miércoles, 8 de diciembre de 2010

¿Y SI ME PIDO UNA PIZZA?

A ver si le buscamos algún resquicio a esta nueva vida, a esta nueva moral y a esta nueva organización.

Hasta hace no mucho -ya se ha dicho otro día- las culturas se apoyaban y hasta se hundían en principios sagrados. Estos principios, si no racionales, sí eran consistentes y duraderos pues o bien la sociedad no se planteaba su análisis en profundidad ni su cambio, o bien diversas fuerzas lo impedían.

La modernidad se puede resumir, aunque sea en forma gruesa, en el descubrimiento del individuo y de su valor por encima de cualquier otra consideración o fundamento. Cuando hay divergencia entre razón y fe, será ya la razón la que reivindique su supremacía. Esa es la verdadera modernidad. El ser humano no solo se descubre fundamento sino igual ante las posibilidades: la razón es elemento universal y común. Y, desde ese descubrimiento, también asume las exigencias de ordenar su propia vida con las leyes que crea convenientes. Ahora ya no solo existen las tradiciones, ahora es que se pueden cambiar y hasta negar.

Según esta nueva situación, entran en conflicto toda una serie de realidades que hasta no hace mucho reinaban sin demasiada controversia. Es el caso de las tradiciones, de las influencias religiosas, de las estructuras morales sin cuestionar, de las instituciones inamovibles, de las relaciones familiares, de los partidos políticos…

Todo esto ha quebrado, al menos en su intensidad, en los últimos decenios. Cualquier repaso somero nos lo confirma. Piénsese si no qué sucede con estas dos instituciones: la familiar y la política.

La institución familiar, a pesar de ser la más estimada, ha adquirido una diversidad formal imprevista hace solo unos años. El modelo único hace aguas por todas partes y las cifras lo confirman. A fecha de hoy, y esto se ha producido en muy escasos años, se celebran tantos o más matrimonios civiles que religiosos, se multiplican las familias monoparentales, los divorcios son moneda común, el reparto de funciones entre el hombre y la mujer felizmente casi nada tiene que ver con lo que sucedía hace veinte o treinta años: incorporación de la mujer al mundo del trabajo, educación compartida, decisiones también compartidas, reparto de autoridad, tiempos libres separados… Es tal la suma de diferencias, que solo con esta institución se podría afirmar, sin temor a equivocarnos, que la sociedad ha sufrido una revolución extraordinaria. Y las implicaciones que este cambio profundo conlleva son para ensayo largo por importantes y numerosas. Todas ellas apuntan hacia un individualismo cada vez más evidente.

Algo similar sucede con las adhesiones de tipo político. Las grandes organizaciones políticas y sindicales sufren hoy tal vez uno de sus momentos más preocupantes en cuanto a adhesión, afiliación o simplemente comprensión. Por las razones que sean -algunas ya se han expuesto en otras líneas- todo se conjura para hacer parecer que todas las formaciones sociales son similares y la teoría de la equidistancia tiene legión de seguidores. Desde la caída del muro, y con los resúmenes que se presentan de la experiencia del socialismo real, nada hay consistente que se pueda oponer ni siquiera al capitalismo más salvaje. No sé si los representantes públicos de las distintas formaciones políticas representan tampoco las opciones más sólidas ni si contribuyen muy en positivo a la estima y al enganche en esas estructuras. La abstención aumenta por doquier y, en época de crisis, aún más. Es también fenómeno que merece un desarrollo extenso pero que creo que tiene que partir de las evidencias que aquí solo se enumeran.

Valgan estos dos ejemplos de lo que se extiende en todos los campos de la convivencia social.

¿Qué le sucede al individuo particular en esta situación tan zozobrante? Pues, entre otras muchas cosas, que se desconcierta, que se esconde y se repliega en sí mismo y que se hace mucho más hombre hiperindividualizado. El hiperindividualismo era -es- otra de las características de este mundo del hipercapitalismo. Es el nuevo homo individualis. Pero también es el homo dudans, el homo timorosus… el hombre hallado y, en alguna medida, también perdido en el marasmo y en la falta de asideros convincentes.

¿Cómo se puede combatir esta situación? ¿Qué banderines de enganche sustituyen a estos que se han perdido?

Porque el ser humano, a pesar de los pesares, sigue siendo un animal social, no puede desengancharse de los demás y su vida se concreta en una red de relaciones y termina siendo sus propias circunstancias. Perdidas sus ataduras y sus seguridades de antaño, desinflado en sus referencias religiosas, de clases, de representación pública, desnortado en algún modo en las reglas de la estructura familiar, más solo y solitario que nunca a pesar de tener todo el mundo a su alcance, huérfano de metas comunitarias que le resulten creíbles, lejos de teorías filosóficas, religiosas o políticas que expliquen de manera global el mundo, ¿adónde puede acudir?, ¿qué le puede servir al menos de placebo para engañarse en esa soledad?, ¿en qué se puede diluir para dejar que el tiempo corra de la forma menos mala posible?

