Nada sucede si no es en el espacio y en el tiempo. Son esas las coordenadas que condicionan todo, que explican al ser humano en sus grandezas y miserias.
¿Cómo controlar esas dos variables? ¿Qué sabemos del tiempo, de sus principios, de sus fines, de su propia existencia? Solo tenemos la certeza de que el sol se oculta cada día y vuelve a estar presente al día siguiente. Y poco más. Es posible, sin embargo, que el ser humano solo traiga a la vida una ilusión vana, la de medir el tiempo. Y en ese afán lo cuadricula casi todo y todo lo distribuye de acuerdo con ese acto voluntarioso de magia que es dividir y tratar de medir el tiempo. Vano intento.
La variable del espacio parece que anda algo más cerca de nuestras posibilidades, y en otro vano intento, vamos y venimos, salimos y volvemos, nos desplazamos y hacemos intercambios, nos aferramos a la lujuria de algunos paisajes o huimos de circunstancias no deseadas.
Pero hay un momento absolutamente especial; es aquel en el que el ser humano, el pequeño ser humano se encuentra de pronto erguido y solitario, con la posibilidad de desplazarse por sus propios medios, con la facultad de levantar la mirada y ver el mundo de frente y a su altura, con la ocasión de ir y venir a donde quiera, con la oportunidad de empezar a marcar sus propios territorios.
Ayer fue un día feliz porque Sara se echó a andar en los pasillos de mi casa. De repente, la magia se tornó realidad y aquella figurita que necesitaba de algún apoyo se dijo allá me voy, a ver qué me espera en el camino, a moverme por mis propias fuerzas. Y no hubo distancias intermedias; fue como si hubiera esperado demasiado pero ahora quisiera recuperar todo el tiempo perdido. Ya en los primeros intentos sintió curiosidad por visitar todos los rincones de la casa por sus propios medios.
Todos le servimos de cortejo, pero ella era la cabecera de la procesión.
Ya tiene Sara fuerzas para mirar de frente, para andar y para hollar los caminos, para caer y levantarse, para andar las mejores y las peores sendas, para pasear y dejar huella efímera en la arena de las playas, para subir hasta las altas cumbres o bajar a los más hondos valles, para visitar a quien lo necesite y para apartarse de quien no se acompase con sus ritmos, para servir de ayuda y de apoyo, para sentir sudores y fatigas, para moldear su cuerpo, para robar la esencia de la lluvia, para correr al alba, para encarar la noche donde mejor se viva, para aspirar la brisa y volver siempre a tiempo a sentarse en la silla donde pensar lo hermoso de la vida, para mudar de sitio, para volver la cara y para hacer frente según las circunstancias, para alcanzar las cosas, para dejarlas luego y compartirlas, para correr en busca de la vida o alejarse de ella, para marcar su propio territorio.
Ayer Sara extendía sus bracitos para hacer equilibrio. Parecía que llamaba al mundo a su presencia, que lo quería acercar ante sus ojos, que lo empezaba a beber a sorbo limpio. Yo la seguí gozoso sabiendo que se iba buscando sus propios territorios y que mi sitio cada vez estará más en esa contemplación feliz de verla más segura.
Ayer fue un día feliz en medio de la lluvia. Sara se ha echado a andar. ¿Qué van a ver tus pies, Sara, hasta que se paren, cansados en el tiempo?
domingo, 31 de octubre de 2010
viernes, 29 de octubre de 2010




2010-10-29 OH, QUÉ TARDE, DIOS MÍO
Hoy se me fue la vista desde la tarde gris de mi terraza. Y se posó en las faldas de la sierra. Y ascendió a los lomos de la loba. Y por primera vez los encontró de blanco. Y allí quedó prendada y diluida. Hubo lluvia, hubo sol, hubo arco iris. Oh, qué tarde, Dios mío.
jueves, 28 de octubre de 2010
YO LLORO MUCHO, ¿Y QUÉ?
Cada día la vida nos ofrece ejemplos en los que mirarnos para reflexionar. Nada nuevo bajo el sol. El ser humano se va manifestando en esas pequeñas cosas que configuran su pasar por este sitio tan extraño que es la vida.
