CON TAN POCOS SONIDOS
Me enamoré de ti junto a la paz de un río.
Los peces se asustaron cuando oyeron tu nombre.
Con tan pocos sonidos, se llenó todo el campo
y el sol limpió de sombra todo lo que era noche.
Era del año la estación de estío.
Las axilas sudaron tinta clara para los corazones.
Se rompió la lectura de todos los relojes
y el río se hizo un delta derramado
que nos cubrió de fuerzas las cinturas.
Llovió toda la tarde peinándonos a mares,
destilaron las frentes carámbanos y aves mensajeras,
se rasgó el horizonte buscando ser humano.
Cuando vuelve el absurdo y torna la nostalgia
a comer a mi lado, me retiro
a los postres y bendigo la mesa.
Luego presto atención a las palomas
que habitan en mi cuarto
y me marcho con ellas en busca de aquel río.
miércoles, 31 de marzo de 2010
lunes, 29 de marzo de 2010
ANIVERSARIO
No se me había pasado por alto la fecha, pero había dejado pasar el fin de semana porque quería hacer partícipes a mis alumnos de la celebración.
Se cumplió el centenario del nacimiento de Miguel Hernández. Esta mañana la he dedicado a recordar sus versos en clase. Con algún dato de ayuda para ellos de fondo, he desgranado alguno de sus poemas. Comencé por la oposición entre ciudad y campo en el extraordinario Silbo de afirmación en la aldea. Seguí con el tema de la amistad y de la muerte en su inigualable Elegía. Recordé su etapa social y política con algo de Viento del pueblo. Rescaté un poema de amor desde la guerra: Canción del esposo soldado y rematé con el amor de las Nanas.
Se me fue el tiempo en ello. Creo que me sentí contento del resultado. No estábamos en ningún tema específico del programa. Ni falta que hacía. Sí estábamos en la esencia de la obra artística y literaria. Los ejemplos me sirvieron para reconocer la obra de arte y la persona que la creó. La obra de arte en el esquema elemental desde el que la concibo y la explico: uso de palabras; uso especial de esas palabras, en el significante y en el significado; intento de sorpresa y de emoción en quien oye o lee. La persona por su coherencia y por su ejemplo, que hace tan creíbles sus versos y el contenido que transmiten.
Creo -siempre lo he reconocido- que tengo una gran suerte al explicar una materia que me ofrece tantas posibilidades. Ese contexto y lo poco que me preocupa seguir el temario linealmente hacen el resto.
Me sigo quedando como ejemplo con aquel poema de amor del esposo soldado. Seguramente lo habré repetido aquí alguna vez. Quiero volver a copiarlo:
CANCION DEL ESPOSO SOLDADO
He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.
Morena de altas torres, alta luz y altos ojos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.
Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.
Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.
Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.
Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.
Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.
Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras. ,
Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano.
Y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.
Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.
Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.
Me fascina esta última estrofa. No sé si alguna vez habré robado la última imagen de “dos cuerpos gastados por los besos”. Si no lo he hecho, debería pensar en hacerlo ya. Es más, prometo realizar el robo: me parece inigualable.
Después hubo más cosas. Comí con la voz de Ángel González y con la música de Pedro Guerra de fondo, me aburrí soberanamente calificando a los alumnos, di otra sesión de clases en la UNED y regresé cansado a casa. Me queda otro ratito de lectura mientras cierro los ojos. Ciao.
Se cumplió el centenario del nacimiento de Miguel Hernández. Esta mañana la he dedicado a recordar sus versos en clase. Con algún dato de ayuda para ellos de fondo, he desgranado alguno de sus poemas. Comencé por la oposición entre ciudad y campo en el extraordinario Silbo de afirmación en la aldea. Seguí con el tema de la amistad y de la muerte en su inigualable Elegía. Recordé su etapa social y política con algo de Viento del pueblo. Rescaté un poema de amor desde la guerra: Canción del esposo soldado y rematé con el amor de las Nanas.