Seguramente esté encontrando vías en las redes sociales algo de ese sucedáneo, tal vez los rebrotes de agrupaciones particulares obedezcan a esta situación de individualismo: ONG, grupos de todo tipo, peñas, sociedades deportivas, asociaciones varias, cofradías, sectas, clubes… Pero todo en grupos fragmentados y particulares. Y con el triste contentamiento de que pasar el rato no muy mal es suficiente. El hombre está en todo el mundo y todo el mundo está en cada hombre, pero el ser humano anda solo y temeroso, se ha creado el caldo de cultivo para todo aquello que favorezca el hiperindividualismo.

De él se benefician todos los grupos que auspician, en la teoría o en la práctica, el valor individualizado. Ahí está el éxito casi generalizado de las opciones políticas de derechas, llamadas liberales de derechas, y el alza evidente de las opciones extremistas. Y ahí está el señuelo casi invencible del hedonismo como forma de huir de la soledad y hasta de la angustia, como intento de arreglar tanto desarreglo y tanto grito solitario, tanta soledad y tanto aislamiento invirtiendo en uno mismo y en su regalo. Y no es un hedonismo cualquiera. El ser humano se ha dejado engatusar por el hedonismo que encuentra su espacio y su tiempo, su antes y después, su contexto apropiado, en los mercados y en el consumo. De tal manera que aquello que había desregularizado todo se ofrece ahora para intentar arreglarlo. Quién lo hubiera dicho. Para ello necesita que el ser humano se torne dócil y dispuesto a consumir sin descanso. Será -es ya- el hombre consumidor.

Habrá que pensarlo. Pero hoy no.

martes, 7 de diciembre de 2010

EL HOMO TECNO-SAPIENS

Echaré un vistazo a la segunda de esas patas que sostienen a ese mundo omnipresente del hipercapitalismo de los últimos años, la hipertecnología.

No necesito esforzarme demasiado para que la realidad me anegue y me empequeñezca. La afirmación de que en los últimos decenios se han producido más avances técnicos que en el resto de la Historia no incluye ninguna exageración. Es una realidad apabullante que hay que contemplar, gozar y, si se puede, analizar. No es seguro, sin embargo, que los principios básicos de la ciencia se hayan ni aumentado ni modificado demasiado. Los principios básicos se resisten a ser alcanzados y a ser descubiertos. Y tal vez no sean demasiados. En ello andan los científicos reales y más vocacionales, pero el mercado inmediato no permite el sosiego que este apartado merece. Tal vez por ello, o son las grandes compañías, que lo amortizan todo en muy corto tiempo, o son los poderes públicos los que apoyan, y en escasa medida, tales investigaciones. Algo muy distinto son los desarrollos de esos principios, es decir, las técnicas. En este apartado, la mirada se aturde y no da abasto ni siquiera para enumerar la cantidad enorme de elementos técnicos que han venido a hacer nuestra vida más llevadera y menos atada a nuestras actividades manuales: mundo de la automoción, de los electrodomésticos, de los medios de comunicación, robotizaciones, mundo de la medicina, la bioquímica, la ecología… Sencillamente apabullante.

Las sociedades más “adelantadas” se han ocupado un poco más del desarrollo científico y mucho más del desarrollo técnico. Se decía no hace muchos años que Estados Unidos pedía a Europa que formara científicos y que, una vez formados, los mandara a América para desarrollar los principios en los desarrollos técnicos.

¿Es bueno tanto adelanto técnico? No es fácil encontrarle, a primera vista, perjuicios. Todo deslumbra y ciega, todo atrae con su canto de sirenas, todo parece irresistible. Sea, pero acaso no es oro todo lo que reluce.

Lo más importante es que esa hipertecnología que todo lo invade no es un departamento estanco que tanto nos subyuga. Tal es su fuerza, en cantidad y en calidad, que ha conseguido modificar la ética y la moral de los ciudadanos y de las sociedades. Su poder ha impregnado, o tal vez ha anegado, la forma de ver la vida y los comportamientos del individuo menos avezado y con menos poder de protección. Las formas de pensar y de actuar se someten sin demasiada oposición a las exigencias del mundo de la técnica y los esfuerzos se ordenan a lo que disponga ese mundo y a los plazos que nos imponga para acercarnos a él, para introducirnos en él y para diluirnos en él. Y aquí los plazos son de letras y de renuncias constantes a todo lo que la tecnología no haya sometido a sus dominios. Un ejemplo sencillo: ¿cuántas personas no ordenan sus gastos mensuales teniendo como prioridad la exigencia del pago de la letra de un coche? Pues eso. De modo que la técnica termina por imponer sus principios, su ética y su moral. ¿O en nuestra escala de valores no anda en la cúspide la obtención de alguno de los aparatos que más lucen según la publicidad?

