Es que tal vez yo sea la misma primavera. O fui. O tengo que volver a serlo cada día. Porque el otoño es frío y el invierno se solidifica entre las piedras y hace más grave el suelo y no deja ponerse en pie y se empeña en machacarnos con sus ausencias de luz. No, no debo ser siempre el otoño o el invierno. Ya se encargará el tiempo de recordarme mi pertenencia a cada estación del año, de mostrarme a los ojos que la fotografía cambia a cada instante y de que hay grises que se van agarrando a la materia para darle un careto bien distinto.
El ser es movimiento en el correr del tiempo y del espacio. Y en ese trayecto se va dejando jirones de piel y de deseos. Tantos que, en un momento, se encuentra a la intemperie, sin causa ni destino. Porque el final es nada y no hay causa segura para mover los labios ni las piernas, no hay nadie que te aguarde para darte un vaso de agua o para ponerte una pequeña corona de laurel. La vida es el camino, no la meta.
Y es la primavera tal vez la estación que más mire al futuro. ¿O al presente? Porque todo se engolfa en el misterio, en el éxtasis limpio de ver que crece todo, que aspira a ser más alto y más hermoso, que se anega en colores y olores, que todo sabe a hierba, que todo se demora en sentir y sentir lo más intenso.
Entonces, si me olvido de mirar hacia afuera y me quedo en mí mismo, puedo abrir lentamente el álbum de las fotos de mi vida. Y en algunas está la primavera. Con los ojos al suelo, con la mirada al cielo (no es contradicción lo que parece), con el espacio acotado para los dogmas marcados desde afuera, con los espacios físicos y humanos fijados contra el cuerpo. Qué extraña primavera. Allí no estallaba la vida, más bien se reprimía bajando la cabeza y esperando otros tiempos más allá de los hitos de este valle de lágrimas. Mejor pasar la página.
Después vino el estío, y se acercó el otoño. Dejémoslo en la tarde y esperemos la noche. Mas esa primavera de mí mismo no puedo más que verla en el pasado. Si quiero primaveras, tengo que echar mi vista a darse un buen garbeo, a buscar en el álbum más allá de la tarde.
A mi lado se mueven las muchachas, despiertas en sus cuerpos, hambrientas en sus pechos, desnudas en la fe de sus caderas, como jóvenes diosas, como dulces vestales, como ciervas al viento, como rosas vestidas de arco iris. Desafían la vida, dan cuerpo a las mañanas, se propagan al cielo, ríen sin tener causa conocida, incitan sin pudor a los deseos, abren de par en par sus templos, repiten y repiten sus anuncios de todo, crujen ellas también, rompen sus yemas, actualizan el saber no aprendido.
Yo las veo pasar, rozar el aire, que me roza también, y siento en su aliento la eterna primavera. Y entonces cierro mi álbum de fotos, y me adentro en el sabor de la nostalgia, y me quedo en manos del poeta:
“Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido al sol relumbra en vano,
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;
mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello;
goza, cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,
no solo en plata o viola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.”
Tal vez deba mirarme, por contraste, las partes de mi cuerpo. “Antes que el tiempo airado…” Pero eso no debe ser hoy. Tal vez… Mañana.
martes, 31 de marzo de 2009
lunes, 30 de marzo de 2009
ESCRIBIR SIN ESCRIBIR IV
Pienso en la importancia que tiene cada uno de los elementos con los que me enfrento a la hora de describir o de manipular el concepto de primavera. Y quiero ser yo mismo el que ocupe buena parte de esa importancia. Pero me quedan dudas.
Desde luego, la primavera no es tan visible en mí como en los otros elementos. Es verdad que algún ánimo más se me hace público, que acaso el deseo de hacer cosas, a pesar de lo que hay, se endereza un poco más. Pero ni comparación con lo que les sucede a las plantas y a los elementos minerales. Miro a la sierra y todo se transforma en ella. Sus nieves ya son menos, sus oscuros colores se van tornando lentamente más claros y floridos, la claridad del sol lo hace todo más nítido… Del valle ya ni cuento, pues todo se disfraza de verdura, de flores y de apuntes de los primeros frutos. Y no son solo trajes de más o menos moda. Es que afecta a la esencia. ¿O es lo mismo una flor en primavera que en otoño? En otoño ni es. ¿Y un cerezo en abril que en el mes de noviembre? ¡Es todo tan distinto!
En todo caso, la primavera es tiempo de lo efímero, es época en la que un día desdice al siguiente y una imagen se agota en una tarde. Hay ramas que se mueven al compás de unas horas, hay castaños pelados y con brotes visibles a la mañana siguiente, el campo adquiere tonos que se hacen más intensos en tiempos muy breves.
Yo no observo ese cambio tan visible en mí mismo. Tal vez por eso pienso que la primavera no me pertenece tanto como a los demás elementos.
Porque si yo derivo el concepto de primavera hacia la idea de renovación y aparición de empuje anímico, entonces sí es posible que la primavera venga a nacer y a morir muchas veces en todos los seres, incluso en los que se noten más secos y caducos. Y que lo haga sin atender a tantas alharacas como presenta la primavera meteorológica: “Mi corazón espera, también hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.”
