Estuve con mi nieta pasando el día en Ávila y me libré de la epidemia televisiva de todo el fin de semana, la visita del Papa.
Treinta y dos horas de estancia, gastos a gogó, tropecientas mil personas siguiendo su huella, su loor y su olor (muchas menos de las que esperaban), cumplimentos de todo tipo, pierdeculos con tal de andar cerca de una foto con el ilustre, declaraciones que suenan a la Edad Media, o sea, como siempre, restos de idas y de venidas, de preparativos y de recogidas, desalojos y controles y signos elevados a la enésima potencia.
Tengo la impresión (no tengo datos y no lo puedo demostrar, pero aspiro al sentido común) de que casi toda la fiesta está montada desde la propia organización y desde los medios de comunicación, pero no se puede ni se debe desestimar el gentío que arrastra este líder. Las diócesis se vacían, las parroquias se gastan el ahorro del año y muchos fieles se dejan la piel con tal de acudir a la llamada de los intermediarios eclesiásticos. Y todo desde el mismito día en que es nombrado de aquella manera guía de los creyentes porque el día anterior no importa nada.
A mí lo que seguramente me llame más la atención sea el clima emocional que se crea con cualquier visita de este tipo. Me cuesta mucho entenderlo, tal vez porque no sepa analizarlo bien. Hay mil variables que me convocan a apuntar sensaciones, pero me quedo con esta porque, después de todos los disparates, me parece la más espectacular.
La melopea y el ambiente de humos y de ruidos vienen preparados, con mucho tiempo, desde las parroquias y desde las diócesis. Nunca estas concentraciones son espontáneas y la mejor prueba es que llegan de casi todos los lugares del mundo y que las circunscripciones compiten por arrimar más fieles que los vecinos. Al final son casi siempre los mismos. El ambiente de fiesta, por tanto, está muy bien preparado desde mucho tiempo antes, con el ensalzamiento del Papa como figura espectacular y semidivina.
Cuando las preparaciones se concretan en los actos, las predisposiciones no pueden ser más favorables, las patatas crecen entonces en cualquier peñasco. Y empiezan a producirse sucesos y anécdotas que se convierten en categoría y hasta en apariencias de milagro. De ese modo, una mirada del Papa conmociona, un paso cercano deja impregnado de alabanza todo el recinto, encontrarse a una distancia corta de él se convierte en una gracia sobrenatural, verle mover un dedo implica enseguida la interpretación de no se sabe qué santa voluntad… Y, si se tiene la suerte de que a un fiel le dé la mano, ese ser, agradecido, no se lavará hasta que no le obliguen los vecinos.
Tal parece el ambiente que, como ya he dicho en alguna ocasión, se prepara un ambiente de botellón místico en el que bien se podría ya concretar el juicio final y ser elevados todos a los altares de la borrachera y de la adoración eterna. No sé a cuántos bendecirá el Espíritu Santo con nuevos fieles engendrados en sus familias para el reino de Dios. Que lo estudien los sociólogos, como estudiaron los efectos de los apagones de Nueva York.
Desde un punto de vista racional, me resulta tan difícil darle ajuste a tanto desajuste, buscarle explicación a lo que, si la tiene, la tiene en otros parámetros, pero estos son los de la deshumanización, los de la degradación y los de la negación de uno mismo. Me gustaría poder sentir alguna borrachera como esas, algún atrevimiento como los que veo en ellos, pero no logro ver más que a un coordinador de prácticas que no siempre me parecen precisamente las de mejor ejemplo.
Pero miro a otras partes y no veo nada demasiado diferente. Hay forofos del fútbol que organizan su vida en pos de sus equipos y que se pillan cada curda emocional y física cuando su equipo gana que no los veo sino en otro botellón místico continuado, como los de este fin de semana. Y qué puedo decir de los fans de no sé qué cantantes que se tiran los días y las noches al raso con tal de conseguir un puesto cercano al divo en los conciertos y están dispuestos a entregar lo que haga falta por un gesto cualquiera. No tengo que bajar demasiado el diapasón de la exigencia para comprobar que hay seguidores de líderes políticos que dicen siempre amén a lo que diga el superior en el organigrama. Se me llenan las manos de ejemplos en la vida en los que el ser humano pierde el oremus por símbolos idiotas.
Será irremediable tal vez la existencia de referentes y de líderes para casi todos nosotros. Pero ¿tiene que ser a cualquier precio y sin ningún resquicio para que la razón opine y se haga fuerte?
Qué botellón, Dios mío, qué botellón, qué droga esta tan dura y no poder domarla ni encauzarla.
lunes, 8 de noviembre de 2010
domingo, 7 de noviembre de 2010
PREMIOS A LA LIBERTAR (y II)
Naturalmente, la teórica tiene unos límites más amplios que la real y desgraciadamente no resultan coincidentes. Convendría, por tanto, que no nos engañaran tampoco con este concepto, como lo hacen con otros, algunos de su misma familia. ¿O hace falta dejar al descubierto la trampa que se nos cuela con la hermosísima palabra liberal? ¿Os suena eso de los liberales? Los que se proclaman liberales, ¿en qué forma de llenar el concepto de libertad están pensando? A algunas de esas formas yo también quisiera apuntarme, pero no sé si a las mismas con las que se les llena la boca a ellos. Sospecho que no.
Deberíamos pues preocuparnos por ensanchar los límites de la libertad real, de esa que podemos ver y tocar cada día y cada hora, de esa que podemos practicar o ver pasar de largo a cada momento. Cuanto más ensanchemos esos límites, más podremos aplicar la segunda parte del concepto que nos avisa de “la responsabilidad de los actos”.
Porque, en efecto, se decía en la definición que, con la posibilidad de obrar de una manera o de otra, se adquieren unas responsabilidades. Y, del mismo modo que no queremos renunciar a la libertad real como plataforma en la que desarrollar nuestra vida, no deberíamos querer renunciar a nuestras obligaciones y a las distintas consecuencias que se derivan según obremos de una forma o de otra. Si no lo admitiéramos así, renunciaríamos al principio de analogía y, sin ese principio, es imposible la convivencia humana racional y positiva.
En esta situación, reflexionar acerca del concepto de libertad es ponernos en la tesitura de elegir en nuestros actos diarios, en nuestras manifestaciones, en nuestros apoyos, en nuestra distribución del tiempo, en nuestras participaciones, en nuestras ayudas, en nuestra formación, en nuestra escala de valores y, en fin, en una forma de estar en la vida desde la mañana hasta el momento de conciliar el sueño.
