jueves, 23 de diciembre de 2010

MALOS TIEMPOS

La Cadena 4 cambia de dueño y cambia de modos y de modales. CNN+ se queda por el camino.

Las empresas nacen, crecen, se reproducen y mueren. Ya se sabe, casi como con la categoría del ser humano. Muchas ni siquiera crecen, y se quedan pronto en el olvido. Hasta aquí todo parece repetido y soportable: nada nuevo bajo el sol.

Tampoco es importante que el nombre del difunto sea uno u otro, salvo, claro, para sus accionistas. Algo bien diferente es lo que viene a demostrar la tendencia y lo que evidencian las proporciones.

La desaparición de cualquier medio de comunicación es, antes que nada, una voz que enmudece, una forma de ver el mundo, de hacer visible esa visión, de poner en el escaparate otro modelo para comparar y, en su caso, comprar.

No todas las voces son igualmente respetables. Ni mucho menos. Respetables son las personas, pero no las ideas que incorporan. Y, aun así, uno siente que las voces plurales no son lo peor y que, si se respetaran los límites del sentido común y de alguna racionalidad, todos cabemos y la pluralidad se muestra superior a la singularidad y a la única voz.

Aquí he expresado varias veces mis precauciones casi infinitas respecto de los medios de comunicación. Solo volveré a recordar aquí en manos de quiénes están las acciones y la escala de valores que incorpora el dinero y ese mundo de los mercados.

Pero en todo hay grados y a ellos me acojo. Por eso creo que algunos profesionales de estos medios se salvaban, en mi apreciación, de la quema general y de la medianía. Por encima de todos, quiero destacar el caso de Iñaki Gabilondo. Son muchos años viéndolo trabajar y siguiendo su trayectoria. No es cosa de un día ni de una moda. Detrás de su trabajo hay inevitablemente una escala de valores que a mí me agrada. Por desgracia, desde hace muchos años también, él ha sido el blanco de los medios más escorados a la derecha, que, coño, son todos pues todos sirven al mismo dios: el capital y los accionistas. En el fondo, tengo la impresión de que todos los que tanto lo han insultado aspiraron siempre a parecerse en alguna medida a él y a arrebatarle sus oyentes. Seguramente habrá ganado el suficiente dinero –se lo he oído decir a él mismo- como para no tener ninguna preocupación personal. No es eso lo que se lamenta aquí. Se lamenta el apagón de otra voz lúcida y dispuesta a dar cabida a posibilidades pero no a dejarse llevar por el fanatismo, a decir lo que pensaba pero no desde el insulto como medio y como fin, a sembrar también la duda en sí mismo y en los demás como fórmula para seguir creciendo en busca de la verdad, frente a tanto fanático e insultador profesional subido en púlpito religioso o regalado. Yo siento que se vayan estos profesionales. Los insultos que se pueden leer y oír en muchos medios, dirigidos a Gabilondo, estos días dan muestra de la barbarie en la que andamos instalados en este país y de lo que nos puede esperar después de lo que se viene cocinando en odio desde hace tantos años.

Y, por encima de todo ello, me quedo en la reflexión de los escasos lugares que quedan en el panorama de la exposición pública desde medios potentes. ¿Qué voz le queda a las ideas de progreso en este país? Apenas se oyen los ecos. Y, lo que es peor, si esto sigue con este ritmo, pronto no se oirá ni el silencio. Malos tiempos.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

CANCIÓN PARA TODO EL AÑO

CANCIÓN PARA TODO EL AÑO

Que el corazón sepa lo que hay que saber,
que no rompa sueños de amor la razón,
que todos perciban que hay luz en ti mismo,
que todos escuchen la sed de tu voz.

Que la otra mejilla sea siempre la otra,
que no haya enemigos en tu corazón,
que venza el que evite empezar la batalla,
que no haya vencido ni mal ganador.

Que huyan de las páginas de los diccionarios,
que ni las palabras enfrenten su voz,
que vida, amor, risa, llenen los espacios,
que queden vacíos muerte, odio y dolor.

Que sean mayoría los números pares,
que el plural sea el número más consolador,
que sea solo un dicho tirar de la manta,
que todos prefieran nosotros a yo.

