miércoles, 30 de septiembre de 2009

MORITURI TE SALUTANT

Ya todo navega a velocidad de crucero, a la velocidad que permite la práctica rutinaria de dos semanas de trabajo en el aula. Llegó el momento de enfrentarse a la elección de libros de lectura. ¿Qué actividad se puede presentar más provechosa que esta si uno sabe orientarla y cultiva algunas normas que ayuden a sacar jugo de las páginas? Pues en ello andamos.

Cuando el nivel de lectores se sitúa en la adolescencia, no resulta nada sencilla esa elección y los resultados son, con frecuencia, imprevisibles y hasta contradictorios. Nos solemos empeñar en elegir libros con protagonistas jóvenes, y pensados y redactados por personas que se han especializado en eso que se llama literatura juvenil. Nada asegura nada, por desgracia. En todo caso, hay unos esquemas de concepción y de escritura que son los que funcionan menos mal y por eso se repiten tanto. A mí también me parece correcto que la trama y los protagonistas tengan proximidad con los lectores: su implicación tendría que resultar siempre más sencilla.

En ese esquema se suele repetir la presencia de un ramaje que a mí no me parece que dé frutos demasiado jugosos. Se trata del enfrentamiento que, de manera casi inevitable, se desarrolla entre los alumnos y los profesores: es casi imposible encontrar un libro de este tipo en el que no se glose un enfrentamiento entre estos dos tipos de personajes.

Seguramente en la realidad más inmediata se trate de una foto real, pero me parece que esta foto anda tocada por el fotoshop.

Es claro que el adolescente anda en período de ajuste y de individualización, de rechazo y de personalización, de enfrentamiento con sus padres y de aceptación borreguil de modas y colegas…, en fin, de todas esas cosas. Pero, ¿por qué tiene que implicar esa situación poco menos que la guerra declarada desde el primer día con el profesorado y el sentimiento de que las clases son una tortura y de que lo único que importa es saltar un obstáculo que te han puesto en el camino por medio de un aprobado, conseguido con el menor esfuerzo y con cualquier subterfugio? Por si fuera poco, los profesores aparecen también como ogros que aceptan esa lucha sin cuartel, o, como mucho, se selecciona a alguno entre ellos para que ejerza de salvador, trayendo a los alumnos al redil, que no va más allá del estudio un poco más consistente pero siempre pensando en las notas finales.

Este esquema, repetido hasta la saciedad, no hace otra cosa que dar por bueno un cuadro que, si se analiza despacio, no indica más que una concepción de la enseñanza conservadora y rácana, de esfuerzos mínimos y de rechazo de todo en cuanto se ha saltado la valla burocrática del examen y del aprobado. Sospecho, además, que no son solo muchos escritores, cuya experiencia juvenil en las aulas tal vez sea de este pobrísimo tenor, sino también muchos profesores los que dan por bueno este esquema tan pobre.

No debería tratarse de presentar profesores con vocación de misioneros ni de mártires de la causa. Este grupo de profesionales no es diferente a los demás colectivos y trabaja a cambio de un salario, y está compuesto por individuos muy diversos. Debería quedar claro que el estudio es un esfuerzo en el que merece la pena embarcarse no porque sea necesario conseguir un aprobado (esto termina siendo una bobada), sino para conseguir ir dando satisfacción a las curiosidades que se tienen que ir despertando día a día. ¿Por qué, entonces, el enfrentamiento entre unos y otros? ¿Por qué este circo imbécil en el que los domadores (profesores)andan siempre con el látigo sobre los leones (alumnos) y estos parece que tienen como única misión buscar la forma de burlarse del domador? Y, sobre todo, ¿por qué hay que dar esto como algo generalizado y normal, sin sopesar estas otras posibilidades tan ricas y tan positivas? Con eso estamos incluyendo en la escala de valores de la normalidad lo que no tendría que ser otra cosa que una anormalidad negativa. A ver quién puede luego luchar contra los principios que se dan por buenos sin analizar. Así parece andar la vida, llena de tópicos imbéciles.

¿Cuántas veces habré anotado este esquema en estas mis hojas de apuntes? Hoy me he descubierto en un libro de este tipo por el que ya había pasado alguna otra vez. En alguna página había anotado una corrección: Así decía el texto: “Puella, morituri te salutam”. Por supuesto, corregí: “Puella, morituri te salutant”. Así andamos. ¡Y no es mala la colega!