Así que no sé si despegarme y dar camino más ancho a los demás elementos o qué leches hacer. Si así lo hiciera, sin duda la primavera parecería literariamente más florida; de la otra forma, tendría un sesgo más íntimo y conceptual.
Porque, a estas alturas de la duda, ¿qué es realmente la primavera? ¿Sobre qué elemento tengo que actuar? Tendré que volver a recomponer todo esto formal y conceptualmente.
Pero eso hoy no…. Mañana.
Desde luego, la primavera no es tan visible en mí como en los otros elementos. Es verdad que algún ánimo más se me hace público, que acaso el deseo de hacer cosas, a pesar de lo que hay, se endereza un poco más. Pero ni comparación con lo que les sucede a las plantas y a los elementos minerales. Miro a la sierra y todo se transforma en ella. Sus nieves ya son menos, sus oscuros colores se van tornando lentamente más claros y floridos, la claridad del sol lo hace todo más nítido… Del valle ya ni cuento, pues todo se disfraza de verdura, de flores y de apuntes de los primeros frutos. Y no son solo trajes de más o menos moda. Es que afecta a la esencia. ¿O es lo mismo una flor en primavera que en otoño? En otoño ni es. ¿Y un cerezo en abril que en el mes de noviembre? ¡Es todo tan distinto!
En todo caso, la primavera es tiempo de lo efímero, es época en la que un día desdice al siguiente y una imagen se agota en una tarde. Hay ramas que se mueven al compás de unas horas, hay castaños pelados y con brotes visibles a la mañana siguiente, el campo adquiere tonos que se hacen más intensos en tiempos muy breves.
Yo no observo ese cambio tan visible en mí mismo. Tal vez por eso pienso que la primavera no me pertenece tanto como a los demás elementos.
Porque si yo derivo el concepto de primavera hacia la idea de renovación y aparición de empuje anímico, entonces sí es posible que la primavera venga a nacer y a morir muchas veces en todos los seres, incluso en los que se noten más secos y caducos. Y que lo haga sin atender a tantas alharacas como presenta la primavera meteorológica: “Mi corazón espera, también hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.”
Así que no sé si despegarme y dar camino más ancho a los demás elementos o qué leches hacer. Si así lo hiciera, sin duda la primavera parecería literariamente más florida; de la otra forma, tendría un sesgo más íntimo y conceptual.
Porque, a estas alturas de la duda, ¿qué es realmente la primavera? ¿Sobre qué elemento tengo que actuar? Tendré que volver a recomponer todo esto formal y conceptualmente.
Pero eso hoy no…. Mañana.
domingo, 29 de marzo de 2009
ESCRIBIR SIN ESCRIBIR III
El caso es que aún no me atrevo a darle a esto de la descripción de la primavera una redacción concreta. Ando dándoles vueltas a los elementos esenciales que la tienen que sostener y a lo que realmente pueden representar. El esquema sigue siendo el mismo: tiempo, espacio, elementos humanos, materiales, vegetales, animales.
Pero no logro pasar fácilmente ni del primero de ellos. Había dicho que arrancaría con la mañana y no había contado con todo lo que de mí tira la tarde. Es verdad que me sigue ajustando un poco mejor la mañana si considero la connotaciones de vida en desarrollo, de aumento de tensión, de estallido, de crujido, de aumento de volumen, de pujanza, de brío. Si me quedo en la mañana, me veo más fuera del proceso que si me sitúo en la tarde. Por la mañana, mis ojos ven sorprendidos, mis oídos oyen asustados, mis narices huelen siempre olores nuevos y mi tacto aún no está acostumbrado a la finura. Siempre por la mañana hay cosas nuevas en comparación con el día anterior. No hay más que comprobarlo cuando uno se pone a escribir: parece que todo mueve las neuronas en imágenes nuevas, que salen de la nada a la superficie por primera vez. Sin embargo, si me muevo en la tarde, soy yo un poco más protagonista, me siento más yo mismo, sé que la descripción es ya solo pretexto para extraer conclusiones, para demorarme en las consecuencias, para cambiar de dirección o afirmarme en la misma, para sobrepasar el paisaje y alzarme hasta las consideraciones más abstractas. Parece como si la mañana me pudiera y yo pudiera a la tarde.
De modo que sigo dándole vueltas al contraste y a las implicaciones de una elección u otra.
Porque al fin de todo quiero encontrarme yo, quiero que sea mi visión del mundo la que nade en superficie o bucee en los fondos, deseo que la primavera -como todo lo demás- solo sea mi fotografía, la proyección de mí mismo, el milagro personal y limitado por mis propias miserias, el pretexto buscado para hilar la proyección mínima de alguno de mis poros y de mis células.
Y es que esto del tiempo me trae por la calle de la amargura. Porque solo soy tiempo, y nebuloso. Y me mido en el tiempo, y repaso mi tiempo, y pienso en ese tiempo que me queda, y analizo su uso y su desuso, y veo espacios muertos, y me levanto en otros más gozoso…, y me pierdo en la ausencia de la tarde.
