domingo, 13 de febrero de 2011

SE NECESITA UNA ÉTICA COMÚN

Parece evidente que hemos superado las etapas de código moral único, que cada sociedad, y cada individuo dentro de cada sociedad, desarrolla un comportamiento en parte diferente del de los demás componentes. Quizás solo nos quede una conciencia indirecta y débil de las épocas en las que todo se hacía dependiente de una fuerza centrífuga superior que, como una luz potente, expandía rayos y recogía a su vez y absorbía, en fuerza centrípeta, todo lo que de luminoso se pudiera producir. Da la feliz impresión de que hasta en los países de confesión musulmana se está produciendo ahora mismo el estallido colectivo que demuestra esta evidencia. En Occidente, a la conformación de este fenómeno de fragmentación es a lo que realmente llamamos Posmodernismo.

Esta falta de unidad moral, visible, por otra parte, en cualquier otra comunidad más próxima y pequeña (familia, amigos…) ha dado lugar a una variedad casi infinita y a la dificultad de encontrar puntos de encuentro en la selva de posibilidades. Cada día se extiende más el campo de las variables que tenemos que ver, consentir y permitir, cuando no aplaudir, en nuestras relaciones.

Como la multiplicación de las variantes no puede perderse en el horizonte y multiplicarse hasta el infinito del relativismo moral, cabe preguntarse si no es realmente posible encontrar algunos puntos básicos en los que ponernos de acuerdo y que tengamos que respetar todos.

Cada día se antoja una tarea más difícil. Pero la dificultad no exige el rendimiento. Más bien parece necesario de todo punto alcanzar ese decálogo, pentálogo o tetrálogo que nos permita sencillamente sobrevivir, tener una hoja de ruta y saber en qué estación del camino nos encontramos cuando entablamos una relación, sencilla o compleja, con cualquier semejante. Además, tal vez se pueda asegurar que, sin esos elementos de ética y moral mínimos, la pluralidad realmente ni existe ni se puede practicar pues en lo que realmente nos sumergimos es en una suma caótica de morales individuales exclusivas y excluyentes. Eso nos llevaría sin remedio al caos y a la ley del más fuerte como expresión de un individualismo mal entendido.

Para la supervivencia de todos, para que no se imponga porque sí la ley del más fuerte, para que podamos avanzar en la dignificación del ser humano, necesitamos urgentemente la señalización de algún decálogo e imposición universal.

Seguramente nuestra imaginación se vaya instintivamente al decálogo de lo que llamamos Derechos Humanos. No está mal. Significaría que alguna formulación ya está cumplida. Pero deberíamos inmediatamente al menos exigir su cumplimiento. Y no olvidar que ese catálogo se ha ido no restringiendo, sino ampliando con el tiempo, como muestra de la sensación de que, en realidad, todo lo que no signifique igualdad de oportunidades se pierde en la confusión y en la injusticia.

Habría, pues, que tener mucho cuidado con la reclamación de los derechos individuales si no se entienden como derechos de todos los individuos de una comunidad, aunque sea en aplicación personalizada. Asistimos cada día a esa exigencia por parte de los más poderosos, por parte de aquellos que más provecho le sacan a una aplicación mal entendida de esos derechos.

Necesitamos, hoy más que nunca, en el momento en el que hemos sustituido en alguna medida el monoteísmo religioso, del que emana una moral única e impuesta, por otro monoteísmo de valores visibles como el dinero; en la época en la que nos movemos en la relativización de los conceptos; en los días en los que corremos el peligro de mal entender el concepto de libertad, una sociedad civil fuerte, con una ética común, basada en los principios generales que dignifican al hombre y que lo convierten en ser portador de derechos y de deberes semejantes a los de los otros miembros de la comunidad. El resto es salir de un mal grande para sumergirnos en otro peor. Quizás no estaría mal empezar a interpretar la situación actual desde esta perspectiva. Quizás.

viernes, 11 de febrero de 2011

ROMANCE DE LA VIRGEN DEL CASTAÑAR (VERSIÓN REVISADA)

Cuentan las voces confusas
que la leyenda decía
-no preguntéis por las fuentes:
eso dicen que decía,
y en asuntos de leyendas
las verdades no andan finas-
de otra virgen soberana
en el monte aparecida.

