Estas malditas brujas binarias del ordenador me acaban de borrar mis líneas y me dejan un buen enfado encima. De modo que resumo. He subido con Jesús, “Trucho”, hasta el Cancho de la Muela, para despedir el año bebiendo unos benjamines. Manolo está malito en casa y no nos ha acompañado. He pisado neveros en el ascenso siguiendo las huellas que me marcaba Trucho. En lo alto de la inmensa roca he mirado hacia el horizonte en todas direcciones y he sentido que el mundo se hacía chico, que me cabía en los brazos y que yo lo encogía un poco más para darle un abrazo agradecido. Me cabía todo el mundo, todo. Y me sentí contento por momentos, lo juro, me lo juro. Qué hermoso es no sentir rencor por nada. Yo sé que suenan ruidos por el mundo, que mi imagen no siempre es positiva, pero en esos momentos me refugié en mí mismo, y me vi más extenso.
Aún me queda otro paseo tranquilo cuando suelen las doce y el bullicio se apodere de todos los espacios. Bueno, de casi todos. A mí me dejarán un caminito oscuro cerca de la estación y allí andaré un ratito, por contraste, preguntándole al cielo qué tiene que decirme sobre la Nochevieja. Es paseo bien sabroso; lo sé por otros años.
Y en medio está mi madre. Iré a estar con ella esta tarde en Salamanca. Es ella mi otro mundo, una condensación de tantas cosas que me tiene cogida la medida y no me deja a solas ni un momento.
Así que desde el Cancho, desde la estación de ferrocarril de Béjar o desde Salamanca, me deseo y deseo a todo el que quepa en mi abrazo un feliz año. Pues eso.
miércoles, 31 de diciembre de 2008
martes, 30 de diciembre de 2008
YAHVÉ Y ALÁ JUEGAN AL TIRO AL PLATO
De la zona de Oriente Medio siguen llegando sones de guerra. Quizás desde la época de la leyenda de David y Goliat no han cesado del todo y las hondas siguen ejercitándose en un lenguaje que se conocen hasta los más inexpertos del lugar. Lo malo es que, desde hace algún tiempo, es David el que le ha arrebatado el poder a Goliat y le ha dejado con un palmo de narices y con su honda como consuelo, por si la quiere utilizar contra él mientras este se ríe y le da collejas a diestro y siniestro o, si se enfada -que tiene muy mala leche-, le sacude hostias por todas partes o sencillamente lo despelleja y lo deja tirado en el suelo a merced de los grajos.
Antes lo supervisaba todo Yahvé y distribuía juego desde el medio del campo según sus secretas leyes, aunque decían los papeles que siempre a favor del equipo de Israel, que para eso jugaba siempre en casa. Ahora le ha salido un competidor que le levanta la cara y le hace frente. Es Alá, que también organiza a los suyos y los entrena para ver la forma de que suban de las categorías regionales a una división nacional. De momento estos se entrenan en campos de tierra y con zapatillas rotas, juegan al tiro al blanco con piedras y la mitad de las veces se dan a sí mismos en la cabeza. Pero ahí siguen, impertérritos, tratando de despertar al monstruo con cosquillas y pequeños arañazos. Cuando este despierta y tiene hambre, se pega cada festín que deja a los del otro equipo diezmados y con cara de bobos.
En esto hay que reconocer que Yahvé lleva muchos años de ventaja. Y eso se nota. Las tácticas son más sofisticadas, los árbitros están bien aleccionados y las concentraciones se realizan en los mejores hoteles. En cambio Alá tiene que aprender mucho todavía. Le falta aún un buen libro de instrucciones, unas tácticas ordenadas, alguna equipación siquiera decente para sacarse una foto en color y alguna influencia en los organismos deportivos.
Mientras se despellejan los dos equipos, Yahvé y Alá juegan al tiro al plato en los campos palestinos, se toman una copita, Yahvé le enseña alguna táctica y Alá se queda algo amorcillado con los grados del alcohol.
