domingo, 24 de abril de 2011

RESUCITAR

Agradezco a Manuel Vicent este texto tan lúcido y a la vez tan sencillo y tan hondo. En esencia, es lo mismo que pienso. El día lo merece. No es la peor reflexión que se puede hacer. A ella me someto y a ella invito.

Manuel Vicent: “RESUCITAR”

“En la historia universal de la infamia existen 10 formas muy acreditadas de ejecutar la pena capital: por lapidación, crucifixión, hoguera, horca, decapitación con hacha o guillotina, garrote vil, fusilamiento, silla eléctrica, cámara de gas e inyección letal. Alrededor de esta ceremonia cruel aletea la culpa o la inocencia, la justicia o la venganza, pero no existe mayor crueldad ni injusticia que la muerte natural en plena juventud o como remate de una larga vida feliz. Hoy es Domingo de Resurrección y aprovechando que los barrancos están llenos de espárragos silvestres, inmejorables para hacer una tortilla de Pascua, hay que recordar las veces que uno se ha salvado de la pena de muerte, amnistiado por la suerte. Por poco que se haya vivido no hay nadie que no pueda contar en la barra del bar al menos una ocasión en que estuvo a punto de irse al otro mundo. Fue cuando el coche derrapó, dio tres vueltas de campana, cayó en un barranco y no pasó nada, o cuando de niño en la piscina te salvó un ángel que gritó que te estabas ahogando, o cuando resbalaste en el cuarto de baño y por un centímetro no te desnucaste con el grifo como en un descabello, o cuando fuiste al médico por una simple mancha en la mejilla, te mandó un análisis y te descubrieron un cáncer incipiente que pudo ser curado. En estos casos siempre se dice que uno se ha salvado de milagro, lo cual significa que has realizado tú mismo el prodigio de resucitar. No es necesario bajar antes al infierno y al tercer día salir del sepulcro como un tapón de champán. La resurrección también sucede con el despertar de cada mañana. Si tal día como hoy, Domingo de Pascua, al salir del sepulcro Jesús de Nazaret se hubiera encontrado con que María Magdalena le había preparado un zumo de naranja, una tostada con aceite virgen del huerto de los olivos y un café humeante no habría tenido ninguna prisa de volver al cielo. No se tome a mal esta metáfora. El crimen del Gólgota se repite todos los años. Con el periódico oliendo a linotipia, el Nazareno hubiera podido leer su caso en primera a cinco columnas mientras desayunaba y sin necesidad de calvarios, tal vez, la humanidad habría sido redimida por el placer y el milagro de sorprenderse vivo ante un buen café y una tostada con el sol en el árbol.”

Por mi parte, añadiré una duda-angustia poética que no me deja quieto ni tranquilo y que ahonda en estos asuntos que se dilucidan o se conmemoran o se celebran estos días:

SI SUPIERA QUÉ CULPA ES REDIMIDA

Si mostraras las causas de esta herida
que me duele, me aflige, me delata
como autor de una culpa desmedida
que te empujó a morir con esas ganas…

Si supiera qué culpa es redimida
por un amor tan grande que amenaza
con dar luz a la noche oscurecida
y los cargos que como juez me achacas…

Dime por qué apeteces mi consuelo,
enséñame la causa del pecado
y entenderé por fin lo que deseo.

Si he sido pecador y Tú has salvado
tanta culpa, Señor, déjame al menos
saber los sufrimientos que merezco.

viernes, 22 de abril de 2011

OTRAS PROCESIONES

Oía, hace unos días, defender a un tertuliano la idea de que el Jueves Santo era de los cristianos. Lo hacía en referencia a una manifestación atea planteada y luego prohibida para ese mismo día. El hombre lo afirmaba con convencimiento y sin duda alguna. Pobrecito. Como él los hay por todas partes.

