Pasé el fin de semana -10 a 12 de diciembre- a caballo entre Ávila y Madrid. En Ávila con mis hijos y con Sara, cada día más linda y hermosa, cada día más autosuficiente en mecánica y en palabrería, y en Madrid con mi hermana, con Pedro y con mi sobrino Sergio. También vino Juan Pablo desde Salamanca y compartió con nosotros algunas horas; otras las dedicó a sus amigos.
Solemos ir a Madrid cada dos o tres meses, y lo hacemos con un esquema sencillo: el de pasar algunas horas con los hermanos y el de contrastar la pequeña ciudad con la gran urbe. Y esto mismo es lo que hemos vuelto a practicar durante este fin de semana. El ejercicio me parece provechoso pues la oposición es muy fuerte y, para mis gustos, reafirmarme en la idea de que la alabanza de aldea me sigue ganando es algo que me complace.
No me resulta sencillo resumir esta idea porque también constato la inmensa gama de posibilidades sociales, comerciales, culturales y de todo tipo que ofrece la gran ciudad. Negar esa realidad creo que no sería honrado por mi parte. Pero creo que abarco un panorama un poco más sedimentado desde la distancia y desde esta atalaya de la tranquilidad y del apartamiento. Creo que los medios de comunicación con los que cuento me permiten estar en medio del caos pero desde la distancia y desde la conciencia espacial de la libertad y desde el hermoso sonido del silencio. Sé de sobra que, todavía hoy, si no estás de vez en cuando físicamente cerca del núcleo, te puedes perder y te pierdes de hecho en las circunvalaciones y en el silencio de los oscuros planetas que orbitan alrededor del sol. Bueno, qué le vamos a hacer. Es otra posibilidad.
Ya la realidad muestra que casi todo el volumen de población se hacina en las ciudades, y que cada día esta concentración crece geométricamente. No habrá cultura común si no es la ciudadana, la urbanita. Lo sé. A mí solo me rozará ocasionalmente, en estos días aislados en los que la situación me lleva hasta el centro de la gran ciudad y me engulle entre sus calles, y me deja sin ver que el cielo es amplio, y que en otros lugares el horizonte es dueño del cielo de la tarde, y que la nieve suma sus colores al gris de los montes y de las sierras, y que en el amplio espacio del campo todo es más permanente que la inmensa epidemia que puebla las aceras y que invade las calles con los coches, y que la masa gris que se esconde bajo los abrigos anda acaso solitaria y bastante despistada, sin una meta fija y con todo pendiente de una sesión fugaz de tiempo y marcas.
Pero también he dicho que necesito verlo, sentirlo que me roza y que me grita, que me cerca y me mide por tres días, que me mira de frente y que me reta, que me llena la mente de burbujas, la cabeza de imágenes fugaces, la mente de disfraces comerciales, la voluntad de luces, de inmenso griterío, la razón y otras cosas de intensa soledad en medio del barullo y del gran tráfago.
Solo después me quedo con los ecos, con el silencio lento y cadencioso de mi terraza, gris en estos días, para probar de nuevo estas horas de fondo musical, de tibieza en el aire, de desnudez del tiempo entre las ramas, de la sierra otra vez en tono oscuro, de estas palabras pobres que resumen la voz de un breve y simple pensamiento.
Fui de compras, asistí a una sesión muy cómica en teatro, tomé cañas en Rivas, al amparo del frío y en torno de una mesa que ofrecía amistad, paseé por la noche, llena siempre de gente, vi la ciudad en bruma, como enorme fantasma, presencié las hileras eternas y fugaces de los coches, revisé una vez más ese Madrid hermoso de los Austrias, volví otra vez a Atocha y estuve otro ratito con el recuerdo triste de las víctimas del horror, la locura y el loco fanatismo, y recordé de nuevo: “Siempre la claridad viene del cielo” / no confundir el cielo con los dioses, hice un aparte para pasar veloz dentro de un coche y comprobar in situ lo hondo y negro de la vida en la hilera de muerte de La Cañada Real. Y comprobé otra vez, eso seguro, el cariño real de mis hermanos.
Ávila me acogió con mi familia, con el silencio lento de sus calles de siempre, con una historia eterna guardada en las murallas, con mi nieta en mis brazos y jugando a la vida y a las risas, con su sueño tan largo mientras yo la contemplo, con la charla sencilla y sin dobleces, con la intuición de que a veces “el mundo está bien hecho”, con la sensación clara de que aquella es mi gente.
Hoy es lunes de paso y de contraste, de ciudad y de aldea, de silbo que se afirma sin saber bien por qué ni por qué causa, de imágenes recientes, de pensamientos largos. Voy a seguir rumiándolos en un corto paseo por el parque.
miércoles, 15 de diciembre de 2010
martes, 14 de diciembre de 2010
VUELVE EL HOMBRE (Y NO ES UNA MARCA DE COLONIA)
¿Cuál iba a ser, si no? Yo no conozco otra mejor, por densa y consistente. Es la que transita por el mundo de la educación del ser humano, como portador de posibilidades de regulación de conocimientos, como actor de aplicación de esos conocimientos, como protagonista de la escala de valores éticos a la que puede someter a esos conocimientos, y como impulsor de una nueva vida en la que el ser humano vuelva a ser eje de toda actividad, principio y fin, y no apéndice ni conejillo de indias.
Si a este enorme monstruo del hipermercado en que se ha convertido el mundo no podemos oponerle ningún rival que logre destronarlo ni derribarlo en batalla, al menos habrá que buscar la fórmula de ponerle un traje de fiesta, una cara más amable y un aspecto menos formidable. Es claro que parezco un mendigo pidiendo pan y clemencia pero lo hago desde la rabia y desde la constatación de que, a día de hoy, la batalla anda demasiado desigual.
Decía que ese lavado de cara, tal vez preludio de alguna revolución, pasa por arreglar y mejorar el mundo de la educación, ese mundo en el que a cada individuo, desde la igualdad real de oportunidades, se le enseñe a encauzar su propia vida, a ordenarla y a conducirla desde una mirada crítica y personal.
Ya sé que es un mundo complejísimo y que no se puede articular en un esquema. Me he pasado toda mi vida en las aulas, dándole vueltas mentales a este asunto, y lo único que tengo claro en la madurez de mi vida es que esta tarea es absolutamente clave en cualquier comunidad. Sobre la materia he escrito ya bastante y no quisiera repetirme demasiado. Por lo demás, siento que esto no es más que un desahogo pues no sé de nadie que me haya consultado nunca ni de nadie que me haya pedido consejo en nada. Ni siquiera sé si este breve esquema será realmente leído por alguien, y, menos aún, compartido.
Pero algunos apuntes habrá que dejar aquí también.
Por ejemplo la conciencia de que la escuela no solo es una obligación sino un privilegio para los estudiantes y para la sociedad de la que forman parte.
Por ejemplo que el profesorado necesita tomar conciencia de que es un elemento más del engranaje, pero solo eso. A la escuela no va a salvar la vida a nadie ni a demostrar ninguna cosa, sino a orientar a sus alumnos.
Por ejemplo que todo el sistema educativo (he escrito TODO) necesita de una evaluación continua y una revisión para adaptarse al ritmo al que se modifica la propia sociedad.
Por ejemplo que la escuela necesita mezclar sabiamente la disciplina con la creatividad y la enseñanza según el ritmo de cada alumno.
Por ejemplo que la enseñanza supone esfuerzo y planteamientos a largo plazo, no recompensas inmediatas ni hedonistas: para eso ya están la vida y sus atractivos.
Por ejemplo que tampoco la enseñanza tiene que ser ningún sufrimiento continuo.
Por ejemplo que existe una relación notable entre el ritmo de la casa y el ritmo de la escuela, en rigor, esfuerzo y costumbres.
Por ejemplo que hay que premiar de manera más visible el esfuerzo individual y la excelencia, y no dejarse llevar por la medianía y hasta por la vergüenza entre los alumnos esforzados.
Por ejemplo que hay que reconocer socialmente el valor de los profesionales que se dedican a este nobilísimo trabajo.
Por ejemplo que no hay que minusvalorar lo ya descubierto y conseguido partiendo cada día de la nada y descubriendo mediterráneos. Lo clásico tiene el valor de lo clásico y lo moderno tiene que currarse su valor y su sitio.
Por ejemplo que los elementos técnicos tienen que incorporarse sin reservas como medios útiles para la enseñanza.
Por ejemplo que los ejemplos del mundo laboral tenían que estar mucho más presentes en la escuela.
Por ejemplo que el fin último no es aprender elementos sino aprender a clasificar y a discriminar elementos, para ponerlos al servicio de la mente de un ser crítico.