Y es que yo ya me muevo en esa tarde de la vida, toda ella simbólica, sencilla, machacona, compañera continua que afirma su presencia cada hora más firme. Así que mi natural es acaso más ya de otoño, con ese perfil de decadencia, de hojas volanderas e imprecisas, dudosas en el viento, mullidas y asustadas en el suelo. Pero eso anularía mi redacción de la primavera y me había propuesto escribir veinte líneas con el frontis exacto de la primavera. Qué inútil. No he pasado ni de la variable del tiempo.
El sol se ha improvisado allá en lo alto y me sorprende lento en mi terraza. Es la mañana.
La tarde se suicida en el horizonte mientras pienso en tus ojos y en tu ausencia.
Son dos simples comienzos. ¿Quién me da un empujón hacia algún sitio? Yo solo no me atrevo. Hoy no; tal vez… Mañana.
Pero no logro pasar fácilmente ni del primero de ellos. Había dicho que arrancaría con la mañana y no había contado con todo lo que de mí tira la tarde. Es verdad que me sigue ajustando un poco mejor la mañana si considero la connotaciones de vida en desarrollo, de aumento de tensión, de estallido, de crujido, de aumento de volumen, de pujanza, de brío. Si me quedo en la mañana, me veo más fuera del proceso que si me sitúo en la tarde. Por la mañana, mis ojos ven sorprendidos, mis oídos oyen asustados, mis narices huelen siempre olores nuevos y mi tacto aún no está acostumbrado a la finura. Siempre por la mañana hay cosas nuevas en comparación con el día anterior. No hay más que comprobarlo cuando uno se pone a escribir: parece que todo mueve las neuronas en imágenes nuevas, que salen de la nada a la superficie por primera vez. Sin embargo, si me muevo en la tarde, soy yo un poco más protagonista, me siento más yo mismo, sé que la descripción es ya solo pretexto para extraer conclusiones, para demorarme en las consecuencias, para cambiar de dirección o afirmarme en la misma, para sobrepasar el paisaje y alzarme hasta las consideraciones más abstractas. Parece como si la mañana me pudiera y yo pudiera a la tarde.
De modo que sigo dándole vueltas al contraste y a las implicaciones de una elección u otra.
Porque al fin de todo quiero encontrarme yo, quiero que sea mi visión del mundo la que nade en superficie o bucee en los fondos, deseo que la primavera -como todo lo demás- solo sea mi fotografía, la proyección de mí mismo, el milagro personal y limitado por mis propias miserias, el pretexto buscado para hilar la proyección mínima de alguno de mis poros y de mis células.
Y es que esto del tiempo me trae por la calle de la amargura. Porque solo soy tiempo, y nebuloso. Y me mido en el tiempo, y repaso mi tiempo, y pienso en ese tiempo que me queda, y analizo su uso y su desuso, y veo espacios muertos, y me levanto en otros más gozoso…, y me pierdo en la ausencia de la tarde.
Y es que yo ya me muevo en esa tarde de la vida, toda ella simbólica, sencilla, machacona, compañera continua que afirma su presencia cada hora más firme. Así que mi natural es acaso más ya de otoño, con ese perfil de decadencia, de hojas volanderas e imprecisas, dudosas en el viento, mullidas y asustadas en el suelo. Pero eso anularía mi redacción de la primavera y me había propuesto escribir veinte líneas con el frontis exacto de la primavera. Qué inútil. No he pasado ni de la variable del tiempo.
El sol se ha improvisado allá en lo alto y me sorprende lento en mi terraza. Es la mañana.
La tarde se suicida en el horizonte mientras pienso en tus ojos y en tu ausencia.
Son dos simples comienzos. ¿Quién me da un empujón hacia algún sitio? Yo solo no me atrevo. Hoy no; tal vez… Mañana.
sábado, 28 de marzo de 2009
ESCRIBIR SIN ESCRIBIR II
Hagamos una prueba.”La del alba sería…” No, esto no me vale porque es clásico, lo conoce todo el mundo y no añade nada especial. A la basura. Lo cambiaré por este otro arranque: “Apenas vislumbro una tenue luz, mis ojos se hacen conscientes de que llega el día, un día especial y nuevo en el que los rumores se agitan y agigantan hasta llegar a mí en forma de voces especiales.” Tampoco. Es imagen difusa y contiene demasiados elementos.
Bueno, me haré una idea más tarde. Voy a seguir pensando en la primera actividad y a darle paso a algún otro elemento: “Ya la calle me llama, la luz tira de mí y siento comezón por airear mi cuerpo. Me aguardan ya dispuestos Manolo y Jesús, con sus mochilas y son sus sonrisas, dispuestos para darle trabajo a la lengua y a los pies.” ¿Será correcto darles entrada tan pronto o hubiera sido mejor encarar el exterior con una imagen de la naturaleza? Tengo dudas. Por ejemplo, podría haberlo cambiado por algo así: “Los rayos son aún horizontales y me besan la frente tenuemente. Las sombras se me muestran alargadas y aún no se han puesto en pie. El mundo está cortado en dos mitades y en el azul del cielo se columpian dos nubes despistadas.”
