Los territorios marcan las palabras, aunque las realidades no existan sin las palabras o acaso la única realidad que exista sea la de las palabras. El hombre está marcado por esa parte del léxico que le llega a los labios cuando se lanza al mundo y quiere reconocer cualquier realidad. Y somos pordioseros, mendicantes, del saco interminable de los términos. Las realidades de cada parcela nos marcan con sus palabras propias, con los términos que más se ajustan a su división, a su captación y a nuestro roce continuo con esas realidades.
Yo soy de tierra adentro, pocos asomos tengo de largas convivencias con el azul del mar, nunca “me desenterraron del mar” para traerme a ninguna ciudad, ni “las marejadas me tiran del corazón” si no es para compartirlas con quienes quiero, al amparo de alguna conversación intranscendente. Muy de tarde en tarde tengo consciencia agradable de ello. Por eso mi conciencia se rebela cuando me aproximo al agua de los mares desde la literatura. Me sobrepasan los términos literarios y mi lectura se hace más lenta y premiosa; a veces me resulta casi tediosa y siempre requiere de mí un sobreesfuerzo que me deja baldadas las costillas.
“Los hombres, agrupados todos en el centro de la arrufadura de la nao, sacaban medio cuerpo por la borda y gritaban preguntas a los remeros de los bateles que estos, por estar bogando esforzadamente y entre las salvas de sus propios gritos, no llegaban a contestar. Juanillo y Nicolasillo, inquietos como escurridizas lagartijas, corrían de proa a popa soltando las escalas de cuerda y cerrando los imbornales por no remojar a los que llegaban. Por fin, cuando menos de veinte varas separaban nuestro casco del primer batel…” Es este un ejemplo tomado al azar de un libro que acabo de leer, que narra peripecias marineras y de piratas. Al menos catorce términos marineros. Y “así, tomados de uno en uno, son como polvo, no son nada”, pero en conjunto marcan perfectamente el territorio, embrean el asfalto y me sumergen en un mundo distinto, ajeno a mis andanzas cotidianas, extraño y misterioso, sorprendente. ¿Qué coño tengo yo que ver con los “imbornales”, por ejemplo?
Yo soy de tierra adentro, lo repito, me da miedo la mar, me parece surgir de lo infinito, me sobrepasa siempre. Aunque a su orilla, con el rumor de fondo, mi conciencia se aquieta y se concentra, se hace más ella misma. Pero es el territorio de la contemplación, no de los roces, del paseo por la arena, de la sombra al amparo de la tumbona, del crepúsculo hermoso, de la amanecida “cuando el sol saca el día de la mar”. Lo demás me acongoja, me sumerge y me ahoga; cuando sobre sus olas doy unas brazadas, bien procuro sentir que la orilla está cerca, que la arena me llama, que puedo hollar sin esfuerzo las dunas de la playa.
Es un ejemplo claro de correspondencia entre la realidad y las palabras, del roce y del olvido, del uso y del abuso, y la ignorancia. Habrá que practicar con la presencia. Una negra circunstancia me privó de probarlo hace bien poco. Hay que sobreponerse y volver a intentarlo. Seguro.
miércoles, 7 de mayo de 2008
martes, 6 de mayo de 2008
LEY DE VIDA
Durante estos últimos días es una de las sentencias que más vengo oyendo. Con ella se me trataba de expresar la normalidad de que Magdalena hubiera fallecido, teniendo en cuenta su edad y su situación física deteriorada. Y no solo es expresión que yo haya oído sino que también la pronuncio yo mismo con la misma intención de calmar a quien me la escucha.
O sea que significa que la vida tiene sus leyes, que se cumplen muy a su aire y lejos de la voluntad de los seres que la viven, y que nosotros debemos acordar nuestra voluntad con la suya. Pero es algo que damos por bueno cuando esa ley implica lo que está cerca de la normalidad -como frecuente- y no rechina al sentido común. Si no se cumple tal premisa, no entendemos -yo no entiendo- lo que pueda significar ley de vida. ¿Es ley de vida que se muera una persona de treinta años, por ejemplo? ¿O que se case una persona a los veinte años? Y, sin embargo, hay tantas excepciones en eso que llamamos ley de vida… Cuando aplicamos la expresión a la muerte, además, siempre nos rebelamos contra la normalidad y quisiéramos vivir en la excepción, en ese alargamiento especial de la vida, sin considerar que la naturaleza sigue haciendo de las suyas en todas las circunstancias.
Así que esto de la ley de vida nos sirve como consuelo y como poco más. Esto de someterse a lo que le sucede a la mayoría como algo soportable es acaso una línea escapatoria necesaria y, en todo caso, eficaz. Parece como si aquello de que la justicia tuviera que ser comparativa también se cumpliera aquí y cuando uno ve al vecino con achaques acaso los soporta mejor en su persona que cuando ve a todo el mundo a su alrededor sano y con vitalidad. Y eso que la sabiduría popular ya se ha encargado de señalar la maldad de tal costumbre cuando proclama aquello de “mal de muchos, consuelo de tontos”.
