lunes, 28 de abril de 2008

¿EL POEMA?


Primero es un extraño pensamiento,
zozobra de una larga acometida:
siempre precede al verso una alta idea.
Hay un descenso lento a ras de tierra,
al reino de la imagen
que, en una lluvia tierna y delicada
-a veces dolorosa-,
hace crecer contornos y señales
y despeja de luz las hierbas no crecidas.
Ahora el campo es dorado,
los árboles florecen y sus frutos
se ofrecen altaneros al sentido.
El campesino en raras ocasiones
descubre por azar algún fruto sabroso
que salva en su presencia la cosecha.
Alcanza su perfume todo el campo,
su rastro huella el tiempo y permanece.

Aún no ha tomado asiento la palabra
pero suena su hora y ha de ganarse el pan.

Aquí el excelso don del primer verso,
que saca los colores al poema,
las relaciones justas, los avances
a una velocidad proporcionada,
esa subordinada que no encaja,
los adjetivos amplios, las metáforas,
el ingenioso mundo de las comparaciones,
la solidez estrófica, el asalto
al cierre luminoso del poema:
ese acto final resulta siempre
un guiño al porvenir, un apretado
examen de conciencia.

Después vienen las podas,
el aricar los surcos, el placer
de dejarse llevar por el aroma
de una lenta lectura,
esa vida distinta de artesano
que ve crecer el barro
hasta alzarse en la forma apetecida.

Y ese quedarse en jarras, pensativo,
viendo volar el fruto del poema,
ya súbdito del tiempo y del olvido

domingo, 27 de abril de 2008

PEREGRINOS


En mis frecuentes caminatas por algún tramo de la Vía de la Plata me suelo encontrar con peregrinos que “hacen el camino”. Resultan inconfundibles en cuanto los diviso a lo lejos, no se me despintan, como no se me despintaban en tiempos las personas que o eran sacerdotes o lo habían sido. No sabría concretar cuál es el añadido que los señala como tales y que los sitúa en una rama de la taxonomía humana.
Ayer mismo me topé –nos topamos- con tres distintos en un tramo de unos cinco kilómetros de ruta. El primero caminaba lentamente acompañado por un asno enseronado y dos perros. Confesaba venir desde Cádiz.
- Buenos días.
- Buenos días.
- ¿Hacia dónde vamos?
- Camino de Santiago.
- Buen tiempo para andar el camino. ¿Desde dónde viene?
- Desde Cádiz, nada menos que desde Cádiz. Me acompañan este burro y estos dos perros. Es la quinta vez que lo hago.
- ¿Y siempre han venido los animales con usted?
- El asno y el perro grande sí, el perro pequeño es la primera vez que me acompaña.
-¿Hasta dónde tiraremos hoy?
- Hasta la posada del peregrino de Fuenterroble.
- Pues aún quedan unos kilómetros que hollar, pero el día es espléndido y no hay prisa. A unos dos kilómetros de aquí se encontrará con el río Sangusín. Viene crecido y tendrá que cruzarlo subido en el burro. Buen sitio para comer al amparo y a la sombra de los árboles y al sonido de la corriente.
- Así lo haré. Me fiaré de ustedes.
- Que lleve buen camino.
Y así el segundo, que, unos metros por detrás, camina solo y nos pregunta por el hombre del burro. Se conoce que hacen el camino juntos o que, al menos, se han encontrado en los descansos o en algún tramo. Y la tercera, una mujer fondona en bicicleta, con acento centroeuropeo, cargada con mochila y dando lentamente pedales bajo el sol del mediodía.
- ¿Han visto pasar por delante a unos peregrinos?
- Sí, los alcanzará enseguida, en cuanto apriete un poco los pedales. Seguro que en el río la estarán esperando.
- A por ellos voy.
Y siguió en bicicleta, lentamente, contemplando los prados verdes, lo amplio del camino, y como sin ganas de salir de la llanura del Sangusín.
¿Qué llevarán con ellos estos peregrinos? Jamás van solos, con ellos va el paisaje, van las promesas, acaso va la fe en no se sabe qué, tal vez unos principios, quizás unas costumbres, un simple regodeo en la naturaleza, un hondo sentimiento que no es muy sencillo de descifrar, un deshacerse en todo lo que les rodea, un aquietarse al ver y contemplar la vastedad del mundo, un olvidarse un tanto del discurrir diario, un certificar que la vida no siempre es rutinaria, un encontrarse a tiempo consigo mismo…
Nadie sabe muy bien qué suerte de fuerza misteriosa los acompaña, pero ahí están a diario, en el camino, en la naturaleza, hollando cada metro de verde luminoso.
Ayer los vi marcharse, perderse en lejanía, camino de Santiago (Santiago es cualquier parte). Yo me quedé pensando, sintiendo y meditando. Yo también fui camino por un rato.