Se me fue el tiempo en ello. Creo que me sentí contento del resultado. No estábamos en ningún tema específico del programa. Ni falta que hacía. Sí estábamos en la esencia de la obra artística y literaria. Los ejemplos me sirvieron para reconocer la obra de arte y la persona que la creó. La obra de arte en el esquema elemental desde el que la concibo y la explico: uso de palabras; uso especial de esas palabras, en el significante y en el significado; intento de sorpresa y de emoción en quien oye o lee. La persona por su coherencia y por su ejemplo, que hace tan creíbles sus versos y el contenido que transmiten.
Creo -siempre lo he reconocido- que tengo una gran suerte al explicar una materia que me ofrece tantas posibilidades. Ese contexto y lo poco que me preocupa seguir el temario linealmente hacen el resto.
Me sigo quedando como ejemplo con aquel poema de amor del esposo soldado. Seguramente lo habré repetido aquí alguna vez. Quiero volver a copiarlo:
CANCION DEL ESPOSO SOLDADO
He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.
Morena de altas torres, alta luz y altos ojos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.
Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.
Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.
Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.
Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.
Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.
Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras. ,
Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano.
Y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.
Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.
Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.
Me fascina esta última estrofa. No sé si alguna vez habré robado la última imagen de “dos cuerpos gastados por los besos”. Si no lo he hecho, debería pensar en hacerlo ya. Es más, prometo realizar el robo: me parece inigualable.
Después hubo más cosas. Comí con la voz de Ángel González y con la música de Pedro Guerra de fondo, me aburrí soberanamente calificando a los alumnos, di otra sesión de clases en la UNED y regresé cansado a casa. Me queda otro ratito de lectura mientras cierro los ojos. Ciao.
domingo, 28 de marzo de 2010
UNA RELIGIOSIDAD BIEN ENTENDIDA
Escribo a la hora en la que muchas personas de este país andan por la calle en procesión, comenzando la Semana Santa. Es Domingo de Ramos y hoy se inicia oficialmente esta semana tan peculiar en la que los fieles católicos de este país (¿cuántos?, ¿de qué calidad?) representan algunas escenas de su religión en un contexto de inicio de primavera y de primeros impulsos naturales. Sospecho que son en número muchísimos menos de los que los medios de comunicación nos dejan ver. Pero también me parece evidente que siguen pesando mucho en las costumbres y tradiciones de esta comunidad. Es, de nuevo, otro proceso que se me escapa de las manos y que me deja confuso y hasta enfadado. Son demasiadas las comunidades que trabajan para que sus celebraciones, en forma de procesiones, alcancen notoriedad y terminen por atraer a gente a las localidades en las que se celebran. Entonces se colgará “felizmente” el cartel de no hay billetes y todos quedarán satisfechos. Todos salvo el Cristo con el que procesionan que, sospecho, los cogería con una vara de fuego y los perseguiría a palo limpio por fariseos y por egoístas.
Lo pienso, por supuesto, no en el fiel sencillo que pone sus actos al servicio de su fe, sino en las estructuras en las que nos obligan a vivir y con las que nos engañan de nuevo. En Salamanca casi no quedan plazas hoteleras, Zamora está al completo, Málaga y Sevilla otro tanto… ¿Qué tiene que ver eso con la expresión de una religiosidad sentida y verosímil? Y, puestos a simplificar y a hacer groseras y mostrencas estas consideraciones, por mirar sobre todo al dinero, sigo sin recibir información por parte de nadie acerca de qué sucede con las poblaciones que envían a sus habitantes a otros lugares mientras que ellas se quedan vacías; no estoy nada seguro de que el panadero de un pueblo que mande de vacaciones a Benidorm a varios de sus vecinos esté demasiado contento: ¿quién le compra a él el pan estos días?
Y todo esto en medio del maremoto de las acusaciones de pederastia, otro asunto que me vuelve a dejar de piedra y sin reacción. Para mi desgracia, también en este asunto tengo bastantes dudas. Voyons.
Los representantes de la iglesia tienen que ser juzgados igual que el resto de los ciudadanos, ni con más ni con menos rigor: cuidado con eso de la justicia ejemplarizante.
Si civilmente encubrir es delito, que se castigue: para eso están los códigos legales.