N.B. La copa se la toman a escondidas para que no se enfaden sus clientes, pues estos tienen prohibido el alcohol y andan a pan y agua. Ah, y se descojonan de risa por el suelo, que los he visto yo.
lunes, 29 de diciembre de 2008
COLÓN, COLÓN, Y SUS HIJOS CRISTOBALITOS
Ayer tuve la oportunidad de oír durante unos breves minutos, a través de una emisora de televisión adicta al asunto, la perorata del cardenal Rouco a los asistentes a la plaza de Colón de Madrid. Una llamada inoportuna me impidió seguir todo el responso, pero lo fundamental lo oyeron mis orejas, y los medios se han encargado de difundirlo a los cuatro vientos.
Todavía hay que gastar el tiempo en obviedades como la de que tienen todo el derecho del mundo a manifestar y lanzar a los cuatro vientos sus opiniones y sus creencias. Por cierto, no es exactamente lo mismo una opinión que una creencia. Así que sea y no volvamos a ello.
Media jerarquía y un buen número de fieles, llegados con todo su esfuerzo desde todos los lugares de España, parecían querer reafirmar públicamente su concepción de la familia. Hasta ahí ¿quién puede oponer ninguna cortapisa? Que vayan y se diviertan, que se junten y se animen mutuamente, que vivan su vida y hasta que traten de animar a los demás a que también la vivan de esa manera. A nuestra manera, un poco lo hacemos todos con nuestras cosas. Hasta aquí yo también me sumo a los cristobalitos. Pero hasta ahí, ni un paso más.
El choque de civilizaciones se produce cuando queremos imponer nuestro modelo como único y para ello cercenamos las posibilidades y los deseos de los demás, siendo así que a nosotros no nos molestan para nada. Y aquí, una vez más, y el número ya es infinito, entran en juego los asuntos religiosos y los monoteísmos como ley de vida. Todos terminan en la exclusión y en el rechazo más absoluto Y en cuanto se les afloja un poco la cuerda -ahí está la Historia para demostrarlo-, en nombre de esos absolutos basados en elementos irracionales, desatan todo el diluvio universal en forma de torturas, muertes e injusticias sociales.
Que toda esta gente quiere solo el matrimonio entre hombre y mujer, coño, pues que lo ejerciten y no vayan tanto de putas de alto copete. Que no son partidarios del divorcio, coño, que no se divorcien (que se han aprendido el camino y no paran). Que el aborto les parece un crimen, coño, que no lo practiquen ni inviertan en acciones para construir clínicas en las que se aborte, aunque sus cuentas de resultados sean un poco menos orondas; que sumen esfuerzos para cambiar una ley aprobada en el parlamento por mayoría.
De nuevo se quiere imponer eso que llaman ley natural, que hacen aflorar y que interpretan a su manera y conveniencia, con sus sátrapas misteriosos y únicos, a la ley positiva, democrática y racional. Y así el entendimiento es difícil, o más bien imposible.
Tampoco quisiera yo simplificar demasiado el asunto porque la discusión ley natural frente a ley positiva viene de lejos y nada hay del todo solucionado, pero nunca desde esa irracionalidad y desde ese fanatismo. La ley natural, si tiene que ser, lo será desde la racionalidad, no desde las gilipolleces.
¿Por qué no se habla de la esencia del matrimonio como acto de convivencia y de amor? Los muy míseros se quedan en las formas y olvidan lo esencial. Tal vez porque
no tengan demasiado que ofrecer a tantos matrimonios “no tradicionales ni bíblicos” sino más bien mucho que aprender de su sensibilidad y de su vida. ¿Qué se han creído estos tipos, que los que no estaban en Colón no quieren a sus hijos ni se esfuerzan en la convivencia día a día? Eso sí que es un insulto farisaico.
Por cierto, ¿repasamos las relaciones familiares de Jesús con su familia según los datos bíblicos? Alucinantes.
Y una última y eterna pregunta que me formulo siempre: ¿Qué cojones saben Rouco y los suyos de familias? ¿Acaso tienen hijos estos padres? En fin.
Todavía hay que gastar el tiempo en obviedades como la de que tienen todo el derecho del mundo a manifestar y lanzar a los cuatro vientos sus opiniones y sus creencias. Por cierto, no es exactamente lo mismo una opinión que una creencia. Así que sea y no volvamos a ello.
