Yo había concertado por UNA-nimidad de mis narices un día claro y hasta luminoso porque yo tengo mano con el cielo. A Antonio M. le encargué la búsqueda de una buena ruta y la elección de un buen sitio en el que poder dar gusto a las necesidades alimenticias. O sea, que habíamos quedado a medio camino entre Cáceres y Béjar para vernos, para pasar el día y para comer juntos. Y la mitad del camino viene siendo Plasencia.
Hay días en los que cuando uno se levanta ya el sol anda en lo alto. Hoy era uno de ellos. Alguna razón habría. Todavía me dio tiempo a echarle los ojos a las hojas del libro que traigo entre manos. Mi terraza me vuelve a llamar a cada hora pues he decidido volver a ella después de muchos días de aparente hibernación.
Dejamos la sierra con la cara blanca y con la falda oscura, y nos fuimos camino de Extremadura, esperando ver los campos con otra cara más despierta, alumbrando quizás la primavera. Pronto nos dimos cuenta de que, cuando el sol sale, lo hace para todo el mundo, y de que, cuando le peta esconderse, también lo hace riéndose de todos. O sea, que tampoco la primavera ha estallado en esas tierras por más que sus prados ya verdean y anuncian que en tres días echarán a la calle savia nueva. Por el contrario, las montañas de la sierra de Segura mantenían la nieve después de ocho días en lo alto. Al fondo, en el horizonte de la sierra de Francia y de la sierra de Gata, sucedía lo mismo con sus crestas y sus lomos.
Decidimos ya juntos poner rumbo hacia la Vera, a ese valle del Tiétar que guarda las nieves en lo alto de Gredos, el calor de la ladera sur, el agua de sus gargantas desatadas y el tesoro de Yuste, aquel monasterio del emperador, el contraste más grande que vieron las historias, el refugio más parco para el poder más grande.
Tampoco en ese valle ha roto aguas la primavera, aunque anda ya en ello y parece que siente los primeros dolores. Pronto será la vida.
Estuvimos en Cuacos, subimos hasta Yuste, y nos fuimos hasta Jarandilla. Nos bebimos el sol y las cervezas gratis, que también en los Paradores se equivocan a veces y lo cobran con creces en las demás ocasiones. Y comimos menú de Parador. Y hablamos y reímos mucho rato. Y esta vez sí pagamos, con propina incluida. Y fuimos unos duques (¿eran los de Oropesa?) durante unas tres horas. Y presentimos buena primavera a tenor de la nieve que se acuesta este año en aquellas montañas. Y trajimos al habla y a la mente otros días por aquellos lugares, agostados y rotos, otros sitios lejanos que aguardan recibirnos en verano. Y nos hicimos fotos.
Y, coño, nos marchamos, que se dormía la tarde poco a poco y aún había que acercarse a Garganta la Olla, lugar tan destacado en otros tiempos. Juro que no íbamos de picos pardos: éramos dos parejas y muy bien avenidas. Paseamos un rato por el pueblo, visitamos la iglesia, abierta por la misa vespertina que acababa, la mujer sacristana nos empujó a mirar el pequeño museo de la iglesia, con patenas y cálices, casullas y breviarios. Y nos sacó una pasta que alguien echó al cepillo. Y dejamos el pueblo. Y nos cogió la noche en Jaraíz, ese pueblo verato que acumula frutales, pimentón y tabaco. Y volvimos a divisar Plasencia, que crece sin descanso, como vértice de varios valles fértiles.
Y Mercedes, y Nena, y Antonio M. y yo mismo, nos sentimos alegres al decirnos adiós. En Béjar hace fresco pero hoy nos arropamos con el calor de los amigos. Es una suerte grande.
sábado, 14 de febrero de 2009
viernes, 13 de febrero de 2009
UN PRESENTE FINGIDO
Mi pasado es un enorme hueco por el que se me fue la vida hacia algún sitio que no sé dónde está. A veces recupero los recuerdos en pequeñas dosis, en sobres jabonados por un perfume tierno que me hacen recorrer un camino de ida y vuelta.
Un rostro femenino, por ejemplo, se me revela a veces -también se me rebela en otras ocasiones- con toda su presencia y entonces sus facciones se hacen numéricas, se colorean todas y pesan y se afinan al tacto y dejan sus delicias en torrente cargado de avaricia. No hay tiempo para degustar los rasgos uno a uno pues todos piden paso al mismo tiempo, se abalanzan y empujan su presencia, me hacen deudor del pasmo y la sorpresa, le dan la vuelta al tiempo y me colocan, sin darme tiempo apenas, en otras coordenadas.