A mí, en general, no me interesan tanto los hechos concretos como las actitudes, es decir, las conductas, o sea, las acciones repetidas. Los medios -otra vez los medios- se suelen detener en la visualización del hecho concreto y se olvidan de las tendencias, porque hay que analizarlas y eso cuesta trabajo y tal vez hasta haga pensar. Y eso es peligroso. Y vende poco porque es menos espectacular. De ese modo, le sacan las asaduras a cualquier hecho espectacular aislado pero al día siguiente ya no se acuerdan ni de su existencia.
En el último discurrir diario hay dos ejemplos que ilustran creo que muy bien lo que apunto.
El alcalde de Valladolid se ha despachado con unas manifestaciones groseras de todo punto y hasta procaces contra la joven ministra de sanidad. Yo invitaría a analizar la trayectoria de este señoraco de Fachadolid y no haría solo sangre de estas palabras concretas.
El escritor Pérez Reverte ha afeado la conducta del ministro saliente de asuntos exteriores por haber llorado en público en la despedida. De nuevo, el hecho concreto no es lo que más me interesa sino lo que pueda encerrar como actitud vital y como comportamiento. ¿Hacia dónde apunta este ser? ¿Qué conducta puedo esperar de él tras estas palabras? ¿Qué pensaría de mí un sujeto semejante?
Las tradiciones y los argumentos sociales no escritos apuntan a un ser masculino serio y tentetieso, sin desmoronarse nunca, ejemplo de fortaleza ante la tribu y guía y protector de cualquier debilidad. Así andamos.
Pues yo reconozco llorar con mucha frecuencia, venirme abajo en la emoción varias veces cada día, sentir que me descontrolo, incluso físicamente, con una repetición tal vez desmesurada. Yo mismo me descubro a veces en el intento de frenar esas expresiones físicas porque los contextos parece que me lo piden e incluso porque la acción que esté desarrollando no puede continuar, sobre todo si se desarrolla con más gente.
Pero ya está bien de sujetos encarados que no se doblegan ante nada. Tal vez por eso este sujeto ande con esa expresión agriada y ácida, aceda, áspera y avinagrada, desabrida, abrupta y hasta escarpada físicamente. ¿Este individuo conoce lo que es una emoción? Tal vez se le secaron todas en sus corresponsalías de guerra. Quién lo diría. Uno hubiera esperado que se le hubieran quedado los ojos húmedos para siempre al contemplar tanta injusticia y tanto dolor. No parece que sea el caso. ¿Será que no organiza en sus novelas las emociones de sus personajes? ¿Será por eso por lo que los sitúa tantas veces en escenarios bélicos, pendientes casi siempre de dar mandobles físicos en vez de dar mandobles de ternura y de sentimientos?
Estoy hasta los huevos de aquellos creadores para los que vale todo con tal de dar la nota y de hacerse con ello notar. Sobre todo con aquellos que no lo necesitan para nada pues ya tienen el saco bien colmado de divisas. Esas rebajas a la complacencia y al esnobismo me parecen más barriobajeras cuanto más alto veo el origen y el tejado del que descienden.
A mí este ser todavía no me ha hecho verter ni una sola lágrima. Sus últimas manifestaciones solo me han producido malos humores y un desprecio muy grande.
A mí, en general, no me interesan tanto los hechos concretos como las actitudes, es decir, las conductas, o sea, las acciones repetidas. Los medios -otra vez los medios- se suelen detener en la visualización del hecho concreto y se olvidan de las tendencias, porque hay que analizarlas y eso cuesta trabajo y tal vez hasta haga pensar. Y eso es peligroso. Y vende poco porque es menos espectacular. De ese modo, le sacan las asaduras a cualquier hecho espectacular aislado pero al día siguiente ya no se acuerdan ni de su existencia.
En el último discurrir diario hay dos ejemplos que ilustran creo que muy bien lo que apunto.
El alcalde de Valladolid se ha despachado con unas manifestaciones groseras de todo punto y hasta procaces contra la joven ministra de sanidad. Yo invitaría a analizar la trayectoria de este señoraco de Fachadolid y no haría solo sangre de estas palabras concretas.
