lunes, 11 de mayo de 2009

PRETEXTO, CONTEXTO Y POSTEXTO: PROSOPOGRAFÍA Y ETOPEYA EN UN POEMA OCASIONAL

Qué imbecilidad de titular. Lo tomo de uno real, no me lo invento. No citaré la fuente porque no me da la gana y no tengo por qué molestar a nadie. Además su autor sabe hacer cosas muy buenas et quia aliquando dormitat Homerus. Y lo copio aquí sencillamente porque me apetece.

Pero me puede servir de pretexto (ya tenemos la primera palabra) para considerar brevemente la enorme cantidad de variantes que ofrece la confección de un texto, por breve que este sea. La pauta nos la marcará el contexto (ya tenemos la segunda) y el fin comunicativo del mismo, o sea, el postexto (y ya la tercera).

Pues indagaré en unas líneas su aplicación a una prosopografía y a una etopeya. Por divulgar, me recuerdo y recuerdo que prosopografía tiene que ver con la descripción externa de una persona y prosopografía con la descripción de caracteres (perdón). Y que ambas juntas constituyen eso que popularmente llamamos retrato (otra vez perdón). Vamos que parece claro que se podía haber expresado de forma un poco más sencilla y clara.

Sucede que a veces se cuentan historias, y que en esas historias intervienen personajes, y que estos personajes son de alguna manera, y que esto hay que trasladarlo al lector, en boceto, en detalle o envuelto con aspirina, pero de alguna manera hay que ponerles límites a los actores de lo que estemos contando.
Si pensáramos un poco, nos daríamos cuenta de las múltiples posibilidades que ofrecen esas descripciones y los efectos tan distintos que producen. Un buen ejercicio de creación literaria –casi de taller literario- es intentar diversas posibilidades del retrato. ¿Seleccionamos solo elementos de tipo físico? ¿Solo de tipo moral o sicológico? ¿Los mezclamos? ¿Cuál va primero? ¿Hacemos diversos lotes? ¿Los mezclamos en proporciones desiguales? ¿Ensayamos perspectivas realistas y perspectivas hiperbólicas?...

He dedicado el tiempo libre de mis dos últimos días a la lectura de una novela curiosísima, “El manuscrito de piedra”, Luis García Jambrina, ambientada en la Salamanca de finales del S XV, en la que se le encarga nada menos que a Fernando de Rojas el esclarecimiento de una serie de crímenes. El tono policíaco, la toponimia, el ambiente histórico, la proximidad y la claridad de exposición hacen de esta obra una novela que yo he leído casi con pasión.

De ella recojo casi al azar un par de descripciones (Prosopografía y etopeya…).
En la primera se describe a la princesa Margarita, hija de los Reyes Católicos: “A Rojas lo sorprendió la hermosura de doña Margarita: la albura de su rostro, el color dorado de su pelo, los ojos azules y soñadores, la nariz recta, los labios sensuales y, desde luego, su talle esbelto y bien contorneado. Vestía un brial de brocado carmesí, con el cuerpo de oro tirado, un manto corto de terciopelo, forrado de armiños, y una mantilla de raso, con forro en damasco leonado, delantera bordada y abertura de aletas de oro y plata. En la cabeza llevaba un tocado alemán, hecho de red de oro e hilado con seda de colores.” Ni un jodío rasgo moral. ¿Qué pasa que no hay que ver en ella más que una tía macizorra?, ¿eh? Pues es lo que hay.

Inmediatamente después, aparece El Príncipe: “A su lado, parecía o demasiado niño o demasiado anciano para ella. Su capa, jubón, ropa, calzas y gorra eran del más fino paño y de la mejor hechura, pero lucían tanto en él como en una alcándara. Aunque era delgado y de regular estatura, sus piernas parecían demasiado débiles para sostener un cuerpo. En su cara ovalada e infantil, predominaban los rasgos de la madre: los ojos entre verdes y azules, la nariz algo carnosa y de perfil ondulado, la boca blanda y lasciva y el cabello rubio y abundante… Su rostro enteco, pálido y con ojeras daba pábulo, por otra parte, a los rumores que aseguraban que hacía demasiado uso del matrimonio, o que Margarita era demasiado reino para tan poco príncipe.”