Entonces se despliegan los contextos, aquel tiempo y espacio, aquellos años cargados con promesas de futuro, aquel impulso, tal vez aquellas horas con olor a romero, las certezas aún en la cabeza, las ilusiones todas.
Es la hora del silencio, el momento de la vista y de la imaginación, la reposición de todo lo olvidado, la parada en el giro del sol y de la tarde, la concreción fingida de todas las partes, el asentimiento repetido de que cualquier tiempo pasado fue mejor, acaso simplemente porque fue.
Después es el camino del olvido, la difuminación de lo concreto, el camino hacia el fondo de la sombra, la vuelta silenciosa hasta la realidad presente, una cara que pierde sus facciones, un pómulo rosado sin colores, la mirada escondida, la boca sin llamada, unos pechos sin fondo y sin relieve, la línea curva que no limita nada, un cierre de la puerta y un sobre que se deja en cualquier sitio, una llamada nueva de teléfono, unas prisas por algo, otra imagen que ocupa el primer plano, una idea que surge o se repite buscando su salida…, la vida en el presente que relega el pasado hasta el olvido.
Acaso es el momento de descubrirse nuevo, como siempre, como cada mañana o cada tarde, con la existencia a cuestas, con los brazos que pesan y se estiran, se apoyan en la mesa o se levantan señalando cualquier objeto, con los ojos cansados de mirar y de ver, con la luz y la sombra, con la mente buscando, con la risa y el llanto, con los objetos todos rodeando esta mesa en la que escribo, con esa máquina que me sostiene en pie, con un suelo y un techo, con la náusea exquisita de la vida.
Tampoco más ni menos que cualquier otro humano, compañero.
Hoy buscaré tus labios que me salven del tedio de la vida, tus labios que palpitan mojados de existencia, rojos de amor y sangre, húmedos de saliva, mares de olas saladas, playas blancas con dunas agostadas, sensación de presente envuelto en llamas, carne que sea mi carne, licor que me emborrache y me convierta en fuego. Tiraré los recuerdos de las fotografías y haremos otro álbum que no será pasado hasta que la memoria se complete y seamos “unos huesos gastados por los besos”.
Un rostro femenino, por ejemplo, se me revela a veces -también se me rebela en otras ocasiones- con toda su presencia y entonces sus facciones se hacen numéricas, se colorean todas y pesan y se afinan al tacto y dejan sus delicias en torrente cargado de avaricia. No hay tiempo para degustar los rasgos uno a uno pues todos piden paso al mismo tiempo, se abalanzan y empujan su presencia, me hacen deudor del pasmo y la sorpresa, le dan la vuelta al tiempo y me colocan, sin darme tiempo apenas, en otras coordenadas.
Entonces se despliegan los contextos, aquel tiempo y espacio, aquellos años cargados con promesas de futuro, aquel impulso, tal vez aquellas horas con olor a romero, las certezas aún en la cabeza, las ilusiones todas.
Es la hora del silencio, el momento de la vista y de la imaginación, la reposición de todo lo olvidado, la parada en el giro del sol y de la tarde, la concreción fingida de todas las partes, el asentimiento repetido de que cualquier tiempo pasado fue mejor, acaso simplemente porque fue.
Después es el camino del olvido, la difuminación de lo concreto, el camino hacia el fondo de la sombra, la vuelta silenciosa hasta la realidad presente, una cara que pierde sus facciones, un pómulo rosado sin colores, la mirada escondida, la boca sin llamada, unos pechos sin fondo y sin relieve, la línea curva que no limita nada, un cierre de la puerta y un sobre que se deja en cualquier sitio, una llamada nueva de teléfono, unas prisas por algo, otra imagen que ocupa el primer plano, una idea que surge o se repite buscando su salida…, la vida en el presente que relega el pasado hasta el olvido.
Acaso es el momento de descubrirse nuevo, como siempre, como cada mañana o cada tarde, con la existencia a cuestas, con los brazos que pesan y se estiran, se apoyan en la mesa o se levantan señalando cualquier objeto, con los ojos cansados de mirar y de ver, con la luz y la sombra, con la mente buscando, con la risa y el llanto, con los objetos todos rodeando esta mesa en la que escribo, con esa máquina que me sostiene en pie, con un suelo y un techo, con la náusea exquisita de la vida.
