viernes, 7 de mayo de 2010

PUES VAMOS A LA MATERIA

¿Y qué enseña la historia? Muchas, muchísimas cosas. Si es interpretada y no solo descrita como ratón de biblioteca. Por ejemplo ese desprendimiento de los dogmas, ese camino lento en el que el hombre se reconoce a sí mismo, advierte los errores que ha cometido e intenta su corrección en busca de una vida un poco más justa y adaptada a los parámetros de su inteligencia y de sus limitaciones.

Seguramente, los mejores impulsores del conocimiento y, sobre todo, de la transformación de la historia son los marxistas. Su hora había llegado, su misión era necesaria, su esquema de vida cuajó y estructuró la convivencia del final del S XIX y de todo el S XX. Cómo me gustaría perorar acerca de la actualidad del marxismo en la situación de crisis actual.

Pero que sea el propio Marx el que hable.

K. Marx: “La crítica de la religión ha llegado, en lo esencial, a su fin, y la crítica de la religión es la premisa de toda crítica.

La existencia profana del error ha quedado comprometida, una vez que se ha refutado su “celestial oratio pro aris et focis”. El hombre, que solo ha encontrado en la realidad fantástica del cielo, donde buscaba su superhombre, el reflejo de sí mismo, no se sentirá ya inclinado a encontrar ya solamente la apariencia de sí mismo, el no hombre, donde lo que busca y debe necesariamente buscar es su verdadera realidad.
El fundamento de la crítica religiosa es: el hombre hace la religión; la religión no hace al hombre. Y la religión es, bien entendido, la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que aún no se ha adquirido a sí mismo o ya ha vuelto a perderse. Pero el hombre no es un ser abstracto, agazapado fuera del mundo. El hombre es el mundo de los hombres, el Estado, la sociedad. Este Estado, esta sociedad, producen la religión como una conciencia del mundo invertida, porque ellos son un mundo invertido. La religión es la teoría general de este mundo, su compendio enciclopédico, su lógica bajo forma popular, su pundonor espiritualista, su entusiasmo, su sanción moral, su solemne complemento, su razón general de consolación y justificación. Es la fantástica realización de la esencia humana, porque la esencia humana carece de verdadera realidad. La lucha contra la religión es, por tanto, indirectamente, la lucha contra aquel mundo que tiene en la religión su aroma espiritual.

La miseria religiosa es, de una parte, la expresión de la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura agobiada, el estado de ánimo de un mundo sin corazón, porque es el espíritu de los estados de cosas carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo.

La superación de la religión como la dicha ilusoria del pueblo es la exigencia de su dicha real. Exigir sobreponerse a las ilusiones acerca de un estado de cosas vale tanto como exigir que se abandone un estado de cosas que necesita de ilusiones. La crítica de la religión es, por tanto, en germen, la crítica del valle de lágrimas que la religión rodea de un halo de santidad.” Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel.

Y en las Tesis sobre Feuerbach: “La esencia humana no es algo abstracto e inmanente a cada individuo. Es, en realidad, el conjunto de las relaciones sociales.”

“Toda vida social es esencialmente práctica. Todos los misterios que inducen a la teoría, al misticismo, encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esa práctica.”

“A lo más que puede llegar el materialismo contemplativo es a contemplar a los diversos individuos sueltos y a la sociedad civil.”

“El punto de vista del materialismo antiguo es la sociedad civil; el del materialismo moderno, la sociedad humana o la humanidad social.”

“Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo.”

O sea, dosis de materialismo histórico, de sociología, de política, de economía… de transformación. Del ser humano y de la realidad, de esa realidad a la que podemos pedir tantas cosas pero de la que acaso no podamos abusar. La filosofía acaso sea ya un poco más ciencia e investigación.

Pero eso, para otro rato.

jueves, 6 de mayo de 2010

LOS LÍMITES

Un pequeño descanso para el quehacer del hombre y vuelta a la realidad de la esencia primera, mirada atrás y de nuevo arriba. No se les ha olvidado a los pensadores la posibilidad, la probabilidad y acaso la realidad y la certeza de un principio de principios. Lo importante no es el hecho, lo esencial es la nueva forma de encararlo. Y la búsqueda se hace ya desde la razón y no desde el sometimiento, desde los límites del quehacer humano y no desde el susto de ajustar todos los anhelos a la verdad de la que ya se partía. El partido es ahora a tumba abierta, con desarrollo incierto pero con la valentía de aceptar los resultados de laboratorio, lo que van precipitando los ensayos, lo que nos van revelando los análisis de sangre, de palabras y de pensamientos.