Indagar hasta qué punto condiciona nuestra escala de valores este mundo hipertecnificado aparece tan apasionante como imposible en estas líneas. Este, con mucha diferencia, me resulta a mí el peligro más importante.

Pero es que asoman más peligros a ese mundo que a primera vista parecía tan atractivo y maravilloso. Son los que tienen que ver más directamente con los propios elementos físicos. Y no son pocos los que ha acarreado el desarrollo hipertecnológico: desastres nucleares, desastres ecológicos (cambio climático, por ejemplo), nuevas enfermedades, alimentos contaminados. La exageración en el desarrollo técnico necesita, parece una obviedad, productos físicos más abundantes; algunos se extraen después de desechar otros muchos y comportan peligros evidentes. No en vano, el mundo de todo lo que rodea a la ecología crece exponencialmente en los últimos decenios.

A la vista de beneficios y perjuicios, cabe formularse algunas preguntas de difícil respuesta: ¿Puede haber un crecimiento desregulado mucho tiempo?, ¿este crecimiento puede ser infinito?, ¿quién tiene capacidad para ponerle los límites razonables?, ¿a qué ritmo se tiene que producir ese crecimiento?, ¿a costa de qué se está produciendo la hipertecnificación?... Desde luego que a casota de cambios morales muy profundos y de modificaciones y de peligros naturales muy notables.

Por si todo esto fuera poco, el mundo de internet ha venido a universalizar todo y a la vez a individualizarlo, a poner todo al alcance de la mano de cualquiera y a encerrar más a cada individuo en su soledad física y tal vez moral. Los vecinos son todos, pero nadie sabe en realidad dónde vive cada uno; empieza a haber más relaciones virtuales que contactos físicos y reales.

Todo ello implica un estado de inseguridad en el individuo, que tiene que combatir moviéndose en un universo convulso y de dimensiones formidables, pero a la vez en espacios personales y particularizados. Son las nuevas condiciones del hombre no ya sapiens sino tecno-sapiens. Esto le ha impuesto una nueva vida, una nueva moral, una organización social diferente.

¿Cuáles? Y yo qué sé. Hoy no.

lunes, 6 de diciembre de 2010

UN GIGANTE QUE DA MIEDO

Esta superestructura en que se ha convertido el hipercapitalismo se robustece cada día y causa dificultades casi insalvables y alguna que otra satisfacción. Porque se ha transformado en un monstruo que asusta, que da mucho miedo, que engorda sin que nadie le ponga algún remedio, porque no parece que haya forma de hacerle frente, porque abarca todo y a todos, porque el individuo lo mira y echa a correr, o no lo mira y se refugia en él aunque sepa que tiene poco sentido y mucha injusticia incorporada. Si se ha hecho dueño de la producción, de la distribución, de los medios que lo regulan o lo desregulan y hasta ha anulado o configurado de nuevo los conceptos de espacio y tiempo, ¿qué le queda al individuo cuando ve frente a sí, detrás de sí, por delante y por detrás, antes y después, ese inmenso monstruo del mundo del dinero? La primera reacción es la del miedo, por ser suave y dejar algún resquicio a la esperanza.

Pero, aunque sea desde lejos y con muchísima cautela, habrá que echarle el ojo y contemplarlo, por si se puede deducir algo en provecho propio y en beneficio de la colectividad. Por ejemplo vislumbrar cuáles son las patas más gruesas en las que se asienta este mundo dominado por el capital. Por claro y completo, suscribo el esquema que describen Gilles Lypovetsky y Jean Serroy (2010). Son estas: el hipercapitalismo, la hipertecnificación, el hiperconsumo y el hiperindividualismo.

Del análisis de estas cuatro componentes tal vez podríamos extraer una imagen no demasiado distorsionada de lo que vivimos y del genérico en el que se asienta la cultura.

Hay una cadena de acontecimientos que se sustentan y que se explican unos a otros. De ese modo, el movimiento de uno de ellos implica la carrera y la nueva posición del siguiente. Aquí se enumeran algunos pero la explicación da para más reflexión y para más consecuencias. Vamos.

