ALGUNAS SUGERENCIAS TURBADORAS
Estabas dibujando en un cuaderno,
destartalado y viejo, las aristas
de un paisaje
cuajado por el pulso de la tarde;
era una geometría de rasgos euclidianos.
Después te vi buscando entre las páginas
de un libro que guardaba en sus capítulos
las últimas razones
para explicar los más simples estratos
de musgos y de líquenes
que alfombraban la luz en las laderas.
Más tarde diste cuenta de un tratado
de extensa Hidrología:
explicaba con pelos y señales
la confluencia en el final del valle
de las aguas sobrantes
de planos asimétricos.
Consultaste los mapas de Botánica
para situar las plantas en el hábitat
que pidiera la actual taxonomía.
Y seguías dando vueltas al dibujo,
sin cerrar satisfecha tu visión del paisaje.
Me permití apuntarte sugerencias:
una luna en proceso, un aquelarre
de nubes en el cielo, la llegada
difusa y a tientas del crepúsculo,
la muerte como símbolo, en las piedras,
de la consumación de todo aliento,
tu presencia en escorzo sazonando
un aura y un sabor indefinidos…
Me miraste perpleja. No supiste
por qué llegaba a perturbar la calma
del paisaje que estabas dibujando.
Yo me marché contento
por haberte dejado en mis palabras
una visión reñida con la ciencia,
un destejer la urdimbre, un algo extraño
en la paleta de tu desconcierto.
martes, 25 de enero de 2011
lunes, 24 de enero de 2011
"ESTÁBAME YO EN MI ESTUDIO..."
La tarde se despide y va exhibiendo
su voluntad de sombras. Yo me muevo
por los pasillos lentos de mi casa,
y busco sin pensarlo mi habitación de estudio
(Aquí el estudio es afición, apego,
tendencia, inclinación y simpatía,
o sea, aplicación etimológica).
Me siento y miro a todas las paredes
que dejan solamente una ventana
con vistas al fulgor de unas voces de niños en la calle;
el resto es almacén de muchos libros,
de cuadernos, de sueños escondidos.
Es momento propicio
para desempolvar los anaqueles.
Aquí duerme conmigo la ceguera de Homero,
Platón grita y se esfuerza
por dialogar sin tino
(Me confunde a menudo
y no siempre suscribo sus ideas),
Juan de Yepes me atiza
con su íntima belleza en las narices,
Unamuno me riñe
(Yo solo le hago caso algunas veces
y le afeo sin miedo su alboroto continuo),
están Ovidio, Lorca, Shakespeare y Dostoyevski,
Borges, Marx, Garcilaso y don Antonio.
Pero no pensarás que son los únicos:
hay cientos reposando en las paredes,
miles que se mantienen
en un silencio extraño y respetuoso.
Aquí están mis amigos, que también
me convocan y suspiran
por dedicarme un rato de su tiempo.
Y estoy yo en mis papeles, en mis cosas,
en cientos de mis páginas
que repasan mi vida y mis afanes,
mi lucha desigual con las palabras.
Hoy contemplo en la paz y en el silencio
todo lo que se guarda en este espacio,
en este santuario en el que ejerzo
de único sacerdote.
Y descubro que aún el mundo es pequeño,
que todo se reduce
a una simple lección y a esta certeza:
que me faltan la fe de tu presencia
y esos ojos sencillos
que se han llevado el mundo sumiso en sus pupilas.
su voluntad de sombras. Yo me muevo
por los pasillos lentos de mi casa,
y busco sin pensarlo mi habitación de estudio
(Aquí el estudio es afición, apego,
tendencia, inclinación y simpatía,
o sea, aplicación etimológica).
Me siento y miro a todas las paredes
que dejan solamente una ventana
con vistas al fulgor de unas voces de niños en la calle;
el resto es almacén de muchos libros,
de cuadernos, de sueños escondidos.
Es momento propicio
para desempolvar los anaqueles.