Que la iglesia perdone a sus miembros está en la base de sus ideas. A sus miembros y a cualquier otra persona, algo que no parece realizar y que le hace perder toda credibilidad, toda base moral y cualquier confianza en ella. La celebración de estos días de Semana Santa no es otra cosa que una fiesta de perdón, de redención, de vuelta a la gracia, del acto de un Dios que, para redimir y perdonar, manda a su hijo en sacrificio (y quien sepa desentrañar toda esta red de incongruencias que por favor me la explique) y proclama la vía del amor y no tanto de las leyes.
No entiendo en absoluto por qué, en vez de tanto señalar con el dedo, no se analizan las causas que favorecen los contextos en los que aparece y se propicia la pederastia. Esa sí sería la mejor forma de corregirla. A mí los pederastas me merecen compasión (no tanta como los niños, pero compasión), como me la merecen todos los demás seres humanos y, por eso, quiero que los castiguen, pero no me apetece ensañarme en señalarlos con el dedo ni exigirles más que a otras personas ¿Por qué no se describen serenamente cuáles son los contextos de los colegios de niños, las separaciones de sexos en edades infantiles, el celibato de los eclesiásticos, los semidogmas y leyes no escritas que prohíben la crítica dentro del seno de las iglesias, la discriminación de la mujeres en las tareas litúrgicas y representativas, la necesidad del misterio para que se mantenga el sistema, la imbecilidad esa de la infalibilidad del papa, la falta de reconocimiento de que el clérigo es un apersona como todas las demás…?
Acaso procesionar por estos temas sería dejar demasiado al descubierto un proceso que se ha venido fraguando durante dos mil años y que ha adquirido tal cantidad de sobreentendidos y de “verdades” que no se discuten, que no hay manera de enfrentarse a la procesión del rey desnudo, del Dios al que se la han puesto tantas vestiduras que termina por no poder con ellas.
Tal vez esta semana no sería mala para intentar orear la ropa y vestir a los santos de primavera. El sol del sentido común está ahí esperando, los tendederos también. Veremos.
Lo pienso, por supuesto, no en el fiel sencillo que pone sus actos al servicio de su fe, sino en las estructuras en las que nos obligan a vivir y con las que nos engañan de nuevo. En Salamanca casi no quedan plazas hoteleras, Zamora está al completo, Málaga y Sevilla otro tanto… ¿Qué tiene que ver eso con la expresión de una religiosidad sentida y verosímil? Y, puestos a simplificar y a hacer groseras y mostrencas estas consideraciones, por mirar sobre todo al dinero, sigo sin recibir información por parte de nadie acerca de qué sucede con las poblaciones que envían a sus habitantes a otros lugares mientras que ellas se quedan vacías; no estoy nada seguro de que el panadero de un pueblo que mande de vacaciones a Benidorm a varios de sus vecinos esté demasiado contento: ¿quién le compra a él el pan estos días?
Y todo esto en medio del maremoto de las acusaciones de pederastia, otro asunto que me vuelve a dejar de piedra y sin reacción. Para mi desgracia, también en este asunto tengo bastantes dudas. Voyons.
Los representantes de la iglesia tienen que ser juzgados igual que el resto de los ciudadanos, ni con más ni con menos rigor: cuidado con eso de la justicia ejemplarizante.
Si civilmente encubrir es delito, que se castigue: para eso están los códigos legales.
Que la iglesia perdone a sus miembros está en la base de sus ideas. A sus miembros y a cualquier otra persona, algo que no parece realizar y que le hace perder toda credibilidad, toda base moral y cualquier confianza en ella. La celebración de estos días de Semana Santa no es otra cosa que una fiesta de perdón, de redención, de vuelta a la gracia, del acto de un Dios que, para redimir y perdonar, manda a su hijo en sacrificio (y quien sepa desentrañar toda esta red de incongruencias que por favor me la explique) y proclama la vía del amor y no tanto de las leyes.
No entiendo en absoluto por qué, en vez de tanto señalar con el dedo, no se analizan las causas que favorecen los contextos en los que aparece y se propicia la pederastia. Esa sí sería la mejor forma de corregirla. A mí los pederastas me merecen compasión (no tanta como los niños, pero compasión), como me la merecen todos los demás seres humanos y, por eso, quiero que los castiguen, pero no me apetece ensañarme en señalarlos con el dedo ni exigirles más que a otras personas ¿Por qué no se describen serenamente cuáles son los contextos de los colegios de niños, las separaciones de sexos en edades infantiles, el celibato de los eclesiásticos, los semidogmas y leyes no escritas que prohíben la crítica dentro del seno de las iglesias, la discriminación de la mujeres en las tareas litúrgicas y representativas, la necesidad del misterio para que se mantenga el sistema, la imbecilidad esa de la infalibilidad del papa, la falta de reconocimiento de que el clérigo es un apersona como todas las demás…?