Por ejemplo que acaso los programas tendrían que ajustarse más a los grandes temas y menos a los elementos concretos, sobre todo porque estos cambian ahora a toda velocidad. Quiero decir que hay que aprender ideas y evolución de ideas antes que datos.
Por ejemplo que, en el fondo, todo tiene que estar orientado a formar ciudadanos críticos y dispuestos a enfrentar su propia vida y no a ser apéndices gregarios de las modas y de los modos que les imponen los mercados. Lo que tenemos que hacer es formar ciudadanos y seres vivos, tenemos que volver a poner de moda el humanismo y el valor de todo lo que afecte al ser humano como tal y no como consumidor irracional.
Solo en este contexto se podrá pensar en una política cultural y social para un contexto en el que el valor de la creación cultural adquiera su sitio digno y, sobre todo, un contexto en el que el hombre sea exactamente eso, solo eso y nada más que eso: el hombre. En tal contexto -y vuelvo a los comienzos de este esquema de ensayo-, uno tiene la seguridad de que tiene al menos el mismo valor que Ronaldo. Y vuelvo a pedir perdón por personificar y por provocar.
N.B. Hasta aquí se ha dibujado un esquema breve de una visión no demasiado optimista de la situación del mundo. Ojalá que esa visión anduviera equivocada y no obedeciera a la realidad. Me temo que, por esta vez, tengo algo de razón. Y no me gustaría que mis hijos, ni los hijos de mis hijos, terminaran por perder la conciencia de sus posibilidades ni de su libertad para decir en algún momento basta.
Cada uno termina posando su vista en los espacios y en los tiempos más inmediatos.
Creo que el esquema sigue sirviendo en igual medida. Acaso me tome la molestia de intentar ejemplificar con elementos más próximos y más inmediatos. Veremos.
Si a este enorme monstruo del hipermercado en que se ha convertido el mundo no podemos oponerle ningún rival que logre destronarlo ni derribarlo en batalla, al menos habrá que buscar la fórmula de ponerle un traje de fiesta, una cara más amable y un aspecto menos formidable. Es claro que parezco un mendigo pidiendo pan y clemencia pero lo hago desde la rabia y desde la constatación de que, a día de hoy, la batalla anda demasiado desigual.
Decía que ese lavado de cara, tal vez preludio de alguna revolución, pasa por arreglar y mejorar el mundo de la educación, ese mundo en el que a cada individuo, desde la igualdad real de oportunidades, se le enseñe a encauzar su propia vida, a ordenarla y a conducirla desde una mirada crítica y personal.
Ya sé que es un mundo complejísimo y que no se puede articular en un esquema. Me he pasado toda mi vida en las aulas, dándole vueltas mentales a este asunto, y lo único que tengo claro en la madurez de mi vida es que esta tarea es absolutamente clave en cualquier comunidad. Sobre la materia he escrito ya bastante y no quisiera repetirme demasiado. Por lo demás, siento que esto no es más que un desahogo pues no sé de nadie que me haya consultado nunca ni de nadie que me haya pedido consejo en nada. Ni siquiera sé si este breve esquema será realmente leído por alguien, y, menos aún, compartido.
Pero algunos apuntes habrá que dejar aquí también.
Por ejemplo la conciencia de que la escuela no solo es una obligación sino un privilegio para los estudiantes y para la sociedad de la que forman parte.
Por ejemplo que el profesorado necesita tomar conciencia de que es un elemento más del engranaje, pero solo eso. A la escuela no va a salvar la vida a nadie ni a demostrar ninguna cosa, sino a orientar a sus alumnos.
Por ejemplo que todo el sistema educativo (he escrito TODO) necesita de una evaluación continua y una revisión para adaptarse al ritmo al que se modifica la propia sociedad.
Por ejemplo que la escuela necesita mezclar sabiamente la disciplina con la creatividad y la enseñanza según el ritmo de cada alumno.
Por ejemplo que la enseñanza supone esfuerzo y planteamientos a largo plazo, no recompensas inmediatas ni hedonistas: para eso ya están la vida y sus atractivos.
Por ejemplo que tampoco la enseñanza tiene que ser ningún sufrimiento continuo.
Por ejemplo que existe una relación notable entre el ritmo de la casa y el ritmo de la escuela, en rigor, esfuerzo y costumbres.
Por ejemplo que hay que premiar de manera más visible el esfuerzo individual y la excelencia, y no dejarse llevar por la medianía y hasta por la vergüenza entre los alumnos esforzados.
Por ejemplo que hay que reconocer socialmente el valor de los profesionales que se dedican a este nobilísimo trabajo.
Por ejemplo que no hay que minusvalorar lo ya descubierto y conseguido partiendo cada día de la nada y descubriendo mediterráneos. Lo clásico tiene el valor de lo clásico y lo moderno tiene que currarse su valor y su sitio.
Por ejemplo que los elementos técnicos tienen que incorporarse sin reservas como medios útiles para la enseñanza.
Por ejemplo que los ejemplos del mundo laboral tenían que estar mucho más presentes en la escuela.
Por ejemplo que el fin último no es aprender elementos sino aprender a clasificar y a discriminar elementos, para ponerlos al servicio de la mente de un ser crítico.
Por ejemplo que acaso los programas tendrían que ajustarse más a los grandes temas y menos a los elementos concretos, sobre todo porque estos cambian ahora a toda velocidad. Quiero decir que hay que aprender ideas y evolución de ideas antes que datos.
Por ejemplo que, en el fondo, todo tiene que estar orientado a formar ciudadanos críticos y dispuestos a enfrentar su propia vida y no a ser apéndices gregarios de las modas y de los modos que les imponen los mercados. Lo que tenemos que hacer es formar ciudadanos y seres vivos, tenemos que volver a poner de moda el humanismo y el valor de todo lo que afecte al ser humano como tal y no como consumidor irracional.
Solo en este contexto se podrá pensar en una política cultural y social para un contexto en el que el valor de la creación cultural adquiera su sitio digno y, sobre todo, un contexto en el que el hombre sea exactamente eso, solo eso y nada más que eso: el hombre. En tal contexto -y vuelvo a los comienzos de este esquema de ensayo-, uno tiene la seguridad de que tiene al menos el mismo valor que Ronaldo. Y vuelvo a pedir perdón por personificar y por provocar.
N.B. Hasta aquí se ha dibujado un esquema breve de una visión no demasiado optimista de la situación del mundo. Ojalá que esa visión anduviera equivocada y no obedeciera a la realidad. Me temo que, por esta vez, tengo algo de razón. Y no me gustaría que mis hijos, ni los hijos de mis hijos, terminaran por perder la conciencia de sus posibilidades ni de su libertad para decir en algún momento basta.
Cada uno termina posando su vista en los espacios y en los tiempos más inmediatos.
Creo que el esquema sigue sirviendo en igual medida. Acaso me tome la molestia de intentar ejemplificar con elementos más próximos y más inmediatos. Veremos.
lunes, 13 de diciembre de 2010
SÍ, BOANA / BIODIVERSIDAD HUMANA
Y el mundo del dinero, a pesar de circular por autopistas sin semáforos, tiene centros de decisión muy determinados y tiene también a un grupo de lugartenientes bien reducido que ordena el tráfico a su antojo y capricho.
Cualquier ramo de actividad que consideremos apunta, en último término, al otro lado del charco, y en concreto a Wall Street. Desde USA se supervisa todo y todo se ordena. En el mundo no hay más que una bolsa de valores y, si allí estornudan, aquí nos acatarramos. Para que el imperio no se manche demasiado ni sus componentes se sientan mal en ningún momento, la producción la encargan a las sucursales repartidas por el mundo, que trabajan en unas condiciones de explotación bien conocidas para que, más tarde, el producto se reparta por todo el planeta y se ordene según las decisiones de los accionistas en el cuartel central. Naturalmente, la acción puede ser directa o indirecta, con lavado de cara o a lo bruto. El caso es que, de la manera que sea, ellos gestionan comercialmente nuestras actividades y, lo más importante, nuestra moral, nuestra ética y nuestra forma de ser.
De nuevo, lo más importante, con serlo y mucho, no es esto. Lo fundamental es que la producción, la distribución, el reparto, el nuevo orden de vida que esto comporta, la nueva ética que de ello se deriva, están condicionadas y hasta acordadas por un número muy reducido de personas. Se produce, entonces, un déficit de participación social absolutamente insoportable para la dignidad humana que, otra vez, apenas si tiene posibilidades de irse acomodando mansamente en ese nuevo orden que le viene impuesto desde fuera. La moral y la ética la imponen los mercados, los mercados están controlados por los dueños de las acciones, estos grandes dueños son muy pocos, la sociedad está condicionada por sus decisiones, las sociedades son muy poco participativas y la democracia real se resiente y hasta se volatiliza.