Es Viernes Santo, es día en el que se celebra (¿se celebra?) nada menos que el sacrificio en cruz de un hijo de un dios que necesita dar muerte a su hijo, nada menos que a su hijo, para redimir de culpa a los humanos (¿a todos, a una parte, a un pueblo, a los de aquel tiempo, a los de los tiempos posteriores, también a los de los anteriores…?). Por cierto, ¿de qué culpa? ¿Cada uno de ellos (y de nosotros) tiene conciencia de esa culpa? ¿De verdad? Anda que aquel Adán y aquella Eva nos metieron en unos berenjenales… ¿Y a ellos quién los metió en aquel laberinto? ¿Seguro que eran conscientes de lo que estaban propiciando? ¿Estos ya sabían adivinar el futuro? Realmente, esto de los caminos de Dios son insondables lo mismo vale para un roto que para un descosido. No voy a seguir por el camino de la confusión y de la perplejidad pero con buenas ganas me quedo. Sirva al menos como pequeña prueba de que no quiero atacar a nadie, pero también de que no me gusta que ataquen mi sentido común.

El caso es que, una vez más, un grupo social se siente insultado y atacado por otro grupo que quiere hacer lo mismo, exactamente lo mismo, que ellos invocando otras verdades. El asunto se va a plantear inevitablemente cada vez con más frecuencia, porque la lógica del sentido común así lo dicta.

La historia de esto que llamamos Occidente, y con mucha mayor intensidad este país llamado España, está cuajada de hechos que muestran la supremacía y la imposición violenta de ese grupo que dice ser insultado. Seguramente no es más que la inercia de quien tan mal acostumbrado está y cree que todo el monte es orégano y no es capaz ni de contemplar siquiera otras posibilidades.

Es verdad que una costumbre muy arraigada no se desarraiga fácilmente, pues las raíces han buscado lentamente su aposento en el interior de la tierra y han hecho causa común con el humus que las sostienen. Convendría, por tanto, actuar con cautela, con mimo incluso. Pero alguna vez habrá que alzar la voz para hacer notar que, además de no cobrar, no tendríamos que pagar la cama. Nadie debería arrogarse el derecho de prohibir a nadie que manifieste sus creencias, sus devociones ni sus representaciones populares, sea en procesiones o en cualquier otro formato. Pero, a la vez, todos deberíamos entender que cualquiera tiene la posibilidad, y hasta el deber, de analizar lo que sucede a su alrededor y de emitir opinión razonada y cortés acerca de eso mismo.

Y, aun más, conviene considerar que el insulto intelectual y hasta afectivo se puede producir en ambas direcciones, no solo en la de los ateos hacia los cristianos. ¿O no puede manifestar cualquiera que se siente escandalizado porque alguien defienda, proclame y profese creencias basadas en criterios no racionales y, por tanto, de difícil encaje en la razón, que nos implica, esta sí, a todos?

Hasta ahora y durante toda la Historia -qué doloroso es recordarlo y constatarlo- todo ha sido sufrimiento, apartamiento, esconderse y sentirse apestados, vivir en soledad, pagar con la vida, estar condenados al ostracismo y estar sometidos a un sentimiento de culpa absolutamente intolerable de los que, desde su razón, entendían que los criterios religiosos no eran los mejores. Lo que sucede cada día ahora nos demuestra que no se ha avanzado demasiado y que quedan muchos sufrimientos por delante.

Apearse de las verdades absolutas para compartir posibilidades no es sencillo, retraer nuestras manifestaciones a los ámbitos que les son propios, tampoco. La salida de pata de banco del poderoso es casi siempre la de evitar la confrontación de ideas y la de creer que el absoluto, sobre todo si le favorece, no admite más vías de escape. Si, además, se les plantean alternativas inconvenientes y que admitan alguna interpretación de enfrentamiento, la respuesta intransigente e irracional está servida.

Los medios de comunicación -siempre los medios-, en manos de los poderosos, hacen hoy el resto, que es casi todo. De esta manera, el camino se hará más tortuoso y lento, se desbrozará con más penosidad. Pero la senda apunta hacia la llanura y hacia la amplitud de todas las vías. Tiene que haber otras formas de convivencia y de entendimiento. Tiene que haberlas.

jueves, 21 de abril de 2011

ESTAR PERPLEJO

Hoy me detengo un rato en un concepto abstracto y no sé si muy repetido ni concretado en su expresión lingüística. Como para jugar; o para reflexionar un poco. Se trata de la PERPLEJIDAD.

Dice el criterio etimológico que procede del latín perplexitas, -atis, y que viene a equivaler a irresolución, confusión, duda de lo que se debe hacer en algo (DRAE). Hasta aquí es asunto de primeros latines y de simple bachiller.