Nadie documenta el caso,
ninguno se atrevería
a demostrar tal prodigio
que en el monte acaecía:
pozo que no tiene agua
nunca la sed calmaría.

Eran los siglos oscuros,
la Edad Media era crecida,
las luchas de reconquista
obligaban cada día
a saludar mil prodigios
que a la fe acompañarían
y al moro lejos de España
las victorias llevarían.
A justificar las guerras
la Virgen bien serviría
y a calmar todas las voces
del pueblo que empobrecía
con el trabajo penoso
al que atado se veía.

Para interpretarlo todo
se presta la clerecía
que con prebendas y dádivas,
con diezmos y canonjías,
bien regulaba las horas
y organizaba los días.

Dicen las voces confusas,
con intención confundida,
que a unos pastores la Virgen
les habló y así decía:
“I need a church in this mountain.”
Los pastores no entendían
la lengua que desde el árbol
hasta sus oídos iba.
“No tenéis que entender nada
-la Virgen les repetía-
pues que aqueste no es el árbol
de la gran sabiduría
ni vosotros Adán ni Eva
los que aprender pretendían.”

La Virgen, siempre en la rama,
del árbol no descendía
por miedo a que los pastores
reconocerla podrían.

Los pastores miran lelos
para abajo y para arriba
y, lelos, van muy deprisa
adonde un cura vivía,
a contarle los prodigios
que en el monte sucedían.

“Si lo sabré yo, hijos míos,
todo lo que allí se vía
y lo bien que para el auge
de la religión venía.
No contéis nada a las gentes,
yo seré de hoy vuestro guía
y diré lo que ha pasado
a los nobles y a la curia,
y no olvidéis que a la Virgen
le gusta la compañía
de los humildes pastores
que rezan, callan y fían
a la voluntad del cielo
lo que en el castaño vían.”

Ya se extiende por los campos,
por pueblos y pedanías,
desde el este hasta el oeste,
del norte hasta el mediodía,
la voz del nuevo milagro
de la Virgen escondida.

Para darle consistencia
se erige pronto una ermita
al lado de los castaños,
que encinas allí no había.
Ya se bendicen los campos,
ya la bondad infinita
se propaga a todas partes
de la Virgen de la ermita.
“La Virgen ya está en lo alto”
proclama la curia altiva,
lo proclama la nobleza
que tanto le convenía.

Se organizan procesiones,
se rezan rosarios, misas,
se ofrecen dones al cielo,
también a Santa María;
unos frailes los recogen
con contento y alegría.
Amplían el santuario,
un gran inmueble edifican
con campos y buenos patios,
y con ricas celosías.
Todo el lugar se ennoblece
con cosas de gran valía.

Para realzar los actos
que honran a Santa María,
se organizan los devotos,
nombran nueva cofradía.
Presiden algunos fieles
que en abades se volvían,
los más ricos, que en sus casas
ganaban en demasía.

Cuando la incivil contienda
terminado ya se había,
coronan aquesta Virgen
con gran boato y alegría.
Allí llegan los obispos
de la ciudad placentina,
allí todos los que entonces
a ser notables aspiran
y el pueblo llano que calla,
reza, obedece y confía
en lo que le dicen otros
sin saber lo que decían.

Procesionan con la Virgen
monte abajo y monte arriba,
celebran fiestas con bailes,
con tambores y corridas,
parece que en aquel monte
todo se junta a porfía.

De Béjar es la patrona
esta virgen con mantilla;
nadie preguntó a la Virgen
si ser patrona quería
ni se consultó a la gente
si amaba su tutoría.

Subida en su bastidor,
con trono, corona y rica
de tesoros en la iglesia,
asoma su cabecita.

Lejos de aquel santuario
el juglar pensaba un día
si era bueno que en el monte
vivieran aparecidas,
y pensó que para sustos
de taberna y sacristía
no necesita leyendas
que a la gente confundían.