sábado, 26 de abril de 2008

LUJURIA EN EL PAISAJE


Quizás sean demasiados los ratos que rescato del olvido pensando en el paisaje. Alguna razón habrá y no me opongo a ello. Ya lo he dicho más veces: en el paisaje me achico y me engrandezco, me reconozco parte de las cosas, siento que la quietud es el mejor sonido y que el silencio me suena como la mejor melodía¸ allí charlo, respiro, suspendo los sentidos o siento con más fuerza que el tiempo se desliza en línea descendente.
Hoy me ha llevado el día hasta las llanuras del Sangusín. Béjar es lujuriosa en el paisaje y en toda la comarca se repite el pálpito constante de la vida. Qué verde tan intenso por todos los caminos. En coche hemos llegado hasta el cruce de la Calzada de la Plata con la carretera que mira hacia la Sierra de Francia. Y desde allí, paso a paso, por la misma senda por la que tantos siglos se desplazaron hombres y animales. Veinte siglos contemplan esta ruta, o acaso varios más. Camino natural para el paso de la meseta sur a la meseta norte, senda donde las haya empedrada con mimo, a veces mal cuidada pero en estos parajes muy abierta. El valle es una verde plataforma, un ara gigante con alfombra verde, rodeada de sierras, hoy con la nieve en lo alto, más blanca que en los meses del invierno. Enseguida los árboles mancebos, jovenzuelos en hojas, los fresnos renacidos, como sucede siempre en estas fechas, y muy cerca de ellos las encinas, perennes testigos de lo que allí sucede. Hay fresnos centenarios, recortados y desmochados muchas veces, pero siempre testigos del claro renacer de cada primavera. Me gustan demasiado los campos de encinas con su alfombra verde, sus corros de margaritas blancas en el suelo y su sombra continua. Hay charcas repletas por doquier y riachuelos que fluyen por cualquier descampado; hasta del agua surgen las flores que ya lo llenan todo.
La música de fondo es especial, sin duda. El cuco no descansa, ¡y es abril!, las cigarras denuncian su presencia con claros golpes rotos, y un murmullo infinito de pájaros cantores alegra todo el cielo. Parece que quieren quitarse la vez para dejarse oír, para gritarle al mundo que es otra vez la vida. Ahora se ven más cerca, pareciera que no les da vergüenza acercarse a la senda por la que el caminante camina sorprendido. Una luz muy intensa domina todo el cielo; el sol alumbra y eleva del suelo una marea humeante que se convierte en nube allá en lo alto. Todo canta, también el silencio de los verdes vegetales.
El río se ha crecido y ofrece densas aguas que caminan por toda la llanura. No hubiéramos podido vadear por su cauce. De modo que nos hemos detenido a su rumor, para tomar un dulce refrigerio. Con el rumor del agua a nuestro lado, la sombra de unos álamos, el sol en lo alto del cielo, el canto de los pájaros en constante sinfonía, una sauceda verde, una mesa de pan bien guarnecida, una charla agradable, una mirada azul y agradecida, la consideración del mundo y sus miserias, el fondo del paisaje gritando vida por todas partes y una pizca de voluntad predispuesta para pasarlo bien, nos hemos detenido y hemos saboreado a nuestras anchas, sin prisas, con premura, lo que nos pedía el cuerpo. Hubiéramos pedido tres tiendas a la orilla para quedarnos tiempo, para sentir el curso de la vida, para tomar aliento en medio del camino. Hubo que regresar. La misma senda, ahora la sierra de frente, las vacas a su antojo por los prados, y el agua siempre andando a la deriva, la misma melodía, el mismo verde, la misma sensación.
Hay días en los que tendría que estar prohibido entrar de nuevo en casa hasta el ocaso. Hoy era un día de esos. Quien lo gozó lo sabe.

