domingo, 8 de febrero de 2009

SALAMANCA EN SU CASINO



Volvía ayer a mi madre, a su estancia en Salamanca, a compartir con ella unas horitas, unos pasillos largos, unos sonidos lentos y continuos, un estar y no estar, unos abrazos fuertes, unos besos muy gordos, otra vez la certeza de lo que es bien visible y una resignación que no quiere asentarse. Te quiero mucho, madre.

Después me fui al Casino, a un casi sí para un casi no. Nunca había estado dentro de esa casa, que debe de guardar muchos secretos de la alta sociedad de Salamanca. Allí, asentado al pie de la gran plaza, en el centro neurálgico de la vieja ciudad. Lo imagino un casino de los de gran empaque. El patio central y los salones dan buena cuenta de ello. Echo la vista atrás por un momento e imagino cualquier baile o reunión de hace unos años. Solo me salen funcionarios, ganaderos, industriales (pocos, que aquí nunca hubo muchos), gente cercana al clero abundantísimo, algunos arrimados a la universidad, y se acabó la lista. No veo reposando cafés ni matando el tiempo a ningún obrero ni a ningún mileurista de los de antes, solo a oscuras señoras muy pacatas rumiando los deseos y levantando el ojo para ver lo que niega. “Ese hombre del casino provinciano, / que vio a Carancho recibir un día, / tiene mustia la tez y el pelo cano…” Así me lo imagino yo, como el maestro.

Paco Novelty presentaba su último libro de poemas (“Aceros cargo”, así, sin hache) en ese escenario lujoso y escogido. Allí logró reunir a mucha gente. Paco es todo lo que es Paco y todo lo que le aporta Novelty, que es muchísimo en Salamanca. Creo que ya dije algo de este libro hace algún tiempo, cuando cayó en mis manos, tomado de la fábrica de siempre, del sello Comendador que lo ha editado. Con él fui a Salamanca, con él volví, y con mi sobrina Mariángeles. No era aquel precisamente mi sitio, pero no estaba mal allí sentado. Sobre todo por el tono distendido que, a pesar de todo, se le quiso y se le supo dar. Y porque me encontré con gente a la que hacía mucho tiempo que no le echaba la vista encima: el propio Paco Novelty, José Antonio Pascual (a ver si te hacen pronto presidente de la Academia, amigo), Paco Castaño, Marina y familia, Bartol… y mucho gentío más arrimado al jamón con sello campesino. A mi lado, mi sobrina Mariángeles me radiaba la fiesta mientras yo me marchaba con mi imaginación a esa Salamanca tan mezcla de gotas de cultura con quintales de botas camperas, de campos abiertos, de funcionarios y de clero guardando las esquinas. Siempre he visto así a Salamanca y ahora que la imagino desde la distancia no me sale otra imagen. Y siempre me deja un sabor agridulce porque le exijo siempre lo que nunca me da, una hoguera en la que ardan la razón y las letras, la investigación y la lucha, la duda y el progreso en todas las batallas. No, no es eso lo que me ofrece Salamanca.

Mi Salamanca es otra bien distinta a la que estaba sentada en el patio central de su casino, aunque me encontré bien un ahora y media.
La noche se cerró con un frío muy intenso, la carretera andaba tiritando y la nieve mostraba una imagen blanca.

TODO FUE NIEVE HOY

Pero es que hoy era sábado y el campo estaba frío de la helada nocturna. Había mucha nieve acostada en el suelo, dando blancura a todo, escondiendo la imagen que ha dejado el invierno. El invierno ha oxidado la ciudad y la ha dejado oscura. Por eso tanta nieve, para ocultar la vista de los colores ocres y darle una manita de pintura, con una cal blanquísima.

Hoy el paseo empezó sin ayuda del coche. Por el sendero arriba que sube hasta el juzgado y aspira a encaramarse en la carretera que cruza el Castañar, camino de Candelario.