Estamos instalados en unos territorios de la normalidad. En ellos descansamos, somos más previsibles, nos asustamos menos, andamos más seguros, compartimos con los que van al lado, estamos un poco menos asustados, cumplimos las leyes de la vida.
Y, sin embargo, también queremos -también quiero- el territorio de la improvisación, el reino de la duda, la mañana inocente y prematura, el segundo siguiente en el que no sé qué me espera, la novedad de hallar mediterráneos personales, la individualidad, la sorpresa continua, el mundo renovado en cada hora, el redescubrimiento de mí mismo buscando en la espesura…, la vida revelada en mi persona.
Acaso también eso es ley de vida, lo mismo que la otra, la que nos arrebata por el tiempo a los seres queridos, la que nos llama al orden y a la norma, la que nos hace exactos e iguales a los otros, la que nos va marcando los caminos para que no nos perdamos, la que da dimensiones a todos nuestros actos, la que nos hace humanos,
sencillamente humanos.
O sea que significa que la vida tiene sus leyes, que se cumplen muy a su aire y lejos de la voluntad de los seres que la viven, y que nosotros debemos acordar nuestra voluntad con la suya. Pero es algo que damos por bueno cuando esa ley implica lo que está cerca de la normalidad -como frecuente- y no rechina al sentido común. Si no se cumple tal premisa, no entendemos -yo no entiendo- lo que pueda significar ley de vida. ¿Es ley de vida que se muera una persona de treinta años, por ejemplo? ¿O que se case una persona a los veinte años? Y, sin embargo, hay tantas excepciones en eso que llamamos ley de vida… Cuando aplicamos la expresión a la muerte, además, siempre nos rebelamos contra la normalidad y quisiéramos vivir en la excepción, en ese alargamiento especial de la vida, sin considerar que la naturaleza sigue haciendo de las suyas en todas las circunstancias.
Así que esto de la ley de vida nos sirve como consuelo y como poco más. Esto de someterse a lo que le sucede a la mayoría como algo soportable es acaso una línea escapatoria necesaria y, en todo caso, eficaz. Parece como si aquello de que la justicia tuviera que ser comparativa también se cumpliera aquí y cuando uno ve al vecino con achaques acaso los soporta mejor en su persona que cuando ve a todo el mundo a su alrededor sano y con vitalidad. Y eso que la sabiduría popular ya se ha encargado de señalar la maldad de tal costumbre cuando proclama aquello de “mal de muchos, consuelo de tontos”.
Estamos instalados en unos territorios de la normalidad. En ellos descansamos, somos más previsibles, nos asustamos menos, andamos más seguros, compartimos con los que van al lado, estamos un poco menos asustados, cumplimos las leyes de la vida.
Y, sin embargo, también queremos -también quiero- el territorio de la improvisación, el reino de la duda, la mañana inocente y prematura, el segundo siguiente en el que no sé qué me espera, la novedad de hallar mediterráneos personales, la individualidad, la sorpresa continua, el mundo renovado en cada hora, el redescubrimiento de mí mismo buscando en la espesura…, la vida revelada en mi persona.
Acaso también eso es ley de vida, lo mismo que la otra, la que nos arrebata por el tiempo a los seres queridos, la que nos llama al orden y a la norma, la que nos hace exactos e iguales a los otros, la que nos va marcando los caminos para que no nos perdamos, la que da dimensiones a todos nuestros actos, la que nos hace humanos,
sencillamente humanos.
lunes, 5 de mayo de 2008
TODO COMO IGNORÁNDOSE
Cuánta diversidad hay por la vida. Acaso sea la esencia de la misma y no se pueda definir de otra manera. Así mientras unos ríen otros lloran, mientras unos pasean otros se muestran firmemente sedentarios, mientras unos leen otros ignoran el placer de la lectura, mientras unos tienen fiebre otros se sienten fríos, cuando unos corren otros se detienen y cuando unos dan voces otros aman y practican el silencio.
Y todas las infinitas posibilidades se producen al mismo tiempo y como ignorándose, como si fueran hechos superpuestos y no dependieran unos de otros. He visto y he sentido la tristeza por las calles en el mismo momento en el que los que andaban al lado sonreían ajenos a los sentimientos que se cocían a su vera, allí mismito, entre cuatro paredes se encierran tantas cosas ajenas a las que se producen al otro lado del tabicado, que parece como si no se oyeran, como si no se vieran, como si no fueran todas parte del mismo mundo.
Pero es que la misma persona es tan versátil… Sonríe, llora, come, ayuna, se conmueve, vocea, ama el silencio, se afana en parecer buena persona, se enfrenta pero teme, mira al futuro y tiembla, o se lo come entero, como si fuera suyo. No hay nada consistente, o al menos lo parece.
¿Cómo buscar, entonces, una línea de enganche a la que acudir como modelo? El ser humano necesita no sentirse en cada momento provisional y nuevo, aspira a algún modelo, a una línea de conducta por la que encaminar sus pasos, a alguna referencia, a alguna luz, a un foco que le marque el camino.