Si se desterritorializa la producción, se modifican todos los elementos de la sociedad primitiva (por ejemplo algo tan doloroso como la desubicación de las sucesivas generaciones, que se disgregan por motivos laborales) y también los elementos que implica el mercado. El apartado siguiente es el paso franco a la especulación. Todos conocemos empresas que cambian de sede por abaratar los costes de producción. De la mano se llevan las concesiones sociales (terrenos, impuestos…) de los que se benefician y que paga toda la comunidad. Naturalmente, esto solo lo pueden hacer las empresas de cierto tamaño, es decir, las que realmente pueden influir algo en el mercado. Los mercados, en esta dinámica, tiene la obligación de “liberalizarse” y en este momento también son los países más pobres los que tienen que ceder ante esa apertura de los mercados pues es bien sabido que, cuando las condiciones aprietan, los países poderosos vuelven enseguida los ojos a los aranceles propios y a las restricciones. No es posible entonces concebir sistemas particulares ni mercados parciales: todo es global y todo está globalizado. Es el momento para que actúe el mercado especulativo financiero con toda su crudeza. Del producto se ha pasado al dinero y de este a los números y a los dividendos. ¿Quién tiene capacidad para conocer realmente lo que sucede en el mundo de la banca y de los movimientos de capitales? Ni los particulares ni los gobiernos. El campo para que los dueños de las acciones se muevan a su gusto y controlen literalmente el mundo está totalmente abonado. Todo ese mundo se torna entonces opaco y escurridizo, el gigante se agranda, crece y crece, y termina por estallar. No soy economista, pero ya he dicho muchas veces que aspiro al sentido común y no creo equivocarme mucho al afirmar que las diversas crisis mundiales tienen su origen en esta opacidad y en esta desregulación. Se afirmaba no hace mucho que el mundo financiero andaba jugando con valores cien veces superiores a los que representaba todo el dinero, que ya por sí mismo no es más que un símbolo. ¿Cómo no van a llegar las burbujas y los estallidos financieros?

Lo peor es que, cada vez que esto se produce, lo que tiene que hacer la comunidad es buscar la fórmula de arreglar el desaguisado para que la bola siga su curso. Los gobiernos se las ven y se las desean para darles gustos a los mandatarios financieros y recortan derechos, suprimen avances y hasta piden perdón a los que han creado todos los desaguisados. El panorama español actual es un ejemplo inmejorable para ser analizado desde esta perspectiva.

Y, si no pueden los gobiernos, ¿qué puede hacer un ciudadano de a pie? Poco más que asustarse. Porque el mundo hipercapitalista, ese monstruo que asusta, no se conforma con nada y cada día pide más. Cuando se encuentra fuerte, y ahora lo está más que nunca, asusta al trabajador y lo explota sin piedad, lo condiciona y lo pone en situación de desconfianza en la empresa y en sí mismo, pues está asustado por si le toca a él personalmente desaparecer de la cadena de producción. El productor ahora cuenta menos que nunca; solo importa el proceso productivo en las mejores condiciones para que la cuenta de resultados y los dividendos resulte positiva. Y esto, ahora por primera vez, afecta no solo al trabajador de a pie sino también a los directivos. De este modo, el hipercapitalismo está creando una sociedad en la que sus integrantes se hallan no solo físicamente desorientados, sino, lo que es peor, psíquicamente descorazonados y sin una meta que perseguir.

¿Adónde mirar, en esa situación, para buscar literalmente consuelo? No resulta nada sencillo, a algo menos en estos tiempos. Hasta hora, existían algunos modelos de vida a los que agarrarse con cierta fuerza. Venían del campo de la religión o de la ideología, o de las organizaciones sindicales, o de la ilusión de ruptura de regímenes antidemocráticos. ¿Qué asideros le quedan al hombre de comienzos del siglo veintiuno? El socialismo teórico anda por los suelos y no se ve la forma de que recupere fuerzas, por más que el análisis, parte por parte, le dé tanta razón. La religión, como suma de conceptos absolutos, aunque sin base racional, tampoco pasa por su mejor momento, y lo que se observa es una suma de actuaciones minúsculas que se enfrentan al capitalismo salvaje pero que ni se unen ni parecen ofrecer más que fuerzas a la contra y no propuestas globalizadoras y positivas. Es el panorama, por muy oscuro que parezca.

Los intelectuales parece que se han recogido en sus horarios y en sus casas adosadas a ver pasar el tiempo y los partidos de izquierda que tienen alguna fuerza en el mundo occidental apenas si se atreven a ponerle una cara más vistosa y menos vergonzosa al mundo hipercapitalista, y poco más.

Los jóvenes, en términos generales, tampoco parecen tener ojos ni esfuerzos para otra cosa que no se ganar dinero y entrar por alguna puerta en el mundo de los triunfadores sociales, que no son precisamente ni los caminos intelectuales ni los de empeño social sino los del dinero y los de la fama lograda de cualquier manera y al amparo del mínimo esfuerzo (cine, deportes, programas televisivos…). Y luego los principales representantes del capitalismo hablan de la necesidad del esfuerzo y del trabajo. Cuánto fariseo.

