sábado, 8 de enero de 2011

HOY TODO FUE TORRENTE EN LAS LADERAS





Hoy el cuerpo me pide repetirme, volver al aire puro de los montes, pensar (es lo mismo que penar sin el silbido de la ese; e igual que pesar, su pareja en el doblete, porque pensar no es más que pesar y sopesar) que el mal trago de la noche, con mi cuerpo algo chungo, se ha quedado en el tiempo del olvido, sentirme otra vez alto, verme de otra manera.

Y es que hoy volví con Manolo y con Jesús a echarme al campo. El día pintaba gris y amenazaba lluvia. Pero nosotros, a estas alturas del partido, tenemos vara alta en los muñidores de los tiempos atmosféricos (el acceso a los de los otros tiempos aún nos queda lejos, pero andamos en ello y cualquier día…) y siempre pedimos habitación propicia para andar y hollar los caminos con cierta tranquilidad y con la confianza de quien parece que menudea por sus propiedades. De modo que el cielo se contuvo, tranquilizó sus nubes, las fijó allá en lo alto y quiso que nos contemplara subiendo en automóvil hacia Candelario, con la sierra allá arriba, escondida en su nieve y en sus densos nublados. Poca nieve y además escondida: solo el lomo más alto conserva el color blanco y este año son ya al menos tres veces las que se ha venido con nosotros, monte abajo, río abajo, valle abajo, horizonte abajo, camino de su mar y de nuestro olvido. Y tres veces son muchas para tanto torrente y para tanto blanco convertido en espuma y en líquido elemento. Es como si esta vez no quisiera quedarse en sus alturas, contemplándonos libre durante el largo invierno, guardándonos la espalda contra las largas tardes del estío, dando envidia a los cielos y celebrando siempre esa orgía de contrastes nocturnos y de fuentes regando los sudores cuando el calor se ensaña y la derrite. Todo esto en el invierno (nada que ver con infierno). Qué osadía, qué ganas de dar guerra, qué bárbaros deseos.

La nieve, ya se sabe, se desploma en las fuentes, en los raudos regatos, en las limpias y claras torrenteras, en los ríos incipientes y ya con barbas blancas, en los huecos estrechos de las peñas, en la más encogida y humilde regadera, en los canalillos que se pierden en los prados, en las grietas hundidas en la tierra, en los sitios más íntimos y en los lugares claros y visibles.

Todo el camino fue una torrentera, todo fue a toda prisa, todo descenso en rápidos torrentes. Sólo la presa grande de Navamuño recogía en su regazo las aguas que le daban sus laderas y que el río Cuerpo de Hombre le prestaba por unos fríos meses.
Aún tiene vientre amplio nuestra presa y quiere que lo llenen con las aguas los senos escondidos de las sierras. Cabe, cabe más agua; dádmela sin descanso, parecía decir mientras la contemplábamos camino del collado y de otro valle.

El otro valle era como vecino nuestro, nuestro amigo, un conocido de muchas mañanas de sábado y paseo. Era el valle de Hervás, hoy también gris y fresco, con su Pinajarro dentro de la niebla y su sierra de Honduras ocultando las cumbres y mostrando sin pudor ni recato sus laderas, pedregosas y atentas al mandato del cielo. Bajamos por el valle, paramos a asustarnos con las aguas, bravías y furiosas, del regato Balozano (quizá ninguna vez tan grande ni tan impetuoso), subimos por caminos hoy maltrechos por efectos de lluvias de otros días, ascendimos al cielo de las pistas, vimos siempre regatos llenos de agua, cauces rápidos del ansia de la nieve por bajar hasta el valle, cascadas como nunca en los parajes, vientos acompañando sus caminos, el horizonte amplio del oeste, los pueblos en el valle, los cerezos guardando el tiempo exacto que le pide la tierra antes de dar sus frutos allá en junio, dos pantanos manchando las llanuras lejanas…

Y nosotros en medio, comiendo las viandas en cualquier merendero, dando frente a los aires, meciéndonos al son del viento de la sierra, pisando siempre agua, sintiéndonos un poco como el agua, mojándonos los pies y otras prendas con la marea de las cascadas, dando vueltas a tres o cuatro ideas con la herramienta alegre de la conversación, sintiéndonos de nuevo poca cosa en medio de la fuerza de la naturaleza, volviendo en procesión ladera abajo, procurando la bonanza en la llanura, volviendo satisfechos hacia casa, pensando nuevamente que hay placeres que cuesta poco esfuerzo conseguirlos. Y siempre con la fotos de Jesús y Manolo, que parece que quieren llevarse en su mochila los mejores paisajes. Ellos saben que van a volver pronto y el campo los espera, pero son impacientes y se lo llevan todo.