El escritor Pérez Reverte ha afeado la conducta del ministro saliente de asuntos exteriores por haber llorado en público en la despedida. De nuevo, el hecho concreto no es lo que más me interesa sino lo que pueda encerrar como actitud vital y como comportamiento. ¿Hacia dónde apunta este ser? ¿Qué conducta puedo esperar de él tras estas palabras? ¿Qué pensaría de mí un sujeto semejante?
Las tradiciones y los argumentos sociales no escritos apuntan a un ser masculino serio y tentetieso, sin desmoronarse nunca, ejemplo de fortaleza ante la tribu y guía y protector de cualquier debilidad. Así andamos.
Pues yo reconozco llorar con mucha frecuencia, venirme abajo en la emoción varias veces cada día, sentir que me descontrolo, incluso físicamente, con una repetición tal vez desmesurada. Yo mismo me descubro a veces en el intento de frenar esas expresiones físicas porque los contextos parece que me lo piden e incluso porque la acción que esté desarrollando no puede continuar, sobre todo si se desarrolla con más gente.
Pero ya está bien de sujetos encarados que no se doblegan ante nada. Tal vez por eso este sujeto ande con esa expresión agriada y ácida, aceda, áspera y avinagrada, desabrida, abrupta y hasta escarpada físicamente. ¿Este individuo conoce lo que es una emoción? Tal vez se le secaron todas en sus corresponsalías de guerra. Quién lo diría. Uno hubiera esperado que se le hubieran quedado los ojos húmedos para siempre al contemplar tanta injusticia y tanto dolor. No parece que sea el caso. ¿Será que no organiza en sus novelas las emociones de sus personajes? ¿Será por eso por lo que los sitúa tantas veces en escenarios bélicos, pendientes casi siempre de dar mandobles físicos en vez de dar mandobles de ternura y de sentimientos?
Estoy hasta los huevos de aquellos creadores para los que vale todo con tal de dar la nota y de hacerse con ello notar. Sobre todo con aquellos que no lo necesitan para nada pues ya tienen el saco bien colmado de divisas. Esas rebajas a la complacencia y al esnobismo me parecen más barriobajeras cuanto más alto veo el origen y el tejado del que descienden.
A mí este ser todavía no me ha hecho verter ni una sola lágrima. Sus últimas manifestaciones solo me han producido malos humores y un desprecio muy grande.
miércoles, 27 de octubre de 2010
DESGASTÁNDOSE EN OTROS
Sigo dándole vueltas a ese minuto escaso que nos permite el tiempo en ese recorrido indefinido de la vida. Ni sé para qué vale ni cómo llenarlo con dignidad y aprovechamiento. Tampoco sé si el aprovechamiento apunta hacia mí mismo o señala más al resto de los que me rodean y me acompañan en ese caminar de cada día.
Me descubro a menudo discutiendo con alguien a quien acuso de desgastarse en actos que afectan a las actividades de otros y no a esa persona, en repetirle machaconamente que la calidad bien entendida empieza por uno mismo y que tal vez la mejor justicia es la de la enseñanza de la responsabilidad que le compete a cada cual sobre sus propios actos, que es buena la caridad pero que es mejor la justicia y que cada cual debería atender a sufragarse sus propias necesidades hasta que sea evidente que la ayuda es necesaria. Y discuto y me estrello, y voy y vengo en mis palabras y comienzo de nuevo, y aparecen los disgustos y los malos momentos y esos vaivenes tontos de enfado y de contento.
No sé cuánto tengo de razón. Tal vez no tenga nada y lo que en mí merece desagrado tendría que merecer aplauso y ánimo constante. Tal vez. Sigo con mi duda sin resolver y en altibajo siempre.
Hay algo que imagino y me duele. Son las alabanzas tontas a quien parece dadivoso desde el lado de quien recibe esas dádivas. Eso me pone enfermo. Me gustaría que esas alabanzas -a veces ese simplemente dejar correr el tiempo y la inercia de un curso favorable- se tornaran en algo de reflexión y en un poco de reparto de tareas, en menos palabritas y en algo más de acción compartida. No es bueno fabricar santos a costa de ceder obligaciones; mejor si los alzamos con nuestras buenas obras.