Pero es la primavera la protagonista y aún no ha dado señales de vida con sus elementos. Y había quedado en que estos tenían que tener al menos tres partes: elementos naturales, animales y alguna persona. Así que lo de Manolo y Jesús lo dejaré para esta sección. “Un cierto sabor tibio me invade en cuanto doy los primeros pasos. La sierra huele a limpio con su nieve escurriendo y, en su falda, hay una inmensa paleta de colores. Predominan los grises de las ramas en los árboles más atrasados, los blancos y los verdes, junto con los rosas, en aquellos otros que son marca preferente de la primavera.” Pero esto es muy genérico. ¿Cuáles son esos árboles. ¿Son acaso los últimos castaños, los cerezos, los prunos, los guindos, los perales? Por aquí hay muchos robles y mantienen sus ramas al desnudo. Y, además, no sé si no debería darle movimiento primero con las aves al viento, para irrumpir sin orden en la vitalidad y en la incontinencia de la vida. A ver: “Los estorninos se agitan y discuten sin ningún pudor mientras el sol se anima, algún pardal busca ya las paredes para ponerse a tomar el sol, las cigüeñas crotoran en lo alto de sus nidos y el gorjeo celoso de las palomas me sirve de sinfonía perfecta mientras sigo mis pasos en busca del campo.” Pero si la sección se hubiera situado en mi terraza, hubiera incorporado el murmullo del río y de sus aguas, el contraste entre el sol y mi refugio, el foco que me ofrece foto fija sin tener que moverme. Al fin y al cabo, esto es “Desde mi terraza”. ¿Qué hago? ¿Me vuelvo y empezamos otra vez? Sería muy fastidioso.
Y, a todo esto, faltan mis sentimientos, las sensaciones varias desde los elementos, la deducción de ideas desde la descripción. Eso es lo que, en el fondo, me divierte y me saca del pozo de la nada. Así por ejemplo: “Este dios del azul me deja inerte, sin saber a quién tengo que rendirme, me declara en la inopia ante tanta belleza y me obliga a romper en derecho por la senda de la satisfacción. Hoy ha de ser un gran día.”
En realidad no he hecho otra cosa que dudar y hacer indagaciones pero apenas he dado a luz unas oraciones inconexas y asustadas por el peligro de ser modificadas hasta quedarse solo en un intento. Y faltan los adornos del proyecto de vida. ¿Dónde están los adjetivos con los que soñaba? Apenas he descubierto un par de personificaciones, alguna enumeración poco lograda, ninguna gradación, casi ningún contraste, del léxico no puedo casi hablar ni pronunciarme… En fin, qué asco de texto. O sea, que ¿lo concreto o lo mando hasta el reino del olvido? Hoy no……. Mañana.
Que hoy tocó día de vida y primavera por las laderas altas que sostienen casi en el cielo al Pinajarro, y fue mañana de charla y de banquete desde verde atalaya, sobre el valle del Ambroz, con todo a nuestros pies. Y fue la primavera en sus colores y en toda su amplia gama de sensaciones. Lo demás, ya lo digo, no toca hoy… Mañana.
Y perdón por el juego. O acaso no tan juego.
Bueno, me haré una idea más tarde. Voy a seguir pensando en la primera actividad y a darle paso a algún otro elemento: “Ya la calle me llama, la luz tira de mí y siento comezón por airear mi cuerpo. Me aguardan ya dispuestos Manolo y Jesús, con sus mochilas y son sus sonrisas, dispuestos para darle trabajo a la lengua y a los pies.” ¿Será correcto darles entrada tan pronto o hubiera sido mejor encarar el exterior con una imagen de la naturaleza? Tengo dudas. Por ejemplo, podría haberlo cambiado por algo así: “Los rayos son aún horizontales y me besan la frente tenuemente. Las sombras se me muestran alargadas y aún no se han puesto en pie. El mundo está cortado en dos mitades y en el azul del cielo se columpian dos nubes despistadas.”
Pero es la primavera la protagonista y aún no ha dado señales de vida con sus elementos. Y había quedado en que estos tenían que tener al menos tres partes: elementos naturales, animales y alguna persona. Así que lo de Manolo y Jesús lo dejaré para esta sección. “Un cierto sabor tibio me invade en cuanto doy los primeros pasos. La sierra huele a limpio con su nieve escurriendo y, en su falda, hay una inmensa paleta de colores. Predominan los grises de las ramas en los árboles más atrasados, los blancos y los verdes, junto con los rosas, en aquellos otros que son marca preferente de la primavera.” Pero esto es muy genérico. ¿Cuáles son esos árboles. ¿Son acaso los últimos castaños, los cerezos, los prunos, los guindos, los perales? Por aquí hay muchos robles y mantienen sus ramas al desnudo. Y, además, no sé si no debería darle movimiento primero con las aves al viento, para irrumpir sin orden en la vitalidad y en la incontinencia de la vida. A ver: “Los estorninos se agitan y discuten sin ningún pudor mientras el sol se anima, algún pardal busca ya las paredes para ponerse a tomar el sol, las cigüeñas crotoran en lo alto de sus nidos y el gorjeo celoso de las palomas me sirve de sinfonía perfecta mientras sigo mis pasos en busca del campo.” Pero si la sección se hubiera situado en mi terraza, hubiera incorporado el murmullo del río y de sus aguas, el contraste entre el sol y mi refugio, el foco que me ofrece foto fija sin tener que moverme. Al fin y al cabo, esto es “Desde mi terraza”. ¿Qué hago? ¿Me vuelvo y empezamos otra vez? Sería muy fastidioso.