¿Hasta qué punto podríamos decir que el mundo se ha americanizado? Músicas, cines, literatura, elementos técnicos, pinturas, modelos culturales, modelos económicos, costumbres, lengua… Cada cual sabrá qué cuentas le salen. La Historia da cuenta de varios imperios. Este es el último. Tal vez el más tentacular y el más intenso.
Los súbditos del imperio no parecen tomárselo muy a mal a tenor de los signos de respeto, de admiración y de adoración que muestran. Considerar las atenciones que los medios de comunicación dan a cualquier anécdota de los EEUU es tan descorazonador como revelador del grado de papanatismo en el que nos movemos.
Descubrir hasta qué punto los representantes del imperio (embajadas, gerentes, encargados de negocios…) nos vigilan (véase papeles Wikileaks) es cuando menos sonrojante.
Como se propone en todos los casos, ¿cómo encontrar escape a esta imposición, a este dirigismo y a esta supervisión tan llena de aristas deficitarias?
Tal vea lo primero será volver al viejo esquema de los principios, a la necesidad de considerar principal al ser humano por el hecho de serlo, y solo después y en orden secundario al mercado y a todas sus exigencias. Hay que encontrar alma en el ser humano ya que el alma en el mercado se escabulle y se escurre como si en realidad no existiera. Si existe ética en el mundo comercial es una ética que en poco considera al ser humano como tal pues lo supedita a la cuenta de resultados y lo convierte en súbdito de quien toma las decisiones, no en su nombre precisamente. Hay que volver al hombre, al ser que siente y razona, al ser con dignidad, al ser de la igualdad y al ser de la participación.
Pero como esto parece música celestial, apuntaremos alguna posibilidad de esas que sirvan para matar el gusanillo y para acallar un poquito la conciencia.
La participación social, en estructuras pequeñas (ONGs, clubs, asociaciones…) o en estructuras grandes (partidos políticos, corrientes de pensamiento…), se presenta tal vez más necesaria que nunca.
La colaboración, en la pequeña proporción que nos permiten nuestras necesidades individuales, en todo el fenómeno del comercio justo es otro pequeño escape.
Las consideraciones teóricas en pequeñas dosis, en foros públicos mayores o menores (blogs, conferencias…) de la situación en la que nos encontramos.
El apoyo a las medidas que ayuden a la supervivencia de los productos y de los elementos culturales de otros lugares distintos del imperio y que no sean gestionados directa o indirectamente por él.
Apoyar los productos nacionales como defensa de una mínima libertad real del comercio y como parapeto frente a la invasión de los modelos imperiales. Cuánto se podría aquí analizar y proponer para el mundo del cine, por ejemplo…
Desaprobación, al menos parcial y temporal, de los principales símbolos más representativos del imperio (cocacola, hamburguesas, mundo de las marcas…).
Hace no muchos días, un ex jugador de fútbol francés, Eric Cantona, proponía un suma de acciones pequeñitas que, sumadas, podrían hacer pensar a los gurús del imperio. Proponía exactamente retirar muchos pequeños ahorros de los bancos para que la gran banca reaccionara e hiciera circular el capital que tiene ahogado al consumidor y al pequeño empresario. Parece un acto simbólico y poco productivo. De momento. Habrá que esperar para ver qué nuevas ocurrencias se proponen en los próximos tiempos.
Porque algo habrá que hacer para romper esta dinámica de concentración de decisiones.
Ya se ve que son proposiciones de andar por casa, de poca monta, de escasa trascendencia general. Pero acaso de mayor calado en el plano individual.
Porque lo que realmente hay que hacer es repensar el sistema, reordenar la escala de valores y producir un mundo nuevo. Pero ya hemos mentado a la bicha. Y se puede enfadar. Dejémosla que duerma. Y nosotros a dormir con ella. Pero, por lo que más quiera cada uno, que no sea por engaño externo, que los que nos engañemos seamos nosotros, sabiendo que nos estamos engañando.
Aún propondré otra fórmula, más enjundiosa y más duradera y consistente. No es nada nuevo, ya veréis.
Pero hoy no.
Cualquier ramo de actividad que consideremos apunta, en último término, al otro lado del charco, y en concreto a Wall Street. Desde USA se supervisa todo y todo se ordena. En el mundo no hay más que una bolsa de valores y, si allí estornudan, aquí nos acatarramos. Para que el imperio no se manche demasiado ni sus componentes se sientan mal en ningún momento, la producción la encargan a las sucursales repartidas por el mundo, que trabajan en unas condiciones de explotación bien conocidas para que, más tarde, el producto se reparta por todo el planeta y se ordene según las decisiones de los accionistas en el cuartel central. Naturalmente, la acción puede ser directa o indirecta, con lavado de cara o a lo bruto. El caso es que, de la manera que sea, ellos gestionan comercialmente nuestras actividades y, lo más importante, nuestra moral, nuestra ética y nuestra forma de ser.
De nuevo, lo más importante, con serlo y mucho, no es esto. Lo fundamental es que la producción, la distribución, el reparto, el nuevo orden de vida que esto comporta, la nueva ética que de ello se deriva, están condicionadas y hasta acordadas por un número muy reducido de personas. Se produce, entonces, un déficit de participación social absolutamente insoportable para la dignidad humana que, otra vez, apenas si tiene posibilidades de irse acomodando mansamente en ese nuevo orden que le viene impuesto desde fuera. La moral y la ética la imponen los mercados, los mercados están controlados por los dueños de las acciones, estos grandes dueños son muy pocos, la sociedad está condicionada por sus decisiones, las sociedades son muy poco participativas y la democracia real se resiente y hasta se volatiliza.
¿Hasta qué punto podríamos decir que el mundo se ha americanizado? Músicas, cines, literatura, elementos técnicos, pinturas, modelos culturales, modelos económicos, costumbres, lengua… Cada cual sabrá qué cuentas le salen. La Historia da cuenta de varios imperios. Este es el último. Tal vez el más tentacular y el más intenso.
Los súbditos del imperio no parecen tomárselo muy a mal a tenor de los signos de respeto, de admiración y de adoración que muestran. Considerar las atenciones que los medios de comunicación dan a cualquier anécdota de los EEUU es tan descorazonador como revelador del grado de papanatismo en el que nos movemos.
Descubrir hasta qué punto los representantes del imperio (embajadas, gerentes, encargados de negocios…) nos vigilan (véase papeles Wikileaks) es cuando menos sonrojante.
Como se propone en todos los casos, ¿cómo encontrar escape a esta imposición, a este dirigismo y a esta supervisión tan llena de aristas deficitarias?
Tal vea lo primero será volver al viejo esquema de los principios, a la necesidad de considerar principal al ser humano por el hecho de serlo, y solo después y en orden secundario al mercado y a todas sus exigencias. Hay que encontrar alma en el ser humano ya que el alma en el mercado se escabulle y se escurre como si en realidad no existiera. Si existe ética en el mundo comercial es una ética que en poco considera al ser humano como tal pues lo supedita a la cuenta de resultados y lo convierte en súbdito de quien toma las decisiones, no en su nombre precisamente. Hay que volver al hombre, al ser que siente y razona, al ser con dignidad, al ser de la igualdad y al ser de la participación.
Pero como esto parece música celestial, apuntaremos alguna posibilidad de esas que sirvan para matar el gusanillo y para acallar un poquito la conciencia.
La participación social, en estructuras pequeñas (ONGs, clubs, asociaciones…) o en estructuras grandes (partidos políticos, corrientes de pensamiento…), se presenta tal vez más necesaria que nunca.
La colaboración, en la pequeña proporción que nos permiten nuestras necesidades individuales, en todo el fenómeno del comercio justo es otro pequeño escape.
Las consideraciones teóricas en pequeñas dosis, en foros públicos mayores o menores (blogs, conferencias…) de la situación en la que nos encontramos.
El apoyo a las medidas que ayuden a la supervivencia de los productos y de los elementos culturales de otros lugares distintos del imperio y que no sean gestionados directa o indirectamente por él.
Apoyar los productos nacionales como defensa de una mínima libertad real del comercio y como parapeto frente a la invasión de los modelos imperiales. Cuánto se podría aquí analizar y proponer para el mundo del cine, por ejemplo…
Desaprobación, al menos parcial y temporal, de los principales símbolos más representativos del imperio (cocacola, hamburguesas, mundo de las marcas…).
Hace no muchos días, un ex jugador de fútbol francés, Eric Cantona, proponía un suma de acciones pequeñitas que, sumadas, podrían hacer pensar a los gurús del imperio. Proponía exactamente retirar muchos pequeños ahorros de los bancos para que la gran banca reaccionara e hiciera circular el capital que tiene ahogado al consumidor y al pequeño empresario. Parece un acto simbólico y poco productivo. De momento. Habrá que esperar para ver qué nuevas ocurrencias se proponen en los próximos tiempos.