¿Quién interpreta las leyes
de tan oscuras visitas?
¿No puede la Virgen pura
venir a la luz del día?
¿Por qué no nos vemos todos
como amigos, como amigas,
y nos damos un abrazo
de amor, de paz y justicia?
No podemos andar siempre
a hurtadillas y a escondidas:
ni Dios juega al escondite
ni su madre lo querría.

Como el juglar no pretende
bullicios ni algarabías,
hace mutis por el foro,
hinca en tierra su rodilla
y echa de la bota un trago
que acompañe a su tortilla.

Hoy el juglar sí ha contado
lo que el sentido le dicta.

jueves, 10 de febrero de 2011

ROMANCE DE LA VIRGEN DEL CASTAÑAR (VERSIÓN MELIFLUA)

Era un día de septiembre,
un día muy señalado,
de aquellos que el cielo cubre
con rayos de sol cuajado.
Los árboles brillan verdes,
sobre todo los castaños,
que apuntan en sus erizos
el fruto de todo el año.

A las diez de la mañana
-está todo calculado-
las gentes suben a misa
a pie, en coche o a caballo,
unos suben monte arriba,
otros vienen monte abajo.

Hay en el monte una ermita
en medio de los castaños,
donde se venera y reza
a una Virgen todo el año;
se apareció hace ya siglos
a unos pastores honrados
que guardaban en el monte
sus hatos y sus rebaños,
desde La Garganta a Béjar
pastando en todos los prados.

“Levantadme aquí una ermita,
erigidme un santuario,
yo convertiré el paraje
en lugar santo y sagrado,
yo bendeciré los ríos,
los montes y los regatos,
los árboles y los aires,
las montañas y los campos.”

“Hay peste en tierras de Béjar,
hay muerte en todos los barrios,
nadie puede huir del mal,
los enfermos ni los sanos.”

“Yo curaré tanta herida,
yo sanaré al desangrado
y evitaré que sus cuerpos
sean tan pronto enterrados.”

Eso dicen que decía
la Virgen desde el castaño.

Joaquín e Isabel, los pobres,
cual pastores asustados,
fueron con la buena nueva
corriendo hasta su poblado.

Ya se aceleran las gentes,
ya viene el pueblo clamando,
para implorar a la Virgen
con el rezo del rosario.
Ya se erige allí una ermita,
ya la peste se ha calmado,
ya tiene sitio en el monte
la Virgen y santuario.

Desde entonces, cuando llega
el otoño cada año,
se asoma la Virgen Santa
a un mirador floreado
y bendice las industrias,
las tierras y los mercados,
las calles, casas y parques,
las personas del ducado.

Por la carretera arriba,
por la carretera abajo,
con aspecto satisfecho
bulle el gentío bejarano;
vienen gentes madrileñas,
llegan hombres comarcanos,
de España entera se juntan
los vecinos y paisanos.

Cuando a las doce del día
el sol luce en lo más alto,
otra luz más clara sale
del templo procesionando.
La gente se agolpa y mira,
echa piropos rezando,
canta salves, grita y clama
a su Virgen vitoreando.

Después la Virgen regresa
del mirador paso a paso,
el sol brilla con más fuerza,
el monte está más dorado,
siguen los olés, los vivas,
los cánticos, los aplausos.
La Virgen regresa al templo,
todo el fervor concentrado.

Hay un olor en el monte
del incienso derramado,
la Virgen ríe contenta
de emoción, de amor sagrado.

El juglar hoy solo cuenta
aquello que le han contado.

martes, 8 de febrero de 2011

ROMANCE SONÁMBULO SIN TRANSCRIPCIONES METAFÓRICAS

ROMANCE SONÁMBULO SIN TRANSPOSICIONES METAFÓRICAS

Estábame yo en el parque
dormitando en un rincón,
pasó por allí voceando
de la basura el camión.

Era más de media noche,
la hora en que cualquier canción
duerme al que está más en vela
y al que aguarda en la estación
de autobuses la partida
de su amiga y de su amor.