Es verdad que podemos fijar los ojos en elementos que nos pueden consolar un poco. Un poco y para disimular. Existen los derechos humanos, que se van ampliando y universalizando, existen algunos resquicios en algunos medios que, al menos de vez en cuando y en pequeños tragos, nos traen imágenes y pensamientos que nos remueven y que por un momento nos hacen decir basta, y hasta existen fórmulas de extensión que pueden ser universales aunque partan de una simple habitación. Pero no es bueno engañarse demasiado, sobre todo si no somos conscientes de que nos estamos engañando.

El ogro es tan grande que los gobiernos se asustan y pierden el oremus con tal de complacerlo. ¿Qué puede hacer un ser individual y sin poderes?

Es bueno perderse alguna mañana por el campo. La naturaleza es hermosa y duradera.

MI nieta está conmigo y eso casi me basta. Me queda algún refugio. No molesten, por favor, a quien se aleja huyendo del fantasma.

domingo, 5 de diciembre de 2010

OTRAS MEDIDAS

La cultura, entendida en sentido amplio, se mueve en los medios de comunicación y se hace universal; pero a la vez potencia las reacciones individuales y las respuestas particulares.

Hasta el último corte de la globalización, la cultura eran las culturas y, en diversos grados y extensiones, cada comunidad ejercía sus propias leyes y sus particulares formas de organización. Hoy esto está sobrepasado. La cultura solo tiene los límites del mundo pues traspasa fronteras a la velocidad de la luz y la inmensa oferta cultural se concreta, en el mismo momento, en Pekín, en Los Ángeles o en Madrid. Cualquier elemento de moda, de cinematografía o de evento deportivo lo confirman sin dejar resquicio para la duda. Existe pues otra superestructura cultural que, si no anula, al menos empequeñece a las otras culturas más locales.

Esta superoferta, además, se renueva cada vez con más velocidad. Es una ley sin excepciones en el hipercapitalismo. Cada día se producen más elementos de mercado, se ofrecen más productos y se necesita imperiosamente que estos mercados se renueven. Cualquier ejemplo sirve, pero véase el de la moda, en concreto, el sistema comercial de Zara. Pero lo mismo sucede con el cine o con los libros. ¿Quién se acuerda de algún libro de éxito de hace solo algunos años? ¿Qué significa eso de la canción del verano? ¿Cuánto duran las “mejores” películas en pantalla? ¿Todavía no nos damos cuenta de que, en realidad, estamos siempre en rebajas y en renovación constante de ofertas? ¿Cuántas veces cada día se nos insta a que renovemos utensilios para que la producción no se detenga?

El tiempo y el espacio también han sido superados y redefinidos por el imperio del hipercapitalismo. El mundo es, más que nunca, una aldea global, y una oferta musical se está produciendo en estos mismos momentos tanto en Tokio como en Buenos Aires. Y lo mismo un libro, o un concierto, o una representación teatral. El pasado apenas cuenta pues poco tiene que ver con la cuenta de resultados, y todo está orientado al presente y a las perspectivas del mercado, es decir, hacia el futuro.

En este espacio y en este tiempo modificados y empequeñecidos, nunca se ha ofertado tanto como ahora y el consumidor jamás ha tenido tantas posibilidades como en este momento de elegir entre todas las ofertas existentes. Nada que se idee en Japón escapará a los grandes almacenes de Madrid ni nada de lo que se cree en Suecia se escapa de la posibilidad de pasar a formar parte de cualquiera de las habitaciones de nosotros mismos. Los medios de comunicación, en toda su diversidad, han posibilitado que esto sea así. Y los adelantos técnicos, por supuesto. Todo circula en forma real o en forma de transferencia, en visión real o en imaginación mediática; todo el mundo puede ver, y acaso vea, los mundiales de fútbol, y al mismo tiempo, todo el mundo puede conocer-y en España se conoce por el papanatismo de los medios de comunicación con el imperio- si ha nevado en Nuevo México o se ha quedado encerrado un buen señor en un pueblo de Arkansas. Yo mismo puedo asomarme casi a diario a esta ventana y decir hola-aquí estoy a todo el mundo; literalmente a todo el mundo. Es el mundo tecnificado. Sin él no se podrían sustentar ni la oferta ni la aldea global.

Pero hay que considerar al mismo tiempo que, de toda esa oferta inmensa y en tiempo real, se extrae la posibilidad de que cada uno ordene su mundo de manera particular. No existe contradicción; al menos en la teoría. En la época del trueque, la uniformidad era mayor que la de ahora mismo, fundamentalmente porque la oferta era extremadamente limitada y, además, las costumbres imponían también esa uniformidad.
Solo desde la multiplicidad de oferta se puede diversificar el consumo y concretar posibilidades diversas y diferentes. Sobre todo si las posibilidades de compra de productos estuvieran bien repartidas. Pero ese es otro cantar y pocos están dispuestos a cantarlo.

