Vuelta a las andadas. Como, por desgracia, se preveía. Pienso en las noticias que me llegan de la resaca en las elecciones primarias de Madrid. A estas alturas, si algo me interesa de ellas es lo que puede significar de ejemplo para cualquier otra comunidad.
Ya los focos andan concentrados en las personas y en sus egoísmos, en si Zapatero gana o pierde, en si el postzapaterismo ha comenzado o el fin del mundo anda un poco más alejado, en si tal o cual, siempre con nombres y apellidos, ha caído en desgracia o ha sido ensalzado y ahora puede hacer de las suyas, en si esta o la otra facción, con su jefe supremo a la cabeza, puede ordenar romper filas o tiene que esperar sumisamente órdenes que le lleguen de las jefatura superior. En definitiva, personalismos, rostros, pictogramas…, vencedores y vencidos.
Es eso exactamente lo que necesitan la derecha y los medios de comunicación para engordar las miserias del tonto de turno, para autoproclamarse a sí mismos perdonavidas y salvapatrias, para darle a la chufla a diario -porque debilidades personales se encuentran por todas partes pero micrófonos y plumas solo hay para unos cuantos y son siempre los mismos-, para embarcar al país en el cotilleo como única forma de pasar el tiempo, para alimentar el morbillo y…-AHÍ LE DUELE- para engordar la cuenta de resultados.
Pero lo peor de todo es que me parece que también los perjudicados entran al trapo con una nobleza propia de los cornúpetas más imbéciles, que también ellos asumen el asunto este de ganadores y de perdedores porque también da la impresión de que coinciden en esa manera de interpretar la vida.
¿Qué es hoy Tomás Gómez que no fuera hace unos días? Nada, absolutamente nada. ¿Qué tiene de menos hoy Trinidad Jiménez que la semana pasada? Nada, absolutamente nada. Pero si hasta en términos electorales solo les han separado unos cuantos votos. ¿Y si al resultado le cambiamos las caras? ¿Por qué tanta sandez y tanto aspaviento? ¿Por qué tanto humo donde no hay ni rastro de incendio?
Pues todas las miradas para ver cualquier gesto que indique que unos andan laminando a los otros, como si esto fuera un carnaval continuo y no interesara algo más todo lo que sucede a cualquier españolito de a pie. Entiéndase, claro, que el españolito de a pie no vende y entonces el morbo y la cuenta de resultados se resienten. Cachis...
Leer y escuchar opiniones me lleva a pensar que son los medios los que articulan todo a su antojo y en su beneficio, que se inventan la realidad con una desvergüenza que esconde sus miserias en eso que llaman libertad de expresión. Por eso me gustaría incendiar más de uno y más de dos.
Pero, si fuera verdad todo lo que proclaman, entonces me gustaría hacer lo mismo con los protagonistas de sus conjeturas y mandarlos bien lejos, donde huelan poco por la distancia.
Porque vuelvo a clamar por las ideas, por algún proyecto trabado y racional en el que el ser humano encuentre su posición central, cualquier ser humano, no el vencedor ocasional de no sé qué elección. De jugar a jefes y subordinados, cuando no a sátrapas y acólitos atontados, estoy ya hasta el gorro.
miércoles, 6 de octubre de 2010
martes, 5 de octubre de 2010
DE CURSO NATURAL
DE CURSO NATURAL
Prolifera lo inútil y lo zafio
cuando se llega el tiempo de aricar
la huerta y de abonar
las tierras en barbecho del viejo labrantío.
parece que el invierno cristaliza
las luces naturales, las semillas
rezagadas en medio de los surcos
y olvidadas por cualquier vendaval.
Los primitivos rayos de la alta primavera
se encargan de dar vida y cuerpo alegre
a todo lo que andaba sumergido
en leyes de exigencia natural,
aislado del estiércol y apartado
de toda ínfima mano
que injerta los productos naturales.
Si tú vas a buscar la primavera,
que vuelvas del mercado con la canasta al hombro,
con las manos tan blancas como el espacio limpio
que ocupa la simiente.
Invade los jardines y las tierras
para vivir con ellos. Con tus manos
desnúdate en el surco y pon tu cuerpo
a calentar su piel en medio de la mies.