Alguna licencia se permite el autor, pero muy escasas pues apenas salimos de la pasarela tampoco con el tipo este, aunque para su desgracia, como se dibuja en las últimas imágenes. ¿Acaso es que la monarquía no da para más?, ¿eh? Pues puede, pero los rasgos también pueden ser negativos y aquí no los hay de ningún tipo, de modo que no podemos hacernos una idea de con qué gente nos estamos jugando los cuartos.

Todavía copio otra prosopografía (jijiji) del mismo libro, con tono quevedesco: “El aspecto del hombre (no es el príncipe), además, no era muy tranquilizador, y menos aún en una cueva. Era alto, cenceño y andrajoso, en todo semejante a una estantigua. Tenía una barba larga y descuidada y unos ojos tan saltones que parecían querer salírsele de las órbitas para ir a ver el mundo por su cuenta. Poseía, no obstante, una voz bien timbrada y cadenciosa, de esas que encantan y seducen al que la escucha, aunque no se entienda nada de lo que dicen.”

Qué diferencias. Y siempre con el juego de la palabra. Qué hermoso un juego de identidades a partir de una descripción (prosopografía y etopeya…). A adivinar quién es quién. O a desfigurar por lo feo. O por lo hermoso. O por lo real. O por la hipérbole. O por lo sociológico. O por la moralina. O por los gustos. O por…

De nuevo la realidad reducida a la referencia que de ella tengamos a través de las palabras.

domingo, 10 de mayo de 2009

COMO BUSCANDO A SARA

Amanecí cargado en mis cuádriceps por la caminata a la que me había sometido Jesús la mañana del sábado. Jesús, amigo, que uno no anda para esos trotes. El caso es que, entre idas y venidas, sábado sí y sábado también, la serranía de Hervás, dominada por el Pinajarro desde lo más alto, empieza a no tener secretos para mí.

Pero esta vez tocaba explorar una ruta para que el Grupo Bejarano de Montaña la hollara el sábado siguiente, y allá que nos fuimos. Anduvimos casi literalmente sumergidos en el valle hermosísimo que mira desde la divisoria de Candelario, La Garganta y Hervás y que ahora lo dibuja todo de un verde muy tierno y luminoso. Y desde el pueblo de Hervás sorteamos casas de campo y árboles ya cargados de cerezas rojas bien maduras para llegar al pantano que abastece al pueblo, ascender por un robledal que hace arco a cualquier caminante, tomar un respiro en el estanque desde el que se lanza en flecha casi vertical un canal que conduce las aguas hasta una central eléctrica, desviar nuestro camino invadiendo algún prado y terminar encontrando pista en la Tabladilla. Lo demás fue ascender en suave desnivel por varias pistas, hasta situarnos otra vez a los pies mismos del padre de los picos de la zona: El Pinajarro. Un kilómetro antes, cerca de una torrentera convertida en regato y casi río, nos paramos a matar la sed y el hambre. Y lo hicimos a la orilla de unos hermosos chozos construidos allí por los pastores junto a una majada para el ganado. Mi imaginación se fue volando hasta mi infancia, hasta mis noches de chozo junto a las carboneras, mirando hacia la luna y las estrellas, niño yo de nueve años frente al cielo infinito. Mis chozos eran más pobres que estos que ahora contemplaba. Estos tenían la base construida con piedra bien sólida y, a partir de ahí, las escobas bien mullidas formaban todo el resto. Mis chozos eran todos de jara y escoba desde el suelo. Apenas unos palos muy bien entrecruzados sostenían esas paredes verdes. Y eran, además siempre nómadas pues no duraban más que una o dos carboneras. Estos tienen vocación de permanencia y allí están para mucho tiempo. Benditos chozos estos donde duermen pastores de la sierra junto al ganado montaraz. Ellos saben de frío y de paciencia, de dolor y de soledad, de abandono y de supervivencia. Y saben cómo canta el silencio en las alturas, cómo se desmorona la montaña y la nieve se licua y se rinde ante el sol. Ellos saben los secretos de la montaña y de todos los seres vegetales y minerales. Cómo sentí en los chozos mi niñez.

Nunca os quejéis de la penosidad de una subida. Tened cuidado, en cambio, de la dificultad de una bajada pronunciada. Nosotros exploramos por unos cortafuegos empinados hacia el abismo y mis músculos se empezaron a quejar enseguida. Aún ahora me siguen recordando las bajadas. Pero el camino quedó hecho y anotado, la cascada bellísima en lo hondo del valle me refrescó al momento y el mercadillo de Hervás me regaló unas cerezas del Jerte rojas como granadas.