Hay una línea que va desde Descartes y que pasa tal vez por Spinoza, Hume, Kant y llega hasta Hegel y Nietzsche. En ella se van exprimiendo las capacidades mentales más teóricas, se van descubriendo los límites y la capacidad de nuestro entendimiento, se van poniendo al descubierto nuestras miserias y nuestras bondades. Pero son las nuestras, las del ser humano. Desde aquel “pienso, luego existo” hasta la “muerte de Dios”, se desencadena toda la tormenta mental y se producen todas las sequedades imaginables.

Estas son algunas gotas de esa lluvia:

Descartes: “Así pues, no queda más que la idea de Dios, en la cual es preciso considerar si hay algo que haya podido proceder de mí mismo. Bajo el nombre de Dios entiendo una sustancia infinita, eterna, inmutable, independiente, omnisciente, todopoderosa, y por la cual yo mismo y todas las demás cosas que existen (si es verdad que existen) han sido creadas y producidas. Tales atributos son tan grandes y eminentes que cuanto más atentamente los considero menos me convenzo de que la idea que poseo pueda tener su origen en mí mismo. Y, por consiguiente, es preciso concluir necesariamente de todo lo dicho antes que Dios existe; pues aunque la idea de sustancia esté en mí, porque soy una sustancia, no por eso, sin embargo, poseería la idea de una sustancia infinita, yo que soy un ser finito, si no hubiese sido puesta en mí por alguna sustancia verdaderamente infinita.” Meditaciones metafísicas.

B. Spinoza: “Corolario: Según la guía de la razón, apeteceremos un mal menor presente que sea causa de bien mayor futuro, y renunciaremos a un bien menor presente que sea causa de un mal mayor futuro. …
Escolio: Así, pues, si confrontamos esto con lo que hemos mostrado en esta Parte, acerca de a fuerza de los afectos, veremos fácilmente qué diferencia hay entre el hombre que se guía por el solo afecto, o sea, por la opinión, y el hombre que se guía por la razón. El primero, en efecto, obra -quiéralo o no- sin saber en absoluto lo que se hace, mientras que el segundo no ejecuta la voluntad de nadie, sino solo la suya, y hace solo aquellas cosas que sabe que son primordiales en la vida y que, por esa razón, desea en el más alto grado. Por eso llamo al primero esclavo, y al segundo libre.” Ética.

D. Hume: “En estas cuatro ciencias: lógica, moral, crítica de arte y letras, y política, está comprendido todo lo que de algún modo nos interesa conocer, o que queda tender al progreso o refinamiento de la mente humana.” Tratado de naturaleza humana.

“Antes de lanzarme a las inmensas profundidades de la filosofía que yacen ante mí, me siento inclinado a detenerme por un momento en mi situación y a sopesar el viaje emprendido, que requiere sin duda el máximo de arte y aplicación para ser llevado a feliz término, Me siento como alguien que, habiendo embarrancado en los escollos y escapado con grandes apuros del naufragio gracias a haber logrado atravesar un angosto y difícil paso, tiene sin embargo la temeridad de lanzarse al mar en la misma embarcación agrietada y batida por las olas... (…) Pero por fortuna sucede que, aunque la razón sea incapaz de disipar estas nubes, la naturaleza misma se basta para este propósito, y me cura de la melancolía y de este delirio filosófico, bien relajando mi concentración mental o bien por medio de alguna distracción…” Tratado de la naturaleza humana.

