domingo, 12 de julio de 2009

ATHOS VI





Recogemos deprisa y salimos sin pausa al camino. A unos escasos kilómetros nos aguarda otro impresionante monasterio. La mañana está clara, nuestros ánimos altos. Brota enseguida la conversación: las opiniones sobre todo lo que hemos visto y hemos experimentado, las diferencias con occidente, la ausencia de algunos de nuestros amigos, la bondad del monte y del camino, los olores, el anacronismo de este tipo de vida, todo el mundo clásico en torrentera, nuestras lecturas, los horarios, el Egeo y sus aguas… En medio del camino se hace obligatoria una parada. Y con el mar al fondo del precipicio, a nuestros pies, calmado, invocamos el cántico solemne: Veni, creator spiritus, mentes tuorum visita… Aquello suena a gloria en medio del espacio tan abierto. Yo no sé si los dioses escucharían las voces pero, si así lo hicieron, seguro que descansaron un rato en sus correrías y en sus luchas para escuchar a estos intrusos en el monte sagrado ¿Y Yahvé? Porque aquí no se sabe quién es quién. Yo al menos me confundo. O hago como que me confundo.

Ahí está, majestuoso: AGHIOS PANDELEIMONOS. Arrimado a la costa y en un remanso que deja la montaña, se yergue un impresionante edificio que alza al cielo sus cúpulas redondas orientales. Es este un monasterio de origen ruso que, a primera vista, bien podría pasar por la Plaza Roja o por un hermoso palacio de invierno de los zares. Qué grandeza, qué enormidad, qué poderío. ¿De dónde sale todo este parné necesario para las edificaciones y para el mantenimiento?

Aquí no dimos con el arcontiki, tal vez porque no lo buscamos. Ya nos notamos diestros y fisgoneamos aquí y allá como si lleváramos en Athos muchos días. Mi vista se solaza en todo aquel complejo. Hay grúas poniendo al día toda un ala inacabable para el peregrino. Y jóvenes monjes pintando unas ventanas. Subimos a una torre y rompemos las normas haciendo nuestras fotos, admiramos las enormes campanas (jamás había visto algo tan pesado) y miramos desde arriba buena parte de las edificaciones. No era hora de plegarias y el catolicón no estaba abierto; así que miramos y miramos, salimos a la puerta y visitamos la zona de peregrinos, volvemos a la puerta principal y nos sentamos, como se sienta siempre el peregrino, cansado y satisfecho, a descansar.

Allí estaba la tentación en forma de fruta madura y bien sabrosa. Tres hermosísimas cajas de melocotones estaban depositadas a la puerta…. Jesús, estas bien podrían estar aquí para ofrecérselas al peregrino… Sonrisas. A comer. Primero uno, luego dos, después a puñados. Alguien debió de observarlo porque en algún momento desaparecieron las cajas de la puerta. Para entonces el estómago ya había tomado suficiente ración de los sabrosos melocotones.

No debió de ser el joven italiano el que los retirara pues su timidez no se lo habría permitido. Solo logró soltarse un poquitín para asentir cuando le dijimos que allí podría llevar a Berlusconi “e lasciarlo qua”. Pero el mastodóntico monasterio es edificación y son los peregrinos. Un grupo reducido dejaba oír sus voces bien cerca de nosotros. Hacia ellos nos fuimos tranquilos y comidos. Una fuente abundosa y fresquita, a escasos metros de la playa, los acogía en charla y descanso. Saludos macarrónicos ¿en francés, en inglés, en griego? Por fin en español. Un señor ya maduro y animoso nos comunicó que había estado en España. Y se las dio de que Lorca era más conocido en Francia que en España. Bueno, vale, si tú lo dices… Intercambiamos agua y aguardiente. Y a puntito estuvimos de darles gato por liebre pues llevaban una enorme botella de aguardiente del mismito color que nuestra agua. Se dieron cuenta a tiempo y sonreímos. Fue un rato distendido.

Bebiendo agüita fresca me preguntaba qué razones habrían llevado a aquel grupo de peregrinos hasta lugar tan alejado y extraño. Tal vez alguno de ellos pensaría en las que a mí me tenían al lado de la fuente, en el extremo este del Mediterráneo.
Y otra vez el camino, el sol, la memoria del mundo clásico, la charla distendida, un canto en la ladera, la eterna comparación de dos mundos distintos, el recuerdo de las personas que podían estar aquí y no están… Y el mar siempre a los pies, siempre tendido, siempre en calma. También el mar aquí es sagrado.

XIROPOTAMOU se aleja un poco de la costa y se encarama en la ladera. ¿Potamou? ¿Río? Aquí no hay río, solo regatos que ya han quedado casi exhaustos a finales de junio. Ellos sabrán por qué este nombre. Otro vehículo tan sólido como viejo nos ayuda en los últimos metros del camino, ahora pista forestal o algo parecido. En el monasterio descubrimos la misma estructura, la misma hospitalidad y el primer cementerio de la zona. Unas simples cruces en el suelo anunciaban la presencia de unas tumbas austeras. Y un osario cercano guardaba los restos de toda una larga historia de monjes y de siglos.
Tampoco aquí es hora de liturgia, por lo que vemos, descansamos, bebemos, tomamos nuestras fotos, sentimos un ratito la presencia y la ausencia de los monjes y volvemos camino de la costa.

Bajamos hasta DAFNE. Dafne no es monasterio, es un nudo sencillo desde el que se distribuye hacia los centros de la península lo que viene de afuera y lo que va hacia afuera. Allí hay hasta aduana. Y un bar. Y unas tienditas. Es sitio de reposo para nosotros y de estirar el mapa para asentar los planes de la tarde. Hasta allí llegan barcos que atracan a su modo en un pequeño saliente robado al mar. Pues vengan las cervezas y la sombra. Y vengan los recuerdos: “A Dafne ya los brazos le crecían…” O aquella evocación jocosa que yo mismo imaginé no hace tampoco mucho: “…Y le crecen los brazos y se arruga / en corteza y raíz, en tronco y rama. / Y hasta allí llega Apolo con sus lloros / a lamentar aquello que perdiera / en aciaga disputa contra Eros.”

Uffff, qué ratito, con cerveza y con mitos.

Pero aquí hay que seguir, que no hay respiro. Un barco colectivo nos hace perder muchas horas y no tenemos tiempo. Otro atraco al bolsillo. Venga, arriba y afloja la pasta. Hasta OSIOU GRIGORIOU, please, que luego ya veremos. Y de nuevo en las ondas del Egeo. Solo son diez minutos. Estamos a los pies de un nuevo monasterio. Hay que subir la cuesta en pleno calor del mediodía. Y otra vez algún dios se compadece de nosotros. La barca vuelve sobre sus pasos para indicarnos que el monasterio celebra su fiesta y que hoy no recibe. Vaya por Dios. ¿Por qué Dios?¿Y ahora qué hacemos? Ya nada nos arredra. Tire usted adelante. Hasta Aghios Pavlou, el último monasterio de esta costa. Desde allí ya veremos.




ATHOS VI: Cuestiones bizantinas (Jesús Majada)

Si el vino no falta en la mesa de los monasterios, el agua de Athos, tan gratificante para el peregrino, merece al menos un minuto de atención. A finales de junio ya poca queda en los cauces de los arroyos, pero se intuye oculta bajo sus piedras. Sin duda esta descomunal Montaña Santa guarda en sus interioridades provisión suficiente para todo el verano, pues en algún recodo del camino y en distintos rincones de cada monasterio fluye continua, fresca y sin aliño para alivio de los caminantes. Sin embargo, el tratamiento que allí recibe es bien diferente del de Andalucía, pues mientras aquí –sin duda por herencia árabe- gusta que borbotee, choque con el agua de la pileta y suene, en Athos se coloca un canto rodado allí donde cae para que silenciosamente se pierda por el sumidero. No obstante, junto al caño, “do mana el agua pura”, siempre hay un caneco sujeto a una cadeneta para mejor dar de beber al sediento. Y por si fuera poca frescura la que por naturaleza tiene, en cada monasterio hay un grifo con agua previamente refrigerada.

En el monasterio de Agiou Pandeleimonos, junto al puerto, hay una hermosa fuente: se atunela en la roca por espacio de tres metros de radio y de profundo, está presidida por un fresco que representa el bautismo de Cristo y dispone a su alrededor de un poyo cubierto de rejilla de madera. Es un buen sitio para descansar y charlar con quien se tercie. Y allí tuvimos la suerte de encontrar media docena de peregrinos, dos de los cuales hablaban francés. En ambiente distendido cambiamos impresiones, y cuando les dijimos que éramos españoles, uno de ellos dijo: “¡Ultracatólicos!”. La clasificación, al menos a mí, me pilló desprevenido y quise matizar; pero Antonio, más ágil, contestó en español: “Ay, si tú supieras”.

No sé cuál es la imagen que de los españoles tienen por allí: tal vez herederos del franquismo ultracatólico, tal vez guardianes papistas de la reserva espiritual de occidente, tal vez nos asocien con los almogávares catalanes, aquellos atroces facinerosos que a principios del XIV arrasaron Tesalia y Macedonia, y en Athos saquearon e incendiaron los monasterios y asesinaron a sus monjes… Pero nuestra plática con los peregrinos en todo momento fue amigable y distendida, y poco después encaminábamos nuestros pasos hacia Xiropotamou.

