el perdedor tenga el decoro de agachar la oreja, sobre todo si su día a día responde a la escala de valores que luego tanto critica.

Se seguirá concentrando la atención en no sé qué jugada, se reirá sobre todo por ver llorar al de enfrente y seguiremos asistiendo a un triste espectáculo en el que vale más la pena ajena que la risa propia. Pobrecitos.

jueves, 28 de abril de 2011

HIDALGO Y PRÍNCIPE

HIDALGO Y PRÍNCIPE

Cambió a un delirio que llevar pudiera
la gloria y la etiqueta de la fama
y fue Alonso Quijano el que entendiera
que en don Quijote el nombre permutara

de la Mancha, un lugar que se extendiera
en gloria a los confines por que hablara
a los siglos futuros y ofreciera
ejemplo al que sus hechos contemplara.

Hidalgo entre los tuyos, don Alonso,
príncipe del honor y de la gloria,
Don Quijote, tu luz para mis ojos.

Yo seré servidor de tu memoria
e iré a correr los mundos por locura
de todo lo que ofrece su hermosura.

miércoles, 27 de abril de 2011

DE LOS TIEMPOS DEL TIEMPO

He afirmado varias veces que acaso lo único que traiga el ser humano al mundo sea la medida del tiempo. Se esfuerza en ajustar sus actos a medidas, a cuarteos artificiales de un continuo que se le escapa de las manos y que tal vez como concepto solo exista en sus pequeñas y paupérrimas mentes. Al fin y al cabo, si realmente existieran el concepto y la realidad, el ser humano apenas vendría a atisbar un mínimo señuelo de lo que el tiempo pueda significar.

Yo creo ser buena prueba de que es el tiempo una de mis obsesiones; sobre él caigo una y otra vez para sentir sin remedio mi flaqueza y mi impotencia. Estoy seguro de que entre las ya muchísimas páginas que he dado a la luz, este núcleo de significado aparece machaconamente y viene a ser como un mantra para mí.

Pero aun en esa mínima muesca que le hacemos con nuestras vidas a la vara interminable del tiempo, nos movemos de manera indefinida y cambiante. Podríamos hablar, sin temor a equivocarnos demasiado, de muchos tipos de tiempos. Me fijaré solo en una de esas distinciones: El tiempo de la memoria cuestiona al tiempo de la Historia.

La memoria es el hilo que nos mantiene vivos y que, a la vez, nos retrotrae al pasado, al segmento de la vida que nos mira con nostalgia desde lo detenido, desde lo estancado, desde lo clasificado. Sea, por ejemplo, el segmento de la niñez. Sobre él hacemos selección con el recuerdo, detenemos la Historia, la acomodamos a nuestra personal vivencia, eliminamos todo lo que no nos concierne de manera directa, o sea, prácticamente todo, mientras que la Historia es total, nuestra historia es parcial y personal. La sociedad no víctima o gozadora directa continúa con su historia, con otras muchas historias, de las que nosotros no tenemos tampoco conciencia.

Cuando el paso del tiempo -si es que el tiempo pasa- va dejando un poso cada vez más difuso y esquelético, nos solemos refugiar en la historia académica, que no es más que otra historia parcial de la suma de historias, el cuerpo se va esqueletizando hasta quedarse en números y estadísticas. Cualquier período nos puede servir de ejemplo, incluso los más recientes: los gobiernos de Aznar andan ya en los papeles casi solo con los números del paro y del empleo, o con unos cuantos y simplicísimos referentes más; muy poca gente analizaría ya la intrahistoria de divisiones, enfados, maneras, manipulaciones… que tanto se prodigaron. Lo que no son cuentas, para mucha gente, solo son cuentos.

Por si fuera poco, la Historia es siempre la de los vencedores; son ellos los que la escriben y es su visión la que vela las demás, la que trata de dejarlas en el olvido. La Historia de los perdedores reivindica siempre la memoria de los hechos más concretos: las injusticias, las hambres, las violencias.

Sería para Congreso analizar un hecho bajo estas perspectivas. Podría ser, por ejemplo, eso que hoy se llama la Memoria Histórica. Qué resultados tan espectaculares. Pero, si se quiere ser más inmediato y sencillo, analícese la pequeña historia de lo que haya sucedido en una agrupación social o política local durante un corto período. Y que cada cual extraiga consecuencias.