Acaso procesionar por estos temas sería dejar demasiado al descubierto un proceso que se ha venido fraguando durante dos mil años y que ha adquirido tal cantidad de sobreentendidos y de “verdades” que no se discuten, que no hay manera de enfrentarse a la procesión del rey desnudo, del Dios al que se la han puesto tantas vestiduras que termina por no poder con ellas.
Tal vez esta semana no sería mala para intentar orear la ropa y vestir a los santos de primavera. El sol del sentido común está ahí esperando, los tendederos también. Veremos.
viernes, 26 de marzo de 2010
"TODO ES INÚTIL"
Leo en un artículo de Roberto Saviano publicado en El País estas palabras: “La sensación de que “todo es inútil” nos arrebata la esperanza del futuro”. Aplica él esta afirmación a asuntos de tipo social y político, a la situación de su querida Italia, controlada hasta los tuétanos por las mafias y por el clientelismo y la extorsión. Leer su obra Gomorra supone toda una catarsis y vale por miles de páginas de historia.
La afirmación hay que tomarla en sentido relativo pues en forma absoluta es inexistente. “Todo es inútil” para algunos fines pero siempre es “útil” para otros fines. Pero no es hora de exquisiteces léxicas: todos entendemos que piensa en esa situación en la que uno tiene la tentación de abandonarse a lo inmediato y de eliminar todo pensamiento que pueda molestar a los demás y de molestar a uno mismo en su discurrir mostrenco y modorro de cada día. A tal situación de desánimo se llega por la vía del desistimiento conceptual o por la evidencia que da la repetición de hechos que no encajan con los principios que deberían sustentarlos.
El común de los mortales suele aplicar esta expresión a asuntos políticos, sobre todo a la calificación de los representantes públicos, cuya actividad parece que nos lleva a pensar que “todo es inútil” y que nada tiene arreglo. Hay deficiencias por todas partes, no creo que solo por parte de esos representantes. Entre ellos hay gente de toda ralea, como en cualquier colectivo; hay también mucho intruso y aspirante innoble que se cuela en listas por meapilas y lameculos, sin preparación y hasta sin vocación, salvo la de figurar, cobrar y levantar el dedo disciplinadamente cuando se lo indican.
Pero hay también medios poderosos que andan interesados en el desprestigio y en la búsqueda de ambientes que favorezcan sus intereses personales, particulares, económicos y de prestigio. Analizar la existencia (necesaria por otra parte) y la actividad de los medios de comunicación y la naturaleza y tendencia de sus accionistas nos daría sin duda mucha luz y nos abriría los ojos a la hora de calificar, de condenar, de absolver y de perdonar a según qué personajes.
En este desánimo y en este agotamiento se nos va media vida; al fin y al cabo, es el que nos presentan los medios y el que nos obligan a rumiar hasta en la sopa. Como esa realidad se nos presenta siempre troceada y cuarteada, e interesa la paletilla o el muslo según qué día, la opinión se dirige, se crean los estados de ánimo que interesan y se toca la música que conviene al momento de la fiesta.
Hay otro estado de desánimo más personal y creo que más fundado. Es el que se produce cuando se piensan teorías y principios que sustenten la actividad individual, que expliquen el sentido último y duradero de la vida, y no se logra dar con ellos, al menos en la medida satisfactoria. También en ese momento todo “se torna inútil y se diluye la esperanza de futuro”. Es el momento de la angustia vital, de la rebelión existencial, de la búsqueda inútil pero desesperada de lo duradero, del relativismo conceptual, del abrazo de alguna forma de consuelo, del asentimiento a lo inevitable e inasible. Y acaso, tal vez, el momento de acostumbrarse serenamente a aceptar lo que hay, a comer un sopicaldo y a degustarlo como se de alta cocina se tratara.