Acaso somos seres y seres solitarios, ejércitos de hombres que se ignoran, que se saben al lado pero que no intercambian muchos datos. Tal vez se viva solo, siempre se muere solo, siempre se nace solo. Es posible que todo sea mejor así: cualquiera no podría soportar tanto barullo junto, tanta diversidad en el momento, tanto enganche a los otros, tanta pasión y tanto odio juntos, tanto amor repartido por todas las esquinas.
¿Qué sentirá una rosa del geranio que crece a su lado? ¿Y el narciso de la violeta? ¿Se sentirán cercanos? ¿Sabrán de su existencia? ¿Se prestarán aromas? ¿Se cederán colores? Así también el hombre, el ser humano, yo mismo que me vivo y me desvivo entre tantas personas, sin conocer siquiera sus nombres ni sus ansias.
Un ejército de hormigas se pasea sin hormiguero cierto, anda descaminado, sin cauce, desnortado, desparramado todo, sin un plan concebido. Todas vuelven, no obstante, al hormiguero. Hay hormigueros grandes, infinitos. Nadie sabe por qué pero en la primavera y el verano se salen a las calles cada año y se muestran activas, afanosas, emprendedoras todas, almacenan sin tregua y viven sin vivir, o acaso sepan que su trabajo es ese y se conformen. A mí me falta hoy esa conformidad: no soy ni hormiga.
Y todas las infinitas posibilidades se producen al mismo tiempo y como ignorándose, como si fueran hechos superpuestos y no dependieran unos de otros. He visto y he sentido la tristeza por las calles en el mismo momento en el que los que andaban al lado sonreían ajenos a los sentimientos que se cocían a su vera, allí mismito, entre cuatro paredes se encierran tantas cosas ajenas a las que se producen al otro lado del tabicado, que parece como si no se oyeran, como si no se vieran, como si no fueran todas parte del mismo mundo.
Pero es que la misma persona es tan versátil… Sonríe, llora, come, ayuna, se conmueve, vocea, ama el silencio, se afana en parecer buena persona, se enfrenta pero teme, mira al futuro y tiembla, o se lo come entero, como si fuera suyo. No hay nada consistente, o al menos lo parece.
¿Cómo buscar, entonces, una línea de enganche a la que acudir como modelo? El ser humano necesita no sentirse en cada momento provisional y nuevo, aspira a algún modelo, a una línea de conducta por la que encaminar sus pasos, a alguna referencia, a alguna luz, a un foco que le marque el camino.
Acaso somos seres y seres solitarios, ejércitos de hombres que se ignoran, que se saben al lado pero que no intercambian muchos datos. Tal vez se viva solo, siempre se muere solo, siempre se nace solo. Es posible que todo sea mejor así: cualquiera no podría soportar tanto barullo junto, tanta diversidad en el momento, tanto enganche a los otros, tanta pasión y tanto odio juntos, tanto amor repartido por todas las esquinas.
¿Qué sentirá una rosa del geranio que crece a su lado? ¿Y el narciso de la violeta? ¿Se sentirán cercanos? ¿Sabrán de su existencia? ¿Se prestarán aromas? ¿Se cederán colores? Así también el hombre, el ser humano, yo mismo que me vivo y me desvivo entre tantas personas, sin conocer siquiera sus nombres ni sus ansias.
Un ejército de hormigas se pasea sin hormiguero cierto, anda descaminado, sin cauce, desnortado, desparramado todo, sin un plan concebido. Todas vuelven, no obstante, al hormiguero. Hay hormigueros grandes, infinitos. Nadie sabe por qué pero en la primavera y el verano se salen a las calles cada año y se muestran activas, afanosas, emprendedoras todas, almacenan sin tregua y viven sin vivir, o acaso sepan que su trabajo es ese y se conformen. A mí me falta hoy esa conformidad: no soy ni hormiga.
domingo, 4 de mayo de 2008
PRIMERO DE MAYO
N.B. Este apunte lo pensé para el viernes pasado, día primero de mayo. Sucedió lo inesperado y no quedó tiempo para la palabra ni para dejarla aquí, a la intemperie, al cuidado público. Hoy está desfasada la fecha pero no tanto el intento de reflexión, por eso la rescato del olvido.