Aquí duerme conmigo la ceguera de Homero,
Platón grita y se esfuerza
por dialogar sin tino
(Me confunde a menudo
y no siempre suscribo sus ideas),
Juan de Yepes me atiza
con su íntima belleza en las narices,
Unamuno me riñe
(Yo solo le hago caso algunas veces
y le afeo sin miedo su alboroto continuo),
están Ovidio, Lorca, Shakespeare y Dostoyevski,
Borges, Marx, Garcilaso y don Antonio.
Pero no pensarás que son los únicos:
hay cientos reposando en las paredes,
miles que se mantienen
en un silencio extraño y respetuoso.
Aquí están mis amigos, que también
me convocan y suspiran
por dedicarme un rato de su tiempo.
Y estoy yo en mis papeles, en mis cosas,
en cientos de mis páginas
que repasan mi vida y mis afanes,
mi lucha desigual con las palabras.
Hoy contemplo en la paz y en el silencio
todo lo que se guarda en este espacio,
en este santuario en el que ejerzo
de único sacerdote.
Y descubro que aún el mundo es pequeño,
que todo se reduce
a una simple lección y a esta certeza:
que me faltan la fe de tu presencia
y esos ojos sencillos
que se han llevado el mundo sumiso en sus pupilas.
domingo, 23 de enero de 2011
LAS OTRAS VIOLENCIAS
Se cierra la semana con reuniones y convenciones de los partidos políticos de mayor representación, que preparan ya las próximas elecciones. Yo, como hago con frecuencia, la termino en mi viaje a Ávila para pasar el día con mis hijos y con mi nieta. Qué asuntos tan distintos y con perspectivas tan diferentes. Por el medio, unos días en los que se han hartado de hurgar en la herida de la violencia física por el hecho de que un consejero en Murcia ha sido golpeado. Parece como si se hubieran resucitado todos los demonios escondidos que, con alguna frecuencia, reviven en la historia de este país.
Hay mucha gente que no se contenta con la condena de los hechos, con el rechazo público, con recordar que el camino de la violencia no es nunca el mejor camino. No les sirve. Ni aguardan a las mínimas concreciones e investigaciones para reconocer al menos qué tendencia tienen los posibles agresores; es suficiente con que haya saltado cualquier chispa para hacer juicio, condena y anunciar la llegada del apocalipsis. Por supuesto, lo hacen los mismos que, a diario, se pasean por sus medios insultando, befando y despreciando a personas y cargos de todo tipo.
La coartada mayor, el engaño más manifiesto y la demagogia más barata está, sin embargo, en la simplificación que realizan con asunto tan importante y grave como es el de la violencia. Es tan fácil mover la conciencia de la gente normal con asuntos de violencia física…
Nadie pronuncia ni una sola palabra de los demás tipos de violencia, violencia acaso tan dolorosa, o más, que esta de la que se escandalizan. ¿Qué hay de la violencia económica, de la violencia religiosa, de la violencia sociológica o psicológica? ¿Qué se puede decir de la violencia familiar, de las imposiciones lingüísticas, de la violencia de género, de la violencia de las modas, de las violencia medioambientales…?
Las diferencias económicas, por ejemplo, ¿no preparan un clima de malestar y de enfrentamiento social? Estas, sin embargo, se tapan y hasta se encumbran de muchas maneras. Por ejemplo con un estado de orden y de disciplina social que mantiene la situación como está y conserva los privilegios para quien ya goza de ellos. Y esta es violencia que se produce cada hora de cada día, en cada esquina y en todos los territorios; no es una salida de pata de banco ni una ofuscación momentánea, no, está perfectamente planificada, tiene un ejército de servidores que cuidan de que se mantenga y de que, además, parezca que es la mejor situación posible.
Y casi todos caemos en la trampa de escandalizarnos por un acto de violencia física -condenable siempre, por otra parte- y de dejar correr el tiempo, sin mover un dedo, ante cualquiera de los otros tipos de violencia. Tan despiadados, tan planificados, tan extendidos en el espacio y en el tiempo, tan degradantes, tan inhumanos.