En este río revuelto de tiempos y de Tiempo, ¿cómo se puede uno desenganchar de la Historia, si es que realmente merece la pena desengancharse de ella? ¿A qué debemos atender más, a la Historia o a nuestra historia?

La tendencia general a olvidar pone por encima las conveniencias generales frente a las particulares; la memoria general y la justicia de los casos individuales se encogen para dar cabida y preeminencia a los asuntos generales; y casi siempre el individuo se diluye en medio de la masa y de los referentes superestructurales.

Y, sin embargo, mi historia es la Historia para mí, sin ella no hay Historia; es más, las otras historias no son la Historia. MI tiempo es el Tiempo, aunque no exista realmente eso a lo que me aferro y que llamo Tempo.

lunes, 25 de abril de 2011

SER PERSONA

Mi nieta Sara va vocalizando cada día mejor porque su órgano fonador va consolidándose y el ejercicio le va dando naturaleza y apariencia de normalidad. Cuando la oigo al teléfono pronunciar varias veces la palabra “hola”, noto cómo redondea la vocal “o” y abre la boca para pronunciar la vocal “a”. Como, además, le gusta repetir la palabra -tal vez porque empieza también a reconocerse en su capacidad de articular los sonidos-, yo me quedo contentísimo y repito sus mismos sonidos, como en un eco gozoso. Sara empieza a ser una personita, digo a los que están cerca de mí.

SER PERSONA, ¡qué evocación tan extraordinaria! Tal vez solo a primera vista. Voy a darle unas vueltas.

La etimología vuelve a jugarnos una mala pasada. La palabra latina persona –ae significa “máscara de actor”. Por eso, en nuestro teatro, las DRAMATIS PERSONAE. Y eran las personas del drama porque representaban con máscara una realidad que no les pertenecía, eran, por unas horas, actores. El DRAE también recoge como primera acepción esta de la etimología, pero enseguida acoge la que utilizamos casi todos: “Individuo de la especie humana”.

¿Cómo se ha llegado a este cambio de significado? Porque los significados cambian, como lo hacen las formas y lo hace el resto de la realidad. Mucho tendrían que decir las palabras hombre y mujer, especializadas para sexos, y el empuje significativo del término mujer como ser equivalente. Tal vez ahí encuadre el genérico para persona.

Pero lo importante tal vez no sea el rastreo que ponga negro sobre blanco el cambio de significado sino la importancia del propio cambio. ¿Por qué se habla de persona en realidad solo cuando el ser humano ha transitado ya algún trayecto de su vida, tiene algún año y empieza a desenvolverse por sí mismo? Es verdad que empieza a desarrollar autonomía pero -y aquí puede estar la clave- la ejerce solo en relación con los demás; su círculo empieza a ampliarse y el mundo reducido se ensancha: las respuestas tienen que ser, entonces, continuas. Y, ojo, las respuestas tienen que ser respuestas a las situaciones que le planteen los otros.

De ese modo, un ser humano, a medida que se hace mayor, cuando se va haciendo persona, tiene que perder buena parte de lo que es suyo y solo suyo, de lo que es más individual, de lo que es más absoluto, y tiene que ir conformando su propia vida a las respuestas y a lo que le permitan los demás. De tal manera que se es hombre o mujer, pero uno se hace persona. Y, en ese hacerse persona, en este ir cediendo cada día, en esa socialización, el ser humano se va enmascarando, se va vistiendo de otros, va perdiendo autenticidad par diluirse inevitablemente en la masa que condiciona su propia vida. En ese camino, el ser humano está en cada momento representando, está vestido de máscara, está ejerciendo de persona en el sentido etimológico.

Bien sé que la lengua es caprichosa y que el término ha sido llevado en dirección muy distinta. Tanto, que separamos persona de personaje, precisamente para tratar de conceder a la persona exactamente eso que le niega su étimo, de manera que individualizamos persona frente al enmascaramiento de personaje. Incluso ampliamos la familia fortaleciéndola con personalidad como individuo de ideas propias.

La persona no es concebible sino como un ser social, como un elemento que vive de su roce, querido o evitado, con los otros elementos de la comunidad. Como esa relación social le obliga a compartir, a fingir, a ceder, a representar, tal vez no anda demasiado desencaminado el término “persona”, incluso pensando en su individualidad, porque, también en su individualidad, está siempre representando una función (nunca “jugando un papel” pues lo que se juega son partidos), está con la máscara puesta, se diluye en la variedad y en la masa, se adapta a la comunidad.