Y, a todo esto, faltan mis sentimientos, las sensaciones varias desde los elementos, la deducción de ideas desde la descripción. Eso es lo que, en el fondo, me divierte y me saca del pozo de la nada. Así por ejemplo: “Este dios del azul me deja inerte, sin saber a quién tengo que rendirme, me declara en la inopia ante tanta belleza y me obliga a romper en derecho por la senda de la satisfacción. Hoy ha de ser un gran día.”
En realidad no he hecho otra cosa que dudar y hacer indagaciones pero apenas he dado a luz unas oraciones inconexas y asustadas por el peligro de ser modificadas hasta quedarse solo en un intento. Y faltan los adornos del proyecto de vida. ¿Dónde están los adjetivos con los que soñaba? Apenas he descubierto un par de personificaciones, alguna enumeración poco lograda, ninguna gradación, casi ningún contraste, del léxico no puedo casi hablar ni pronunciarme… En fin, qué asco de texto. O sea, que ¿lo concreto o lo mando hasta el reino del olvido? Hoy no……. Mañana.
Que hoy tocó día de vida y primavera por las laderas altas que sostienen casi en el cielo al Pinajarro, y fue mañana de charla y de banquete desde verde atalaya, sobre el valle del Ambroz, con todo a nuestros pies. Y fue la primavera en sus colores y en toda su amplia gama de sensaciones. Lo demás, ya lo digo, no toca hoy… Mañana.
Y perdón por el juego. O acaso no tan juego.
viernes, 27 de marzo de 2009
ESCRIBIR SIN ESCRIBIR
Pongamos que me apetece escribir unas líneas que tengan que ver con la estación que ha comenzado: la primavera. Una descripción de la primavera. Como si fuera un ejercicio escolar. Parece algo cursi. Eso habría que discutirlo para bajarles los humos a los snobs tontitos de turno. Pero dejémoslo estar. Acaso el proceso podría ser este.
Tengo que descontar que el hecho merece la pena y no se trata de una ocurrencia cualquiera. Tendría todo el derecho del mundo, pero la justificación sería bien distinta. Justificaciones y apoyos hay muchos, pero no todos tienen el mismo peso. Demos pues por descontado este asunto.
Voy a darle un sesgo significativo determinado. Valga el más sencillo: seré yo mismo el protagonista y la descripción se hará en primera persona para el protagonista y en tercera para los demás elementos.
Debería darle un soporte temporal determinado. Me gusta mucho la tarde porque su simbolismo me ha ocupado muchas horas. Tampoco estaría mal la mañana como hora en que todo anda por hacer y conserva todo el impulso. Voy a descartar las horas centrales del día simplemente porque me da la gana y porque puede hacer mucho calor. Decidiré la mañana o la tarde cuando comience la redacción pero bien me doy cuenta de que la perspectiva es muy diferente según realice una elección u otra.
Y no hay nada que no se produzca en un tiempo y en un espacio. Así que tengo que buscarme un espacio. Parece que lo más inmediato es imaginar un campo abierto. Pero podría ser también un huerto acotado que se controla mejor y se precisa con más nitidez en los detalles. ¿Y si me sitúo en un interior que me sirva como contraste entre la falta de libertad y la libertad del exterior? ¡Cómo me acuerdo ahora de aquel Romance del prisionero! Tengo que decidir y no sé por qué camino tirar.
Ya tengo persona, espacio y tiempo. ¿Y ahora? Ah, pues debo ir eligiendo elementos que destaquen y que visualicen esa naturaleza. Tengo que seleccionar elementos de la naturaleza: algún prado, tal vez una montaña con un valle, acaso unos huertos, un pozo o un bosque. Hay mucho donde elegir y tengo que hilar fino. Y tengo que seleccionar también elementos vivos. Sobre todo animales: pájaros (¿cuáles?), mamíferos (¿cuáles?), alguna otra persona. Si selecciono árboles de un tipo, me condeno a imaginar un paisaje con una temperatura y un tipo de flora y fauna determinados; si los selecciono de otro tipo, tendré que situarme en otro espacio bien diferente. No parece lo mismo seleccionar oropéndola, gorrión y paloma, que elegir buitre, búho y grajo. Habrá que andar con cuidado; yo soy hombre de interior y de sierra, no de playa ni de terreno caluroso.
Y con todos estos elementos a mi mando tengo que tramar algo, los tengo que poner en movimiento. Y no lo puedo hacer de cualquier manera. Tengo que ordenar actividades, entradas y salidas de personajes, sensaciones y descripciones; tengo que atribuirles cualidades especiales que me los sitúen en una imagen que atrape y sorprenda, que ilusione o que conmueva. No estaría de más que enlazara algún plano corto con otro panorámico. Tendré que seleccionar muy bien sobre todo los adjetivos y tal vez sería bueno que no me demorara en las imágenes pues las ráfagas cansan menos.