El asunto religioso en Athos (y en toda la iglesia ortodoxa) es un problema serio y capital. Es una obviedad lo que digo, pero me refiero a lo que les separa de los católicos. Para empezar, ellos son los orto-doxos (los de la recta doctrina) y los católicos son heterodoxos, ni más ni menos que herejes que se alejaron del dogma establecido. La cuestión clave, el meollo teológico que separó a una y otra iglesia, la agarrada que provocó –previa excomunión recíproca del papa y el patriarca de Constantinopla- el llamado Cisma de Oriente es un asunto de mucha enjundia: el “Filioque” (y del Hijo). Los romanos añadieron al Credo la expresión “y del Hijo” cuando se afirma “creo en el Espíritu Santo, señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo…” Ahí está la gran cuestión: ¿procede sólo del Padre, como dicen los orientales? ¿o procede también del Hijo, como afirman los romanos? Me ha sido imposible profundizar más.

Pero las consecuencias de discusión tan bizantina llegan hasta hoy, y el peregrino a veces las siente: discriminación en el katholikón, en el refectorio, trato distante, incluso rechazo ( o miedo) evidente. Claro que, como siempre, el verdadero problema (me lo llegó a decir un joven monje que se acordaba muy bien de una antigua estancia en Benidorm) es de poder: ellos consideran que el jefe de la Iglesia es Cristo y no aceptan la supremacía excluyente del Papa sobre todos los cristianos. Así es que, entre los ortodoxos, el papa viene a ser algo así como la encarnación del mal, y sus seguidores, una banda de empecatados demonios.

Y así, bien sudorosos, empecatados y endemoniados, llegamos sobre mediodía a Xiropotamou, que se asienta a media montaña sobre una explanada que mira al mar. A la puerta estaba sentado un monje joven, un poco retraído, como temeroso. Nos desprendimos de las mochilas y, tras nuestro “kalimera”, intentamos iniciar conversación. Antonio conservaba la gorra puesta y se apoyaba en su cayado. Es sabido que los curas de la iglesia ortodoxa, especialmente los de la rusa, son conocidos como “popes”, y como veníamos de un monasterio ruso, y en el monasterio al que llegábamos también había letreros en cirílico, Antonio, deseoso de saber algo sobre el monasterio y de romper el hielo con el monje medroso, le preguntó: “How many popes are here?”. El muchacho hundió un poco la cabeza entre los hombres, frunció el ceño, y contestó: “Popes here?”. Antonio se sentía seguro en su inglés y pisaba firme; para hacerse entender mejor, elevó la voz y recalcó despacio: “Yes. How many popes are here?”. El monje negó con fruición, bajó la cabeza y fijó los ojos en el suelo. Como dedujimos que sabía menos inglés que nosotros, le saludamos, entramos en el monasterio, nos sentamos a la sombra junto a una fuente tan refrescante como todas las de Athos, y allí echamos, entre trago y trago, muy larga conversación sobre lo humano y lo divino.

Al día siguiente fue el monje de Benidorm el que, hablando del cisma, se refirió al papa, y lo llamó “pope”. Nosotros ni idea de que papa en inglés se dijera “pope”. Inmediatamente rebobiné e imaginé el encuentro desde la perspectiva del joven monje de Xiropotamou: unos satánicos papistas españoles –el que hablaba con yelmo y azcona de almogávar-, se plantaron a la puerta del monasterio y le preguntaron:

-¿Cuántos papas hay aquí?
El monje: -¿?????
Y el almogávar, con voz estentórea: -¿Que cuántos papas hay aquí?

Pobre novicio…

sábado, 11 de julio de 2009

ATHOS V





DÍA 29/6/09: Lo de roncar no es broma. Nos han colado a un peregrino en la habitación que ya se nos había descolgado mendigando dinero, y ahora se hace notar con sus ruidos intempestivos. Desde mi duermevela, agarro la cayada que habíamos comprado y que nos ayudaba en los caminos y dejo un suave golpe en un lugar indefinido de su cama. Allí fue Troya pues el colega montó en cólera y comenzó una larga letanía de improperios no se sabe a quién pues mi silencio (nuestro silencio) se hizo en aquellos minutos sepulcral. Con un ojo abierto y otro cerrado, seguí la perorata y los pasos del susodicho, que se levantó y se fue a la terraza para mirar el mar y desperezarse los ronquidos. Tanta gloria lleve como pena deje el infeliz. Todavía habíamos de encontrarlo en otro monasterio, pero no merece tanto honor en este diario.

¿Era solo él el que roncaba? No sé si la cayada no anduvo alguna vez más de ronda por los pies de alguna cama.

Es plena noche. Los guerreros descansan y los peregrinos hacen lo propio. En Occidente es aún hora temprana para pensar en recogerse e ir a dormir en una noche clara de verano como esta. Pero eso es al otro lado del mar Mediterráneo. Esto es Athos. El mar está ahí mismo, a nuestros pies, sereno y encalmado, como sirviendo de alfombra al silencio y al espíritu.

De pronto, como salido de una cueva, crece un sonido producido por el golpeo que sobre una madera se hace con un palo. Son golpes rítmicos que parecen congregar a los individuos de cualquier tribu. ¿Jesús, esto qué es?... Es la primera llamada a la oración… ¿Y qué busca esta gente a estas horas tan intempestivas?... Me quedo pensando en este hecho mientras me desperezo un poco. Deben de ser las tres y media de la mañana. El fraile del pandero primitivo sigue dando vueltas con su sonsonete al catolicón, ahora sí de verdad, levantando frailes de la cama. ¿Y peregrinos? Estos andan con sueño y se lo piensan. Además, hay que cuidar con tino al de los ronquidos. Pero hay que estar en todo, que las ocasiones son escasas. Así que arriba, amigo. Mejor algo que cubra los brazos para no desentonar con el ambiente. Una última llamada de pandero y al catolicón. Deben de ser los maitines, o como ellos lo llamen.

Y vuelve como un coro la salmodia. Primero muy despacio, después en tono un poco más notorio. La noche lo domina todo; solo las velas bien delgadas, clavadas en un suelo de arena, dan una tenue luz en el recinto, Los monjes aparecen y desaparecen, siempre besando iconos y haciendo reverencias. Y otra vez la salmodia, la melodía zumbona, la armonía de los besos. Kirieleison, kirieleisón, kirieleisón… Agios Azánatos, Agios Cristos…. Kirieleison, kirieleisón, kirieleisón… Las invocaciones rompen con suavidad el ritmo despistado de la noche. Una voz se oye a un lado en una dulce melopea y otra le responde desde enfrente con un tono distinto; enseguida se suma el coro, que llena de voz la noche y que se aquieta hasta dejar un son indefinido como base y cuna de una nueva salmodia… Solo las velas lucen en la noche. Acaso también la imaginación de cada uno, que se irá vete a saber adónde. Nosotros nos hemos aposentado en el tercer compartimento y desde allí la melodía se escucha un poco más lejana y misteriosa.

El rezo dura una hora y no sé si alguna cabezada no habrá dado conmigo en algún instante. ¡Coño, es que no son horas! Volvemos a las habitaciones. Un ratito de tregua y a dormir un ratito. No ha de ser mucho, pues el monje del pandero sagrado vuelve a hacer su ronda un poquito antes de las seis. Ya nos asusta menos pues sabemos qué quiere con sus golpes. Es la hora de la misa ortodoxa.

No me importa pensar en las diferencias entre una y otra, ni siquiera glosarlas. Solo sé que esta ortodoxa me pareció más solemne, que el cántico, el rezo y el sándalo en el incienso lo dominaban todo, que el misterio reinaba en esas horas, que aquí todo es ceremonioso hasta casi el misterio y que los monjes y los peregrinos se sienten sumergidos en un infinito número de imágenes, de cruces y de inciensos. Una especie de lámpara (sin luz) octogonal, cargada de cruces y de remedos de incensarios, domina la estancia en la que se asientan los monjes, como si pendiera sobre ellos todo el simbolismo llegado desde el cielo. La misa termina con una comunión extraña en la que se reparten pequeños trozos de pan entre los asistentes. Y todo en el silencio de la noche, de la más honda noche.

Hacemos un ratito de charla en el balcón que cae al mar, en espera del desayuno reparador, cargamos las mochilas, damos esquinazo al colega roncante y realizamos un ejercicio lingüístico apresurado con otros peregrinos que también esperan como nosotros. Para entonces ya hemos aprendido algunos balbuceos: kaliméra, kalispéra, kalinihta, ne, ne, parakaló..., bueno, casi unos políglotos. Ahora ya ha amanecido y el mar va sacando al día del mar muy lentamente. Qué paz en todo el monasterio. Pasa un barco hacia Athos, hacia la parte oriental de la península que es donde se alza gigantesco el monte sagrado. Desde este saliente del monasterio ya se ve erguido allá en el fondo. A desayunar. Verduras, por supuesto. Y pepinos, que ya me salen por las orejas. El mismo silencio, la misma oración, las mismas prisas, las mismas reverencias, el mismo lujo de frescos bizantinos en las paredes. Ya no se usa el púlpito desde el que proclamar la oración, pero allí sigue en lo algo, adosado a una columna, aguardando que resurja lo que tal vez ya no lo hará nunca. El comedor es, sin duda, el segundo espacio noble de los monasterios. A pesar de la frugalidad de las comidas: dos al día y vegetarianos todos. No hemos conocido bibliotecas importantes en estos monasterios pero es seguro que las tienen que tener. ¿A qué otra cosa, si no es a la oración y a cultivar un poco, se pueden dedicar durante toda su vida? Pero no las hemos visto. Como no hemos podido tampoco profundizar en las costumbres de los monjes, en sus jerarquías, en sus diferencias fundamentales con los católicos, en el asunto del Filioque como asunto teológico de división, como… Han sido las horas y los días que han sido: qué le vamos a hacer.



