lunes, 7 de febrero de 2011

DESDE UNA FOTOGRAFÍA

Es la luz que se enciende cada día y la vela que se apaga cada noche, es el runrún eterno que no cesa, es un eco que crece y se convierte en ruido insoportable, es siempre recurrente y cada vez más negro si se sabe mirar, es un fuego de fragua que todo lo quema y todo lo devora, es un cáncer que vive con la muerte, es todo y por desgracia parece que sea nada.

Ya sé que me repito, que todos repetimos lo que tanto golpea nuestros ojos, que vuelvo a hollar caminos pateados, cubiertos con las huellas de tantos caminantes, cargados con los ecos de todos los que vienen de los lugares sucios y enfangados, que no hay nada de nuevo en todo lo que digo y que me digo, que poco o nada arreglo con escribir deprisa treinta líneas contando lo evidente, que tal vez en un rato se me vaya la mente a otros lugares y olvide lo que siento en el momento de completar la frase: no sé si podría vivir con esta losa en mis espaldas. Todo eso es muy posible y mucho más.

Pero los veo de frente en una foto, en cuclillas y encima de unos troncos, en medio de un gran río. Siete niños que miran la corriente, que ven cómo las aguas se despiden y viajan a pillar el horizonte. Están todos descalzos. Sus piececitos negros y sus uñas más blancas. En medio hay una niña preciosa y esculpida, con un vestido amplio, con la mirada tierna y asustada, como queriendo unirse a la corriente. Los demás niños posan a su lado y parecen contentos, como ajenos a cualquier pesadilla, como sin hacer cuenta de que a su lado acechan los peligros. Dos levantan el dedo en señal positiva, como quien posa y muestra su contento. Hay un fondo de selva detrás de la corriente. Todo es paisaje verde, parece tropical.

Detrás de estas caritas hay siete vidas sanas que son el solo resto de esperanza, el rescoldo del fuego, la huida de la quema, los últimos residuos que han llegado a la playa después del cruel naufragio, la piel que humaniza la estadística, el desconchón del tiempo para un rato de luz en un mes de tinieblas.

Qué pensarán estos niños, estos siete niños que tienen tantos sitios en los que situarse, que adornan cualquier mapa de África o de Asia, que anuncian mil lugares de toda Hispanoamérica, que acaso no anden lejos de este tibio sillón en el que siento lo claro y confortable del sol que me visita en esta tarde...

“Se estima que, cada minuto, nueve niños mueren por razones estrechamente relacionadas con la desnutrición, el hambre y la pobreza.”

No quiero echar las cuentas para ver cuánto tiempo he tardado en escribir con rabia estos renglones. Mejor no calcularlo. Aparco la escritura, me miro y me sonrojo, me muero de vergüenza, reniego de mi especie y me quedo temblando y gilipollas, sin saber de qué cuajo están hechos mis tardes y mis días.

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