Puella, por supuesto, es el apelativo de una profesora de Latín.
No sé si será solo domadora de leones. A la autora del libro tendría que darle unos cuantos latigazos.

martes, 29 de septiembre de 2009

EVIDENTE, POR SUPUESTO

A veces llego tarde a las conversaciones, a veces las provoco y a veces ni siquiera llego porque sencillamente no van conmigo. En raras ocasiones, me llegan pequeños ecos de lo que a mi alrededor se dice, sin que pueda terciar en el asunto.
Hoy alguien que se gana el pan formalmente con asuntos que tienen que ver con enseñar criterios de verdad, silogismos y todas esas cosas (ya no seré más explícito pero es fácil deducir a qué tipo de profesional me estoy refiriendo) defendía algo tan apabullante como lo siguiente: no tener fe de ninguna manera impide la existencia de Dios.

Evidente, claro, pensé yo.

Enseguida me contesté: ni no creer en la existencia de un pedrusco impide la existencia del mismo.

Y en esta estación detuvieron el tren y se callaron. Y yo me quedé pensando en las aplicaciones a las que llegarían los interlocutores de la conversación de la que me llegaron los ecos. Y entendí los contextos. Y supe que habían razonado con torpeza.
Sencillamente apliqué la analogía de esta manera: Tener fe en nada impide, por la misma razón, la no existencia ni de Dios ni del pedrusco.

Con esta sencillez me hubiera gustado echar mi cuarto a espadas, pero ya era tarde. Así que seguí pensando y deduciendo que eso de la fe, entonces, nada tiene que ver con la naturaleza de Dios y que, si acaso, solo queda para la posible relación del ser humano con Él.

Pero es que la fe (doctrina de los sátrapas interpretadores y pillados en renuncio) solo depende de la voluntad divina, que se la da a quien quiere. O sea, como un regalo o como un juego de ratón y gato.

Y entonces traté de imaginarme en qué lugar quedan los no creyentes en todo este fregado: no depende de ellos ni la existencia de Dios, ni la realidad de la fe, ni el reparto de la misma. ¿Qué pueden hacer estos pobrecillos arrinconados y excluidos?
¿Hay mejor prueba que esta de que los asuntos de Dios no se pueden confiar a niveles tan inconsistentes como este de la fe? ¿Por qué vamos a tener en cuenta la primera formulación (no creer no significa no existir) y no vamos a tener en la misma consideración la segunda (creer no significa existir)? ¿Qué intereses se esconden en estas contradicciones tan elementales?

¿Y si invertimos el orden y partimos del ser humano en busca racional de ese Dios? ¿Y si lo pensamos como creación del ser humano? ¿Y si lo sentimos como eco del universo y de sus leyes, tras de las cuales anda el hombre?

Tal vez entonces algunas doctrinas, y algunos profesionales, tendrían alguna dificultad mayor para llegar a fin de mes.

N.B. Y todo esto haciendo igualdad automática entre el dios general y el dios cristiano, porque por estas civilizaciones parece que no hay otras posibilidades…

lunes, 28 de septiembre de 2009

PALABRAS PARA LA LIBERTAD

Excmo. Señor alcalde de Béjar, representantes públicos, amigos todos.

Es para mí un honor haber sido invitado a dirigiros unas palabras. Y lo es, sobre todo, por la ocasión que las acoge, por el sentido del acto que estamos celebrando.

Nos hemos reunido hoy aquí para conmemorar, creo que es la tercera vez que se realiza en este escenario, un hecho histórico para esta ciudad. Porque un hecho histórico es, sin duda, que un nutrido ramillete de ciudadanos, de manera consciente y no azarosa, dieran por su comunidad lo más valioso de ellos mismos, su propia vida.

Los hechos históricos deberían ser bien conocidos y no me parece esencial volver sobre ellos; pero permitidme que anote al menos que la fecha de 1868 supone para Béjar uno de los hitos más visibles y nobles de su historia. Hay fuentes diversas en las que beber y conocer los detalles de todo lo que estos hechos supusieron en el discurrir de la historia de España y de Béjar en particular. Los hay incluso directos, de alguno de los que los vivieron y los sufrieron en sus propias carnes y en sus propios sentimientos. A ellos podemos acudir, aunque se sugiere hacerlo con la serenidad que da la distancia en el tiempo y el desapasionamiento de los que quieren reflexionar sobre los hechos con serenidad y firmeza.