¿Supone esa diversidad la ruptura de cierta seguridad y de elementos fiables a los que ajustarse como eran los de la ciencia apartada del dominio del dinero? Veremos.
Pero hoy no.

sábado, 4 de diciembre de 2010

LA CULTURA SE DILUYE EN UN TODO MÁS EXTENSO

Porque acaso habría que empezar por el principio y asomarse al contexto real en el que se produce, se multiplica, se distribuye y se valora la cultura. O sea, que, de nuevo, volvemos al valor de las verdades según el ambiente en el que se desarrollen. Y, si no es para remover los cimientos del las verdades, si es que estas los tienen, sí lo será al menos para intentar remodelar la concreción de esas verdades y atreverse a proponer no solo su supervivencia sino su acrecentamiento y su continua revalorización.

Es labor de ensayo extenso y no de esbozos escuetos de blog. Pero algo se podrá dejar ver en algunas líneas. No sería poco volver a constatar que las cosas suceden por algo y que las causas preceden a las consecuencias.

La primera constatación evidente es la de que la cultura se ha convertido en una parte de un todo más extenso y ya no es ningún mundo aparte que adorna ni explica por sí misma el discurrir del mundo. La cultura es ya una parte más de ese mundo dominado por la única superestructura real y absoluta: el poder de la economía, el hipercapitalismo que todo lo invade y lo domina. De tal manera que la cultura se entiende, en su concepción, en su creación, en su distribución y en su valoración como un producto más, sujeto a las reglas del mercado. Parece afirmación demasiado rotunda pero me temo que, por desgracia, bien cierta. Hasta ahora, la concepción cultural se quedaba, en parte al menos, al margen de las reglas groseras del comercio y el creador hasta estaba adornado con el halo de lo misterioso y de la excepción. Hoy todo ha cambiado en el grueso de la gran cultura. Los museos, las actividades musicales, el mundo del cine, las producciones literarias, los premios…, todo se mueve al ritmo de la publicidad y de las promociones, y estas tienen la misma concepción que la venta de un jabón o de un coche cualquiera.

Un recorrido somero por la importancia de la cultura, siempre tomada en sentido extenso, a lo largo de la Historia nos haría detenernos al menos en tres estaciones distintas.

La primera tiene que ver con un período indefinido y largo, que nos lleva a la cultura como elemento casi religioso y sustentador de las demás variables de la vida. Se concreta en las sociedades primitivas y en ellas los elementos culturales y simbólicos son duraderos e inmutables, sirven de apoyo para la explicación de todos los hechos y mantienen las tradiciones como algo sagrado e imperecedero. Entonces sí que la “cultura” era una superestructura real y poderosa, y sus representantes unos sátrapas magos y hechiceros de sus valores.

La segunda apunta al momento de la revolución racional, a la época moderna, al momento en el que, de alguna manera, siquiera sea en forma teórica, se separan los elementos racionales de los elementos sagrados y de fe. En ese momento la cultura se diversifica y ofrece posibilidades y soluciones desde la religión y desde la razón, En alguna forma, el arte se fragmenta y se crean diversos tipos de cultura: lo religioso frente a lo racional, el arte popular frente al arte culto, el arte por el arte frente al arte articulado. Lo mismo que se empezaba a democratizar la sociedad se empezaba a democratizar la cultura, con todas sus consecuencias e implicaciones.

La tercera estación nos detiene en los últimos decenios. Es el momento de la globalización, del abandono de los sistemas absolutos de razón, del postmodernismo, del hipercapitalismo, del dominio del dinero y de las reglas del mercado, de la invasión del individualismo y del consumismo compulsivo. En este ambiente global se mueve la cultura y se mueven las creaciones culturales. Y es ahí donde la creación ha perdido tal vez su autonomía, o al menos se ha tenido que someter, como el resto de los productos, a las reglas del mercado. De ese modo, no solo la cultura habrá impregnado -acaso muy poco- el mundo global sino que este ha impregnado a su vez el mundo cultural. Al servicio de ambas direcciones, de los intercambios mutuos, se hallan los medios de comunicación, que se han convertido, hoy más que nunca, en auténticos fines, más que en simples medios, pues, no en vano, la principal globalización es la de los propios medios de comunicación. Por ello, habría que dedicar otras líneas a considerar esos medios en su amplitud y en su importancia.
Pero hoy no.

Qué lejos todo esto del trabajo callado del creador oculto y solitario, qué mundos tan distantes y distintos se dibujan entre el forjador de palabras, por ejemplo, o el del creador de melodías, con todo ese caos aparente de los medios y de las reglas implacables del comercio.

