sábado, 21 de febrero de 2009

EN OTRO TIEMPO

Me he refugiado en casa en esta tarde, después de hollar el campo mucho rato esta mañana. Sé que el mundo anda al aire, disfrazado con no sé qué ropajes, que hay grupos que desfilan, se exhiben, cantan, bailan, forman grupos, buscan formar cortejo de otros cuadros que no son los del pan de cada día, que anulan los prejuicios y las normas, que se hunden en la broma, el regocijo, en la risa y el juego. En pleno carnaval.

No me siento llamado a ese festejo, no conozco sus reglas ni sustento sus ritos, descreo de lo expresivo de esas necesidades de una vez en el año. Pero no quiero tampoco despachar el asunto con un simple gesto de rechazo. Están ahí por algo, son fiestas muy antiguas, preceden a otros ritos de signo religioso, surgen de los impulsos más humanos -y algún empuje de nivel publicitario-, afectan a los juegos más simbólicos, airean las costumbres más pacatas y las dejan colgadas y secándose durante algunos días. Ya se empeñó la iglesia -por si acaso y siguiendo sus costumbres- de poner enseguida el contrapunto con lo de la cuaresma. Aquí no se escapa nadie de purgar los pecados en otro ramadán organizado para castos y ricos que pueden pagar bulas y esconderse en refugios bien seguros.

Yo vivo al mismo tiempo pero en otro tiempo, sencillamente viendo pasar el tiempo, pero curioseando un poco por mi tiempo. Porque, cuando uno vive, tal vez no suceda nada. La gente va y viene, entra y sale, come, dormita, estudia, reposa y juega al tute -el mus es otra cosa reservada solo para los tipos más aventajados-, mira, toca, se extraña, se va poniendo vieja.

viernes, 20 de febrero de 2009

POR FUERTES Y FRONTERAS

Es febrerillo loco el que me enseña que los días se van estirando, que la sombra se va haciendo ya tiras y que los contrastes son cada día más visibles. La terraza me llama, la mirada se alarga y los campos empiezan a mostrarse, muy poquito a poco, de otro color menos oscuro.

La cigüeña se acuesta en sus nidos y parece aún en el último sueño cuando paso por las calles estrechas de esta ciudad, también estrecha toda ella. Allá en lo alto, seguras y alejadas de todos los peligros, muestran sus cuerpos blancos y encogidos, inmóviles y como despreciando la primera presencia de la luz.

Unas manos inicuas me han robado la presencia serena de unas cigüeñas que eran vecinas y que formaban barrio con mi casa. Tengo que conformarme con verlas y admirarlas volando por las tardes o en estas amanecidas grises y frías.

No sé si no se habrán equivocado con regresar tan pronto. Debían de barruntar la primavera, la tierna primavera, pero se equivocaron. Apenas ha despertado la tierra de su letargo y aún todo se cobija y hasta se esconde en el interior de la tierra y de las ramas desnudas. Tendrán que esperar días hasta verse en su ambiente, hasta sentirse tibias, hasta lanzarse al aire y a los campos, hasta volar sin freno, hasta desplomarse inmóviles en sus nidos fabricando la vida. ¿Y qué harán hasta entonces? ¿Qué verán cuando miren? ¿A quién le contarán sus aventuras? Porque han marchado al sur en el invierno, han traspasado mares, con el agua en el fondo como único paisaje, acaso en lejanía habrán visto algún barco y se habrán acercado hasta sus palos exhaustas y con aire complacido, se habrán echado al mar para un descanso, habrán abierto alas para tener timones y apuntar el camino con dirección correcta, habrán sentido miedo y tal vez las más débiles habrán abandonado la aventura para quedarse inertes en las aguas. ¿Y cuando vieran tierra? Qué feliz aventura, qué gozo tan intenso, qué noches allí arriba, cerca de las estrellas. ¿A quién pueden contar sus aventuras?