Mañana o cualquier otro día volverán a remover Roma con Santiago ante cualquier hecho similar a este. Los otros, los planificados y militarizados, los que protegen la injusticia con fuerzas organizadas, esos no solo no se condenarán, sino que se aplaudirán. También por la mayor parte de los que sufren sus peores consecuencias.
Quizás removiendo tanto terminen por encontrar la tumba del apóstol, ahora que ha terminado el año santo. Vaya por Dios.
Hay mucha gente que no se contenta con la condena de los hechos, con el rechazo público, con recordar que el camino de la violencia no es nunca el mejor camino. No les sirve. Ni aguardan a las mínimas concreciones e investigaciones para reconocer al menos qué tendencia tienen los posibles agresores; es suficiente con que haya saltado cualquier chispa para hacer juicio, condena y anunciar la llegada del apocalipsis. Por supuesto, lo hacen los mismos que, a diario, se pasean por sus medios insultando, befando y despreciando a personas y cargos de todo tipo.
La coartada mayor, el engaño más manifiesto y la demagogia más barata está, sin embargo, en la simplificación que realizan con asunto tan importante y grave como es el de la violencia. Es tan fácil mover la conciencia de la gente normal con asuntos de violencia física…
Nadie pronuncia ni una sola palabra de los demás tipos de violencia, violencia acaso tan dolorosa, o más, que esta de la que se escandalizan. ¿Qué hay de la violencia económica, de la violencia religiosa, de la violencia sociológica o psicológica? ¿Qué se puede decir de la violencia familiar, de las imposiciones lingüísticas, de la violencia de género, de la violencia de las modas, de las violencia medioambientales…?
Las diferencias económicas, por ejemplo, ¿no preparan un clima de malestar y de enfrentamiento social? Estas, sin embargo, se tapan y hasta se encumbran de muchas maneras. Por ejemplo con un estado de orden y de disciplina social que mantiene la situación como está y conserva los privilegios para quien ya goza de ellos. Y esta es violencia que se produce cada hora de cada día, en cada esquina y en todos los territorios; no es una salida de pata de banco ni una ofuscación momentánea, no, está perfectamente planificada, tiene un ejército de servidores que cuidan de que se mantenga y de que, además, parezca que es la mejor situación posible.
Y casi todos caemos en la trampa de escandalizarnos por un acto de violencia física -condenable siempre, por otra parte- y de dejar correr el tiempo, sin mover un dedo, ante cualquiera de los otros tipos de violencia. Tan despiadados, tan planificados, tan extendidos en el espacio y en el tiempo, tan degradantes, tan inhumanos.
Mañana o cualquier otro día volverán a remover Roma con Santiago ante cualquier hecho similar a este. Los otros, los planificados y militarizados, los que protegen la injusticia con fuerzas organizadas, esos no solo no se condenarán, sino que se aplaudirán. También por la mayor parte de los que sufren sus peores consecuencias.
Quizás removiendo tanto terminen por encontrar la tumba del apóstol, ahora que ha terminado el año santo. Vaya por Dios.
sábado, 22 de enero de 2011
CONSEJOS PARA EMPEZAR EL DOMINGO
CONSEJOS PARA EMPEZAR EL DOMINGO
¿Por qué estás empeñado en que los medios
te ofrezcan la verdad? Es imposible
pues sirven a sus dueños sin remedio,
sin pudor ni conciencia que los guíe?
La Cope, Antena Tres, qué vituperio,
La Cinco, el ABC son inservibles,
El Mundo, La Razón, qué vilipendio,
VEO 7, La Gaceta, qué risibles.
Dedica la atención a tu conciencia
y al sentido común, que te producen
muchos más beneficios que mareos.
Verás tus horas limpias de miserias
y de malos humores que conducen
a la bilis y al odio en todo tiempo.
¿Por qué estás empeñado en que los medios
te ofrezcan la verdad? Es imposible
pues sirven a sus dueños sin remedio,
sin pudor ni conciencia que los guíe?