Cuanto más ensanchemos las posibilidades reales, más campo tendremos para la elección de actos y de formas de comportamiento. Por ello parece imprescindible luchar denodadamente por crear espacios de igualdad de oportunidades, para que se aproximen los valores de la libertad real con los de la libertad teórica. El ser humano, cualquiera de nosotros, es un ser libre, pero lo es en un espacio y en un tiempo, y trabajar para que ese espacio y ese tiempo sean espacios y tiempos de igualdad de condiciones es ayudar a crear las bases para que, después, nuestras elecciones de cada día, esas decisiones en las que vamos gastando nuestras fuerzas, sean más personales y más variadas sin faltar por ello a la igualdad en la que tenemos que sentirnos siempre. ¿Quién no adivina que aquí tiene todo el campo abierto la participación social, la política, el mundo de la ampliación de derechos y de todo lo que, en definitiva, regula nuestras vidas?
Hay personas que se han distinguido por trabajar sin descanso en ensanchar la teoría y la práctica de la libertad, que han intentado en sus participaciones aclararnos un poco más una idea justa y real de lo que tiene que ser la libertad en la teoría; y hay personas que han ejercido justamente en la toma de decisiones, asumiendo la responsabilidad de sus actos, y lo han hecho sobre todo pensando en agrandar las posibilidades de los demás tanto como las suyas. Esos son los auténticos héroes de la libertad, son nuestros ejemplos, son los que nos marcan la pauta para que también nosotros pensemos de vez en cuando en lo que significa y lo que implica el concepto de libertad y para que ejerzamos ese derecho libremente y con la responsabilidad de asumir todas las consecuencias.
Todos los conceptos suman para su definición una serie de elementos. Quisiera haceros pensar, también de manera rápida y en tono casi coloquial, en un elemento que forma parte de la idea de libertad. La libertad se entiende para el uso y el desarrollo del ser humano y es en él donde tiene su aplicación más visible. ¿Alguno sería capaz de concebir la existencia real de un ser humano sin sus relaciones con los demás? Resultaría imposible. El ser humano no es más que una suma de relaciones: familiares, amistosas, vecinales, de paisanos, de colegas, de camaradas, de diálogos callados con uno mismo y con sus ideas… Todo su desarrollo se le va en eso: nos reunimos, celebramos actos de todo tipo, nos apuntamos en asociaciones y, con demasiada frecuencia, sufrimos el mal de la soledad, o sea de la falta de presencia y de relación.
¿Cómo se puede, entonces, pensar en la libertad sin tener presente su aplicación social, su naturaleza plural, su parentesco con la justicia social y con la igualdad? Por eso intentamos distinguir la libertad del libertinaje, y esa misma libertad del egoísmo y del beneficio propio.
No vivimos en un momento demasiado propicio para la libertad entendida como posibilidad real de tomar decisiones y de que estas redunden en beneficio de la comunidad o simplemente del otro, de ese que nos rodea y que comparte nuestros días, nuestras ilusiones y nuestros desalientos; más bien parece que se ha apoderado de nosotros un sentimiento particularista y egoísta que nos impide ver nuestra dependencia de los demás y nuestra convivencia con los demás. Por eso es momento de volver a gritar en favor de todos aquellos que, desde cualquier posición, arriman el hombro a favor de los demás, buscando que los otros tengan alguna oportunidad real de poder elegir entre varias posibilidades, a favor de los más débiles, de aquellos que menos posibilidades tienen en la vida y que, en términos reales, menos pueden ejercitar el concepto de libertad.
Y quiero recordar de nuevo aquí que esos héroes existen en todos los niveles, en escaparates más visibles o en lugares más escondidos, tejiendo la intrahistoria día a día para que esta sea un poco más llevadera. En el fondo, queremos premiar a todos ellos, en cualquier lugar en el que se hallen. Y queremos también premiarnos un poco a todos nosotros para animarnos a pensar un poco más en el concepto y en la práctica cotidiana de la libertad, de esa libertad que se ejercita en cada momento y con cada decisión que tomamos. Nuestra vida, con ello, será un poco más justa, un poco más llena y un poco más gozosa. Y eso no nos lo puede quitar nadie, nadie; es, sin duda, uno de nuestros más preciados tesoros.
Tal vez pensando en estas cosas cotidianas pero tan importantes afirmaba Cervantes: “La libertad es uno de los más preciados dones que a los hombres dieran los dioses; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida.”
O proclamaba el Mahatma Gandhi: “No se nos otorgará la libertad externa más que en la medida exacta en que hayamos sabido, en un momento determinado, desarrollar nuestra libertad interna.”
O Platón cuando escribía: “Donde reina el amor sobran las leyes”
O cuando afirmaba Kant: “Si en sus acciones las personas están determinadas por causas naturales, es decir, si carecen de libertad, no podemos atribuirles responsabilidad.”
O Carlos Marx: “Libertad, control total sobre las fuerzas alienadas del ser humano… La libertad es ser capaz de dominar la naturaleza y la eliminación del poder de fuerzas sociales alienadas… Libertad es autodeterminación.”
O en fin, invocaban Agustín García Calvo y Amancio Prada en aquel inolvidable texto que aquí hemos recordado ya alguna vez, y que hoy podemos dedicar a la premiada, Soraya Rodríguez, como reconocimiento y como petición: “Libre te quiero / como arroyo que brinca / de peña en peña, / pero no mía. // Grande te quiero, / como monte preñado / de primavera, / pero no mía. // Buena te quiero, / como pan que no sabe / su masa buena, / pero no mía. // Alta te quiero, / como chopo que al cielo / se despereza, / pero no mía. // Blanca te quiero, / como flor de azahares / sobre la tierra, / pero no mía. // Pero no mía, / ni de Dios ni de nadie, / ni tuya siquiera.
Así te queremos a ti, así quermos a todos nuestros héroes de la libertad, así nos queremos nosotros también un poquito, por eso tenemos que trabajar todos cada día. A ello os invito. Muchas gracias.
Deberíamos pues preocuparnos por ensanchar los límites de la libertad real, de esa que podemos ver y tocar cada día y cada hora, de esa que podemos practicar o ver pasar de largo a cada momento. Cuanto más ensanchemos esos límites, más podremos aplicar la segunda parte del concepto que nos avisa de “la responsabilidad de los actos”.
Porque, en efecto, se decía en la definición que, con la posibilidad de obrar de una manera o de otra, se adquieren unas responsabilidades. Y, del mismo modo que no queremos renunciar a la libertad real como plataforma en la que desarrollar nuestra vida, no deberíamos querer renunciar a nuestras obligaciones y a las distintas consecuencias que se derivan según obremos de una forma o de otra. Si no lo admitiéramos así, renunciaríamos al principio de analogía y, sin ese principio, es imposible la convivencia humana racional y positiva.