Hay que atizar la lumbre y llamar pronto al sol para que las caliente, hay que urgir a la tierra para que eche a vivir a las flores y a las hierbas del campo, hay que gritar el canto de la vida para que las cigüeñas puedan hundir sus picos en busca de comida. ¿A quién van a contar sus aventuras? ¿Dónde van a encontrar sus alimentos?
¡Se van a morir de hambre y de frío, pobrecitas!

Pero vengo a pensar que, a pesar de sus penas, han tenido un viaje sin fronteras, nadie les ha pedido el pasaporte, ni han visto alambradas que les impidieran el paso, no se han encontrado con policías de frontera ni han tenido que estar escondidas para pensar el viaje. No saben las cigüeñas de patrias ni naciones, desconocen las leyes de extranjería y no buscan papeles ni huyen de la presencia de la policía.

Tal vez alguna parte del trayecto lo hayan hecho en paralelo con alguna patera cargada hasta los dientes de inmigrantes, ateridos y ocultos, ayunos de papeles, vacíos de cariño, con guardias a la espera, con huidas en medio de la noche, con tributos tremendos a favor de los peces, en camino hacia una meta preñada de peligros.

He visto esta mañana a las cigüeñas subidas a las torres de todas las iglesias. He pasado un buen rato con Youssouph paseando y hablando. Esta tarde he reunido ambas imágenes. Lo demás llega solo, fluye sin convocarlo, me deja aquí sentado pensando en muchas cosas.

jueves, 19 de febrero de 2009

EL CENTRO DEL ALZHEIMER

El centro del alzheimer de Salamanca es tal vez el mejor de los dedicados a estas dolencias en toda España. Es el más reciente y seguramente el que incorpora los últimos adelantos en edificación y en elementos humanos. Este centro sanitario está situado en una suave colina desde la que se ve buena parte de la ciudad, con sus luces y sus edificios de piedra y de ladrillo. Desde allí se observan muy bien los atardeceres y se adivina el horizonte. Sus largos pasillos permiten la contemplación sosegada de lo que bulle por toda la ciudad y sus contornos.

Pero sobre todo, en el centro del alzheimer de Salamanca trabaja un equipo humano extraordinario que deja sus esfuerzos y sus desvelos en favor de unos enfermos desvalidos y que, a día de hoy, no tienen esperanzas de recuperación. Cada día que acudo a él puedo ver con qué mimo se trata a los pacientes, con qué desvelos se mueven las cuidadoras, las enfermeras y los médicos, siempre con el afán de paliar en lo posible las deficiencias de los internos.

Hoy me ha sorprendido una actividad hasta el punto de dejarme sin poder de reacción. En una de las dependencias se había reunido un nutrido grupo de personas y, al son de una música suave, habían organizado un baile con los enfermos. Y allí estaba Pepa, y estaba Palmira, y bailaba Paqui, y se enlazaban para marcar unos torpes pasos los demás internos, y les ayudaban bailando también los trabajadores, y todo parecía un hermoso barullo buscando algo de terapia a partir de la música. No sé cuál puede ser el grado de eficacia pero el ambiente era enternecedor y relajado. Sospecho que andan iniciando experimentaciones con diversas terapias sin saber aún cuál puede dar resultado y cuál no. Esta quizás no sea de las peores.

Los miraba enmimismado y pensaba en qué manera aquellos pacientes habían dejado atrás la conciencia de aquellos movimientos que tantas veces habrían realizado en la vida y que acaso ahora, por unos instantes, rescataban del olvido en un sueño imposible. Y pensaba en la forma en la que muchas personas dejan atrás sus vidas para sumergirse en la niebla y después en la nada.

Son los últimos metros de una carrera que se acaba a ritmo lento y que va pregonando ese final con una voz suave y unos ecos cada día más débiles. No está mal el contraste con la vida en las prisas, con el correr continuo, con las acciones siempre al servicio de lo que manden los deseos.