La amistad me ha traído este fin de semana a los mares del sur. Hoy día uno de mayo echo de menos Béjar, su paisaje y sus gentes. Y eso que estoy a gusto, degustando el placer de la amistad. Durante muchos años, a eso de las doce me acercaba a los Praos, a la plaza Primero de Mayo, para formar cortejo con la gente en la manifestación del primero de mayo. Tampoco éramos tantos, pero la idea siempre fue idéntica: la reivindicación de mejoras para las clases trabajadoras, o sea para los colectivos más desfavorecidos. Las banderas al viento, las pegatinas, los coches abriendo camino, las proclamas, la mezcla de gentes de diverso color político, todo contribuía a dar color al acto. Me encargué muchas veces de darle hechas a Pedro unas proclamas para que desde el coche las lanzara a los cuatro vientos. Siempre lo hizo con fuerza, siempre inventó morcillas, a veces descarnadas. Yo me sentía contento de contribuir, aunque fuera en tan poco, a dar la voz al viento, a proclamar sin tregua que hay gente que camina por la vida con la dificultad en bandolera, con la incertidumbre en la mochila y con el futuro siempre en color gris. La comitiva ascendía, carretera general arriba, hasta llegar al cuartel, para comenzar el descenso por la calle Recreo. Son estas las zonas típicamente obreras de Béjar, aquellas en las que más se nota la presencia de la conciencia social. La gente en los balcones miraba sorprendida, como si no supiera que allí iba la conciencia de su clase. En los últimos años esa conciencia parece que se ha dormido en cualquier parte, que no fluye en conjunto por las calles, que se ha desvanecido. Después de la larga bajada, la subida de la calle Libertad, camino de la Corredera. Era este un territorio más desagradecido, lugar donde las gentes caminan a su bola, sin conciencia de que aquello que ven es un buen grito en pos de la justicia.
Y allí, en la Corredera, los discursos, las palabras lanzadas a los vientos, (siempre con altavoces desiguales), los cantos desgarrados de la Internacional, un rato de charleta y después despedida. Un refrigerio a tiempo en la sede de las centrales sindicales y acaso una comida en cualquier restaurante de la zona.
Es verdad que estos años anda todo más gris y menos cálido. Todos tienen que echar a andar el pensamiento para mejorar lo que esté de su parte. Pero no es menos cierto que el reto sigue en pie, que la justicia tiene que ser comparativa y que las desigualdades apestan nuestras calles y jardines. Acaso hay otras formas de decirlo y acaso también de gritarlo. Yo echo de menos hoy la Corredera, el grito aquel de siempre: “Arriba parias de la tierra…”. Es primero de mayo y es lo mismo en la sierra que en la orilla del mar, lo mismo en las estepas que en las vegas feraces, igual en la oficina que en el campo, lo mismo en la ciudad que en el último pueblo. Hoy como siempre, arriba los obreros, los más necesitados, los que piensan y por pensar se enfrentan con la rutina, los que gritan el grito de igualdad, los campesinos, los que viven zozobras, los que llegan sin luz a fin de mes, todos los que soportan en sus vidas las garras indeseables de la desigualdad, los héroes del silencio en el silencio, todos los revolucionarios de sus vidas, también las que se muestran más calladas.
El mundo se ha hecho todo para que lo viole el hombre y no al revés, la vida ha de ser festejo e igualdad. No eso lo que veo, no es eso, no es eso.
La amistad me ha traído este fin de semana a los mares del sur. Hoy día uno de mayo echo de menos Béjar, su paisaje y sus gentes. Y eso que estoy a gusto, degustando el placer de la amistad. Durante muchos años, a eso de las doce me acercaba a los Praos, a la plaza Primero de Mayo, para formar cortejo con la gente en la manifestación del primero de mayo. Tampoco éramos tantos, pero la idea siempre fue idéntica: la reivindicación de mejoras para las clases trabajadoras, o sea para los colectivos más desfavorecidos. Las banderas al viento, las pegatinas, los coches abriendo camino, las proclamas, la mezcla de gentes de diverso color político, todo contribuía a dar color al acto. Me encargué muchas veces de darle hechas a Pedro unas proclamas para que desde el coche las lanzara a los cuatro vientos. Siempre lo hizo con fuerza, siempre inventó morcillas, a veces descarnadas. Yo me sentía contento de contribuir, aunque fuera en tan poco, a dar la voz al viento, a proclamar sin tregua que hay gente que camina por la vida con la dificultad en bandolera, con la incertidumbre en la mochila y con el futuro siempre en color gris. La comitiva ascendía, carretera general arriba, hasta llegar al cuartel, para comenzar el descenso por la calle Recreo. Son estas las zonas típicamente obreras de Béjar, aquellas en las que más se nota la presencia de la conciencia social. La gente en los balcones miraba sorprendida, como si no supiera que allí iba la conciencia de su clase. En los últimos años esa conciencia parece que se ha dormido en cualquier parte, que no fluye en conjunto por las calles, que se ha desvanecido. Después de la larga bajada, la subida de la calle Libertad, camino de la Corredera. Era este un territorio más desagradecido, lugar donde las gentes caminan a su bola, sin conciencia de que aquello que ven es un buen grito en pos de la justicia.
Y allí, en la Corredera, los discursos, las palabras lanzadas a los vientos, (siempre con altavoces desiguales), los cantos desgarrados de la Internacional, un rato de charleta y después despedida. Un refrigerio a tiempo en la sede de las centrales sindicales y acaso una comida en cualquier restaurante de la zona.