Todo quedó en su sitio; solo nosotros tres volvimos a buscar de nuevo el aire y la palabra en las aceras.

Cuando llegamos a Béjar, el cielo amenazaba otra vez lluvia. Nosotros habíamos dado orden de reposo solo para las horas que ocupan la mañana.
N.B. Fotos de Manolo Casadiego. Gracias.

jueves, 6 de enero de 2011

EL CIGARRO COMO PRETEXTO

Durante estos días se machaca a la opinión con comentarios acerca de la bondad o la maldad de la nueva norma que prohíbe fumar en casi todos los locales. Todas las noticias se sitúan en un tiempo que les da consistencia o que las envía directamente al cesto de los papeles. De tal manera que, una vez más, se demuestra que la noticia es el medio y no su contenido. En cuanto pasen estos tres próximos días y vuelva la actividad llamada política, que encoge al resto de la realidad porque se ajusta mejor al formato de los medios, este asunto pasará a segundo plano y nos tendremos que enfrentar a lo que ellos quieran, según convenga a sus intereses.

A pesar de todo, esta noticia a mí sí me parece de alcance, y, como tantas veces, no por el texto en sí sino por lo que simboliza. Hay cosas que crecen en la periferia del bosque y que no nos deberían hurtar la mirada y la visión de lo que se guarda en el corazón del mismo. Cada cual tiene su situación personal de fumador o de no fumador, o hasta de fumador pasivo, que no es poca cosa; en todos los países se tiende a ser cada vez más restrictivo en este asunto del tabaco: no parece lógico pues que, si se promulga una nueva ley, se ponga uno en la cola del pelotón o en el medio de él sino a la cabeza, para tener adelantado tiempo y para que la ley valga para mucho tiempo; tampoco parece que haya que andar dándole muchas vueltas al asunto de los perjuicios que el producto causa; situar la discusión en los niveles barriobajeros que uno cree observar en ciertos medios -en los más escorados a la derecha sobre todo- tampoco merece mucho la pena; escuchar públicamente incitaciones a la sumisión ante las leyes tampoco parece lo más indicado -en este país se incita a la rebelión desde los medios públicos cada dos por tres y nunca pasa nada: hasta que pase-; en fin…

A mí me llama mucho más la atención el hecho de que, también en esta ley, se juega con el concepto de libertad, en este caso, de la libertad para fumar y de la libertad para no fumar.

Ayer mismo afirmaba que resulta dificilísimo definir qué es eso de la libertad. Y no solo en la teoría sino sobre todo en la práctica. Vuelvo a preguntarme si es posible imaginar siquiera el concepto de libertad como algo absoluto en el individuo considerado como tal. Y mis resultados son rotundamente negativos. Siguen siéndolo.

Ya me gustaría, pero me parece imposible de toda imposibilidad tanto en la teoría como en la práctica. ¿Qué es eso de un ser humano solo y único? ¿Dónde está? ¿Cómo se realiza? ¿Qué derechos tiene que no influyan en los demás? Ya he dicho más de una vez que el ser humano no es él más sus circunstancias, como decía Ortega. Tengo para mí que el ser humano es exactamente la suma de sus circunstancias. Pero es que la práctica apabulla y, desde la mañana a la noche, se muestra como una red de relaciones plurales y difíciles entre individuos. De modo que la libertad, si hay tal, se alcanza desde la pluralidad, tiene que nacer y crecer en la pluralidad y solo desde ella podremos intentar que revierta en la individualidad.

Todo esto es lo que justifica la existencia de los códigos. Quiero decir los positivos, porque todo aquello que se ancla en el derecho natural se me escapa y corre el peligro de deshumanizarme y de dejarme a la intemperie, al azar y al antojo del fuerte y del poderoso. Y eso me da más miedo.