En esta situación, reflexionar acerca del concepto de libertad es ponernos en la tesitura de elegir en nuestros actos diarios, en nuestras manifestaciones, en nuestros apoyos, en nuestra distribución del tiempo, en nuestras participaciones, en nuestras ayudas, en nuestra formación, en nuestra escala de valores y, en fin, en una forma de estar en la vida desde la mañana hasta el momento de conciliar el sueño.
Cuanto más ensanchemos las posibilidades reales, más campo tendremos para la elección de actos y de formas de comportamiento. Por ello parece imprescindible luchar denodadamente por crear espacios de igualdad de oportunidades, para que se aproximen los valores de la libertad real con los de la libertad teórica. El ser humano, cualquiera de nosotros, es un ser libre, pero lo es en un espacio y en un tiempo, y trabajar para que ese espacio y ese tiempo sean espacios y tiempos de igualdad de condiciones es ayudar a crear las bases para que, después, nuestras elecciones de cada día, esas decisiones en las que vamos gastando nuestras fuerzas, sean más personales y más variadas sin faltar por ello a la igualdad en la que tenemos que sentirnos siempre. ¿Quién no adivina que aquí tiene todo el campo abierto la participación social, la política, el mundo de la ampliación de derechos y de todo lo que, en definitiva, regula nuestras vidas?
Hay personas que se han distinguido por trabajar sin descanso en ensanchar la teoría y la práctica de la libertad, que han intentado en sus participaciones aclararnos un poco más una idea justa y real de lo que tiene que ser la libertad en la teoría; y hay personas que han ejercido justamente en la toma de decisiones, asumiendo la responsabilidad de sus actos, y lo han hecho sobre todo pensando en agrandar las posibilidades de los demás tanto como las suyas. Esos son los auténticos héroes de la libertad, son nuestros ejemplos, son los que nos marcan la pauta para que también nosotros pensemos de vez en cuando en lo que significa y lo que implica el concepto de libertad y para que ejerzamos ese derecho libremente y con la responsabilidad de asumir todas las consecuencias.
Todos los conceptos suman para su definición una serie de elementos. Quisiera haceros pensar, también de manera rápida y en tono casi coloquial, en un elemento que forma parte de la idea de libertad. La libertad se entiende para el uso y el desarrollo del ser humano y es en él donde tiene su aplicación más visible. ¿Alguno sería capaz de concebir la existencia real de un ser humano sin sus relaciones con los demás? Resultaría imposible. El ser humano no es más que una suma de relaciones: familiares, amistosas, vecinales, de paisanos, de colegas, de camaradas, de diálogos callados con uno mismo y con sus ideas… Todo su desarrollo se le va en eso: nos reunimos, celebramos actos de todo tipo, nos apuntamos en asociaciones y, con demasiada frecuencia, sufrimos el mal de la soledad, o sea de la falta de presencia y de relación.
¿Cómo se puede, entonces, pensar en la libertad sin tener presente su aplicación social, su naturaleza plural, su parentesco con la justicia social y con la igualdad? Por eso intentamos distinguir la libertad del libertinaje, y esa misma libertad del egoísmo y del beneficio propio.
No vivimos en un momento demasiado propicio para la libertad entendida como posibilidad real de tomar decisiones y de que estas redunden en beneficio de la comunidad o simplemente del otro, de ese que nos rodea y que comparte nuestros días, nuestras ilusiones y nuestros desalientos; más bien parece que se ha apoderado de nosotros un sentimiento particularista y egoísta que nos impide ver nuestra dependencia de los demás y nuestra convivencia con los demás. Por eso es momento de volver a gritar en favor de todos aquellos que, desde cualquier posición, arriman el hombro a favor de los demás, buscando que los otros tengan alguna oportunidad real de poder elegir entre varias posibilidades, a favor de los más débiles, de aquellos que menos posibilidades tienen en la vida y que, en términos reales, menos pueden ejercitar el concepto de libertad.
Y quiero recordar de nuevo aquí que esos héroes existen en todos los niveles, en escaparates más visibles o en lugares más escondidos, tejiendo la intrahistoria día a día para que esta sea un poco más llevadera. En el fondo, queremos premiar a todos ellos, en cualquier lugar en el que se hallen. Y queremos también premiarnos un poco a todos nosotros para animarnos a pensar un poco más en el concepto y en la práctica cotidiana de la libertad, de esa libertad que se ejercita en cada momento y con cada decisión que tomamos. Nuestra vida, con ello, será un poco más justa, un poco más llena y un poco más gozosa. Y eso no nos lo puede quitar nadie, nadie; es, sin duda, uno de nuestros más preciados tesoros.
Tal vez pensando en estas cosas cotidianas pero tan importantes afirmaba Cervantes: “La libertad es uno de los más preciados dones que a los hombres dieran los dioses; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida.”
O proclamaba el Mahatma Gandhi: “No se nos otorgará la libertad externa más que en la medida exacta en que hayamos sabido, en un momento determinado, desarrollar nuestra libertad interna.”
O Platón cuando escribía: “Donde reina el amor sobran las leyes”
O cuando afirmaba Kant: “Si en sus acciones las personas están determinadas por causas naturales, es decir, si carecen de libertad, no podemos atribuirles responsabilidad.”
O Carlos Marx: “Libertad, control total sobre las fuerzas alienadas del ser humano… La libertad es ser capaz de dominar la naturaleza y la eliminación del poder de fuerzas sociales alienadas… Libertad es autodeterminación.”
O en fin, invocaban Agustín García Calvo y Amancio Prada en aquel inolvidable texto que aquí hemos recordado ya alguna vez, y que hoy podemos dedicar a la premiada, Soraya Rodríguez, como reconocimiento y como petición: “Libre te quiero / como arroyo que brinca / de peña en peña, / pero no mía. // Grande te quiero, / como monte preñado / de primavera, / pero no mía. // Buena te quiero, / como pan que no sabe / su masa buena, / pero no mía. // Alta te quiero, / como chopo que al cielo / se despereza, / pero no mía. // Blanca te quiero, / como flor de azahares / sobre la tierra, / pero no mía. // Pero no mía, / ni de Dios ni de nadie, / ni tuya siquiera.