Y ya jugaba Trucho con alguna mujer a la que preguntaba por un camino cierto para ir a Candelario. Él que se los sabe todos, que los transita todos, que los enseña todos. La buena mujer le seguía la corriente y trataba de dar información de la que nos sobraba.

Y ya fue sumergirse entre la nieve. He dicho sumergirse porque eso es lo que era. Todo el suelo fue blanco durante todo el tiempo. Todas las ramas, desnudas en invierno, se habían cubierto, púdicas, con su camisón blanco, un conjunto de raso, de blanco inmaculado. Y era tanta su carga, el peso de sus vestidos, que se doblaban reverentes hacia el suelo. Todo aquello era un arco brillante y argentino, albar, nevado, níveo. Yo no tengo palabras.

El paseo se hizo lento, sosegado, tranquilo, descubridor de imágenes que llevarse a la cámara, con voces espaciadas de admiración por todo. Y así en el sendero que nos llevó hasta el Castañar, en la carretera de Llano Alto y en el camino que apunta hacia el pantano de Navamuño.

Hoy sí que hicimos huella por la nieve, y comimos de pie, atestados de nieve, mirando y contemplando, con el silencio denso de esa nieve y el rumor del regato bien cercano. Ese vino bien frío y ese té calentito regado con las gotas de aguardiente, un bocado de queso o de chorizo…, en fin, como dice Manolo, una hemorragia de satisfacción.

La vuelta fue otra fiesta contemplando todo el horizonte tomado por la nieve. Charlando y caminando, volviendo monte abajo, regresando con calma hasta las calles de Béjar.

Tal vez sean los sentidos los que crean realidad. Al menos nos la filtran. Hoy fue día de la vista. Y la vista fue blanca, de un blanco muy intenso. Hacía mucho tiempo que no hollaba la nieve con un sabor tan dulce. Otra mañana ganada a la desidia y a la monotonía, otro trozo de vida más alegre, que no es poco.

viernes, 6 de febrero de 2009

SOLO MORIR EN PAZ

Eluana lleva nada menos que diecisiete años en coma. Esta hermosa joven italiana hace ya demasiados años que no se entera de la vida y se mantiene entre nosotros de una manera totalmente artificial. La derecha política y la iglesia católica, o sea, los de siempre, están haciendo lo imposible para negar lo que la ley, y sobre todo el sentido común, concede a ella misma y a sus padres: el derecho a dejarla morir en paz.

Cada vez que veo alguna imagen relacionada con casos similares, siento una gran pena y mis neuronas se ponen de verdad nerviosas. Todos estos extremistas fanáticos andan encorsetados en la idea de que la vida pertenece a un Dios, a su Dios, y que solo él puede darla y quitarla. Para nada les importa el sufrimiento del enfermo y de los familiares más directos. Vaya una moralidad esta que predica como ideal el sufrimiento. ¿De qué manera podemos pedir a la enferma opinión acerca de si quiere seguir viviendo o quiere morir? ¿Se le concedería ese derecho si lo hubiera manifestado por escrito? Si así fuera, no estaríamos más que en una formalidad ya imposible de cumplir. He ahí la moralidad de las formalidades, he ahí el fariseísmo más puro, he ahí la inhumanidad más diáfana. ¿A quién puede doler más esta muerte que a sus padres y a sus seres queridos? ¿No entienden que se busca, en un caso irrecuperable, la solución del mal menor? ¿Qué dios puede ser este que se apropia a su antojo de todo lo que existe y que reparte a discreción favores y maldades, dolores y placeres?

En las próximas semanas Eluana morirá, espero que apaciblemente, sus familiares descansarán más por la enferma que por ellos mismos y supongo que más de uno habrá hecho un ejercicio de reflexión acerca de estos casos. ¿Cómo se puede tener ese ensañamiento en nombre de lo que tendría que ser bondad y compasión?