Sean cuales sean los antecedentes que justificaran el levantamiento -y existían muchos para ello, algunos absolutamente esclarecedores-, lo cierto es que Béjar se proclamó en la revolución antes de que se levantara Madrid, que los datos apuntan a que fue una acción colectiva en la que intervino buena parte de la población bejarana, incluidas muchas mujeres, que no fue hasta un día después de los enfrentamientos en Béjar cuando se produjo la revolución definitiva en Madrid, que son estos hechos los que sustentan la concesión a Béjar de los títulos de “Liberal y Heroica”, y que todo trae como consecuencia la promulgación de una nueva constitución en España que proclamaba, entre otras cosas, nada menos que el sufragio universal masculino.

Para Béjar, además, supone un corte en su historia particular pues pasa de depender, en casi todas sus variables de personas y bienes, de los duques para convertirse en ciudad libre y moderna y a transformar a sus vecinos de siervos (y he medido bien la palabra) en ciudadanos libres. ¡Menudo hito para la historia de Béjar! Cuando nuestros historiadores pasen sin temores de la descripción de legajos a la búsqueda de causas y consecuencias de esos hechos que se describen, nos darán un cuadro histórico para Béjar realmente sombrío y tenebroso. Solo entonces seremos conscientes de hasta qué punto nuestros antepasados estuvieron sometidos, y de qué manera, a la voluntad de la casa ducal y en qué medida sus vidas transcurrieron lejos de los parámetros elementales de la dignidad y de la libertad humanas. Algún historiador de nuestro pasado (José Luis Majada sobre todo) ya se atrevió a considerar toda la historia de la casa ducal como un período de esclavitud; otros muchos, de bastante menor consistencia, siguen en la adulación y en la ñoñería. El tiempo está de nuestra parte y todo lo iremos conociendo. A nadie le puede extrañar que, con esos antecedentes, Béjar se levantara apasionadamente contra los privilegios sociales y de clases.

A la cabeza de todas esas gentes figura la lista de los que entregaron su vida para que todo esto se consiguiera. Son los que conforman esta lista que se puede leer en nuestra Puerta de la Villa. Pero tras ellos, como he dicho, está casi toda una ciudad, comprometida con los mismos ideales. Mi recuerdo, por tanto, será para todos ellos, para los que hicieron la historia más visible y para los que tejieron también la intrahistoria, esa que sale menos a la luz pública pero que termina siendo la más densa y evidente.


Nosotros llamamos a todas estas personas héroes de la libertad o mártires de la libertad. Y decimos bien, porque lo son. Lo son porque ofrecieron sus impulsos, y muchos hasta sus propias vidas, por el ideal de la libertad y todo lo que esto pudiera suponer.

Yo no tengo derecho a suplantar sus ideas acerca de lo que para ellos pudiera significar la libertad, pero creo que sí tengo derecho a imaginar en qué podían pensar cuando entregaban sus esfuerzos y sus vidas para conseguirla. Y quiero imaginarme con vosotros qué legado nos han dejado a nosotros, seres del siglo veintiuno, que también amamos la libertad. Porque los hechos históricos realmente tienen sentido si somos capaces de trasladarlos al presente, si conseguimos hacernos cargo de qué podríamos hacer nosotros ahora mismo si nos pusiéramos en su lugar, si sabemos sacar las enseñanzas oportunas y no nos conformamos con los datos fríos que solo conducen a ejercicios inútiles de memoria y a mantener en semiolvido los verdaderos significados de las cosas. Y eso ya deberíamos saber a quién beneficia siempre.

Esa revolución de 1868, llamada la Gloriosa, está tejida por levantamientos sobre todo de corte militar. Y por el camino crecen especies e intereses de todo tipo que aquí y ahora no se van a detallar. Pero en Béjar el levantamiento fue ante todo popular y afecta a la forma de pensar de casi toda la colectividad.

Será bueno recordar, por una vez y en público, que conviene no jugar con las palabras y menos engañar a los ciudadanos con sus significados. Se ha dicho -y es verdad- que esta revolución fue una revolución “liberal” y, desde entonces, y ya desde 1808, hay grupos que se arropan con esta bandera subvirtiendo los valores y acomodando los contextos históricos a sus conveniencias. De modo que, ojo con el uso de palabras como libertad, liberal, liberalismo y todas las de su familia. A esta denominación también nos apuntaríamos muchos si realmente se concretara en los ideales que tanto en 1808 como en 1868 se defendieron, actualizados, por supuesto a los comienzos del siglo veintiuno. Un análisis más calmado y racional nos ofrece otros resultados bien distintos.