ATHOS V (Jesús Majada)

En muchos sentidos nuestra estancia en Xenophontos superó a las de los restantes monasterios: nunca tuvimos una habitación como aquella, frente al mar; allí fue donde mejor comimos; en ningún otro la ceremonia religiosa y sus cánticos alcanzaron tal perfección; y en ninguna otra parte fueron tan transigentes (tan ecuménicos), pues nuestra condición de presuntos católicos no fue óbice para participar de consuno con ellos en las ceremonias, en la comunión y en un postre especial al final de la comida matutina, una especie de migas dulces muy sabrosas, que allí nos dieron, pero que en otros nos fue negado por el hecho de ser católicos.

La ceremonia litúrgica central, la misa, en esencia no difiere mucho de la católica. Pero la singularidad de muchos pequeños detalles le da un sabor muy particular. La primera impresión que ofrece el katholikón, siempre con planta de cruz griega, es el recogimiento: no son templos excesivamente grandes, y la oscuridad producida por sus escasas ventanas –sólo contrarrestada por luz de velas y lámparas de aceite- parece invitar a la meditación comunitaria. Además, el pavimento está todo diáfano, pues los asientos se disponen sólo alrededor de la pared: son estrechos, apretados unos a otros y con dos posiciones, una para estar sentados y otra mitad sentados y mitad de pie. No parece haber una jerarquía clara en éstos, pues lo mismo los ocupan monjes que peregrinos, en una mezcolanza desconocida en las iglesias católicas. Fue en este monasterio donde vimos cómo un paisano joven (unos veinticinco años), rubio y con el pelo recogido en coleta, invitado por los monjes, se unió a la salmodia: qué voz, que modulación, que seguridad en los textos. Dos días después volvimos a verlo en el barco que nos sacaba (a él y a nosotros) de Athos; nos acercamos a felicitarlo: nos dio las gracias y dijo que era… ¡finlandés!

Lo que más me llamó la atención de las ceremonias es el secretismo mistérico en que están envueltas: al extremo opuesto de la entrada del katholikón se encuentra un compartimento recogido donde tienen lugar los momentos claves de la ceremonia. Así es que al comienzo el oficiante hace la lectura de los textos sagrados en el centro del templo, luego accede al santuario a través de una estrecha puerta, más tarde cierra unos medios portones y finalmente corre unas cortinas y se recluye allí durante unos diez minutos, sin que los asistentes a la liturgia puedan ver nada de cuanto sucede. De allí sale para dar la comunión: vino con una cucharilla sólo para unos pocos peregrinos (no se con qué criterio); y al final de la misa el celebrante ofrece un pedazo de pan a cada asistente, que le besa la mano.

En Xenophontos fue en el único monasterio en que probamos comida no vegetal: la tarde de nuestra llegada cenamos una dorada al horno con patatas fritas, calabacín cocido, sandía, pan y vino. En la comida de la mañana, sobre las ocho, lentejas guisadas, chipirones en salsa, aceitunas, fruta pan y vino. Desde aquel momento no volvimos a probar el pescado, ni la carne, ni los huevos, ni la leche hasta que salimos de Athos: sólo vegetales, y en especial pepino crudo, entero y sin aliño. No es de extrañar el aflautamiento que ofrecía la figura de la mayoría de los monjes.

viernes, 10 de julio de 2009

ATHOS IV








Desembarcamos y nos quedamos casi solos. ¿Y ahora qué? Jesús está solícito. Echa mano del mapa de la isla y sitúa el primer convento: ZOGRAFOU. Ojo, está nada menos que a cinco kilómetros monte arriba e istmo adentro. Pero estamos con fuerza y hay que ganarle la partida al tiempo. Arriba con el cuerpo y el espíritu. Enseguida aparecen dos peregrinos con cara de orientales. Claro, son rusos, sus caras los delatan. ¿Y las nuestras? ¿Qué pensará esta gente de nosotros? También van a Zografou. El sol aprieta y el sudor se convierte en nuestro compañero. Seguimos por la senda que ahora es sendero pero muy pronto será pista forestal. Empiezan los contrastes: un lugar solitario y olvidado, tan solo para monjes, al amparo del silencio, del cielo y de los mares… ¡y con pistas abiertas! Muy pronto comprendimos la utilidad de esas pistas pues un camión muy viejo rugía monte arriba. Una seña oportuna nos invitó a subir en él. Ya habían hecho lo mismo los dos rusos a los que habíamos dejado atrás. Venimos para andar y mirar todo, pero este sol de justicia y esta sed. Anda, vamos en camión que es cuesta arriba y el sol nos acobarda. Así que en traqueteo sin descanso, nos pusimos arriba en unos minutos después de habernos ahorrado al menos tres de los cinco kilómetros de camino y de haber soportado todos los baches que en el mundo han sido.

Zografou es un convento de origen búlgaro que aparece de repente allí en el monte, sobre una loma verde. Da toda la impresión de una fortaleza en medio del silencio. Sus edificaciones son desmedidas. Y muy viejas. Sabemos que son todos monasterios milenarios o casi milenarios. Este parece que va de vuelta y que le va a costar mucho volver al esplendor. Todo refleja vejez y falta de adecentamiento. Los primeros frailes descansan a la puerta del monasterio y charlan vete tú a saber de qué. Pedimos como podemos entrar a ver las edificaciones. Ningún problema, por supuesto. Allí empezamos a descubrir lo sagrada que es para ellos la ley de la hospitalidad. Ningún peregrino sin atención, jamás. Y las primeras impresiones sobre la identidad de los edificios que habitan estos monjes ortodoxos. Sus monasterios son fortalezas que parecen construidas en edificaciones que no obedecen a un proyecto unitario sino que son añadidos que se van adosando a lo largo del tiempo.

Con esa impresión de que aquello olía solo a nostalgia y a pasado y después de husmear por el recinto durante un rato, volvimos sobre nuestros pasos, pedimos información para caminar hacia el siguiente monasterio y un joven monje nos indicó la vuelta por la misma pista hasta el nivel del mar… El otro camino no es adecuado para vosotros… Vaya por Dios, qué cara habremos puesto para que nos diga esto… Nos entendemos en francés y le hacemos caso. Nos invita a quedarnos esa tarde y esa noche allí, pero nuestra impresión no ha sido la mejor y preferimos seguir camino a pesar del calor de media tarde. Antes de atajar por un sendero que nos ahorrará casi un kilómetro, nos quedamos con la imagen panorámica de este monasterio de origen búlgaro, viejo y destartalado y “levantamos a un fraile” que dormitaba sobre un banco de madera. A esto también se llama levantar frailes de siesta. Será vago el colega…

Y fuimos descendiendo, con las primeras impresiones a cuestas, con el sol en todo lo alto, con las imágenes en nuestras retinas y con las impresiones de estas personas de barba larga y de pelo no menos largo, vestidas con hábito talar ennegrecido y un poco pardo, y ese gorro especial que cubre la cabeza de los monjes ortodoxos cuyo nombre desconozco. El camino se nos fue en el sudor y en el pensamiento acerca de la misión de estas personas en esos lugares, en las conjeturas acerca del valor o el contravalor de estos esquemas de vida, en el contraste que veíamos entre la vida retirada de estos monjes y la presencia de vehículos, aunque solo fuera en pistas forestales, entre la aparente austeridad de vida y la presencia de cables y de edificaciones sólidas en piedra y, en general, en el anacronismo que, a primera vista, suponía todo aquello.

Otra vez en la playa y otra vez al camino. Hay que seguir andando, que aquí solo hay camino y desconocimiento.

Habíamos venido a andar y a sentir lo que ocurre en esta esquina del Mediterráneo en la que la historia ha escondido a unos centenares de monjes ortodoxos rigoristas dedicados a la oración y a la liturgia. Y queríamos los aromas, las especias, la liturgia, los horarios, la vida. Y yo quería sentir lo que había leído muchas veces, que poco o nada tenía que ver con la liturgia ortodoxa porque se hundía en lo más alejado de la historia, en ese límite impreciso entre la historia y la leyenda, entre el mito y la razón. Me bastaba con la tierra y con la imaginación. ¡Y estaba en Athos! Hollábamos los montes bien cerca de las playas y sentía la presencia de Ulises, perdido en su regreso (bien poco me importaba que ni siquiera en sus relatos la geografía se detuviera en estos sitios: lo traía yo y basta), o los paseos de Aristóteles, estos más verosímiles, o cualquier episodio de los clásicos, cualquier paso hacia oriente, cualquier imperio antiguo, tal vez el paso hacia Troya o el regreso de ella… Qué se yo. O incluso divagaba con los tiempos más próximos: san Pablo, con sus viajes y sus cartas, el límite de Oriente, el vislumbre de Atenas… Todo, todo a los pies de mi imaginación.