Otros productos nuevos verán luz más diáfana,
como tu vida misma resuelta en el azar.
Prolifera lo inútil y lo zafio
cuando se llega el tiempo de aricar
la huerta y de abonar
las tierras en barbecho del viejo labrantío.
parece que el invierno cristaliza
las luces naturales, las semillas
rezagadas en medio de los surcos
y olvidadas por cualquier vendaval.
Los primitivos rayos de la alta primavera
se encargan de dar vida y cuerpo alegre
a todo lo que andaba sumergido
en leyes de exigencia natural,
aislado del estiércol y apartado
de toda ínfima mano
que injerta los productos naturales.
Si tú vas a buscar la primavera,
que vuelvas del mercado con la canasta al hombro,
con las manos tan blancas como el espacio limpio
que ocupa la simiente.
Invade los jardines y las tierras
para vivir con ellos. Con tus manos
desnúdate en el surco y pon tu cuerpo
a calentar su piel en medio de la mies.
Otros productos nuevos verán luz más diáfana,
como tu vida misma resuelta en el azar.
lunes, 4 de octubre de 2010
MÚSICA, MAESTRO
En los Pinos, el cielo andaba gris y la mañana fresca, que lo he visto yo con mis propios ojitos y lo he sentido en mi piel. No he oído a nadie, ni a los pájaros, hablar de ningún partido de fútbol ni de las primarias madrileñas. Allí se habla de luz y de colores, de aire y de sonidos, de agua y gravedad, de senderos y fuentes, de matas de castaños, de pinos y de cielos, allí las ideas circulan sin semáforos y se dan la mano para ordenarse limpias y sin aristas.
Pero he vuelto a mi casa y el conducto infinito de Internet me vomita opiniones, resultados de fútbol, deportes a gogó, titulares babosos y repletos de inquina, negocios y negocios, y después más negocios.
Me siento y me recreo escuchando algo de música. Es un fondo que de nuevo me aleja de opiniones menores, de expresiones bífidas y de intereses bastardos y particularizados hasta la contradicción y la impudicia. Repasar los titulares que se le dedican hoy a los resultados de las elecciones primarias en el PSOE de Madrid puede ser un buen ejemplo de lo que digo.
Uno tiene casi la seguridad de que lo único que juega son las personas y de que, otra vez, el encumbramiento de uno supone obligatoriamente la demonización del adversario. A casi nadie parece importarle nada que no se visualice en ganadores y perdedores de carne y hueso.
Uno, desde su torpeza, sigue pensando que se deberían dilucidar otros asuntos tales como la carga ideológica de cada aspirante, las posibilidades de ganar o perder, la democracia en la elección, el funcionamiento interno de los partidos políticos, los momentos en los que se producen estos procesos… Y que este ejemplo sirva de trampolín para reflexionar acerca de lo que un procedimiento como este supondría en todas las agrupaciones y en todos los tiempos.
Pues no hay casi nada de eso; aquí las balas enseguida apuntan hacia unos y hacia otros como si fueran ellos (y los juzgadores, claro) los únicos que se jugaran los garbanzos en todo este asunto. Después no es de extrañar que los “ganadores” caigan continuamente en la tentación de sacar pecho y de personalizar ellos también los resultados y de convertirse en conseguidores y personas que han llegado hasta no se sabe dónde por sus propios méritos.
Yo suelo jugar a perdedor, pero esta vez he ganado en la apuesta. ¿Qué me jugaba yo aquí? Aparentemente nada pues yo no vivo en Madrid, aunque la visito y la considero, yo también, rompeolas de todas las Españas. ¿Entonces, por qué la apuesta? Sencillamente porque me apetece que se rompan las inercias que marcan la vida de todos los partidos, según las cuales, cualquier propuesta que proceda de centros de decisión tiene el plus de la bondad, mientras que las iniciativas que se sugieren en las bases se las ven y se las desean para abrirse paso. Y todo ello sin tirar cohetes porque aquí el candidato ganador también estaba instalado en otro aparato, aunque más pequeño y un poco más al alcance de todos. Por lo demás, bien poco me importa un rostro u otro distinto. Lo que interesa es una ideología plasmada en un buen proyecto, y, a su servicio, las personas más valiosas. Ellas aportarán en ese momento sus mejores energías a su desarrollo y al bien común que deben propugnar. Y en la ocasión siguiente vendrán otros, que lo intentarán de nuevo, con renovadas energías. Y los personalismos, al carajo, sobre todo cuando las consecuciones se producen sin igualdad de oportunidades, o sea, casi siempre, o siempre.