Kant: “No hay duda de que todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia.”
“Al menos una de las cuestiones que se hallan más necesitadas de un detenido examen y que no pueden despacharse de un plumazo es la de saber si existe semejante conocimiento independiente de la experiencia e, incluso, de las impresiones de los sentidos. Tal conocimiento se llama a priori y se distingue del empírico, que tiene fuentes a posteriori, es decir, en la experiencia.” Crítica de la razón pura.
“El ámbito de la filosofía se reduce a las cuestiones siguientes: 1) ¿Qué puedo saber?; 2) ¿Qué debo saber?; 3) ¿Qué me está permitido esperar?; 4) ¿Qué es el hombre?
A la primera cuestión responde la metafísica, a la segunda la moral, a la tercera la religión, a la cuarta la antropología. Pero en el fondo, se podría reducir todo a la antropología ya que las tres primeras cuestiones se refieren a la última.” Lógica.

Hegel: “Tras estas consideraciones turbadoras, uno se pregunta cuál es el fin de todas esas realidades individuales. No se agotan en sus fines particulares; todo debe contribuir a una obra. En la base de este inmenso sacrificio del Espíritu debe hallarse un fin último. La cuestión es saber si, bajo el tumulto reinante en la superficie, no se lleva a cabo una obra silenciosa y secreta en la que se conservará toda la fuerza de los fenómenos. Lo que nos preocupa es la gran variedad, el contraste de ese contenido. Vemos cómo cosas opuestas son veneradas como sagradas y pretenden representar el interés de la época y de los pueblos. Nace así la necesidad de hallar en la Idea la justificación de tan decadencia. Esta consideración nos lleva a la tercera categoría, a la búsqueda de un fin en sí y para sí último. Se trata de la categoría misma de la Razón, que existe en la conciencia como fe en la omnipotencia de la Razón sobre el mundo. La prueba nos la proporcionará precisamente el estudio de la historia, porque esta no es sino la imagen y el acto de la razón.”

Pues eso.

miércoles, 5 de mayo de 2010

LA META ES LA MISMA

Y no importa demasiado si la naturaleza del hombre se entiende bondadosa o se comprueba maliciosa. Al final, la necesidad del pacto se hace imprescindible. En el otro extremo se halla Rousseau para quien la bondad natural del ser humano no le desliga de la necesidad de un pacto social como forma de soportar la supervivencia y de mejorarla si es posible. Parece mentira que un tipo tan controvertido en lo personal esbozara una concepción social tan amplia y de tantas consecuencias para todos nosotros. Porque ya en estas ideas se manifiesta un pensador absolutamente contemporáneo. Por cierto, se habla siempre de un contrato social, o sea, mirando siempre a grupos, a pluralidades, a comunidades. Así que selecciono algunas palabras de su Contrato Social:

Libro I

“El hombre ha nacido libre y en todas partes está encadenado.” Cap. 1

“La más antigua de todas las sociedades y la más natural es la de la familia.” Cap. 2 Frase rouqueña donde las haya.

“El más fuerte no es nunca lo bastante fuerte para ser siempre el amo, si no transforma su fuerza en derecho y la obediencia en deber.” Cap. 3

“Puesto que ningún hombre tiene autoridad natural sobre su semejante, y puesto que la fuerza no produce ningún derecho, quedan, pues, las convenciones como base de toda autoridad legítima entre los hombres.” Cap. 4

“Encontrar una forma de asociación que defienda y proteja con toda la fuerza común a la persona y los bienes de cada asociado, por la cual, uniéndose cada uno a todos, no obedezca, sin embargo, más que a sí mismo y permanezca tan libre como antes. Tal es el problema fundamental, cuya solución da el contrato social.” Cap. 5

Libro II

“La voluntad es siempre recta y tiende siempre a la utilidad pública; pero no se deduce que las deliberaciones del pueblo tengan siempre la misma rectitud. Se quiere siempre su propio bien, pero no siempre se ve cuál es ese bien. Al pueblo no se le corrompe nunca, pero con frecuencia se le engaña, y es solo entonces cuando parece que quiere lo que está mal.” Cap. 3

“El pueblo, por sí mismo, quiere siempre el bien, pero no siempre lo ve por sí mismo.” Cap. 6

“Para dar leyes a los hombres, harían falta dioses.” Cap. 7

“La libertad puede adquirirse, pero jamás recobrarse.” Cap. 8

Libro III

“No es bueno que el que hace las leyes las ejecute, ni que el cuerpo del pueblo desvíe su atención de las cosas generales para ponerla en las particulares. Nada más peligroso que la influencia de los intereses privados en los asuntos públicos y el abuso de las leyes por el gobierno.” Cap. 4