Porque algo habrá que hacer para romper esta dinámica de concentración de decisiones.
Ya se ve que son proposiciones de andar por casa, de poca monta, de escasa trascendencia general. Pero acaso de mayor calado en el plano individual.
Porque lo que realmente hay que hacer es repensar el sistema, reordenar la escala de valores y producir un mundo nuevo. Pero ya hemos mentado a la bicha. Y se puede enfadar. Dejémosla que duerma. Y nosotros a dormir con ella. Pero, por lo que más quiera cada uno, que no sea por engaño externo, que los que nos engañemos seamos nosotros, sabiendo que nos estamos engañando.
Aún propondré otra fórmula, más enjundiosa y más duradera y consistente. No es nada nuevo, ya veréis.
Pero hoy no.
UNA LUCHA DESIGUAL
Aceptado el valor creciente de la cultura, la mayor influencia que ejerce en el mundo actual y reconociendo que su posición y su adaptación a las leyes del mercado es casi absoluta, habrá que aceptar que también se incorpora al mundo del hiperconsumo. De tal manera se consume cultura que cualquiera que volviera a nosotros con solo unos decenios de intermedio se quedaría estupefacto. Sin duda a ello ha contribuido la liberación de tiempo para el ocio, a causa de la revolución absoluta de la técnica. Todo lo que quiera ser realmente se tiene que poner a la vista y al olfato de cualquiera; no tiene más que someterse sin reparos a las leyes del hipercapitalismo que lo controla todo y lo ordena a su manera, lo distribuye, lo jerarquiza, decide desde sus leyes la bondad o la maldad de las cosas y sube a la cúspide sencillamente a quien le dé la gana.
Buena parte del tiempo libre -controladores mediante- se organiza en torno de la oferta cultural, que cada día es más extensa y hace depender de ella a mayor número de personas. Ahí se encuadra todo el mundo del turismo, de viajes diversos, de comidas, cines, libros, parques temáticos, marcas…. El mejoramiento de todo tipo de medios de comunicación ha contribuido en gran medida a que esa oferta de cultura esté más al alcance de la mano.
Nadie podría oponerse a que esto sea así. Las consideraciones negativas vendrán una vez más por el grado y por la manera en que todo esto se desnaturaliza y se pone al servicio de las estructuras del gran capital, que son las que realmente cuadriculan y promueven los grandes paquetes de oferta. El dinero se ha concentrado, las voluntades de han reducido en número a la hora de decidir, la participación social real parece solo una figuración y mucho menos una realidad concreta. Pero si hasta el inicio de los períodos estacionales o de vacaciones los marca El Corte Inglés: (Ya es primavera en El Corte Inglés).
Buena parte del esfuerzo del ciudadano de a pie se va en complacer esas necesidades creadas artificialmente por los grandes distribuidores de los productos, sean estos más generales o más específicamente culturales. ¿Cuántas son realmente las compañías de discos potentes en el mundo? No controlo esa realidad, pero puedo jugar -y ganar- a que son solo unas pocas. ¿Qué ocurre en nuestro país con las editoriales? Más de lo mismo. ¿Y con el mundo audiovisual? ¿Y con la distribución de los elementos técnicos necesarios que sirvan de soporte a esa cultura? ¿Y con…? Pues eso.
En tales circunstancias en las que el individuo se ve impotente para hacer frente a los grandes monstruos, ¿qué camino le queda? Ni siquiera si los grandes detentadores del poder asumieran alguna función de mecenas dejaría de acecharnos un grave peligro. ¿Cuál? El de hacer del mundo y sus habitantes un moldeado que responda a sus caprichos y a sus gustos. Es el peligro de la homogeneización. Y el de la rebaja del nivel. No hay que olvidar que el mercado necesita que los consumidores no se desanimen del todo ni pierdan alguna capacidad para comprar los productos; si así no fuera, la máquina dejaría de rodar, y esto sí que no se lo puede permitir ni el mundo del capitalismo salvaje. Parece que es un triste consuelo este de pensar que el edificio no se puede dejar caer del todo. Pero es que por el medio se siguen cayendo, y a pedazos, muchas habitaciones.
Esta necesidad de llegar con los productos a muchos exige inevitablemente que el nivel de lo que se ofrece sea comprensible y fácil de asumir para que, si es posible, entusiasme y se expanda. En ese sentido, el producto cultural, y el modelo del mundo por extensión, andan en el filo de la navaja, simplificando procedimientos y echando al mercado prototipos nada complejos. Ya sé que una élite del arte se funda precisamente en la novedad, a veces en la tontería del esnobismo por el esnobismo, pero esa es una ínfima parte que afecta a un tanto por ciento reducido de la población. Dicho con palabras más directas: ¿estos condicionamientos del mercado sobre el producto cultural empujan a trivializar la creación y terminan haciendo una sociedad más pastueña, más uniforme, más bruta y hasta más infantil? Por lo menos hay ejemplos que inducen a pensar en algo de eso.
Pero (otra vez algún pero) a pesar de las grandes marcas y de sus falsificaciones, a pesar del mundo como aldea global omnipresente, a pesar de todos estos peligros, aún hay vida después del dinero y del capital, después de la uniformización y después de la trivialización. ¿Dónde y cómo?
Echémosle algo de buena voluntad. Existen también muchas muestras de que el ser humano, a pesar de esa lucha desigual en la que está embarcado, se resiste a la uniformidad y da muestras de oponer toda la escasa resistencia que puede para encontrar algo de su identidad. No hay, de momento, peligro excesivo en la disgregación de los conceptos de nación y de los territorios establecidos, a pesar de ejemplos como el de nuestro mismo país. Cada día proliferan más las exquisiteces que se basan en la particularidad en vez de en la universalidad. No hay más que analizar el mundo de la gastronomía, por ejemplo, o el de la moda misma, que se afana en mostrar particularidades propias de cada territorio, o la música que, aunque mezcla cada día más, intenta dar a conocer las peculiaridades propias de cada lugar (ahí está el caso del flamenco), o incluso de la literatura o de la pintura… Cada lugar tiene sus características, que se hunden en los paisajes particulares, en las costumbres, en las relaciones específicas. Ah, y esas identidades particularizantes se buscan, a veces desesperadamente, en las relaciones humanas.
Pero esto aquí y ahora no toca.
Tal vez la prueba que puede resultar más consistente es la de que la propia naturaleza del arte está en la investigación y en la necesidad de encontrar cada día elementos diferentes a los usados en la ocasión anterior, es decir, que la expresión cultural, para ser tal, necesita las variables y la pluralidad, la innovación y no la repetición.
¿Quién ganará esta guerra tan desigual entre la universalidad y la particularidad? Sea cual sea el enfoque que queramos darle, lo que parece seguro es que será el mundo del dinero, con sus leyes y con sus exigencias, el que realmente ganará. La creación cultural será en los próximos años como sea y tendrá uniformidad o variedad, pero estará más que nunca sometida a la voluntad del escaso número de los que deciden en los ámbitos financieros. Ahí andamos
Buena parte del tiempo libre -controladores mediante- se organiza en torno de la oferta cultural, que cada día es más extensa y hace depender de ella a mayor número de personas. Ahí se encuadra todo el mundo del turismo, de viajes diversos, de comidas, cines, libros, parques temáticos, marcas…. El mejoramiento de todo tipo de medios de comunicación ha contribuido en gran medida a que esa oferta de cultura esté más al alcance de la mano.
Nadie podría oponerse a que esto sea así. Las consideraciones negativas vendrán una vez más por el grado y por la manera en que todo esto se desnaturaliza y se pone al servicio de las estructuras del gran capital, que son las que realmente cuadriculan y promueven los grandes paquetes de oferta. El dinero se ha concentrado, las voluntades de han reducido en número a la hora de decidir, la participación social real parece solo una figuración y mucho menos una realidad concreta. Pero si hasta el inicio de los períodos estacionales o de vacaciones los marca El Corte Inglés: (Ya es primavera en El Corte Inglés).
Buena parte del esfuerzo del ciudadano de a pie se va en complacer esas necesidades creadas artificialmente por los grandes distribuidores de los productos, sean estos más generales o más específicamente culturales. ¿Cuántas son realmente las compañías de discos potentes en el mundo? No controlo esa realidad, pero puedo jugar -y ganar- a que son solo unas pocas. ¿Qué ocurre en nuestro país con las editoriales? Más de lo mismo. ¿Y con el mundo audiovisual? ¿Y con la distribución de los elementos técnicos necesarios que sirvan de soporte a esa cultura? ¿Y con…? Pues eso.