Mientras tanto, cielo y nubes, árboles y agua, viento y luces… Y un poco de honradez en la epidemia que puebla las aceras.
Pero he vuelto a mi casa y el conducto infinito de Internet me vomita opiniones, resultados de fútbol, deportes a gogó, titulares babosos y repletos de inquina, negocios y negocios, y después más negocios.
Me siento y me recreo escuchando algo de música. Es un fondo que de nuevo me aleja de opiniones menores, de expresiones bífidas y de intereses bastardos y particularizados hasta la contradicción y la impudicia. Repasar los titulares que se le dedican hoy a los resultados de las elecciones primarias en el PSOE de Madrid puede ser un buen ejemplo de lo que digo.
Uno tiene casi la seguridad de que lo único que juega son las personas y de que, otra vez, el encumbramiento de uno supone obligatoriamente la demonización del adversario. A casi nadie parece importarle nada que no se visualice en ganadores y perdedores de carne y hueso.
Uno, desde su torpeza, sigue pensando que se deberían dilucidar otros asuntos tales como la carga ideológica de cada aspirante, las posibilidades de ganar o perder, la democracia en la elección, el funcionamiento interno de los partidos políticos, los momentos en los que se producen estos procesos… Y que este ejemplo sirva de trampolín para reflexionar acerca de lo que un procedimiento como este supondría en todas las agrupaciones y en todos los tiempos.
Pues no hay casi nada de eso; aquí las balas enseguida apuntan hacia unos y hacia otros como si fueran ellos (y los juzgadores, claro) los únicos que se jugaran los garbanzos en todo este asunto. Después no es de extrañar que los “ganadores” caigan continuamente en la tentación de sacar pecho y de personalizar ellos también los resultados y de convertirse en conseguidores y personas que han llegado hasta no se sabe dónde por sus propios méritos.
Yo suelo jugar a perdedor, pero esta vez he ganado en la apuesta. ¿Qué me jugaba yo aquí? Aparentemente nada pues yo no vivo en Madrid, aunque la visito y la considero, yo también, rompeolas de todas las Españas. ¿Entonces, por qué la apuesta? Sencillamente porque me apetece que se rompan las inercias que marcan la vida de todos los partidos, según las cuales, cualquier propuesta que proceda de centros de decisión tiene el plus de la bondad, mientras que las iniciativas que se sugieren en las bases se las ven y se las desean para abrirse paso. Y todo ello sin tirar cohetes porque aquí el candidato ganador también estaba instalado en otro aparato, aunque más pequeño y un poco más al alcance de todos. Por lo demás, bien poco me importa un rostro u otro distinto. Lo que interesa es una ideología plasmada en un buen proyecto, y, a su servicio, las personas más valiosas. Ellas aportarán en ese momento sus mejores energías a su desarrollo y al bien común que deben propugnar. Y en la ocasión siguiente vendrán otros, que lo intentarán de nuevo, con renovadas energías. Y los personalismos, al carajo, sobre todo cuando las consecuciones se producen sin igualdad de oportunidades, o sea, casi siempre, o siempre.
Mientras tanto, cielo y nubes, árboles y agua, viento y luces… Y un poco de honradez en la epidemia que puebla las aceras.
domingo, 3 de octubre de 2010
MAÑANA SERÁ OTRO DÍA
Unas potentes ráfagas de lluvia, movidas por el viento, me han puesto y nos han puesto caritas de otoño y nos han pintado un paisaje gris y húmedo. En mi plaza yo he aparcado el coche junto a un charco de agua, con el recuerdo a cuestas del concejal de turno al que tantas veces he advertido que la deficiencia se subsana con simple educación y con un ratito que le eche un operario municipal.