Media jerarquía y un buen número de fieles, llegados con todo su esfuerzo desde todos los lugares de España, parecían querer reafirmar públicamente su concepción de la familia. Hasta ahí ¿quién puede oponer ninguna cortapisa? Que vayan y se diviertan, que se junten y se animen mutuamente, que vivan su vida y hasta que traten de animar a los demás a que también la vivan de esa manera. A nuestra manera, un poco lo hacemos todos con nuestras cosas. Hasta aquí yo también me sumo a los cristobalitos. Pero hasta ahí, ni un paso más.
El choque de civilizaciones se produce cuando queremos imponer nuestro modelo como único y para ello cercenamos las posibilidades y los deseos de los demás, siendo así que a nosotros no nos molestan para nada. Y aquí, una vez más, y el número ya es infinito, entran en juego los asuntos religiosos y los monoteísmos como ley de vida. Todos terminan en la exclusión y en el rechazo más absoluto Y en cuanto se les afloja un poco la cuerda -ahí está la Historia para demostrarlo-, en nombre de esos absolutos basados en elementos irracionales, desatan todo el diluvio universal en forma de torturas, muertes e injusticias sociales.
Que toda esta gente quiere solo el matrimonio entre hombre y mujer, coño, pues que lo ejerciten y no vayan tanto de putas de alto copete. Que no son partidarios del divorcio, coño, que no se divorcien (que se han aprendido el camino y no paran). Que el aborto les parece un crimen, coño, que no lo practiquen ni inviertan en acciones para construir clínicas en las que se aborte, aunque sus cuentas de resultados sean un poco menos orondas; que sumen esfuerzos para cambiar una ley aprobada en el parlamento por mayoría.
De nuevo se quiere imponer eso que llaman ley natural, que hacen aflorar y que interpretan a su manera y conveniencia, con sus sátrapas misteriosos y únicos, a la ley positiva, democrática y racional. Y así el entendimiento es difícil, o más bien imposible.
Tampoco quisiera yo simplificar demasiado el asunto porque la discusión ley natural frente a ley positiva viene de lejos y nada hay del todo solucionado, pero nunca desde esa irracionalidad y desde ese fanatismo. La ley natural, si tiene que ser, lo será desde la racionalidad, no desde las gilipolleces.
¿Por qué no se habla de la esencia del matrimonio como acto de convivencia y de amor? Los muy míseros se quedan en las formas y olvidan lo esencial. Tal vez porque
no tengan demasiado que ofrecer a tantos matrimonios “no tradicionales ni bíblicos” sino más bien mucho que aprender de su sensibilidad y de su vida. ¿Qué se han creído estos tipos, que los que no estaban en Colón no quieren a sus hijos ni se esfuerzan en la convivencia día a día? Eso sí que es un insulto farisaico.
Por cierto, ¿repasamos las relaciones familiares de Jesús con su familia según los datos bíblicos? Alucinantes.
Y una última y eterna pregunta que me formulo siempre: ¿Qué cojones saben Rouco y los suyos de familias? ¿Acaso tienen hijos estos padres? En fin.
domingo, 28 de diciembre de 2008
AQUÍ, SIN HACER NADA
Qué día de contrastes este de finales de diciembre. Mis hijos se marcharon y nos dejaron solos y solitarios, silenciosos y mustios. Es verdad que volverán enseguida, pero a estas despedidas no me acostumbro del todo nunca. Mi madre ha estado nerviosa cuando la he ido a visitar por la tarde, y no lo paso bien en esa situación. No entiendo para ella (creo que para nadie) ni un solo gramo de sufrimiento, y la certeza de que este se produce provoca en mí unos desajustes que no puedo explicar y que me sumergen en un pozo de niebla y de preguntas. Menos mal que al menos descubro voluntades que en otros tiempos me han parecido más remisas y que ahora las veo más solícitas y dispuestas a la compañía y a la ayuda. Algo es algo.