La Cope, Antena Tres, qué vituperio,
La Cinco, el ABC son inservibles,
El Mundo, La Razón, qué vilipendio,
VEO 7, La Gaceta, qué risibles.
Dedica la atención a tu conciencia
y al sentido común, que te producen
muchos más beneficios que mareos.
Verás tus horas limpias de miserias
y de malos humores que conducen
a la bilis y al odio en todo tiempo.
viernes, 21 de enero de 2011
AQUELLA ESTRECHA CELDA
Aquella estrecha celda en la que sonaba el clavecín acariciado por sus manos fue testigo de que se despertaban todas la sensaciones escondidas. Así lo contaba ella meses más tarde, cuando todo había terminado y los primeros paseos del otoño le habían permitido sentirse libre:
“Ella se sentía cada vez en más zozobra. No tardó mucho tiempo en levantarse la toca y en dejar al descubierto su cara y el pelo extendido y ondulante. Lo conservaba limpio y alargado, con un color oscuro y muy brillante. Se me acercó hasta rozar su silla con la mía y su cuerpo dejó sentir la alteración en la que se encontraba.
Levantó también mi toca hasta dejar mi cabeza al aire, con mi pelo más negro y atractivo que nunca. Ya casi tenía olvidada la atracción que siempre habían despertado mi pelo y mi cabeza, con los ojos estirados y mi boca de labios carnosos y perfectamente alineados.
Mi sensación, vacía de malicia, era tierna y sencilla; no adivinaba nada ni recogía otras ondas que no fueran las de agradar a la superiora, que tan bien me había acogido los primeros días, después de las extrañas experiencias que había tenido que soportar.
Sin ningún aparente aviso, colocó su mano en mi garganta, desnuda y femenina, y acarició mi espalda con la otra mano, suavemente, rozándola con lentitud en todas direcciones. Lo mismo hizo con mi garganta. La música calló y yo me dejaba hacer pensando que con ello devolvía el favor que la superiora me había hecho en el recibimiento.
Así permanecimos un buen rato. Ella parecía sentir un gran placer pues el ritmo se mantenía mientras de su boca salían suspiros y ternuras, susurros y sonidos entrecortados.
La mano que acariciaba la espalda cambió de posición y se estiró hasta rozar mis pies y mis rodillas. Ahora lo hacía con más lentitud que antes pero con una fortaleza más compacta, como si mis piernas y mis rodillas le pertenecieran y quisiera moldearlos a su antojo. De pronto, creció el ritmo mientras ascendían sus dedos por mis muslos. Mis hábitos se hinchaban, se moldeaban solos, crecían en sus texturas y perdían las fuerzas que entonces le quedaban.
Yo la miraba y aplicaba a su sentir mi desistimiento, mi presencia inocente que no sabía las causas de tanta ternura y de tanto cariño repentino. Las reglas anunciaban que la superiora podía mandar y que las hermanas obedecían. Además, me había convertido en una de sus preferidas desde el primer momento en el que traspasé los muros del convento.
Me animó a que relajara mi cuerpo, a que me abandonara a sus bondades, a que sintiera lo mucho que podía crecer el amor entre aquellas paredes y cómo la voluntad de Dios se hacía presente para bien mío y de todas las demás hermanas que llenaban las celdas. Ella era la superiora, la que personificaba la obediencia, la que regulaba la ternura, la que elegía a sus hermanas preferidas, la que mejor podría modular mi estancia en el camino hacia la voluntad divina.
Acarició mis muslos, surcó suavemente con las yemas de sus dedos mi espalda, besó mi frente, se remansó en mis ojos e hizo piel unida con mis labios durante mucho rato. Creció su agitación hasta el punto de que yo pensé en el paroxismo y me asusté; creí que andaba cercana al éxtasis o a cualquier arrobamiento. Y no me atrevía a cortar aquel arrebato de pasión, que, desde mi inocencia, no entendía muy bien a qué razones obedecía.