Es solo un desahogo y acaso no debiera desahogarme con lo que, al fin y al cabo, es ayuda y eterna disposición a lo que pide el otro. Mecachis.
Me descubro a menudo discutiendo con alguien a quien acuso de desgastarse en actos que afectan a las actividades de otros y no a esa persona, en repetirle machaconamente que la calidad bien entendida empieza por uno mismo y que tal vez la mejor justicia es la de la enseñanza de la responsabilidad que le compete a cada cual sobre sus propios actos, que es buena la caridad pero que es mejor la justicia y que cada cual debería atender a sufragarse sus propias necesidades hasta que sea evidente que la ayuda es necesaria. Y discuto y me estrello, y voy y vengo en mis palabras y comienzo de nuevo, y aparecen los disgustos y los malos momentos y esos vaivenes tontos de enfado y de contento.
No sé cuánto tengo de razón. Tal vez no tenga nada y lo que en mí merece desagrado tendría que merecer aplauso y ánimo constante. Tal vez. Sigo con mi duda sin resolver y en altibajo siempre.
Hay algo que imagino y me duele. Son las alabanzas tontas a quien parece dadivoso desde el lado de quien recibe esas dádivas. Eso me pone enfermo. Me gustaría que esas alabanzas -a veces ese simplemente dejar correr el tiempo y la inercia de un curso favorable- se tornaran en algo de reflexión y en un poco de reparto de tareas, en menos palabritas y en algo más de acción compartida. No es bueno fabricar santos a costa de ceder obligaciones; mejor si los alzamos con nuestras buenas obras.
Es solo un desahogo y acaso no debiera desahogarme con lo que, al fin y al cabo, es ayuda y eterna disposición a lo que pide el otro. Mecachis.
martes, 26 de octubre de 2010
"DECIDME CÓMO ES UN ÁRBOL"
Otra vez fue la casualidad o la aplicación de esas cuatro reglas oscuras y veladas que rigen nuestra vida sin que nos demos cuenta lo que me puso en contacto con un texto que había casi olvidado.
Hace por ahora un año que dimos en Béjar el Premio a la Libertad a Fernando Macarro, “MARCOS ANA”, ese preso eternamente preso y eternamente joven, del que yo no conocía ni su existencia y que me cautivó con su verbo torrencial, con la simplicidad de su exposición, con la generosidad de sus ideas y con el fondo de coherencia y de verdad de todo lo que decía.
Ayer cayó en mis manos su obra “Decidme cómo es un árbol”. A este título acompaña este subtítulo tan aclaratorio: “Memoria de la prisión y la vida”. La promesa del año anterior de adquirirlo y de leerlo había quedado en el olvido.
Pues todo fue tenerlo entre mis manos, venirme para casa y abrirlo. Trescientas setenta y nueve páginas más dos bloques de fotografías. En menos de veinticuatro horas he dado fin a su lectura.
Se trata de un testimonio directo acerca de las peripecias carcelarias, del ambiente prebélico y bélico, del fondo social que explicaría estos hechos y de la vida posterior a la prisión, desde principios de los años sesenta hasta el comienzo de la democracia.
El texto me resulta apasionante porque suma toda una serie de factores en positivo hasta llenar un panorama desgarrador y a la vez emocional e impulsivo. El autor tiene tiempo de pasar media vida en la cárcel (23 años) como preso político con dos penas de muerte a cuestas, pero de vivir otra media con toda intensidad y como representante no solo de su vida sino de todos aquellos que padecieron, y en qué condiciones, la privación de la libertad. De este modo, ya en vida, se ha convertido en un símbolo viviente de toda una actitud vital. Aún sigue pregonando por ahí sus convicciones y sus ideales con una fuerza que sobrecoge.
Pero se suma también el ambiente social y emocional de todos los encarcelados. Y Marcos Ana tiene muy claro siempre que él no es más que uno de ellos, que le ha tocado representarlos pero que el ideal lo personificaron todos. Es una actitud que le honra y que lo engrandece.