A la orilla del mar, apareció DOCHIARIOU, un nuevo monasterio que se abalanza sobre los primeros metros del mar. Qué edificio tan hermoso. ¡Si pudiéramos quedarnos para descansar y dormir…! Como otros que veremos, su aspecto es de una solidez enorme, algunas de sus alas cuelgan sobre las playas y sentarse en alguno de sus balcones es notar que el agua literalmente se acuesta a nuestros pies.

Muy pronto descubrimos algo bueno, que viene a dar certeza definitiva a la ley de la hospitalidad en todo Athos: hay siempre un monje encargado de la recepción del peregrino. Y tiene nombre propio: arkontariki (transcribo como suena). Enseguida recuerdo a los arcontes y asocio sus funciones. Todos los monasterios tienen una edificación exclusivamente dedicada a la atención de los peregrinos. Y la recepción, después siempre repetida, nos sorprende: un vaso de agua fresca, una copa de aguardiente (he dicho de aguardiente) y unos dulces melosos de la zona. Después viene el descanso, el aseo, la visita a la iglesia, la comida si tercia o el sueño si es la hora. No hay ninguna excepción: el peregrino es también sagrado, como ellos, y el trato que se le dispensa es exquisito.

Así que descansamos, tomamos las bebidas y aceptamos los dulces, y nos vamos a visitar el monasterio. De nuevo la estructura se repite. En medio de la fortaleza, como centro de todo, se alza su iglesia, su templo, el lugar de oración.

Curiosamente lo llaman, ellos, que son tan celosos de la ortodoxia, catolicón. Y es su catolicón un lugar sagrado en su construcción y en su uso. Tres, a veces cuatro, compartimentos ocupan su extensión. El edificio tiene forma de cruz griega. Es el primero de esos recintos el más sagrado. A él acceden solo los oficiantes. En el segundo se concentran los monjes para las ceremonias y resulta el más adornado. Ni una sola luz eléctrica, solo velas alumbrando el silencio y la penumbra. Los cantos, la salmodia, el rezo cotidiano, la liturgia barroca, abigarrada en todos sus extremos, se concreta en este recinto. Hasta allí nos colamos siempre que pudimos, que no fue siempre pues hay monjes celosos en separar ortodoxos y católicos (o pretendidamente católicos para no desentonar). La tercera estancia parece más de paso o de entrada en el sancta sanctorum. Los monjes van y vienen como sin causa cierta. Y siempre las reverencias y los besos a todos los símbolos sagrados. Tanta reverencia resulta empalagosa para mí. Catolicón, ese centro de toda la liturgia, de toda la oración, tal vez la razón de ser de esta edificaciones. Más tarde diré más de este recinto.

Hoy aún queremos más. Aún otro monasterio, otro recinto, otra experiencia nueva.

Seguimos caminando. XENOFONDOS. Dios mío, que recuerdos. Si la fonética ha cambiado T en D. Ya lo tenemos: Xenofondos = Jenofonte. Un ratito para darle cuerda a la imaginación y a las lecturas de otros días. Ahí está, Xenofondos.

Llegamos a la hora justa para acudir a la ceremonia de la tarde y para que la hospitalidad nos obsequie con la cena y el descanso reparadores. Y suena la campana, y aparecen los frailes por todas las esquinas, vestidos con sus hábitos talares, y entramos a la iglesia, y se recoge todo en el silencio, y empieza la salmodia… Y sigue la salmodia, y crece la salmodia de los rezos, y se elevan los tonos, y sigue la salmodia, y responden las voces solitarias, una a una, por todas las esquinas, y sigue la salmodia… Kirieleison, kirieleison, kirieleisón… y vuelve la salmodia, y se mantiene un eco desde el fondo, y vuelve a salmodiar cualquier monje ortodoxo, y yo me quedo mudo oyendo la salmodia repetida, y así durante un rato que se pierde en el tiempo y anula los espacios… y sigue la salmodia en melopea común, y en medio del silencio se escucha la oración, y sigue la salmodia, y asciende y se desploma hasta el silencio, y sigue la salmodia… Kirieleison, kirieleisón, kirieleisón… y así hasta el número sagrado y agotador de cuarenta veces kirieleisón, y sigue la salmodia que lo domina todo hasta que ya no hay nada, solo el ritmo y la voz de la salmodia…
Cada cual andará en sus pensamientos. Yo sé que ese momento me resultó increíble, absolutamente mágico y fecundo. Ahora ya estamos dentro de este monte, de este monte sagrado, ya sabemos a qué habíamos venido. El mundo anda alejado de nosotros, muy lejos, allá, en el horizonte. Ahora yo no lo necesito. Ha pasado tal vez más de una hora y sigue la salmodia en el catolicón.

Son acaso las seis de la tarde y la cena ya aguarda. El comedor está al lado del centro religioso, del catolicón. Los monjes se aposentan en sus mesas acaso por edades o por cargos, que hay mucha jerarquía. Los peregrinos ocupamos mesa aparte. Es el refectorio sitio lujoso, decorado con frescos en todas las paredes, sin duda reflejo de otros tiempos en los que los monasterios estuvieron más poblados. La cena se hace en silencio, al amparo de nuevo de una nueva salmodia, la que crea un lector de textos sagrados. Mientras el lector recita, los comensales dan buena cuenta de los alimentos en los que no se incluyen ni leches ni carnes. Dos comidas al día y en ninguna ni un poquito de carne. El silencio apresura el ritmo de la comida y hay que andar bien despierto para apurarlo todo pues en cualquier momento el lector se detiene y el abad da por terminada la sesión. Entonces todos se levantan y salen en orden muy estricto, siguiendo los pasos del abad, que parece investido de poderes casi absolutos. Hay unos cuantos monjes que despiden a la puerta del comedor a todos los comensales con reverencias, mientras uno de ellos levanta la mano en una acción cuyo significado se me escapa. Ando yo todavía pensando en el sabor de los pepinos, que me gustan muy poco, y no tengo paciencia para indagar en esto.

Después la tarde va perdiéndose en el ocaso y el mar se hace más gris y más cercano. Nos damos un paseo para conocer mejor las otras dependencias y para observar las tierras que, en paredones sólidos, le han ido ganando a la montaña. Allí cultivan legumbres y hortalizas. Su comida es frugal pero sus tierras no dan para todo.
Miramos con placer el horizonte marino sentados en los bancos o en las piedras. La noche va llegando. Estamos en oriente y la tarde es más corta. Cuando llega la noche, se cierran bien las puertas del monasterio. Hay un balcón que mira al mar, que está encima del mar. Es un lugar propicio para ver cómo muere el horizonte. Qué vida tan distinta. Qué lejos anda el tiempo de las prisas. Ahora todo es silencio y armonía. Hay que dejarse en brazos de los sueños. Pero sin roncar, coño.



ATHOS IV: Garrote vil (Jesús Majada)

Zographou es un monasterio monumental, como casi todos los de Athos. Pero qué decepción. Extramuros del monasterio, un pabellón poblado de ventanas con ropa tendida, ofrecía un aspecto completamente ruinoso. A la puerta había tres monjes de astroso aspecto, uno calzado con unas chanclas azul celeste chillón que blasfemaban contra su hábito negro. El patio interior era majestuoso, con dos soberbios cipreses que dejan pequeño al de Silos. Complejos andamiajes ante los muros hablaban de restauración, pero allí nadie trabajaba. Cuando salimos fuera e iniciamos la vuelta al camino, pasamos al lado de un haragán, un perdulario en hábito de monje que sesteaba sobre un banco. ¡La impresión recibida no pudo ser más frustrante: recorrer tres mil kilómetros en avión para… encontrarnos con esto!

Dos horas de camino nos llevaron a Dochiariou, un monasterio a la orilla del mar exquisito, primoroso, bien aseado y acabado. Señoreado por una esbelta torre del homenaje, parecía recién estrenado. Era la morada deseada por cualquiera que pretenda llevar una vida apacible. En la recepción de peregrinos, una estancia fresca y muy umbrosa, el abad, de traje talar impecable y gran cruz dorada sobre el pecho, conversaba muy dignamente con los recién llegados.

Los monasterios de Athos tienen todos una iglesia principal, el katholikón, y más de una docena de capillas, unas intramuros y otras diseminadas por los alrededores. Fue en Dochiariaou donde tuvimos la suerte de poder entrar en una de las más santas. Nosotros estábamos perplejos, nos pusimos a la cola de los peregrinos ortodoxos e imitamos cuanto ellos hacían. Entramos en un lugar recóndito, bastante oscuro, apenas iluminado por dos velas. Lo que parecía concitar todas las miradas era un icono de la Theotokos. Cada uno de los que iba delante de nosotros se santiguó media docena de veces con sendas profundas reverencias, al llegar cerca del icono hincó ambas rodillas en tierra e inclinó la cabeza hasta tocar con la frente el suelo. Luego llegamos nosotros, impíosteófobosracionalistasescéticosapóstatas incrédulosagnósticoslibrepensadoresateos, y –cosas de la peregrinación- nos postramos en tierra durante unos pausados instantes, igual que los musulmanes lo hacen dirigiéndose a La Meca, luego nos levantamos, y siempre marcha atrás salimos respetuosamente del santuario.