Que nada sea todo ni todo sea nada,
que lo más complejo sea solo una flor,
que la vida sople con aires de fiesta,
que un año sea un año cargado de amor.

Que el señor desánimo sea un desconocido,
que todos se alegren cuando ría yo,
que todo se ofrezca por ser vos quien sois,
que nada se compre por la voz en off.

Que el tiempo te encuentre siempre de viaje,
que el espacio sepa que no hay estación,
que tú seas tú mismo y los otros pronombres,
que seas siempre un hola y nunca un adiós.


N.B. Para los que se asomen a esta ventana y para todos los que no saben que existe. Felices fiestas y un abrazo.

martes, 21 de diciembre de 2010

"SI HE DE MORIR..."

“SI HE DE MORIR…”

Marca límites claros
al discurrir violento de mis inclinaciones.
No dejes que me nuble
la distancia sin nombre del lejano horizonte.
Ponme el dedo en la llaga
para no ver las causas de la presente herida.
Quémame en esta hoguera
y no quede de mí ni la huella febril de las cenizas.
Dame tu mano tierna
para cerrar mis ojos a la atracción fatal de los recuerdos.
Máteme tu presencia
anulando los ecos de otras voces extrañas.

He visto el horizonte de la muerte,
su figura vestida de pared muy opaca.
He sentido el sabor de la certeza,
de la frontera inútil y abismada
hacia el reino confuso de la ausencia.

Ese horizonte cierto, impenetrable,
me anula los espacios y me niega los tiempos,
me abandona sin causa a la intemperie,
al gozo y al dolor, al sinsentido.

La misma observación ha de empujarme
a deshojar con prisa y sin reparos
los frutos sazonados de la vida.
Ni sí ni no, ni todo lo contrario.
Solo amor, gozo, dicha, gusto, vida.

lunes, 20 de diciembre de 2010

CUENTO DE NAVIDAD

Una hermosa tarde de primavera en una ciudad pequeña. Un campesino trabaja su pequeña finca aricando y preparando el terreno. Por la vera de la finca pasa un hacendado, dueño a la vez de una fábrica de tejidos.

El hacendado empresario pregunta al labrador por su trabajo. Preparo mis tierras para que en verano me den frutos, le responde el campesino. ¿Cuántas horas dedicas a tu trabajo? Solo las necesarias para que las plantas crezcan libres de malas hierbas. ¿Y el resto del tiempo? Lo dedico a mi familia: juego con mis hijos, trabajo en mi casa, ayudo a mis vecinos, aprendo la sabiduría de los mayores y leo en los libros.

El hacendado empresario se quedó mirando para el campesino y le preguntó por qué no cultivaba un terreno más grande. El campesino le respondió que no necesitaba más frutos para cubrir sus necesidades, que prefería dedicar la vida a las actividades que le acababa de enumerar.

Si supieras, le dijo el empresario; yo comencé como tú, con muy poca cosa, con un pequeño taller de confección, hace muchos años, y ahora soy dueño de una fábrica enorme y de un número de acciones que ni yo sé cuántas son. El campesino se quedó mirando para el empresario sin saber qué contestarle. Al cabo de un silencio embarazoso, le preguntó por el proceso.

Mira, le dijo, en el pequeño taller yo echaba muchas horas, apenas salía de allí. Al cabo de unos años, puse una tienda en la que vendía las prendas que confeccionaba en el taller primitivo. Más tarde amplié las ventas abriendo otras tiendas en lugares distintos. Como me fue bien, subcontraté esas tiendas y yo me dediqué a confeccionar todas las prendas que vendían ya otros. Pronto hice tratos con empresarios de grandes almacenes y con gente de la administración y me puse a confeccionar para ellos, abrí una fábrica grande y amplié todos mis negocios, compré acciones de esas compañías y terminé invirtiendo en la bolsa. Como estaba cansado de dedicar toda mi vida a los negocios, dejé todo mi dinero en manos de una compañía de inversores y yo ahora sigo los pasos de mis dividendos simplemente por teléfono.