viernes, 25 de abril de 2008

LÍDERES DE CARTÓN PIEDRA

“Sé lo suficientemente fuerte para que te respeten y lo suficientemente débil para que te quieran”. Es una más de esas frases redondas que aspiran a resumir todo un planteamiento de vida y una forma de andar por el mundo. Lo malo es que está pensada, creo yo, con la mirada puesta en los buenos resultados y no en los buenos principios. Porque desde los buenos principios parece una contradicción. Es bueno buscar un equilibrio pero no sé si es bueno repicar y estar en la procesión. Ni siquiera si es posible. A uno se le escapan más las fuerzas por el campo de los arrumacos y siempre anda pendiente de que lo quieran un poco, y no entiende en qué consiste eso de que te respeten, sobre todo si se confunde con que te teman.
La relación humana es complicada casi siempre si no se le añade el plus del sentido común y de la buena voluntad. Y acaso sea verdad que un puñetazo en la mesa a tiempo sea productivo, pero yo cada vez lo entiendo menos. No sé muy bien para qué hay que desnivelar lo que desde ese momento va a quedar en relación desigual ni por qué hay que demostrar algo en lo que ni crees ni va a liberar a tu conciencia de nada positivo. ¿Qué conciencia te puede quedar con ese ratito de supremacía? En cambio, con la cesión siempre te queda el rescoldo de sentir que por ti no ha quedado, que, en lo que ha dependido de ti, no se ha estropeado nada y que, si hay alguna herida que restañar, siempre va a tener que ser en tu favor y no en tu contra.
Nunca han sido demasiado buenos los tiempos para la lírica. Tampoco en estos días de invocación a dar leña y a destacar por encima de los demás. Toda la vida la tenemos ordenada en más y en menos, en ganadores y en perdedores, en líderes y en seguidores fieles, en jefes y en subordinados. Casi en cualquier grupo humano. Todo se nos vuelve en buscar y en encontrar líderes y lideresas. Y estos pobrecitos son capados en sus intenciones y en sus manifestaciones porque no se le permiten ni las dudas ni las vacilaciones. Quizás por eso el liderazgo es -dicen- la antítesis de la duda. El conductor, el líder, el mandamás de una comunidad no tiene el privilegio de situarse en la duda y en la dificultad de decidir, y, cuando se equivoca y lo siente, no tiene la posibilidad de desahogarse ni de rectificar. En esa dinámica, se crea una retahíla de situaciones impostadas, de caras y de palabras fingidas, de actuaciones insinceras, que terminan situando al personaje fuera de la realidad y sin posibilidad de volverse a situar en ella.
Es fácil comprender por qué hay mucha gente que no tiene madera de líder. De líder de este tipo, por supuesto. Hay otro liderazgo que poco tiene que ver con la impostación y la mentira, y mucho con el ejemplo y con la honradez de vida; es un liderazgo lento, de fina lluvia, que va calando y empapando la conciencia de los que lo ven y lo comprueban hasta hacerse adeptos, no tanto a la persona como al ejemplo y a la escala de valores que desprende. No es lo mismo la auctoritas que el mando en plaza, no es lo mismo el palo que la palabra razonada, no es lo mismo la patada que la palmada amistosa. No es lo mismo. No es lo mismo.
El tiempo que vivimos parece que no permite las velocidades lentas pero constantes. Hay tiempo para todo y no hay tiempo para nada. Solo sirve el presente y escasamente se sabe abrir el zoom de la fotografía para que el árbol no nos impida la hermosa estampa del bosque. O sea.

jueves, 24 de abril de 2008

UN RUMOR DE LUZ

UN RUMOR DE LUZ

Hay un rumor de luz en lejanía;
un gris que se blanquea toma cuerpo
lentamente, clarea los contornos.
Amanece en la paz de las ciudades,
cuando ya el campo mira sus colores
dibujados en verde. Se despierta
la paz que dormitaba en las aceras
y hay placeres
que escriben en el viento sus historias.

Quizá este nuevo día
levante en lentitud otra mirada.
Yo me sueño distinto:
dibujo en mis palabras un paisaje.

Es esta una mañana semejante
a las otras mañanas, con las nubes
mirando sorprendidas, los vencejos
bailando sin cuidado por el cielo,
cumpliendo la razón de su liturgia.

Es la tierra sorpresa agradecida
y suda un humo denso, que se extiende,
rumor y canto, por el cielo todo.