Hoy hace frío en Béjar. Ha nevado. El suelo brilla blanco y el sol refulge en rayos transparentes. Qué soledad de frío y de nostalgia. En Wall Street se anuncia una apertura a la baja y los mercados tiemblan. A Vargas Llosa lo leen en la India e Imagine de John Lennon suena en el Himalaya. Desde México vienen a oír al coro de monjes de Silos. Yo puedo comprar un canguro australiano sin moverme de mi terraza. El mundo anda convulso.

viernes, 3 de diciembre de 2010

¿LE QUEDA ALGÚN OFICIO DIGNO A LA CULTURA?

No sé muy bien si el mundo en el que vivimos nos permite la mirada tranquila y reflexiva, el sosiego y la calma, la vista panorámica. Hay mucha fuerza oculta, o no tan oculta, que trama cada minuto, que pone paredes insalvables, que nos ocupa tanto y de manera tan febril que no nos da respiro para pensar y deducir algo extenso y duradero. Vivimos en una sociedad en la que todo se diluye en el momento, en la que el tiempo es más fugaz que nunca, en la que las verdades y los grandes sistemas filosóficos o religiosos andan más a la deriva quizás que nunca. Ya todo se mueve en los parámetros del hipercapitalismo y no hay siquiera indicios de que nadie le ponga pie en pared ni le enfrente otros modos de explicar y de andar por la vida. “Apenas si nos dejan decir que somos quien somos” y, como mucho -y con respeto y casi devoción- podemos atrevernos a regular un poquito ese mundo en el que el dinero y las finanzas lo son todo o casi todo.

Sentarse un rato a echar un cuarto a espadas acerca del valor que puedan tener en este panorama aspectos como las ideas sociales, las religiosas, las políticas, tratar de descubrir el valor de la cultura, es como para ponerse triste y volar hacia el sueño y hacia el limbo.

Véase la cultura. ¿Dónde quedan los dogmas, los principios, aquellas obras clásicas? Hoy todo anda sometido al comercio y al consumo. También el arte en general. También la literatura en general. Creo que hasta la poesía, a pesar de ser, con mucho, la hermana pobre en dividendos.

Algunos autores revisan los cortes fundamentales de la cultura en el S XX y se fijan en tres momentos: las vanguardias del primer tercio del siglo pasado (corte artístico liberalizador), toda la simbología de Mayo del 68 o Primavera de Praga (corte de liberalismo cultural), y la situación del hipercapitalismo de los últimos treinta años (corte de liberalismo económico). Cada uno de estos cortes supone una nueva visión y una nueva situación del ser humano y del valor de su cultura.

En la que ahora nos toca vivir, tal vez lo más notable sea el desconcierto en el que todos andamos sumidos. Nada hay absoluto en el panorama cultural, no existen asideros seguros, no se concibe nada permanente, la velocidad de los cambios no nos permite casi ni explicarlos, y mucho menos degustarlos con algo de tranquilidad, nadie que reflexione un poco espera volver a tener los anteriores mundos de equilibrio y de algunas certidumbres o elementos universales, ni en los campos intelectuales, ni en los religiosos ni en los sociales o políticos. El mundo económico se ha vuelto hegemónico y, a su lado, se empequeñecen, cuando no se anulan, los poderes políticos. El mundo hoy es mucho más incierto que hace solo unos decenios.

Es verdad que se apuntan algunos caminos que parecen luchar para darnos algún punto de enganche, algo en lo que escudarnos, que no sea solo el mundo financiero y el modelado exclusivo que del mundo hace a su antojo y capricho: el embrión de justicia internacional, algo del mundo ecológico, algunos foros internacionales (que no muestran más que buena voluntad y escasos resultados prácticos), el ambiente de las ONG, y hasta por la otra esquina algunos rebrotes religiosos, casi todos extremistas. Poca cosa para el poder omnímodo del dinero y del capital, del mundo hipercapitalista.

¿Qué nos aguarda, entonces? ¿Le queda algún recodo al mundo de la cultura y del pensamiento en general, del viejo humanismo, para actuar en este ambiente? ¿A qué puerta llamar que ofrezca algún refugio? ¿Cómo asentar todo este cúmulo de fantasmas que se nos han echado encima? Porque matar al gigante no parece posible; si acaso, domarlo con cariño y con mucho mimo, para que no se enfade y no nos coma a nosotros. El ejército de la revolución se ve encogido y chico, pequeño y asustado, sin ocasión si quiera de organizarse un poco, sin banderín de enganche en el que apuntar al menos el nombre y un simple conmigo que no cuenten. Qué le vamos a hacer.