Volvía de despedir un día especial al lado de mi familia y en casa de mi suegro. Estas comidas, que en esta familia se repiten con frecuencia, me dibujan una realidad en la cual el tiempo va marcando diferencias e identidades, perfiles y situaciones particulares. El tiempo, siempre el tiempo, esa eterna vara de medir las acciones del ser humano. Y las circunstancias, tan particulares, tan personales, tan individualizadas. Y no solo persona por persona sino familia por familia.
Mi familia personal se ha modificado desde hace algo más de un año con un ser adorable al que todos queremos muchísimo. Sara es el centro de todas las reuniones y no tiene que compartir por ahora territorios con otros bebés. Cualquier día vendrá algún ser más, a mi familia personal y a la suma de nuestras familias. Y se repartirán las atenciones, y se modificarán las formas, y parecerá todo un poco diferente.
El tiempo, siempre el tiempo.
Mis hijos se han marchado a media tarde a sus respectivos destinos. Cuando esto sucede, yo me quedo un poquito vacío en mis sentimientos, pensando y repensando todo lo que daría por tenerlos a mi lado siempre y lo que acarrea el vértigo de la modernidad, de la movilidad y de la globalidad. Y no todo me parece precisamente positivo. Después me vengo arriba y me recupero.
Hasta la siguiente caída.
Hoy el tiempo se ha aliado conmigo en este tono gris y un poco airado y mocosín. Venga, mañana será otro día.
Volvía de despedir un día especial al lado de mi familia y en casa de mi suegro. Estas comidas, que en esta familia se repiten con frecuencia, me dibujan una realidad en la cual el tiempo va marcando diferencias e identidades, perfiles y situaciones particulares. El tiempo, siempre el tiempo, esa eterna vara de medir las acciones del ser humano. Y las circunstancias, tan particulares, tan personales, tan individualizadas. Y no solo persona por persona sino familia por familia.
Mi familia personal se ha modificado desde hace algo más de un año con un ser adorable al que todos queremos muchísimo. Sara es el centro de todas las reuniones y no tiene que compartir por ahora territorios con otros bebés. Cualquier día vendrá algún ser más, a mi familia personal y a la suma de nuestras familias. Y se repartirán las atenciones, y se modificarán las formas, y parecerá todo un poco diferente.
El tiempo, siempre el tiempo.
Mis hijos se han marchado a media tarde a sus respectivos destinos. Cuando esto sucede, yo me quedo un poquito vacío en mis sentimientos, pensando y repensando todo lo que daría por tenerlos a mi lado siempre y lo que acarrea el vértigo de la modernidad, de la movilidad y de la globalidad. Y no todo me parece precisamente positivo. Después me vengo arriba y me recupero.
Hasta la siguiente caída.
Hoy el tiempo se ha aliado conmigo en este tono gris y un poco airado y mocosín. Venga, mañana será otro día.
sábado, 2 de octubre de 2010
LEER
LEER
Leer mientras esperas y no esperas,
leer por aprender a no estar solo,
leer durante el tiempo de reposo,
leer lo que parece una novela,
leer todas las horas que nos dejan,
leer por dar placer a nuestros ojos,
leer a contratiempo y por antojo,
leer todos los cuentos de Calleja,
leer bajo la luz de la mañana,
leer bajo la luz del medio día,
leer bajo los rayos de la tarde,
leer y convertir la vida en nada,
leer hasta gozar la melodía,
leer el fuego, la ceniza, el aire.
Leer mientras esperas y no esperas,
leer por aprender a no estar solo,
leer durante el tiempo de reposo,
leer lo que parece una novela,
leer todas las horas que nos dejan,
leer por dar placer a nuestros ojos,
leer a contratiempo y por antojo,
leer todos los cuentos de Calleja,
leer bajo la luz de la mañana,
leer bajo la luz del medio día,
leer bajo los rayos de la tarde,
leer y convertir la vida en nada,
leer hasta gozar la melodía,
leer el fuego, la ceniza, el aire.