Y al cansancio se le juntó la alergia. No lo necesitaba pues estaba derrotado de antemano. Y me senté en mi casa para el resto del día y de la noche.


Hoy me esperaba Sara en la ciudad de Ávila. No se ha atrevido aún a lanzarse a la vida, pero anda en balbuceos y presiento que en cualquier momento se lanzará del nido, dará su primer grito y mirará asombrada todo lo que le rodea. ¿Qué verá en su primera mirada? ¿Cómo se ajustarán sus ojos a esta materia extraña que va a rodearla siempre? Ella será de nuevo otro milagro, un engranaje oculto de la vida, un pálpito continuo y luminoso, un desconcierto cósmico, una caricia tenue, un beso sin destino, “un escombro tenaz, que se resiste / a su ruina, que lucha contra el viento, / que avanza por caminos que no llevan / a ningún sitio. El éxito / de todos los fracasos. La enloquecida / fuerza del desaliento…” La vida ya la espera. Y yo seré su tiempo porque estaré cerca de sus sentidos. La acaricié con miedo en el vientre abultado de su madre. Creo que me respondía en algún movimiento. Y me llené de gozo y de fotos de su espacio, todavía tras el telón de carne en que yace escondida. Tengo que acariciarla con cariño, para que no se rompa; la miraré con calma y con ternura, pues viene de la oscuridad; le hablaré con susurros, pues llega del silencio. Yo ya la aguardo pronto con los brazos abiertos.

viernes, 8 de mayo de 2009

HOY FUE DÍA DE CONTRASTES

Pues que hoy fue un día de mezclas y de vacación de aulas. Hoy puse en el pescante el latinajo “vacat” y me fui a Salamanca de análisis y eso, eso que llaman reconocimiento, que uno anda ya chunguillo y quiere asegurarse de que no hay nada extraño. Una bobada al fin pues lo único que puede uno encontrarse es cualquier desvarío. O sea, que electros y pinchazos, orinilla enlatada, vista al frente y a los lados, oídos en posición de revista, pesaje y medida como si uno fuera a fichar por cualquier equipucho, la garganta y el pecho y, en fin, un recorrido de los de tente tieso. Veremos qué me cuentan, aunque para estos casos mejor que la rutina no hay nada y mejor que no se acuerden de uno. Estaba guapa Salamanca como siempre, pero es que hoy la paseé bien de mañana, por su Plaza Mayor y por su feria del libro, por sus calles peatonales y por sus escondrijos. Pillé unos buenos libros que ya ando devorando.

Y me vine para Béjar, estrenando autovía y sintiendo la comodidad de un coche como el que ya me espera para dentro de poco. Aún quedan unos trozos que abrirán en verano, según dicen. Andamos en la cola de las obras, pero quedarán chulas y nos pondrán más cerca de lo que necesitemos.

Y subí al Castañar a empaparme de verde y de paisaje. Todo es lujuria ahora para la vista y para el olfato, como un paréntesis carnoso, como un valle mullido, como la siesta oculta de un fauno en sotobosque, como la sinalefa de unos labios alados, como las hendiduras de una falla que arrastra los despojos de una tormenta blanca, como la voz carnosa que anuncia el sacrificio en el ocaso, como un beso infinito y lujurioso, como un acto de amor interminable.

Luego supe de la muerte de la madre de Encarna, la suegra de Manolo, y estuve acompañando su tristeza y su tranquilidad durante un rato, su certeza de que la vida a medias acaso no es ni media vida, su sensación de que hay hechos que buscan otro tiempo donde todo se aquieta y se transforma.

Y me sumí en las páginas de un texto sobre textos escrito por Ada Salas. Me gusta su poesía y me gustan sus notas metapoéticas aunque no siempre esté de acuerdo con ellas:
“Todo poema nos aleja, nos mata un poco para la vida común y nos afirma en la soledad, porque nos hace crecer en una dirección contraria a la que compartimos con los demás. Y sin embargo, ese alejamiento, ese viaje hacia la esencia -del hombre, de la vida, de nosotros mismos- nos conduce hacia (nunca se llega porque no hay destino real) un punto de lucidez generalizadora que nos ayuda a comprendernos, nos hace más humanos y, situándonos fuera del mundo, nos reconcilia con él.”