Asomarse a su familia significativa, a sus sinónimos, nos presentaría a extrañeza, asombro, sorpresa, vacilación, indecisión, duda, desconcierto, desorientación… Y situar el término en relaciones sintagmáticas nos ofrecería toda una panoplia de resultados en la que nos perderíamos. En todo este cuerpo de similitudes significativas, se pueden rastrear dos elementos fundamentales. El primero es el de cierto estado de afectación producido por algo que nos deja con el ánimo alterado. El segundo se refiere a algún grado de impotencia para actuar, para decidir ante ese estado de ánimo alterado.

Y es a partir de esta precisión cuando podemos intentar indagar algo más acerca de este término que, si bien se mira, tiene una producción más frecuente en ambientes más cultos que en circunstancias más inmediatas y espontáneas.

¿De dónde procede ese hecho que nos deja sobrecogidos, perplejos? Seguramente, lo importante es que sea extraño al desarrollo normal de la vida del individuo que queda perplejo. No sería necesario, por tanto, que el hecho fuera espectacular, bastaría con que fuera extraordinario en el sentido etimológico, ajeno a lo ordinario. Hay una segunda condición obvia pero imprescindible, se trata de que esa posibilidad de perplejidad exista en el tiempo y en el espacio. Quiero decir que el ser humano que queda perplejo solo lo puede ser por su acopio de tiempo libre y por su capacidad intelectual para dejarse sorprender. Hay, por tanto, que tener el terreno abonado para que la semilla pueda fructificar. Y, por muy obvio que parezca, no vivimos en una sociedad que favorezca este tipo de situaciones, pues no andamos más que en el vértigo, en la apariencia y en el dejarnos llevar por lo inmediato. No pidamos, entonces, perplejidad a quien apenas sobrevive siguiendo el impulso de lo que se le da hecho y cocinado, o a quien físicamente no tiene ni espacio ni tiempo para sí mismo pues lo gasta en lo que el ambiente le exige a cada momento; tampoco, por supuesto, al que no ha cultivado su mente lo necesario para poder discernir y comparar antes de decidir.

Pero es la segunda condición la que me parece más definitiva en el concepto en el que hoy he reposado unos momentos. La perplejidad solo se puede producir al final de un proceso, aquel que hace referencia a la constatación de varias posibilidades y a la dificultad de elegir una entre todas. Si no se han dado las condiciones reales para quedarse perplejo, no se puede considerar esta segunda condición. Pero si se dan, es el ser humano, desde sus conocimientos, el que tiene que elegir. Y no se atreve, duda, las aristas le pueden, la complejidad le domina, seguramente sabe que cualquier solución le obligará a la renuncia de partes y le llevará a la defensa de algo en lo que confía pero no del todo.

En ese sentido, la perplejidad sería como una duda positiva a la que se llega desde el conocimiento y desde la falta de creencia en la verdad absoluta. Un perplejo tiene ideas, conoce posibilidades, pero le falta el último empujón que le incita a decir allá vamos.

¿Es la perplejidad, entonces, una debilidad del ánimo? Es muy posible. Pero es una debilidad condicionada y permeable, tolerante y comprensiva, reconocedora de las debilidades propias después del análisis de las posibilidades. ¿Es el perplejo un inactivo? No, es un intelectual y no un fanático, un buscador de la verdad por comparación de posibilidades, un razonador. ¿Tiene peligros la perplejidad continua? Por supuesto, porque el ser humano tiene que tomar decisiones continuamente y tiene que ejercer su libertad de elección. La exageración nos llevaría al inmovilismo y a la inacción. Pero resulta enfermedad más grave el impulso y el fanatismo, la acción por la acción, el movimiento buscando solo el favor propio y elemental, el entregarse en manos de cualquier imagen, costumbre o proceso que nos venga impuesto.

Un perplejo, por ejemplo, tal vez ande contemplando e indagando en las varias posibilidades que ofrece la realidad de la Semana Santa; un fanático seguramente no pueda alcanzar ningún grado de perplejidad por no plantearse siquiera diversas posibilidades. Sirva solo de ejemplo.