¿Adónde vas, la basura,
adónde el conquistador
de todos los corazones
con su despiadado son,
que resucita a los muertos
y convoca al mal humor?

Espero a los concejales,
espero al corregidor,
los he de tirar a todos
al mayor contenedor;
y aunque no quieran basura,
no los he de salvar, no;
si el vecino me aguantara
y lo quiere el conductor,
saltarán todos los frailes
los que en el convento son,
que aquí duerme todo el mundo
al ritmo que manda Dios,
si no es este pobre obrero
y este muy viejo camión
que envejecen por las calles
a golpe de humo y sudor.

¿Por qué los tratáis a todos
con tan escaso primor?
¿Serán tal vez los calores,
acaso será el hedor
de la basura que en julio
provoca tanto calor?
¿Y si pensarais, amigos,
el obrero y el camión,
tiraros a la basura,
dormir y decir adiós?
Dormid la noche, olvidaos
de este romance menor
y buscad para mi sueño
otra solución mejor.

En la espesura del parque,
olvidado, en un rincón,
rumia el romance y se duerme
ro que te ro que te ro
el juglar que imaginaba
que era verdad su canción.

lunes, 7 de febrero de 2011

DESDE UNA FOTOGRAFÍA

Es la luz que se enciende cada día y la vela que se apaga cada noche, es el runrún eterno que no cesa, es un eco que crece y se convierte en ruido insoportable, es siempre recurrente y cada vez más negro si se sabe mirar, es un fuego de fragua que todo lo quema y todo lo devora, es un cáncer que vive con la muerte, es todo y por desgracia parece que sea nada.

Ya sé que me repito, que todos repetimos lo que tanto golpea nuestros ojos, que vuelvo a hollar caminos pateados, cubiertos con las huellas de tantos caminantes, cargados con los ecos de todos los que vienen de los lugares sucios y enfangados, que no hay nada de nuevo en todo lo que digo y que me digo, que poco o nada arreglo con escribir deprisa treinta líneas contando lo evidente, que tal vez en un rato se me vaya la mente a otros lugares y olvide lo que siento en el momento de completar la frase: no sé si podría vivir con esta losa en mis espaldas. Todo eso es muy posible y mucho más.

Pero los veo de frente en una foto, en cuclillas y encima de unos troncos, en medio de un gran río. Siete niños que miran la corriente, que ven cómo las aguas se despiden y viajan a pillar el horizonte. Están todos descalzos. Sus piececitos negros y sus uñas más blancas. En medio hay una niña preciosa y esculpida, con un vestido amplio, con la mirada tierna y asustada, como queriendo unirse a la corriente. Los demás niños posan a su lado y parecen contentos, como ajenos a cualquier pesadilla, como sin hacer cuenta de que a su lado acechan los peligros. Dos levantan el dedo en señal positiva, como quien posa y muestra su contento. Hay un fondo de selva detrás de la corriente. Todo es paisaje verde, parece tropical.

Detrás de estas caritas hay siete vidas sanas que son el solo resto de esperanza, el rescoldo del fuego, la huida de la quema, los últimos residuos que han llegado a la playa después del cruel naufragio, la piel que humaniza la estadística, el desconchón del tiempo para un rato de luz en un mes de tinieblas.

Qué pensarán estos niños, estos siete niños que tienen tantos sitios en los que situarse, que adornan cualquier mapa de África o de Asia, que anuncian mil lugares de toda Hispanoamérica, que acaso no anden lejos de este tibio sillón en el que siento lo claro y confortable del sol que me visita en esta tarde...

“Se estima que, cada minuto, nueve niños mueren por razones estrechamente relacionadas con la desnutrición, el hambre y la pobreza.”

No quiero echar las cuentas para ver cuánto tiempo he tardado en escribir con rabia estos renglones. Mejor no calcularlo. Aparco la escritura, me miro y me sonrojo, me muero de vergüenza, reniego de mi especie y me quedo temblando y gilipollas, sin saber de qué cuajo están hechos mis tardes y mis días.

domingo, 6 de febrero de 2011

QUIÉN SABE...