Nuestros héroes de la libertad lo fueron porque sentían el empujón de ser libres, porque sus razonamientos les conminaban a defender su dignidad como hombres y como seres humanos iguales a los demás, porque estaban hartos de la situación en la que se encontraban, ellos y sus vecinos. Y para nuestros héroes de la libertad, ser libres tenía que significar sacudirse el yugo de la dependencia ducal, por ejemplo, tenía que significar aspirar a una sociedad en la que valieran los esfuerzos y no los privilegios sociales ni las herencias familiares, tenía que significar la posibilidad de pensar y organizar sus vidas en igualdad de condiciones con las demás personas, tenía que significar posibilidades reales de sentirse partícipes de la sociedad por el hecho de ser hombres. Es muy fácil imaginar el plus de emoción y de impulso revolucionario en la Béjar de 1868. No es casualidad que aquí la revolución se produjera en los primeros momentos y con casi toda la población participando en ella.


Pero ya dije antes que la historia debería interesarnos solo en tanto que pueda servirnos como ejemplo para ser trasladada a nuestros días, como espejo de actuación para nosotros mismos.

Y ahora, aquí y en voz alta, es cuando me atrevo a imaginar qué pensarían de nosotros todos estos héroes, qué nos pedirían a nosotros si queremos también alzar la bandera de la libertad, si realmente aspiramos a ser libres y ayudar a que nuestros semejantes también lo sean. Lo haré solo en términos generales, pero con el deseo de que cada uno de nosotros se dé por aludido en alguna de las peticiones que aquí se describan.

Lo primero que sospecho es que nos pedirían alguna precisión entre la libertad teórica y la libertad real, nos reclamarían no dejarnos llevar por definiciones vacías de contenidos reales y aproximarnos a la defensa de una libertad que se pueda ver y oler en la calle, en los sueldos, en las casas, en las pertenencias, en el reparto de los trabajos y en el acaparamiento de cargos, en la distribución de derechos y deberes, en las posibilidades de formación, en los accesos similares a la sanidad, en tantas cosas que nos muestran a diario que una cosa es la libertad en derecho escrito y otra diferente la que hay que ganarse cada día en nuestras vidas.

Supongo que pedirían a nuestros representantes públicos y a todos nosotros en particular que defendiéramos en nuestras actuaciones todo aquello que haga real la libertad. Y la libertad ahora -principios del siglo veintiuno- no tiene que ver con el sufragio universal ni con la dependencia servil de una casa ducal. Pero acaso ahora sí tiene que ver con afrontar serenamente pero sin complejos el análisis de la bondad o maldad del sistema social en el que estamos viviendo, tal vez tendrá que ver con dar voz también a aquellos que razonablemente proponen cambios en las estructuras y no con marginarlos en medios y en consideraciones. Tiene que ver tal vez con arrimar esfuerzos en la defensa de políticas realmente sociales y que lleven aparejada la cimentación de una buena enseñanza y una buena educación como bases de la convivencia. Tiene que ver acaso con la supresión de costumbres y ritos que poco o nada tienen que ver con el desarrollo de la razón. Tiene que ver con una estricta separación entre lo que es común y lo que es particular y en no dejar que nadie se apropie de lo que es de todos, en símbolos, costumbres y ritos. Tiene que ver con el apoyo sin complejos a las actividades que más contribuyan a la formación y al desarrollo de los usos sociales. Tiene que ver con la reprensión de los malos usos, aunque eso nos cueste alguna desconfianza popular. Tiene que ver con facilitar los medios para que alguien nos enseñe que no todo se puede reducir a cuentas y resultados, y mucho menos a pensar por repetición que “todo lo que no son cuentas son cuentos”. Tiene que ver con comprender y apoyar la idea de que el ser humano es mucho más que producto interior bruto y resultados finales de empresa. Tiene que ver con la búsqueda de las bases que expliquen la convivencia y el sentido real de la vida de las personas. Tiene que ver con la comprensión de que la convivencia es un equilibrio sano entre derechos y deberes. Tiene que ver con auspiciar un sistema de valores equilibrado entre el ser humano y los demás elementos de la naturaleza. Tiene que ver con el respeto absoluto por las personas y con el rechazo de las ideas que no respetan a las personas (¿quién fue el imbécil que dijo que hay que respetar todas las ideas?). Tiene que ver con el reconocimiento de que la vida tal vez sea una carrera en la que llega más lejos quien anda más deprisa, pero que no salir todos del mismo sitio ni contar en todo momento todos con los mismos medios convierte el camino de esa vida en una espantosa mentira. Tiene que ver con favorecer en cualquier ser humano la confianza en sus propias posibilidades y en ayudarle a apartarse de dependencias irracionales que lo someten y lo anulan. Tiene que ver con entender que cada tramo de la vida tiene sus condicionamientos y que las situaciones desiguales tenemos que tratarlas de manera desigual hasta hacer real aquel principio de dar más a quien más lo necesita y pedir más a quien más puede dar porque más tiene. Tiene que ver con coger por el cuello a la vida y entender que la aventura de vivirla con intensidad es la mejor de todas las aventuras. Y tiene que ver con trabajar con la confianza de que el futuro nos aguarda a todos para conquistarlo en común.