Los dioses justicieros terminarán mordiéndose sus uñas por el remordimiento. Los fanáticos religiosos no se entiende que no estén incluso contentos y que no traten de acelerar ese paso del enfermo hacia la vida eterna. Si se comportaran así con sus propias personas al menos… Los célibes sacerdotes y monjas podrían plantearse la procreación como forma de dar más vida y de presentarla en el sufrimiento como sometimiento a la voluntad divina. Pero claro, esto es para los demás.

Es de nuevo la falta de razón, la sinrazón exacta, el dominio de todo lo invisible, la paja en ojo ajeno (no quiero un chiste fácil que me surge), las formas sobre todo, el sábado por encima del hombre, la imbecilidad hecha carne, el siglo de los tontos, la moral extraída de lo negro, todo lo que nos tiene como estamos.

jueves, 5 de febrero de 2009

COMO EN ZAMARRAMALA. O PEOR

“Nada es lo mismo, nada / permanece. Menos / la Historia y la morcilla de mi tierra: / se hacen las dos con sangre, se repiten.” Ángel González, con perdón.

Y yo, que me repito tantas veces cuando miro de nuevo al mismo sitio. Será que no he cambiado mis aprecios y desprecios, ni estoy por la labor.
El caso es que me hallaba esta mañana tomando un refrigerio, dándole vueltas a eso del plan Bolonia, o sea, arreglando el mundo, y, de vuelta hasta el curro, me noté sorprendido por un extraño ruido. Y no era de batanes ni de gatos zumbando en los tejados, como les ocurrió a Sancho y don Quijote. Quizás por tal motivo mis calzas no sufrieron el envite de lo que espera turno con paciencia, hasta que llega su hora. A punto estuve de ello. Era algo mucho más escandaloso, bajo, rastrero, vil, pesado, serio, intruso, casposo, advenedizo, innoble, indigno, indecoroso. Traía tal retahíla de rastros malolientes, que enseguida alcancé su condimento. ¡!!Eran las águedas camino del Ayuntamiento!!! Con su aguedesa al frente y su envarado séquito de longevas doncellas ataviadas con trajes de otros tiempos.

Como me sé de qué va la fiesta por su repetición de cada año, pronto puse tierra de por medio por que no pareciera que también yo era lacayuelo de la muerte y paniaguado de tal festejo. Pero no me iba a dejar ese zumbido con tan solo apartarme. De vuelta hacia mi casa, las vi aparecer de nuevo cerrándome la calle, con un santo subido en parihuelas, dando vueltas a un templo, como reunión de brujas en aquelarre eterno. Huí como carne que escapa del sentir de la navaja, pero aún la suerte me guardaba otro trance pues, al volver la esquina, otro grupo de extrañas iniciadas seguía su cantinela cerrándome otra calle ¿Por dónde puedo huir?, me preguntaba. Crecía mi zozobra, me tomaban la angustia, la ansiedad, el desasosiego, todo me acongojaba y me dejaba zombi. Acerté a toparme con una concejala que acompañaba al séquito. Le formulé pregunta bien retórica: “¿Cómo podéis tener tripas para tal sinsentido?” Me miró con ojillos de total complicidad. “Qué le vamos a hacer, hay que atender a todos”, fue su respuesta. Y aprovechó el momento para salir conmigo del embrollo en que se hallaba.

Y yo salí corriendo hacia mi casa sin mirar hacia atrás por si algo me seguía. Creo que todavía caminaba a mi lado un ruido extraño de gaita y tamboril. Pero yo corrí más y me encerré con llave. Y hasta ahora. Creo que aún escucho los ecos de una música turbia.

Un poco más en serio. ¡Qué sociología se esconde en esos festejos! Hay que mirar tranquilos para después dar cauce a cualquier opinión. Nada -faltaría más- contra ninguna persona, sí y todo contra lo que eso significa. ¡Que las más recluidas en sus casas sean las que vayan en procesión pública a mostrar sus poderes por un día, y al día siguiente vuelvan con la cazuela a cuestas a preparar la cena como meta de todos sus desvelos! ¿Qué significa eso? ¿Qué hay detrás de la costumbre triste y cochambrosa? Mi mente no me ofrece imágenes precisamente hermosas.