Cerró los ojos al cabo de muchos minutos, como si hubiera caído en un estado de semiinconsciencia, agotada en suspiros y en pálpitos. Me sujetó las manos con fuerza y me hizo postrarme en la cama de mi celda. Ella apoyó su cabeza en mis hombros y se dejó abandonar hasta el desfallecimiento.
Así estuvimos mucho rato. La campana nos sacó de la inconsciencia. Era la hora de vísperas y la capilla nos aguardaba con todas las hermanas en actitud de duda y extrañeza.
Aquellas sesiones se repitieron muchas tardes. En ellas se mezclaban la música y las manos, los suspiros y el llanto. Yo tardé mucho tiempo en entender los males de la madre. El convento era casa por la que corrían las voces y los ecos, los murmullos y muchos bisbiseos.”
Lo demás fue otra historia como tantas y la protagonista no tiene intención de dar detalles.
“Ella se sentía cada vez en más zozobra. No tardó mucho tiempo en levantarse la toca y en dejar al descubierto su cara y el pelo extendido y ondulante. Lo conservaba limpio y alargado, con un color oscuro y muy brillante. Se me acercó hasta rozar su silla con la mía y su cuerpo dejó sentir la alteración en la que se encontraba.
Levantó también mi toca hasta dejar mi cabeza al aire, con mi pelo más negro y atractivo que nunca. Ya casi tenía olvidada la atracción que siempre habían despertado mi pelo y mi cabeza, con los ojos estirados y mi boca de labios carnosos y perfectamente alineados.
Mi sensación, vacía de malicia, era tierna y sencilla; no adivinaba nada ni recogía otras ondas que no fueran las de agradar a la superiora, que tan bien me había acogido los primeros días, después de las extrañas experiencias que había tenido que soportar.
Sin ningún aparente aviso, colocó su mano en mi garganta, desnuda y femenina, y acarició mi espalda con la otra mano, suavemente, rozándola con lentitud en todas direcciones. Lo mismo hizo con mi garganta. La música calló y yo me dejaba hacer pensando que con ello devolvía el favor que la superiora me había hecho en el recibimiento.
Así permanecimos un buen rato. Ella parecía sentir un gran placer pues el ritmo se mantenía mientras de su boca salían suspiros y ternuras, susurros y sonidos entrecortados.
La mano que acariciaba la espalda cambió de posición y se estiró hasta rozar mis pies y mis rodillas. Ahora lo hacía con más lentitud que antes pero con una fortaleza más compacta, como si mis piernas y mis rodillas le pertenecieran y quisiera moldearlos a su antojo. De pronto, creció el ritmo mientras ascendían sus dedos por mis muslos. Mis hábitos se hinchaban, se moldeaban solos, crecían en sus texturas y perdían las fuerzas que entonces le quedaban.
Yo la miraba y aplicaba a su sentir mi desistimiento, mi presencia inocente que no sabía las causas de tanta ternura y de tanto cariño repentino. Las reglas anunciaban que la superiora podía mandar y que las hermanas obedecían. Además, me había convertido en una de sus preferidas desde el primer momento en el que traspasé los muros del convento.
Me animó a que relajara mi cuerpo, a que me abandonara a sus bondades, a que sintiera lo mucho que podía crecer el amor entre aquellas paredes y cómo la voluntad de Dios se hacía presente para bien mío y de todas las demás hermanas que llenaban las celdas. Ella era la superiora, la que personificaba la obediencia, la que regulaba la ternura, la que elegía a sus hermanas preferidas, la que mejor podría modular mi estancia en el camino hacia la voluntad divina.
Acarició mis muslos, surcó suavemente con las yemas de sus dedos mi espalda, besó mi frente, se remansó en mis ojos e hizo piel unida con mis labios durante mucho rato. Creció su agitación hasta el punto de que yo pensé en el paroxismo y me asusté; creí que andaba cercana al éxtasis o a cualquier arrobamiento. Y no me atrevía a cortar aquel arrebato de pasión, que, desde mi inocencia, no entendía muy bien a qué razones obedecía.