Su actitud personal nunca es de venganza, ni siquiera de rechazo, sino de respeto a todos los que piensan de forma diferente a la suya. Esta idea queda clarísima a lo largo de todas las páginas. Solo pide que lo dejen defender libremente sus ideales y su forma de entender la vida.
Recoge el libro, como no podía ser de otra manera, la red de relaciones entre los miembros del PCE en el interior y en el exterior, tal vez la última gran red de solidaridad y de ayuda del mundo moderno.
Y todo el libro está salpicado con la prosa directa de un autodidacta que va creciendo incluso a medida que va escribiendo el libro. Y lo hace en positivo, aunque siempre desde la emoción de la primera persona y desde la sinceridad de quien se reconoce como uno más de tantos otros.
Salpican las páginas bastantes de los poemas que el autor considera oportunos y fundamentales en su trayectoria. También en ellos se resume el carácter y la tensión emocional de la vida del autor. Algunos son tan directos y atractivos como este:
LA VIDA
Decidme cómo es un árbol.
Decidme el canto del río
cuando se cubre de pájaros.
Habladme del mar, habladme
del olor ancho del campo,
de las estrellas, del aire.
Recitadme un horizonte
sin cerradura y sin llaves,
como la choza de un pobre.
Decidme cómo es el beso
de una mujer. Dadme el nombre
del amor, no lo recuerdo.
¿Aún las noches se perfuman
de enamorados con tiemblos
de pasión bajo la luna?
¿O solo queda esta fosa,
la luz de una cerradura
y la canción de mis losas?
Veintidós años… Ya olvido
la dimensión de las cosas,
su color, su aroma… Escribo
a tientas: “el mar”, “el campo”…
digo “bosque” y he perdido
la geometría del árbol.
Hablo, por hablar, de asuntos
que los años me borraron
(no puedo seguir, escucho
los pasos del funcionario)
Todo un testimonio de emoción y de ejemplaridad. A mí me ha ocupado emocionalmente a tiempo completo y con una enorme intensidad estas últimas veinticuatro horas. Espero que deje poso suficiente como para aspirarlo durante más horas y más días.
Hace por ahora un año que dimos en Béjar el Premio a la Libertad a Fernando Macarro, “MARCOS ANA”, ese preso eternamente preso y eternamente joven, del que yo no conocía ni su existencia y que me cautivó con su verbo torrencial, con la simplicidad de su exposición, con la generosidad de sus ideas y con el fondo de coherencia y de verdad de todo lo que decía.
Ayer cayó en mis manos su obra “Decidme cómo es un árbol”. A este título acompaña este subtítulo tan aclaratorio: “Memoria de la prisión y la vida”. La promesa del año anterior de adquirirlo y de leerlo había quedado en el olvido.
Pues todo fue tenerlo entre mis manos, venirme para casa y abrirlo. Trescientas setenta y nueve páginas más dos bloques de fotografías. En menos de veinticuatro horas he dado fin a su lectura.
Se trata de un testimonio directo acerca de las peripecias carcelarias, del ambiente prebélico y bélico, del fondo social que explicaría estos hechos y de la vida posterior a la prisión, desde principios de los años sesenta hasta el comienzo de la democracia.
El texto me resulta apasionante porque suma toda una serie de factores en positivo hasta llenar un panorama desgarrador y a la vez emocional e impulsivo. El autor tiene tiempo de pasar media vida en la cárcel (23 años) como preso político con dos penas de muerte a cuestas, pero de vivir otra media con toda intensidad y como representante no solo de su vida sino de todos aquellos que padecieron, y en qué condiciones, la privación de la libertad. De este modo, ya en vida, se ha convertido en un símbolo viviente de toda una actitud vital. Aún sigue pregonando por ahí sus convicciones y sus ideales con una fuerza que sobrecoge.
Pero se suma también el ambiente social y emocional de todos los encarcelados. Y Marcos Ana tiene muy claro siempre que él no es más que uno de ellos, que le ha tocado representarlos pero que el ideal lo personificaron todos. Es una actitud que le honra y que lo engrandece.