Allí las horas suceden más despacio, la tarde se mece en el sol que se queda en el ocaso y yo siento mis pasos más pesados, más lentos y distintos. Sobre todo cuando me marcho y dejo lo que dejo en su interior.

miércoles, 18 de febrero de 2009

"LOS MOZOS DE MONLEÓN" COMO PRETEXTO

Supongo que el trabajo, el mundo físico y humano que lo rodean y que lo sostienen informan de manera determinante las costumbres, los pensamientos y hasta la escala de valores de cada uno de nosotros. Yo trabajo en algo que me gusta (no el trabajo sino lo que en él se ventila, que tengo que aclararlo siempre) y que me parece importantísimo para el ser humano. Se trata del mundo de la educación. Invertir en ese mundo esfuerzos sigo pensando que se trata de la actividad más productiva y a la vez más económica. Por eso ando también aquí en eterna contradicción pues a la pereza de comenzar el trabajo se suman las ganas de no dejarlo cuando algo me dice que se ha cumplido el tiempo.

En mi centro de trabajo se han iniciado esta mañana unas jornadas de teatro en las que participa un ramillete de grupos procedentes de diversos lugares de la provincia. Todos son muchachos animosos, que se inician en las tablas y en la representación, que se sueltan y se desinhiben, se transforman y dejan en evidencia también sus deficiencias y, en todo caso, que se esfuerzan como no lo hacen en ningún otro contexto. Para todos ellos mi aplauso y mi ánimo. Ellos son una prueba palpable de que al ser humano hay que favorecerle los contextos apropiados para que desarrolle sus capacidades y de que la enseñanza tiene mucho de trabajo y de aclimatación personal a lo desconocido y a lo que en principio cuesta, pero que tiene que tener muchísimo más que ver que lo que ahora mismo tiene con la creatividad y con la conexión acertada con esas pulsiones personales de cada uno.
Pero el minuto de reflexión de hoy no me ha llevado a eso, que no es poco, sino a algo más liviano aparentemente.

Con los primeros grupos han venido los gallitos provinciales de la representación provincial: delegado provincial de educación, jefa de la unidad de programas, inspector de zona… Vale, colegas, que los conozco a todos y me llevo bien con ellos aunque “no son de mi cuerda”. Y toca inaugurar estas jornadas. Intervenciones oficiales sin preparación, de esas de cumplir el protocolo. Tampoco pasa nada: lo que se ventilaba allí era lo que traían los grupos de teatro. Pero una vez más se cumple lo que me parece una contradicción evidente. Eso que llaman autoridades educativas, en esta región de derechas y que oficialmente siempre se oponen a las leyes educativas, que, resumidamente, vienen a defender que en la educación hay que enseñar contenidos y que los valores ya se enseñarán en casa, o sea, eso de la libertad de los padres a educar a sus hijos según su voluntad y sus creencias, o sea, eso lo de la Educación para la Ciudadanía, como último ejemplo, dedican seis de sus cinco minutos de intervención a recordar lo importante que es educar en valores, en aplaudir las actividades que, a primera vista, no están regladas ni pertenecen a ningún tema de ninguna asignatura.

Pero, almas de cántaro, ¿en qué quedamos? Pero ¿no veis que hacéis el ridículo delante de cualquiera que se eche a pensar un momentito y le ponga al asunto un silogismo en bárbara? Pues aseguro que es así siempre, que lo veo yo con mis ojitos y lo oigo yo con mis orejitas. Me muero de la risa en estos casos pero también siento un cosquilleo de enfado cuando me paro a pensar en ello.

Mis alumnos tendrán cumplida cuenta de lo que allí se representó pues están obligados a pensar por su cuenta en un escrito. Y pienso dedicar un tiempo a ello, aunque bien sé que no es del tema doce. Ni del trece, coño.