Me gustaría encontrarme, pues, en el grupo de los perplejos, por el uso del término, pero sobre todo por la realidad que encierra. Vale.

miércoles, 20 de abril de 2011

TENER RAZÓN

Confieso que este ejercicio de hoy (quizás también el de los demás días) es una huida por la válvula que se dejó dar vuelta en su rosca para que el agua saliera sin medida y a su antojo. Porque también confieso que mi mente anda envuelta en la ausencia de Sara, que acaba de dejarme después de unos días de gozo y de sensaciones positivas, con el no estar de mis hijos, a los que les atribuyo las mismas cualidades curativas en mi ánimo, con el cuadro de fondo de la Semana Santa y todo lo que ella representa para tantos y las ideas contradictorias que en mí concita, y hasta con esta atmósfera de vacaciones que a mí el clima me ha chafado a última hora.

El caso es que me escapo y me refugio en cualquier consideración de tipo lingüístico, en cualquier celdilla de esas que componen nuestro apresamiento de la realidad, nuestro mundo de ideas y, sobre todo, el código de transmisión de pensamientos a los que conviven con nosotros.

Por ejemplo TENER RAZÓN. ¿Qué viene a significar esta expresión? ¿Cuál es su origen? ¿La utilizamos con precisión?

Automatizar un uso no significa precisamente que tengamos conciencia de la intensidad que encierra su significado. Algún uso que se me ocurre como frecuente pude ser “tengo razones para…”; “Realmente tienes razón”; “Tendré que darte la razón”… Todos son usos espontáneos e instintivos

Tener razón se distanciaría tal vez de tener impulsos, de decidir por intuición, de dejarse llevar por alguna fuerza externa al ser humano. Porque la clave está en el concepto de razón, en su delimitación y en el origen del mismo. El origen y los límites habría que buscarlos en la capacidad que adquiere el ser humano de organizar elementos, de argumentar, de tal suerte que alcanza la posibilidad de la explicación desde las causas unidas a sus correspondientes consecuencias. Y esas causas y consecuencias solo se entrelazan desde las cualidades de la mente humana.

¿Existe, pues, la razón desde que el hombre es hombre? Por supuesto. ¿Se ha utilizado siempre como tal? En absoluto. La historia de las ideas nos muestra el intento clásico de superar el mundo del mito y el de superarlo por el del mundo de la razón. Habría que reconocer que muy a su manera, pero ahí están los escritos para ser analizados.

Y tal vez, después del corte del cristianismo, en el que las razones vienen impuestas por otras fuerzas externas a la capacidad humana, deberíamos detenernos en Descartes para encontrar el hito que nos marca el camino, ya ininterrumpido, que nos guía por la senda de la razón, de la conciencia racional, de la debilidad y de la fortaleza racionales, de la hermosa aventura del humanismo.

Por eso, en puridad, no tenemos razón -o, mejor, no tenemos razones- hasta ese momento, hasta el día en el que se nos abrieron los ojos y comimos sin miedo del árbol de la ciencia del bien y del mal, el momento en el que nos expusimos a caernos y a levantarnos con nuestras propias fuerzas. Desde entonces, en los intercambios humanos, tenemos la oportunidad de reconocernos partícipes de un mismo método, de unas mismas premisas y de unas semejantes conclusiones. Ahora es cuando ya, convencidos por nuestros semejantes, serenamente, humanamente, podemos reconocer sin sonrojos: TIENES RAZÓN.

El resto es una suma sin tregua, pues ese convencimiento desde la razón que yo también alcanzo me empujará a actuar en un sentido determinado, iluminado por la nueva realidad que domino y quiero.

Hoy busco a personas a las que decirles al final del silogismo TIENES RAZÓN.

domingo, 17 de abril de 2011

SARA DIJO "MIEDO"

Sara camina gozosa cuando sale a la calle. Le gusta contar (ya domina hasta diez) pero siempre hace cuenta hacia atrás, de modo que su número talismán es el tres. Vaya por donde vaya, si se para y repite el número tres, entonces inicia un trotecillo en busca de los brazos de cualquiera de nosotros o simplemente con la intención de darnos alcance.

Hoy es día de Ramos, de inicio de Semana Santa. Sara está con nosotros. Nosotros estamos felices con ella. Yo creo que ella está feliz con nosotros.

Esta mañana, su abuela se empeñó en llevarla a ver la Procesión de la Borriquilla. Debe de ser la que en esta ciudad da paso a las demás de la semana. El día se mostraba complaciente en la temperatura y en la luz. La calle Mayor acogía hoy a mucha más gente que en cualquier día de diario. Muchos venían con su ramo de olivo; algunos llevaban palmas en sus manos. Mediado el paseo, nos detuvimos en una recoleta plazuela, salpicada por una fuente y unos bancos en los que me apoyé para descansar.