Me asomo con cautela a la ventana,
soy parte del paisaje, me presiento
hermano inevitable de las cosas.

miércoles, 23 de abril de 2008

EL DON DE LA LECTURA

Regreso apresuradamente de Ávila, con cargas familiares que atender. Allí comida alegre con mis hijos, con Merce y Miguel Ángel, un exquisito café con pastas con Carmen y Francisco. De fondo el día del libro, la fiesta o semifiesta de la Comunidad, y el Cervantes al frente. Rescato para el caso un texto pensado para este día, titulado "El don de la lectura". Si no es don y placer es que no es nada.
EL DON DE LA LECTURA (Día del libro)
La vida se desplaza en línea curva, por un plano difuso. Nunca sabemos bien si el coche nos anuncia el precipicio o encaramos el fin del horizonte con vista despejada.
A lo largo y a lo ancho de todos nuestros días, se nos ha permitido la palabra, la reflexión serena, que mira sin pasiones el palpitar del ritmo de las cosas, para observar que todos somos sencillo azar en el camino.
Ningún otro don tan amplio y tan profundo como el de la palabra. Todos somos sus dueños y todos la servimos. A todos nos consuela una palabra en tiempo de tristeza o de abandono. Con ella pregonamos nuestros éxitos, regalamos al mundo el don de la amistad y pedimos ayuda cuando nos falla el gozo. A veces el silencio la refrena y la convierte en eco sonoro y sutilísimo que permite escuchar con nitidez precisa la esencia del mensaje. Todos la poseemos, la degustamos todos.
En un círculo estrecho, con vocación de hotel de cinco estrellas, se encierra la mansión de la palabra escrita. Degustar sus placeres es “negocio de particular juicio”, según una sentencia conocida del texto de Fray Luis. El acceso a sus salas es lento e intrincado, pero es tan confortable su sosiego, son tantos los aromas que exhala su fragancia...
En esta sociedad apresurada, con tiempo para todo, sin tiempo para nada, un receso sereno para gozar del don de la lectura es como una comida de los dioses en un día de fiesta. Sentarme lentamente, procurándome un sitio recoleto, acariciar el libro de lectura, extender la mirada por el lomo, sentir la suavidad de su textura, abrir con elegancia sus páginas escritas, determinar que el tiempo se ha parado porque el tiempo lo marca nuestra imaginación, ejercitar la mente en velar las imágenes externas y abrir el horizonte a las escenas del libro que ahora leo, y engolfarme en su escala de valores, y disentir si no estoy convencido de lo que se propone, o alimentar mis ánimos al comprobar que hay alguien suspirando por lo que yo suspiro, y llegar al nivel de la emoción, y prometer también con ese alguien cambiar el mundo -un rato de ilusión nunca es baldío-, y hallarme transportado de repente a un mundo en el que actúo sin trabas ni mandatos cotidianos, y gozar con las formas elegidas para la encarnadura de la historia, y discutir su ajuste o desajuste con el autor del libro, y sentir un momento que tampoco sería descabellado intentarlo yo mismo, y soñarme en autor de otras historias iguales o mejores que las que ahora levanto del olvido...Y descubrir, después de la lectura, la cruda realidad de cada instante, y subrayar entonces la potencia de la imaginación...
Nos podrán regular nuestras miserias, acaso cada día nuestros actos se sometan al control riguroso de las leyes surgidas de otros seres. En medio de ese páramo infinito, dejad correr las alas de la imaginación.
Esta mañana inicio mi paseo -una vez más- con Alonso Quijano, el Bueno, don Quijote, ese pobre payaso de los tiempos, espantajo en caballo -rocín antes-, con morrión y celada acartonados, la ilusión y bondad empapelada en papel reciclado, las bisabuelas armas tomadas del orín, de moho llenas, dispuesto a provocar a los molinos en desigual batalla y a desfacer los tuertos allá donde los haya. Vaya ejemplo, colega, para las multitudes de estos tiempos, que beben en los vientos de la publicidad: deportistas que cobran lo que no está presente en los escritos, cantantes ensalzados por sus casas de discos hasta la excelsitud de las estrellas -su vida son caprichos y ripios absolutos-, y el coro de borregos que bala entusiasmado su estribillo. Si quieres, don Quijote, nos presentamos ambos -seré tu Sancho Panza- a la entrega famosa de los Oscar. ¿Nos dejarían pasar?, ¿tendríamos limusina? ¿Te imaginas tu entrada en un Consejo ilustre de un gran banco? ¿Y en alguna oficina de uso público de las de ocho a tres? Si te animas, nos vamos de la mano a reventar un claustro de ilustres profesores, poniéndolos a caldo, o a expulsar mercaderes de los templos, o mismamente a dar voces de amor por las esquinas. Me viene la sospecha de que el mote que te hace el Caballero de la Triste Figura viene al caso por los muchos avisos de trabajo y el mal cariz que adviertes en la vida.
Alonso, don Quijote, que no decaiga el ánimo, ni siquiera de vuelta hacia la aldea, si no, pasaré aviso a Sancho Panza para que ponga orden y te levante el pulso y el espíritu.
Ahora debo bajar del don de la lectura para acercar mi vista a ras de tierra. No dejes que me olvide de tus ansias de amor y de justicia. Y déjame que pida tu presencia: “Hazme un sitio en tu montura, caballero del honor”.