La sabiduría popular lo ha resumido a su manera con aquel “tus derechos terminan donde empiezan los de los demás”.

Como ahogarse también en esa colectividad, sin oportunidad para que cada cual ponga su grano de arena y para que organice ilusoriamente un poco su vida personal, el ser humano individual también quedaría reducidísimo, la existencia de esos códigos positivos tienen que tener como fin primordial precisamente el de salvaguardar las posibilidades de cada uno para que nadie se desenganche de la vida y de su propio proyecto de vida.

En ese terreno extraño nos tenemos que mover, en los medios de un albero en el que un morlaco cinqueño nos acosa y nos enseña los cuernos de la muerte. Vamos a torear con tino, con templanza, con quietud, con ánimo y compartiendo aplausos, sin arrimarnos demasiado al morlaco porque nos puede empitonar, pero dejando también que el que quiera se fume su purito, al menos el día de la fiesta del pueblo. O sea, lo de siempre, un poquito de sentido común y de buena voluntad. Por parte de los del tendido del siete, que fuman pero que tienen el futuro legal y sanitario un poco más negro cada día, pero también por el lado de los que se sientan en los tendidos del cuatro, que acaso estén llamando demasiado la atención. Vale.

miércoles, 5 de enero de 2011

¿IDEOLOGÍAS? SÍ, GRACIAS, A PESAR DE TODO

Pues eso, que quiero decir algo más acerca del asunto este de la ideologías.

Porque si las ideologías tienen algún peligro, lo será por la articulación de alguna de ellas, no porque su existencia sea negativa ni nos lleve sin remedio a la eliminación del contrario. De hecho, a muy grandes rasgos, podemos trazar, para la Historia, un camino que nos lleva, desde el caos primigenio, a los mitos, a la religión, al descubrimiento del ser humano como centro de atención, a la elaboración de la razón, a la filosofía, a las ideologías y a su aplicación. Es un resumen brevísimo del desarrollo de la Prehistoria y de la Historia pero creo que bastante cercano a la verdad.

Las primeras culturas siempre nos hablan, bajo una forma u otra, del caos. Ovidio lo recoge, quizás mejor que nadie, en sus Metamorfosis. Los dioses se atreven a ordenar ese caos, siempre a su favor, claro, y dan pie a los mitos para el consuelo del ser humano. Toda la primera parte de la vieja cultura clásica griega se apoya en este esquema. La segunda parte de esta cultura, sobre todo con sus filósofos -cuidado que acaso también dan miedo-, da paso a ese intento de unificación de todo bajo la mirada del dios único. Ahí están las religiones del Libro para dar fe de ello. Y así anduvimos por estos occidentes durante muchos siglos. En algún momento, un grupito de valientes tuvo la osadía de mirarse a sí mismo y de decir aquí estamos nosotros, con un poquito de cabeza y de sentido común, con capacidad para organizar esas ideas y para moldear un sistema de vida. Se pasó entonces de la teología a la filosofía, aunque muy tímidamente, se abrió la ventana de la modernidad (SS XV y XVI) y aparecieron los primeros sistemas que pueden ser llamados realmente filosóficos, y, sobre todo, humanos y humanísticos. Ya tenemos las filosofías en marcha. Solo nos queda dar un pasito más para intentar dar aplicación a esa suma trabada de ideas.

Eso y no otra cosa es una ideología. Y como las ideologías se aplican sobre la realidad, aparecen las formaciones humanas encargadas de ponerlas en práctica, es decir, las formaciones sociales y políticas. Son las diversas concepciones teóricas, es decir, las diversas filosofías e ideologías, las que dan lugar también a la diversidad de organizaciones que podemos describir en nuestras comunidades.

Y ahí andamos, dándole vueltas al asunto, tratando de mejorarlas y de darles aplicaciones más positivas para las sociedades. Que las aplicaciones no son buenas, pues a mejorarlas; que las teorías no están bien construidas, pues a darle al coco y a perfilarlas mejor.