“Resulta, pues, que cuando se pregunta en términos absolutos, cuál es el mejor gobierno, se plantea una cuestión insoluble por indeterminada; o si se quiere, tiene tantas buenas soluciones como combinaciones posibles hay en las posiciones absolutas y relativas de los pueblos.” Cap. 9

Libro IV

“Al principio los hombres no tuvieron más reyes que los dioses, ni más gobierno que el teocrático. Hicieron el razonamiento de Calígula, y en este caso razonaban bien. Hace falta una larga alteración de sentimientos y de ideas para que los hombres puedan resolverse a tomar a su semejante por dueño y señor y para pensar que les irá bien así.” Cap. 8

Y tantas otras muestras en las que intenta la trabazón social de ese contrato en el que confía y que tan necesario concibe. Es S XVIII pero bien podía ser ya S XXI. Sospecho que muchos de nuestros dirigentes tendrían que leer con calma alguno de estos tratados. Después deberían llegar la aceptación o el rechazo de las ideas que incluyen. Y su aplicación racional. Quién sabe.

HACIA UN CONTRATO SOCIAL

De las variables contrapuestas en las que se tiene que mover el ser humano, de las controversias con las razones (ya en plural, como plurales son los hombres) tiene que surgir alguna posibilidad de encuentro para salvar la supervivencia. Las razones se enfrentan, se confrontan y necesitan el respeto y el acuerdo. La solución parece que solo tiene un camino, el del acuerdo, el del contrato social, el de la ley pública, el del Estado con leyes que lo regulen, el de la cesión de soberanía individual en manos de algún representante social y colectivo.

Se dibujan, como casi siempre, dos líneas que apuntan a caminos distintos pero que aspiran a la misma meta. Por ellos transitan pensadores como Rousseau o como Hobbes.
De nuevo copio palabras de estos autores suficientemente explícitas:

T. Hobbes: El contrato social: “Es, por tanto, un precepto de derecho natural que cada hombre renuncie al derecho que tiene, según la naturaleza, a todas las cosas. Pues cuando varios hombres tienen derecho a todas las cosas y además a las de otras personas, si se sirven de él se produce una invasión por parte de unos y resistencia por la de otros, lo que equivale a la guerra, y esto es contrario a la ley natural, que, resumiendo, consiste en hacer la paz.

Cuando un hombre renuncia y se despoja de su derecho, puede simplemente abandonarlo o puede transferirlo a otra persona. Abandonarlo equivale a declarar mediante signos suficientes que no desea ejercitar por más tiempo una acción que tenía derecho a ejercer anteriormente. Transferir el derecho a otro equivale a declarar a este mediante signos suficientes, que acepta, que su voluntad es no resistir o impedir (su acción) , de acuerdo con el derecho que tenía al respecto antes de transferirlo. Pues i se tiene en cuenta que, según la naturaleza, cada hombre tiene derecho a todas las cosas, resulta imposible que un hombre transmita a otro un derecho que no haya poseído antes. Por tanto, todo lo que hace un hombre al transferir un derecho equivale simplemente a una declaración de la voluntad de soportar que se beneficie de é, sin molestias, aquel a quien ha transferido el derecho. Por ejemplo, cuando un hombre da a otro su tierra o sus bienes entregados, o bien, en todo caso, de impedirle servirse de lo que le da”. Elementos de derecho natural.

Y en otro lugar: “En el gobierno de un Estado bien establecido, cada particular no se reserva más libertad que aquella que precisa para vivir cómodamente y en plena tranquilidad, ya que no quita a los demás más que aquello que les hace temibles. Así pues, fuera de la sociedad, cada uno tiene derecho sobre todas las cosas, aunque no puede gozar de ninguna; pero en la república cada uno goza tranquilamente de su derecho particular. Fuera de la sociedad civil, no hay más que un continuo latrocinio y muerte de uno por el otro. Fuera del Estado, los hombres no tenemos más que nuestras propias fuerzas para protegernos, pero en el Estado tenemos el socorro de nuestros conciudadanos. Fuera del Estado, , el hombre no está seguro del fruto de su trabajo; pero en un estado todos lo protegen. Por último, fuera de la sociedad civil reinan las pasiones, la guerra, la pobreza, el miedo, la soledad, la miseria, la barbarie, la ignorancia y la crueldad. Pero en el orden del Estado la razón, la paz, la seguridad, las riquezas, la decencia, la elegancia, las ciencias y la tranquilidad reinan por doquier”. Textos políticos.