¿Y a qué dedica usted su tiempo ahora? De nuevo se produjo un silencio un poco embarazoso. Poseo una pequeña huerta en la que cultivo hortalizas y en la que me paso buenos ratos en estas tardes hermosas de primavera, doy paseos con mis nietos y converso con las gentes de mi barrio. Ah, y me gusta hacer buenos pasteles de verdura en la cocina. Cuando quiera le invito a tomar uno.

El campesino miró al hacendado empresario y recordó aquel sabio refrán que alguien le había enseñado no sabía bien cuándo: “Para andar ese camino no hacían falta tantas alforjas”. Pero no lo reprodujo en público.

Pase usted, que vamos a echar un buen trago de mi bota. Es vino añejo y en bota sabe superior.

La tarde caía solitaria y sobria. Los primeros brotes de los árboles anunciaban la tibia y orgullosa primavera.

domingo, 19 de diciembre de 2010

LIBERTAD:ESE OSCURO OBJETO DE DESEO

Estas fechas repiten cada año los deseos mejores y las felicitaciones privadas, semipúblicas y públicas. Ya lo haré yo cualquier día. A mi casa llegan formatos más o menos originales, aunque a todos les concedo el valor de la amistad y de las palabras sinceras. Quiero creer que así es.

Lo cierto es que no todas tienen la misma originalidad ni la misma enjundia. Algunas me ayudan a pensar un poco y me liberan algún minuto del día en que las recibo.

Uno de estos días he recibido una postal con este texto: “La libertad es, en la filosofía, la razón; en el arte, la inspiración; en la política, el derecho” Víctor Hugo. Luego acompañan firmas y anagramas. Todo un frontispicio para una tarde de domingo como esta, sin perspectivas de mucho sol ya ni de experiencias raras.

Como se ve, el autor francés fraccionaba, o mejor diferenciaba, el concepto según contextos. Como si no sirviera por sí mismo sino solo aplicado a un campo determinado. En todo caso, las tres acepciones son aplicables al sujeto hombre, y esto es lo importante.

En la filosofía, se ve al ser humano pensante, como tratando de alcanzar lo desnudo de la idea, la organización conceptual universal, la verdad a la intemperie, el sol en el cenit o la sombra en medio de la noche. Aquí el ser se ha despojado de la individualidad y se ha convertido en un buscador de la piedra última, en un arquitecto del palacio final, en un simple vehículo de la propia idea. O casi.

En el arte, el individuo vuelve a individualizarse pero con el deseo de apartarse de la norma, del común, de la medianía, del factor común, de lo mostrenco y grosero, de lo consabido. Ahora el ser, el artista, anda buscando sin saber siquiera lo que busca, sin control definido, sin sapiencia perfecta, sin control de sus pasos, sin dibujo del arco donde tal vez ande la meta. Es que ni siquiera desea que haya meta, porque es el camino el lugar del deslumbramiento, el trayecto el que da sentido a su experiencia, el rincón del iniciado el que justifica su esfuerzo. Aquí la libertad no tiene aristas definidas ni cuentas ajustables a ciencia concebida, la libertad es acto de un dios en creación, en fiesta y en orgía. O casi.

En la política, la persona se pluraliza, se concreta en referencias, se busca las aristas, se limita en los derechos de todos los demás, se mueve con la espada de la ley pendiente de sus actos, se cobija en las letras de la norma, se ve social y debe abrir los ojos para no desviarse y para no romper el equilibrio, se mueve en las aceras al compás del semáforo, la vida le concierne desde el concepto extraño de la sociabilidad, tiene que hacer horarios en tiempos y en espacios contando con los otros y dibujar la vida con colores que aguanten la mirada plural de los vecinos, tiene que… O casi.

Nihil mihi alienum puto. Nada me es ajeno. A mí tampoco. Porque soy ser humano. Y a veces soy aprendiz de filósofo, otras veces intento algún puntito de creación, y siempre aspiro a ver la norma como algo que me mata pero que a la vez me permite la supervivencia en este extraño mundo en el que habito o acaso que me habita.