Esta mañana se toparon los muchachos con una adaptación de “Los mozos de Monleón”. Tendrán que opinar acerca del amor familiar, de los ritos iniciáticos en las comunidades para “hacerse más hombre”, y algo tendrán que opinar con las adaptaciones de esos ritos a su época: tal vez la imagen de un muchacho chulito montado en una moto en un día de verano no sea mal ejemplo. Y a ver qué pasa. ¿O es que yo no educo para algo? Con dos cojones.

Y que vengan a discutirlo conmigo. A ver qué pasa también. Falsos, más que falsos.

Nota a pie de página: La adaptación era del malogrado Ángel Carril. Recordé su figura y recordé viejos tiempos. La leyenda lleva nombre de pueblo muy próximo al mío. Los ritos iniciáticos de la obra son igual de ancestrales y de poco recomendables que algunos de hoy mismo. Y, sin embargo, siguen existiendo. Y la obra es una tragedia en toda regla que, como todas las tragedias, se escribe y se presenta desde el final y no desde el principio. Mi marcador de entradas me recuerda que llevo ya 500 en este blog: ¿Debería celebrarlo? Y ya está bien de pie de página.

martes, 17 de febrero de 2009

DOS PULSIONES DISTINTAS

Cuando salgo a la calle, me encuentro con personas. Una se llama Juan, otra Pepito, a algunas las conozco y las saludo, a otras las sitúo en el apartado de los que me suenan de vista y a otros pocos -casi todos- los dejo que se vayan y que vengan a su antojo porque no los conozco.


Pero todos tienen piernas y brazos, ojos y narices, cabecita en su sitio, capacidad de pensamiento, todos nacen y crecen y, “en un día como tantos, descansan bajo la tierra”.

Cada uno anda a lo suyo: a comprar sus viandas, a llevar el niño al cole, a preparar comidas, a pasear al sol que más calienta, a ordenar bien sus cuentas, a pensar en sus hijos y en sus padres, a criticarlo todo desde su perspectiva, a ordenar sus recursos, a cultivar sus gustos. Quiero decir sencillamente, serenamente hablando, que cada individuo parece que anda como si fuera solo, como si toda la realidad se conformara en torno de sí mismo, como si nada existiera que no fuera al servicio de sí mismo. Cuando tiene una casa procura que sea la mejor, y si tiene un comercio está obligado a buscar la ruina del de enfrente para quedarse con toda la clientela.
Le puede la pulsión del individuo frente a la presencia y la importancia de las otras personas que forman la comunidad. Cuando hay que teorizarlo, sostiene que el individuo existe antes que la comunidad, que las comunidades se conforman con la suma de individuos y que todo el esfuerzo tiene que estar encaminado a satisfacer los deseos y las libertades de las personas pensadas como seres individuales. Es un esquema básico del liberalismo.

Así contado hasta parece que suena bien. Pero veamos.

Cuando salgo a la calle, me encuentro con personas que van de un lado a otro. Todas tienen sus nombres, impuestos por sus padres. O sea, que tienen padres. Es más, los engendraron y tal vez los criaron y aguantaron sus caprichos, encauzaron sus vidas y tal vez los mantienen todavía. El cole de sus hijos lo comparten con otros niños que tienen sus gustos propios y salen a jugar con sus retoños, que tienen que sentarse al lado y han de aguantar su turno para intervenir en clase o ponerse en la cola delante de ese niño. Las viandas que compran las tienen que coger de alguna tienda y hay alguien que despacha, y otros que las cultivan y las limpian, y acaso les toca también esperar su turno pues hay otras personas que también quieren compras, y también tienen gustos y también tienen niños, y también tienen manos, y también tienen piernas, y gastan las aceras, y hasta pagan impuestos para que el primer niño pueda ir al colegio con sus padres. Y cuando esos individuos quieren hablar, han de hacerlo con las demás personas, que escuchan lo que dicen -tal vez muchas bobadas-, y les responden siempre, y entablan con simpleza cualquier conversación, y se ven sorprendidos por el feliz milagro de la comunicación, y hasta se sienten, coño, un poco más felices compartiendo experiencias, y vuelven por la calle y se aseguran de que hay un cierto orden en las cosas, y pueden dar sus pasos porque existe ese orden, y pueden ir seguros porque existe ese orden, y viven y respiran porque hay un cierto orden que asegura la existencia de esos individuos…