Es verdad que estos años anda todo más gris y menos cálido. Todos tienen que echar a andar el pensamiento para mejorar lo que esté de su parte. Pero no es menos cierto que el reto sigue en pie, que la justicia tiene que ser comparativa y que las desigualdades apestan nuestras calles y jardines. Acaso hay otras formas de decirlo y acaso también de gritarlo. Yo echo de menos hoy la Corredera, el grito aquel de siempre: “Arriba parias de la tierra…”. Es primero de mayo y es lo mismo en la sierra que en la orilla del mar, lo mismo en las estepas que en las vegas feraces, igual en la oficina que en el campo, lo mismo en la ciudad que en el último pueblo. Hoy como siempre, arriba los obreros, los más necesitados, los que piensan y por pensar se enfrentan con la rutina, los que gritan el grito de igualdad, los campesinos, los que viven zozobras, los que llegan sin luz a fin de mes, todos los que soportan en sus vidas las garras indeseables de la desigualdad, los héroes del silencio en el silencio, todos los revolucionarios de sus vidas, también las que se muestran más calladas.
El mundo se ha hecho todo para que lo viole el hombre y no al revés, la vida ha de ser festejo e igualdad. No eso lo que veo, no es eso, no es eso.
sábado, 3 de mayo de 2008
HA MUERTO MAGDALENA
Siempre ha sido muy débil la palabra, al menos en mis labios y en mis manos. Hoy lo es un poco más porque no sabe dar cauce cierto al pensamiento, y mucho menos hoy al sentimiento. Ayer por la mañana, bajo un cielo gris y entristecido, hemos dado sepultura a Magdalena, mi suegra, la madre de mi Nena. Han sido días muy tristes estos últimos días. Los últimos años de su vida han sido tamizados por un cruel alzheimer que la ha tenido al pairo, desvahída, serena, en otra parte, con la sonrisa incierta, con un gesto tranquilo, como con la resignación a flor de piel y de ojos. Apenas si articulaba alguna sílaba en los últimos meses, su movilidad se fue marchando hasta olvidarse de ella, y ella se fue apagando sin molestar a nadie, al lado de los suyos, de su Ángel, de sus hijas todas, de todos nosotros que la veíamos estar sin ser ya casi.
Los tópicos al uso promocionan reservas para el trato con las suegras. Qué tontería más grande, qué bobada. Magdalena es la madre de mi esposa, a mí me quiso siempre como a un hijo, me cedió tantas cosas…, fue tanto su cariño con mis hijos, la gente la quería por todas partes. Qué puedo yo añadir a tanto aprecio. Yo la quería mucho, aún la quiero y la recordaré siempre con cariño.
Pero es que la vida de mi suegra ha sido en buena parte la vida de mi esposa. Siempre juntas las dos, atenta a cualquier cosa, cada día de visita hacia su casa. Y, mira tú por dónde, el día de despedida nos hallábamos a cientos de kilómetros (un viaje especial nos trajo hasta su lado). Y la vida de Nena es también casi toda mi vida. Por eso tanto amor y tanto roce, por eso tanto lloro, por eso tanta pena.
Ahora toca el futuro, la mirada hacia el frente. La vida se renueva cada hora, y más en primavera. Tengo que sacar fuerzas de flaqueza, estarme más que nunca al lado de mi esposa y de los suyos, saber seleccionar en los recuerdos aquellos positivos, que son todos, de la vida feliz de Magdalena. Tampoco es lo más sano no dejar que el recuerdo se aparezca y afirme su presencia. El roce hace el cariño y la vida se alarga en el recuerdo. ¿Por qué negar que afloren y se sienten un rato con nosotros? Que vengan cuando quieran, porque son agradables todos ellos. Pero iremos haciéndoles hueco a nuevos hechos, a todos esos que van conformando nuestras horas, nuestros días, nuestras vidas. En ellos tendrá un sitio Magdalena, con su carita dulce, con su mirada tierna, con su gesto de amor. Un abrazo muy fuerte y hasta siempre. No puedo más, se niegan las palabras.
Los tópicos al uso promocionan reservas para el trato con las suegras. Qué tontería más grande, qué bobada. Magdalena es la madre de mi esposa, a mí me quiso siempre como a un hijo, me cedió tantas cosas…, fue tanto su cariño con mis hijos, la gente la quería por todas partes. Qué puedo yo añadir a tanto aprecio. Yo la quería mucho, aún la quiero y la recordaré siempre con cariño.
Pero es que la vida de mi suegra ha sido en buena parte la vida de mi esposa. Siempre juntas las dos, atenta a cualquier cosa, cada día de visita hacia su casa. Y, mira tú por dónde, el día de despedida nos hallábamos a cientos de kilómetros (un viaje especial nos trajo hasta su lado). Y la vida de Nena es también casi toda mi vida. Por eso tanto amor y tanto roce, por eso tanto lloro, por eso tanta pena.