Tampoco más ni menos que cualquier otro humano, compañero.
Hoy buscaré tus labios que me salven del tedio de la vida, tus labios que palpitan mojados de existencia, rojos de amor y sangre, húmedos de saliva, mares de olas saladas, playas blancas con dunas agostadas, sensación de presente envuelto en llamas, carne que sea mi carne, licor que me emborrache y me convierta en fuego. Tiraré los recuerdos de las fotografías y haremos otro álbum que no será pasado hasta que la memoria se complete y seamos “unos huesos gastados por los besos”.
jueves, 12 de febrero de 2009
CHARLES DARWIN
Se cumplen hoy 200 años justitos del nacimiento de Charles Darwin, el autor de El Origen de las Especies. Y también en este año se cumplen los 150 de la publicación de la obra. No he visto muchas menciones ni largos comentarios en los medios de comunicación. Es el círculo vicioso del infierno: como no vende, no publico; y, como no publico, no vende. Ahora es mejor hablar de monterías o de tramas al uso: se venden más anuncios y se hacen conjeturas con total impunidad, se desahogan muchos y seguirán chupando los de siempre.
Yo he tenido la suerte de leer hace un par de semanas, con auténtica fruición, una densa obra que, aplicada al fenómeno religioso, no es más que una verificación de las comprobaciones de Darwin. Creo que apunté su nombre: “El espejismo de Dios”, Richard Dawkins. Aún la tengo a la vista y la repaso.
Me imagino a Darwin en familia, con un ambiente religioso tradicional por todas partes, tratando de dar forma a lo que su mente y sus trabajos le iban descubriendo. No puede extrañar que tardara tanto en dar a conocer sus experiencias.
Pero ya fue para siempre otra cosa distinta. Él actualizó la versión última de El traje del Emperador para dejar para siempre claro que el rey iba desnudo, para marcar la pauta a los trabajos siguientes, para indicar la senda y el camino cierto. Es verdad que el hombre aparentemente quedaba con el culete al aire, que se descubría como un elemento más de ese proceso inacabado de la evolución de la materia, que se le caía el trono de la creación, nunca creada, que se creía ya nieto de los rumiantes y bisnieto de los peces, que, si seguía indagando, se deshacía en moléculas, en reacciones químicas extrañas, que se instalaba en el tiempo y en el espacio en un perpetuo cambio.
También echó las cuentas y se fijó en sí mismo, y se alejó de tanta dependencia, se notó en evolución hacia ninguna parte, con una vida suya y para él, para que la violara con sus mejores armas, para que la gozara sin miedos ni temores, para armar con sus fuerzas la moral más humana, para aprender a respetar al otro, para hacerse más libre y más humano.
Cada página de El Origen de las Especies le rompió una página al libro de los libros hasta dejarlo en blanco casi todo. Y el verbo se hizo carne, de verdad, de la que nace, crece, se reproduce y muere o más bien se transforma, de la que acumula experiencias y las traslada a sus genes y a sus descendientes, que las van incorporando y las van adaptando a su físico, a su vida y sus costumbres, a ese saco que va modificando lentamente la materia y sus pasos por la vida.
Andan resucitando el creacionismo los que no se resignan o no quieren mirar lo más diáfano, o sea, los de siempre otra vez más: las iglesias del libro y sus acólitos de la sociedad profunda, o al menos tratando de salvar un deísmo que asegure el origen en el gran relojero. No seré yo quien les critique el gusto en asunto tan grave. También me gustaría. Pero es que es empeñarse en que en verano hay frío y en invierno se cuecen los carámbanos.
Así que bien por Darwin y por todos los que serenamente se enfrentan a la lucha para seguir aquello que la razón les dicta, lo que el laboratorio enseña y lo que el sentido común informa. El desnivel entre creacionistas y evolucionistas cada día es más grande. Los primeros se seguirán disfrazando con interpretaciones varias hasta que algún día encima terminen por querer apoderarse de la bandera de lo que ahora combaten. Ha sido así en la Historia casi siempre.
Hermano lobo, hermana flor y hermana piedra. Ahora sí, con todo su sentido, con total complacencia, con el mayor respeto.
Yo he tenido la suerte de leer hace un par de semanas, con auténtica fruición, una densa obra que, aplicada al fenómeno religioso, no es más que una verificación de las comprobaciones de Darwin. Creo que apunté su nombre: “El espejismo de Dios”, Richard Dawkins. Aún la tengo a la vista y la repaso.