Efectivamente, Sara empieza a ser personita. Veremos en qué medida representa su función con la máscara a cuestas. Será primera actriz, seguro.

domingo, 24 de abril de 2011

RESUCITAR

Agradezco a Manuel Vicent este texto tan lúcido y a la vez tan sencillo y tan hondo. En esencia, es lo mismo que pienso. El día lo merece. No es la peor reflexión que se puede hacer. A ella me someto y a ella invito.

Manuel Vicent: “RESUCITAR”

“En la historia universal de la infamia existen 10 formas muy acreditadas de ejecutar la pena capital: por lapidación, crucifixión, hoguera, horca, decapitación con hacha o guillotina, garrote vil, fusilamiento, silla eléctrica, cámara de gas e inyección letal. Alrededor de esta ceremonia cruel aletea la culpa o la inocencia, la justicia o la venganza, pero no existe mayor crueldad ni injusticia que la muerte natural en plena juventud o como remate de una larga vida feliz. Hoy es Domingo de Resurrección y aprovechando que los barrancos están llenos de espárragos silvestres, inmejorables para hacer una tortilla de Pascua, hay que recordar las veces que uno se ha salvado de la pena de muerte, amnistiado por la suerte. Por poco que se haya vivido no hay nadie que no pueda contar en la barra del bar al menos una ocasión en que estuvo a punto de irse al otro mundo. Fue cuando el coche derrapó, dio tres vueltas de campana, cayó en un barranco y no pasó nada, o cuando de niño en la piscina te salvó un ángel que gritó que te estabas ahogando, o cuando resbalaste en el cuarto de baño y por un centímetro no te desnucaste con el grifo como en un descabello, o cuando fuiste al médico por una simple mancha en la mejilla, te mandó un análisis y te descubrieron un cáncer incipiente que pudo ser curado. En estos casos siempre se dice que uno se ha salvado de milagro, lo cual significa que has realizado tú mismo el prodigio de resucitar. No es necesario bajar antes al infierno y al tercer día salir del sepulcro como un tapón de champán. La resurrección también sucede con el despertar de cada mañana. Si tal día como hoy, Domingo de Pascua, al salir del sepulcro Jesús de Nazaret se hubiera encontrado con que María Magdalena le había preparado un zumo de naranja, una tostada con aceite virgen del huerto de los olivos y un café humeante no habría tenido ninguna prisa de volver al cielo. No se tome a mal esta metáfora. El crimen del Gólgota se repite todos los años. Con el periódico oliendo a linotipia, el Nazareno hubiera podido leer su caso en primera a cinco columnas mientras desayunaba y sin necesidad de calvarios, tal vez, la humanidad habría sido redimida por el placer y el milagro de sorprenderse vivo ante un buen café y una tostada con el sol en el árbol.”

Por mi parte, añadiré una duda-angustia poética que no me deja quieto ni tranquilo y que ahonda en estos asuntos que se dilucidan o se conmemoran o se celebran estos días:

SI SUPIERA QUÉ CULPA ES REDIMIDA

Si mostraras las causas de esta herida
que me duele, me aflige, me delata
como autor de una culpa desmedida
que te empujó a morir con esas ganas…

Si supiera qué culpa es redimida
por un amor tan grande que amenaza
con dar luz a la noche oscurecida
y los cargos que como juez me achacas…

Dime por qué apeteces mi consuelo,
enséñame la causa del pecado
y entenderé por fin lo que deseo.

Si he sido pecador y Tú has salvado
tanta culpa, Señor, déjame al menos
saber los sufrimientos que merezco.

viernes, 22 de abril de 2011

OTRAS PROCESIONES

Oía, hace unos días, defender a un tertuliano la idea de que el Jueves Santo era de los cristianos. Lo hacía en referencia a una manifestación atea planteada y luego prohibida para ese mismo día. El hombre lo afirmaba con convencimiento y sin duda alguna. Pobrecito. Como él los hay por todas partes.