Y vuelvo hasta mi casa y me refugio de nuevo en mis adentros. Y me siento rarísimo también en este año de crisis que termina. Predican las doctrinas más al uso que hay que darle aire al dinero. De esa manera circulan los capitales y dicen que se genera más trabajo y más consumo. Yo no entiendo ni torta, y esto lo entiendo menos. ¿Qué hago yo con unos ahorrillos, conseguidos más por inercia, por estilo de vida y por falta de consumo que por deseos y estrategias? Pero si hasta mi amigo banquero José Manuel me riñe por no ponerlos en no sé qué cuentas que me rendirían no sé qué dinero. Y yo como un imbécil en una cuenta al día y sin intereses. ¿Y qué hago que no cambio de coche pues el mío tiene más de dieciséis años? Debería cambiarlo cada ocho para así generar más producción y más empleo. Me surge una duda metódica que seguro que alguien me podría solucionar: ¿Y por qué no lo cambio cada seis meses -o cada seis semanas- y así la actividad de fabricación se tornaría frenética? Incluso cada seis días ya que andamos en tiempos de crisis. Seguro que algo semejante habría que hacer con los alimentos. En vez de comprar dos kilos de fruta, vengan dos arrobas. Lo que no comamos lo tiramos por la ventana. Venga, que los árboles produzcan más y que se elimine el paro en el campo. Y si de edificar se trata, a por tres casas cada cual y se acabó la crisis del ladrillo.
Lo que digo, yo soy un tipo tan raro que no entiendo nada de nada. Así me va, claro. La verdad es que miro al mundo y no noto que le vaya tan bien precisamente. Hay gente que asegura que otro modelo de crecimiento y de vida es posible. Me gustaría estar con ellos. Es más, creo que lo estoy. Claro que entonces, la publicidad, el mundo del negocio por el negocio y la escala de valores que nos mece en la modorra sospecho que las iban a pasar putas. ¿Sospecho?
Y vuelvo hasta mi casa y me refugio de nuevo en mis adentros. Y me siento rarísimo también en este año de crisis que termina. Predican las doctrinas más al uso que hay que darle aire al dinero. De esa manera circulan los capitales y dicen que se genera más trabajo y más consumo. Yo no entiendo ni torta, y esto lo entiendo menos. ¿Qué hago yo con unos ahorrillos, conseguidos más por inercia, por estilo de vida y por falta de consumo que por deseos y estrategias? Pero si hasta mi amigo banquero José Manuel me riñe por no ponerlos en no sé qué cuentas que me rendirían no sé qué dinero. Y yo como un imbécil en una cuenta al día y sin intereses. ¿Y qué hago que no cambio de coche pues el mío tiene más de dieciséis años? Debería cambiarlo cada ocho para así generar más producción y más empleo. Me surge una duda metódica que seguro que alguien me podría solucionar: ¿Y por qué no lo cambio cada seis meses -o cada seis semanas- y así la actividad de fabricación se tornaría frenética? Incluso cada seis días ya que andamos en tiempos de crisis. Seguro que algo semejante habría que hacer con los alimentos. En vez de comprar dos kilos de fruta, vengan dos arrobas. Lo que no comamos lo tiramos por la ventana. Venga, que los árboles produzcan más y que se elimine el paro en el campo. Y si de edificar se trata, a por tres casas cada cual y se acabó la crisis del ladrillo.
Lo que digo, yo soy un tipo tan raro que no entiendo nada de nada. Así me va, claro. La verdad es que miro al mundo y no noto que le vaya tan bien precisamente. Hay gente que asegura que otro modelo de crecimiento y de vida es posible. Me gustaría estar con ellos. Es más, creo que lo estoy. Claro que entonces, la publicidad, el mundo del negocio por el negocio y la escala de valores que nos mece en la modorra sospecho que las iban a pasar putas. ¿Sospecho?
sábado, 27 de diciembre de 2008
EN UN EMPEÑO VANO
Te sigues preguntando sin descanso por esas fuentes que te proporcionen agua fresca para saciar tu sed. Porque sigues buscando el fin último para todo lo que sucede a tu alrededor y en ti mismo. Seguramente es un empeño vano pero tú desearías tener un momento de lucidez en el que por fin pudieras decir aquí me quedo porque esto es definitivo. Nada nuevo, claro, aunque el hecho de ser uno más en el empeño no te reste ni una miajinina de intensidad ni de angustia.