Me imagino a Darwin en familia, con un ambiente religioso tradicional por todas partes, tratando de dar forma a lo que su mente y sus trabajos le iban descubriendo. No puede extrañar que tardara tanto en dar a conocer sus experiencias.
Pero ya fue para siempre otra cosa distinta. Él actualizó la versión última de El traje del Emperador para dejar para siempre claro que el rey iba desnudo, para marcar la pauta a los trabajos siguientes, para indicar la senda y el camino cierto. Es verdad que el hombre aparentemente quedaba con el culete al aire, que se descubría como un elemento más de ese proceso inacabado de la evolución de la materia, que se le caía el trono de la creación, nunca creada, que se creía ya nieto de los rumiantes y bisnieto de los peces, que, si seguía indagando, se deshacía en moléculas, en reacciones químicas extrañas, que se instalaba en el tiempo y en el espacio en un perpetuo cambio.
También echó las cuentas y se fijó en sí mismo, y se alejó de tanta dependencia, se notó en evolución hacia ninguna parte, con una vida suya y para él, para que la violara con sus mejores armas, para que la gozara sin miedos ni temores, para armar con sus fuerzas la moral más humana, para aprender a respetar al otro, para hacerse más libre y más humano.
Cada página de El Origen de las Especies le rompió una página al libro de los libros hasta dejarlo en blanco casi todo. Y el verbo se hizo carne, de verdad, de la que nace, crece, se reproduce y muere o más bien se transforma, de la que acumula experiencias y las traslada a sus genes y a sus descendientes, que las van incorporando y las van adaptando a su físico, a su vida y sus costumbres, a ese saco que va modificando lentamente la materia y sus pasos por la vida.
Andan resucitando el creacionismo los que no se resignan o no quieren mirar lo más diáfano, o sea, los de siempre otra vez más: las iglesias del libro y sus acólitos de la sociedad profunda, o al menos tratando de salvar un deísmo que asegure el origen en el gran relojero. No seré yo quien les critique el gusto en asunto tan grave. También me gustaría. Pero es que es empeñarse en que en verano hay frío y en invierno se cuecen los carámbanos.
Así que bien por Darwin y por todos los que serenamente se enfrentan a la lucha para seguir aquello que la razón les dicta, lo que el laboratorio enseña y lo que el sentido común informa. El desnivel entre creacionistas y evolucionistas cada día es más grande. Los primeros se seguirán disfrazando con interpretaciones varias hasta que algún día encima terminen por querer apoderarse de la bandera de lo que ahora combaten. Ha sido así en la Historia casi siempre.
Hermano lobo, hermana flor y hermana piedra. Ahora sí, con todo su sentido, con total complacencia, con el mayor respeto.
miércoles, 11 de febrero de 2009
!QUÉ POBRES LAS PALABRAS Y LAS LEYES!
Se desahoga mi amigo Antonio en un comentario de mi blog, dando rienda suelta a la comezón (bueno, a la mala leche) que siente por una multa de tráfico que le han puesto y que da la impresión de que no la entiende justificada.
Me da pie la noticia para rogarle calma, para animarle al recurso -él anda versado en asuntos judiciales-, para empujarle a que los mande a todos al carajo si con eso se siente más a gusto y, sobre todo, para volver a considerar la pobreza de las palabras y de las leyes.
Se dice que en una sociedad civilizada, cuando dos personas no se ponen de acuerdo, acuden a unas reglas fijadas que se llaman leyes. Es eso que tan pomposamente llaman el estado de derecho. Vale, qué bien suena. Como intento no está mal, pero me parece que falla por demasiadas partes.
Para empezar, lo redacta y lo aprueba el grupo mayoritario pero no siempre la totalidad de la sociedad que tiene que cumplir el precepto. De modo que ya empezamos a regañadientes. Pero es que luego anda por medio la redacción y el oficio de las palabras y de los juntadores de palabras. Y volveré a dar fe de que las palabras, aun en la mejor de las variables posibles, son siempre debilísimas aproximaciones a la realidad, acercamientos a tientas y esbozos imprecisos de lo que se quiere decir. Cualquier aficionado al asunto de jugar con las palabras lo comprueba cada día y se duele con ello.