viernes, 1 de octubre de 2010
CUALQUIER PASEO POR LOS PINOS
Los Pinos se hacen ya naturaleza cuando abandonan la compañía de las edificaciones. Desde el Puente Nuevo hasta CAMPyCO conviven con empinadas escaleras que invitan a subirse en ellas hasta ascender y perderse, con una estrecha carretera demasiado transitada que empuja a los vehículos hasta dejarlos en la ladera del monte, con el hermoso río que los bordea escondido en lo más hondo y rumoroso siempre, con una guardería tendida al sol todo el día y mirando a los frondosos castañares, con una iglesia erigida como vigía perpetua de la ciudad de Béjar, con un colegio que se abre a la vida con la presencia de los bulliciosos alumnos, con unos pequeños espacios de ocio para niños y con el edificio de CAMPyCO ya casi natural entre la naturaleza. Tal vez les hemos robado demasiado espacio a los Pinos, al Tomillar de Béjar.
Un buen paseo por los Pinos puede comenzar tranquilamente a la altura del Colegio “María Díaz” y de CAMPyCO. Desde allí, una mirada lenta a la ciudad tranquila y alargada te hace sentir por encima de toda preocupación y te sumerge, en unos cuantos pasos, entre pinos y aromas, entre sombras y soles, entre brisas y rumores, entre silencios y ecos, entre sonidos de los pájaros y rumores del viento. Buen lugar para echarse a pensar y a sentir.
Conviene arrancar sin prisa y con sosiego porque todo sorprende y no hay transición: de golpe y sin solución de continuidad, es todo naturaleza, árboles, viento, luz y sombras. Y comenzar a hollar por el sendero es comenzar también a despejar la mente, a dar paso a los sentidos, a acercarse a uno mismo, a dar cabida a cualquier pensamiento. Cuando esto se hace por la mañana -a buena hora mejor-, el tiempo se detiene en un paréntesis y te deja un ratito para ordenar ideas y para situarte en medio del tráfago del tiempo y de la vida.
Enseguida el camino se bifurca en la ascensión. Cualquier dirección es buena. Yo suelo encarar la que apunta hacia la derecha, en dirección sureste. Me enfrenta con los inmensos castañares que le ponen frente y espejo a estos pinares, y con la alta sierra, escalón que precede a nuestros cielos. Cuando el bosque se abre y se hace ladera empinada y calva, se dejan ver los efectos del último incendio que desbrozó y aniquiló esta ladera que se desploma en el río. Pero la naturaleza ha seguido su curso y rápidamente ha renovado su suelo y ha dejado crecer apuntes de nuevos pinos, de espinos y de robles que se alzan pequeñitos a la vida, entre altísimos juncos y algún que otro zarzal. Nada puede contra la energía y el curso de la naturaleza, ni la mano del hombre. No entiendo, sin embargo, por qué no ha llegado hasta la ladera ningún intento de repoblación forestal.
La cuesta es muy suave y enseguida se llega hasta el rellano que da paso al estanque de las aguas, tan escondido e integrado entre los pinos y al borde del camino. Su fuente invita, como todas, a templar cualquier sed del caminante y vierte sus sobras en una diminuta regadera rumorosa que se adentra en un prado y se pierde entre las hierbas.
Por allí el camino se allana y apenas cuesta dar vuelta a los pinares y observar cómo se escalonan los árboles. El suelo aquí no es rico pues los pinos lo agotan con sus restos que ponen ácida la tierra. Pero, entre sus hojas secas, se abren paso nuevos brotes de pinos al lado de los helechos y de los retoños de castaño, seguramente el árbol originario de estos parajes. A la altura de los helechos y de los brotes de castaño, se asoman algunos espinos y zarzales, pero nunca densos ni dominantes.
El tercer escalón lo ocupan los castaños crecidos, que buscan su supervivencia entre los altos pinos. No son muchos pero buscan la luz y el cielo constantemente y para ellos son los rayos que dejan pasar las ramas de los pinos. El último piso, elevado y majestuoso, es el de las copas de los pinos. Su cuidado, sus podas y su edad los han convertido en los reyes del paraje. Sus hojas perennes pero eternamente renovadas contrastan con el azul del cielo y luchan por quedarse con toda la luz que llega desde lo alto. La Cascada, la Fuente de la Hoja no son más que remansos sonoros en los que detenerse para templar la fuerza del camino, para dejar sudores en verano o para armonizar sonidos en cualquier estación.