Así te queremos a ti, así quermos a todos nuestros héroes de la libertad, así nos queremos nosotros también un poquito, por eso tenemos que trabajar todos cada día. A ello os invito. Muchas gracias.
sábado, 6 de noviembre de 2010
NOVENOS PREMIOS A LA LIBERTAD (I)
Hoy tocó actividad de esas que se repiten anualmente. Se entregaban los Premios a la Libertad. En este ambiente yo me muevo como pez en el agua. Creo que es una de las variables en las que puedo ayudar un poquito más porque creo bastante en ello. Me parece que por aquí tendrían que trabajar más los partidos y las asociaciones.
Entre alusiones más o menos partidistas (en estos actos bastante menos que más) y referencias personales que me importan poco, yo dejé estas palabras -con sus correspondientes añadidos o cortes- como reflexión.
PREMIOS A LA LIBERTAD BÉJAR NOVIEMBRE 2010
Entregamos hoy el Noveno Premio a la Libertad. Y lo hacemos con el mismo entusiasmo que el primer año y con el mismo deseo de pensar otra vez un ratito en asunto tan peliagudo como ese de la libertad. Porque, además de felicitar a los premiados, este acto debería servir para que cada uno de nosotros pensara en qué medida se ve comprometido con el concepto de la Libertad.
Hasta una docena de acepciones recoge nuestro diccionario académico de la palabra, y tengo para mí que ni agota ni precisa suficientemente todo lo que engloba el concepto que nos ocupa. Las palabras no son más que debilísimas aproximaciones a las cosas; y por ello es tan importante el dominio de la palabra, y el control de los medios de comunicación que, con sus palabras repetidas hasta la saciedad en boca de sus altavoces, crean opinión, conforman las voluntades de las sociedades y marcan las pautas sociales y políticas de las comunidades. De hecho, casi todos los conflictos se enmascaran en malos entendidos provocados por las imprecisiones de las palabras y se solucionarían con una aproximación benévola y precisa a su verdadero significado.
Pero que nadie se preocupe demasiado por ello pues muchas de las mentes más preclaras de la Historia se han ocupado sin demasiado éxito de concretar las implicaciones de la palabra libertad como concepto o como práctica. Conocemos bien la apelación de libertos frente a esclavos, en el mundo clásico, reconocemos textos memorables que dan de lleno en la diana del mundo de la libertad, pero os invito a hacer una incursión sencilla por ellos y veréis cómo casi todos atienden más a la práctica que al concepto, al desarrollo que a la teoría, al día a día más que al principio. No nos deberían pedir a nosotros lo que otros no han conseguido desentrañar con la suficiente claridad.
Tal vez sería conveniente que volviéramos la vista hacia la práctica diaria de eso que entendemos como Libertad. Acaso ahí nos desenvolvamos mejor y nos perdamos menos. Abramos, pues, la vista y miremos; fijémonos en lo que sucede a nuestro alrededor y extraigamos consecuencias. Sencillas, de las de andar por casa, de esas que ajustan bien al sentido común y a lo inmediato. Tiempo tendremos de ir después a las categorías y a los principios. Actuemos por inducción, por observación de datos, por testimonios directos, por realidades vividas, por organizar en nuestro sentido común lo que sucede en las calles.
Dice la primera acepción de nuestro diccionario: LIBERTAD: facultad natural que tiene el ser humano de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.
Pues veamos. Vamos a la práctica. Resulta que, cualquier día de estos de noviembre, uno cualquiera de nosotros se levanta y siente unas ganas cualesquiera de marcharse a ver a uno cualquiera de sus hijos al que las exigencias de la vida moderna lo ha llevado a otro lugar distante. ¿Puede obrar de una manera o de otra, como describe la definición? No siempre ni todos, claro que no; a algunos se lo impiden sus obligaciones laborales, a otros se lo impide la falta de dinero para desplazarse; algunos cumplen su deseo sin ninguna dificultad. Ya se ve: diversas posibilidades pero no todos pueden elegir cualquiera de ellas. O tal vez observemos que a nuestro lado hay alguien con deseos de comprarse un automóvil. ¿Obra o no obra? ¿Lo compra o no lo compra? Esto es algo más serio y complicado. Y más ahora con la sequía de los préstamos. Seguro que hay personas a nuestro alrededor que, cualquier mañana, se levantan y desean ejercitar la libertad de ir a cumplir con el trabajo. Y no pueden porque no lo tienen. Lo mismo hasta le da a un cualquiera por observar que su preparación y que su esfuerzo es similar, o incluso superior, a muchos que tiene cerca y que, sin embargo, sus recompensas económicas o sociales son mucho menores. O incluso descubramos a algún idealista al que se le antoje ir hasta la luna una noche clara. ¿Lo podrá hacer? ¿Tendrá la libertad de obrar o de no obrar? Esto ya suena a chiste e incluso a humor negro, ¿verdad?
Ejercicios de este tipo los podemos hacer todos y en cualquier momento. En esta sala mismo. Solo con alzar la cabeza. O simplemente con no bajarla.
Enseguida descubrimos que esto de la libertad se mueve en unos parámetros de posibilidad bien reducidos y que depende de nuestra voluntad pero también de las condiciones en las que cada uno se mueva. Si lo queremos decir de otra manera, existe una libertad teórica y otra real.
Entre alusiones más o menos partidistas (en estos actos bastante menos que más) y referencias personales que me importan poco, yo dejé estas palabras -con sus correspondientes añadidos o cortes- como reflexión.
PREMIOS A LA LIBERTAD BÉJAR NOVIEMBRE 2010
Entregamos hoy el Noveno Premio a la Libertad. Y lo hacemos con el mismo entusiasmo que el primer año y con el mismo deseo de pensar otra vez un ratito en asunto tan peliagudo como ese de la libertad. Porque, además de felicitar a los premiados, este acto debería servir para que cada uno de nosotros pensara en qué medida se ve comprometido con el concepto de la Libertad.
Hasta una docena de acepciones recoge nuestro diccionario académico de la palabra, y tengo para mí que ni agota ni precisa suficientemente todo lo que engloba el concepto que nos ocupa. Las palabras no son más que debilísimas aproximaciones a las cosas; y por ello es tan importante el dominio de la palabra, y el control de los medios de comunicación que, con sus palabras repetidas hasta la saciedad en boca de sus altavoces, crean opinión, conforman las voluntades de las sociedades y marcan las pautas sociales y políticas de las comunidades. De hecho, casi todos los conflictos se enmascaran en malos entendidos provocados por las imprecisiones de las palabras y se solucionarían con una aproximación benévola y precisa a su verdadero significado.