A don Rubisardo la muerte le vino a coger cuando andaba ya por los noventa y muchos. Cosas que pasan más pronto o más tarde. Había vivido muchos años con doña Eudosia y respondía a unos apellidos con alcurnia, pero está visto que ante la muerte todo hijo de vecino hinca la rodilla y se desploma como si nadie estuviera en su auxilio.

Hasta los últimos días de su vida, don Rubisardo salía temprano a comprar el pan y algunas viandas necesarias para su pasar diario. Doña Eudosia andaba renqueante y apenas se podía mover. Y don Rubisardo era muy cumplido, no creáis, y muy hombre y muy familiar, que todo hay que decirlo.

El caso es que hoy yo no quería hablaros de su persona ni de su carácter sino de una de sus últimas conversaciones con el tendero, aquel de la esquina de su barrio con el que tantas veces había pegado la hebra.

Don Rubisardo había asistido -como todo hijo de vecino: aquí vecino quiere decir de aquella vecindad pues todos sabemos que hay vecinos de otras vecindades que se sientan a la puerta y ven sin preocupación cómo pasa la crisis y ni siquiera les saluda- a todo este desbarajuste de los últimos años y no se enteraba demasiado pues no comprendía tantas opiniones como oía en los medios y en la calle. Don Rubisardo era persona sencilla y hasta elemental pero no se callaba fácilmente.

Aquel día, cuando salió a comprar el pan y Rogelio, el dueño de la tienda de la esquina, hombre modoso y entendido, cortaba carne detrás del mostrador, don Rubisardo se sentó, como se sentaba cada día, frente a él y, hasta que no apareció un cliente nuevo, le cosió a preguntas, en busca de algún remedio para su maltrecha cabeza.

-Rogelio, ¿no se producen ahora tantos tomates como hace tres años?

Rogelio asintió y siguió con sus cortes afilados.

-Y vacas, ¿no hay ahora tantas o más vacas que hace unos años?

De nuevo Rogelio lo miró y sonrió.

-Pues claro, ¿no ves la buena carne que despacho yo cada día?

-¿Y patatas? –volvió a preguntar ya casi cogiendo carrera.

-Yo las tengo muy baratas y no sé cómo quitármelas de encima.

-¿Y pan, qué pasa con el pan? -ya don Rubisardo se aceleraba y sus preguntas se convertían en expresiones retóricas que anhelaban la respuesta rápida y positiva del tendero.

-Pues claro, hombre. Aunque hace mucho que no sube el pan y debe de andar al caer.

Entonces el anciano se levantó de la silla y extendió las manos en ademán de protesta.

-¿Y zapatos, y telas, y arroz, y, y… -y se quedó con el y en la boca como atropellado y nervioso.

Rogelio no tuvo más remedio que volver a asentir y a dejarse en el aire una sonrisa.
Este fue el momento en el que don Rubisardo levantó los ojos y exclamó:

-¿Entonces donde coño está la crisis ni la madre que parió a la crisis?

Rogelio, hombre entendido y razonable, se quedó pensativo y pasó en un momento de la sonrisa a la mirada seca y a la expresión circunspecta. Y pensó para sus adentros, sin atreverse a responder a don Rubisardo: “Pues la verdad es que, así planteado… parece que hasta tiene su razón este buen hombre.”

Rogelio era comerciante y estaba acostumbrado a la compraventa de productos; él bien sabía qué era eso del por mayor, de los plazos, de las acumulaciones y de las especulaciones: él mismo había atesorado una pequeña fortuna a base de remover compras y ventas.

De repente, mientras don Rubisardo seguía esperando respuesta -o más bien confirmación de sus protestas-, Rogelio dejó la carne y se sumió en el asunto que tanto preocupaba a su cliente. Y se atrevió a musitar:

-A ver si el asunto va a estar en la distribución y no en la producción…, a ver si lo que se ha revuelto es la avaricia y el acaparamiento…, a ver si lo que anda manga por hombro es el reparto…

Y se quedó mirando a don Rubisardo y en silencio.