Sucede -porque suceden cosas- que no todas las ideologías miran de la misma forma ni al ser humano ni a las comunidades que forman. Por eso existen muchas y no todas son precisamente iguales. Algunas incluso preconizan “el ocaso de las ideologías”. Y no son más que otra ideología. Cuidado con ellas.

Eliminar esta cadena que tan sucintamente se ha descrito en estas líneas nos devuelve a la noche de los tiempos, al caos informe, a la lucha sin reglas, al instinto y a la victoria del fuerte sin ninguna ventaja para el vencido.

Podremos darles vueltas a todas las concepciones de la vida, a todas las filosofías e ideologías existentes y que vengan más tarde; podremos y deberemos estar atentos a que esas concepciones se adapten a las circunstancias temporales en las que se apliquen, tendremos que denunciar en voz muy alta todos sus abusos. Pero creo que no podremos nunca sustituirlas por otras posibilidades que no anuncian más que desequilibrios e injusticias impensables.

Ayer leíamos textos en homenaje a Miguel Hernández. Alguien pidió la lectura de su poema “Para la libertad”. Qué palabra tan atractiva y también tan dualista. Tengo la misma sospecha que para las ideologías. Hay que tener cuidado con delimitar las condiciones en las que realmente se puede hacer real ese concepto, y ahí discreparemos. Pero no podemos eliminar el horizonte de su significado sin caer en pozos bastante más oscuros y enfangados.

martes, 4 de enero de 2011

IDELOGÍA Y DUALISMO

Me manda Manolo Casadiego, tan generoso como siempre, un correo con el texto de una conferencia del catedrático de medicina en Madrid Francisco J. Rubia. Se lo había remitido a su vez el amigo común Agustín Martín Izard, catedrático de Geología en Oviedo, con el ruego de que me lo reenviara. El título es suficientemente provocativo como para hincarle el diente enseguida: “LA IDEOLOGÍA MOSTRARÍA LA MISMA ESTRUCTURA QUE LA ESQUIZOFRENIA”. Y cito la entradilla, que resume el contenido que desarrollan las páginas del texto: “La característica común de las ideologías es el pensamiento dualista, ligado al funcionamiento de determinadas regiones de la corteza cerebral. La ideología mostraría la misma estructura que la esquizofrenia: la historia no se vive sino que se sueña. Esta visión dualista del mundo, al ser más simple, es fácilmente adoptada por la mayoría de la población, donde queda asentada emocionalmente. Corremos así el riesgo de volver a vivir cualquier otra ideología con sus nefastas consecuencias.”

Releo las líneas anteriores y me quedo perplejo. Comparto muchas de sus palabras pero en absoluto las aparentes consecuencias que en el texto, y aun en la última oración de esta entradilla, se explicitan. Veamos.

Como se hace en el texto, no es malo delimitar qué es lo que se entiende por ideología. No sé si es necesario acudir a los autores que el autor cita, pero sea y valga de nuevo el argumento de autoridad en términos académicos. En realidad creo que el sentido común ordena que una ideología no puede separarse mucho de un conjunto de ideas organizadas racionalmente que trata de dar respuesta a la realidad. Más tarde, si se ha logrado llegar a esa organización, tampoco parece demasiado alejado del sentido común el intento de ponerla en práctica en la realidad para ver si responde la teoría a la realidad vivida.

¿Es real que cualquier ideología se basa en un pensamiento dualista? Sí pero menos. La vida entera se configura en forma de dualidad y corre el peligro de fanatizarse. Pero correr el peligro no significa que se caiga en él por sistema, claro que no.

Los que dedicamos tiempo y ánimos al asunto de la filología bien sabemos que el valor de las palabras tiene mucho de contraste, de oposición, de enfrentamiento con otros significados, que “blanco” es tal por oposición con “negro”, que la significación se nos va entre sinónimos y antónimos y que casi cualquier palabra obtiene su valor solo en su relación con las demás y en comparación con ellas.

¿Quién nos ofrece otra posibilidad menos mala para tratar de interpretar el mundo y para poder sobrevivir en él que una ideología? ¿Cómo navegamos en el tiempo si no es por división y contraste entre el presente, el pasado y el futuro?