Su actitud personal nunca es de venganza, ni siquiera de rechazo, sino de respeto a todos los que piensan de forma diferente a la suya. Esta idea queda clarísima a lo largo de todas las páginas. Solo pide que lo dejen defender libremente sus ideales y su forma de entender la vida.
Recoge el libro, como no podía ser de otra manera, la red de relaciones entre los miembros del PCE en el interior y en el exterior, tal vez la última gran red de solidaridad y de ayuda del mundo moderno.
Y todo el libro está salpicado con la prosa directa de un autodidacta que va creciendo incluso a medida que va escribiendo el libro. Y lo hace en positivo, aunque siempre desde la emoción de la primera persona y desde la sinceridad de quien se reconoce como uno más de tantos otros.
Salpican las páginas bastantes de los poemas que el autor considera oportunos y fundamentales en su trayectoria. También en ellos se resume el carácter y la tensión emocional de la vida del autor. Algunos son tan directos y atractivos como este:
LA VIDA
Decidme cómo es un árbol.
Decidme el canto del río
cuando se cubre de pájaros.
Habladme del mar, habladme
del olor ancho del campo,
de las estrellas, del aire.
Recitadme un horizonte
sin cerradura y sin llaves,
como la choza de un pobre.
Decidme cómo es el beso
de una mujer. Dadme el nombre
del amor, no lo recuerdo.
¿Aún las noches se perfuman
de enamorados con tiemblos
de pasión bajo la luna?
¿O solo queda esta fosa,
la luz de una cerradura
y la canción de mis losas?
Veintidós años… Ya olvido
la dimensión de las cosas,
su color, su aroma… Escribo
a tientas: “el mar”, “el campo”…
digo “bosque” y he perdido
la geometría del árbol.
Hablo, por hablar, de asuntos
que los años me borraron
(no puedo seguir, escucho
los pasos del funcionario)
Todo un testimonio de emoción y de ejemplaridad. A mí me ha ocupado emocionalmente a tiempo completo y con una enorme intensidad estas últimas veinticuatro horas. Espero que deje poso suficiente como para aspirarlo durante más horas y más días.
lunes, 25 de octubre de 2010
OTOÑO EN BÉJAR
OTOÑO EN BÉJAR
Está el otoño con vestido largo,
con un aire de fiesta que indica despedida,
con un balanceo rítmico a la altura del aire,
donde bailan las hojas con dulce decadencia.
Hay como una conciencia limpia y una luz muy clara
en cada espino del zarzal dormido.
Aquel grito gozoso
de semen vegetal que daba espumas
en las auroras de la primavera
se ha refugiado en grises fuertes y dorados,
en fuegos mutilados
por el hermoso sol de las laderas.
Hay un susto en las copas de los pinos,
como en protesta por quedarse solas,
por decir adiós a todo el manto
que se deja vencer y se desploma
hacia la eterna soledad del suelo
y un zureo de palomas
y un revuelo de lunas en el cielo,
y hay en el aire un trino
que salmodia una queja
regada con las lágrimas
que los árboles vierten de sus venas.
Dejadme entre castaños y entre pinos,
con el rumor del aire,
con el rumor suave que ordena los paseos
cuando la tarde acoge las pisadas
de los que van sin rumbo definido.
Me perderé en el bosque,
buscaré las estancias vacías de las grutas,
suplicaré el silencio del silencio
y el tiempo y el espacio caerán en el olvido.
Qué locura de otoño,
qué muerte entre las muertes,
qué dulce desnudez
para volver de nuevo a la estación del frío.
Está el otoño con vestido largo,
con un aire de fiesta que indica despedida,
con un balanceo rítmico a la altura del aire,
donde bailan las hojas con dulce decadencia.
Hay como una conciencia limpia y una luz muy clara
en cada espino del zarzal dormido.
Aquel grito gozoso
de semen vegetal que daba espumas
en las auroras de la primavera
se ha refugiado en grises fuertes y dorados,
en fuegos mutilados
por el hermoso sol de las laderas.