En tales circunstancias en las que el individuo se ve impotente para hacer frente a los grandes monstruos, ¿qué camino le queda? Ni siquiera si los grandes detentadores del poder asumieran alguna función de mecenas dejaría de acecharnos un grave peligro. ¿Cuál? El de hacer del mundo y sus habitantes un moldeado que responda a sus caprichos y a sus gustos. Es el peligro de la homogeneización. Y el de la rebaja del nivel. No hay que olvidar que el mercado necesita que los consumidores no se desanimen del todo ni pierdan alguna capacidad para comprar los productos; si así no fuera, la máquina dejaría de rodar, y esto sí que no se lo puede permitir ni el mundo del capitalismo salvaje. Parece que es un triste consuelo este de pensar que el edificio no se puede dejar caer del todo. Pero es que por el medio se siguen cayendo, y a pedazos, muchas habitaciones.
Esta necesidad de llegar con los productos a muchos exige inevitablemente que el nivel de lo que se ofrece sea comprensible y fácil de asumir para que, si es posible, entusiasme y se expanda. En ese sentido, el producto cultural, y el modelo del mundo por extensión, andan en el filo de la navaja, simplificando procedimientos y echando al mercado prototipos nada complejos. Ya sé que una élite del arte se funda precisamente en la novedad, a veces en la tontería del esnobismo por el esnobismo, pero esa es una ínfima parte que afecta a un tanto por ciento reducido de la población. Dicho con palabras más directas: ¿estos condicionamientos del mercado sobre el producto cultural empujan a trivializar la creación y terminan haciendo una sociedad más pastueña, más uniforme, más bruta y hasta más infantil? Por lo menos hay ejemplos que inducen a pensar en algo de eso.
Pero (otra vez algún pero) a pesar de las grandes marcas y de sus falsificaciones, a pesar del mundo como aldea global omnipresente, a pesar de todos estos peligros, aún hay vida después del dinero y del capital, después de la uniformización y después de la trivialización. ¿Dónde y cómo?
Echémosle algo de buena voluntad. Existen también muchas muestras de que el ser humano, a pesar de esa lucha desigual en la que está embarcado, se resiste a la uniformidad y da muestras de oponer toda la escasa resistencia que puede para encontrar algo de su identidad. No hay, de momento, peligro excesivo en la disgregación de los conceptos de nación y de los territorios establecidos, a pesar de ejemplos como el de nuestro mismo país. Cada día proliferan más las exquisiteces que se basan en la particularidad en vez de en la universalidad. No hay más que analizar el mundo de la gastronomía, por ejemplo, o el de la moda misma, que se afana en mostrar particularidades propias de cada territorio, o la música que, aunque mezcla cada día más, intenta dar a conocer las peculiaridades propias de cada lugar (ahí está el caso del flamenco), o incluso de la literatura o de la pintura… Cada lugar tiene sus características, que se hunden en los paisajes particulares, en las costumbres, en las relaciones específicas. Ah, y esas identidades particularizantes se buscan, a veces desesperadamente, en las relaciones humanas.
Pero esto aquí y ahora no toca.
Tal vez la prueba que puede resultar más consistente es la de que la propia naturaleza del arte está en la investigación y en la necesidad de encontrar cada día elementos diferentes a los usados en la ocasión anterior, es decir, que la expresión cultural, para ser tal, necesita las variables y la pluralidad, la innovación y no la repetición.
¿Quién ganará esta guerra tan desigual entre la universalidad y la particularidad? Sea cual sea el enfoque que queramos darle, lo que parece seguro es que será el mundo del dinero, con sus leyes y con sus exigencias, el que realmente ganará. La creación cultural será en los próximos años como sea y tendrá uniformidad o variedad, pero estará más que nunca sometida a la voluntad del escaso número de los que deciden en los ámbitos financieros. Ahí andamos
sábado, 11 de diciembre de 2010
LA INVASIÓN DE LA CULTURA ¿DE QUÉ CULTURA?
Ya se ha dicho más arriba que la estructura del mercado y del comercio lo ocupa todo, y que es todo lo que se ha adaptado a sus reglas y a sus condiciones.
El mundo de la cultura no se escapa de esos condicionamientos. Y no lo hace porque necesita, como cualquier otro producto, ponerse bajo el foco, tras los cristales del escaparate universal, para que todo el contorno se entere de su existencia, de su posible valor y de su interés para ser adquiridos.
Hoy más que nunca vivimos en una cultura de masas y cualquier creación cultural tiene que ponerse en el nivel adecuado para que esas masas puedan ser compradoras de la misma. Sigue existiendo el arte elitista, pero queda refugiado en las bodegas oscuras de los grandes inversores y afecta a pocas producciones y a escasos autores. Los demás, casi todos, tienen que ajustarse a las leyes que les imponga el mercado. De esta manera, las coordenadas en las que se produce lo más puro del acto creativo están contaminadas por la repercusión social necesaria para poder poner en circulación el producto.
Son muchas y fundamentales las consecuencias que de todo eso se derivan. Señalaré solo una: la simplicidad necesaria para poder ser interpretada y consumida la obra de arte por cualquier comprador-consumidor. Todo está en el escaparate, y el cristal del establecimiento no es precisamente el de una sala de arte y ensayo.
El proceso de “secularización” del arte no es muy antiguo en la Historia, pero en los últimos tiempos la velocidad de ampliación se ha multiplicado exponencialmente.
Tal vez haya sido el cine el ejemplo primero y más ilustrativo. Ya nació con el signo del espectáculo como fundamento y, desde su inicio, el empeño en comercializar la imagen y la fama de los integrantes no ha hecho más que crecer y multiplicarse.
Dos datos para el convencimiento: a) La entrega de los Oscar en la que todo se sustancia en escaparate de “estrellas”, figuraciones, escotes y fiestas. Nada de películas ni de elementos artísticos, solo escaparate y más escaparate para un mundo absolutamente idiotizado y complaciente. b) Las promociones de las películas. En esas promociones se gasta más dinero que en el mismo rodaje. El comercio tiene más importancia que el arte y la creación se supedita, en su concepción y en su realización, a las leyes del comercio y del capital. Como para seguir yo creyendo en el artificio hollyvoodiense. Por favor.
Algo similar sucede en el mundo de la televisión, que sustituyó y en parte engulló al propio cine. En ese mundo, lo que importa es la pose, la apariencia y, en los últimos años, el escándalo. Este medio, aparentemente universalizador, ha conseguido realmente reducir el mundo a lo que aparece en pantalla; lo demás es como si no existiera: en realidad no existe. Dominar ese medio es conseguir dominar los principales elementos que tejen la escala de valores de la sociedad, lo que equivale a condicionar la opinión, a formarla y a conducir en realidad la vida de las comunidades. A nadie debería extrañarle que los grupos de presión se esfuercen al máximo para que se les den concesiones de emisoras. En España, además, hay dirigentes políticos que no han sentido ni el más mínimo rubor en concederlas a grupúsculos afines, saltándose las más elementales reglas del mercado libre que dicen defender. Los favores se pagan después generosamente en informaciones sesgadas, en comentarios tendenciosos y en programaciones escasamente equilibradas.
Y como, también aquí, lo que interesa realmente es la cuenta de resultados, todo se trivializa, se simplifica groseramente y se somete a la presencia de seres que rozan el escándalo y que caen de lleno en la falta de formación y en el exhibicionismo, en el famoseo y en el chismorreo y el marujeo más grosero y zafio: es la mejor fórmula para que el espectador se deje llevar sin aportar criterios propios y conciencia crítica de lo que ve y de lo que se le presenta. El mundo sería casi inconcebible hoy sin la televisión y tener su control es interés prioritario de quien quiere situarse en condiciones favorables para el dominio del mundo del capital también y de todo lo que comporta. El interés es mucho mayor que el de conseguir el poder político.
Aunque en grado menor, algo parecido sucede con el mundo de la radio y de otros medios de comunicación. No hay más que mirar en qué tipo de manos están todos los medios para extraer consecuencias acerca de los intereses que en ellos se encierran.
Tal vez, junto al caso de la televisión, internet sea el último ejemplo de lo que se viene afirmando. Este medio ha puesto todo al alcance de todos y, también en alguna medida lo ha trivializado todo. Cualquiera puede expresarse, desde cualquier lugar y desde cualquier nivel. Hasta yo mismo lo hago, con perdón. Es el medio masificado, es el medio que exige niveles comprensibles para ser aceptado, es el medio que hace a todos “artistas”, aunque sea de pacotilla.
El creador que quiera darse a conocer en tiempo real no tiene más remedio que someterse a las reglas del inmenso escaparate de los medios e incluso crear con el goteo en el pensamiento de que es la masa la que impone las condiciones y el canon.