Al lado sigue el Bosque, con sus paredes altas, con su historia dorada, con sus arreglos eternos, con su robledal tupido, con sus paseos mullidos… Se hermanan el Bosque y los Pinos con ese camino pedregoso y sombrío que el caminante de los Pinos recorre sin tiempo y sin espacio.
Los Pinos siempre dan la temperatura generosa del escaso frío y de calores rebajados. Por eso todo el año invitan a ser paseados, a gozar de sus brisas y de sus aromas y a detenerse a beber de sus fuentes mientras se escucha el sonido de cualquier pájaro que se ha perdido contemplando desde lo alto la belleza del paraje.
Suelo volver por la parte baja de la ladera que se acerca al río, aunque este no se deja ver hasta muy cerca del puente. No se deja ver pero sí oír en sus ecos y en su carrera hacia sus oficios y hacia su mar. Esta última parte ampara diversas variedades de pinos y de árboles más propios de las riberas y del rumor de las aguas.
¿Qué valgo yo en medio de esta naturaleza? ¿Qué ordeno yo en mi mente en medio de estos parajes? También en mi interior siento rumores que me traspasan todos y me habitan.
Cuando desemboco en el Puente Nuevo, otros ruidos y otras imágenes me pueblan los sentidos. Miro hacia arriba y pienso. Y cruzo en pensamiento la alameda y el río. El semáforo me engulle y me lleva hacia las calles, hacia el aliento de cada día.
Un buen paseo por los Pinos puede comenzar tranquilamente a la altura del Colegio “María Díaz” y de CAMPyCO. Desde allí, una mirada lenta a la ciudad tranquila y alargada te hace sentir por encima de toda preocupación y te sumerge, en unos cuantos pasos, entre pinos y aromas, entre sombras y soles, entre brisas y rumores, entre silencios y ecos, entre sonidos de los pájaros y rumores del viento. Buen lugar para echarse a pensar y a sentir.
Conviene arrancar sin prisa y con sosiego porque todo sorprende y no hay transición: de golpe y sin solución de continuidad, es todo naturaleza, árboles, viento, luz y sombras. Y comenzar a hollar por el sendero es comenzar también a despejar la mente, a dar paso a los sentidos, a acercarse a uno mismo, a dar cabida a cualquier pensamiento. Cuando esto se hace por la mañana -a buena hora mejor-, el tiempo se detiene en un paréntesis y te deja un ratito para ordenar ideas y para situarte en medio del tráfago del tiempo y de la vida.
Enseguida el camino se bifurca en la ascensión. Cualquier dirección es buena. Yo suelo encarar la que apunta hacia la derecha, en dirección sureste. Me enfrenta con los inmensos castañares que le ponen frente y espejo a estos pinares, y con la alta sierra, escalón que precede a nuestros cielos. Cuando el bosque se abre y se hace ladera empinada y calva, se dejan ver los efectos del último incendio que desbrozó y aniquiló esta ladera que se desploma en el río. Pero la naturaleza ha seguido su curso y rápidamente ha renovado su suelo y ha dejado crecer apuntes de nuevos pinos, de espinos y de robles que se alzan pequeñitos a la vida, entre altísimos juncos y algún que otro zarzal. Nada puede contra la energía y el curso de la naturaleza, ni la mano del hombre. No entiendo, sin embargo, por qué no ha llegado hasta la ladera ningún intento de repoblación forestal.
La cuesta es muy suave y enseguida se llega hasta el rellano que da paso al estanque de las aguas, tan escondido e integrado entre los pinos y al borde del camino. Su fuente invita, como todas, a templar cualquier sed del caminante y vierte sus sobras en una diminuta regadera rumorosa que se adentra en un prado y se pierde entre las hierbas.
Por allí el camino se allana y apenas cuesta dar vuelta a los pinares y observar cómo se escalonan los árboles. El suelo aquí no es rico pues los pinos lo agotan con sus restos que ponen ácida la tierra. Pero, entre sus hojas secas, se abren paso nuevos brotes de pinos al lado de los helechos y de los retoños de castaño, seguramente el árbol originario de estos parajes. A la altura de los helechos y de los brotes de castaño, se asoman algunos espinos y zarzales, pero nunca densos ni dominantes.