Después llegan la fiesta y la comida. Coño, que se diviertan, que están en su razón. Pero que se diviertan todo el año y den un paso al frente con todos sus derechos.

Creo que saldré a la calle y le pediré un baile a la primera que encuentre en el camino. ¿Baila, señora?

miércoles, 4 de febrero de 2009

¿QUIÉN ES ESTE TIPO?

Bienvenido a la república independiente de la república independiente de tu casa. Son palabras que se utilizan en el anuncio de una multinacional que vende elementos de toda clase para el hogar. Su nombre es Ikea y me parece que es de origen sueco.

Quiero aplicarle estas mismas palabras hoy a la llegada a España, en visita oficial, y a la toma de posesión de todo lo habido y por haber del cardenal romano Tarcisio Bertone, el segundo de a bordo del Vaticano, esa república independiente de la república independiente de su casa. Ha llegado y ha tomado posesión de todos los despachos de esta otra república independiente de la república independiente que es España. Si se repasa bien la frasecita, se puede comprobar que el Vaticano cumple todas las condiciones mientras que España se queda en pelota picada pues ni es república ni es independiente por ningún sitio.

Leo que el susodicho ya se ha entrevistado con el ministro de asuntos exteriores, con la vicepresidenta, con el presidente del gobierno y con el rey. Hala, así, de una tacada. ¿A qué viene este hombre a Madrid? ¿A quién representa? ¿Qué busca con esta visita? Prefiero quedarme solo con la última pregunta. Y ya se conoce la respuesta: Están tratando el asunto de la ley del aborto y de la ley de Educación para la Ciudadanía.

¿Cómo puedo yo permanecer callado ante semejante disparate? ¿Pero qué vasallaje es este? ¿Estamos acaso en la Edad Media? ¿Qué explicaciones tiene que dar un país soberano de sus leyes si no es a la comunidad internacional? Son dos mil años de imposición, pero esto no puede continuar así. Nada tiene sentido: ni el estado vaticano, absolutamente artificial, ni la falta de separación entre religión y estado, ni la imposición de la religión sobre la razón, ni las injerencias escandalosas en otras comunidades, ni los concordatos y acuerdos, ni nada de nada. Yo no me reconozco en un gobierno que se acongoja a diario ante las presiones de criterios religiosos adobados siempre con elementos de poder y de influencia. Estoy seguro de que hay muchos votantes de izquierda que están echando los dientes ahora mismo.

¿Se hará todo esto por votos y para contentar a un número grande de posibles votantes? A mí me produce el efecto contrario. ¿Se hace todo esto por puentear a la jerarquía eclesiástica española? Cualquiera de las dos suposiciones me aterra. ¿Dónde están los principios? ¿Todo vale con tal de seguir en el macho? ¿Dónde está la gente que mira lejos, que articula primero unas ideas, después una ideología y, como consecuencia, un programa político? ¿A quién se está engañando?

Lo peor de todo es que este tipo de concesiones solo conducen a más y más exigencias por parte de quien pide, pues primero sugiere, luego ruega y suplica, más tarde reclama y al fin exige y levanta el palo. La Historia está ahí.

¡Ay, esto de la razón y de la fe mezclada con las influencias y el poder!

¿Estamos de verdad en la Edad Moderna?

Venga, tíos, cortesías, las necesarias; principios, todos. Si es que los tenemos.

martes, 3 de febrero de 2009

PATRIOTISMO

Tengo la inmensa suerte de trabajar en algo que me gusta. Siempre el trabajo es una tortura, y aquel que afirma que le gusta trabajar anda en mi consideración cerca de la mentira, y empiezo, en consecuencia, a desconfiar de él y a tildarlo en silencio de posible vago redomado. A la etimología me remito y a aprender a Salamanca. Afirmo, pues, que me gusta el asunto de mi trabajo, no el trabajo. Para que no haya malos entendidos.