¿Estamos ante un nuevo sometimiento? Tal vez pero ahora es el sometimiento consentido entre iguales y con leyes promulgadas por iguales, de modo que obedecerlas es consecuencia lógica de su concepción y de su aplicación. Y, si no sirven, se cambian. ¿Más individuo? ¿Más Estado? Ya se dibujan las concepciones políticas y sociales de ahora mismo, las derechas y las izquierdas, el individuo antes que el Estado o el individuo en el Estado…

Así hablaba B. Spinoza: Necesidad de la sociedad: “… Por todo esto, entendemos fácilmente que en el estado de naturaleza no hay nada que sea bueno o malo en virtud del común consenso, dado que todo el que se halla en el estado natural mira sólo por su utilidad, y conforme a su índole propia, y decide acerca de lo bueno y lo malo únicamente respecto de su utilidad, y no está obligado por ley alguna a obedecer a nadie más que a sí mismo. Por tanto, en el estado natural no puede concebirse el delito. Pero si, ciertamente, en el estado civil, en el que el bien y el mal son decretados por común consenso, y donde cada cual está obligado a obedecer al Estado. El delito no es, pues, otra cosa que una desobediencia castigada en virtud del solo derecho del Estado y, por el contrario, la obediencia es considerada como un mérito del ciudadano, pues en virtud de ella se le juzga digno de gozar de las ventajas del Estado: Además, en el estado natural nadie es dueño de cosa alguna por consenso común, ni hay en la naturaleza nada de lo que pueda decirse que pertenece a un hombre más bien que a otro, sino que todo es de todos, y, por ende, no puede concebirse, en el estado natural, voluntad alguna de dar a cada uno lo suyo, ni de quitarle a uno lo que es suyo, es decir, que en el estado natural no ocurre nada que pueda llamarse “justo” o “injusto”, y si en el estado civil, donde por común consenso se decreta lo que es de uno y lo que es de otro. Por lo que es evidente que lo justo y lo injusto, el delito y el mérito son nociones extrínsecas, y no atributos que sirvan para explicar la naturaleza del alma”. Ética.

Basta por hoy.

lunes, 3 de mayo de 2010

EPPUR SI MUOVE

Ya hemos situado al hombre en la naturaleza, para diluirse en ella o para dominarla, ya se ha descubierto a sí mismo con unas metas impensables hasta ese momento y con una escala de valores radicalmente distintos a los de la Edad Media. Ahora toca pasar a la acción.

La primera vertiente es la de la naturaleza y la del universo. Giordano Bruno, Leonardo da Vinci, Kepler, Galileo, Bacon y muchos otros nos ofrecen textos y consideraciones abundantes acerca de la infinitud y de los valores del universo, de la naturaleza y del hombre.

Copio un par de textos que sirven de ejemplo:

a)Galileo: La autoridad bíblica no sirve en las cuestiones científicas: “Me parece que en las discusiones de los problemas naturales no se debería comenzar por la autoridad de la Escritura, sino por las experiencias sensibles y por las demostraciones necesarias, porque, procediendo de igual modo el Verbo divino, la Sagrada Escritura y la naturaleza, aquella en cuanto inspirada por el Espíritu Santo, y esta como ejecutoria fidelísima de las órdenes de Dios; y habiendo convenido además que las Escrituras, para acomodarse a las posibilidades de comprensión de la mayoría dicen, aparentemente y si nos atenemos al significado literal de las palabras, muchas cosas distintas de la verdad absoluta; y, por el contrario, siendo la naturaleza inexorable e inmutable, y sin que sobrepase jamás los límites de las leyes que le han sido impuestos, al no preocuparse para nada que sus ocultas razones y los modos de obrar estén o no estén al alcance de la capacidad de los hombres, parece, pues, que aquello de los efectos naturales que o la experiencia sensible nos pone delante de los ojos, o en que concluyen los demostraciones necesarias, no puede de ninguna forma ser puesto en duda, y tampoco condenado, por citas de la Escritura que dijesen aparentemente cosas distintas ya que no todo dicho de la Escritura está ligado a obligaciones tan severas como lo está todo efecto de la naturaleza, ni se nos manifiesta Dios menos excelentemente en tales efectos que en las palabras de las Escrituras”.