Tal vez no estará de más volver a la precisión del principio y observar la certeza de que no hay nada totalmente inútil, y de que todo depende de los fines que se busquen y de la utilidad que se pretenda. Aunque sea solo para ir matando el tiempo. Nos queda irremediablemente el futuro. Con esperanza y sin esperanza.
La afirmación hay que tomarla en sentido relativo pues en forma absoluta es inexistente. “Todo es inútil” para algunos fines pero siempre es “útil” para otros fines. Pero no es hora de exquisiteces léxicas: todos entendemos que piensa en esa situación en la que uno tiene la tentación de abandonarse a lo inmediato y de eliminar todo pensamiento que pueda molestar a los demás y de molestar a uno mismo en su discurrir mostrenco y modorro de cada día. A tal situación de desánimo se llega por la vía del desistimiento conceptual o por la evidencia que da la repetición de hechos que no encajan con los principios que deberían sustentarlos.
El común de los mortales suele aplicar esta expresión a asuntos políticos, sobre todo a la calificación de los representantes públicos, cuya actividad parece que nos lleva a pensar que “todo es inútil” y que nada tiene arreglo. Hay deficiencias por todas partes, no creo que solo por parte de esos representantes. Entre ellos hay gente de toda ralea, como en cualquier colectivo; hay también mucho intruso y aspirante innoble que se cuela en listas por meapilas y lameculos, sin preparación y hasta sin vocación, salvo la de figurar, cobrar y levantar el dedo disciplinadamente cuando se lo indican.
Pero hay también medios poderosos que andan interesados en el desprestigio y en la búsqueda de ambientes que favorezcan sus intereses personales, particulares, económicos y de prestigio. Analizar la existencia (necesaria por otra parte) y la actividad de los medios de comunicación y la naturaleza y tendencia de sus accionistas nos daría sin duda mucha luz y nos abriría los ojos a la hora de calificar, de condenar, de absolver y de perdonar a según qué personajes.
En este desánimo y en este agotamiento se nos va media vida; al fin y al cabo, es el que nos presentan los medios y el que nos obligan a rumiar hasta en la sopa. Como esa realidad se nos presenta siempre troceada y cuarteada, e interesa la paletilla o el muslo según qué día, la opinión se dirige, se crean los estados de ánimo que interesan y se toca la música que conviene al momento de la fiesta.
Hay otro estado de desánimo más personal y creo que más fundado. Es el que se produce cuando se piensan teorías y principios que sustenten la actividad individual, que expliquen el sentido último y duradero de la vida, y no se logra dar con ellos, al menos en la medida satisfactoria. También en ese momento todo “se torna inútil y se diluye la esperanza de futuro”. Es el momento de la angustia vital, de la rebelión existencial, de la búsqueda inútil pero desesperada de lo duradero, del relativismo conceptual, del abrazo de alguna forma de consuelo, del asentimiento a lo inevitable e inasible. Y acaso, tal vez, el momento de acostumbrarse serenamente a aceptar lo que hay, a comer un sopicaldo y a degustarlo como se de alta cocina se tratara.
Tal vez no estará de más volver a la precisión del principio y observar la certeza de que no hay nada totalmente inútil, y de que todo depende de los fines que se busquen y de la utilidad que se pretenda. Aunque sea solo para ir matando el tiempo. Nos queda irremediablemente el futuro. Con esperanza y sin esperanza.