Pero que nadie se preocupe demasiado por ello pues muchas de las mentes más preclaras de la Historia se han ocupado sin demasiado éxito de concretar las implicaciones de la palabra libertad como concepto o como práctica. Conocemos bien la apelación de libertos frente a esclavos, en el mundo clásico, reconocemos textos memorables que dan de lleno en la diana del mundo de la libertad, pero os invito a hacer una incursión sencilla por ellos y veréis cómo casi todos atienden más a la práctica que al concepto, al desarrollo que a la teoría, al día a día más que al principio. No nos deberían pedir a nosotros lo que otros no han conseguido desentrañar con la suficiente claridad.
Tal vez sería conveniente que volviéramos la vista hacia la práctica diaria de eso que entendemos como Libertad. Acaso ahí nos desenvolvamos mejor y nos perdamos menos. Abramos, pues, la vista y miremos; fijémonos en lo que sucede a nuestro alrededor y extraigamos consecuencias. Sencillas, de las de andar por casa, de esas que ajustan bien al sentido común y a lo inmediato. Tiempo tendremos de ir después a las categorías y a los principios. Actuemos por inducción, por observación de datos, por testimonios directos, por realidades vividas, por organizar en nuestro sentido común lo que sucede en las calles.
Dice la primera acepción de nuestro diccionario: LIBERTAD: facultad natural que tiene el ser humano de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.
Pues veamos. Vamos a la práctica. Resulta que, cualquier día de estos de noviembre, uno cualquiera de nosotros se levanta y siente unas ganas cualesquiera de marcharse a ver a uno cualquiera de sus hijos al que las exigencias de la vida moderna lo ha llevado a otro lugar distante. ¿Puede obrar de una manera o de otra, como describe la definición? No siempre ni todos, claro que no; a algunos se lo impiden sus obligaciones laborales, a otros se lo impide la falta de dinero para desplazarse; algunos cumplen su deseo sin ninguna dificultad. Ya se ve: diversas posibilidades pero no todos pueden elegir cualquiera de ellas. O tal vez observemos que a nuestro lado hay alguien con deseos de comprarse un automóvil. ¿Obra o no obra? ¿Lo compra o no lo compra? Esto es algo más serio y complicado. Y más ahora con la sequía de los préstamos. Seguro que hay personas a nuestro alrededor que, cualquier mañana, se levantan y desean ejercitar la libertad de ir a cumplir con el trabajo. Y no pueden porque no lo tienen. Lo mismo hasta le da a un cualquiera por observar que su preparación y que su esfuerzo es similar, o incluso superior, a muchos que tiene cerca y que, sin embargo, sus recompensas económicas o sociales son mucho menores. O incluso descubramos a algún idealista al que se le antoje ir hasta la luna una noche clara. ¿Lo podrá hacer? ¿Tendrá la libertad de obrar o de no obrar? Esto ya suena a chiste e incluso a humor negro, ¿verdad?
Ejercicios de este tipo los podemos hacer todos y en cualquier momento. En esta sala mismo. Solo con alzar la cabeza. O simplemente con no bajarla.
Enseguida descubrimos que esto de la libertad se mueve en unos parámetros de posibilidad bien reducidos y que depende de nuestra voluntad pero también de las condiciones en las que cada uno se mueva. Si lo queremos decir de otra manera, existe una libertad teórica y otra real.
LOS SUEÑOS Y LA VIDA
Hacía mucho tiempo, seguramente años, que no dedicaba tanto tiempo a la lectura de un libro y a pensar en su contenido. Lo acabo de hacer con “La interpretación de los sueños”, esa obra tan emblemática de Freud, tan citada y no sé si tan leída. Durante buena parte del mes de setiembre mis ojos han pasado por sus abundantes páginas, en el formato electrónico, del que ahora dudo si será el mejor para obras largas de este tipo y naturaleza.
Es un libro sin duda turbador y que no puede dejar indiferente a ningún lector avezado.
Y, sin embargo, a mí me ha dejado un sabor muy agridulce. Reconociendo las capacidades de su creador, entendiendo la enorme huella que ha dejado en muy diversos campos de la ciencia y de la cultura de todo el S XX, desde la ignorancia que se me tiene que suponer en este campo de la investigación, me quedo bastante vacío por la forma de acercarse a la interpretación de algo que me parece tan confuso como los sueños y sobre todo por las relaciones y simbolismos que se establecen entre los elementos oníricos y las realidades conscientes.
“El sueño es la realización (disfrazada) de un deseo reprimido”. Bueno. Será, Aceptado.
“El sueño siempre enlaza con acontecimientos del día anterior”. Vale.
“El sueño recoge… aquello que en la vida diurna no posee sino carácter secundario”.
En el fondo, “lo infantil es la fuente onírica”.
Y luego todo el enorme bulto de conceptos: Preconsciente, inconsciente, represión, placer y displacer, angustia (que procede de fuentes sexuales), ideas latentes, procesos oníricos, implicaciones lingüísticas: sinonimias, similicadencias, metáforas…; deseos infantiles reprimidos, transferencias del mundo preconsciente al inconsciente, especulaciones psicológicas…
Todo para dar cabida a la explicación de los sueños, para intentar dar acomodo a cada uno de los elementos que se han manifestado en el mundo de la inconsciencia. En este intento de acomodo, en esta interpretación es en la que yo me pierdo y me aniquilo. No acabo de entender la base científica y racional para asimilar un hecho a una idea o un matiz a una causa tan diferente en la vida real y consciente.
Me parece que el propio Freud va con pies de plomo y, de vez en cuando, echa el freno y pone reparos y admite otras posibilidades.
De todas las apasionantes posibilidades que se ofrecen en tantos sueños analizados, me han interesado más aquellas que se refieren a elementos lingüísticos. Afirma Freud: “Los discursos orales que en el sueño aparecen son siempre reproducciones exactas o solo ligeramente modificadas de discursos reales”. Qué fuerte. Qué mundo se abre para entender el mundo de la creación literaria y para indagar en el mundo de la retórica y de la semántica. Cuando se afirma que toda obra, en alguna medida, es autobiográfica, no se está diciendo nada demasiado diferente a esto.
Por lo demás, la obra viene a reflejar una vez más que acaso no somos demasiada cosa; tal vez simplemente una pequeña suma de impulsos químicos que se controlan o que se descontrolan, que se esconden o que se lanzan a la vida y a la superficie cuando el pudor se elimina. Es el estado de reposo o de semivigilia el más apropiado para que lo reprimido se lance al ruedo y exprese sus armas y sus condiciones.
Ha pasado un siglo y los principios se mantienen, los instrumentos también. Pero seguro que lo hacen más afinados y con menos imprecisiones.
Las investigaciones de Freud perturban y dejan al lector al borde del abismo. Seguro que las posteriores indagaciones aún lo dejan en situación más expuesta. C´est la vie.