b)Bacon: Las artes y las ciencias, fundamento del imperio del hombre sobre las cosas: “…Vale la pena tomar nota de la fuerza, la virtud y las consecuencias de los inventos, especialmente manifiestas en aquellos tres inventos desconocidos de los antiguos y cuyo origen, aunque reciente, es oscuro e ignoto; me refiero a la imprenta, la pólvora y la brújula. Estas tres cosas han cambiado la faz del mundo y las condiciones de la vida humana: la primera en el campo de las letras, la segunda en el ámbito de la guerra y la tercera en la navegación. Ellas han causado innumerables cambios, de forma que ningún imperio, ninguna secta, ninguna estrella parece haber ejercido mayor eficacia y mayor influjo sobre las cosas humanas, del ejercido por estos inventos mecánicos.

Además podemos distinguir tres géneros y casi grados de ambición humana. El primero es el de aquellos que desean ampliar su poder personal en su patria, un género de ambición vulgar y degenerado. El segundo es el de quienes se esfuerzan por ampliar el poder y el dominio de su patria entre el género humano; es un tipo de ambición más digno sin duda, pero menos codicioso. Pero si alguien se esfuerza por restaurar y ampliar el poder y el imperio de todo el género humano sobre el universo, es indudable que esa ambición es más sana y más noble que las anteriores. Sin embargo, el imperio humano sobre el universo reside solamente en las artes y en las ciencias, pues no es posible vencer la naturaleza más que obedeciéndola”.

Se repetirán las represalias y las condenas. Pero el camino ya está desbrozado: Eppur si muove.

domingo, 2 de mayo de 2010

AMOR POR LA VIDA

Escucho de fondo música ortodoxa. Es un disco que me regaló mi amigo Antonio y que escucho con frecuencia. Le sigo dando vueltas al pensamiento renacentista mientras tanto. ¿Serviría esta música para aquellos ideales. Sí pero menos. Vamos a ver.

Los filósofos del Renacimiento trajeron a sus mentes mucha menos preocupación por la muerte y muchísima más por la vida. Alcanzado el protagonismo y acaparado por ellos mismos, descubierta la presencia del universo y de ellos mismos, bien como dueños o bien como iguales y partícipes de esa naturaleza, todo estaba ya dispuesto para mirarse, para contemplarse, para estudiarse, para descubrirse.

Y apareció la vida mundana y apareció el descubrimiento del propio cuerpo. Aquel ideal medieval de apartamiento y de gozo en la soledad del monasterio con la vida ascética se sustituye por la sabrosidad de las pasiones y del placer. De este modo, toda aquella separación rigurosa entre la carne y el espíritu, tan medieval, aquella dependencia de Dios y de sus designios, aquel abandonarse en el valle de lágrimas, aquella renuncia del mundo, se transforma en búsqueda de goce y de placer del mundo y de la propia persona.

Porque la naturaleza y el ser humano son ora de Dios y, por tanto, obras buenas, dignas de ser conocidas, de ser desarrolladas y de ser gozadas. Por eso se ensalza el amor humano y todo lo que acarrea de descendencia y de sociabilidad. La sociedad depende sobre todo de sus propios miembros y cuidarlos es exigencia de todo ser consciente y sabio. Quizás los pensadores renacentistas fueron los primeros que se preocuparon de la importancia de la demografía.

Pero es que, además, el amor se identificó con la belleza, se entendió como expresión de belleza y esta belleza natural se convirtió en ideal. Por ello ese desarrollo tan importante en todas las artes. Un caso evidente es el de la pintura, en la que las figuras humanas alcanzan el protagonismo que les faltaba y en las que la naturaleza se ensalza y se venera. No es ahora el momento del arte de las figuras religiosas sino sobre todo de las figuras humanas.