Por eso vienen luego las interpretaciones de los jueces, de eso que llaman el poder judicial, y que yo no entiendo por qué es llamado así y no simplemente grupo de funcionarios que trabaja con independencia -como me pasa a mí, coño, y no soy un poder del Estado-, yo no sé con qué horarios aunque me gustaría que fuera con el de ocho a tres, ni un minuto más pero tampoco ni un minuto menos, y los litigios en manos de abogados que recurren y recurren y que, ganen o pierdan, siempre se lo llevan crudo para casa y ya de paso empantanan la justicia, la hacen lenta y tediosa y terminan por mostrarla injusta y rechazable.
Y por si fuera poco, nos queda la escapatoria de los reglamentos, en los que ya se hila finamente a favor del que puede y del que escribe. O del agente que los aplica, que no siempre anda con la capacidad de entender que el sábado se ha hecho para el hombre y no el hombre para el sábado.
Y en esas llegamos a la multa, que no es más que un ejemplo de lo que antes se ha dicho. No sirve mucho aquello de “dura lex, sed lex”. Si hay que pagar, se paga, pues no es correcto aquello de “no sabe usted con quién está hablando”. Se trata de otra cosa.
Ayer escribía yo que una de las cosas en las que más creo -como buen creyente que soy- es el sentido común y la buena voluntad como forma menos mala para solucionar los malos entendidos. El sentido común no es el del lelo ni el del imbécil sino el del que asume las muchas deficiencias de sus razonamientos y no quiere echarse en manos de falsas tonterías ni de dogmas, sino que se acoge a la voluntad de rectificar lo mal hecho y de no volver a repetirlo. El resto es el castigo que en demasiadas ocasiones se transforma en venganza, y, si el que sanciona tiene pistola o porra, con mucho más peligro.
En el caso de la multa se habría evitado la mala leche del multado y estoy casi seguro de que habría aumentado en él el cuidado y el respeto por esa norma en el futuro. No parece poca cosa. No es el legalismo la mejor vía. A las pruebas me remito.
Así que vengan las leyes, pero con el cuidado de su aplicación y la certeza de que la realidad es infinitamente más rica que lo que se recoge en los preceptos. Y ceñirse a la letra es de miseria. Y yo no estoy dispuesto a ser tan pobre.
Me da pie la noticia para rogarle calma, para animarle al recurso -él anda versado en asuntos judiciales-, para empujarle a que los mande a todos al carajo si con eso se siente más a gusto y, sobre todo, para volver a considerar la pobreza de las palabras y de las leyes.
Se dice que en una sociedad civilizada, cuando dos personas no se ponen de acuerdo, acuden a unas reglas fijadas que se llaman leyes. Es eso que tan pomposamente llaman el estado de derecho. Vale, qué bien suena. Como intento no está mal, pero me parece que falla por demasiadas partes.
Para empezar, lo redacta y lo aprueba el grupo mayoritario pero no siempre la totalidad de la sociedad que tiene que cumplir el precepto. De modo que ya empezamos a regañadientes. Pero es que luego anda por medio la redacción y el oficio de las palabras y de los juntadores de palabras. Y volveré a dar fe de que las palabras, aun en la mejor de las variables posibles, son siempre debilísimas aproximaciones a la realidad, acercamientos a tientas y esbozos imprecisos de lo que se quiere decir. Cualquier aficionado al asunto de jugar con las palabras lo comprueba cada día y se duele con ello.
Por eso vienen luego las interpretaciones de los jueces, de eso que llaman el poder judicial, y que yo no entiendo por qué es llamado así y no simplemente grupo de funcionarios que trabaja con independencia -como me pasa a mí, coño, y no soy un poder del Estado-, yo no sé con qué horarios aunque me gustaría que fuera con el de ocho a tres, ni un minuto más pero tampoco ni un minuto menos, y los litigios en manos de abogados que recurren y recurren y que, ganen o pierdan, siempre se lo llevan crudo para casa y ya de paso empantanan la justicia, la hacen lenta y tediosa y terminan por mostrarla injusta y rechazable.
Y por si fuera poco, nos queda la escapatoria de los reglamentos, en los que ya se hila finamente a favor del que puede y del que escribe. O del agente que los aplica, que no siempre anda con la capacidad de entender que el sábado se ha hecho para el hombre y no el hombre para el sábado.
Y en esas llegamos a la multa, que no es más que un ejemplo de lo que antes se ha dicho. No sirve mucho aquello de “dura lex, sed lex”. Si hay que pagar, se paga, pues no es correcto aquello de “no sabe usted con quién está hablando”. Se trata de otra cosa.