También Xenophontos nos resarció ampliamente de la primera impresión en Zographou: la ceremonia religiosa con sus suaves salmodias, el recogimiento del templo, la pulcritud de la cena y nuestra habitación, situada en la fachada noble, sobre el portón de entrada al monasterio y mirando al sol poniente sobre el mar.

En los tres monasterios en que dormimos las habitaciones eran semejantes: tres camas, una mesilla y sendos pares de chanclas para reposo de los pies peregrinos. Aquella primera noche compartimos habitación con un griego de unos setenta años, que, enseñándome una cicatriz que le atravesaba el pecho, enseguida me pidió dinero para tratarse no sé que enfermedad. Le di largas y al poco también me dijo que le pidiera dinero a Antonio, pero éste cortó por lo sano y dijo que de dinero nada.

Y fue esta primera noche cuando hicieron aparición las primeras incompatibilidades de caracteres entre nosotros: yo suelo roncar, y el sueño de Antonio es muy ligero. Consciente de mi defecto, le dije que, llegado el caso, me chisteara para cambiar de postura y así ahuyentar tan molestosos ruidos. Para más complicación, él había olvidado sus tapones. Ya bien entrado el sueño, percibí la primera admonición, que en Antonio no tiene forma de chisteo, sino del khill, khill que se hace a los burros para que aligeren. Y yo, diligente, me di la vuelta. Así dos veces más. Pero el griego que dormía a nuestro lado era no tan mirado como yo y, desde luego, menos dócil. Antonio -harto de sus ronquidos y de que no atendiera a su khill, khill- dio unos fuertes golpes sobre la madera de la cama: despertose el griego, se sobresaltó y comenzó a clamar, dando grandes voces, pero no comprendimos lo que dijo…

A la noche siguiente dormimos solos en una celda. Las camas no estaban colocadas en paralelo, sino formando una L, los pies de mi cama junto a los de la cama de Antonio. Le dije que, si yo esa noche volvía a las andadas, podía mover mi cama con su cayada de peregrino, y a tal efecto la dejó a su lado. A no sé qué hora sentí un fuerte golpe en mi pie: siguiendo mis instrucciones, Antonio había soltado un palo de ciego que fue a dar donde menos convenía.

Pero la tercera noche superamos las desavenencias. Quizá porque, tras la experiencia del vil garrotazo y huyendo de un segundo “palo y tente tieso”, dormí encogido y aovillado. O tal vez porque la campana del monasterio y un monje con una carraca nos despertó a las tres y cuarto, a las tres y media, y a las cuatro menos cuarto para que, a las cuatro, asistiéramos a maitines.

jueves, 9 de julio de 2009

ATHOS III




DÍA 28 de junio: ¡Despierta, Antonio, que nos hemos quedado dormidos!..... Pues de eso se trataba, de dormir. Con lo que me había costado cerrar el ojo…

Mis ojos se abren con sorpresa. Son más de las seis de la mañana y me descubro con el cuerpo sobre unos asientos de metal y mi cabeza apoyada en la mochila. Enseguida me desperezo. Jesús está nervioso. El autobús sale para Ouranópolis a las seis y media. Carreras hasta el primer taxi que vemos y viaje apresurado hasta la estación.

A las seis ya ha amanecido en el noreste de Grecia. Cuando llegamos a la estación, todo bulle y anda lleno de personas. Nada tiene que ver con el silencio que reinaba solo hacía unas horas y que nos devolvió al aeropuerto. Todo bulle menos el autobús de Ouranópolis que ya ha emprendió la marcha y nos ha dejado en tierra. Segundo fracaso. El conductor del taxi encuentra el momento propicio para hacer negocio y se ofrece, por una cantidad inasumible, a llevarnos en taxi a Ouranópolis. Anda ya, tío, ¿tú qué te has creído?, a robar a Sierra Morena… El taxista debió de sentir su exageración y su cargo de conciencia porque a los pocos minutos de su marcha regresó con el móvil que Jesús había olvidado en el asiento de atrás. Menos mal.

A despertar tocan y a tomarse las cosas con calma, que esto en una peregrinación y sin dificultades no hay nada dichoso.

Como podemos, buscamos información sobre el próximo autobús hacia nuestro destino. Hay que esperar más de una hora. Y lo hacemos tranquilos y ya inmersos en la realidad griega, que es una realidad oriental. Qué tráfago de gente en una estación bastante destartalada. Ni dársenas ni porras, aquello anda un poco manga por hombro y la gente va y viene sin rumbo definido. Tenemos tiempo de observar la geografía humana que nos rodea y el paisaje que nos invade. Al fondo se muestran unas montañas que parecen rodear a Salónica, como invitándola a sumergirse por empuje en el mar. ¡!Pero esto es tierra griega!!! Y es un lugar de dioses y de diosas, de mitos, de leyendas, de batallas sin tregua, de amores, de ilusiones, de ideas, de recuerdos. Charlamos somnolientos todavía pero abriendo los ojos para ver todo aquello. Sobre mi mente vienen imágenes diversas y en contraste: el pasado es pasado y el presente es presente. Pero quiero soñar y me vuelvo al pasado y a mis fuentes: que Grecia es mucha Grecia en todos los sentidos.

Nos vamos, son las ocho ya pasadas. Ah, y Jesús, ten cuidado, hay que poner las manos en el lavabo y este va solito; si no, no hay forma humana. Vale.

¿Llegaremos a las once a Ouranópolis? A esa hora sale un barco que nos dejará en Athos. Malo ha de ser, pero la congoja nos alcanza. Mejor un sueñecito, que lo necesitamos. De repente aparece un aliado para mecer el sueño: es nuestro amable y ágil conductor. De la radio del coche surge una melodía griega que me gusta y me tranquiliza. Pero esta melodía es repetida con voz muy armónica y afinada por nuestro conductor. Así que con su son nos llega el sueño.

No será por mucho rato. En medio de ese sueño voy pensando en los lugares que nos aguardan: Ouranópolis, Athos. ¡!Pero si Ouranópolis es la ciudad de Urano!! Y quizá en esa nube me quedo traspuesto. En cuanto despierto, un paisaje muy verde me cautiva y me engancha. ¡Si esto parece Asturias o Galicia! ¡Pero si estamos muy cerca del Mediterráneo! Pues más frondosidad y más frescura durante todo el trayecto.
Pasamos por pueblecitos limpios, plantados en medio de los árboles, acostados en las faldas de los montes y siempre cobijados en el verde de su intenso paisaje.

De repente, un cartel nos anuncia el paraíso: ESTAGIRA. ¿Pero cómo es posible? ¡!!Pero si este es el pueblo de Aristóteles!!! Mi mente se hace fuego, sorpresa y sobresalto. ¿No parará aquí el coche? ¿No habrá nada dedicado al filósofo? Decepción. El coche sigue su camino como si tuviera puesto el automático. ¡Aristóteles, hemos pasado por el pueblo de Aristóteles!! Volvemos a evocar esa figura, su modernidad comparándolo con Platón, opinamos sobre algunas de sus aportaciones a la cultura occidental, confirmamos la actualidad de sus propuestas (yo mismo había colgado en las páginas del blog un breve texto que parecía escrito ayer mismo). Aristóteles, el pueblo de Aristóteles. La sorpresa del día servida en un asiento de autobús.

Entre paisajes verdes, nos vamos acercando hasta la costa. Para y para el autobús y nos entra el nerviosismo porque se nos va confirmando que tampoco vamos a llegar a la hora del barco para Athos. Las dudas se hacen certeza: cuando llegamos, corremos al pequeño puerto y vemos que un barco se aleja de nosotros. Nuestro gozo otra vez en un pozo.... Tranquilo, amigo, tranquilo…

Es ya media mañana y hay que ordenar ideas. Visitaremos el pueblo, descansaremos y… ¿Y luego qué? ¡!Y luego perder casi un día!! Es un lujo que no nos podemos permitir… ¿Entonces?... Hay un barco que se puede alquilar… Será muy caro… Ciento veinte del ala… Comida, cena, habitación, desayuno… echa cuentas. Pues no nos sale a cuenta… Pues al barco, colega. Solo un rato mientras buscamos al dueño del taxi-barco. ¿Y si hubiera otros socios para el viaje y para pagar el barco?... Venga, venga, nos vamos. Ouranópolis es un pueblo de turistas y playa que en poco se distingue de los de nuestras costas: tiendas, turistas, coches, sol, comida, vacío… Nuestro sitio no es este, está allí más al este, son aquellas montañas que ya se dejan ver en el oriente… Venga, vamos al barco.

Y salimos deprisa, surcando las dormidas aguas del Egeo. Yo creo que este motor del barco las despierta del sueño y no deja que vengan las sirenas a mirarnos. Yo me siento sobre alguna rueda de las que mueven el motor y siento como un sube y baja en pizzicato que me coloca el cuerpo en un ritmo endiablado. Y maldigo al barco, al sablazo del barco y a las ruedas del barco.