Y no debo seguir aunque se me ocurren muchas cosas más para tenerlas en cuenta. Ahora voy a la práctica. Me voy a tirar al ruedo, que sale el toro y la experiencia lo merece.
Ha sido todo un truco. Un truco solo hoy y en este momento porque algo parecido es lo que uno hace cuando decide ponerse a hilar palabras y a crear algo que tenga sentido. Hoy voy a darle la voz a Juan Ramón y a su libro Platero. En él se puede seguir, en una sola página, este proceso que aquí solo se ha indicado. Así que ¡a leer! Ni que fuera esto un taller de escritura. Ah, y esto, como todas las demás cosas, se automatiza y ya parece menos laberíntico, hasta casi elemental.
¿O realizo yo la práctica? La solución, en otra entrada.
Tengo que descontar que el hecho merece la pena y no se trata de una ocurrencia cualquiera. Tendría todo el derecho del mundo, pero la justificación sería bien distinta. Justificaciones y apoyos hay muchos, pero no todos tienen el mismo peso. Demos pues por descontado este asunto.
Voy a darle un sesgo significativo determinado. Valga el más sencillo: seré yo mismo el protagonista y la descripción se hará en primera persona para el protagonista y en tercera para los demás elementos.
Debería darle un soporte temporal determinado. Me gusta mucho la tarde porque su simbolismo me ha ocupado muchas horas. Tampoco estaría mal la mañana como hora en que todo anda por hacer y conserva todo el impulso. Voy a descartar las horas centrales del día simplemente porque me da la gana y porque puede hacer mucho calor. Decidiré la mañana o la tarde cuando comience la redacción pero bien me doy cuenta de que la perspectiva es muy diferente según realice una elección u otra.
Y no hay nada que no se produzca en un tiempo y en un espacio. Así que tengo que buscarme un espacio. Parece que lo más inmediato es imaginar un campo abierto. Pero podría ser también un huerto acotado que se controla mejor y se precisa con más nitidez en los detalles. ¿Y si me sitúo en un interior que me sirva como contraste entre la falta de libertad y la libertad del exterior? ¡Cómo me acuerdo ahora de aquel Romance del prisionero! Tengo que decidir y no sé por qué camino tirar.
Ya tengo persona, espacio y tiempo. ¿Y ahora? Ah, pues debo ir eligiendo elementos que destaquen y que visualicen esa naturaleza. Tengo que seleccionar elementos de la naturaleza: algún prado, tal vez una montaña con un valle, acaso unos huertos, un pozo o un bosque. Hay mucho donde elegir y tengo que hilar fino. Y tengo que seleccionar también elementos vivos. Sobre todo animales: pájaros (¿cuáles?), mamíferos (¿cuáles?), alguna otra persona. Si selecciono árboles de un tipo, me condeno a imaginar un paisaje con una temperatura y un tipo de flora y fauna determinados; si los selecciono de otro tipo, tendré que situarme en otro espacio bien diferente. No parece lo mismo seleccionar oropéndola, gorrión y paloma, que elegir buitre, búho y grajo. Habrá que andar con cuidado; yo soy hombre de interior y de sierra, no de playa ni de terreno caluroso.
Y con todos estos elementos a mi mando tengo que tramar algo, los tengo que poner en movimiento. Y no lo puedo hacer de cualquier manera. Tengo que ordenar actividades, entradas y salidas de personajes, sensaciones y descripciones; tengo que atribuirles cualidades especiales que me los sitúen en una imagen que atrape y sorprenda, que ilusione o que conmueva. No estaría de más que enlazara algún plano corto con otro panorámico. Tendré que seleccionar muy bien sobre todo los adjetivos y tal vez sería bueno que no me demorara en las imágenes pues las ráfagas cansan menos.
Y no debo seguir aunque se me ocurren muchas cosas más para tenerlas en cuenta. Ahora voy a la práctica. Me voy a tirar al ruedo, que sale el toro y la experiencia lo merece.
Ha sido todo un truco. Un truco solo hoy y en este momento porque algo parecido es lo que uno hace cuando decide ponerse a hilar palabras y a crear algo que tenga sentido. Hoy voy a darle la voz a Juan Ramón y a su libro Platero. En él se puede seguir, en una sola página, este proceso que aquí solo se ha indicado. Así que ¡a leer! Ni que fuera esto un taller de escritura. Ah, y esto, como todas las demás cosas, se automatiza y ya parece menos laberíntico, hasta casi elemental.
¿O realizo yo la práctica? La solución, en otra entrada.
jueves, 26 de marzo de 2009
LA CIENCIA Y EL ALZHEIMER
Hoy me ha ofrecido una variable importante esta Salamanca de mis tardes lentas. Además de mis pasillos y de mis besos, de nuestros parlamentos y de nuestras constataciones de lo que va pasando, de la presencia gozosa de Joaqui y José Antonio, a los que hacía mucho que no veía, se me invitó a asistir a una conferencia que impartía el doctor Joaquín Fuster. Es un neurólogo y psiquiatra catalán, profesor en la UCLA de California y autoridad mundial en las materias que tienen que ver con la neurología y el cerebro. Quería ofrecer una visión del proceso que sufre el cerebro en la degeneración que termina produciendo el mal del alzheimer.