Cerró los ojos al cabo de muchos minutos, como si hubiera caído en un estado de semiinconsciencia, agotada en suspiros y en pálpitos. Me sujetó las manos con fuerza y me hizo postrarme en la cama de mi celda. Ella apoyó su cabeza en mis hombros y se dejó abandonar hasta el desfallecimiento.
Así estuvimos mucho rato. La campana nos sacó de la inconsciencia. Era la hora de vísperas y la capilla nos aguardaba con todas las hermanas en actitud de duda y extrañeza.
Aquellas sesiones se repitieron muchas tardes. En ellas se mezclaban la música y las manos, los suspiros y el llanto. Yo tardé mucho tiempo en entender los males de la madre. El convento era casa por la que corrían las voces y los ecos, los murmullos y muchos bisbiseos.”
Lo demás fue otra historia como tantas y la protagonista no tiene intención de dar detalles.
jueves, 20 de enero de 2011
DE VIDA LABORAL Y FUNCIONARIA
DE VIDA LABORAL Y FUNCIONARIA
(Para MC)
Mientras que nadie apriete con sus quejas
y no se den ni cuenta de que hay horas
en las que nada y nadie te molesta
porque no hay para qué y el tiempo sobra;
mientras sientas llegar la primavera
y el verano se asome cual señora
que presume de lujo y, altanera,
se va por las esquinas a deshora,
disfruta con la música y explora
las voces que te llegan de otros lares
en forma de saludo y comentarios.
Cualquier tarde te coge la modorra
y te anegas en sueños y en cantares
que te suenen a misas y rosarios.
Permite en estrambote un recetario:
no es la Administración ningún calvario.
(Para MC)
Mientras que nadie apriete con sus quejas
y no se den ni cuenta de que hay horas
en las que nada y nadie te molesta
porque no hay para qué y el tiempo sobra;
mientras sientas llegar la primavera
y el verano se asome cual señora
que presume de lujo y, altanera,
se va por las esquinas a deshora,
disfruta con la música y explora
las voces que te llegan de otros lares
en forma de saludo y comentarios.
Cualquier tarde te coge la modorra
y te anegas en sueños y en cantares
que te suenen a misas y rosarios.
Permite en estrambote un recetario:
no es la Administración ningún calvario.
miércoles, 19 de enero de 2011
YO SIEMPRE FUI MAYOR
YO SIEMPRE FUI MAYOR
Asomarse al fulgor de lo que brota
en los albores de la primavera
y encontrarse la rosa ya florida,
con el polen en manos de la abeja
y el sol enamorado de las hojas.
Asistir por sorpresa a una comida
con traje de domingo
y llegar a los postres y al discurso,
con la entrega de premios terminada.
Ofrecer la callada por respuesta,
por si cualquier desliz disimulara
lo inútil de la voz de la certeza,
y descubrir que todo era mentira,
recelo, prevención , desconfianza.
Yo siempre fui mayor, vértice, lanza
de una carrera estéril
por respirar los aires de la tarde
cuando apenas apuntan los rayos de la aurora;
o tal vez soy un niño en noviciado
que no toma los hábitos del tiempo
y corre y se despeña por los acantilados.
Quién sabe: cuánta duda, qué condena.
Asomarse al fulgor de lo que brota
en los albores de la primavera
y encontrarse la rosa ya florida,
con el polen en manos de la abeja
y el sol enamorado de las hojas.
Asistir por sorpresa a una comida
con traje de domingo
y llegar a los postres y al discurso,
con la entrega de premios terminada.
Ofrecer la callada por respuesta,
por si cualquier desliz disimulara
lo inútil de la voz de la certeza,
y descubrir que todo era mentira,
recelo, prevención , desconfianza.
Yo siempre fui mayor, vértice, lanza
de una carrera estéril
por respirar los aires de la tarde
cuando apenas apuntan los rayos de la aurora;
o tal vez soy un niño en noviciado
que no toma los hábitos del tiempo
y corre y se despeña por los acantilados.
Quién sabe: cuánta duda, qué condena.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)