Enseguida dejamos atrás el mundo en su civilización y nos sumergimos en el silencio. Aparecen los montes de este lugar sagrado. ¡!Agios Orous!!, ¡!Sagrada Montaña!! ¡Este, este, este era nuestro lugar! Las primeras imágenes nos sorprenden ante una costa escarpada, con montes que se van elevando muy poco a poco y una frondosidad que yo no esperaba para unas costas mediterráneas. El barco nos acerca hasta un remanso en el que quedan restos de una edificación que yo creí convento pero que sirve de vivienda para unos obreros cuya misión aún desconocemos y como embarcadero para los monjes que viven en un convento escondido en el interior de la isla.

ATHOS III Jesús Majada Neila.

Para entrar en Athos hay que llegarse hasta Ouranópolis, donde se toma el barco que te deja ya dentro de los confines de esta teocrática república. Nos encontrábamos en Macedonia, la patria de Filipo y de Alejandro Magno; la bruma nos impedía ver, pero intuíamos, en lontananza el Olimpo; casi frente a Athos se encuentra Lesbos, con el recuerdo imperecedero de Safo; y ya cerca de nuestro destino cruzamos el canal de Jerjes, que nos trasladó a la batalla de las Termópilas. Sólo un poco más allá, hacia el este, se encuentra Bulgaria; y luego el Bósforo, puerta abierta hacia el oriente turco.

Las dos horas de autobús entre Tesalónica y Ouranópolis fueron muy amenas. El paisaje, de un frondor insospechado (nunca había visto unos robles con un verde tan intenso), se fue amediterraneando a medida que nos acercábamos a Athos. Y la emisora elegida por el conductor, que no dejó de canturrear todas las canciones (sabía a la perfección la letra de cada una de ellas), nos sumergió en una Grecia armoniosa, que a nosotros nos llegaba llena de sabor natural.

No obstante, dos preocupaciones embargaban mis pensamientos: el presente y el futuro de mi bota, y el temor a no alcanzar el barco de las once. La solución a ambas era incompatible y excluyente, pues si conseguíamos coger el barco, tendría que arrastrar, achancletado, mi pie derecho por todo Athos. El barco se fue, y ya con tranquilidad recogimos nuestro “diamonitirion” (el permiso para poder entrar), compramos fruta, un buen plano de la península y un tubo de pegamento. Vacié la mitad sobre la parte interior de la suela, presioné fuerte durante unos minutos y la bota quedó… como Dios. Y lo digo con toda propiedad, pues si Dios es uno y trino, al ser tres personas distintas en un solo Dios verdadero, mi bota –por el efecto milagroso del superglú- también pasó a ser una y bina, al convertirse la suela y la cabezada en una sola bota duradera.

Los veinte monasterios de Athos se diseminan a lo largo de sus cuarenta kilómetros, la mitad de ellos ribereños al mar y la otra mitad encaramados en la montaña. Cada uno de estos últimos también tiene su propio puerto o embarcadero, por lo que el peregrino puede iniciar su andadura en cualquier punto de la península. Como sólo íbamos a permanecer allí cuatro días, era obvio que no podríamos visitar todos los monasterios, por lo que decidimos ceñir nuestra visita a los diez de la vertiente oeste, siguiendo dirección norte-sur.

El viaje en barco-taxi no pudo ser peor: además de salir esquilmados, volábamos sobre las olas saltando sobre nuestros asientos, nos fue imposible obtener una foto y tuvimos la sensación de que nuestros estómagos descendían más abajo de las nalgas. Al fin, tomamos tierra (santa, por cierto) en un desembarcadero despoblado, pero calmo y plácido. Comimos un bocado y nos encaminamos hacia el monte, mientras vimos a dos peregrinos que se acercaban por la orilla del mar. Eran rusos, y también se dirigían al monasterio de Zographou. Los saludamos y establecimos una elementalísima conversación. Juntos iniciamos el ascenso por un camino de herradura, pero andaban más despacio que nosotros, por lo que les dijimos adiós y seguimos adelante.

El paisaje de Athos es como el alma de un monje, hosca y serena; es áspero, agreste, y escabroso, pero de una belleza natural, salvaje y casi virgen, que sosiega el espíritu. Sólo el brío de las modernas excavadoras ha conseguido roturar este territorio, con la abertura de pistas hasta los monasterios. Mucho más discretos son sus centenarios caminos, accidentados y recónditos, que buscan hendiduras, manantiales y umbrías. La acritud de la montaña se vuelca hasta la misma orilla. Ni una concesión a la voluptuosidad: en todo nuestro peregrinar no vimos una pradera, y la ribera del mar es toda peñascosa y acantilada, sin apenas arena. Sólo en los huertos aledaños a los monasterios parece que este ascetismo asilvestrado se atempera. Y también en las aguas tranquilas y cristalinas del Egeo, que una y otra vez invitaban al baño, prohibido en Athos.

miércoles, 8 de julio de 2009

ATHOS II



En Madrid me aguarda, como casi siempre, Pedro, que me lleva en el coche hasta casa. Allí está ya Sergio y más tarde llegan mis hermanos Fide y Leopoldo, con Pilar y Rocío. Y comemos alegres un cocido estupendo, de los de mi hermana, que no hay más que decir. Athos va despertando pues ellos me preguntan por el lugar y por las intenciones del viaje. Yo sigo simplemente dejándome llevar por mi imaginación y hasta por un poco de desconcierto.

Cuando aún no hemos terminado de comer, una llamada me anuncia que Jesús ha llegado de Málaga y está en el aeropuerto. Decidimos ir a buscarlo para que pase un rato con nosotros en ese intermedio vacío hasta la hora del avión. Lo encontramos alegre y con las pintas del peregrino: mochila y sombrero con cruz. Le doy un fuerte abrazo. Es mi amigo y le debo casi todo en este viaje. Un ratito de charla y de puesta al día y vuelta al aeropuerto pues hay que estar a tiempo para echarnos a volar contra el espacio y contra la luz.

Nos queda aún el engorro del embarque y de la facturación. Llevamos solamente dos mochilas e irán con nosotros; pero nos acompañan también dos bastones para el camino a pie, y su pincho de metal nos obliga a facturarlos. Vaya fastidio. Pues venga, a facturarlos. Seis euritos del ala para nada. Nos sentamos un rato aguardando la llamada en ese tráfago que resulta ser un aeropuerto tan grande como es Barajas, antesala de todas las Españas y vestíbulo de todas las Europas. Todo multicolor, todo multiculturalidad, todo diverso.

Terminal uno, arriba, al avión. Anuncio de despegue, abróchense los cinturones, no fumen, esos móviles, el trayecto durará aproximadamente…, les saluda el comandante. Arriba, que nos vamos. Se produce el milagro físico del despegue y estamos en el aire. Primero el aeropuerto, enseguida Madrid como ciudad tan grande, la región centro luego, España en poco tiempo. Nosotros en el aire, con esa sensación de no hacer pie, de andar colgados en unos sitios raros, flotando entre las nubes. Qué extraña sensación, qué desvarío. Los campos aparecen allá abajo, amarillos, transidos por el fuego del verano; se ven las autopistas diminutas, los pantanos son manchas en medio del estío

Volamos hacia Zurich, donde haremos escala antes de sumergirnos en la Grecia profunda. Desde el cielo contemplamos con calma esa barrera natural que forman los Pirineos. Conservan en sus crestas los restos de las nieves del invierno. Miro y compruebo la certeza de estas fronteras naturales y me apena el empeño en poner como tales a otras formas que realmente niega la naturaleza y que algunos se empeñan en hacer de ellas la razón casi de su existencia. Del otro lado de la cordillera, el paisaje ha cambiado de color. Hay más nubes y el campo se ofrece en sus colores verdes. Volamos sobre Francia y no tardan en aparecer majestuosos los Alpes. Nos quedan a nuestra derecha. Los glaciares, las nieves, los lagos, el Montblanc en su trono. Qué cantidad de nieves. Y qué ríos, caudalosos y eternos. Nosotros contemplamos, comentamos, describimos, mezclamos nuestras visiones con comentarios varios, adelantamos sucesos del viaje, imaginamos sitios, andamos como niños que aguardan un regalo sin saber muy bien en qué consistirá tal agasajo. Desde arriba recuerdo las montañas de mi Béjar, tan pequeñitas comparadas con las que veo ahora, tan redondas y ya con tan poquita nieve; pero con la mismas señales de eternidad y de reposo, esas que experimento cuando salgo a mi encuentro semanal con ellas.