El tercer escalón lo ocupan los castaños crecidos, que buscan su supervivencia entre los altos pinos. No son muchos pero buscan la luz y el cielo constantemente y para ellos son los rayos que dejan pasar las ramas de los pinos. El último piso, elevado y majestuoso, es el de las copas de los pinos. Su cuidado, sus podas y su edad los han convertido en los reyes del paraje. Sus hojas perennes pero eternamente renovadas contrastan con el azul del cielo y luchan por quedarse con toda la luz que llega desde lo alto. La Cascada, la Fuente de la Hoja no son más que remansos sonoros en los que detenerse para templar la fuerza del camino, para dejar sudores en verano o para armonizar sonidos en cualquier estación.
Al lado sigue el Bosque, con sus paredes altas, con su historia dorada, con sus arreglos eternos, con su robledal tupido, con sus paseos mullidos… Se hermanan el Bosque y los Pinos con ese camino pedregoso y sombrío que el caminante de los Pinos recorre sin tiempo y sin espacio.
Los Pinos siempre dan la temperatura generosa del escaso frío y de calores rebajados. Por eso todo el año invitan a ser paseados, a gozar de sus brisas y de sus aromas y a detenerse a beber de sus fuentes mientras se escucha el sonido de cualquier pájaro que se ha perdido contemplando desde lo alto la belleza del paraje.
Suelo volver por la parte baja de la ladera que se acerca al río, aunque este no se deja ver hasta muy cerca del puente. No se deja ver pero sí oír en sus ecos y en su carrera hacia sus oficios y hacia su mar. Esta última parte ampara diversas variedades de pinos y de árboles más propios de las riberas y del rumor de las aguas.
¿Qué valgo yo en medio de esta naturaleza? ¿Qué ordeno yo en mi mente en medio de estos parajes? También en mi interior siento rumores que me traspasan todos y me habitan.
Cuando desemboco en el Puente Nuevo, otros ruidos y otras imágenes me pueblan los sentidos. Miro hacia arriba y pienso. Y cruzo en pensamiento la alameda y el río. El semáforo me engulle y me lleva hacia las calles, hacia el aliento de cada día.
jueves, 30 de septiembre de 2010
SOLO SOMOS DESPOJOS
SOLO SOMOS DESPOJOS DEL VIENTO Y DE LA NADA
En la imposible abdicación del tiempo,
en el denso silencio de la tierra,
rotas todas las torres de la ciudad vacía,
notas rodadas al viento de alguna melodía
compuesta con la ausencia y el vacío,
en la profanación del páramo infinito,
desde el rumor de una corriente tan solo presentida,
la luz en su cenit nos ha reconocido.
Todo lo que es pasado se almacena
en cualquier vertedero de la ciudad prohibida,
detrás de las murallas de noche y de silencio.
No nos es permitido traspasar las murallas
de esa ciudad oscura.
Buscamos que sus calles manden ecos
de pisadas, de musgos, de encendidas
palabras que invocan el futuro.
Solo noche y ausencia, sosiego y afonía.
¿Por qué no nos olvida
esta luz delatora,
si en un breve momento,
seremos sombra y sueño, soledad y abandono?
En la imposible abdicación del tiempo,
en el denso silencio de la tierra,
rotas todas las torres de la ciudad vacía,
notas rodadas al viento de alguna melodía
compuesta con la ausencia y el vacío,
en la profanación del páramo infinito,
desde el rumor de una corriente tan solo presentida,
la luz en su cenit nos ha reconocido.
Todo lo que es pasado se almacena
en cualquier vertedero de la ciudad prohibida,
detrás de las murallas de noche y de silencio.
No nos es permitido traspasar las murallas
de esa ciudad oscura.
Buscamos que sus calles manden ecos
de pisadas, de musgos, de encendidas
palabras que invocan el futuro.
Solo noche y ausencia, sosiego y afonía.
¿Por qué no nos olvida
esta luz delatora,
si en un breve momento,
seremos sombra y sueño, soledad y abandono?
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