Es un libro sin duda turbador y que no puede dejar indiferente a ningún lector avezado.
Y, sin embargo, a mí me ha dejado un sabor muy agridulce. Reconociendo las capacidades de su creador, entendiendo la enorme huella que ha dejado en muy diversos campos de la ciencia y de la cultura de todo el S XX, desde la ignorancia que se me tiene que suponer en este campo de la investigación, me quedo bastante vacío por la forma de acercarse a la interpretación de algo que me parece tan confuso como los sueños y sobre todo por las relaciones y simbolismos que se establecen entre los elementos oníricos y las realidades conscientes.
“El sueño es la realización (disfrazada) de un deseo reprimido”. Bueno. Será, Aceptado.
“El sueño siempre enlaza con acontecimientos del día anterior”. Vale.
“El sueño recoge… aquello que en la vida diurna no posee sino carácter secundario”.
En el fondo, “lo infantil es la fuente onírica”.
Y luego todo el enorme bulto de conceptos: Preconsciente, inconsciente, represión, placer y displacer, angustia (que procede de fuentes sexuales), ideas latentes, procesos oníricos, implicaciones lingüísticas: sinonimias, similicadencias, metáforas…; deseos infantiles reprimidos, transferencias del mundo preconsciente al inconsciente, especulaciones psicológicas…
Todo para dar cabida a la explicación de los sueños, para intentar dar acomodo a cada uno de los elementos que se han manifestado en el mundo de la inconsciencia. En este intento de acomodo, en esta interpretación es en la que yo me pierdo y me aniquilo. No acabo de entender la base científica y racional para asimilar un hecho a una idea o un matiz a una causa tan diferente en la vida real y consciente.
Me parece que el propio Freud va con pies de plomo y, de vez en cuando, echa el freno y pone reparos y admite otras posibilidades.
De todas las apasionantes posibilidades que se ofrecen en tantos sueños analizados, me han interesado más aquellas que se refieren a elementos lingüísticos. Afirma Freud: “Los discursos orales que en el sueño aparecen son siempre reproducciones exactas o solo ligeramente modificadas de discursos reales”. Qué fuerte. Qué mundo se abre para entender el mundo de la creación literaria y para indagar en el mundo de la retórica y de la semántica. Cuando se afirma que toda obra, en alguna medida, es autobiográfica, no se está diciendo nada demasiado diferente a esto.
Por lo demás, la obra viene a reflejar una vez más que acaso no somos demasiada cosa; tal vez simplemente una pequeña suma de impulsos químicos que se controlan o que se descontrolan, que se esconden o que se lanzan a la vida y a la superficie cuando el pudor se elimina. Es el estado de reposo o de semivigilia el más apropiado para que lo reprimido se lance al ruedo y exprese sus armas y sus condiciones.
Ha pasado un siglo y los principios se mantienen, los instrumentos también. Pero seguro que lo hacen más afinados y con menos imprecisiones.
Las investigaciones de Freud perturban y dejan al lector al borde del abismo. Seguro que las posteriores indagaciones aún lo dejan en situación más expuesta. C´est la vie.
jueves, 4 de noviembre de 2010
...CON ESE BUEN AMIGO...
¿Por qué no se había mirado antes? Quiero decir que por qué no se había encarado de verdad, físicamente, en el mismo nivel, sin distancias intermedias.
Hasta entonces, siempre se había colocado en una esquina del ascensor y había visto una figura inmóvil al otro lado del espejo, imitadora siempre de sus mismos gestos pero como si se tratara de una reserva para malos ratos, para esos momentos en los que uno no está para nada ni para nadie. Otras veces había disimulado la figura entre otras varias que le acompañaban en la subida o en el descenso vertical cuando volvía o salía de su casa. Entonces las figuras se mezclaban y también hablaban del tiempo y de las ganas de comer, en un apetito inventado o real que configuraba el plato del día en aquel espacio tan reducido.
Los trayectos cortos seguramente no daban para más. Era cerrar la puerta y aparecer la figura en el fondo del espejo, como una sombra inseparable, como un celoso guardaespaldas que nunca las guardaba porque siempre miraba de frente y como encarado, como diciendo aquí estoy yo y no te librarás de mí, como en un insistente alguien ha matado a alguien y no quiero señalar. Pero apenas daba tiempo a pensar en la figura, a recrearse en los detalles, a medir sus magnitudes o a dedicarle unas palabras de cortesía. Cualquier pensamiento hacía que su presencia pasara desapercibida y difuminada por su monotonía.
Aquel día fue distinto. Y todo por culpa del azar. Del azar y de la falta de corriente. Mira tú por dónde tuvo que ser precisamente aquel el momento en el que la compañía desenganchara la corriente de la zona para cumplir algún arreglo de la red.
Tal vez ni hubieran dado aviso pues su fortaleza no obliga a tales servidumbres. El caso es que entre el segundo y el tercero se paró el ascensor y se quedó como muerto y sin movimiento.
Menos mal que llegaba hasta el habitáculo la luz por una rendija que dejaba libre la puerta del tercero, de tal manera que no se echaba en falta la claridad habitual.
Viajaba solo y lo primero que pensó fue llamar al timbre para que cualquier vecino advirtiera que tenía que auxiliarle. Pero rápidamente se dio cuenta de que era inútil el intento pues, aunque lo oyeran, la falta de corriente impedía la ayuda.
Al fin y al cabo, reaccionó, pronto volverá la luz y el aparato volverá a elevarse y a llevarme hasta el cuarto piso. Entonces respiró hondo y encendió un cigarro. No fumaba casi nunca, pero le pareció que no sería una mala forma de matar el tiempo. Las primeras caladas las dio con verdadero placer y hasta con fruición, pero enseguida sintió la necesidad de apagar el cigarro por la densidad del humo. Esto de los espacios cerrados y pequeños complica demasiado todo.
Cerró los ojos y se sintió bien. Los volvió a abrir y se sintió mejor.
De pronto, miró de frente y se paró a contemplar la figura que le devolvía el espejo. Su propia figura invertida, su mismo yo físico, su doble eterno y absoluto.
Dio un paso dudoso y se acercó al cristal con mucha lentitud. No se sintió seguro y reculó instintivamente. Lo volvió a intentar con más pausa y hasta con más precaución. Era él mismo, allí, tan cerca, tan a su lado, tan en encarnadura, tan en la misma realidad.