Cada uno de nosotros puede penar de qué manera pude concretar algunos de estos aspectos que acabo de enumerar en su propia vida. En ese sentido tal vez sería un buen sucesor de aquellos héroes de la libertad cuyo recuerdo proclamamos hoy.

Porque luchar cada día por la libertad no es entregar la vida física heroicamente. Ojalá nunca tuviera que producirse tal cosa. Luchar cada día por la libertad es prepararse para ser un ciudadano crítico consigo mismo y con los demás, es arrimar el hombro para conseguir aquello que pregonaba el cantautor: “Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad”.

Merece mucho la pena esforzarse en ello porque, como decía Cervantes, por boca de don Quijote, “La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida.”

O suspiraba Rabindranath Tagore: “Dadme la libertad o dadme la muerte”.

O recogía más recientemente, ese código del sentido común, la Declaración Universal de Derechos Humanos en su Artículo 1º: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos…


Y, para terminar, un último ejemplo más de modelo de libertad. Aplíquense a cualquier ser estos versos de Agustín García Calvo:

Libre te quiero / como arroyo que brinca / de peña en peña, / pero no mía. // Grande te quiero / como monte preñado / de primavera, / pero no mía. // Buena te quiero / como pan que no sabe / su masa buena, / pero no mía. // Alta te quiero / como chopo que al cielo / se despereza, / pero no mía. // Blanca te quiero / como flor de azahares / sobre la tierra, / pero no mía. // Pero no mía / ni de Dios ni de nadie / ni tuya siquiera.


Nuestros héroes de la libertad supieron interpretar este significado hasta el punto de entregar sus vidas. Nosotros, yo al menos, aspiramos a no tener que dar testimonio de esta manera nunca. Pero sí lo podemos dar día a día y en cualquier lugar en el que nos encontremos.

A ello os invito desde el recuerdo emocionado a nuestros héroes de la libertad. Muchas gracias.

Béjar, veintiocho de septiembre de dos mil nueve.

domingo, 27 de septiembre de 2009

C´EST LA VIE

Otra vez Juan de Mairena: “Claro es que en el campo de la acción política, el más superficial y aparente, solo triunfa quien pone la vela donde sopla el aire; jamás quien pretende que sople el aire donde pone la vela.”

Hoy tocará ponerle alguna pega al maestro. Veamos. Si el campo de la acción política es el más superficial y aparente, ¿qué de especial tiene que el actuante ponga la vela donde sopla el aire? Al fin, le espera el triunfo. Y, si por analogía extiendo la imagen, en cualquier ámbito de la vida, estaría justificado este uso tan sospechoso de poner la vela donde sopla, o se prevea, que va a soplar el aire.

¿Es en verdad “el campo de la acción política” el más superficial y aparente? No entiendo las razones para esta consideración. Más bien me inclino a pensar que se trata de una de las actividades más nobles y hondas pues, no en vano, se trata de organizar razonable y justamente la vida de la polis y de los ciudadanos que la componen. Y bastante más superficial me parece la actividad individual que, por impulso y egoísmo, trata de las ventajas que cada ser particular puede adquirir al obrar de una forma o de otra.