Es esta la pulsión de la conciencia de la comunidad, del ser en sociedad, de la ciudad en suma, de todo lo que suma convivencia, de entender que en la Tierra somos siete mil millones de individuos, que no hay definición del ser humano sin esa variable que apunta a lo social. La vida se explica solo por la necesidad del ser humano de alcanzar la presencia de los otros, del grito angustioso por pedir otras manos, de repetir sin pausa la pregunta quién anda por ahí, de juntarse, mirarse y fusionarse, de crear cosas nuevas con el empuje de todas las manos. Es otro esquema básico de un cierto socialismo humanista.

La Historia nos demuestra el empuje diverso de las dos tendencias. Supongo que ambas buscan el bien del ser humano. No parece que vayan por el mismo camino.

No entiendo las bondades de la primera fórmula. No concibo el valor del individuo si no es en el contexto de la comunidad. No hay ni genios aislados: todo su ser se explica en los contextos. Su mejora mejora al individuo y le permite ser más uno mismo, igual que la mejora del individuo hace mejor al grupo. Descreo de los sistemas que necesitan poner en guardia a sus miembros por el peligro que tienen de ser devorados por los otros miembros de la comunidad. Y no me extraña nada, por supuesto, que sean sus defensores más acérrimos los que se sitúan en los mejores puestos económicos y sociales de la cadena de mando. Mucho más me duele y me sorprende que haya miembros explotados en la comunidad que aplaudan esos métodos. Acaso porque quieran sustentarlos en otros asideros poco humanos, muchos más esotéricos, mistéricos, de lesa religión.

Conozco los principios del utilitarismo, del interés como motor del hombre, del instinto supremo de la supervivencia, del tremendo trajín de las especies, de la oculta explosión del egoísmo, de la necesidad que siento de que me dejen solo tantas veces, de la coz que les doy en el trasero a tantos ciudadanos. Pero es que necesito levantarlos para que yo pueda volar sin cortapisas, tengo que mejorarlos para que pueda salir sin esconderme, tengo que andar al quite para poder dedicarme mucho tiempo. Seguramente es cosa de egoísmo, de egoísmo racional, de sensación de vida más cumplida, de mejora de especie, de convivencia sana.

Vuelve a asaltar la duda de cómo se concreta mejor la ayuda si desde la soledad o desde la batalla en campo abierto. Pero está ahí la batalla ante los ojos y huir es de cobardes.

lunes, 16 de febrero de 2009

CONCIERTO EN SOL MAYOR SOSTENIDO

En la nave central de aquella iglesia se apilaban las muecas de los muertos, de los que, con el eco de la tarde, buscaban otras luces y se dejaban llevar por los impulsos de sus gargantas ebrias. Era la hora en que todos alzaban su plegaria hacia la altura, buscaban el perdón de sus miserias, se abalanzaban contra todo signo sagrado y anhelaban la boca de quien salmodiaba desde las esquinas.