Y mi trabajo tiene que ver con las palabras, con ese instrumento maravilloso que da cobertura a las ideas, que facilita la comunicación y que, por ello, contribuye a que los que las dominan estén en condiciones de ser un poquitín más felices. Este es mi esquema de trabajo y es el que transmito a quienes me quieren escuchar. Sin ideas, no hay razón (ni ser humano), sin palabras no hay certeza ni visibilidad de la razón (ni de ser humano), con el dominio de las palabras se controla la inevitable comunicación entre las personas, con el dominio de la comunicación estamos en condiciones de esa pretendida felicidad. Y así, repetido, hasta que todo hijo de vecino lo automatiza y, al menos delante de mí, parece convencido de que es y tiene que ser así. La práctica empieza entonces, a partir de este sencillo encadenamiento de ideas. Desde ese momento, el trabajo -eso que no debería gustar a nadie (¡como coños va a gustar la tortura: eso es lo que significa trabajo!)- comienza a funcionar. No parece mal objetivo el de alcanzar un poquito más de felicidad. O sea, que mis alumnos estudian para ser más felices. Ahora ya sí merece la pena estudiar.

Trabajar con palabras implica muchas variables, demasiadas. Y te ofrece muchas posibilidades, muchísimas. A veces, si no te contienes, empiezas y no puedes tener conciencia de por dónde vas a terminar.

A mí los padres esos que protestan por la Educación para la Ciudadanía me tenían que acusar, procesar y condenar a cadena perpetua. Por lo menos.

Hoy mismo hacían mis alumnos derivaciones para otras categorías de palabras. Entre los términos propuestos aparecía “patria”. Rápidamente seleccionaron “patriota”, “patriotero” y otras para la categoría de adjetivos. Y nos enredamos con ella. Me enredé yo, naturalmente, con su significado. Como para no aprovechar el momento con una palabra tan interesante. Enseguida comprobé que la noción estaba absolutamente confusa. El paso siguiente fue el de intentar fijar una posición oficial acerca de su significado. Diccionario en ristre y a la página de “nación” y de “patria”. Y comprobación de que tampoco para los doctos de la casa el asunto anda claro, ni mucho menos. Y una corta explicación del significado etimológico, del significado sociológico y del significado popular de las palabras.
Todavía la gran mayoría pensaba que el patriota era aquel dispuesto a dar hasta su vida por su “patria”. Ay, “dulce et decorum est pro patria mori”. Qué chorrada. Y lo ligaban sobre todo con el territorio. Intentaba hacerles ver que siempre tendrían que decidir ellos pero que eso de dar la vida por algo hay que pensárselo mucho y que vete a saber si merece la pena; y sobre todo les indicaba que, si se trataba de defender un territorio y no un grupo de personas, parecía una exageración defender con la vida un prado o una montaña, por muy extensos que fueran, pues eso más bien parece propio de los leones o de los perros cuando mean y marcan el territorio; y, además, me detenía en lanzarles alguna pregunta del tipo siguiente: ¿quién te ha dado a ti la propiedad sobre un territorio?

Los ánimos se calmaban, el silencio se hacía algo más espeso y yo lo rompía tratando más bien de sonsacarles otras posibilidades de ser buenos patriotas sin necesidad de dar la vida por nada. Y pensaron en un día cualquiera y les salían los ejemplos por las orejas: ser solidarios con los miembros de la familia, estudiar lo suficiente, concentrarse en el trabajo, no molestar a los demás, plantearse cuál es la situación de su familia, de su barrio y de su ciudad, plantearse una mejora individual aunque sea pequeña, ser respetuosos con los diferentes, guardar un orden físico elemental, mejorar el lenguaje para facilitar su comunicación con los demás… Ufff, menudo montón de ejemplos. Y para ninguno se necesitaban balas, ni siquiera de fogueo.