Ayer escribía yo que una de las cosas en las que más creo -como buen creyente que soy- es el sentido común y la buena voluntad como forma menos mala para solucionar los malos entendidos. El sentido común no es el del lelo ni el del imbécil sino el del que asume las muchas deficiencias de sus razonamientos y no quiere echarse en manos de falsas tonterías ni de dogmas, sino que se acoge a la voluntad de rectificar lo mal hecho y de no volver a repetirlo. El resto es el castigo que en demasiadas ocasiones se transforma en venganza, y, si el que sanciona tiene pistola o porra, con mucho más peligro.
En el caso de la multa se habría evitado la mala leche del multado y estoy casi seguro de que habría aumentado en él el cuidado y el respeto por esa norma en el futuro. No parece poca cosa. No es el legalismo la mejor vía. A las pruebas me remito.
Así que vengan las leyes, pero con el cuidado de su aplicación y la certeza de que la realidad es infinitamente más rica que lo que se recoge en los preceptos. Y ceñirse a la letra es de miseria. Y yo no estoy dispuesto a ser tan pobre.
martes, 10 de febrero de 2009
TAL VEZ SOY BUEN CREYENTE
A estas alturas de mi vida, paso por ser un descreído y una mente siempre en guardia frente a cualquier elemento de manifestación religiosa. Me sucede entre la gente con la que trabajo (¿trabajo con ella?), entre mi familia y entre la gente más cercana.
No tengo muchas ganas de gastar esfuerzo y tiempo en cambiar esa imagen pero creo que no es del todo cierta. Estoy seguro de que, si echamos cuentas, he dedicado muchas más horas, en prácticas y sobre todo en lecturas, al asunto religioso que casi todas esas personas que me califican de descreído y de anticlerical. Y sigo leyendo y buscando. Cada vez encuentro menos y se me cierran más puertas a las creencias y a las expresiones tradicionales de esa religiosidad.
¿Entonces creo o no creo? ¿Soy ateo, creyente, panteísta, deísta, agnóstico o qué leches soy?
Vayamos al valor de las palabras, a su débil intento de representar la idea de la realidad. Claro que soy creyente, por supuesto. Cómo no voy a ser creyente. Me confieso creyente en muchas cosas. Por ejemplo en que el fenómeno religioso ha sido muy importante en el desarrollo histórico de la comunidad humana, en que hay un espacio y un tiempo que me acogen, en que mis días están contados y todo me impulsa hacia el futuro, en que no conozco mi origen pero la realidad más plausible y mejor documentada es que soy descendiente de otras formas de vida más primarias, en que esta explicación del relojero poniendo todo en marcha teóricamente tiene muchas grietas y a veces parece reducirse al absurdo más elemental de las improbabilidades, creo y me quedo extasiado ante los fenómenos naturales y en las ocultas para mí leyes físicas que rigen todos esos fenómenos, creo en que detrás de cada experimentación sigue escondiéndose un mundo oculto absolutamente maravilloso, en que la historia ha ido imponiendo en cada comunidad una serie de principios que rigen su vida pero no su razón, creo en que la moralidad occidental tiene diversas fuentes y por supuesto no la única fuente en las religiones del libro, creo en que esta moralidad de los mundos monoteístas resulta complicada y sometida a un mundo de castigos y recelos que impide en buena medida en el ser humano el desarrollo de su razón con todas las consecuencias, creo en que la religión cristiana ha gozado durante mil setecientos años por lo menos de unos privilegios escandalosos, creo en que la razón es el medio menos malo y más positivo de liberar al hombre y de darle su mejor sitio en la vida, creo en algo tan difícil como el sentido común y en la buena voluntad como binomio menos imperfecto para solucionar los malos entendidos y las dificultades de la comunicación en sociedad, creo en la necesidad de incluir en la definición del ser humano el carácter social de su conciencia y, por tanto, en la necesidad de socializar buena parte de los impulsos humanos como mejor forma de guardar la libertad individual, creo en el esfuerzo más que en las capacidades, creo…
Yo creo en muchas cosas. Sospecho que en esta acepción del término creer se incluye también hasta una parte de convicción. O sea, que mis creencias son incluso fuertes. Soy hasta un buen creyente. Creo que sí.