Es Viernes Santo, es día en el que se celebra (¿se celebra?) nada menos que el sacrificio en cruz de un hijo de un dios que necesita dar muerte a su hijo, nada menos que a su hijo, para redimir de culpa a los humanos (¿a todos, a una parte, a un pueblo, a los de aquel tiempo, a los de los tiempos posteriores, también a los de los anteriores…?). Por cierto, ¿de qué culpa? ¿Cada uno de ellos (y de nosotros) tiene conciencia de esa culpa? ¿De verdad? Anda que aquel Adán y aquella Eva nos metieron en unos berenjenales… ¿Y a ellos quién los metió en aquel laberinto? ¿Seguro que eran conscientes de lo que estaban propiciando? ¿Estos ya sabían adivinar el futuro? Realmente, esto de los caminos de Dios son insondables lo mismo vale para un roto que para un descosido. No voy a seguir por el camino de la confusión y de la perplejidad pero con buenas ganas me quedo. Sirva al menos como pequeña prueba de que no quiero atacar a nadie, pero también de que no me gusta que ataquen mi sentido común.

El caso es que, una vez más, un grupo social se siente insultado y atacado por otro grupo que quiere hacer lo mismo, exactamente lo mismo, que ellos invocando otras verdades. El asunto se va a plantear inevitablemente cada vez con más frecuencia, porque la lógica del sentido común así lo dicta.

La historia de esto que llamamos Occidente, y con mucha mayor intensidad este país llamado España, está cuajada de hechos que muestran la supremacía y la imposición violenta de ese grupo que dice ser insultado. Seguramente no es más que la inercia de quien tan mal acostumbrado está y cree que todo el monte es orégano y no es capaz ni de contemplar siquiera otras posibilidades.

Es verdad que una costumbre muy arraigada no se desarraiga fácilmente, pues las raíces han buscado lentamente su aposento en el interior de la tierra y han hecho causa común con el humus que las sostienen. Convendría, por tanto, actuar con cautela, con mimo incluso. Pero alguna vez habrá que alzar la voz para hacer notar que, además de no cobrar, no tendríamos que pagar la cama. Nadie debería arrogarse el derecho de prohibir a nadie que manifieste sus creencias, sus devociones ni sus representaciones populares, sea en procesiones o en cualquier otro formato. Pero, a la vez, todos deberíamos entender que cualquiera tiene la posibilidad, y hasta el deber, de analizar lo que sucede a su alrededor y de emitir opinión razonada y cortés acerca de eso mismo.

Y, aun más, conviene considerar que el insulto intelectual y hasta afectivo se puede producir en ambas direcciones, no solo en la de los ateos hacia los cristianos. ¿O no puede manifestar cualquiera que se siente escandalizado porque alguien defienda, proclame y profese creencias basadas en criterios no racionales y, por tanto, de difícil encaje en la razón, que nos implica, esta sí, a todos?

Hasta ahora y durante toda la Historia -qué doloroso es recordarlo y constatarlo- todo ha sido sufrimiento, apartamiento, esconderse y sentirse apestados, vivir en soledad, pagar con la vida, estar condenados al ostracismo y estar sometidos a un sentimiento de culpa absolutamente intolerable de los que, desde su razón, entendían que los criterios religiosos no eran los mejores. Lo que sucede cada día ahora nos demuestra que no se ha avanzado demasiado y que quedan muchos sufrimientos por delante.

Apearse de las verdades absolutas para compartir posibilidades no es sencillo, retraer nuestras manifestaciones a los ámbitos que les son propios, tampoco. La salida de pata de banco del poderoso es casi siempre la de evitar la confrontación de ideas y la de creer que el absoluto, sobre todo si le favorece, no admite más vías de escape. Si, además, se les plantean alternativas inconvenientes y que admitan alguna interpretación de enfrentamiento, la respuesta intransigente e irracional está servida.

Los medios de comunicación -siempre los medios-, en manos de los poderosos, hacen hoy el resto, que es casi todo. De esta manera, el camino se hará más tortuoso y lento, se desbrozará con más penosidad. Pero la senda apunta hacia la llanura y hacia la amplitud de todas las vías. Tiene que haber otras formas de convivencia y de entendimiento. Tiene que haberlas.

jueves, 21 de abril de 2011

ESTAR PERPLEJO

Hoy me detengo un rato en un concepto abstracto y no sé si muy repetido ni concretado en su expresión lingüística. Como para jugar; o para reflexionar un poco. Se trata de la PERPLEJIDAD.