Una lentísima procesión logró ponerse en marcha. Los cantos se mezclaban, se alzaban los brazos, se rasgaban las túnicas y se aplicaban cilicios en los cuerpos. Los más llagados suplicaban más tortura y los menos iniciados miraban implorantes, como novicios dulces, como iniciados tiernos. Las mujeres alzaban sus vestidos, desnudaban sus cuerpos, gritaban suplicando los fuegos del escarnio. Gritaban las mujeres, los hombres repetían los gemidos; los hombres gritaban, repetían gemidos las mujeres. Chillaban y gritaban y gemían los hombres, las mujeres, los niños, las mujeres y los hombres. Gemían los niños, los niños gritaban y chillaban. Los hombres y mujeres se afanaban en proclamar los gritos, hacían chillar a todos los niños de la iglesia. Los brazos de los hombres se elevaban por encima del cuerpo de los niños. Y gritaban los brazos de los hombres, chillaban y gemían en sus dedos, apuntaban al cielo y arañaban el suelo. Las cabezas de todas las mujeres lloraban en gemidos, chillaban en sonidos cortantes e imprecisos, se ofrecían en círculos a las manos gimientes de los hombres. Y los niños en fila chillaban y gemían buscando con sus manos las cabezas de sus madres y las gimientes cabezas de los hombres. Y todas las gargantas se llagaban de voces, gritos, lloros y gemidos. Los ojos de los niños y los hombres destilaban las sales del grito y la amargura.

Después de una estación, callan y mueren, resucitan y vuelven a los gritos, se vacían las cuencas de los ojos, se mezclan mientras chillan los hombres, las mujeres, los niños. Las caras se enrojecen con un color de sangre y de fatiga. Vuelve la turbamulta al griterío, a chillar las mujeres, a gemir los más jóvenes y a suplicar los hombres.

La segunda estación y la tercera. Gritos, gemidos, lloros, los chillidos al viento y al espacio. Y así todo el calvario. La tarde se desploma y el cielo se revela en griteríos. La luz es una llama, se asoman a la nave de la iglesia los pájaros, las nubes y los vientos. Y gritan todos juntos, y salmodian en un caos infinito. Los cuerpos no son cuerpos, son un cuerpo moviéndose en compás descontrolado.

Pero llegó del fondo de la nave, tal vez del coro oscuro y escondido. Y fue un suave sonido, la dulzura y la miel en un suspiro, la bondad en los ecos, la armonía en el viento, la calma y el sosiego, el compás acordado, “la música callada”, “la soledad sonora”. Todo encontró otro sitio. Nada buscó otro asiento. Todo alcanzó quietud. Los cuerpos volvieron tras sus pasos. Las filas encontraron su fiel alineamiento.
Se alzó la voz del canto, de aquel canto armonioso surgido de las voces de algún coro ortodoxo que no quería mostrarse. Las paredes oyeron y cantaron, los cielos se acordaron de lucir con más fuerza, las nubes y los vientos se quedaron colgados, el tiempo se olvidó de dar un paso y se quedó dormido.

Todo se está perdiendo en la armonía: los hitos, el ocaso, las formas de las cosas, los latidos, el sentir la presencia. Y todo es ya la nada. También ese sonido, que fue rumor, fue eco…, fue ya nada, es nada, nada, nada.

N.B. Para Antonio Merino y para Manolo Casadiego, dos melómanos reconocidos.

domingo, 15 de febrero de 2009

LA ESCOPETA NACIONAL Y LOS SANTOS INOCENTES

Mi juego eran los zancos, subido en altas torres de madera, mirando desde arriba las esquinas y la vida pasar como si nada; era mi infancia el calvo y era el aro, sonando por las calles todo el tiempo, y era, cuando tocaba, el tirachinas, aquella pequeña horca de madera con unas gruesas gomas cortadas a destajo de cualquier liga vieja. Mis juegos eran…, mis juegos eran mi infancia y mi infancia mis juegos. Era también la pesca a mano en el río Quilama, que nos daba unos peces sabrosos para los domingos por la tarde, y era mirar los nidos y sorprender la vida en cualquier rama.

Después supimos todos que andaban en el monte jabalines (dejádmelo así escrito, que me gusta y es el nombre serrano), que volaban palomas, que las cabras y cerdos hacían compañía a los conejos, que la tórtola podía venir a casa y andar por los tejados a su aire, que la golondrina se hacía vecina nueva en las paredes de la iglesia, que el pardal era el amo de todos los rincones. Y que todo subía y bajaba por el monte con el calor del sol y la pizarra, con el agua del río, con el cielo en el fin del horizonte.