Hace apenas dos meses disertaba en público precisamente tratando de concretar este extraño concepto de la libertad. No está mal como deseo. Otra cosa es la realidad de cada hora. Ahí seguimos. También en estas fiestas y viendo cómo se nos echa encima el nuevo año. Pues eso.

sábado, 18 de diciembre de 2010

DATOS PARA REFLEXIONAR

Seguro que voy a repetir ideas; es probable que vuelva al mismo esquema, seguramente hasta doblaré palabras. Qué le vamos a hacer. Será porque hay asuntos en los que mi forma de pensar no ha cambiado y situaciones que me tocan de cerca. Vamos.

Tengo desde hace mucho tiempo como una pelea con los historiadores. Entiéndase con los historiadores que se mueven cerca de donde suelto mis pasos, por geografía o por lecturas. Consiste este distanciamiento, solo mental, que yo ya no estoy para ninguna otra disidencia, en afirmar por mi parte que los estudios históricos solo me sirven para entender mejor mi presente y para proyectar el futuro. Solo, solo, solo y otra vez solo para eso.

Cuando planteo esta afirmación, suelo encontrarme con que ellos asienten sin discusión. Otra cosa bien diferente, me parece, es que, casi cada vez que publican algún escrito, dedican prácticamente todos sus esfuerzos a la taxonomía de datos y a la reproducción de documentos. Después, cuando los leo, me parece andar repitiendo asuntos propios de ratón de biblioteca. A mí me gustaría que esos datos sirvieran de base para, desde ellos, ajustar ideas, sacar conclusiones, elaborar teorías. Vamos, para mojarse en el pensamiento. A veces tengo incluso una impresión un poco más débil para ellos: me siento como si hicieran el trabajo manual para que después yo pueda analizar y extraer esas conclusiones que les exijo a ellos. Hay algún historiador local que, según entiendo, sí se dejaba pelos en la gatera; por eso me gustaba bastante más que otros. Recuerdo aquí su nombre: José Luis Majada Neila.

Ayer asistí a la presentación de un libro que recoge la historia del Casino Obrero de Béjar en sus últimos veinticinco años. No está disponible el texto en librerías; es obvio, pues, que no lo he leído. Afirmaré también, para que no haya equívocos, que, tanto al autor como a los que le acompañaban en la presentación, les concedo todo mi crédito en la materia: desde luego tienen más capacidad que yo para tratar estos asuntos.

Pero es que allí se describió el índice del libro y todo el esfuerzo se iba en el repaso de actos y la acumulación de datos. Incluso una parte se gastó en el recuerdo de anécdotas personales que ni siquiera eran del autor. Menos mal que la tercera parte, más breve y no sé si con los asistentes ya cansados y con escasa atención, dejó en público una reflexión acerca del concepto de “sociabilidad”, concepto que podría venir a explicar los valores de este tipo de asociaciones. Solo para esta parte, para rumiar este concepto y similares es para lo que a mí me sirve cualquier tipo de historia, la de este Centro y al de cualquier otra asociación o comunidad humana.

En efecto, el Casino Obrero de Béjar ha sido siempre un diálogo con la ciudad y uno de los centros en los que la sociabilidad se ha concretado en muchos de sus aspectos en la comunidad bejarana. Y no el único; acaso ni siquiera el más importante. ¿Cómo ha sido ese diálogo? ¿Qué otras instituciones han servido también para el desahogo y la expresión de las relaciones humanas en esta ciudad estrecha? ¿Ha sido o no bueno el pretendido apoliticismo de esta institución? ¿Ha existido realmente ese apoliticismo? ¿Cuál es la actualidad de su lema? ¿Tiene vigencia y futuro este tipo de instituciones en el siglo veintiuno? ¿Realmente sigue siendo interclasista la institución?

Tengo la impresión de que, como casi siempre, nos quedamos a la puerta de la casa. Y esta tiene muchas habitaciones interiores. Hay que pasar adentro, y dar la luz, y limpiar la basura, y calmar la sed, y renovar la pintura, y, a veces, hasta cambiar el edificio.