jueves, 25 de marzo de 2010
NO ME ACOSTUMBRO A SER INEXISTENTE
No me acostumbro a ser inexistente. Y, sin embargo, cada día descreo más de casi todo lo que me rodea. Me levanto por las mañanas con la cabeza llena de erratas, con mis articulaciones oxidadas y con mis músculos pidiendo tregua. Solo tengo un sonsonete que me salva y que me anima, el consabido dicho “solo quiero querer y que me quieran”. Pero se me vacía de contenido con demasiada rapidez. Acaso por ser demasiado exigente y esperar del entorno lo que este no me va a ofrecer nunca, tal vez por pensar que las cosas son más atractivas de lo que en realidad son y que los flujos no pueden estancarse. Y pedir demasiado siempre lleva a la frustración y al desengaño. Tal vez sería mejor dejarse llevar corriente abajo, mirar al cielo y verlo siempre azul y soleado, no analizar los espacios y los tiempos, pensar que lo que oyes o lees es producto de broma y no tiene importancia, dar por cierto que uno es el que anda equivocado y acompasar el tranco a la inmensa mayoría, traducir personalmente la expresión latina del aurea mediocritas, decir cada minuto el mundo está bien hecho, pensar egoístamente que nada sucede si a mí no me sucede, decir ancha es Castilla y aquí me las den todas, mirar con amplios ojos y descubrir lo tuyo y no alejar la vista de lo que te es más próximo, andar de estoico un rato o incluso de aprendiz de fatalista, dejar para mañana todo lo que podría haber hecho hoy, quedarme absorto en la geometría de tu cintura y saborear el gusto de unas curvas exactas, orearse con el viento de poniente y tenderse a la vera del camino para tomar el sol en plan lagarto, decir, y quedar bien, que el amor me marca todavía después de tanto tiempo, andar de tapadillo por las calles detrás de un nazareno en tiempo de cuaresma, montarme en un taxi que vaya a las estrellas y quedarme en su seno para ver desde lo alto lo enorme de la noche, mirar la sonrisa floja de los más convencidos, mirar mi propio rostro en el espejo del ascensor y acercarme despacio para no darme miedo de mí mismo, por si acaso me como mi figura, acostarme en el rostro de la luna y besar sin sonrojo sus mejillas, volver temprano a casa y pensar que me aguarda la gloria, engañarme contigo en la distancia, creer que soy el mejor, montarme en el caballo de la vida y cabalgar sin rumbo hacia la nada creyendo que soy dueño del camino, orinar en la esquina de algún templo cuando empieza la noche…
¿Y tú qué te has creído, singular individuo, que eres tal vez un bicho distinto de los otros? Seguro que no, claro, pues no faltaba más, pero tal vez pretendo desdibujarme un poco, no “aprender tantas cosas por si no tengo tiempo de pensar en ninguna”.
¿Y tú qué te has creído, singular individuo, que eres tal vez un bicho distinto de los otros? Seguro que no, claro, pues no faltaba más, pero tal vez pretendo desdibujarme un poco, no “aprender tantas cosas por si no tengo tiempo de pensar en ninguna”.
OTRA VEZ TASIO
Hay elementos recurrentes en la vida de cualquier persona. Uno de los más comunes es el de la niñez como territorio brumoso y permanente.
Hay una película que se cruza en mi vida con bastante frecuencia. Tiene bastantes años y no sé si realmente tuvo mucho éxito cuando se filmó. Ahora seguramente no la recuerda demasiada gente. Yo la recuerdo y me recuerdo cada vez que la veo. Se trata de Tasio. Hoy, por casualidad, vi que la reponían en TV2. La pillé empezada pero me atrapó otra vez y me quedé para verla entera.
Lo habré dicho más veces: YO SOY TASIO. El personaje que crece en la película es un niño en el que me veo absolutamente reflejado. Mi niñez, en muy buena parte, es la niñez de Tasio. Por eso, cada imagen y cada escena de la película me abre todo un paraíso. Sobre todo el mundo del carbón, las bufardas, la acción de atacar las carboneras, la saca del carbón, las sacaderas, el transporte, los chozos, la naturaleza en crudo y descarnada, la caza furtiva, las envidias, los sumisos a la ley y al orden, el descubrimiento de la injusticia, aunque sea de manera primitiva. Y todo lo que retrata la vida en una pequeña comunidad: los bailes, las matanzas, los enamoramientos, las cuadrillas, la religiosidad, la arquitectura rural, la pobreza, las costumbres, el contacto directo con la naturaleza… Todo, todo. Yo fui Tasio durante mis primeros nueve años.
Después la vida me llevó por otros caminos pero creo que jamás me he despegado de aquel espíritu que me impregnó de niño. Incluso ese espíritu de inadaptado y de rebelde frente a lo que mi razón no entiende, aunque esté escrito en las leyes, también me parece que proviene de entonces. A Tasio también lo persiguió durante toda su vida esa rebeldía y ese orgullo, tal vez no del todo bien entendido.