No habían pasado muchos minutos cuando apareció un coche de la policía a una velocidad apresurada. ¿Qué caminos quería abrir ese vehículo? ¿Qué razón sustentaba esa velocidad tan alta? Enseguida se dejaron oír unos tambores que encabezaban la procesión. Sara concentró su oído primero y después su mirada, pues no tardaron en hacerse más potentes los ruidos y los sonidos de las trompetas. Con ellos, los capuchones escondiendo los rostros y las cabezas de los penitentes. Y el Paso, que anunciaba la entrada de Jesús glorioso en Jerusalén. Por alguna razón que a mí se me escapa, ya no acompañan los niños este paso de Semana Santa; tan solo un grupo de fieles cerraba el cortejo mostrando un reguero que mediaba la fe y la curiosidad.

Sara no perdía detalle de lo que allí se oía y de lo que allí se veía. Cuando la procesión se escurrió calle Mayor arriba y dio paso a las conversaciones de los curiosos, la niña musitó literalmente: “miedo”. Después, cuando llegamos a casa y su tío Juan Pablo la recibió con un beso, repitió de nuevo: “miedo”.

Me pregunto si los que procesionaban reproducían con exactitud el espíritu y la realidad de aquello que querían mostrar. Y, si realmente su manifestación se correspondía con esa realidad, ¿qué tipo de religión es la que alimenta estos cultos?

Las palabras del Libro no dejan en muy buen lugar o a los procesionantes o a mi lectura de las mismas: “Envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: Id a la aldea de enfrente y, entrando en ella, hallaréis un pollino atado; desatadlo y traedlo… Lo llevaron a Jesús, y echando sus mantos sobre el pollino, montaron a Jesús. Según Él iba, extendían sus vestidos en el camino. Cuando ya se acercaba a la bajada del monte de los Olivos, comenzó la muchedumbre de los discípulos a alabar alegre a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto, diciendo: “!Bendito el que viene, el Rey, en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!” Algunos fariseos de entre la muchedumbre le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos. Él contestó y dijo: Os digo que, si ellos callasen, gritarían las piedras.” Lucas 19,29-40.

Leo y releo y no encajo la parafernalia negativa de esta celebración, el ocultamiento, la hipérbole y la rigidez del compás casi de guerra, la sensación de oscuridad y de pecado, el recelo por el castigo. Y recuerdo al maestro: “!Oh, no eres tú mi cantar! / !No puedo cantar, ni quiero, / a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en el mar!”

Sara se asustó y dijo por dos veces “miedo”. A ella nadie la había condicionado y nadie podría dudar de su espontaneidad. Que cada cual extraiga sus consecuencias.

viernes, 15 de abril de 2011

"ROPA DE CALLE"

“ROPA DE CALLE”: una estupenda combinación de creador y antólogo.

“Ropa de calle” es el título significativo y metafórico que José Luis Morante ha dado a la antología poética que de Luis García Montero ha preparado para Cátedra. En ella recoge una cuidada selección de la obra del poeta granadino que abarca desde la primera entrega (“Y ahora ya eres dueño del puente de Brooklyn”, 1980) hasta su “Vista cansada”, 2008.

Antologar a un poeta vivo, al que le queda un largo recorrido por delante, no tiene que resultar nada sencillo. Yo lo hice una vez, y de un corpus breve, y no quedé demasiado satisfecho. En todo caso, Morante es un lector impenitente y un crítico ya cuajado; eso le da ventajas y le ofrece más probabilidades de acertar en sus quinielas.

Porque antologar es elegir con el ánimo de poner en la alineación a los mejores jugadores, o al menos a los más representativos, algo que no siempre coincide. Y, por regla de analogía, cada antólogo hace su propia alineación y pone en procesión a poemas diferentes.

En este caso se suman dos factores que a mí me satisfacen: el poeta y el seleccionador.

Luis García Montero es, para mí, uno de los poetas en activo que mejor domina las imágenes, los ritmos y el léxico que utiliza. Su base teórica y lectora es muy amplia y eso se nota. Pero nada vendría a dejar cosquilla y tirón anímico en el lector si no hubiera un sustento anímico y de impulso vital que lo hiciera creíble.
Siempre he afirmado que buena parte del sustento de la creación poética está en el ambiente que la ha hecho crecer, en la escala de valores que defienda el creador y hasta en la acción vital e ideológica que desarrolle. Esto hace a la creación más verosímil, más aceptable y atractiva.