Quiero pensar que Juan de Mairena, hombre sabio y prudente en todo momento, piensa en las servidumbres que la acción política de cada día parece exigir a los políticos: siempre hay que oponerse al Gobierno si se está en la oposición y hay que alabar al Gobierno si se está en el poder. Da la impresión de que todo lo que se separe de estas dos actitudes no encaja en ningún esquema. En ese sentido sí se le exige al político una vida de apariencia, de representación y de careta. ¡!Pero es esta la política que también hemos creado nosotros, los no representantes políticos!! ¿Por qué no silbamos hasta hacer desaparecer de la escena a todo el que se viste de lagarterana cuando con esa vestimenta no es otra cosa que un adefesio? ¿Por qué no le sacamos los colores a todo el que no es siempre como es en su pensamiento y le obligamos a hacer el ridículo poniéndole en situaciones absurdas? Somos nosotros mismos los que, como imbéciles de tres al cuarto, nos complacemos con este carnaval continuo.

¿Cuándo vamos a empezar a premiar a quien razona y, si es necesario, nos saca los colores, o sea, “a quien pretende que sople el aire donde pone la vela”? Y añado: y, si no tiene éxito, no ceja en el empeño de seguir pensando y exponiendo lo que cree que se acerca a la verdad, aunque sea reconociendo y aceptando su minoría. La mayoría no asegura nunca la verdad.

Hay mucho Groucho Marx por el mundo, dispuesto a cambiar de principios cuando observa que los que tiene no gustan a sus oyentes. Y hay mucho personal incitando a que siga este carnaval.

El sistema democrático, este que formalmente nos hemos dado por aquí, exige como paso inicial ganar las elecciones; solo después se puede empezar a actuar. Tengo la impresión -ya lo he escrito más veces- de que se nos va prácticamente toda la fuerza en esta primera parte, tan necesaria como inútil por sí sola, tan formal pero tan agotadora y tan imbécil, tan “aparente y tan superficial” vista solo desde esta perspectiva.

Pero quisiera ser un poco menos pesimista que Mairena y confiar en que quede algún rescoldo de dignidad y de honradez en el interior de las cenizas. Es verdad que a sus portadores no les auguro demasiados éxitos personales. C ´est la vie.

N.B. Mañana tengo invitación para hablar en público y en espacio público (fiesta de los Mártires de la Libertad en Béjar). Quizás tendría que decir algo de esto.

sábado, 26 de septiembre de 2009

COMENTARIO BIS

A Luis se le olvidó el compromiso del comentario de texto y concentró su atención en el poema. Al fin y al cabo, era la primera vez que alguien le dedicaba unos versos. Se le veía contento y satisfecho y, como muestra de su agradecimiento, había apuntado algunas notas en su cuaderno:

a)El primer verso ya da cuenta de la implicación del autor y del carácter autobiográfico de todo el poema, pues poco importa que las imágenes respondan a la realidad, con tal de que puedan responder, es suficiente. Expresa, además, el desdoblamiento de su personalidad frente al espejo y anota la idea del tiempo como motor de toda la composición.

b)La elección del espejo como elemento físico de desdoblamiento no me parece demasiado original, y el tema del tiempo, en cambio, sí me complace, aunque conozco bastantes más poemas del autor que tratan esa obsesión: sin duda tiene que ser uno de sus temas favoritos. Sería bueno, entonces, indagar si en este poema se observa algo novedoso.

b)La explicación del segundo verso cojea un poco. Esos “oseas” siempre son muestra de que no se consiguió lo que se buscaba en el primer intento y hubo que repetir.

c)No es corriente que un poema incluya, en todos sus versos y en la parte final, la palabra tiempo. Solo puede estar justificado este uso por la obsesión que demuestra el autor con este concepto. Pero anota también Luis: Justificación oportuna, hallazgo formal.

d)Se juega con dos modalidades del concepto tiempo: el tiempo universal y el tiempo dividido en fracciones (días, horas…).

e)El autor parece que aspira a salir de los moldes del tiempo dividido para alcanzar como la esencia del tiempo, ese otro tiempo que no tiene límites. Pero fracasa en el intento pues se declara incapaz (“Y no sé conjugar esos dos tiempos…).