Del silencio solo lo sacó el siguiente cliente, otro anciano que iba también a buscar el pan y a matar el gusanillo de la soledad pegando también la hebra con quien primero se pusiera en su camino.

Desde que la muerte se acordó de don Rubisardo, Rogelio anda más pensativo y el corte de los filetes de solomillo no le sale con la misma precisión. Será tal vez eso de la crisis, quién sabe.

jueves, 3 de febrero de 2011

UNAS PALABRAS BÍFIDAS DE ORTEGA

“Una nación es una masa humana organizada, estructurada por una minoría de individuos selectos.”

También son estas palabras de Ortega. Parecen peligrosas. Seguramente lo son si no son interpretadas con calma y con sosiego. Pero es difícil sustraerse a su contenido, es difícil no firmar a pie de página y es difícil no gritar en muchas ocasiones para que algo parecido se produzca.

La participación general, la de todos los individuos de la colectividad, se halla siempre por encima de cualquier significado que encierre esta frase; no obstante, el grado de participación y el nivel de uso que de cada individuo hagamos en la planificación ni puede ser igualitario ni es deseable que lo sea. Nunca la suma de las decisiones puede ser inferior a una decisión particular ni individualizada, pero no podemos participar todos en todas las decisiones de manera directa.
Si la posibilidad práctica se anula, ¿a qué parámetro debemos atenernos a la hora de seleccionar a aquellos miembros de la comunidad que han de decidir en nombre de todos los demás? Existen pocas dudas nominales: los que nos conduzcan a los mejores.

Pero la duda vuelve persistente. ¿Cuál es la fórmula para identificar a los mejores? Y aquí los senderos se pierden y el paraje boscoso lo gana todo o casi todo.

Volveríamos de nuevo a Platón o a los demás autores que han indagado en los perfiles de los mejores. Y no estaríamos de acuerdo seguramente. Por citar el ejemplo del mismo Platón, no estarían muy contentos los poetas de ser excluidos del grupo de los dirigentes. Señalaríamos además, por ejemplo, la necesidad de situar esa bondad (los mejores) en el discurrir del tiempo y hasta del espacio, pues no parecen idénticas las circunstancias temporales o espaciales en la Grecia clásica y en la España actual. De modo que, por aquí, lo que se observa es mucho bosque y pocas veredas, mucho jaramago y escasa planicie calva.

Eppur si muove; y, a pesar de ello, seguimos convencidos de que tienen que ser los mejores los que se pongan al frente de la coordinación.

La Historia es fiel testigo de líderes de todo tipo, de extracción social muy diversa, de formación muy diferente. Hay, sin embargo, una característica que me parece encontrarse en todos ellos -en aquellos que pueden ser catalogados los mejores, por supuesto-, es la de la voluntad al servicio de la comunidad y la de la mirada alta y colectiva. De tal manera que piensan en el futuro y piensan en todos.

De ese modo, en mayor o menor medida, son capaces de ilusionar a los miembros de la comunidad a la que empujan hacia el futuro. Si además lo hacen con algún grado de humildad y de grandeza, la fórmula suele resolver de manera bastante satisfactoria la ecuación.

Hay un peligro evidente que acecha este camino: el de que cualquiera de ellos se desplome por el camino de las ilusiones sin razonamiento y se convierta inconsciente o conscientemente en salvador del grupo. Y de salvadores, por desgracia, está la Historia llena, salvadores de las grandes comunidades y de las más pequeñas, porque salvadores los hay en las naciones y hasta en el mundo entero (religiones), pero también existen en las familias, en las cuadrillas, en los claustros y en los municipios y regiones.

Tomaré, para cerrar este bosquejo de reflexión, otras palabras de Ortega: “Donde no hay una minoría que actúa sobre una masa colectiva, y una masa que sabe aceptar el influjo de una minoría, no hay sociedad, o se está muy cerca de que no la haya.” Me quedo con la interpretación de que esa minoría ponga su esfuerzo al servicio y beneficio de la totalidad, y de que ese esfuerzo tenga como último fin la planificación para que todos participen; si no, tiro las palabras a la alberca y tapo el brocal con piedras de molino.