De manera que una cosa es el peligro y otra la realidad, una cosa es la afición y otra el forofismo, una cosa es el intento de explicación y otra el maniqueísmo. No sé si el profesor que intenta esta explicación no está incurriendo en un grado mayor de dualismo que el que intenta explicar y contra el que intenta, supongo que con la mejor voluntad, ponernos en guardia.

Los ejemplos que propone, y de los que da algún detalle, son forofismos más que ideologías moldeables: estalinismo y nazismo. ¿Hay alguna forma más dualista que las religiones monoteístas, en las que “quien no está conmigo está contra mí? ¿No explicará buena parte de esta tendencia dualista posterior en la historia occidental el hecho de que durante milenios se nos haya configurado, desde el campo de la religión, casi genéticamente en esa oposición entre bien y mal, pecado y gracia, cielo e infierno y demás zarandajas?

¿Qué es eso de que, en las ideologías, “la historia no se vive sino que se sueña”? No tiene derecho el ser humano a intentar controlar la realidad para dominarla e intentar mejorarla con previsiones racionales y científicas? Si yo me considero inteligente es porque creo tener la capacidad de organizar elementos que no están a mi lado ni en el espacio ni en el tiempo. ¿Dejamos que la realidad corra a su antojo o ponemos coto no a sus leyes sino a la interpretación egoísta que de ellas se hace en beneficio de solo algunos? ¿Olvidamos entonces la ciencia? Claro que quiero “soñar” una historia mejor, sobre todo para mi futuro y para el de mis descendientes.

Vamos a suponer que se eliminan las ideologías y con ellas el dualismo. ¿Qué nos queda? No quiero ni mirar porque me horroriza lo que veo. Solo diviso egoísmo y enfrentamiento, vencedores y vencidos, poderosos y débiles, ley del más fuerte, egoísmo como principio de actuación. Ojo, que este principio ya existe como teoría. Y es otra ideología. Una ideología que ni comparto ni me interesa.

Yo mismo no dejo de predicar para que las organizaciones políticas se basen en una suma de conceptos organizados racionalmente que traten de explicar y de ordenar la realidad, o sea, en alguna ideología.

Cómo me gustaría departir sobre estos temas, en torno de una mesa y un refresco, cualquier día, con tiempo y en reposo, buscando variables y limando asperezas, procurando evitar los forofismos y las dualidades, a la sombra del sol nítido pero con alguna nube en el horizonte, con la mejor voluntad de todos. Ah, y para darle las gracias al profesor Francisco J. Rubia por advertirnos de los peligros que se adivinan cuando se extreman y se “dualizan” las ideologías. Ya habrá tiempo.

lunes, 3 de enero de 2011

OTRA OPINIÓN SOBRE UNAMUNO

Leo las siguientes opiniones de Joan Fuster acerca de Unamuno, “Contra Unamuno y los demás”, Ediciones de Bolsillo:

“Don Miguel de Unamuno es algo así como una Conchita Bautista de la cultura. Y que conste que no se trata de un “juicio” sino de un intento de descripción.”

“¿Fue de verdad “filósofo” -un filósofo como Dios manda- el profesor Unamuno?”

“Y es igualmente probable que la alusión a la señorita Bautista también peque de inexacta. ¿No sería mejor Carmen Sevilla?”

“Pienso, sobre todo, en una de las cantantes de trapío, televisivas y enérgicas, que tan a menudo cosechan éxitos en festivales remotos ( …) Ni la Niña de los Peines ni doña Concepción Piquer, en sus respectivas especialidades, no habrían logrado esas adhesiones, por supuesto, pero las chicas a que me refiero aprovechan algunos trucos “modernos”, y la mezcla deliberada da resultados infalibles. A su modo, don Miguel hizo otro tanto.”

“A este lado de las aduanas -y no excluyo Lugo, Sabadell, Ondárroa o Gandía, naturalmente-, los problemas que obsesionaban a don Miguel aún eran de circulación más o menos habitual, y es lógico que obtuvieran una acogida de debate. En otras latitudes era inconcebible algo parecido. Cuando Europa se entregó al vicio literario-metafísico del existencialismo, los papeles de Unamuno dieron la impresión de adquirir una vigencia nueva: cosmopolita. El quidproquó fue divertido: algunos comentaristas tomaron el rábano por las hojas, y quisieron colocar a don Miguel en medio de aquella pequeña efervescencia. Y don Miguel no era un existencialista: era la Niña de los Peines y Conchita Piquer en una sola pieza, un fenómeno marginal y aberrante.”