El artista es otro obrero más que trabaja para la empresa, para el medio, para la estructura comercial, para el capital. Solo si logra entrar con algo de éxito en la rueda del escaparate tendrá alguna posibilidad de decir algo personal. Tal vez cuando ya sea demasiado tarde. Primero hay que ser Belén Esteban, más tarde ya veremos.
¿A qué altura hemos colocado, entonces, la creación cultural? ¿Y la dignidad del creador? Busquemos, de nuevo, elementos positivos, que alguno tiene que haber.
El primero tal vez sea el de no sacralizar demasiado el trabajo creador pues sale de la mano de personas con las mismas posibilidades que los demás, y también con las mismas obligaciones: hay que socializar la creación cultural.
El segundo apunta a la posibilidad de que, de esta manera, sea mucho más amplio el número de personas que se acerca a esa cultura a través de museos, exposiciones, viajes organizados, internet, medios audiovisuales…
El tercero es el de que el nivel medio seguramente suba y se gane en cantidad lo que acaso se pierda en calidad.
El cuarto es que seguramente la conciencia del mantenimiento y de la conservación de elementos culturales se acentúe.
El quinto…
O sea, que no hay mal que por bien no venga. El acento de la maldad se sigue poniendo no en la creación sino en su sometimiento al comercio y en la preponderancia casi absoluta de este frente al acto creador, el espíritu servil de la cultura frente a la eficacia como meta, en la triste realidad de que sean los medios comerciales y de escaparate los que crean más elementos de referencia y de ejemplo social que los talentos y el esfuerzo, que el valor de la cultura haya seguido el mismo camino del desprestigio que han seguido las estructuras políticas o religiosas, que el arte y la cultura se hayan convertido en buena manera en antiarte y en incultura.
En esta cesta cada creador cultural pone los huevos en la esquina que mejor le parece. Nadie puede obligar a nadie a ser héroe individualmente. Pero tampoco a sentirse sucio en cualquier momento. Allá cada cual. Es tan difícil sustraerse a ciertos encantos…
El mundo de la cultura no se escapa de esos condicionamientos. Y no lo hace porque necesita, como cualquier otro producto, ponerse bajo el foco, tras los cristales del escaparate universal, para que todo el contorno se entere de su existencia, de su posible valor y de su interés para ser adquiridos.
Hoy más que nunca vivimos en una cultura de masas y cualquier creación cultural tiene que ponerse en el nivel adecuado para que esas masas puedan ser compradoras de la misma. Sigue existiendo el arte elitista, pero queda refugiado en las bodegas oscuras de los grandes inversores y afecta a pocas producciones y a escasos autores. Los demás, casi todos, tienen que ajustarse a las leyes que les imponga el mercado. De esta manera, las coordenadas en las que se produce lo más puro del acto creativo están contaminadas por la repercusión social necesaria para poder poner en circulación el producto.
Son muchas y fundamentales las consecuencias que de todo eso se derivan. Señalaré solo una: la simplicidad necesaria para poder ser interpretada y consumida la obra de arte por cualquier comprador-consumidor. Todo está en el escaparate, y el cristal del establecimiento no es precisamente el de una sala de arte y ensayo.
El proceso de “secularización” del arte no es muy antiguo en la Historia, pero en los últimos tiempos la velocidad de ampliación se ha multiplicado exponencialmente.
Tal vez haya sido el cine el ejemplo primero y más ilustrativo. Ya nació con el signo del espectáculo como fundamento y, desde su inicio, el empeño en comercializar la imagen y la fama de los integrantes no ha hecho más que crecer y multiplicarse.
Dos datos para el convencimiento: a) La entrega de los Oscar en la que todo se sustancia en escaparate de “estrellas”, figuraciones, escotes y fiestas. Nada de películas ni de elementos artísticos, solo escaparate y más escaparate para un mundo absolutamente idiotizado y complaciente. b) Las promociones de las películas. En esas promociones se gasta más dinero que en el mismo rodaje. El comercio tiene más importancia que el arte y la creación se supedita, en su concepción y en su realización, a las leyes del comercio y del capital. Como para seguir yo creyendo en el artificio hollyvoodiense. Por favor.
Algo similar sucede en el mundo de la televisión, que sustituyó y en parte engulló al propio cine. En ese mundo, lo que importa es la pose, la apariencia y, en los últimos años, el escándalo. Este medio, aparentemente universalizador, ha conseguido realmente reducir el mundo a lo que aparece en pantalla; lo demás es como si no existiera: en realidad no existe. Dominar ese medio es conseguir dominar los principales elementos que tejen la escala de valores de la sociedad, lo que equivale a condicionar la opinión, a formarla y a conducir en realidad la vida de las comunidades. A nadie debería extrañarle que los grupos de presión se esfuercen al máximo para que se les den concesiones de emisoras. En España, además, hay dirigentes políticos que no han sentido ni el más mínimo rubor en concederlas a grupúsculos afines, saltándose las más elementales reglas del mercado libre que dicen defender. Los favores se pagan después generosamente en informaciones sesgadas, en comentarios tendenciosos y en programaciones escasamente equilibradas.
Y como, también aquí, lo que interesa realmente es la cuenta de resultados, todo se trivializa, se simplifica groseramente y se somete a la presencia de seres que rozan el escándalo y que caen de lleno en la falta de formación y en el exhibicionismo, en el famoseo y en el chismorreo y el marujeo más grosero y zafio: es la mejor fórmula para que el espectador se deje llevar sin aportar criterios propios y conciencia crítica de lo que ve y de lo que se le presenta. El mundo sería casi inconcebible hoy sin la televisión y tener su control es interés prioritario de quien quiere situarse en condiciones favorables para el dominio del mundo del capital también y de todo lo que comporta. El interés es mucho mayor que el de conseguir el poder político.
Aunque en grado menor, algo parecido sucede con el mundo de la radio y de otros medios de comunicación. No hay más que mirar en qué tipo de manos están todos los medios para extraer consecuencias acerca de los intereses que en ellos se encierran.
Tal vez, junto al caso de la televisión, internet sea el último ejemplo de lo que se viene afirmando. Este medio ha puesto todo al alcance de todos y, también en alguna medida lo ha trivializado todo. Cualquiera puede expresarse, desde cualquier lugar y desde cualquier nivel. Hasta yo mismo lo hago, con perdón. Es el medio masificado, es el medio que exige niveles comprensibles para ser aceptado, es el medio que hace a todos “artistas”, aunque sea de pacotilla.
El creador que quiera darse a conocer en tiempo real no tiene más remedio que someterse a las reglas del inmenso escaparate de los medios e incluso crear con el goteo en el pensamiento de que es la masa la que impone las condiciones y el canon.
El artista es otro obrero más que trabaja para la empresa, para el medio, para la estructura comercial, para el capital. Solo si logra entrar con algo de éxito en la rueda del escaparate tendrá alguna posibilidad de decir algo personal. Tal vez cuando ya sea demasiado tarde. Primero hay que ser Belén Esteban, más tarde ya veremos.
¿A qué altura hemos colocado, entonces, la creación cultural? ¿Y la dignidad del creador? Busquemos, de nuevo, elementos positivos, que alguno tiene que haber.
El primero tal vez sea el de no sacralizar demasiado el trabajo creador pues sale de la mano de personas con las mismas posibilidades que los demás, y también con las mismas obligaciones: hay que socializar la creación cultural.
El segundo apunta a la posibilidad de que, de esta manera, sea mucho más amplio el número de personas que se acerca a esa cultura a través de museos, exposiciones, viajes organizados, internet, medios audiovisuales…
El tercero es el de que el nivel medio seguramente suba y se gane en cantidad lo que acaso se pierda en calidad.
El cuarto es que seguramente la conciencia del mantenimiento y de la conservación de elementos culturales se acentúe.
El quinto…
O sea, que no hay mal que por bien no venga. El acento de la maldad se sigue poniendo no en la creación sino en su sometimiento al comercio y en la preponderancia casi absoluta de este frente al acto creador, el espíritu servil de la cultura frente a la eficacia como meta, en la triste realidad de que sean los medios comerciales y de escaparate los que crean más elementos de referencia y de ejemplo social que los talentos y el esfuerzo, que el valor de la cultura haya seguido el mismo camino del desprestigio que han seguido las estructuras políticas o religiosas, que el arte y la cultura se hayan convertido en buena manera en antiarte y en incultura.
En esta cesta cada creador cultural pone los huevos en la esquina que mejor le parece. Nadie puede obligar a nadie a ser héroe individualmente. Pero tampoco a sentirse sucio en cualquier momento. Allá cada cual. Es tan difícil sustraerse a ciertos encantos…
viernes, 10 de diciembre de 2010
UN PARÉNTESIS DE CONSUELO
Con este panorama tan descorazonador que uno logra atisbar y, sobre todo, en el que uno no ve cómo se puede derribar al monstruo que todo lo llena, si no es con una acción totalmente revolucionaria, ¿cómo puede un cualquiera encontrar la forma de consolarse un poquito? Pues acaso buscando los resquicios positivos, o menos malvados, que le puedan quedar a este sistema virtual y engañoso.