Dejando de lado toda la parafernalia que conlleva un personaje de este nivel, algo que cada día me interesa menos y tengo la impresión de que al personaje tampoco le interesa nada-solo los políticos y los medios de comunicación parecen andar a la foto de turno-, la exposición vino a poner de manifiesto varias cosas fundamentales. La primera para mí es el deslumbramiento que se produce en cuanto uno abre a los ojos la película del cerebro. Qué obra de ingeniería tan espectacular. Esa extrañeza abre inmediatamente la pregunta sobre su formación hasta dejar a cualquiera sin palabra y hasta sin aliento, aunque solo sea para intentar imaginar una respuesta aproximada. La segunda es la de la compartimentación de espacios en ese motor tan fantástico, esos espacios en los que parece que se almacenan cada una de nuestras cualidades, por más que el profesor aseguraba la interconexión entre ellas. Una más -y no menos extraordinaria- es la de la jerarquización, de abajo hacia arriba, desde lo que son simples sensaciones hasta lo que se termina por convertir en ideas abstractas, lo períodos en la vida en los que se van consiguiendo esos estratos y el comienzo de la pérdida de los mismos en sentido descendente.
Según él -esto parece fácil de asimilar y de imaginar-, los enfermos de alzheimer tienen la desgracia de perder esa jerarquía y empiezan a perderla no comenzando por la parte superior sino por la parte inferior del cerebro y, además, a una velocidad mayor.
¿Y quién se mete a hurgar en el interior de esa máquina tan compleja? Por eso andamos a tientas, con avances lentos e inseguros y acudiendo a remedios bastante caseros y manuales: ejercicio físico, ejercicios de memoria, dieta equilibrada, colesterol, obesidad… En fin, eso que sirve para casi todo. Se citan fármacos relativamente útiles, pero muy relativamente.
A la conferencia habían acudido profesionales de todo tipo, pero también familiares de enfermos. Lleno hasta la bandera. Espero que cada uno saliera de allí con alguna idea positiva y con un poco de consuelo. No es fácil.
En sus respectivos módulos seguían los enfermos al amparo de sus cuidadoras, de sus enfermeras y de sus médicos. También algunos familiares volvimos a estar un poquito más con ellos, mientras se hacía la noche más intensa.
Hay una variable que sirve para todas las enfermedades; es la del cariño y la del afecto. Ahí tenemos que estar todos con todos. Creo que en aquel centro se prodigan tanto el afecto como el cariño. Lo demás aún camina en la nebulosa y en los trabajos del laboratorio.
Dejando de lado toda la parafernalia que conlleva un personaje de este nivel, algo que cada día me interesa menos y tengo la impresión de que al personaje tampoco le interesa nada-solo los políticos y los medios de comunicación parecen andar a la foto de turno-, la exposición vino a poner de manifiesto varias cosas fundamentales. La primera para mí es el deslumbramiento que se produce en cuanto uno abre a los ojos la película del cerebro. Qué obra de ingeniería tan espectacular. Esa extrañeza abre inmediatamente la pregunta sobre su formación hasta dejar a cualquiera sin palabra y hasta sin aliento, aunque solo sea para intentar imaginar una respuesta aproximada. La segunda es la de la compartimentación de espacios en ese motor tan fantástico, esos espacios en los que parece que se almacenan cada una de nuestras cualidades, por más que el profesor aseguraba la interconexión entre ellas. Una más -y no menos extraordinaria- es la de la jerarquización, de abajo hacia arriba, desde lo que son simples sensaciones hasta lo que se termina por convertir en ideas abstractas, lo períodos en la vida en los que se van consiguiendo esos estratos y el comienzo de la pérdida de los mismos en sentido descendente.
Según él -esto parece fácil de asimilar y de imaginar-, los enfermos de alzheimer tienen la desgracia de perder esa jerarquía y empiezan a perderla no comenzando por la parte superior sino por la parte inferior del cerebro y, además, a una velocidad mayor.
¿Y quién se mete a hurgar en el interior de esa máquina tan compleja? Por eso andamos a tientas, con avances lentos e inseguros y acudiendo a remedios bastante caseros y manuales: ejercicio físico, ejercicios de memoria, dieta equilibrada, colesterol, obesidad… En fin, eso que sirve para casi todo. Se citan fármacos relativamente útiles, pero muy relativamente.
A la conferencia habían acudido profesionales de todo tipo, pero también familiares de enfermos. Lleno hasta la bandera. Espero que cada uno saliera de allí con alguna idea positiva y con un poco de consuelo. No es fácil.
En sus respectivos módulos seguían los enfermos al amparo de sus cuidadoras, de sus enfermeras y de sus médicos. También algunos familiares volvimos a estar un poquito más con ellos, mientras se hacía la noche más intensa.