Nunca fui cazador de casi nada, ni siquiera de nidos; solo me sorprendía con los huevos, con los pequeños pájaros creciendo en cañamones, con las rabizas moviéndose en los charcos, con la chicharra zumbando en el verano y con la paz eterna del silencio nocturno de mi pueblo. Ay, mi pueblo y su gente.

Pero siempre hubo escopetas dispuestas para la caza del conejo y sobre todo del jabalín. Todavía hoy presumen en mi pueblo de cazas abundantes, tiran cohetes cada vez que cobran una pieza y casi es día de fiesta cuando vuelven con ellas y las extienden en medio de la plaza, para la ostentación de los trofeos, para dar noticia a todos del resultado del día o acaso para dar rienda suelta a cualquier sentimiento.

Hay otros lugares en los que se convocan gentes de cacería para cobrar el corzo, el jabalí (para estos jabalí), el muflón o el venado. Allí las gorras verdes, los pantalones a juego, la canana repleta, las migas en su punto, todos los ayudantes en sus puestos y al servicio del magnate de turno, conduciendo rehalas, desbrozando caminos, preparando comidas, arrastrando las piezas cual santos inocentes, comiendo en sus apartes para no hacer más mezclas, agachando y subiendo la cabeza a la espera de órdenes por un puñado de euros. Las fincas se hacen hitos, las parcelas se acotan, se pagan a millón las escopetas, se presume y se ostenta con la palabra y el gesto, con la apariencia y hasta con la matrícula del coche.

En esta escopeta nacional berlanguiana han pillado al ministro de justicia, un tipo al que tenía por ser sesudo y ágil con la mente. Este tío es otra cosa de más peso y más largo recorrido, lo sé de buena fuente. Pero, con esta escopeta al hombro, me ha dejado de piedra. No lo encajo en el tópico, no soporto su imagen en medio del jolgorio y de ese simbolismo tan casposo. Eso tiene que ver con los marqueses, con condes y vizcondes, con reyes, si me apuran, con nuevos ricos y con directivos de centros de poder.

Ya sé que esto es minucia comparado con tramas financieras y políticas, con desfalcos modernos o ya rancios, con posturas políticas que apuran en preceptos lo que les interesa y se olvidan de cualquier elemento que sea ético. Ya sé que un hecho de estos no asegura ningún desaguisado legal ni judiciario. Ya sé que el árbol nunca es la visión del bosque. Ya sé que la carroña es comida de buitres: a la menor debilidad del bicho se han levantado todos y ya nublan el sol con sus graznidos.

Pero, coño, ese símbolo…

En su obra de teatro más celebrada, Miguel Mihura hacía comparecer a un cazador con unas piezas al cinto y con la etiqueta marcada con el precio. No cabe mejor forma de ostentación fallida. Hoy algo me recuerda esta escena del teatro del absurdo.

Yo que, serenamente, me sumo a la protesta, exijo, sin embargo, alguna línea divisoria que nos marque lo lícito y lo ilícito, lo que cae en el campo de la ética y aquello que conlleva dimisión fulminante. Me hace muy poca gracia ver ahora tanto traje de cartujo entre aquellos que tienen como misión en la vida olvidarse de todo criterio ético y forrarse al amparo de todos los preceptos, burlados con todas sus carretas de influencias y abogados.

Andan a tiro limpio las escopetas nacionales. Los venados y ciervos se asustan en el monte cuando un rifle los descubre y selecciona en su punto de mira. Esos mismos cervatillos, en formas más humanas, se asustan al andar por las ciudades y los pueblos de esta piel de toro embravecido. Convendría no engañarlos con formas refinadas, pues corren el sano peligro de echarse a pensar y tal vez luego de echarse al monte y organizar su frente de batalla. Que ya está bien de tantas escopetas, con mira telescópica o con sistemas refinados de ingeniería financiera en la recámara.