Yo no puedo hacer otra cosa que darle las gracias al autor por su trabajo, pero me temo que los lectores corren el peligro de quedarse en las anécdotas, en las identificaciones personalistas y en los detalles varios. Cómo me gustaría provocar otra serena charla acerca del Casino Obrero en su pasado, su presente y su futuro, precisamente a partir de todos los datos compendiados en el libro que ayer se presentó al público.

jueves, 16 de diciembre de 2010

POR LA CAÑADA REAL

Tenía una deuda a crédito y se me vencían las letras del contrato. Quiero decir que hacía mucho tiempo que tenía ganas de pasar por mi vista las imágenes de esa calle tan larga de la muerte que había visto en los medios, siempre desde la perspectiva del dolor y de la muerte, del suicidio en las venas, de lo oscuro en los ojos, de lo negro en la vida. Otro día me habían llevado en coche a pasar por el trozo de calle algo más transitable de ese pozo sin fondo, de esa flecha sin norte, de esa espada de nata que es la Cañada Real. Ya entonces pude ver, literalmente de pasada, pues no es aconsejable, ni yo me lo permito, pararme a comprobar otros detalles, lo que hay allí varado.

Eran tal vez las once y media de la mañana. El día era gris. Pintaba sábado. Las carreteras hacen recovecos en autovías que cruzan y se pierden hacia todas las partes. En una de ellas, un desvío a la derecha nos dejó en una rotonda. A partir de ella, comenzaba el infierno.

La Cañada es cañada por antigua y por pública, por común y por uso de paso ganadero. Hoy es solo una inmensa calle descarnada en la que se ha quedado a vivir la muerte disfrazada de andrajos y de lumbre blanca. En efecto, el asfalto no conoce aquel sitio. Solo baches y aguas, paredes desconchadas de colores grisáceos, ladrillos en el suelo y contrastes de puertas que esconden (solo algunas) mucho lujo en sus adentros. Tan solo es una calle que se alarga hasta el olvido por la que apenas galopan los caballos de la velocidad. Son los otros caballos los que reinan y pacen, los que piafan y trotan, los que callan y mueren. Apenas a los lados se abren algunas plazas que dan a campo abierto. Lo demás todo campo, gris y ceniciento, agónico en esta mañana de diciembre.

Pero en esos espacios agonizan los hombres y sobreviven los niños en medio de la calle, los brazos se estiran ofreciendo al efímero visitante la muerte a manos llenas. Qué caras, Dios mío, las de aquellas efigies, las de aquellos peleles en torno de una lumbre o al lado de una tienda improvisada que oculta todo el peso de la muerte.

Porque lo que se hacía visible era la cara oscura, tenebrosa y sombría, lóbrega y renegrida, de los que en realidad trafican con los otros, de los que sí que mueven el negocio del delirio, de los que se enriquecen a costa de los tristes oferentes.

Las caras de los pequeños camellos de la droga blanca aparecían sombrías y asustadas, como sin poder tenerse en pie, lacayos sin sentido de la ruina y del aniquilamiento, cadáveres andantes en espera del pico o del olvido.

Porque al lado de la miseria horrible se dejaban mirar los coches amplios, los del lujo ganado malamente, al amparo de la explotación y del negocio sucio, del tráfico sin celo y sin escrúpulo; y detrás de algunas puertas se adivinaban lujos prohibidos, clandestinos, ilegales, proscritos y excluidos del discurrir diario y normalito. Eran los menos, claro, porque, en cualquier esquina, sin pudor ni reparo, se tambaleaba un joven o se miraba cualquier hombre maduro con la jeringa en ristre o el papel preparado.

Fue solo una pasada, un cambio de dirección en medio del fango y otra vez hacia atrás. La vida con la muerte en medio de la calle, la sinrazón desnuda, el hombre hecho guiñapo y oferta del destino.

Dicen que es el lugar de España en el que más a la vista se desnuda la droga. Debe de ser verdad pues resulta difícil imaginarse más clara la herida de la muerte.

Aquello fue una imagen simplemente, un fogonazo duro y luminoso, una ráfaga gris de plomo y metralleta. El asunto es el antes y el después, la causas y los hechos que llevan hasta el fango y hasta el cieno moral de aquel depósito. Parece que la fuerza animal de la cañada, circulante y ansiosa de la vida, se hubiera estabulado para siempre, enterrada en estiércol y en basura.

Era media mañana. ¿Qué le dará la noche a La Cañada, cuando la luz se olvide de las caras y el deseo se adueñe de tantos aspirantes a los tristes efectos de los delirios blancos?