¿Por qué no escribir una lista de cosas en las que no creo? Fundamentalmente porque sería muy larga. En todo caso incluiría muchos dogmas (tal vez todos), festejos a gogó, procesiones al uso, jerarquías al uso y al desuso, vírgenes en cada encina, la realidad del libro, la bondad de las penas, el miedo y la amenaza, las mitras y los tronos, eso del individuo solo y sin los otros, las patrias y regiones exclusivas, la mandanga de que los hijos son solo de los padres…
Bueno, y muchas más cosas. Eso para otro día.
No tengo muchas ganas de gastar esfuerzo y tiempo en cambiar esa imagen pero creo que no es del todo cierta. Estoy seguro de que, si echamos cuentas, he dedicado muchas más horas, en prácticas y sobre todo en lecturas, al asunto religioso que casi todas esas personas que me califican de descreído y de anticlerical. Y sigo leyendo y buscando. Cada vez encuentro menos y se me cierran más puertas a las creencias y a las expresiones tradicionales de esa religiosidad.
¿Entonces creo o no creo? ¿Soy ateo, creyente, panteísta, deísta, agnóstico o qué leches soy?
Vayamos al valor de las palabras, a su débil intento de representar la idea de la realidad. Claro que soy creyente, por supuesto. Cómo no voy a ser creyente. Me confieso creyente en muchas cosas. Por ejemplo en que el fenómeno religioso ha sido muy importante en el desarrollo histórico de la comunidad humana, en que hay un espacio y un tiempo que me acogen, en que mis días están contados y todo me impulsa hacia el futuro, en que no conozco mi origen pero la realidad más plausible y mejor documentada es que soy descendiente de otras formas de vida más primarias, en que esta explicación del relojero poniendo todo en marcha teóricamente tiene muchas grietas y a veces parece reducirse al absurdo más elemental de las improbabilidades, creo y me quedo extasiado ante los fenómenos naturales y en las ocultas para mí leyes físicas que rigen todos esos fenómenos, creo en que detrás de cada experimentación sigue escondiéndose un mundo oculto absolutamente maravilloso, en que la historia ha ido imponiendo en cada comunidad una serie de principios que rigen su vida pero no su razón, creo en que la moralidad occidental tiene diversas fuentes y por supuesto no la única fuente en las religiones del libro, creo en que esta moralidad de los mundos monoteístas resulta complicada y sometida a un mundo de castigos y recelos que impide en buena medida en el ser humano el desarrollo de su razón con todas las consecuencias, creo en que la religión cristiana ha gozado durante mil setecientos años por lo menos de unos privilegios escandalosos, creo en que la razón es el medio menos malo y más positivo de liberar al hombre y de darle su mejor sitio en la vida, creo en algo tan difícil como el sentido común y en la buena voluntad como binomio menos imperfecto para solucionar los malos entendidos y las dificultades de la comunicación en sociedad, creo en la necesidad de incluir en la definición del ser humano el carácter social de su conciencia y, por tanto, en la necesidad de socializar buena parte de los impulsos humanos como mejor forma de guardar la libertad individual, creo en el esfuerzo más que en las capacidades, creo…
Yo creo en muchas cosas. Sospecho que en esta acepción del término creer se incluye también hasta una parte de convicción. O sea, que mis creencias son incluso fuertes. Soy hasta un buen creyente. Creo que sí.
¿Por qué no escribir una lista de cosas en las que no creo? Fundamentalmente porque sería muy larga. En todo caso incluiría muchos dogmas (tal vez todos), festejos a gogó, procesiones al uso, jerarquías al uso y al desuso, vírgenes en cada encina, la realidad del libro, la bondad de las penas, el miedo y la amenaza, las mitras y los tronos, eso del individuo solo y sin los otros, las patrias y regiones exclusivas, la mandanga de que los hijos son solo de los padres…
Bueno, y muchas más cosas. Eso para otro día.
lunes, 9 de febrero de 2009
EN FIN, ES MI TERRAZA
Mi terraza parece querer volver a ser una atalaya desde la que extasiar mi vista y todos mis sentidos. Hoy ha sido todo un arco iris como nimbo celeste. En cuanto salió el sol y llegaron las nubes con algo de humedad en gotas tiernas, todo se fue en colores sobre mi balcón. Yo me quedé mirando largo rato envuelto y sumergido en esas sensaciones. Es vivir bajo un arco que se convierte en bóveda, que se transforma en cúpula, que se cambia en fuegos artificiales, que se desvae en nubes, que se disfraza en gasas, que se aniquila en luces, que se difumina en nada.