Conozco sus ideas de esencialidad, de minimalismo casi, de huida hacia el interior, de rechazo de la palabra demasiado explícita, de amor por lo que sugiere desde fuera del tiempo y del espacio… Hace ya algunos años, sobre su breve poema “Ya no será la paz. / Han besado mis ojos / tu terrible desnudo”, me divertí parafraseando y desmitificando en verso esto que hoy descubro en sus palabras de explicación del hecho poético. Este era el poema explicativo que escribí y que copio aquí otra vez:

A veces siento ansias / de condensar mi voz en una letra / -la más pequeña de ellas si pudiera- / que solo signifique. // Pero me lo has prohibido; / dices que no me entiendes, / que olvide de una vez las polisemias / y mi imaginación calenturienta / -tu frase favorita-; / me pides que te lleve / la voz directamente a tus oídos, / sin labor de carteros / ni otros intermediarios. // Pues mira, corazón, / oye lo que te digo: / desde el primer instante / que hicimos el amor, / mi cuerpo se estremece en tu presencia / y no anhela otra cosa / que gozarte otra vez. // Y todo este glosario / solo para acercarse / como un quince por ciento a la sentencia / “Ya no será la paz”.

Me vale como ejemplo explicativo, vaya que si me vale. No es el comentario de una “Alegría riojana” pero me sirve perfectamente como contraste. Y por hoy ya es bastante.

jueves, 7 de mayo de 2009

!!UN MES!! !!YA TANTO!!

Hoy se me cierra un ciclo muy intenso. Hace ¡tan solo un mes!, ¡un mes!, ¡ya tanto!, que se me fue mi madre para siempre. Y este ciclo tan denso me ha puesto de nuevo cara a cara con el tiempo y con sus apariencias.

Recuerdo ahora las horas de aquella triste tarde. Todo estaba en espera de cualquier variable. Nada era sólido, todo era posible. Yo gastaba mis días en visitas frecuentes hasta su lado, en aquellas otras tardes en las que la paseaba por aquel largo pasillo, viendo morir la tarde, contemplando cómo se hacía más gris el horizonte. Tenía ya asumido que cualquier día se iría por aquel horizonte hacia ninguna parte, pero cuanto más lo sabía menos lo quería. Mi mente había vivido su adiós ya muchas veces.

Pero aquella tarde todo me dolió tanto… No sirvieron ni llantos ni intentos de consuelos. Aquel tajo tan hondo se hizo más doloroso por momentos. Ya no había variables, tan solo la certeza del fin, lo inevitable del desaliento. Me guardo las imágenes, las frases, el soliloquio lento de las horas nocturnas, allí, junto a su féretro.

Ha pasado ya un mes y no son treinta días; son muy largos sin ella, haciéndome a la vida sin besarla y cuidarla, sin darle mis abrazos, sin intentar ponerle un vaso entre sus labios, sin perder mi paciencia cuando sus negativas a ingerir alimentos, sin contarle esos cuentos que me inventaba siempre, sin pedir que mañana pudiera seguir conmigo.

Es tiempo de recuerdo, de que el tiempo se me muestre en todas estas cosas que siguen siendo ella porque las roza aún en mi cerebro, porque yo la conservo, porque la encuentro aún en las esquinas, sentada en mi terraza como un niño, mirando hacia la tarde, porque miro a mi plaza y me veo paseando su carro, porque se me ha vuelto niña y juego con ella, porque la llevo a acostar y le enseño su cama, porque me duermo a su lado por si me necesita, porque escucho su zozobra en medio de la noche llamando a quien le pida su conciencia… por todo en cada cosa.

He procurado superponer imágenes durante este mes denso, he serenado ánimos, tengo una sensación de extraña tranquilidad cuando pienso en el trato que le dispensé y en el cariño que le ofrecí. Hoy sigue aquí, a mi lado, como una muñequita a la que abrazo fuerte.

miércoles, 6 de mayo de 2009

"VIAJEROS Y TURISTAS ¿EN LA COSTA DEL SOL?"

Acaso no es tan fácil ver el tiempo en las cosas. Porque las cosas tienen medidas, colores, extensiones, límites, olores y sabores. Exactamente aquellos que yo percibo por mis sentidos. O los que yo traslado desde la realidad a mi imaginación, o desde mi imaginación a la realidad, en un vaivén en el que ya confundo qué es realmente la realidad.