martes, 22 de abril de 2008

¿LIBERALISMO?


No es fácil escaparse de todo lo que corre por el mundo. Está ahí, a la vuelta de la esquina, sobándote los morros todo el tiempo, en la voz de los medios, en todas las noticias. Hay que vivir con ello, procurando que no nos contamine, o al menos que nos deje mirar hacia otra parte algunos ratos. Porque también soy ello mucho rato, soy todas esas cosas que escupe el teletipo, que trasladan las cámaras, que llevan al oído los voceros. Sé que seguirlas ciego me deja sin aliento, sin fuerzas para mirarme a la cara y descubrirme como persona única, sencilla y solitaria.
Hoy le dedico un rato a una de esas noticias. Leo que en Gran Bretaña el Estado va a dedicar 60.000 millones (no sé si de euros o de libras, no importa demasiado) a asegurar los bancos que más riesgo atesoran. En Estados Unidos la cifra apara “reflotar” los bancos en mayor peligro se eleva a 1,1 billones de dólares. No conozco cifras de otros lugares pero estoy seguro de que algo parecido sucede en todo el mundo.
Vaya un ejemplo cachazudo de liberalismo. A esto se le llama privatizar las ganancias y socializar las pérdidas. Así cualquiera, coño. Vaya unos liberales huevones y egoístas. Estos son los que dicen que la intervención del Estado es perniciosa y que los beneficios se obtienen de la iniciativa privada. ¿Por qué no se someten a sus propias ideas? Ya se ve que los principios valen hasta que nos afectan a nosotros mismos. Vaya unos estadistas del carajo. De modo que son los currantes con sus impuestos los que tienen que acudir a socorrer a los que tradicionalmente se vienen forrando y dirigiendo la actividad de todos los demás. El pobre trabajando para el rico, como siempre. En estricta doctrina liberal, lo que ha retirado el mercado que no lo resucite el hombre, el débil al olvido y que la especie sobreviva con los más fuertes. Qué fácil cuando se está en la cumbre. Que se lo digan a todos los que llegan a duras penas a fin de mes y que no pueden ni oír hablar de invertir en no sé qué entidades. Así de lamentables son estas duras crisis en las que nos metieron ellos mismos, con sus atrevimientos, que ya se ve que arriesgan sin ningún contrapeso. Cuando la operación sale bien, todo son beneficios y repartos, aumentos de negocios, expansiones; cuando vienen mal dadas, que sea el fondo común, el impuesto de todos los mortales, el que venga a salvarnos. Y siempre a seguir alimentando el sistema con las mismas premisas: si gano, gano yo; si perdemos, perdemos todos.
Me gustaría ser liberal pero en otras condiciones, en aquellas en las que se tuviera garantizado un colchón social de igualdad de oportunidades, precisamente para poder esconderse en la iniciativa personal e intransferible, en la apacible vida solitaria, en el desarrollo de cualquier proyecto individual, en la diversidad de las ideas, en la ausencia de dogmas. Miro hacia todas partes y no veo más que desigualdades infinitas, esfuerzos desiguales y recompensas diferentes. Supongo que habrá que reclamar igualdad para todos y libertad también para todos. En ese binomio hay personas que inciden en la segunda parte; yo prefiero, de momento, gritar la certeza de la primera parte, la necesidad que se cumpla algún plan de igualdad. Prefiero estar en ello de momento.