Y hasta creo que entendieron de una jodida vez en qué consiste eso de ser buenos patriotas. Y se alejaron un poco de todas las monsergas que oyen cada día en tantos sitios. Y lo mismo hasta comprendieron que la semántica tiene estas cosillas. Y tal vez hasta alguno pensó que vaya un pelma de profesor porque a ver cómo se respondía esto en un examen.

Yo creo que soy carne de cañón para estos padres de Educación para la Ciudadanía. Pero mi abogado será de oficio: no pienso gastarme ni un euro en mi defensa. Eso sí, salí contento del aula. Que no es poco.

Por cierto, ¿seré yo buen patriota?

lunes, 2 de febrero de 2009

LA VIDA Y LA COSTUMBRE

Me resulta imposible hallar el equilibrio entre la vida descubierta a cada momento y la vida impulsada por los prejuicios. Si la primera es luminosa y honda, deslumbrante siempre, personal e intransferible, alucinante e inmediata, la segunda parece deshumanizadora, impulsora del sueño y la modorra, hija de la costumbre y de los usos sin ningún análisis, adormecedora, mantenedora de estructuras, opio al fin y al cabo. Pero, ay, muy necesaria para seguir estando, para ponerle puertas a la angustia y al desasosiego, para poner el pie en cualquier sitio y creer que no te hundes, para engañarte al fin y hacer como que no te engañas.

Miro y me reconozco en los prejuicios a cada momento, mi vida se orienta casi toda ella desde lo que se viene haciendo por ahí, desde lo que se da por bueno sin más, desde lo que se repite cada vez que da la vuelta el calendario, cada vez que hojeo las páginas de cualquier manual al uso. Y me sucede en todos los niveles.

No me cuestiono mis usos personales para sujetarlos y darles abono, o para modificarlos en caso de no estar muy de acuerdo con ellos. O no me los cuestiono demasiado. Repaso un día cualquiera y me salen ejemplos por todas las esquinas. Y eso que creo que soy un poco avispa cojonera también conmigo mismo.

Cuando extiendo la mirada y la abro a la comunidad, el panorama me resulta un poco más desalentador todavía. Parece que todo se diluye en la masa y que el elemento integrante de esa comunidad se deja llevar y da por bueno casi todo. ¿A quién le daría por plantearse en esta ciudad estrecha en la que vivo el valor de sus fiestas patronales? ¿Quién se atreve a razonar acerca de las organizaciones sociales que componen la ciudad? ¿Qué ocurriría si a alguien hiciera la petición de que la patrona de la comunidad deje de ser una virgen y pasara a ser un pensador, por ejemplo? ¿Y si alguien se descolgara razonando sobre la inutilidad de mis clases o sobre la inmoralidad de un cura?

¿Qué es eso de la patria? Para muchos, a juzgar por sus manifestaciones y hasta por sus amenazas, resulta un sustento de su quehacer diario y de sus ilusiones. ¿Cuántos dan por hecho que la religión es la única fuente de la moralidad? “Fuera de mi no hay salvación”; “Esta juventud no tiene valores”, en boca de aquellos que lo piensan así porque estos jóvenes no practican las costumbres tradicionales. Son expresiones que a cualquiera le podrían sonar como repetidas y ante las cuales asentirían y se quedarían tan anchos.

Todos los niveles me ofrecen ejemplos en los que me veo empujado por la tormenta, por las olas del mar que se empujan unas a otras, por el vendaval que me ha pillado en medio y desprevenido, por la comodidad de que otros piensen por mí y por la cobardía de no enfrentarme a cara descubierta y con las deficiencias de mi simple razón. Seguramente por no atreverme a comer con más frecuencia del árbol de la ciencia del bien y del mal.