Hay un susto en las copas de los pinos,
como en protesta por quedarse solas,
por decir adiós a todo el manto
que se deja vencer y se desploma
hacia la eterna soledad del suelo
y un zureo de palomas
y un revuelo de lunas en el cielo,
y hay en el aire un trino
que salmodia una queja
regada con las lágrimas
que los árboles vierten de sus venas.
Dejadme entre castaños y entre pinos,
con el rumor del aire,
con el rumor suave que ordena los paseos
cuando la tarde acoge las pisadas
de los que van sin rumbo definido.
Me perderé en el bosque,
buscaré las estancias vacías de las grutas,
suplicaré el silencio del silencio
y el tiempo y el espacio caerán en el olvido.
Qué locura de otoño,
qué muerte entre las muertes,
qué dulce desnudez
para volver de nuevo a la estación del frío.
domingo, 24 de octubre de 2010
Y SE PERDIÓ SIN SEÑAS
Buscaba soledad en el silencio y se encontró la muerte y el abismo danzando en las laderas de aquel bosque sombrío. Pensó en quedarse allí por si las gotas del cielo de la tarde le saciaban la sed que le amargaba y se encontró rayos de sol por todos los caminos. Buscó saciar la sed con sus propios sudores y entró en su propio silencio y en su propio cuerpo.
Desentrañó los muebles de la puerta dándoles sitio para que hicieran cuerpo y vio que era sencillo, que trababan conversación amena entre las sillas y las mesas, que se extendían los brazos y acogían las llamadas de todos los que hasta allí se acercaban.
Pero siguió adelante y entró en sus aposentos. Allí encontró terrenos con muy buena simiente, surcos abiertos y aceñas con agua. Eran campos de azúcar y de avena, de trigos y amapolas. Y estaban sin sembrar, pues nadie había extendido la semilla ni había aricado el borde del terreno.
Se tendió a contemplarlos y se sintió contento de ser señor de aquellas posesiones. Y asentó la mirada y pensó en darles forma y en arreglar los predios y baldíos, en sazonar los frutos, en recoger cosechas y en hornear los panes.
Y se quedó dormido y en silencio, soñándose vecino y labrador, humilde y encalado en sus paredes.
Y se vio más adentro, en una choza limpia y aseada, sin apenas aperos de labranza, solo con brazos fuertes y dispuestos, ajenos a las luchas y disputas, rudos y campesinos, tostados por el sol de cada día, cansados en la tarde, serenos y amorosos cuando la luna alzaba su figura.
Y dijo aquí me quedo, tranquilo y olvidado, sin cuidados ni penas, con mi cuidado al turno de los surcos, con mis campos, mi luz y mi contento.
Y aquel bosque lejano se cercó de silencio y se perdió sin señas en los brazos del tiempo.
Desentrañó los muebles de la puerta dándoles sitio para que hicieran cuerpo y vio que era sencillo, que trababan conversación amena entre las sillas y las mesas, que se extendían los brazos y acogían las llamadas de todos los que hasta allí se acercaban.
Pero siguió adelante y entró en sus aposentos. Allí encontró terrenos con muy buena simiente, surcos abiertos y aceñas con agua. Eran campos de azúcar y de avena, de trigos y amapolas. Y estaban sin sembrar, pues nadie había extendido la semilla ni había aricado el borde del terreno.
Se tendió a contemplarlos y se sintió contento de ser señor de aquellas posesiones. Y asentó la mirada y pensó en darles forma y en arreglar los predios y baldíos, en sazonar los frutos, en recoger cosechas y en hornear los panes.
Y se quedó dormido y en silencio, soñándose vecino y labrador, humilde y encalado en sus paredes.
Y se vio más adentro, en una choza limpia y aseada, sin apenas aperos de labranza, solo con brazos fuertes y dispuestos, ajenos a las luchas y disputas, rudos y campesinos, tostados por el sol de cada día, cansados en la tarde, serenos y amorosos cuando la luna alzaba su figura.
Y dijo aquí me quedo, tranquilo y olvidado, sin cuidados ni penas, con mi cuidado al turno de los surcos, con mis campos, mi luz y mi contento.
Y aquel bosque lejano se cercó de silencio y se perdió sin señas en los brazos del tiempo.
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