Hay una variable que sirve para todas las enfermedades; es la del cariño y la del afecto. Ahí tenemos que estar todos con todos. Creo que en aquel centro se prodigan tanto el afecto como el cariño. Lo demás aún camina en la nebulosa y en los trabajos del laboratorio.
miércoles, 25 de marzo de 2009
¿QUÉ ES ESO DE LA RIQUEZA?
Me gustaría mucho poderme sentar en torno de una mesa para poder comentar e intentar entender en qué consiste la riqueza de una comunidad o de una persona. Me gustaría encontrarme con personas que me concretaran en qué se va la certeza de esa riqueza. Me gustaría estar al lado de gente que entendiera que la riqueza no es solo la cantidad de dinero ni los números con los que cuente una cartilla en el banco.
Sentiría satisfacción si viera que hay seres que tienen la mirada alta y que no se van a su predio y a su negocio en cuanto se les da la oportunidad y se les suelta la lengua. Sería bueno comprobar que hay personas interesadas también en el de al lado y no solo en sí mismas. Me gustaría tener la capacidad para meterle en la mollera a más de uno que riqueza es, por ejemplo, aprender a escuchar, intervenir con brevedad y con aportaciones pertinentes, darse cuenta de que el tiempo y el espacio son importantes, sentir que la educación es mucho más productiva que cualquier otra actividad, que la digresión, si no se controla, es siempre negativa y desanima, que nos movemos siempre en un espacio y en un tiempo, que el ser humano tiene que comer, pero que esto se cumple básicamente con unos puñados de arroz y poco más, y que todo lo demás pertenece al mundo de la convivencia, de la inteligencia, de las ideas, del ocio, de los intercambios sociales, del reparto de tareas, del desarrollo de la sensibilidad, de una escala de valores bien conformada.
Querría tener la capacidad para hacer comprender que ninguna cualidad ni posesión en el ser humano se puede comparar a la cualidad suprema de ser precisamente humano. Me sentiría bien si convenciera a alguien de que escuchar a Vivaldi (es lo que estoy haciendo mientras tecleo) o contemplar la naturaleza dando un paseo supone un placer superior a otros asuntos y que no cuesta nada. Sería magnífico que yo mismo me convenciera un poco más de todo esto y de muchas cosas más como estas.
Demasiada gente mide la riqueza de una comunidad por su renta per cápita, y ahí no hay más variables que el dinero y los bienes que uno pueda comprar con ese dinero. O sea, dinero, más dinero y después aún más dinero. Y una ciudad no es más rica porque tenga más comercios ni porque venda más automóviles ni porque sus bares y restaurantes estén más atiborrados, sino porque su materia prima fundamental, es decir, la humana, está más educada, es más inteligente, promueve más iniciativas de convivencia y de participación y, en definitiva, procura ser un poquito más feliz en este paso por la vida. Y, para todo esto, no siempre se necesita precisamente dinero.
Parece que sufrimos una profunda crisis en el asunto ese del dinero. ¿Y de la otra? Entonces seríamos infinitamente más pobres.
Sentiría satisfacción si viera que hay seres que tienen la mirada alta y que no se van a su predio y a su negocio en cuanto se les da la oportunidad y se les suelta la lengua. Sería bueno comprobar que hay personas interesadas también en el de al lado y no solo en sí mismas. Me gustaría tener la capacidad para meterle en la mollera a más de uno que riqueza es, por ejemplo, aprender a escuchar, intervenir con brevedad y con aportaciones pertinentes, darse cuenta de que el tiempo y el espacio son importantes, sentir que la educación es mucho más productiva que cualquier otra actividad, que la digresión, si no se controla, es siempre negativa y desanima, que nos movemos siempre en un espacio y en un tiempo, que el ser humano tiene que comer, pero que esto se cumple básicamente con unos puñados de arroz y poco más, y que todo lo demás pertenece al mundo de la convivencia, de la inteligencia, de las ideas, del ocio, de los intercambios sociales, del reparto de tareas, del desarrollo de la sensibilidad, de una escala de valores bien conformada.
Querría tener la capacidad para hacer comprender que ninguna cualidad ni posesión en el ser humano se puede comparar a la cualidad suprema de ser precisamente humano. Me sentiría bien si convenciera a alguien de que escuchar a Vivaldi (es lo que estoy haciendo mientras tecleo) o contemplar la naturaleza dando un paseo supone un placer superior a otros asuntos y que no cuesta nada. Sería magnífico que yo mismo me convenciera un poco más de todo esto y de muchas cosas más como estas.
Demasiada gente mide la riqueza de una comunidad por su renta per cápita, y ahí no hay más variables que el dinero y los bienes que uno pueda comprar con ese dinero. O sea, dinero, más dinero y después aún más dinero. Y una ciudad no es más rica porque tenga más comercios ni porque venda más automóviles ni porque sus bares y restaurantes estén más atiborrados, sino porque su materia prima fundamental, es decir, la humana, está más educada, es más inteligente, promueve más iniciativas de convivencia y de participación y, en definitiva, procura ser un poquito más feliz en este paso por la vida. Y, para todo esto, no siempre se necesita precisamente dinero.
Parece que sufrimos una profunda crisis en el asunto ese del dinero. ¿Y de la otra? Entonces seríamos infinitamente más pobres.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)