Por ejemplo, a pesar de la superestructura del capital, todavía el esquema político del mundo parece que se mantiene. La verdad es que cada día con menos poder de decisión y más como fámulo de los poderes económicos, pero ahí está. Todavía se sigue hablando de naciones y de comunidades territoriales, sociales y políticas. No es fácil adivinar si por mucho tiempo ni en qué condiciones, sin embargo.
Otro hecho importante es que los BOEs siguen en manos de los representantes de los ciudadanos; claro que con las mismas o mayores limitaciones y servilismos que las naciones.
Tampoco parece probable que, de momento, el hipercapitalismo pueda reducir a cero las concepciones religiosas, sean estas buenas o malas, benignas o perniciosas; sin embargo, también es evidente que las arrastra a todas, incluso en sus secciones más fanáticas, a sus propios estilos de vida.
Es posible pensar que, al menos a corto plazo, esta superestructura no va a conseguir la desestructuración total de los grandes referentes históricos, como civilizaciones, religiones, y que, más bien, va a tratar de adaptarse camaleónicamente a cada una de las variantes nacionales o regionales para ajustar el producto a las señales identitarias de cada territorio.
Ya no me salen más bondades y escasamente creo en las que he enumerado, ya se ve que muy matizadamente y casi a regañadientes. No será porque no le echo buenos ánimos. Pero, para mí, no hay más cera que la que arde.
Porque he de volver después a ese mundo en el que el individuo anda arrojado y apenas tiene orientación ni asideros mínimamente seguros.
Pero hoy no.
Por ejemplo, a pesar de la superestructura del capital, todavía el esquema político del mundo parece que se mantiene. La verdad es que cada día con menos poder de decisión y más como fámulo de los poderes económicos, pero ahí está. Todavía se sigue hablando de naciones y de comunidades territoriales, sociales y políticas. No es fácil adivinar si por mucho tiempo ni en qué condiciones, sin embargo.
Otro hecho importante es que los BOEs siguen en manos de los representantes de los ciudadanos; claro que con las mismas o mayores limitaciones y servilismos que las naciones.
Tampoco parece probable que, de momento, el hipercapitalismo pueda reducir a cero las concepciones religiosas, sean estas buenas o malas, benignas o perniciosas; sin embargo, también es evidente que las arrastra a todas, incluso en sus secciones más fanáticas, a sus propios estilos de vida.
Es posible pensar que, al menos a corto plazo, esta superestructura no va a conseguir la desestructuración total de los grandes referentes históricos, como civilizaciones, religiones, y que, más bien, va a tratar de adaptarse camaleónicamente a cada una de las variantes nacionales o regionales para ajustar el producto a las señales identitarias de cada territorio.
Ya no me salen más bondades y escasamente creo en las que he enumerado, ya se ve que muy matizadamente y casi a regañadientes. No será porque no le echo buenos ánimos. Pero, para mí, no hay más cera que la que arde.
Porque he de volver después a ese mundo en el que el individuo anda arrojado y apenas tiene orientación ni asideros mínimamente seguros.
Pero hoy no.
jueves, 9 de diciembre de 2010
!A COMPRAR!
A finales de 2010, una buena parte de la población mundial pasa hambre y las desigualdades económicas son mayores que nunca en este planeta. Existe un importantísimo volumen de población que se mueve en la subsistencia, en la baja estima, en la desregulación y en los arrabales del bienestar.
Pues hasta estos indigentes sufren el acoso del mercado y del hiperconsumo, y su aspiración es la de acercarse a la velocidad de gastar la energía y los productos que tienen las personas de los llamados primeros mundos. En los momentos en los que notan el aumento de sus posibilidades para consumir con más velocidad, parecen experimentar como un aumento de satisfacción y hasta de felicidad. Acaso no es toda la verdad esa verdad. Veamos.
En el mundo occidental, este en el que nos movemos, la tecnología -ya se dejó dicho- lo llena todo y lo invade todo. Todos aspiramos a ser dueños de elementos que aparentemente hacen más agradable nuestra existencia. Sea. Pero abramos un poco más los ojos. Los últimos adelantos técnicos apuntan más hacia el individuo que a la colectividad, intentan la satisfacción personal antes que la colectiva. De nuevo, el caso paradigmático vuelve a ser internet, con su potencia universalizadora pero también con el aislamiento que produce y el enclaustramiento a que conduce. Algo semejante se podría decir del móvil o de los elementos de reproducción musical o de imágenes.
Este hecho produce algunas consecuencias de importancia capital. De nuevo se puede observar que el tiempo y el espacio se desregulan, en el sentido de que se hacen particulares y de uso individual para cada usuario. En una familia hoy nos podemos encontrar con que un componente se va a dormir a hora temprana mientras que otro dedica varias horas de la noche a cualquier afición personal. La repetición de estos usos personalizados del tiempo y del espacio termina modelando unas costumbres y hasta una moral y una ética personalizadas e individualizadas, y, por acumulación, también social. Solo este fenómeno sería suficiente como para intentar conocer y regular, hasta donde se pudiera, este asunto del hipercapitalismo y del hiperconsumismo.
Y es que el mundo del comercio se ha vuelto ubicuo y omnipresente; sus poderes son tan amplios, que nos acosa por todas las esquinas y en todo momento. Se produce tanto y existe tal necesidad de mover el mercado para seguir produciendo y que la cadena ruede, que nos encontramos con una superoferta imposible de digerir en condiciones de normalidad y en un ambiente en el que el consumo fuera tan solo un elemento más de la vida del ser humano.
Pero nada de esto es así. El comercio busca la cuadratura del círculo. Y no la va a encontrar nunca. Se tiene tal capacidad de producción que, por más que la publicidad acose, cada vez hay más oferta, más productos almacenados, más situaciones especiales del comercio (rebajas, mercadillos, necesidades de eliminar producción…) y más lugares en los que la situación física y anímica es ideal para que el intercambio comercial se produzca: horarios ininterrumpidos, fiestas cada vez más comercializadas, calendarios pensados solo para el consumo, compras por internet, grandes almacenes en los que existe de todo y que invitan a pasar una jornada en ellos, publicidad absolutamente agresiva, idealización de los productos y del mundo que dicen representar… Parece sencillamente imposible sustraerse a los encantos de esta superestructura universal en tiempo y espacio. Pero pasear por las calles de casi cualquier pequeña ciudad y ver los pequeños comercios es tanto como echarse a temblar y a compadecer a las personas que, casi literalmente, gastan inútilmente el tiempo allí solos ante la falta de clientes, con el consiguiente malestar y enfado personal, y con el también consiguiente despilfarro social de energías para casi nada.
Y, por si fuera poco, ese estado de omnipresencia del comercio ha impregnado a todos los productos, no solo a los tradicionalmente comerciales. También el arte, la cultura, la política o la religión se hallan supeditados a las estructuras comerciales y a sus esquemas de venta, de manera que la superestructura es el comercio, no el producto. A estos esquemas obedecen los telepredicadores, las páginas web de los conventos, las subastas de arte, las promociones y los premios literarios, los gastos en promoción de las películas que, vergonzosamente, son mayores que los utilizados en la creación de la obra artística, y muchas de las actuaciones políticas (el caso de las últimas elecciones catalanas y sus vídeos lo ilustra perfectamente).
Esta hiperinfluencia (uso conscientemente muchas veces los hiper-) se apodera sin remedio de las posibilidades del ser humano y lo convierte en un ser cautivo e indefenso ante el poderío del mundo del dinero y del consumo, en un ser hiperconsumidor hasta terminar modificando sus conductas y sus comportamientos.
Naturalmente, cada individuo tiene sus defensas según su formación, su cultura, sus costumbres o su capacidad reflexiva, pero el ambiente genérico es sencillamente apabullante y de muy difícil digestión. No parece demasiado exagerado, entonces, hablar hoy del homo consumidor pues poco se escapa a esta influencia. Hasta el punto de que se han desarrollado nuevas enfermedades directamente relacionadas con el consumo exagerado: la patología del consumidor compulsivo, las bulimias como respuestas a los modelos físicos impuestos por las modas y el mundo del consumo y del comercio, las dietas exageradas que producen tantos desequilibrios…
Porque es tal vez en esta variable de los modelos estéticos en la que se ve mejor la influencia de los consumos alimenticios y de sus tipos. Hasta hace tres días en el tiempo, el modelo de belleza tenía que ver con el cuerpo poco esquelético, con el color blanco y con la tez sonrosada; las mujeres se tapaban la cara y las manos en sus trabajos del campo para mantener su color blanquecino. Hoy todo se somete al imperio de un cuerpo escaso de carnes y al color moreno. El comercio se ha preocupado de crear toda una industria de cosméticos, vacaciones, gimnasios, y tejidos que simulan contribuir a conseguir tal fin. Y parece que con todo el éxito, según la legión de seguidores que tiene y la docilidad que muestran con tal de apuntarse al modelo.