Pienso en la posibilidad de Tasios en la actualidad y me resulta difícil imaginar condiciones similares a las de entonces. Ni falta que hace que se repitan. El mundo del carbón vegetal ya no perdura en casi ningún sitio, las condiciones de vida de aquellas pequeñas comunidades acaso tampoco. Pero me gustaría pensar que siguen existiendo Tasios rebeldes y espontáneos, casi elementales, que pasan la vida desde esquemas sencillísimos pero con criterio propio. A la postre, sea en las condiciones que sea, nos queda la posibilidad de aportar nuestro modo de ver la vida y de enfrentarnos a ella.
Hay una película que se cruza en mi vida con bastante frecuencia. Tiene bastantes años y no sé si realmente tuvo mucho éxito cuando se filmó. Ahora seguramente no la recuerda demasiada gente. Yo la recuerdo y me recuerdo cada vez que la veo. Se trata de Tasio. Hoy, por casualidad, vi que la reponían en TV2. La pillé empezada pero me atrapó otra vez y me quedé para verla entera.
Lo habré dicho más veces: YO SOY TASIO. El personaje que crece en la película es un niño en el que me veo absolutamente reflejado. Mi niñez, en muy buena parte, es la niñez de Tasio. Por eso, cada imagen y cada escena de la película me abre todo un paraíso. Sobre todo el mundo del carbón, las bufardas, la acción de atacar las carboneras, la saca del carbón, las sacaderas, el transporte, los chozos, la naturaleza en crudo y descarnada, la caza furtiva, las envidias, los sumisos a la ley y al orden, el descubrimiento de la injusticia, aunque sea de manera primitiva. Y todo lo que retrata la vida en una pequeña comunidad: los bailes, las matanzas, los enamoramientos, las cuadrillas, la religiosidad, la arquitectura rural, la pobreza, las costumbres, el contacto directo con la naturaleza… Todo, todo. Yo fui Tasio durante mis primeros nueve años.
Después la vida me llevó por otros caminos pero creo que jamás me he despegado de aquel espíritu que me impregnó de niño. Incluso ese espíritu de inadaptado y de rebelde frente a lo que mi razón no entiende, aunque esté escrito en las leyes, también me parece que proviene de entonces. A Tasio también lo persiguió durante toda su vida esa rebeldía y ese orgullo, tal vez no del todo bien entendido.
Pienso en la posibilidad de Tasios en la actualidad y me resulta difícil imaginar condiciones similares a las de entonces. Ni falta que hace que se repitan. El mundo del carbón vegetal ya no perdura en casi ningún sitio, las condiciones de vida de aquellas pequeñas comunidades acaso tampoco. Pero me gustaría pensar que siguen existiendo Tasios rebeldes y espontáneos, casi elementales, que pasan la vida desde esquemas sencillísimos pero con criterio propio. A la postre, sea en las condiciones que sea, nos queda la posibilidad de aportar nuestro modo de ver la vida y de enfrentarnos a ella.
lunes, 22 de marzo de 2010
NATURAL
La lengua es fiel reflejo de nuestra manera de ser y de pensar. Buscarle las vueltas es lo mismo que buscárnoslas a nosotros mismos. Tal vez porque nuestra última y única realidad sea precisamente esa representación en forma lingüística.
Me gusta gastar algún minuto roneando en expresiones que me dan imagen de mí mismo y de los demás.
Pienso, por ejemplo, en la palabra “natural”. A simple vista, no ofrece demasiadas dificultades su comprensión: “Perteneciente o relativo a la naturaleza o conforme a la cualidad o propiedad de las cosas” (DRAE). Bastaría con reconocer el valor exacto de “naturaleza” y de “cosas” y tendríamos todo el camino andado. Lo malo es que ambos términos me presentan dificultades. Anoto, por el mismo procedimiento, el significado de “cosa”: “Todo lo que tiene entidad, ya sea corporal, espiritual, natural o artificial, real o abstracta”. Y el de “naturaleza”: “Esencia y propiedad característica de cada ser”. Y ya me pierdo porque se me abre un abanico de posibilidades y de necesidades de precisión que me hunde en la miseria: “entidad corporal, entidad natural, entidad abstracta, esencia, característica…” Y no quiero intentar concretar estos significados porque ahora se me abre una sinfonía de abanicos y puedo morir en el intento.