El caso es que ayer durante varias horas y unos ratos de hoy he echado mi vista sobre las páginas del libro “Viajeros y turistas en la Costa del Sol”, de Andrés Arenas y Jesús Majada. No había tenido ocasión de leer este libro que mi amigo Jesús publicó hace unos años. Me ha venido bien porque ha sido continuación de mi estancia en Málaga, de su conferencia sobre el concepto de viaje -de la que di noticia- y de su estancia última en Béjar.

Mi lectura tiene dos partes bien distintas. Las dos podrían interesar a cualquier lector, pero me quedo sin duda con la primera, por ser universal, polisémica y casi infinita. El viaje como hecho universal, el viajero frente al turista, la nómina de viajeros a lo largo de la historia, el repaso a sus concreciones literarias, abren una perspectiva absolutamente sugerente, que deja a la imaginación en un camino casi sin posible retorno. Y ahí el viaje tiene coordenadas físicas pero también mentales, religiosas, psicológicas, sociológicas, políticas, filosóficas. Hasta llegar a la última metáfora de nuestra vida en camino: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar”.

La segunda parte recoge velas y sitúa caminos más precisos: todos aquellos que o llevan como meta y última parada la ciudad de Málaga o alguno de los pueblos de la provincia, o tienen la ciudad como parada y escala de viajes más largos. Aquí ya ganan metros los espacios frente a los conceptos, los nombres propios y las geografías, las costumbres regionales, los climas y los aspectos concretos de las biografías. Unas me llaman la atención más que otras. Y me sigue atrayendo sobremanera el carácter andaluz que se sigue dibujando en las páginas y en la retina de los visitantes extranjeros. ¿Cuántas imágenes son tópicas y cuántas responden realmente a la verdad y ocupan el talante de casi todos los andaluces? ¿Anda en esas imágenes realmente algo que se parezca al “alma andaluza”? Acaso al alma andaluza le ocurra lo que le sucede al tiempo como concepto, que se queda en la muestra que de él dan las cosas. También aquí interesa la imagen que dan los visitantes viajeros, siempre que sea sincera y sosegada. Todos quedan anegados por la luz de esa costa y de esas riberas, todos alaban ese estilo de vida que no se sujeta bien a unas normas de razón de corte centroeuropeo o anglosajón, todos terminan embrujados por aquello que se podría poner en cuarentena desde otros parámetros. Qué gracia tan desbordante para actualizar fonéticamente los nombres (don Jorgito, sir Peter – Sopita, Gerald Brenan – Yerbabuena…) que acaba por conquistar sin condiciones a demasiada gente. A mí también, lo juro.

No parece mal camino de aproximación al conocimiento de una comunidad este de los libros de viajes, aunque nada como la visión directa, el pateo constante, la indagación sin intermediarios, la charla con las gentes, el patearse los caminos, bajar desde Mijas hasta Fuengirola por los estrechos caminos, cantando sin complejos o comiendo nísperos salvajes que te ofrecen los árboles al precio de estirar simplemente las manos, la visión de la costa desde la alta carretera, la comida en el sitio oportuno…

Esta lectura me propone de nuevo el viaje inconcreto hasta el monte Athos, pensado como viajeros y no como turistas, a la espera de lo que quiera depararme y depararnos el camino. O me incita de nuevo a echarme a los caminos de estas sierras, que me enseñan cada vez una nueva perspectiva.

Dejo aquí la lectura, pero no los recuerdos de esa hermosa Andalucía que tan bien me trata siempre que me acerco a ella. Pero sigo en la senda de la vida, hollando sus caminos, procurando dar porte a este viajero que llevo dentro, hurgando en las curiosidades que me ofrece a borbotones en cuanto abro la boca para saciarme en ella. La vida es el camino de todos los caminos. Caminarla con tino y sin descanso, pararme para otear sus montes y sus valles, descubrirme en sus etapas, dar frente a sus cuestas y gozar de sus curvas y senderos, todo me empuja a echarme al camino de eterno peregrino. Quisiera andar “ligero de equipaje” porque no sé muy bien cuál es la meta y más bien adivino que la meta es el mismo camino.

martes, 5 de mayo de 2009

MI TIEMPO, TU TIEMPO, NUESTRO TIEMPO

Y me he quedado, como pensaba ayer, un rato para mirar el tiempo. Me he parado a mirar hacia el cielo desde el sillón confortable de mi terraza y he visto el sol en lo alto y la luz en lo extenso que abarca mi mirada. Arriba sigue blanqueando la nieve, cada día más escasa y más deudora de las aguas del valle, y el verde de las plantas, y el amarillo intenso de la flor de la escoba, que me marca tan bien el paso del tiempo hasta el verano, cuando se encarame hasta lo alto del Alaíz y del Pico del Águila.