Ahora toca el futuro, la mirada hacia el frente. La vida se renueva cada hora, y más en primavera. Tengo que sacar fuerzas de flaqueza, estarme más que nunca al lado de mi esposa y de los suyos, saber seleccionar en los recuerdos aquellos positivos, que son todos, de la vida feliz de Magdalena. Tampoco es lo más sano no dejar que el recuerdo se aparezca y afirme su presencia. El roce hace el cariño y la vida se alarga en el recuerdo. ¿Por qué negar que afloren y se sienten un rato con nosotros? Que vengan cuando quieran, porque son agradables todos ellos. Pero iremos haciéndoles hueco a nuevos hechos, a todos esos que van conformando nuestras horas, nuestros días, nuestras vidas. En ellos tendrá un sitio Magdalena, con su carita dulce, con su mirada tierna, con su gesto de amor. Un abrazo muy fuerte y hasta siempre. No puedo más, se niegan las palabras.
miércoles, 30 de abril de 2008
LA COSA DE DON GUIDO ZAPLANA
BUEN DON GUIDO, YA ERES IDO.
Oigo anunciar por ahí que Zaplana se retira. “Buen don Guido, / ya eres ido…” Me ahorro la continuación porque no creo en los jamases. Bien colocado va el hombre; parece que al final se va a hacer un poco más realidad todavía aquello de que había venido a la política para forrarse. Y, si no lo está ya, se forrará a costa de mis llamadas telefónicas y de las de los demás. Como siempre: nihil novum sub sole.
Para mí este hombre ha sido durante muchos años el representante de lo que no me parece la nobleza de la política. Lo he visto siempre como la personificación de la crispación y del despropósito, de la lengua demasiado larga y del menosprecio del contrario hasta en su actuación gestual. Nunca he pensado que las decisiones de un grupo haya que defenderlas siempre a la contra de otros grupos, como si la verdad estuviera supeditada a la victoria y a la derrota y lo que importara fuera esto y no aquello. Me parecía ver en este señor a esos abogados que, defiendan lo que defiendan, siempre lo hacen con el mismo ímpetu y con la misma fuerza con tal de conseguir que el veredicto les sea siempre favorable. Tengo muy nítidas en la retina sus actuaciones en las sesiones parlamentarias que investigaron el 11-M. Sobre todo el día de la comparecencia de Pilar Manjón. Qué chulería, qué gesticulación de desprecio, que cobardía, qué miradas retadoras ante la personificación del dolor, qué deshumanización., qué sentimiento de asquito el mío ante la presencia de este caballero. Que me perdone, pero, si estas son formas de hacer política, mejor será dedicarse a otra cosa. De nuevo vuelvo a reivindicar que la libertad de expresión y hasta las maneras de cada cual tienen unos límites razonables y sociales, y que no vale todo, claro que no.
Y bien recuerdo ahora aquella propaganda continua cuando era ministro de trabajo, cuando parecía que el Gobierno nos regalaba todo o que nos trataba como a niños y no como a contribuyentes.
No me interesa demasiado analizar ni juzgar sus actuaciones en el poder ni en la oposición: cada día tengo menos ganas de juzgar a nadie; incluso le agradezco las horas que haya dedicado a la res publica, en beneficio de la comunidad. Gracias por todo. Pero no son maneras ni modales. Es lo único que no soporto y es lo que critico.
Y hay otra consideración que viene al hilo. Es el amparo que encuentran en la industria “privada” -más bien pública privatizada para que sea gobernada por los amigos- muchos de los prebostes que salen del Gobierno. Los hay de todos los colores, pero no en la misma cantidad, y, si no, que se analice y que se publiquen los resultados. Las grandes empresas se privatizaron con el PP en el mando y las secuelas y los puestos inmensamente retribuidos les corresponden a los allegados. Hay una afirmación que se cumple casi siempre en la política y entre los políticos de la derecha: no suelen venir a la política por dinero, sencillamente porque no lo necesitan para vivir. Fíjate en los pobrecitos, incluso parecen altruistas. Pero las dedicaciones les llegan de manera indirecta. Primero en los puestos de relevancia social y, cuando estos chollos se les acaban, revierten sus personas en la llamada industria privada. Allí se recuperan y llenan sus alforjas con las contribuciones y subidas de precios que pagamos todos los usuarios de los servicios.
Y luego dicen que no hay derechas e izquierdas, y afirman que no hay partidos de pobres y de ricos. Naranjas de la China.
Oigo anunciar por ahí que Zaplana se retira. “Buen don Guido, / ya eres ido…” Me ahorro la continuación porque no creo en los jamases. Bien colocado va el hombre; parece que al final se va a hacer un poco más realidad todavía aquello de que había venido a la política para forrarse. Y, si no lo está ya, se forrará a costa de mis llamadas telefónicas y de las de los demás. Como siempre: nihil novum sub sole.