Se miró de arriba abajo y se empezó a contemplar con parsimonia. Primero la cabeza, su misma cabeza, con su escaso pelo y sus ojos cansados y oscurecidos, su apariencia madura y sus pómulos bien marcados. Y aproximó su cara hasta casi rozarse. Y se vio en todos sus detalles, con el color exacto de sus ojos, con las dimensiones reales de sus cejas, con los poros abiertos de su piel dando cara a la vida, con la alineación diversa de sus dientes y la encarnadura esponjosa de su lengua… Con todos los detalles en los que tan poco se había fijado.
Es verdad que sintió miedo y dio un brusco paso atrás como buscando distancia y alejamiento, como si hubiera descubierto un ser que le causaba algo más que respeto.
Volvió a encarar las distancias cortas y a medirse con la figura paralela que nunca se le venía abajo y que siempre estaba dispuesta a repetir la misma disposición física y anímica que él mismo.
Poco a poco fue cogiendo confianza y deteniendo con más firmeza la mirada en las partes del cuerpo de aquel otro yo de más allá del espejo. Y con él comenzó un diálogo impreciso que se alargó en el tiempo hasta que algún vecino reclamó el ascensor para bajar a la calle.
Cuando el aparato comenzó su movimiento, recuperó en alguna medida la conciencia de su dualidad y de su soledad absoluta en aquel espacio tan estrecho y solitario. Abrió la puerta y miró hacia atrás. Un gesto de complicidad despidió al hombre del espejo.
Tal vez tenga un lugar escondido donde sigue aguardando que vuelva cada día y le haga el mismo caso, y comparta con él al menos el momento que tarda el ascensor en subir o en bajar hasta la calle.
Ahora abre con más energía la puerta de la calle y llama al ascensor con algo de impaciencia.
Hasta entonces, siempre se había colocado en una esquina del ascensor y había visto una figura inmóvil al otro lado del espejo, imitadora siempre de sus mismos gestos pero como si se tratara de una reserva para malos ratos, para esos momentos en los que uno no está para nada ni para nadie. Otras veces había disimulado la figura entre otras varias que le acompañaban en la subida o en el descenso vertical cuando volvía o salía de su casa. Entonces las figuras se mezclaban y también hablaban del tiempo y de las ganas de comer, en un apetito inventado o real que configuraba el plato del día en aquel espacio tan reducido.
Los trayectos cortos seguramente no daban para más. Era cerrar la puerta y aparecer la figura en el fondo del espejo, como una sombra inseparable, como un celoso guardaespaldas que nunca las guardaba porque siempre miraba de frente y como encarado, como diciendo aquí estoy yo y no te librarás de mí, como en un insistente alguien ha matado a alguien y no quiero señalar. Pero apenas daba tiempo a pensar en la figura, a recrearse en los detalles, a medir sus magnitudes o a dedicarle unas palabras de cortesía. Cualquier pensamiento hacía que su presencia pasara desapercibida y difuminada por su monotonía.
Aquel día fue distinto. Y todo por culpa del azar. Del azar y de la falta de corriente. Mira tú por dónde tuvo que ser precisamente aquel el momento en el que la compañía desenganchara la corriente de la zona para cumplir algún arreglo de la red.
Tal vez ni hubieran dado aviso pues su fortaleza no obliga a tales servidumbres. El caso es que entre el segundo y el tercero se paró el ascensor y se quedó como muerto y sin movimiento.
Menos mal que llegaba hasta el habitáculo la luz por una rendija que dejaba libre la puerta del tercero, de tal manera que no se echaba en falta la claridad habitual.
Viajaba solo y lo primero que pensó fue llamar al timbre para que cualquier vecino advirtiera que tenía que auxiliarle. Pero rápidamente se dio cuenta de que era inútil el intento pues, aunque lo oyeran, la falta de corriente impedía la ayuda.
Al fin y al cabo, reaccionó, pronto volverá la luz y el aparato volverá a elevarse y a llevarme hasta el cuarto piso. Entonces respiró hondo y encendió un cigarro. No fumaba casi nunca, pero le pareció que no sería una mala forma de matar el tiempo. Las primeras caladas las dio con verdadero placer y hasta con fruición, pero enseguida sintió la necesidad de apagar el cigarro por la densidad del humo. Esto de los espacios cerrados y pequeños complica demasiado todo.
Cerró los ojos y se sintió bien. Los volvió a abrir y se sintió mejor.
De pronto, miró de frente y se paró a contemplar la figura que le devolvía el espejo. Su propia figura invertida, su mismo yo físico, su doble eterno y absoluto.
Dio un paso dudoso y se acercó al cristal con mucha lentitud. No se sintió seguro y reculó instintivamente. Lo volvió a intentar con más pausa y hasta con más precaución. Era él mismo, allí, tan cerca, tan a su lado, tan en encarnadura, tan en la misma realidad.
Se miró de arriba abajo y se empezó a contemplar con parsimonia. Primero la cabeza, su misma cabeza, con su escaso pelo y sus ojos cansados y oscurecidos, su apariencia madura y sus pómulos bien marcados. Y aproximó su cara hasta casi rozarse. Y se vio en todos sus detalles, con el color exacto de sus ojos, con las dimensiones reales de sus cejas, con los poros abiertos de su piel dando cara a la vida, con la alineación diversa de sus dientes y la encarnadura esponjosa de su lengua… Con todos los detalles en los que tan poco se había fijado.
Es verdad que sintió miedo y dio un brusco paso atrás como buscando distancia y alejamiento, como si hubiera descubierto un ser que le causaba algo más que respeto.
Volvió a encarar las distancias cortas y a medirse con la figura paralela que nunca se le venía abajo y que siempre estaba dispuesta a repetir la misma disposición física y anímica que él mismo.
Poco a poco fue cogiendo confianza y deteniendo con más firmeza la mirada en las partes del cuerpo de aquel otro yo de más allá del espejo. Y con él comenzó un diálogo impreciso que se alargó en el tiempo hasta que algún vecino reclamó el ascensor para bajar a la calle.
Cuando el aparato comenzó su movimiento, recuperó en alguna medida la conciencia de su dualidad y de su soledad absoluta en aquel espacio tan estrecho y solitario. Abrió la puerta y miró hacia atrás. Un gesto de complicidad despidió al hombre del espejo.
Tal vez tenga un lugar escondido donde sigue aguardando que vuelva cada día y le haga el mismo caso, y comparta con él al menos el momento que tarda el ascensor en subir o en bajar hasta la calle.
Ahora abre con más energía la puerta de la calle y llama al ascensor con algo de impaciencia.
OTRA VIGILIA NUEVA
OTRA VIGILIA NUEVA
El alma que se olvida de sí misma
en el salón de atrás de la memoria
y vuelve cuando quiere y sin pedir permiso
a ocupar en mi mente un blando espacio.