Aplíquese el análisis a cualquiera otra variable y extráiganse consecuencias razonables y razonadas.
De manera que podríamos simplificar una cadena con estos componentes: Superproduccion, superoferta, superpublicidad, omnipresencia del mundo comercial, consumidor que se vuelve inerme y compulsivo. Pero también -y tal vez esto vuelva a ser lo más importante- consumidor desorientado y manipulado en unos niveles absolutamente escandalosos.
Sirva todo ello con tal de alcanzar algún grado superior de felicidad en el ser humano. Pero, ¿se cumplirá ese objetivo de ser un poco más felices con el mundo del consumidor compulsivo? Todo parece indicar, desgraciadamente, que no.
Hay evidencias en contra y hasta hallazgos de equipos multidisciplinares que investigan durante toda su vida y que han descubierto la existencia de momentos de felicidad un poco más baratos y bastante menos caros. Un equipo de la universidad de Harvard acaba de publicar el hallazgo de un grupo de amigos que, paseando por el campo y disfrutando de la naturaleza, parecían encontrarse un poco menos tristes e infelices. Me parece que estos investigadores están propuestos para el premio Nóbel.
Tal vez lo consigan: el hallazgo lo merece. Yo mismo me he sentido muy contento con mi nieta estos días en casa jugando y riéndome. Juro que me ha salido muy barato. Lo malo es que se ha ido y ahora estoy un poquito más triste. Cachis.
Pues hasta estos indigentes sufren el acoso del mercado y del hiperconsumo, y su aspiración es la de acercarse a la velocidad de gastar la energía y los productos que tienen las personas de los llamados primeros mundos. En los momentos en los que notan el aumento de sus posibilidades para consumir con más velocidad, parecen experimentar como un aumento de satisfacción y hasta de felicidad. Acaso no es toda la verdad esa verdad. Veamos.
En el mundo occidental, este en el que nos movemos, la tecnología -ya se dejó dicho- lo llena todo y lo invade todo. Todos aspiramos a ser dueños de elementos que aparentemente hacen más agradable nuestra existencia. Sea. Pero abramos un poco más los ojos. Los últimos adelantos técnicos apuntan más hacia el individuo que a la colectividad, intentan la satisfacción personal antes que la colectiva. De nuevo, el caso paradigmático vuelve a ser internet, con su potencia universalizadora pero también con el aislamiento que produce y el enclaustramiento a que conduce. Algo semejante se podría decir del móvil o de los elementos de reproducción musical o de imágenes.
Este hecho produce algunas consecuencias de importancia capital. De nuevo se puede observar que el tiempo y el espacio se desregulan, en el sentido de que se hacen particulares y de uso individual para cada usuario. En una familia hoy nos podemos encontrar con que un componente se va a dormir a hora temprana mientras que otro dedica varias horas de la noche a cualquier afición personal. La repetición de estos usos personalizados del tiempo y del espacio termina modelando unas costumbres y hasta una moral y una ética personalizadas e individualizadas, y, por acumulación, también social. Solo este fenómeno sería suficiente como para intentar conocer y regular, hasta donde se pudiera, este asunto del hipercapitalismo y del hiperconsumismo.
Y es que el mundo del comercio se ha vuelto ubicuo y omnipresente; sus poderes son tan amplios, que nos acosa por todas las esquinas y en todo momento. Se produce tanto y existe tal necesidad de mover el mercado para seguir produciendo y que la cadena ruede, que nos encontramos con una superoferta imposible de digerir en condiciones de normalidad y en un ambiente en el que el consumo fuera tan solo un elemento más de la vida del ser humano.
Pero nada de esto es así. El comercio busca la cuadratura del círculo. Y no la va a encontrar nunca. Se tiene tal capacidad de producción que, por más que la publicidad acose, cada vez hay más oferta, más productos almacenados, más situaciones especiales del comercio (rebajas, mercadillos, necesidades de eliminar producción…) y más lugares en los que la situación física y anímica es ideal para que el intercambio comercial se produzca: horarios ininterrumpidos, fiestas cada vez más comercializadas, calendarios pensados solo para el consumo, compras por internet, grandes almacenes en los que existe de todo y que invitan a pasar una jornada en ellos, publicidad absolutamente agresiva, idealización de los productos y del mundo que dicen representar… Parece sencillamente imposible sustraerse a los encantos de esta superestructura universal en tiempo y espacio. Pero pasear por las calles de casi cualquier pequeña ciudad y ver los pequeños comercios es tanto como echarse a temblar y a compadecer a las personas que, casi literalmente, gastan inútilmente el tiempo allí solos ante la falta de clientes, con el consiguiente malestar y enfado personal, y con el también consiguiente despilfarro social de energías para casi nada.
Y, por si fuera poco, ese estado de omnipresencia del comercio ha impregnado a todos los productos, no solo a los tradicionalmente comerciales. También el arte, la cultura, la política o la religión se hallan supeditados a las estructuras comerciales y a sus esquemas de venta, de manera que la superestructura es el comercio, no el producto. A estos esquemas obedecen los telepredicadores, las páginas web de los conventos, las subastas de arte, las promociones y los premios literarios, los gastos en promoción de las películas que, vergonzosamente, son mayores que los utilizados en la creación de la obra artística, y muchas de las actuaciones políticas (el caso de las últimas elecciones catalanas y sus vídeos lo ilustra perfectamente).
Esta hiperinfluencia (uso conscientemente muchas veces los hiper-) se apodera sin remedio de las posibilidades del ser humano y lo convierte en un ser cautivo e indefenso ante el poderío del mundo del dinero y del consumo, en un ser hiperconsumidor hasta terminar modificando sus conductas y sus comportamientos.
Naturalmente, cada individuo tiene sus defensas según su formación, su cultura, sus costumbres o su capacidad reflexiva, pero el ambiente genérico es sencillamente apabullante y de muy difícil digestión. No parece demasiado exagerado, entonces, hablar hoy del homo consumidor pues poco se escapa a esta influencia. Hasta el punto de que se han desarrollado nuevas enfermedades directamente relacionadas con el consumo exagerado: la patología del consumidor compulsivo, las bulimias como respuestas a los modelos físicos impuestos por las modas y el mundo del consumo y del comercio, las dietas exageradas que producen tantos desequilibrios…
Porque es tal vez en esta variable de los modelos estéticos en la que se ve mejor la influencia de los consumos alimenticios y de sus tipos. Hasta hace tres días en el tiempo, el modelo de belleza tenía que ver con el cuerpo poco esquelético, con el color blanco y con la tez sonrosada; las mujeres se tapaban la cara y las manos en sus trabajos del campo para mantener su color blanquecino. Hoy todo se somete al imperio de un cuerpo escaso de carnes y al color moreno. El comercio se ha preocupado de crear toda una industria de cosméticos, vacaciones, gimnasios, y tejidos que simulan contribuir a conseguir tal fin. Y parece que con todo el éxito, según la legión de seguidores que tiene y la docilidad que muestran con tal de apuntarse al modelo.
Aplíquese el análisis a cualquiera otra variable y extráiganse consecuencias razonables y razonadas.
De manera que podríamos simplificar una cadena con estos componentes: Superproduccion, superoferta, superpublicidad, omnipresencia del mundo comercial, consumidor que se vuelve inerme y compulsivo. Pero también -y tal vez esto vuelva a ser lo más importante- consumidor desorientado y manipulado en unos niveles absolutamente escandalosos.
Sirva todo ello con tal de alcanzar algún grado superior de felicidad en el ser humano. Pero, ¿se cumplirá ese objetivo de ser un poco más felices con el mundo del consumidor compulsivo? Todo parece indicar, desgraciadamente, que no.
Hay evidencias en contra y hasta hallazgos de equipos multidisciplinares que investigan durante toda su vida y que han descubierto la existencia de momentos de felicidad un poco más baratos y bastante menos caros. Un equipo de la universidad de Harvard acaba de publicar el hallazgo de un grupo de amigos que, paseando por el campo y disfrutando de la naturaleza, parecían encontrarse un poco menos tristes e infelices. Me parece que estos investigadores están propuestos para el premio Nóbel.
Tal vez lo consigan: el hallazgo lo merece. Yo mismo me he sentido muy contento con mi nieta estos días en casa jugando y riéndome. Juro que me ha salido muy barato. Lo malo es que se ha ido y ahora estoy un poquito más triste. Cachis.
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