Para mí este hombre ha sido durante muchos años el representante de lo que no me parece la nobleza de la política. Lo he visto siempre como la personificación de la crispación y del despropósito, de la lengua demasiado larga y del menosprecio del contrario hasta en su actuación gestual. Nunca he pensado que las decisiones de un grupo haya que defenderlas siempre a la contra de otros grupos, como si la verdad estuviera supeditada a la victoria y a la derrota y lo que importara fuera esto y no aquello. Me parecía ver en este señor a esos abogados que, defiendan lo que defiendan, siempre lo hacen con el mismo ímpetu y con la misma fuerza con tal de conseguir que el veredicto les sea siempre favorable. Tengo muy nítidas en la retina sus actuaciones en las sesiones parlamentarias que investigaron el 11-M. Sobre todo el día de la comparecencia de Pilar Manjón. Qué chulería, qué gesticulación de desprecio, que cobardía, qué miradas retadoras ante la personificación del dolor, qué deshumanización., qué sentimiento de asquito el mío ante la presencia de este caballero. Que me perdone, pero, si estas son formas de hacer política, mejor será dedicarse a otra cosa. De nuevo vuelvo a reivindicar que la libertad de expresión y hasta las maneras de cada cual tienen unos límites razonables y sociales, y que no vale todo, claro que no.
Y bien recuerdo ahora aquella propaganda continua cuando era ministro de trabajo, cuando parecía que el Gobierno nos regalaba todo o que nos trataba como a niños y no como a contribuyentes.
No me interesa demasiado analizar ni juzgar sus actuaciones en el poder ni en la oposición: cada día tengo menos ganas de juzgar a nadie; incluso le agradezco las horas que haya dedicado a la res publica, en beneficio de la comunidad. Gracias por todo. Pero no son maneras ni modales. Es lo único que no soporto y es lo que critico.
Y hay otra consideración que viene al hilo. Es el amparo que encuentran en la industria “privada” -más bien pública privatizada para que sea gobernada por los amigos- muchos de los prebostes que salen del Gobierno. Los hay de todos los colores, pero no en la misma cantidad, y, si no, que se analice y que se publiquen los resultados. Las grandes empresas se privatizaron con el PP en el mando y las secuelas y los puestos inmensamente retribuidos les corresponden a los allegados. Hay una afirmación que se cumple casi siempre en la política y entre los políticos de la derecha: no suelen venir a la política por dinero, sencillamente porque no lo necesitan para vivir. Fíjate en los pobrecitos, incluso parecen altruistas. Pero las dedicaciones les llegan de manera indirecta. Primero en los puestos de relevancia social y, cuando estos chollos se les acaban, revierten sus personas en la llamada industria privada. Allí se recuperan y llenan sus alforjas con las contribuciones y subidas de precios que pagamos todos los usuarios de los servicios.
Y luego dicen que no hay derechas e izquierdas, y afirman que no hay partidos de pobres y de ricos. Naranjas de la China.
martes, 29 de abril de 2008
EL EXTRAÑO PODER DE LA PALABRA
Javier Marías es el último de los próceres que ha pronunciado su discurso de entrada en la RAE. Lo hizo el domingo pasado. He tenido acceso a la lectura del mismo y encara en él un asunto enjundioso que tiene que ver con el mundo de la creación literaria. En tono a ratos jocoso, proclama primero con falsa humildad la imperfección absoluta de la palabra en la creación para terminar adjudicando al novelista, poeta y creador en general, la única posibilidad de adueñarse del mundo a través de la palabra.
No es Javier Marías un novelista que me entusiasme, aunque me gusta, porque creo que su educación y su mundo de referencia están muy distantes de los míos, pero es, sin duda, un creador con raza, que domina como pocos el oficio y que ya forma parte de la elite de los narradores actuales en lengua castellana. Pero vamos al asunto del discurso.
Que la palabra es pobre, que apenas alcanza a atisbar en el horizonte la realidad, que tiene que conformarse –y nosotros con ella- en los aledaños y en los arrabales de aquello que realmente queremos transmitir, es algo que está bien que lo diga quien la domina y la ata cada día. Tal vez si la palabra fuera capaz del traslado exacto de la realidad, sobraría en buena parte la literatura y la creación; solo nos moveríamos en el nivel de la traslación y de la traducción automática. Pero es que entre la realidad y la creación se entrometen las palabras, la realidad y las circunstancias del hablador o del escribidor, los distintos sistemas lingüísticos, los contextos, los ruidos de todo tipo que desvían la exactitud para sumergirla en el mundo de la niebla y de la interpretación personal. En tales circunstancias, la realidad lingüística se hace pobre, personal, desvanecida. Solo nos queda para la supervivencia el mundo de la buena voluntad, pues el menudeo de la mala interpretación y de los malos entendidos está siempre acechando. En este plan, los biógrafos, los autobiógrafos, los historiadores, los cronistas… están tocados del ala y condenados al fracaso y a la superación por la realidad.
¿En qué consiste, entonces, la labor del novelista o del poeta? Pues, a pesar de todo, afirma JM, y yo con él, hay una vía de escape, un achique de agua, una mirada al frente, una luz a lo lejos, una esperanza cierta. ¿Cuál? Siendo así que el mundo de la creación es, por definición, un mundo inventado, reelaborado y clasificado según la voluntad del creador, sus palabras son las que más se aproximan a esa realidad, las que mejor la atisban, las que terminan siendo un poco menos pobres. Por eso al fabulador es al único que aparentemente le está permitido “equivocarse” según las leyes al uso, él es el único que se forja sus propias normas porque la realidad, en sus escritos, está sometida a las palabras. De hecho, la realidad poetizada o novelada hace surgir personajes que solo existen en esa realidad, las palabras preceden y sostienen esa realidad. Los entes de ficción que defendía Unamuno, aquel Augusto Pérez de su novela, o nivola, Niebla solo se justifica desde la existencia de las palabras, y hasta la realidad del creador, como altaneramente defendía el personaje, debe su permanencia a la presencia del ser de ficción, sustentado en las palabras.