Como expresión casi única del ser humano, se manifiesta la forma de aprehender las cosas a través de la palabra. La consecuencia es el desarrollo extraordinario del lenguaje en sus formas clásicas y vernáculas y la multiplicidad de los temas que se tratan, siempre pensando en el hombre como protagonista.

¿Se puede hablar, en estas circunstancias apuntadas, de inexistencia de Dios, de ateísmo en esa época? Definitivamente no. El último principio, el hacedor primero seguía en la cúspide y no había negaciones absolutas. No hubo ateísmo teórico. No está tan claro que no existiera ateísmo práctico, pero podemos inclinarnos a pensar que tampoco. Las condiciones no lo permitían pues el poder eclesiástico seguía siendo extraordinario y su relación con el poder civil también. La naturaleza y el ser humano no eran más que la continuación de Dios, su obra fantástica. Más cerca tal vez del panteísmo que del ateísmo.

Si se relaja y hasta, en alguna medida, desaparece el sentido del pecado, de ese pecado original que tenía lastrados a los medievales y que los hacía pender de un hilo cada día y cada hora, temerosos de Dios y del infierno. El dios negativo, el demonio, se recluye en los infiernos y el renacentista se sumerge en la alegría y en el placer, y, sobre todo, en la curiosidad y en la sorpresa infinitas del descubrimiento del universo y de sí mismo como valores esenciales. Hay incluso muestras de ensalzamiento de Adán y Eva como personajes que, a pesar de sus pecados, fueron la causa de la feliz existencia del género humano.

Y aquel ideal de belleza ensalzado en el Medievo se torna en ensalzamiento de la riqueza y de los valores y comodidades que comporta. Así se expresaba A. Nifo: “La verdadera libertad implica la riqueza. Si, en efecto, la recta razón demuestra que se deben poseer riquezas y nosotros las poseemos según sus dictámenes y no según el impulso de la pasión, podremos disfrutar de la verdadera libertad incluso en medio de ellas. La razón nos indica que no se deben amar por sí mismas, sino como medios para obtener lo que debe ser amado por sí mismo. Puede, pues, un hombre rico tener una vida verdaderamente libre”.

Parece todo un jardín de flores y no fue en realidad todo así. Esta fueron algunas notas de aquellos pensadores más innovadores. A su lado, y con muchísimo poder, se mantenía los que defendían una línea de ideal mucho más espiritualista, dispuesta a hacerle frente y a destruir esas nuevas fuerzas que tímidamente se abrían paso (Savonarola quizás sea el mejor ejemplo). Los ideales de ascetismo, de pobreza, de dependencia espiritual, de anuncio de catástrofes, de amenazas continuas con penas espirituales y eternas se seguían alzando en los púlpitos y en las plazas. Tan poderosas eran que, para poner orden y situar a cada uno en su puesto, promovieron todo aquello que significaron la Reforma, Trento y la Contrarreforma.

De nuevo la Historia se seguía escribiendo con paso vacilante y tembloroso, con pagos abusivos y dejando por el camino demasiadas fuerzas. Hasta el punto de que el Renacimiento, en buena medida, es una época de esplendor pero también de intenso dramatismo. Los personajes principales vivieron al borde del precipicio, con la alucinación de verse dueños de todo y con el peligro de las fuerzas integrista y del propio abismo racional. Era mucho lo que se les echaba encima y además había demasiada gente que no estaba dispuesta a dejar fluir tanto placer.

Sigo con mi música. Me vale como fondo de contemplación del universo, menos como elemento de acción. ¿Cuál es mejor conocimiento, el de la acción o el de la contemplación? Para otro día.

sábado, 1 de mayo de 2010

¿QUÉ HACÍA YO ALLÍ?

Había abierto bastante la mañana y lo que en las primeras horas era niebla y fresco se convirtió en luz, sol y calor. La Plaza Primero de Mayo aparecía con escasa gente cuando ya se llegaba la hora de salir en manifestación. Poco a poco se fueron acercando más personas. Los limones se habían quedado en la Peña de la Cruz. Ya habrá tiempo otro día. Se repartieron pegatinas y banderas. Alguien me ofreció una y amablemente la rechacé. No soy hombre de banderas ni de pancartas, aunque, si hace falta, pues ahí estamos. Fue Pedro el que enseguida entendió lo que ya conoce. Me puse al pecho una pegatina sindical, más discreta y menos espectacular.