Son opiniones vertidas por escrito hace treinta y cinco años. Y solo copio algunas porque el rosario de improperios abarca todos los misterios, incluidos los dolorosos.

Las opiniones no provienen de ningún iletrado ni de ningún tres al cuarto. Otra cosa es que respondan a la verdad o que tengan que ser compartidas. Yo, por ejemplo, no las comparto. Me sugieren dos tipos de consideraciones.

La primera es la de que no se puede arrasar de este modo con todo un esfuerzo denodado por mostrar y hasta por practicar una suma de ideas que tenían como centro y como fin al propio ser humano, aunque este siempre tuviera los límites de un nombre y de unos apellidos: Miguel de Unamuno y Jugo. Se podrá hablar de equivocación pero no de indolencia ni de empeño, se podrán criticar partes y hasta métodos pero no se puede quemar en la hoguera la totalidad. A mí -ya lo he dicho muchas veces- me parece Unamuno un ser contradictorio pero genial también, me entusiasma muchas más veces que las que me produce rechazo, me incita al pensamiento -y a la acción- mucho más que filósofos mucho más ortodoxos o hasta reconocidos. Poco tiene que hacer Kant ante Unamuno, por ejemplo, a la hora de llamarme y hasta de mandarme, de provocarme y de inducirme. Unamuno es todo corazón y también todo espectáculo, es todo teatro porque es todo tragedia, es tanto más denso cuanto más humano se muestra, que es siempre. No, no se puede ser tan cruel con un ser tan apasionado y tan apasionante.

La segunda consideración tiene que ver con el falso pero abundantísimo producto que a ciertos pensadores históricos se les ha sacado. Unamuno, para ello, es un caso de los más significativos. Salamanca y todo lo que huele oficialmente a cultura parece que sigue al dictado nominal del rector; su evocación es demasiado frecuente, como si no se pudiera caminar sin él. Como además dio paletadas en todas las paredes, pues ha servido lo mismo para un roto que para un descosido. Y ahí sigue.

Yo seguiré mirando a don Miguel, supongo que lo seguiré admirando casi siempre y rechazando con alguna frecuencia pues me parece contradictorio, lo repito.

No me gustan estas descalificaciones tan genéricas ni tan poco recatadas, pero en los textos sigue estando la respuesta. A ellos, pues.

domingo, 2 de enero de 2011

NI EN SOL NI EN FA

A mí no me ha dado mucho el tiempo para pasarme algunas horas de francachela en estas noches de fiesta y en estos días de solaz. En realidad es que me trae muy al fresco casi todo lo que se cocina en los entresijos de estas fiestas y no digamos ya en el sistema que las sustenta. Me resulta cada vez más evidente que no quiero ni siquiera combatirlo, ni llevar la contraria a quienes tan bien se lo pasan siguiendo las actividades y las costumbres de la mayoría. Es que sencillamente no me importan nada y no me siento atraído por casi nada de lo que veo. Me conformo con estar con mi familia más próxima, con pensar en otras personas que querría tener cerca y que, para mi desconsuelo, o no están o no van a estar ya nunca. Lo demás ni lo entiendo ni ya realizo esfuerzos por entenderlo.

Conservo, eso sí, alguna actividad muy particular, como la de dar un paseo el día de Noche Vieja, después del ritual de las campanadas, para, desde la oscuridad y en contraste con los ruidos de enfrente, mirar hacia el cielo, ver las estrellas y pasear un rato en silencio pensando en la tontería que para la naturaleza supone esta noche. Entonces se me acumulan recuerdos y se me resumen algunas ideas que me persiguen y que no terminan de darme sosiego sino tal vez cada día un poco más de seguridad en que nunca voy a dar con la meta que busco sin saber bien cómo. Vale.