Pero he llamado al tiempo por su nombre y he buscado el concepto y tengo que reconocer que no lo he hallado como algo separado de las cosas. Son los objetos los que me marcan la única apariencia que poseo del tiempo. Las escobas andan en flor por estos días a la altura de la Cerrallana, en esta ciudad estrecha. Irán ascendiendo poco a poco, marcando ese color por cotas en la sierra y, repito, cuando coronen cima en el Alaíz, yo sé que será verano. Representan para mí un calendario exacto de eso que llamamos el paso del tiempo. Y aún sigo mirando y certifico que lo que pasa no es el tiempo sino el color de la escoba y la cota en la que se va asentando.

De modo que uno anda convencido de que eso de la medida del tiempo es tal vez de lo poco que uno trae a la vida, uno de los escasos instrumentos con los que uno juega a ser inteligente y a sobrevivir. ¿Qué otra cosa hago yo sino evocar el tiempo cada día?: me evado en la niñez, cuento los días de la semana, las semanas del mes y los meses del año, recuerdo mis asuntos con el patrón del tiempo, me someto a sus antojos y espero que la vida me siga dando tiempo. Es mentira: lo que pido es que la vida me siga dando vida.

Pero sigo llamándolo como ser independiente de las cosas y sigue sin responderme.
Decía san Agustín, un tipo listo y complicado, lo siguiente cuando se preguntaba por el tiempo: “Sé bien lo que es, si no se me pregunta. Pero cuando quiero explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé. Pero me atrevo a decir que sé con certeza que, si nada pasara, no habría tiempo pasado. Y, si nada existiera, no habría tiempo presente”. Él apunta muy directamente hacia las cosas. Yo, desde mis debilidades, creo que tiene razón y debería dejarme de empeñar en buscar el concepto del tiempo para dedicarle un poco más de esfuerzo al tiempo de las cosas. Son las cosas las que tienen tiempo, desde ellas medimos ese tiempo, o las caras del tiempo que no son más que las fotografías que las cosas nos van mostrando desde nuestro devenir personal.

Tal vez, entonces, lo que pasa no es el tiempo sino nuestro tiempo; o mejor, mi tiempo, tu tiempo y el tiempo de los otros. Cada uno es su tiempo, su conciencia, esa roncha y ese sarpullido que nos va saliendo en la piel y que nos sitúa en el espejo para vernos en él y para ver todas las cosas a través de la mirada de cada uno de nosotros.

Me sobrepasa pensar en las aplicaciones que le puedo dar a este concepto personal del tiempo: las religiones, los conceptos que apuntan a lo eterno, los espacios vitales, la mirada del espacio, que parece que está ahí puesto como una fotografía continuada y panorámica sobre la que ejercer y concretar el concepto de tiempo, y hasta los tiempos verbales, ese comodín de pasado, presente y futuro que nos hemos inventado para andar por casa (otro día me pararé a medir los tiempos verbales en unas pocas palabras)… Me apabulla el concepto.

Y miro hacia los lados -por si se me apareciera el concepto como algo independiente- y sigo sin respuesta. Miro a los demás, extiendo la mirada hacia los vegetales, me recreo en los animales y desembarco en los humanos, y esos sí me ofrecen la fotografía de la medida del tiempo, de mi tiempo, de la medida que les pongo a las cosas desde mi finitud.

Y como soy mirón, sigo buscando límites. Y ahí están los hitos de la vida y de la muerte, del nacimiento y de la sepultura. Desde ellos mido todo. Ahí está la maratón, aunque con extensión indefinida. Tengo que confesar que los kilómetros me salen ya mejor contados desde ese hito final que me dejará sin tiempo desde el momento en el que se enseñe la bandera del olvido, de mi olvido y del olvido de los demás, del olvido de mí mismo y del olvido de las cosas que más quiero.

Tal vez por eso tendría que esforzarme en hacer cada día más eterno, cada hora más intensa y cada minuto más jugoso. Porque el tiempo soy yo, mi conciencia es la brújula de todo lo que pasa.