Me parece que Morante ha sabido ver muy bien cuál es la vena que entraña y que conduce el impulso creador de Luis García Montero, persona comprometida consigo misma, pero también con una conciencia social evidente y con una manera de ver el mundo que invita a compartir y a extraer de la realidad las pulsiones más escondidas de los elementos más normales, del quehacer diario, de los que pasa en la calle o en el corazón de cualquiera.

El título de la antología lo expresa muy bien. Ropa de calle es lo que el autor se pone para acercarse poéticamente a la realidad, a esa realidad que comparte con cualquiera de la calle, pero de la que él sabe extraer las aristas más emocionales, a medio camino entre la emoción y la razón de ser de las mismas.

Aunque este seleccionador, como cualquier otro, habría confeccionado su propio equipo de poemas, lo que he revisado estas dos últimas tardes me ha dejado con el gusto de estar entre gente que sabe lo que hace, que sabe lo que dice, y que siento muy cercana a lo que yo mismo entiendo desde la creación y desde la lectura crítica.

Ahí sigue todo el asunto de los marchamos: poesía de la experiencia, la otra sentimentalidad, y hasta, jocosamente, la otra sementalidad. Estos marbetes a mí me interesan menos. Me quedo con la pulsión del traje de calle, aunque para saber sacarle hasta el último jugo a cada acera.

Vaya una respuesta casi directa a preguntas de García Montero desde uno de sus poemas de “Vista cansada”.

RESPUESTAS A UN CREADOR CELOSO
(El lector responde a “Preguntas a un lector futuro”,
poema de Luis García Montero en “Vista cansada”).

NO LLUEVE, es primavera en los cristales
y hoy no me acuno en brazos
del bienestar confuso de los tiempos.
Luce un sol jubiloso en el paisaje
y hasta el hombre del tiempo
anuncia sol sin tregua
para toda la próxima semana.

Hace ya tanto tiempo que no fumo
que apenas si recuerdo ni la fecha
del último pitillo,
he bebido cien copas
a sorbo lento y plácido
en el amplio sillón de mi terraza
-no soy hombre de bares-
y mi edad me ha cosido la costumbre
de mirar hacia atrás con gran frecuencia
-qué le vamos a hacer:
son gajes de la vida
y de esa muletilla que apodamos
el paso inevitable de los tiempos-.

Nunca me encuentro solo sino conmigo mismo
cuando se abren las páginas
del libro que me ocupa en cada caso.

Pero he de ser sincero y reconozco
que a veces necesito
que suene el timbre abajo
y que vengan las hadas a tocarme
con su varita mágica:
la soledad es buena si se busca
y abruma si persigue su suicidio.

Entonces cambia el ritmo,
se aceleran las horas
en las lentas agujas del reloj,
toma color el cielo
y se agitan las líneas de los libros,
que me miran contento y alterado.

Después, quién sabe cuando
-los tiempos no se mueven en ritmos paralelos-,
se serenan las hojas,
las hadas se acurrucan en sus sillas,
cerquita de mi asiento, ¡qué a gustito!
y yo vuelvo a las páginas del libro,
y me dejo llevar por sus llamadas
que me invitan a viajar sin tregua
a lugares lejanos.
Entonces, reconozco, no voy solo,
van mis hadas conmigo.

No te sientas celoso; es privilegio
ver cómo nos amamos en el departamento.

martes, 12 de abril de 2011

COMO LEYENDO LISTAS ELECTORALES

COMO LEYENDO LISTAS ELECTORALES

Para negar la lista están los listos,
para darle más lustre los listillos,
para pedir un puesto entre visillos
los de menos valor y los más pillos.

Qué afán de salvar vidas y qué brío,
qué ganas de crecer entre el gentío,
qué fuerzas, qué ilusión, qué poderío
los que declinan yo, mi, me, conmigo.

Y cómo me complace el pío pío
cuando entra en campaña el ”mocerío”,
y eleva al infinito el griterío.

En estos versos solamente río,
solo esbozo un soneto monorrimo
y acaso digo más de lo que digo.