Dice el criterio etimológico que procede del latín perplexitas, -atis, y que viene a equivaler a irresolución, confusión, duda de lo que se debe hacer en algo (DRAE). Hasta aquí es asunto de primeros latines y de simple bachiller.

Asomarse a su familia significativa, a sus sinónimos, nos presentaría a extrañeza, asombro, sorpresa, vacilación, indecisión, duda, desconcierto, desorientación… Y situar el término en relaciones sintagmáticas nos ofrecería toda una panoplia de resultados en la que nos perderíamos. En todo este cuerpo de similitudes significativas, se pueden rastrear dos elementos fundamentales. El primero es el de cierto estado de afectación producido por algo que nos deja con el ánimo alterado. El segundo se refiere a algún grado de impotencia para actuar, para decidir ante ese estado de ánimo alterado.

Y es a partir de esta precisión cuando podemos intentar indagar algo más acerca de este término que, si bien se mira, tiene una producción más frecuente en ambientes más cultos que en circunstancias más inmediatas y espontáneas.

¿De dónde procede ese hecho que nos deja sobrecogidos, perplejos? Seguramente, lo importante es que sea extraño al desarrollo normal de la vida del individuo que queda perplejo. No sería necesario, por tanto, que el hecho fuera espectacular, bastaría con que fuera extraordinario en el sentido etimológico, ajeno a lo ordinario. Hay una segunda condición obvia pero imprescindible, se trata de que esa posibilidad de perplejidad exista en el tiempo y en el espacio. Quiero decir que el ser humano que queda perplejo solo lo puede ser por su acopio de tiempo libre y por su capacidad intelectual para dejarse sorprender. Hay, por tanto, que tener el terreno abonado para que la semilla pueda fructificar. Y, por muy obvio que parezca, no vivimos en una sociedad que favorezca este tipo de situaciones, pues no andamos más que en el vértigo, en la apariencia y en el dejarnos llevar por lo inmediato. No pidamos, entonces, perplejidad a quien apenas sobrevive siguiendo el impulso de lo que se le da hecho y cocinado, o a quien físicamente no tiene ni espacio ni tiempo para sí mismo pues lo gasta en lo que el ambiente le exige a cada momento; tampoco, por supuesto, al que no ha cultivado su mente lo necesario para poder discernir y comparar antes de decidir.

Pero es la segunda condición la que me parece más definitiva en el concepto en el que hoy he reposado unos momentos. La perplejidad solo se puede producir al final de un proceso, aquel que hace referencia a la constatación de varias posibilidades y a la dificultad de elegir una entre todas. Si no se han dado las condiciones reales para quedarse perplejo, no se puede considerar esta segunda condición. Pero si se dan, es el ser humano, desde sus conocimientos, el que tiene que elegir. Y no se atreve, duda, las aristas le pueden, la complejidad le domina, seguramente sabe que cualquier solución le obligará a la renuncia de partes y le llevará a la defensa de algo en lo que confía pero no del todo.

En ese sentido, la perplejidad sería como una duda positiva a la que se llega desde el conocimiento y desde la falta de creencia en la verdad absoluta. Un perplejo tiene ideas, conoce posibilidades, pero le falta el último empujón que le incita a decir allá vamos.

¿Es la perplejidad, entonces, una debilidad del ánimo? Es muy posible. Pero es una debilidad condicionada y permeable, tolerante y comprensiva, reconocedora de las debilidades propias después del análisis de las posibilidades. ¿Es el perplejo un inactivo? No, es un intelectual y no un fanático, un buscador de la verdad por comparación de posibilidades, un razonador. ¿Tiene peligros la perplejidad continua? Por supuesto, porque el ser humano tiene que tomar decisiones continuamente y tiene que ejercer su libertad de elección. La exageración nos llevaría al inmovilismo y a la inacción. Pero resulta enfermedad más grave el impulso y el fanatismo, la acción por la acción, el movimiento buscando solo el favor propio y elemental, el entregarse en manos de cualquier imagen, costumbre o proceso que nos venga impuesto.

Un perplejo, por ejemplo, tal vez ande contemplando e indagando en las varias posibilidades que ofrece la realidad de la Semana Santa; un fanático seguramente no pueda alcanzar ningún grado de perplejidad por no plantearse siquiera diversas posibilidades. Sirva solo de ejemplo.

Me gustaría encontrarme, pues, en el grupo de los perplejos, por el uso del término, pero sobre todo por la realidad que encierra. Vale.