Sé que no hay cuerpo ni mente que resista andar por ahí a descubrimiento limpio, pero sé también que no abrir los ojos te acostumbra a la ceguera, que dar por bueno todo te convierte en imbécil y alelado, que no desayunar con dos o tres porqués significa empezar mal el día y que no detenerse a contemplar lo nuevo que te ofrece la vida a cada paso es perder la hermosura y el milagro continuo, la capacidad de sorpresa y de embeleso, el gozo insuperable de lo que siempre es nuevo ante mis ojos y mi mente.

domingo, 1 de febrero de 2009

EL MERCADILLO DE LAS VANIDADES

Me gustaría saber si es que guardo algún deseo inconfesable, si escondo en mis adentros alguna frustración no detectada, si mi mente no alcanza más allá de lo mostrenco, si no camino por las vías de cualquier otro ser tan normalito, si tengo que cambiar tan bruscamente. Iré al sicoanalista o al sicólogo (así, sin “p”, que queda más extraño) para que me embadurnen aún más la cabecita.

Llevo oyendo la serenata del anuncio de entrega de los premios del cine por lo menos tres semanas. Los medios se hacen eco de las nominaciones, de los actores y actrices concurrentes, de los lugares de entrega, de los detalles y preparativos, de… Parece el fin del mundo. Pero ¿a qué viene esto? ¿Qué se está reforzando con toda esta fanfarria?

Hasta donde se me alcanza, estos premios no son más que un mal remedo de la entrega hollywoodiense de los Oscar. Mi animadversión hacia lo que allí, en los Astados Unidos, se produce es bien notoria y no la oculto. Su escala de valores me parece absolutamente subversiva en el peor sentido imaginable. No entiendo esta imitación papanatas, aborregada e imbécil que aquí se manifiesta.

Me refiero, por supuesto, a toda la parafernalia que acompaña a estas ceremonias: a trajes y vestidos, a peinados varios, a compañías al uso, a escotes exigidos por los leones hambrientos, a portadas y fiestas, a discursos inconexos y no alfabetizados, a…. ¿Qué es eso de las alfombras rojas o verdes? ¿Para qué sirven? ¿A qué se paran ahí todos esos personajillos de tres al cuarto. ¿A qué aspiran siempre? ¿Qué es eso de ser la mujer o el caballero más deseado de todos? ¿Por quién es deseado/a? ¿Para qué es deseado/a? En mi pueblo eso tenía un nombre de dos sílabas muy sonoro y escueto. En el Retiro funcionan a diario y con mucha honradez por su parte. Ah, ¿que dicen que la gente lo que quiere es eso?; pues la misma consideración para toda esa gente. ¿No será demasiado? Seguramente sí, pero la analogía es una regla de oro en el razonamiento. Y de perdidos al rio. Con dos.

Coño, que a mí me gusta el cine español porque lo que presenta me resulta cercano y en estructuras de aquí, no de colegio ni de ciudad americana, que competir con las mismas tonterías no puede llevar más que a tonterías parecidas o mayores y, para eso, ya tenemos el original. ¿Cómo se prestan a esto personas como José Luis Cuerda, por ejemplo, por quien siento auténtica veneración? ¿Cuándo se va a apoyar en la centésima parte cualquier otra actividad creativa (literatura, pintura, música…) o de pensamiento (filosofía, ensayo…). Pero, ¿quiénes son estos colegas? ¿Hasta dónde llega la vanidad del tonto? ¿Y el seguimiento ovino de tanto despistado?
Sé que en ese mundo hay gente que merece mucho la pena y no entiendo por qué tienen que pagar tan alto precio con tal de encajar en la estructura.

Tengo que repescar mi juego de palabras que tienen como base la entrega de los Oscar. Sigo pensando igual que en aquel tiempo.

Luego viene el apagón de luces, el guión trabajado, las escenas medidas y la iluminación más adecuada, los fundidos, los planos, las polisemias varias…, y la imaginación en su exacto desarrollo. Pero esa es otra historia: eso es el cine.