Porque andas siempre con la mosca detrás de la oreja, tal vez con el deseo más que con otra cosa, de que esto tenga un orden y alguna explicación más convincente. Y, si el autor es alguien -para ejercer de relojero, para ponerlo todo en hora o simplemente para procurar dar las campanadas-, ¿por qué coño no se explica mejor y de manera más sencilla? ¿Qué nos quiere ocultar? ¿Acaso la verdad es tan terrible?
Tu mente, pequeñita, se sorprende pensando en este asunto muchas veces. Siempre con la conclusión del sinsentido y de la angustia última, con el deseo de probar del árbol de la ciencia. O del que sea, coño, pero que te abra luces y desbroce caminos para que puedas hollarlos con sensación alegre y lejos de las dudas permanentes.
Mientras tanto te sumerges en datos muy parciales e intentas capear el temporal como mejor te cuadre, desnortado, sin rumbo, a palo limpio, cayendo y levantándote sin saber si haces bien o estás equivocado. ¿Por qué esta soledad y esta pérdida absoluta de señales? Estás dispuesto a desprenderte de esa cosa rara que se llama libre albedrío y a convertirte en esclavo con tal de que se te enseñe el fin último de todo lo que haces. Sabes que lo que dices es acaso terrible, pero te sientes un muñeco de feria al que le dan todos los golpes en la cara. ¿Quién juega contigo a un juego tan macabro?
Acaso eres tú mismo que no sabes distanciarte ni poner una cerca entre estas ideas extrañas y el discurrir diario, ese que te aproxima a las cosas menudas en las que gastas el tiempo sin saber bien por qué ni para qué. Te acuerdas ahora de Kierkegaard y de Unamuno, de Sartre y de Nietzsche. Y te refugias en Séneca, que hoy te ha regalado la lectura de sus “Cartas morales a Lucilio”. Y así vas tirando, que no es poco.
Porque andas siempre con la mosca detrás de la oreja, tal vez con el deseo más que con otra cosa, de que esto tenga un orden y alguna explicación más convincente. Y, si el autor es alguien -para ejercer de relojero, para ponerlo todo en hora o simplemente para procurar dar las campanadas-, ¿por qué coño no se explica mejor y de manera más sencilla? ¿Qué nos quiere ocultar? ¿Acaso la verdad es tan terrible?
Tu mente, pequeñita, se sorprende pensando en este asunto muchas veces. Siempre con la conclusión del sinsentido y de la angustia última, con el deseo de probar del árbol de la ciencia. O del que sea, coño, pero que te abra luces y desbroce caminos para que puedas hollarlos con sensación alegre y lejos de las dudas permanentes.
Mientras tanto te sumerges en datos muy parciales e intentas capear el temporal como mejor te cuadre, desnortado, sin rumbo, a palo limpio, cayendo y levantándote sin saber si haces bien o estás equivocado. ¿Por qué esta soledad y esta pérdida absoluta de señales? Estás dispuesto a desprenderte de esa cosa rara que se llama libre albedrío y a convertirte en esclavo con tal de que se te enseñe el fin último de todo lo que haces. Sabes que lo que dices es acaso terrible, pero te sientes un muñeco de feria al que le dan todos los golpes en la cara. ¿Quién juega contigo a un juego tan macabro?
Acaso eres tú mismo que no sabes distanciarte ni poner una cerca entre estas ideas extrañas y el discurrir diario, ese que te aproxima a las cosas menudas en las que gastas el tiempo sin saber bien por qué ni para qué. Te acuerdas ahora de Kierkegaard y de Unamuno, de Sartre y de Nietzsche. Y te refugias en Séneca, que hoy te ha regalado la lectura de sus “Cartas morales a Lucilio”. Y así vas tirando, que no es poco.
viernes, 26 de diciembre de 2008
¿Y LOS VILLANCICOS?
Me pregunto por la causa que me explique por qué no escucho ni un solo villancico en los medios en los que me muevo. Da la impresión de que hemos pasado del todo a la nada, del día a la noche o de la noche al día. En los ambientes académicos se solía cantar algo a los postres de cualquier periodo o incluso se organizaba alguna muestra un poco más formal. Algo parecido sucedía en las casas en torno de las comidas. De repente parece que todo ha desaparecido. No me parece nada bien este hecho. Una tradición secular hay que modificarla con el tiempo justo, con la calma necesaria y con el sosiego y la serenidad que ayude a que no duela a nadie. Me parece mentira que seamos algunos de los que más abogamos por eliminar los dogmas y por no detenerse más que en los principios universales los que tengamos que defender también esto.