Pasadas las doce, la comitiva se puso en marcha. No sabría decir si con más o con menos asistentes que en otras ocasiones. Un coche comenzó a propagar consignas. Se nota la diferencia cuando el encargado pertenece a CCOO o a UGT. Esta vez las consignas eran repetitivas y siempre con el mantra del No en cada frase. A mí me gustan más las humorísticas o las que incorporan elementos positivos y de ánimo. Creo, con perdón, que las que yo le ofrezco a Pedro otros años tienen algo más de guasa y de recorrido.

De pronto me di cuenta de que no compartía todo lo que se decía en las proclamas. Empecé a pensar que incluso algunas de las cosas que se reclamaban yo ya las tengo conseguidas para mi persona. ¿Qué hacía yo allí en esa manifestación?

Pues hacía lo que ya sabía que iba a hacer: testimoniar con mi presencia que este mundo no está del todo bien hecho, que las desigualdades nos comen por todas las esquinas, que alguna vez al año hay que dejarse ver para recordarlo a todo el mundo, que soy un privilegiado y no me lo puedo permitir en silencio.

No era este año el más propicio para las organizaciones sindicales precisamente. Hay mucha gente que les reclama acciones más drásticas ante la situación laboral por la que atraviesa el país. Otros aprovechan para sacar a pasear todos los trapos sucios que encuentran en ellas. Y los tienen, claro que los tienen.

A mí, sin embargo, me parece que siguen siendo organizaciones imprescindibles para buscar un equilibrio entre las fuerzas productivas, una piedra de toque a la conciencia social, un recuerdo cotidiano para entender que la producción la hacemos entre todos y que la socialización de cualquier esfuerzo es imprescindible.

No conozco favores que personalmente me haya hecho el sindicato en toda mi vida laboral; es más, ni siquiera me manda los recibos para descontarme unos eurillos de la declaración de la renta y se los tengo que pedir cada año y enfadarme con ellos, me molesta lo que entiendo como falta de tensión en muchos de sus liberados, me gustaría que algún día también los sindicatos dieran la razón al empresario frente al trabajador porque hay trabajadores que no tienen un pase, me gustaría que atendieran posibilidades de todos, me gustaría verlos más de clase, es decir, trascendiendo los elementos estrictamente laborales, me gustarían muchas cosas.

Sigo viéndoles, no obstante, más ventajas sociales que inconvenientes. Sin esos vigilantes sociales, las fuerzas económicas se comerían el orden y las aproximaciones entre todos los ciudadanos.

Y pienso, por supuesto, en los sindicatos ideologizados, o sea, los llamados sindicatos de clase; los otros, los corporativos, no son más que otras patronales disfrazadas, con el egoísmo de sus afiliados como único fin. Si ya corren el peligro de no considerar la realidad en conjunto los sindicatos de clase, es mejor no imaginarse siquiera lo que hacen los otros. En el fondo, todos los demás son simplemente sindicatos “arios”, que solo cumplen dos objetivos: el horario y el salario. El de sus afiliados y nada más. Me apena oír que los sindicatos de clase se exceden en sus funciones y que se preocupan de asuntos políticos. ¿Pero qué es lo que quieren los críticos, que no piensen nada más que en sí mismos? A mí me parece que les falta precisamente un grado mucho más intenso de ideología que sustente las acciones que realizan. Naturalmente que ideologizados, ¿pero qué se creían? ¿Cómo los quieren, bobos y egoístas? Acabo de decir que esos son los sindicatos corporativos, o sea, los sindicatos “arios”. A esos hoy no se les ha visto en la calle; para ellos no se juega el partido de los trabajadores en plural, se juega solo el partido que les afecta a ellos personalmente y nada más.

El día siguió con el sol como dueño. La Corredera nos acogió para leer el Manifiesto. Y para cantar la Internacional. Qué atrasados somos, ¿verdad? A mí me sigue emocionando lo que simboliza ese himno. Mayor y trasnochado, ya se sabe. Qué le vamos a hacer.