f)En sus deseos, el poeta aspira a que ese tiempo parcial de los días y de las horas contenga también algo de la esencia del tiempo “intemporal”: solo así se mantendría la posibilidad de un solo concepto y cada sección de tiempo tendría realmente valor y merecería la pena vivirlo con intensidad. La tercera estrofa parece dedicada a expresar este deseo.

g)Este autor parece muy desalentado pues confiesa su absoluto fracaso en esta tentativa. Quizás porque sus capacidades humanas no llegan más allá de la sección temporal que le ha tocado vivir y es, en consecuencia, “Un hombre contra el tiempo”.

h)Ese verso solo y solitario del final es un refugio en la voz y en el problema del tiempo. Parece querer decir que seguirá indagando hasta conseguir algún resultado más positivo.

i)Me gustaría haber visto los versos diez y once situados al final del poema.

j)Voy a pensar yo también en esta idea del tiempo y de mi tiempo.

El profesor leyó las notas con sosiego, alzó la vista al frente y comunicó a la clase lo siguiente: Luis será nombrado hoy alumno más aventajado de la clase. Debéis saber todos que este puesto es solo honorífico y que no es permanente: cualquiera puede ocuparlo cuando quiera.

viernes, 25 de septiembre de 2009

LOS TIEMPOS Y EL TIEMPO

A la mañana siguiente, el alumno estaba sentado ya en su silla cuando el profesor cruzó la puerta de entrada.
-Buenos días.
-Buenos días, respondieron todos los alumnos a coro. Todos menos Luis.
-¿Qué pasa, Luis?
-Que no he logrado realizar el ejercicio que se me encargó ayer.
-Tú dirás.
-Es que…, es que…
-Arranca, hombre.
-Es que… en el texto no hay ideas.
(Gesto general de admiración)
-Concreta más eso.
-Es que en este texto solo hay palabras.
-¿Y las palabras no comportan significado?
-Sí, pero una cosa es que tengan significado y otra es que signifiquen.
(Más gestos de admiración general)
-Pues ya tienes trabajo para mañana: ordénalas de tal manera que signifiquen y que sean capaces de transmitirnos alguna idea.
-No sé si seré capaz.
-Ya te dije que requería un ejercicio continuado y costoso. Medita también acerca de cuál es la recompensa que te espera.
Para el descanso de tu esfuerzo, te regalo estos versos. Acaso tampoco encuentres en ellos más que palabras. Medítalas y dime qué te sugieren:

DE AMBOS TIEMPOS

Me miro cara a cara desde el tiempo
presente, o sea, desde mi tiempo,
para intentar salirme de este tiempo
y llevarme a otro tiempo que sea el tiempo
de no sentir los límites del tiempo
que me hacen caminar en todo tiempo
a la zaga del pálpito del tiempo.

Y no sé conjugar esos dos tiempos:
el tiempo de mi voz con la voz de mi tiempo.
Un hombre contra el tiempo
desde el eco especial de cada tiempo.

Si supiera entender que cada tiempo
guarda secretos íntimos del tiempo,
revela las verdades en su tiempo
y juega a ser intérprete del tiempo…

El hombre es solo voz y solo tiempo,
un diálogo absurdo con el tiempo,
división en partículas del tiempo
y universal explícito del tiempo.

Mi voz es solo tiempo, tiempo, tiempo.

jueves, 24 de septiembre de 2009

COMENTANDO UN TEXTO

El profesor al alumno: Haga un comentario crítico del contenido del texto.

El alumno, asustado: ¿Y cuál es el camino que tengo que seguir?

El profesor: Describe la ideas que expresa el autor, señala la tesis que defiende, apunta los argumentos que utiliza para esa defensa, comenta la importancia y actualidad de esas ideas y señala una opinión personal que resuma tu pensamiento acerca de lo que se dice en el texto.

El alumno: ¿Y qué se consigue con esto?

El profesor: Embarcarte en un camino apasionante, apoderarte del texto hasta convertirlo en un pretexto para tu pensamiento.

El alumno: ¿Y qué me dirá si lo hago bien?

El profesor: te felicitaré, te daré un abrazo y te mandaré a buscarte la vida por el mundo, porque ya sabrás hacerlo solo y tendrás recursos para actuar razonablemente en cualquier situación dificultosa.
Pero no te ilusiones demasiado porque esto requiere un ejercicio continuado y costoso. La recompensa serás tú mismo: menudo tesoro.

El alumno: ¿…?

El profesor: Piénsalo y mañana me comentas.