Pondré una vez más un ejemplo conscientemente provocador: “Mientras este mundo no considere que yo mismo no soy más productivo que Ronaldo o que Messi, no habremos avanzado nada.” El ejemplo, por supuesto se trae no por el nombre sino por la ocupación en la cultura. Vaya una tarea. Casi da risa hasta plantearla. Y, sin embargo, ahí está aguardando a darle forma, a encaminar esfuerzos para que sea verdad, esperando a que alguien grite y que no se resigne tan deprisa.

Tal vez el primer paso tendrá que ser el de la movilización de todo el mundo que prometa alguna fuerza creadora dispuesta a compartir con la comunidad. Hay mucha, mucha gente, que guarda sus tesoros sin poderlos mostrar. Y hay que darle valor a esas potencias. También el comercial, pero sobre todo el de la certeza y el de la justicia, el de la solidaridad y el del esfuerzo.

Estructurar todos estos potenciales y dar cauces a todos los futuros, seguro que pasa por la inversión y el cultivo de la educación. Invertir en educación sigue siendo lo más rentable a medio plazo, y no levantar la mirada para verlo es quedarse ciego para toda la vida. La educación descubre las posibilidades de todos, multiplica las fuerzas, potencia los ánimos y asegura que cada ser humano organice su propia vida, esa vida irrepetible que cada ser humano, por el hecho de serlo, merece y necesita.

Luego vienen las artes y las letras, las obras y las voces, los premios y los ecos, la literatura y la música, las opiniones todas. Y el dinero también, coño, y el dinero también. Pero en su justo sitio. Y en el valor que tiene y nada más.

jueves, 2 de diciembre de 2010

UN PERRO APERREADO

Hasta hace muy pocos años, veía la corriente del río desde mi terraza. Hoy apenas la adivino y su rumor me llega un poco más lejano. En el plano inclinado que forma el espacio entre mi terraza y el río se han interpuesto unas construcciones de pisos hundidos en la misma vera del cauce. Nunca he entendido cómo han podido llegar los permisos de la Confederación Hidrográfica del Tajo, pero ahí están. No pierdo demasiado pues solo es un trocito de cauce en la inmensa visión de mi terraza y está allá en lo hondo.

En una pequeña terraza de esas casas vive un perro grande que se pasa la vida ladrando. Hasta mi balcón llegan sus ladridos con la sordina que imponen los metros de distancia y el desnivel notable, pero lo puedo oír si estoy atento y hasta lo puedo ver. El pobre se pasea en un recinto pequeño, cuadrado y encogido, como si estuviera en un patio carcelario o castigado en una galería de peligrosos. Vive en un tercer piso, que es el último del edificio. En la esquina izquierda de la terraza le han construido una caseta también pequeña y oscura. En ella pasa las noches, supongo que hasta que su dueño tenga a bien encerrarlo y negarle el espacio más abierto.

Dentro y fuera del habitáculo, el perro ladra y ladra sin descanso, en un quejido interminable que supongo que indica su situación de escasa libertad por el pequeño espacio y por su falta de movimientos. Desde mi atalaya escucho lejanos sus gemidos pero lo puedo ver haciendo círculos, como si estuviera sacando agua de una noria. En cuanto puede, y como para cambiar de actividad, sube sus patas delanteras sobre el borde de la pared que hace balcón y asoma su cabeza para mirar hacia la calle. Por la calle acostumbran a pasar otros perros a los que sus dueños han llevado a pasear por un momento. Entonces el perro de la terraza se pone aún más lastimero y arrecia en sus ladridos.

¿Qué quiere afirmar entonces el perro? ¿Tal vez su territorio? ¿Acaso su situación allí subido? ¿Será su soledad?

Pobrecillo perro. Y pobrecitos los vecinos que viven en el edificio. ¿No merecen una denuncia sus dueños por carceleros y por malos ciudadanos?

Sospecho que vivimos unos años en los que el individualismo feroz nos hace olvidar algo tan obvio como que cada día somos más en este pequeño planeta, que cada día y cada hora que pasa el respeto a la integridad física de los demás nos condiciona y debería poner límites a nuestras actuaciones, los límites de la educación, del sentido común y del civismo, que la moda de los animales de compañía solo es aceptable desde su cuidado y desde su respeto, desde sus condiciones de vida positivas y desde su libertad de movimientos. A veces tengo dudas sobre si ese aparente amor que algunos animales muestran a sus dueños no será una manifestación exagerada de miedo y hasta de terror.

El perro sigue incansable con sus ladridos. Sus congéneres corretean por la calle mientras él sigue encerrado en aquel habitáculo, dando vueltas como enloquecido. Los dueños no dan señales de vida. Los vecinos estarán desquiciados con esa música estridente encima de sus cuerpos y de sus vidas. El río sigue escondido entre los árboles. Yo continúo aquí arriba en mi terraza contemplando la escena. La vida sigue igual cada mañana.