Así que me acomodo en la aproximación y en el sentido común para cifrar groseramente mis experiencias, para transmitirlas a los demás y para decodificar lo que me llega de ellos. Para que la comida no se me atragante, le añado unas especias de buena voluntad y me queda un refrito digerible.
Pero, dejando ya las aparentes ayudas, me refugio en mis fuerzas y me pregunto si realmente hay algo natural, o sea, eso de “perteneciente o relativo a la naturaleza de las cosas”. Y no lo tengo nada claro. Parece que entiendo y me entienden cuando uso la palabra natural como aquello que sucede como emanación lógica de las cosas, lo esperable, lo que forma parte de esas cosas y cuya aparición, por tanto, no nos debería causar ninguna extrañeza: es natural que la gente se muera, es natural que la tierra tiemble, es natural que el calor haga sudar… Es natural, está en la potencia de las cosas y, de vez en cuando, se hace realidad, se convierte en acto.
Me surge inmediatamente una duda: ¿Por qué, entonces, hay tantas cosas que me parecen extrañas e incomprensibles? Si todo está en la naturaleza de las cosas, ¿a qué vienen los aspavientos y las caras raras? ¿Acaso es que nada es natural sino solo percepción extraña en cada momento que se produce y en las circunstancias en las que se concreta? ¿Tienen que ver con este desajuste aparente o real las imperfecciones de las palabras? ¿A cualquiera que lea estas breves líneas le parecerán naturales?
Ahí queda este minuto de palabras y este ratito de pensamiento.
Me gusta gastar algún minuto roneando en expresiones que me dan imagen de mí mismo y de los demás.
Pienso, por ejemplo, en la palabra “natural”. A simple vista, no ofrece demasiadas dificultades su comprensión: “Perteneciente o relativo a la naturaleza o conforme a la cualidad o propiedad de las cosas” (DRAE). Bastaría con reconocer el valor exacto de “naturaleza” y de “cosas” y tendríamos todo el camino andado. Lo malo es que ambos términos me presentan dificultades. Anoto, por el mismo procedimiento, el significado de “cosa”: “Todo lo que tiene entidad, ya sea corporal, espiritual, natural o artificial, real o abstracta”. Y el de “naturaleza”: “Esencia y propiedad característica de cada ser”. Y ya me pierdo porque se me abre un abanico de posibilidades y de necesidades de precisión que me hunde en la miseria: “entidad corporal, entidad natural, entidad abstracta, esencia, característica…” Y no quiero intentar concretar estos significados porque ahora se me abre una sinfonía de abanicos y puedo morir en el intento.
Así que me acomodo en la aproximación y en el sentido común para cifrar groseramente mis experiencias, para transmitirlas a los demás y para decodificar lo que me llega de ellos. Para que la comida no se me atragante, le añado unas especias de buena voluntad y me queda un refrito digerible.
Pero, dejando ya las aparentes ayudas, me refugio en mis fuerzas y me pregunto si realmente hay algo natural, o sea, eso de “perteneciente o relativo a la naturaleza de las cosas”. Y no lo tengo nada claro. Parece que entiendo y me entienden cuando uso la palabra natural como aquello que sucede como emanación lógica de las cosas, lo esperable, lo que forma parte de esas cosas y cuya aparición, por tanto, no nos debería causar ninguna extrañeza: es natural que la gente se muera, es natural que la tierra tiemble, es natural que el calor haga sudar… Es natural, está en la potencia de las cosas y, de vez en cuando, se hace realidad, se convierte en acto.
Me surge inmediatamente una duda: ¿Por qué, entonces, hay tantas cosas que me parecen extrañas e incomprensibles? Si todo está en la naturaleza de las cosas, ¿a qué vienen los aspavientos y las caras raras? ¿Acaso es que nada es natural sino solo percepción extraña en cada momento que se produce y en las circunstancias en las que se concreta? ¿Tienen que ver con este desajuste aparente o real las imperfecciones de las palabras? ¿A cualquiera que lea estas breves líneas le parecerán naturales?
Ahí queda este minuto de palabras y este ratito de pensamiento.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)