Hay piezas literarias con el marchamo de villancicos sencillamente admirables. Los principales creadores de nuestra literatura se han detenido a crear piezas de este estilo. Existen villancicos de todo tipo, algunos con un contenido social intensísimo: no todos son ñoños y melifluos. Suelo dedicar al menos una sesión completa con mis alumnos a recordar algunas de estas piezas en un recorrido que vertebra toda la historia de la literatura. Y ya me encuentro raro, precisamente al lado de los más pacatos y encogidos del lugar. Algunos años hasta he escrito alguna composición navideña como felicitación. Ya ni me atrevo a ello porque no encuentro el ambiente adecuado. ¿Por qué sucede todo esto? Por cierto, la historia del villancico como creación literaria es hermosísima y no siempre ha representado lo que representa ahora, o ya deja de representar. ¿La conocerá mucha gente?
En fin, que también en esta arista me encuentro extraño y sin rumbo, alejado de tanta moda que -según mi impresión- tanto se deja llevar para un sitio como para el otro. Así que, por un rato al menos, me refugiaré en Lope, en Montesinos, en Luis Rosales, en Miguel Hernández… y hasta en mí mismo, y me dejaré llevar por otros sones, y evocaré otras imágenes, y actualizaré otros tiempos y otros espacios, y volveré a la vida después de haberme engañado conscientemente.
Por lo demás, comidas y conversaciones, buenos ratos familiares. Otro hecho que, sin pasarse, yo también reivindico frente al chiste fácil o tal vez frente a las experiencias negativas que yo nunca he sufrido. Que lo digan si no mis más próximos sin los cuales mi vida sería otra cosa bien distinta. Y hasta nuestros You y Malik, que ya son de la familia también. Vale.
miércoles, 24 de diciembre de 2008
HOY, PARA MÍ, DOS PARTES

Acabo de llegar de los Picos de Valdesangil (zona de Piquitos). Ducha, colocación de mis utensilios y a las teclas.
Hoy, para mí, el día tiene dos partes bien diferenciadas. La mañana me ha llevado a la cima, a contemplar la sierra cara al sol, a ver de frente el blancor de la nieve, a divisar las figuras del humo en la ladera del Castañar y en la Centena, a contemplar las inmensas llanuras del Sangusín y a sentir disgregados los pequeños pueblos por ellas, a imaginar las sierras de la Peña y los pueblos que se acuestan en su ladera, y a saludar de lejos la cima del Almanzor allá en Gredos. A mis espaldas quedaban todas las llanuras que se extienden hasta Salamanca y Ciudad Rodrigo. Qué panorama hermoso. Todo lo bañaba un sol de oro y una luz diáfana de las del otoño bejarano, ese otoño infinito en los días de luz. Desde aquel alto, la vista se perdía, pero el corazón se encontraba consigo mismo y con la naturaleza, con su pequeñez y con su consciencia de lo estrecho del tiempo y del espacio. Hasta allí hemos subido para brindar con nuestros benjamines (para nosotros pequeñas botellas de champán). Y lo hemos hecho mirando al infinito, procurando abarcar a todo el mundo sin excepciones. De hecho hemos alzado nuestros vasos de acero en honor de todo lo que cupiera en nuestra imaginación. Y aseguro que el brindis era un poco más gozoso de esta manera, que aquello sabía de otra forma y que el té de sabores que Manolo llevaba esta vez se había dejado tomar por la fuerza del tomillo de los Picos.
La tarde será otra cosa. Iré a ver a mi madre y sentiré su ausencia en esta noche. Y sentiré otras ausencias que se producen por primera vez. Y, como quiero querer y que me quieran, también brindaré por ellas, las abrazaré fuerte y acaso algún suspiro se escapará escondido.
Después, otra vez a la vida, a ver nacer los días y transcurrir las horas, a dejarme llevar por ese río que sigue sin descanso, a las lecturas, a charlar con mis hijos unas horas, a las tareas domésticas…, a ver pasar el tiempo. Que es lo que siempre pasa.
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