Habría que indagar en el dilema de la realidad creada frente a la realidad descrita. ¿Cuál de las dos es más “real”? La realidad externa se empobrece en cuanto la trasladamos al mundo de la palabra; la realidad de ficción adquiere fuerza desde el sustentamiento en la palabra. La realidad Quijote le debe su existencia a la palabra; la realidad Cervantes se ha desvanecido con la presencia de su palabra y hoy se le recuerda no en su realidad vital sino en la ficción de sus personajes y de su palabra.
En fin, que la palabra nos limita pero también nos ensalza, nos muestra la pobreza y el mundo de miseria cuando de trasladar la realidad se trata. Pero es hermosa cuando andamos en el mundo de la creación, pues que sustenta mundos de otro modo, un poco más exactos y más personalizados.
Y, a pesar de todo, la comunicación es un milagro que se cumple en cada minuto. Con todas las limitaciones, con todos los perfiles, con todos los malos entendidos. Qué haríamos sin el poder explosivo de la palabra.
No es Javier Marías un novelista que me entusiasme, aunque me gusta, porque creo que su educación y su mundo de referencia están muy distantes de los míos, pero es, sin duda, un creador con raza, que domina como pocos el oficio y que ya forma parte de la elite de los narradores actuales en lengua castellana. Pero vamos al asunto del discurso.
Que la palabra es pobre, que apenas alcanza a atisbar en el horizonte la realidad, que tiene que conformarse –y nosotros con ella- en los aledaños y en los arrabales de aquello que realmente queremos transmitir, es algo que está bien que lo diga quien la domina y la ata cada día. Tal vez si la palabra fuera capaz del traslado exacto de la realidad, sobraría en buena parte la literatura y la creación; solo nos moveríamos en el nivel de la traslación y de la traducción automática. Pero es que entre la realidad y la creación se entrometen las palabras, la realidad y las circunstancias del hablador o del escribidor, los distintos sistemas lingüísticos, los contextos, los ruidos de todo tipo que desvían la exactitud para sumergirla en el mundo de la niebla y de la interpretación personal. En tales circunstancias, la realidad lingüística se hace pobre, personal, desvanecida. Solo nos queda para la supervivencia el mundo de la buena voluntad, pues el menudeo de la mala interpretación y de los malos entendidos está siempre acechando. En este plan, los biógrafos, los autobiógrafos, los historiadores, los cronistas… están tocados del ala y condenados al fracaso y a la superación por la realidad.
¿En qué consiste, entonces, la labor del novelista o del poeta? Pues, a pesar de todo, afirma JM, y yo con él, hay una vía de escape, un achique de agua, una mirada al frente, una luz a lo lejos, una esperanza cierta. ¿Cuál? Siendo así que el mundo de la creación es, por definición, un mundo inventado, reelaborado y clasificado según la voluntad del creador, sus palabras son las que más se aproximan a esa realidad, las que mejor la atisban, las que terminan siendo un poco menos pobres. Por eso al fabulador es al único que aparentemente le está permitido “equivocarse” según las leyes al uso, él es el único que se forja sus propias normas porque la realidad, en sus escritos, está sometida a las palabras. De hecho, la realidad poetizada o novelada hace surgir personajes que solo existen en esa realidad, las palabras preceden y sostienen esa realidad. Los entes de ficción que defendía Unamuno, aquel Augusto Pérez de su novela, o nivola, Niebla solo se justifica desde la existencia de las palabras, y hasta la realidad del creador, como altaneramente defendía el personaje, debe su permanencia a la presencia del ser de ficción, sustentado en las palabras.
Habría que indagar en el dilema de la realidad creada frente a la realidad descrita. ¿Cuál de las dos es más “real”? La realidad externa se empobrece en cuanto la trasladamos al mundo de la palabra; la realidad de ficción adquiere fuerza desde el sustentamiento en la palabra. La realidad Quijote le debe su existencia a la palabra; la realidad Cervantes se ha desvanecido con la presencia de su palabra y hoy se le recuerda no en su realidad vital sino en la ficción de sus personajes y de su palabra.
En fin, que la palabra nos limita pero también nos ensalza, nos muestra la pobreza y el mundo de miseria cuando de trasladar la realidad se trata. Pero es hermosa cuando andamos en el mundo de la creación, pues que sustenta mundos de otro modo, un poco más exactos y más personalizados.
Y, a pesar de todo, la comunicación es un milagro que se cumple en cada minuto. Con todas las limitaciones, con todos los perfiles, con todos los malos entendidos. Qué haríamos sin el poder explosivo de la palabra.
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