Aterrizamos en Zurich. Todo por poco tiempo pues ya nos aguarda un nuevo avión que irá hasta Tesalónica. Cuando bajamos del pájaro volador ya me siento distante, en otro ambiente. Aquí se habla alemán y es otra barrera que nos deja solos ante el peligro. Tenemos la suerte de que embarca también un grupo de griegos dirigido por una señora que habla español. Es un pequeño respiro para cualquier necesidad en el trayecto. El carácter positivo de Jesús y a veces la osadía harán el resto.
Ahora ya es todo noche. ¿Te das cuenta, Jesús, de que andamos perdidos en el espacio? No importa, pues somos peregrinos, y peregrinar sin el misterio y lo imprevisto no es el guión previsto. Será mejor dormir hasta Salónica. Así intentamos hacer. Yo apenas lo consigo. Ya solo pienso en Athos y en sus montes, en lo que me ha enseñado Jesús en el trayecto. Sumo estos datos en los que yo había adquirido en lecturas y mapas. Estamos acercándonos a la puerta del misterio. España queda lejos. Las puertas del Oriente andan cercanas. Imagino en el un mapa los países por los que pasamos. Pronto ya será Grecia. Y misterio, misterio, más misterio. Pasamos por encima del Olimpo. El monte de los dioses. Y nosotros aún más arriba. Aquí se mezcla todo, los dioses y el dios, lo clásico y lo místico, el caos y el mito, el dios del amor y la razón más pura. Qué sensación tan rara. Y yo en medio de todo. Jesús dormita en otro asiento de una fila trasera. ¿En qué piensas, amigo?

Por fin en Salónica. Es este un aeropuerto más manejable. No podemos perder tiempo pues nuestra hoja de ruta nos dice que tenemos que estar en una estación de autobuses muy pronto. Buscamos nuestros bastones y no aparecen: se han perdido. Vaya por dios con los dichosos bastones. Reclamación al canto y en busca de un taxi. Dificultades varias con el idioma. Llegada a la estación. Aquí no hay nadie. Please, the bus station… He is the bus station… We want to go Ouranopolis… Yes, here is the station for Ouranopolis… Que no, coño, que aquí no hay nadie y es media noche, qué coño va a ser esta la estación de autobuses de una ciudad si la de Béjar está mejor que todo esto… Jesús, volvámonos al aeropuerto y durmamos allí un buen rato, después pensaremos qué hacer. Además llueve y no tenemos donde cobijarnos… Vuelta a montar en taxi y a pagar tasa doble. Nos aguarda un ratito de descanso sobre unos bancos de hierro. Ya volveremos cuando se aproxime la hora del autobús a la estación.

El sueño nos puede y acabamos por dormirnos. A mí me puede tarde, pero me puede en el momento más inoportuno. Es límite del día y de jornada. Mañana, ya, enseguida, es otro día. Lo mejor y lo peor están por llegar. A dormir un ratito.

CRÓNICA paralela del viaje a Athos a cargo de Jesús Majada Neila, mi amigo y compañero de fatigas, artífice de casi todo esto.

ATHOS II: CONFUSIÓN DE LENGUAS
Ligeros de equipaje y no casi desnudos pero sí con lo puesto y poco más en la mochila (dos camisas, dos calzoncillos, dos pares de calcetines, una sudadera, unas chanclas, una toalla- vileda, elementales utensilios de aseo, unas barritas energéticas por si apretaba el hambre, una botellita de agua, cámara de fotos, documentación, libreta y bolígrafo) subimos al avión. En total, 4’6 kilos. Tampoco necesitábamos más. Sabíamos de la hospitalidad de los monjes, que tienen por costumbre secular dar a los peregrinos cobijo y alimento gratuitos: así es que cena y desayuno estaban cubiertos; quedaba la comida… pero eso lo dejamos al devenir de los acontecimientos, al azar o a lo que Dios quisiera, pues en Athos todo gira alrededor de Dios. En cuanto a lo ropa de más uso no había problema: con lavarla cada día y prenderla de la mochila con unos imperdibles para que se secara mientras caminábamos era suficiente.
Hasta llegar a Salónica (en griego Thessaloniki) todo fue como la seda. Bueno, todo no, pues nada más subir al avión se nos hizo presente uno de los problemas que más temíamos: el idioma. Nosotros íbamos aparejados con nuestro español (la segunda lengua más importante del mundo, pero inútil en aquellos pagos), buenos recursos en francés e italiano, rudimentos de griego clásico (conocíamos el alfabeto, leíamos con cierta soltura y redescubríamos con satisfacción términos aprendidos en nuestros estudios juveniles, más de los esperados) y nociones elementales de inglés, más útiles para comprender que para hacernos entender. No era mal pertrecho, pero claramente insuficiente para nuestras necesidades. Como volábamos con Swiss Air, la información a través de pantallas y altavoces nos llegaba en cinco idiomas: el inglés más los cuatro lenguas oficiales suizas (alemán, francés, italiano y romanche). Ya en el avión de Zurich a Salónica oímos hablar griego sin entender nada, pero con la agradable satisfacción de escuchar una fonética de sonidos límpidos, iguales a los de nuestro castellano.
Al aterrizar en Salónica la diosa Tyké, la Fortuna helénica, cambió de giro su rueda y las cosas comenzaron a torcerse. Los bastones que habíamos facturado no aparecieron: reclamación y pérdida de mucho tiempo, porque allí ya sólo se hablaba griego e inglés. Frustrado viaje de ida y vuelta, bajo la lluvia a las dos de la mañana, desde el aeropuerto a una estación de autobuses desierta y perdida en una especie de polígono industrial. Y rotura de una de mis viejas botas: la suela desde medio pie para atrás se despegó, y a cada paso sentía más que oía el clac como de una sorda castañuela. Apenas habíamos empezado el viaje y todavía nos quedaban cuatro días de caminar por montes, valles y barrancas. De momento no dije nada a Antonio, por no preocuparle, y me acordé de Sinda y de Nena. En contra de la opinión de Sinda, y sin que ella lo supiera, había dejado en casa unas botas casi nuevas por amor y fidelidad a las que me calcé, compañeras de tantos viajes y caminos. En la lista de cosas para llevar que había enviado a Antonio incluía un trozo de cuerda; el día antes de salir mientras hablaba con Nena por teléfono me preguntó el porqué de llevar la cuerda, y yo le dije que no pesaba y que podría venirnos bien para cualquier imprevisto. ¡Bendita cuerda! Até la bota desde el empeine hasta el tacón, y la suela se calló.
Pero el idioma seguía siendo el problema medular: el inglés del taxista era tan paupérrimo como el nuestro, y al poco nos íbamos a encontrar en un monasterio cuyos monjes hablaban búlgaro, y en otro, ruso… Recordé lo que aprendí de niño sobre la confusión de lenguas e hice propósito de releerlo en el Libro, una vez volviera a casa. Lo he localizado en el Génesis. El texto de la Biblia de Jerusalén tiene un matiz bien distinto al que me enseñaron de pequeño, que me ha dejado estupefacto: “Después del diluvio todo el mundo era de un mismo lenguaje e idénticas palabras. Al desplazarse la humanidad desde oriente hallaron una vega en el país de Babilonia y allí se establecieron. Entonces se dijeron los unos a otros: “Vamos a fabricar ladrillos y a cocerlos al fuego”. Así el ladrillo les servía de piedra y el betún de argamasa. Después dijeron: “Vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en los cielos y hagámonos famosos, por si nos desperdigamos, por toda la tierra”. Bajó Yahveh a ver la ciudad y la torre que habían edificado los humanos, y dijo Yahveh: “He aquí que todos son un solo pueblo con un mismo lenguaje, y este es el comienzo de su obra. Ahora nada de cuanto se propongan les será imposible. Pues, bajemos y una vez allí confundamos su lenguaje, de modo que no entienda cada cual el de su prójimo”. Y desde aquel punto los desperdigó Yahveh por toda la faz de la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por eso se llamó Babel, porque allí embrolló Yahveh el lenguaje de todo el mundo y desde allí los desperdigó por toda la haz de la tierra”.
¡Y nosotros, como dos alelados, a punto de iniciar un peregrinaje de monasterio en monasterio a mayor gloria del todopoderoso (Panto-krátor) y de la madre que lo parió (Theo-tokos)!

martes, 7 de julio de 2009

VIAJE A ATHOS (I)


Daré cuenta somera de un viaje, extraño y puntiagudo, iniciático y raro. Mi amigo Jesús Majada -hay que conocer a este tipo- había preparado con minuciosidad y durante varios meses este itinerario que nos había de llevar hasta un lugar curioso, solitario y apartado, del otro extremo del Mediterráneo.

Athos, el monte Athos. Los montes griegos evocan, como un estallido, en mi imaginación, elementos míticos, imágenes del mundo clásico, bases lógicas, lingüísticas y filosóficas, tiempos en los que todo pierde sus perfiles en la historia y en mi historia.

Yo no había preparado ni mental ni físicamente este viaje: solo reconocía que era algo especial, que sería único sin duda. Por eso también fue iniciático para mí en todos los sentidos. Un viaje de peregrino se puede plantear desde muchas variables. La geográfica (íbamos al otro extremo del Mare Nostrum), religiosa (sabíamos que el territorio que íbamos a hollar estaba poblado por monjes ortodoxos y esto resultaba totalmente desconocido para nosotros), lingüístico (habría que manejarse en varias lenguas y no sabíamos cuál sería el dominio de nuestros interlocutores; sí el nuestro, y no era el mejor de todos), de contraste y desenganche del quehacer diario (no era exactamente el caso, aunque sabíamos que a ese lugar acude gente de todo el mundo y muchas personas lo hacen precisamente por sentirse borrados del tiempo y del ritmo de otros sitios)…, o tal vez también por amistad, por darle cauce a la palabra, al camino, al sudor, a la aventura.