Hay en algún lugar desconocido
un lento mecanismo que se engrasa,
que sale de paseo y que se despereza,
agita sus resortes en forma de lechuza,
y se marca unos pasos al son de la dulzaina,
cuando la noche se repliega y hace mutis
por el foro febril y oscurecido
de todas las esquinas.
Entonces se hace fuerte, se engrandece,
renueva su figura y planta cara,
se recuerda de alguna otra vigilia
y muñe con descaro y sin pudores
otra vigilia nueva. Nadie entiende
cómo ha llegado a ser tan fuerte ahora,
cómo se recompone y se armoniza
con otras leyes nuevas más procaces.
Es la nueva conciencia que se baña
en otros ríos con el agua fría
con regatos ocultos, con espumas
de blancas torrenteras.
Allí todo es distinto, todo fluye
como visión fugaz, como relámpago
que ilumina otro cielo más dorado.
Cuando retorna el día,
la luz y la medida de la anterior conciencia
quedan como el tranquilo y dulce poso
de una comida intensa y de un perfume
que evoca placidez, relajamiento,
sosiego, paz, olvido, ausencia, nada.
El alma que se olvida de sí misma
en el salón de atrás de la memoria
y vuelve cuando quiere y sin pedir permiso
a ocupar en mi mente un blando espacio.
Hay en algún lugar desconocido
un lento mecanismo que se engrasa,
que sale de paseo y que se despereza,
agita sus resortes en forma de lechuza,
y se marca unos pasos al son de la dulzaina,
cuando la noche se repliega y hace mutis
por el foro febril y oscurecido
de todas las esquinas.
Entonces se hace fuerte, se engrandece,
renueva su figura y planta cara,
se recuerda de alguna otra vigilia
y muñe con descaro y sin pudores
otra vigilia nueva. Nadie entiende
cómo ha llegado a ser tan fuerte ahora,
cómo se recompone y se armoniza
con otras leyes nuevas más procaces.
Es la nueva conciencia que se baña
en otros ríos con el agua fría
con regatos ocultos, con espumas
de blancas torrenteras.
Allí todo es distinto, todo fluye
como visión fugaz, como relámpago
que ilumina otro cielo más dorado.
Cuando retorna el día,
la luz y la medida de la anterior conciencia
quedan como el tranquilo y dulce poso
de una comida intensa y de un perfume
que evoca placidez, relajamiento,
sosiego, paz, olvido, ausencia, nada.
lunes, 1 de noviembre de 2010
ESTOY RUMIANDO SOLO VUESTRA AUSENCIA
Otro vaivén confuso de la vida. Otro empujón pequeño hacia el silencio. Otro pasito más que se repite.
Estoy solo en mi casa, tecleando sin tino y sin sentido, sin saber cómo ganar ese minuto mío al discurrir del día. Estoy solo y me oigo, estoy solo y me duelo. Se han marchado mis hijos, se han ido mis hermanos, los que han venido a recorrer el eco de sus padres, de mis padres, en estos días de santos y difuntos.
Yo no sé superar esos compases que llaman ley de vida pues que querría mi vida cerca de todos ellos y andan lejos, los siento muy lejanos en eso del espacio y en el correr del tiempo. Hoy digo que daría todas mis fuerzas por estar al lado de mis hijos, con su roce frecuente, con su presencia cierta, con sus anhelos a la vista y a la cara. ¿Qué mejor regalo podría yo tener que compartir con ellos anhelos y fracasos? Esa sería mi meta más feliz y más fecunda, esa sencilla meta que necesita espacios reducidos y tiempos al compás, tan solo eso.
Pero se han ido todos con su proyecto a cuestas por esos senderos que les presta la vida. Y yo ando aquí varado y casi a oscuras, sin un proyecto cierto que los englobe a todos.
Hoy junto su recuerdo con el de mis padres, a quienes recuerdo con cariño en su ausencia final y sin retorno. Y me veo como un hito demasiado solitario y tristón, como si nada tuviera sentido y nada me importara demasiado. Hoy vivo de recuerdos y de ausencias, me inundo de señales que apuntan a mis hijos, me anego con el eco que dejan sus palabras y estoy un poco menos en su ausencia.
Necesito salir a coger frío, a llenarme de calle un buen ratito, a distraer la mente dejándome encender por las farolas, a ver cómo me muevo por las encrucijadas de la noche.
Que nadie me repita que hablamos de ley de vida, coño, que ya lo sé. ¿Acaso es que la vida no tiene alguna ley que contradiga a estas? Me río tristemente de esta civilización tan ostentosa que me quita a mis hijos de mi vista y me deja tristón y silencioso en estas tardes densas de noviembre.
Estoy solo en mi casa, tecleando sin tino y sin sentido, sin saber cómo ganar ese minuto mío al discurrir del día. Estoy solo y me oigo, estoy solo y me duelo. Se han marchado mis hijos, se han ido mis hermanos, los que han venido a recorrer el eco de sus padres, de mis padres, en estos días de santos y difuntos.
Yo no sé superar esos compases que llaman ley de vida pues que querría mi vida cerca de todos ellos y andan lejos, los siento muy lejanos en eso del espacio y en el correr del tiempo. Hoy digo que daría todas mis fuerzas por estar al lado de mis hijos, con su roce frecuente, con su presencia cierta, con sus anhelos a la vista y a la cara. ¿Qué mejor regalo podría yo tener que compartir con ellos anhelos y fracasos? Esa sería mi meta más feliz y más fecunda, esa sencilla meta que necesita espacios reducidos y tiempos al compás, tan solo eso.
Pero se han ido todos con su proyecto a cuestas por esos senderos que les presta la vida. Y yo ando aquí varado y casi a oscuras, sin un proyecto cierto que los englobe a todos.
Hoy junto su recuerdo con el de mis padres, a quienes recuerdo con cariño en su ausencia final y sin retorno. Y me veo como un hito demasiado solitario y tristón, como si nada tuviera sentido y nada me importara demasiado. Hoy vivo de recuerdos y de ausencias, me inundo de señales que apuntan a mis hijos, me anego con el eco que dejan sus palabras y estoy un poco menos en su ausencia.
Necesito salir a coger frío, a llenarme de calle un buen ratito, a distraer la mente dejándome encender por las farolas, a ver cómo me muevo por las encrucijadas de la noche.
Que nadie me repita que hablamos de ley de vida, coño, que ya lo sé. ¿Acaso es que la vida no tiene alguna ley que contradiga a estas? Me río tristemente de esta civilización tan ostentosa que me quita a mis hijos de mi vista y me deja tristón y silencioso en estas tardes densas de noviembre.
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