Al fondo blanqueaba la sierra, con sus guedejas blancas, con sus ubres albinas, con sus lomos de plata, con sus deshielos sonando monte abajo, con sus faldas mojadas, oscuras y expectantes.
Los árboles de la orilla del río empiezan a mostrar signos de vida, apuntan sus botones, cambian color y anuncian otras más verdes tardes.
Después llegó la tarde y el cielo se puso oscuro y enfadado. Y llegaron las nubes, otras nubes, y se marchó la fiesta de colores de encima de mi casa, y mi terraza siguió siendo atalaya para sentir las gotas golpeando los tejados, evocando el peinado de una cabeza en agua, dejando su recado de humedad y de sombra mientras se alejaban raudas por detrás de los picos de la sierra hacia otros territorios.
Y yo era el elemento que se quedaba quieto en su refugio, viendo pasar el tiempo y el espacio, notando la verdad de los sentidos, escuchando los ecos de las aguas, abriendo mis pupilas a la luz derramada y a las sombras, tocando los paisajes desde su cercanía, oliendo los aromas de los campos, de ese río que corre ahí mismo, de la lluvia que cae y que casi me moja, de la nieve distante, de las yemas incipientes de los árboles, de la vida que pasa, saboreando el aire con gusto de manzana.
Me pregunto asombrado con Sartre y sus palabras: Lunes. “Nada. He existido.”
En fin, es mi terraza.
domingo, 8 de febrero de 2009
¿ES LA RESIGNACIÓN COMO SOCORRO?
Desde hace aproximadamente dos meses (quizás un poco menos) voy configurando en mí una situación anímica un poco más serena y sosegada. Hay algunos hechos que lo confirman y que seguramente también lo explican. Lo que ha de ser será de todas formas y conviene verlo acercarse con paciencia y buen tono. No sé si es resignación, si se trata de impotencia o si sencillamente es un dejar hacer, es un dejar pasar lo que de todas maneras va pasando.
Yo sigo sin tener asideros seguros para nada, o para casi nada; sigo buscando sin descanso algún lugar seguro en el que refugiarme; y, cuanto más lo intento, más sin suelo me encuentro, más perdido en los pasos del camino me descubro.
Achico los espacios y los tiempos hasta intentar tan solo los hechos del presente y no me doy por ello satisfecho: hay una progresión imprescindible en la vida que conviene mirarla cara a cara, e incluso dominarla. Pero miro hacia el fin del horizonte y no encuentro otra cosa que el abismo, la falta de certezas, o acaso la certeza de que solo hay certezas en lo que va mostrando la débil razón.
Por eso no sé bien si lo que tengo es la resignación como socorro, o acaso es simplemente que me voy conformando con lo que día a día, página a página y silogismo a silogismo se me agiganta como única verdad. Y mira que lo intento. Pero hay lo que hay, no le demos más vueltas.
Así que a practicar, a dar la talla, a darle aún otras vueltas al asunto. Te va la vida en ello. Te va la vida en ello pero también sin ello.
N.B. Ya es ocho de febrero y las cigüeñas se mueren congeladas en lo alto de sus nidos. Florecerá la vida cualquier tarde y hará hoguera en el cielo. Yo me calentaré con sus despojos.
Yo sigo sin tener asideros seguros para nada, o para casi nada; sigo buscando sin descanso algún lugar seguro en el que refugiarme; y, cuanto más lo intento, más sin suelo me encuentro, más perdido en los pasos del camino me descubro.
Achico los espacios y los tiempos hasta intentar tan solo los hechos del presente y no me doy por ello satisfecho: hay una progresión imprescindible en la vida que conviene mirarla cara a cara, e incluso dominarla. Pero miro hacia el fin del horizonte y no encuentro otra cosa que el abismo, la falta de certezas, o acaso la certeza de que solo hay certezas en lo que va mostrando la débil razón.
Por eso no sé bien si lo que tengo es la resignación como socorro, o acaso es simplemente que me voy conformando con lo que día a día, página a página y silogismo a silogismo se me agiganta como única verdad. Y mira que lo intento. Pero hay lo que hay, no le demos más vueltas.
Así que a practicar, a dar la talla, a darle aún otras vueltas al asunto. Te va la vida en ello. Te va la vida en ello pero también sin ello.
N.B. Ya es ocho de febrero y las cigüeñas se mueren congeladas en lo alto de sus nidos. Florecerá la vida cualquier tarde y hará hoguera en el cielo. Yo me calentaré con sus despojos.
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