El caso es que en los dos últimos días del año, ya viejo, he dedicado horas a la lectura de Las Confesiones, de San Agustín, obra reconocida en la historia del pensamiento cristiano. Prometo que la he leído procurando no exteriorizar prejuicios para que mi mente se sienta receptiva y hasta mí lleguen todas las enseñanzas posibles. Incluso hasta practico el “tolle, lege; tolle, lege”. Pues no hay manera.
Admito en el autor la mejor voluntad, no discuto que, para la práctica religiosa, las “ideas” que en la obra se describen resulten muy prácticas y especialmente consoladoras y hasta entusiasmantes. Pero en mi pequeña mente no caben ni resisten un análisis mínimamente riguroso.

Sigo evidenciando También aquí una raíz para el Dios de oposición de bien y de mal, de amenaza continua para el ser que no practica de acuerdo con las interpretaciones de las jerarquías, de anulación del ser humano por el sometimiento irracional y contradictorio…

Aun dejando a un lado la explicación razonada de la misma existencia de ese Dios, ¿cómo es posible ni siquiera imaginarlo desde perspectivas de pecado y de castigo?, ¿quién se atreve a considerar la realidad de un castigo eterno en un ser infinitamente bondadoso?, ¿a quién se le ocurre ese cuento de jugar con seres a buenos y malos, a pruebas de a ver si te pillo o no te dejas pillar? ¿Por qué hay que degradar a ese Dios de esa manera?, ¿a qué intereses obedece esta concepción y esta explicación? Porque la Iglesia y los concilios siempre han andado muy cerca de las estructuras de poder, de los Estados y propias. ¿No será porque estas interpretaciones sirven muy bien a la resignación y al funcionamiento de las comunidades, y evitan en buena parte sus luchas internas? Según el obispo de Alcalá, hasta favorecen la resignación y aminoran las víctimas de la violencia doméstica. Qué risa.

No me gustaría interpretar los textos fuera de su contexto histórico, y sé que el de esta obra es el siglo cuarto, es el momento de la decadencia del imperio romano, y es el momento de cambio de estructuras, tan apropiado para modificar también las influencias religiosas en las nuevas realidades sociales y políticas. No en vano, Agustín de Hipona escribió La Ciudad de Dios con la clara intención de incardinar la ciudad de los hombres en esa ciudad ideal y religiosa.

Frente a esta incomprensión racional, tengo que seguir confesando que hay prácticas de liturgia que me agradan, que me serenan, que me llenan los sentidos, que me aquietan, que me hacen sentir complacencia, que… Como hay también paseos que me hacen respirar profundo o me hacen extender la vista y me llenan de contento.

En fin, es otra vez solo un apunte que encierra algo más largo y sistemático. Tal vez para otro día y para otro sitio

sábado, 1 de enero de 2011

BALANCE

Yo no sé hacer balances porque no sé de cuentas
-o ejerzo de ignorante, que parece lo mismo-,
quiero decir de cuentas que ofrecen beneficios,
que invierten y reparten dividendos.

Sé que en el giro circular que ocupa un año
ha calentado el sol y han pasado los días,
se han cerrado las noches y abierto las auroras,
ha habido días fríos y tardes de paseo y de alimento,
he buscado con ansia
-y a veces con algún desasosiego-
el regalo secreto de la sabiduría,
dejé de andar sujeto al son irrenunciable de las horas,
vi crecer otras vidas y olvidar el recuerdo de otras muchas,
seguí sintiendo amor y apoyo estable
en quien me lo ha ofrecido tanto tiempo
y tuve la certeza de que el fruto sabroso y sazonado
del árbol delicioso de la sabiduría
sigue siendo el que indica en su etiqueta
“querer y ser querido”, sin más, pero sin menos.

Me esforcé muchos días en este noble empeño
de jugar dulces juegos con ideas y palabras,
me hice un año más viejo -perdonad por lo obvio-
y sigo aquí en el puesto para poder contarlo.

En fin, ya veis, no es poco, para el tiempo que corre.

Así que miraré al horizonte en dos mil once
y seguiré contando lo que depare el tiempo,
ese tiempo sin causa que me habita
con límites difusos y con espacios lentos.

Bal-ada bal-anceándose en tenues bal-buceos,
An-áfora en an-tigua an-alogía,
Ce-lebración ce-leste ce-cuciente.