Creo que es esta la variable que más nos ocupaba. Y mucho más a mí que andaba horro de noticias y de conocimientos sobre el lugar visitado. Confiaba en Jesús y en sus conocimientos, sabía que apuntaba todos los detalles, me había hecho saber sus gestiones y hasta me detalló nuestras necesidades para el camino. Nada había pasado antes de iniciar el viaje y todo había de suceder en el camino. De modo que, con los límites del misterio en los extremos, lanzándome de golpe desde el acantilado, me puse en camino una buena mañana de junio. Habíamos preparado la mochila, cargada hasta los topes por su escasa capacidad, con un poco de ropa y unas pastas, por si el misterio se volvía necesidad. Nos habíamos citado en el aeropuerto de Madrid. Y allá que nos marchamos.


DÍA 27 de junio: No duermo mucho tiempo. Me ocurre con frecuencia cuando tengo por delante un desplazamiento y sé que me voy a enfrentar con imágenes nuevas. Así que me despierto pensando en el viaje. Las ocho en el reloj y un día estupendo. El sol ya se hace fuerte en la montaña y luce en mi terraza. Me levanto enseguida pues tengo poco tiempo y ya todo es viaje, aunque no haya salido de mi casa. Me llama Jesús desde Málaga con la noticia de un último detalle de pasaporte. No ha de suceder nada pues todo es al final muy homogéneo. Repaso la mochila, pequeña y bien rellena, miro hacia el horizonte y digo adiós al fondo de la sierra, a las sombras que aún dominan en el valle, a lo alto de los cielos. Desayuno con Nena en la terraza. Nos miramos. Decimos pocas cosas. Ya la estoy echando de menos y no he salido de casa. Venga, tío, adelante, no te pongas mimoso que el mundo está esperando. Soy así y no tengo remedio. Ni quiero tenerlo. Te llevaré conmigo, tú lo sabes.

Me acerca Nena al coche de viajeros. Cuánto tiempo sin usar el transporte colectivo. No viaja mucha gente en este coche. Busco un asiento cómodo que me libre del sol. El autobús se pone en marcha y empieza su trayecto. Repaso con mi vista los paisajes, que me dejan los verdes de toda la serranía de Gredos en la retina y un azul muy diáfano en lo alto. En Piedrahíta se detiene un rato y nos invitan a cambiar de vehículo. Será mejor así pues no habrá que parar en otros sitios. Y bordeamos Ávila sin poder yo pararme a darle un beso a mi niña Sara y a mis hijos. Se lo doy desde el coche y es muy fuerte.

En pasando Guadarrama, ya todo es Madrid, el inmenso Madrid en sus ciudades y pueblos dormitorio. La sierra es de pudientes, ya se sabe, y allí están sus chalets de buena pinta y sus vistas hermosas. Pero todo es Madrid sin solución de continuidad. Y con Madrid el mundo en catarata simultánea, lo negro y lo blanco sucediendo a un tiempo, el arco iris todo en el firmamento, lo intenso y las flojeras, el crimen y el castigo, el policía y el ladrón, los buenos y los malos. Y todo conviviendo al mismo tiempo. El mundo en una traca de colores.

Repaso con mi mirada las caras de las gentes que me acompañan en el coche. Es esta una actividad que me gusta realizar en las escasas veces en las que me subo a un transporte como este. Es la sociología barata e intrahistórica pero acaso bien cierta. Me guardo este retrato para mí. El trayecto se agota y el Madrid más profundo se aparece en el frente. Aún Athos está lejos y prefiero dejarlo en duermevela.

lunes, 6 de julio de 2009

"VOCES DEL EXTREMO"

Hoy me siento en un horario conocido, en un ritmo de tiempo que me resulta propio. He descansado bien, me he levantado tarde, he vuelto a mis cosicosas. Y a estas páginas.

Terminó ayer el Encuentro de Escritores y hoy ya todo es pasado. Acaso no del todo porque queda el resumen, la mirada, la evaluación de todo, el resumen tranquilo, ese esquema que busca acomodo y poso en la conciencia y que dura más tiempo. Vinieron muchas “Voces del extremo” para sentirse juntas y seguir afirmando de forma muy diversa que siguen en el tajo. No es fácil delimitar qué es eso del “extremo” ni si todos lo que por aquí han llegado seguirían en el “extremo” si su situación vital y editorial fuera un poco más positiva. Pero allá cada uno con sus cosas. Lo cierto es que el aroma del Encuentro sigue siendo el de la diversidad y el de la libertad, el de la presencia diversa y el de los hallazgos magníficos al lado de presencias que son menos audaces y de otras que tienen muy poca base en la que poner pie. Hay aquí un aroma de “poesía de la conciencia” que se sigue filtrando por bastantes rendijas. Algunas de las fórmulas poéticas que se proponen a mí no me complacen pero otras las siento muy cercanas. Se habló en algún momento de un marbete tan claro como “poesía obrera”. Y a mí no me gustó su formalización. Por supuesto que comulgo con su fondo significativo y social, pero me quedo sin duda con la formulación de Fabio Rodríguez de la Flor y no me atrevo a tomar en mis manos la de Vicent Camps, a pesar de su extraordinaria dicción.

Me gusta, sin embargo, que se siga pensando que el sistema tal vez no es el mejor, y hasta acaso que sea sencillamente una mierdita pura. Que se cuestione todo y que se alce la voz y que se grite pidiendo paso a otras formas de vida y de creación, que aún queden individuos que se rebelen y que no admitan que el canon, si es que hay alguno, tenga que pasar por la lista de los más vendidos ni por las modas impuestas por Jesulín o por la tontita de turno. Sí, señor, viva la conciencia, y que la conciencia alumbre formas poéticas claras y elegantes, capaces de mover a muchos seres en busca de otras vidas más humanas y más pegadas a cada uno de los individuos.

Hay muchas variables en este tipo de encuentros literarios. Hay gentes que responden, que respetan al grupo, que son agradecidos y sencillos, que aportan su presencia y su poesía sin aspavientos. Buena gente, en resumen. Suelen ser, además, de aquellos que tienen suelo sólido y cabeza serena y amueblada. Y los hay de los otros, de los que llegan tarde sin encomendarse a nadie, como si dar la nota estuviera en sus genes y no tuvieran mucho más que ofrecer. Los hay que casi se ponen estupendos y que todo lo arriman a cuestiones sociales y políticas; los hay que pasan días como pasan las gentes por la calle; los hay que son más tímidos y los que se pasean como si estuvieran en casa. En fin, es tan variable esto…

Vinieron creo que sesenta o setenta entre creadores y participantes. Reunir a todo este caleidoscopio de personas supone un trabajo anterior muy intenso. Y aquí, Antonio Orihuela y Felipe Comendador tienen mucho que decir. No estoy nada seguro de que fuera del encuentro se les sepa agradecer, que así somos demasiadas veces por aquí. Y fue muy importante ver como María Rosa, nuestra concejala de cultura, se lo tomaba con ganas y estaba cada hora allí en el tajo, acaso un poco sola y sin ayuda de sus demás compañeros de corporación. Y Ángela, solícita con todos, y Germán, y Celestino, un poco más nervioso, quizás por ser novato en el asunto, y José Luis Morante, allí entre bambalinas, por si acaso. Y yo mismo que anduve todo el tiempo en la sala, como maestro de ceremonias, distribuyendo tiempos y palabras, conviviendo con todos durante estos días densos.

Vinieron los blogueros de la zona, con Manolo a los mandos, con Adu y su energía, con la hermosa Donce, con Cuarentaydosymedio y Marina, con Mojado Papel, con Isabel Huete, y Sinda al otro lado del teléfono, con Celes y Pedro Ojeda, con… Me hubiera gustado estar un poco más con ellos pero qué le vamos a hacer, andaba uno como un zascandil pendiente de demasiadas cosas.

Y vinieron también nuestros artistas, que completaron una parte fundamental de estos días. Ese genial Caraoscura que improvisaba todo desde un fondo de sabiduría popular apasionante, Jesús Márquez y Paco Ortega, y el inefable Alberto Pérez. Qué artistas estupendos de la música, del gesto, de la mímica.

Y nos acompañaron de fondo las exposiciones, tres nada menos. ¿De dónde sale tanto artista en la pintura para dejar mandiles tan hermosos? Y el puntito que puso la representación de la coral. Qué buen ratito.

Eché en falta la presencia de algunas de las personas del entorno de Béjar. Desgraciadamente, como tantas veces. Es esta, no hay que olvidarlo, una ciudad estrecha por demasiadas cosas, y a mí me sigue doliendo esta ciudad, porque es la ciudad de mis días, porque en ella envejezco, en ella amo y en ella veo pasar el tiempo. Ya pensaremos en cómo mejorarlo

Anoche, cuando acababa todo, nos quedamos a cenar Alberto Pérez, Jesús Márquez, Paco Ortega y compañera, Felipe y yo mismo. Y hablamos del encuentro y de otras cosas. Después nos diluimos en la noche. Yo estaba muy cansado. Y bastante satisfecho
No sé si este intento positivo seguirá en otros años, pero las bases están ahí ya puestas. Yo me vuelvo a ofrecer para ayudar en lo que pueda. Merece bien la pena. Gracias, Felipe, por todos tus esfuerzos. Seguiremos abriendo nuevos cauces. De la forma que sea.