Y no existe conciencia sin los otros, aunque sea para notar su ausencia. Por eso no puedo crear el tiempo sin los otros. Luego el tiempo son también los otros, que me miden como yo los mido a ellos. Cada uno con su tiempo. Mi tiempo, tu tiempo, nuestro tiempo.

domingo, 3 de mayo de 2009

EL TIEMPO SOIS VOSOTROS

Todo el tiempo de este largo fin de semana me lo han ganado mis amigos y se lo han perdido estas páginas. Peor para ellas. Y mejor para ellos y para mí.

Desde Málaga llegaron Jesús y Sinda con Leti, y desde Cáceres lo hicieron Antonio y Mercedes. Fue un paréntesis gozoso en el tiempo y dio mucho de sí. Porque aquí comimos y bebimos, charlamos y recordamos viejas cosas, no concretamos el futuro ni la llamada de Athos pero ya lo haremos, nos comimos el paisaje lujurioso que tenemos en Béjar cuando llega mayo, sentimos la presencia de la amistad y nos volvimos a reconocer en nuestras simples virtudes y en nuestros también simples defectos.

La solidez y la naturaleza de la amistad no necesitan alabanzas porque las tienen todas y nunca se discuten. Pero es bueno afirmarlas y reencontrarte con ellas cada cierto tiempo. Entonces se notará que la distancia no es necesariamente el olvido y que entre los amigos encuentras seguramente alguno de los mejores fundamentos para seguir caminando en esto que llamamos vida. Cuando se anulan las distancias y se suman unos días de tratos amistosos, parece como que el tiempo te hubiera dado un respiro y se hubiera vuelto más generoso.

Son buenos estos encuentros por muchísimas cosas. Me interesa pensar en ese tajo que supone echar la vista atrás y dividir el tiempo en lo que fue, en lo que es y en lo que tal vez será. Juro que esto de los encuentros con amigos es un pretexto muy bueno para fijarse en ello. Y lo hago, por supuesto, ahora que nos han dejado solos y ha vuelto cada uno a su lugar porque durante su visita me importaban más ellos que el concepto del tiempo porque ellos eran el tiempo. Seguí encontrando a Leti como muñeca de algodón precioso, a sus padres, Jesús y Sinda, con la paciencia a cuestas, a Antonio con esa especie de bondad por todo y a Mercedes con la seguridad de saber estar siempre bien en cada cosa. Y con mi Nena siempre, por supuesto. Hacemos buenas migas y con esas especias todo funciona. Gracias, amigos, por vuestra visita. Os ofrecimos nuestra casa y lo aceptasteis de buen grado. Lo demás, entre amigos, ya se sabe, es coser y cantar. En nuestro caso lo de cantar ya sabéis que tiene sentido literal. Incluso lo convertimos en un amago de ronda mañanera improvisada. De verdad, gracias por todo y un abrazo. Repetiremos los encuentros y serán todos gozosos porque estaréis vosotros.

Y además nos comimos el campo y nuestro sol, con Manolo de guía siempre atento, que Manolo es así con todo el mundo. Otro abrazo de amigo.

Y apareció mi hermana Fide con Pedro, pues no se aguantó más y vino a echar unos lloros hasta el reposo definitivo de mi madre. Y la abracé muy fuerte, porque la quiero mucho y siento como ella por lo menos.

Y llamaron mis hijos, perdidos por el mundo aunque muy cerca. Hoy me han vuelto a llamar para contarme uno que ya está de regreso y para tranquilizarme el otro desde la misma carretera de vuelta.

Cuando el sol ya declina en esta tarde, nos hemos quedado solos otra vez en casa. Y a mí me vuelve el recuerdo de mi madre, o acaso simplemente se acrecienta. Y me detengo un poco porque ahora el tiempo es ella y solo ella.

Pienso pararme un rato mañana para mirar al tiempo. “El infierno son los otros”, afirmaba Sartre. Si esto fuera verdad, también lo sería su contrario. Así que ya lo dejo confirmado con mi rúbrica: El cielo son los otros. Y, con toda seguridad, el tiempo son los otros. Por supuesto, vosotros lo habéis sido este fin de semana. Ella, lo comprendéis, lo será siempre, aunque parezca que ya no está en el tiempo.
Mañana será otro día.